Teoría de la retaguardia / Segunda edición

Iván de la Nuez

Juntar en una portada las palabras «Teoría», «Retaguardia» o «Arte» es un disparate comercial. Pero no para la editorial consonni. Así que Teoría de la retaguardia ya está en su segunda edición.

Mil gracias a María Mur, Munts Brunet Navarro, María Macía e Iñaki Landa.

Y a Agustín Fernández Mallo, del que han tomado la frase de portada.

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Obra completa

Iván de la Nuez

Una faceta separada de Julián Rodríguez basta para dar por satisfecha cualquier vida. No es que esto sirva de consuelo pero tal vez, con el tiempo, ayude a mitigar su ausencia. La suya es una obra total y completa. Escrita, editada y expuesta, sin olvidar las muchas iniciativas que lideró y que quedan también como un legado tangible y útil.

Lo que afirma Daniel G. Andújar sobre su impronta como galerista sirve para todo lo que Julián hizo en su vida. Allí por donde pasó, cambió el modelo.

En cualquier caso, su autoridad como editor, galerista y gestor cultural viene de su grandeza intelectual, el único patrimonio con el que se plantó en un mundo todavía clasista e incólume a la movilidad social.

Como escritor, fue pionero en incorporar a la narrativa contemporánea española dos asuntos, en apariencia distantes, que años después han conocido el éxito: el campo y el arte.

Con su escritura, seca y profunda, rebajó la algarabía de ambos temas, a los que dotó de naturalidad sin naturalismo, de contemporaneidad sin fetichismo. Cortando, de cuajo, la tendencia pintoresca del primero y la pulsión frívola del segundo.

Ahí quedan sus libros como testimonio de esa precisión: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás, Ninguna necesidad, Santos que yo te pinte, Cultivos

Como editor, sigue la estela de sus propios editores, Constantino Bértolo o Claudio López Lamadrid, aunque también nos remita a Roberto Calasso; con esos textos para las contracubiertas que están a un nivel inalcanzable para otros colegas de ese mundo. Un mundo al que llega desde una extracción humilde que mantiene como raigambre, pero que no le lleva ni al desclasamiento servil ni al revanchismo.

Su ambición siempre estuvo más adelante, más lejos, más alto.

Era un rompehielos.

Y como tal, capaz de imponer un catálogo que destroza la frontera entre España y Latinoamérica, algo que siempre consideró un territorio indistinto. Aunque no por el hecho de estar unido por una misma lengua -todas esas metáforas del territorio de la Mancha, etc.-, sino por lo contrario: porque son muchas las lenguas, y muchos los acentos, que componen este espacio al que trató desde una igualdad ética, sin la jerarquía editorial que sigue manteniendo España sobre sus excolonias. En ese sentido, el nombre de Periférica es, desde el principio, un manifiesto diferente de geopolítica literaria.

Si no entiendes a Rita Indiana, Yuri Herrera, Juan Cárdenas, Diamela Eltit o Valentín Roma, no te preocupes. Ya los entenderás mañana. No hace falta un glosario que te los traduzca a la primera, sino seguir editándolos, haciendo común una lengua distinta que se ha formalizado dentro de un mismo idioma. (Perdón por el trabalenguas).

Como galerista, su reto no consiste en inocular lo contemporáneo en el arte español sino en recuperar lo español en el arte contemporáneo, siguiendo esa misma noción de lenguajes mixtos. Por eso abre su aventura con una exposición-libro de Joan Fontcuberta. Y por eso busca artistas -como Pedro G. Romero, Javier Codesal, entre otros- que han de tener un plus literario dentro de una obra que siempre está un poco más allá del arte.

Todos estos son capítulos de esa obra única que es, también, un ejemplo sofisticado de pedagogía para autodidactas.  

Por eso, cuando recupera clásicos -Maupaussant o Balzac- nunca es para insuflarles una agenda contemporánea sino al revés. Lo hace con la esperanza de que ofrezcan algún recurso al desconcierto del presente.

En esa cuerda, no hay libro más “periférico” y actual que el de Joseph Joubert: Sobre arte y literatura. Una pieza sólo comparable a Más allá del bien y del mal, de Nietzsche.

En una página de ese libro, se lee esta frase: “Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio”.

El sitio que ocupa la obra completa de Julián Rodríguez es de una tremenda belleza, de una totalidad desconcertante. No conozco a nadie que lo haya atravesado y no haya crecido. Para la literatura, para el arte, para la vida.

Conozco muy pocos de los que se pueda decir esto.

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Félix González-Torres como escritor de la intemperie

Iván de la Nuez / @ivandelanuez

Occidente necesita el exotismo como una manera de simplificar las culturas complejas que existen más allá de sus mares. Incluso, llegando al punto de no reconocer siquiera el carácter occidental de algunas, como es el caso de la cubana. Por eso premia ese tipo de literatura que reitera hasta la saciedad la reinvención de parajes bucólicos, poblada de matices neoconservadores, acrítica con su tradición autoritaria y pregonera inconsciente de los poderes establecidos. Una literatura balsámica para un Occidente aburrido que tiende a sublimar y destruir simultáneamente la Amazonia o la selva de Costa Rica para construir hoteles, recoger caucho o filmar Parque Jurásico.

Uno de los artistas más influyentes en el panorama contemporáneo es Félix González-Torres. Un cubano, nacido en Guáimaro, que comía frijoles negros y escuchaba a Celia Cruz en su casa, aunque siempre tuvo el talento de no convertir eso en una bandera. Su obra es uno de los legados más interesantes y bellos del arte conceptual, aunque González-Torres es prácticamente un desconocido entre los cubanos o en los mundos ajenos al arte. Además, no es lo que pudiéramos considerar un «escritor».
Sin embargo, el intenso cuidado de la palabra, su manera de alojar lo privado en lo público, su fina composición del texto, el modo en que deja caer la historia en la imagen, siempre las he asumido como una herencia literaria.

González-Torres había fundado el Group Material en Nueva York y luego desarrolló una obra en la que no hizo concesión al folclorismo ni a los oportunismos multiculturales. Él entendía la identidad cubana como un rito gestual, una marea. Murió de sida a los 39 años, dejando unas piezas que pueden ofrecernos la clave de lo que significa este arte de habitar en la diáspora. En una de ellas, aparece una valla pública que reproduce un lecho sin hacer, una cama antes habitada con la huella de sus componentes. Como si los cuerpos sin paisaje del comienzo de este ensayo encontraran su contraparte en el paisaje sin cuerpos que hoy sólo nos remiten a un rastro.

Esa es, tal vez, el secreto de escribir en la diáspora, cuando ya no hay hogar ni regreso al mismo: conceder un paisaje a cuerpos que no lo tienen y, a la vez, encontrar los cuerpos perdidos tras una huella marcada en la intemperie del mundo.

(*) Este es un fragmento del ensayo «Registros de un cuerpo en la intemperie», publicado en 1998 y que aparece recogido en mi próximo libro, Cubantropía, que editará Periférica este otoño. Justo después de la ola de calor.

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Dos conspiraciones de la teoría

Iván de la Nuez

IRONÍA ON

Repetimos una y otra vez que las redes sociales se han dejado colonizar hasta lo inaceptable por el trazo grueso, el panfleto en miniatura y la jauría. Entonces, aparece un libro como Ironía on (Anagrama) y rescata el valor del habla digital como una conversación pública de masas.

Remarcamos que Internet ha llegado a dominarnos de un modo tan absoluto que ya no hay alternativa fuera de sus confines. Entonces, se publica un ensayo como L’infiltrat (Arcàdia) que urde su plan de fuga desde una teoría errante.

En medio del escarnio nuestro de cada día, Santiago Gerchunoff rastrea el poder de la ironía en ese ágora hiperpoblado que define las redes. Lluís Calvo, por su parte, procura escapar de esas mismas redes como un espía que trabaja para su propia conveniencia. Ambos coinciden en la posibilidad de subvertir el sistema. Sólo que no mediante una confrontación especular, ni con el lenguaje de esas retóricas de la intransigencia de las que ya había renegado Albert O. Hirschman.

Cuando resulta imposible tomar el palacio de invierno, siempre queda la opción de erosionarlo…

A Gerchunoff esta estrategia le permite, de los griegos a Twitter, avanzar en una arqueología que resucita al viejo Eiron como un antihéroe contemporáneo. Una actualización que abarca desde los prejuicios morales sobre el  carácter nocivo de la ironía hasta los juicios políticos que la conectan con la democracia moderna. Pese a su amplio dominio de las redes digitales, Ironía on funciona como una red en el sentido físico: un arte de pesca que te permite sacar a la superficie rémoras y también premios.

A diferencia de Adorno, Sartre o Foster Wallace, anti-irónicos sin remedio, aquí la ironía aparece como una entidad socrática. Siempre esgrimida a la riposta, no es posible concebirla en soledad. La ironía necesita público y contrincante. Su aplauso y su ultraje, el like o el unlike.

Gerchunoff no esquiva su mala fama, su imaginada o real pulsión perversa, su entendimiento como una plaga “tóxica” que se explaya por Internet como antes lo hizo por la televisión, la literatura o el carnaval. En cualquier caso, esa masificación de la conversación pública no es monopolio exclusivo de la ironía. También se han resquebrajado, con la avalancha de los desplazamientos, figuras épicas como las del exiliado o el disidente.

L'INFILTRAT

Si Ironía on es un libro acotado, L’infiltrat resulta expansivo.

Sin llegar al negacionismo de un Evgueni Morozov o un Jason Lanier, Lluís Calvo apuesta por la pertinencia de burlar las cámaras de vigilancia o desconfiar del Google Earth, tanto como desviarse de las calles iluminadas donde se aglutina la ostentación de lo visible. Una manera de revertir la escala geológica para convertirla en humana y de configurarse como esa piedra (rodante) en la que Roger Callois veía una montaña en potencia.

Y es que el sistema se puede trastocar a base de acelerar o frenar a contrapié del ritmo que impone su maquinaria. Contraprogramarlo y apagarlo si fuera necesario.

De Homero a Foucault, pasando por Walter Benjamin o una pléyade de artistas y cineastas, Calvo iguala el acto de caminar al de pensar. De ahí la impronta de Josep Pla o Werner Herzog en la construcción de su, literal, hoja de ruta para vagar por cuenta propia. O la necesidad de huir y desaparecer en un paisaje en el que al silencio se le supone un don revolucionario y en el cual es imperativo infiltrarse hasta la exageración, como sólo puede hacerlo un negro en el Ku Klux Klan. Un gesto que supere todo caballo de Troya, cualquier camuflaje para engañar al enemigo.

Allí donde Gerchunoff saca provecho de la exposición, Calvo lo extrae del escondite. Si el primero concuerda, implícitamente, con el Joan Fontcuberta que atisba en el selfi la continuidad del diálogo por otros medios, el segundo se adhiere, explícitamente, a la poética del caminar esbozada por Perejaume. Y si en Ironía on todo el tiempo martilla una política, en L’infiltrat va percutiendo una poética.

Estamos ante dos conspiraciones de la teoría situadas tan lejos del oportunismo panfletario al uso como de la añoranza por un régimen perdido “de verdad objetiva”. Dos libros que, frente lo inocuo de seguir esgrimiendo las causas perdidas del pasado, han tenido el coraje de pensar con categoría el presente de sus consecuencias.

(*) Publicado en Quadern, El País, 9 de mayo, 2019.

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«Teoría de la retaguardia» / Segunda vuelta

Iván de la Nuez

TR-PORTADA

 

«Teoría de la retaguardia» comienza un nuevo recorrido esta semana en La Batisfera, librería del Cabanyal, Valencia, el próximo miércoles 8 de mayo, conectados al Festival 10 Sentidos. Allí conversaré con Álvaro de los Ángeles.

Buen momento entonces para dar, una vez más, las gracias a la gente que me ha acompañado en las presentaciones de Barcelona, Bilbao, Madrid, MurciaSantander, Vitoria, Mallorca

Andrea Valdés, Valentín Roma, Harkaitz Cano, Santiago Auserón, Santiago Benito, Bea Cavia, Fito Rodríguez, Agustín Fernández Mallo, Nekane Aranburu

Continuaremos.

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«Teoría de la retaguardia» / Presentación hoy en Mallorca

Iván de la Nuez

TR-PORTADA

 

Hoy presentamos «Teoría de la retaguardia» en el Auditorio del Museo Es Baluard, de Palma de Mallorca.

Será a las 19.30 y me acompañarán el escritor Agustín Fernández Mallo y Nekane Aramburu, curator y directora del museo.

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«Teoría de la retaguardia» según Álvaro de los Ángeles

La supervivencia como una de las bellas artes

TR-PORTADA

La premisa de este libro es directa: parte de La teoría de la Vanguardia, de Peter Bürger (1974) para dar un salto en el tiempo y provocar una relectura del concepto de lo contemporáneo en el arte. Si en el libro del pensador alemán la cuestión que destilaba de la vanguardia era la relación del arte con la vida, alterando para siempre el cometido representacional del arte, el escritor cubano Iván de la Nuez (La Habana, 1964) expone la tesis de que la pertenencia actual a la retaguardia implica una simbiosis de la obra artística con la supervivencia. Pero esto es sólo el principio, un eslogan que engancha, un planteamiento irrebatible, porque el libro es mucho más. Se estructura en cinco capítulos-tema que van desgranando gran parte del imaginario de De la Nuez previamente definido o indicado en libros como Postcapital. Crítica del futuro (2006), Inundaciones (2010) o incluso La balsa perpetua (1998) y El mapa de sal (2001). Asimismo, este imaginario se ha mostrado, “por otros medios”, y a lo largo de dos décadas, en sus proyectos curatoriales primero como director de La Virreina-Centre de la Imatge (2000-2009) y Jefe de Actividades culturales del CCCB (2009-2011), y después como curador independiente.

Cada uno de los cinco temas arremete con y contra el arte desde una perspectiva. El primero con la doble vara de medir de lo artístico, capaz de asimilar dentro de sí todo aquello que sus propias obras (y artistas) critican; el segundo, entendiéndolo como una eterna franquicia exportable a cualquier lugar siempre que sea capaz de pagarlo y de circular en limusina, empleada esta como metáfora de la imagen del mundo: esos “artefactos que casi siempre evitan la contaminación y casi nunca el tráfico”. La transición veloz entre la fotografía que conocíamos hasta entonces y el Nuevo Orden Visual (o Iconocracia), conforma el tercero: la utilización de las imágenes que ya no lidian con la realidad, sino con la verdad. El cuarto es uno de los grandes temas del ensayista también literario que es De la Nuez; “Nunca real y siempre verdadero” es su apuesta personal sobre la relación entre arte y literatura, donde el arte ya no se expone, sino que se lee y, por lo tanto, los espectadores son sustituidos por (o convertidos en) lectores. En un momento en que esta temática casi ha devenido tendencia, debemos reconocerle el haber sido pionero y no sólo temporal, sino también en cuanto a agudeza y profundidad, de esos vasos comunicantes entre ficciones. El quinto capítulo propone un ultimátum: “Una de dos: inmortales o contemporáneos. (Cómo escribirle un final al arte contemporáneo)” y, en efecto, destila una cierta urgencia de acabar con la contemporaneidad, entendida como sueño de futuro que no es ya, ni sueño, ni mucho menos se presenta como futuro posible. Una contemporaneidad que impide “pasar página”, cualquiera que sea, incluida y sobre todo la del fin de la Historia que predijo Francis Fukuyama.

En cualquier caso, el libro propone de manera transversal una cuestión principal: ¿qué papel le queda al arte, a sus creadores, a sus productores, dentro del panorama actual donde todo se vende, se compra, se comparte, se viraliza y cada cual es capaz de hacerlo con idéntica facilidad y rapidez? La propuesta de Iván de la Nuez es sencilla: mirarse al espejo, asumir responsabilidades y empezar a hacer no tanto crítica como sí autocrítica del arte.

(*) Publicado en Posdata, suplemento cultural del diario Levante, 2 de febrero, 2019.

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Imágenes que cortan la mirada

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de L'ull i la navalla

Hace algún tiempo que las imágenes han cobrado vida propia. Sobre todo, desde que la era digital les garantiza una superproducción automática que difumina su dependencia de nuestra mirada. Cada segundo recibimos imágenes que no hemos demandado, y cada segundo enviamos imágenes que ni siquiera hemos elegido.

Esa desconexión entre mirada e imagen es, paradójicamente, la base sobre la que hoy se sustenta la visualidad del mundo. Esa incomunicación activa nuestra interconexión.

Contra ese orden de cosas se revuelve L’ull i la navalla (El ojo y la navaja). Contra esa cuchillada que anticipó Buñuel y que ha guillotinado, definitivamente, el nexo entre ojo e imagen que los occidentales acarreábamos desde los antiguos griegos. El libro de Ingrid Guardiola es, a la vez, una actualización de los estudios sobre la interfaz y una crítica a la imagen que sólo puede concebirse desde la era de la imagen, del mismo modo que su sospecha de la conectividad sólo puede proyectarse desde la hiperconectividad en la que estamos atrapados.

Jueza y parte, aquí, no comparten la misma culpa pero sí la misma red.

Por ese motivo, este ensayo es también un manifiesto sobre la pertinencia de tomar distancia y experimentar una contracción en la escala del paisaje visual de nuestros días. Es un ajuste en el enfoque del campo de batalla y un manual de uso sobre las enseñanzas que, en esta materia, ya habían aportado desde el Paul Virilio de la aceleración hasta el Regis Debray de la grafosfera. Todo ello, sin olvidar actualizaciones tan lúcidas como las de Michel de Certau o David Harvey, Joel Schumpeter o Jean Baudrillard, Elias Canetti o Jean-Luc Godard, Aby Warburg y Jacques Rancière.

Pese a algún vestigio de tesis doctoral que asoma por momentos, L’ull i la navalla sostiene argumentos suficientemente sólidos para abrir una perspectiva singular en un asunto ya tratado en incontables estudios. Un tema en el que se agolpan cuestiones tecnológicas, económicas, culturales, estéticas o directamente políticas. Lo mismo si tratamos el emplazamiento tecno-utópico de Sillicon Valley o la reconversión lúdica del espacio público, el poder intrínseco del archivo de imágenes o la necesidad política de compartir su capital simbólico, la dimensión tecnológica de la interfaz y la obligación humanista de reconducirla.

El libro transmite con solvencia el modo en que nuestra vida transcurre como una película en tiempo real, o es presa de un juicio a la vista de todos por el que seremos premiados o castigados, o se ha convertido en un continuo trasiego de datos y algoritmos que la encaminan hacia una “muerte a distancia”.

Nada escapa, pues, a esta interfaz cuyo sustrato económico ha convertido lo gratuito en negocio, el acceso en rendición, el desplazamiento en un experimento de control por GPS, cada biografía en una carrera zigzagueante entre una aplicación y otra.

En este Nuevo Orden Visual, tal cual lo ha definido Joan Fontcuberta, la imagen ha dejado de ser la expresión del “instante decisivo” de nuestra inmortalidad para convertirse en la captura fugaz de una condición intrascendente y mortal. En ese punto, L’ull i la navalla se ofrece como un ancla para aguantar la avalancha; un lastre para resistir este aluvión que nos arrastra combinando la velocidad extrema con la inmovilidad, el superávit con el vacío, la voracidad con la apatía.

Desde su experiencia como programadora y como crítica, Ingrid Guardiola nos alerta que todo aquello que escapa de nuestro control termina por entregarnos al control de los otros. Por eso su convicción de que, para habitar en esta Era de la Imagen, a veces hay que aprender a cerrar los ojos.

 

(*) Publicado en El País, suplemento Quadern, 24 de enero, 2019.

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«Teoría de la retaguardia» según Jorge Ferrer

Una recomendación

TR-PORTADA

Eché toda la mañana con Teoría de la retaguardia, el nuevo libro de Iván de la Nuez. Parte de aquella célebre Teoría de la vanguardia de Peter Bürger y consiste en un sofisticado artefacto donde el arte contemporáneo es enfrentado a los sucesivos viajes que ha hecho a la política, la iconografía y la literatura, tres viajes de los que no ha salido indemne y de los que ha vuelto cada vez al museo con el rabo entre las patas.

No es este libro, ¿cómo podría serlo viniendo de quien viene?, una de esas tan enfurecidas como ñoñas diatribas reaccionarias contra el arte contemporáneo que se leen últimamente. No: es una relectura del paisaje del arte para afearle su ceguera e imaginarle un porvenir. Iván cuece el pensamiento con un chup-chup verdaderamente único en mi generación y arma unos potajes que a veces, puede que esta vez lo consiga con el arte, son capaces de revivir un muerto.

Nadie debería saltarse este libro magnífico, nadie

(*) Aparecido la cuenta de Facebook de Jorge Ferrer. 

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«Teoría de la retaguardia» según Andrea Valdés

El arte de la contradicción

TR-PORTADA

 

Leí Teoría de la retaguardia con las previsiones meteorológicas actualizándose a la velocidad de los semáforos, tras enterarme por la prensa de que un Banksy previamente adjudicado por 1,2 millones de euros se autodestruyó en plena subasta. Dicho escenario se adapta perfectamente a lo que nos describe Iván de la Nuezen su último ensayo, Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Bastará leer el índice para entender que el mencionado subtítulo va con ironía. Incluso podría ser un guiño al publicista Paul Arden, cuyos libros son una mercancía muy visible en las tiendas de museo, donde proyectos editoriales como Consonni subsisten milagrosamente a una oferta cada vez más variopinta y que, sin embargo, da cuenta de dónde está el arte contemporáneo.

Resulta difícil no sospechar del creciente esplendor del arte a medida que ha ido relacionándose con otros ámbitos: de la política a la literatura, la más fecunda de sus interferencias a juzgar por los ejemplos que aquí se exponen. Con todo, este ensayo no se limita a describir dicha expansión en una era dominada por las imágenes y donde el artista ya no es el único en dejar su huella, sino que la explica como una cuestión de supervivencia y que viene de un fracaso anterior. Lo expone Peter Bürger en su Teoría de la vanguardia, libro que se cita en la primera fase. Según este autor, al querer romper las fronteras entre el arte y la vida, los vanguardistas no lograron provocar ninguna revolución social, lo que consiguieron fue impugnar al arte como institución. Ante semejante derrota, no debería sorprendernos que éste haya renunciado a pensar el porvenir. En palabras de Iván de la Nuez, le “tiene horror al futuro” y prueba de ello es que, en los catálogos, el currículo del artista ya empieza a escribirse hacia atrás: “Hace un moonwalker”.

Boris Groys también tomó nota de esa imposibilidad en Sobre lo nuevo, donde defendía que la innovación consistía no ya en superar lo anterior, sino en desplazar los límites de lo que puede o no entrar en museo, partiendo de la base de que solo está “vivo” aquello que queda fuera. El problema es que una vez “museificado”, lo nuevo deja de serlo: ya es pasado. Y así andamos, con un arte que se actualiza continuamente mientras por otro lado reitera su defunción. Engorda pero no avanza. No cabe duda de que Teoría de la retaguardia está escrito a la contra y desde un lugar que invita a replegarse, que es como pedirle al arte que asuma al fin sus contradicciones. Algunas son obvias, pero en otras me hubiera detenido algo más, aunque él las deslice con elegancia. De hecho, esta facilidad de escritura es lo que le permite hilvanar dinosaurios, limusinas y una Venecia fantasma sin recurrir a esas palabrejas de las que abusan los críticos (ahora todos desmundanizan). Igual no las necesita. Iván de la Nuez va a la suya y con esa misma frescura le reclama al arte que se resitúe o se largue definitivamente, mientras nos arranca alguna que otra sonrisa.

(*) Publicado en El País, Babelia, 5 de enero de 2019. 

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