Entre el fantasma y el esqueleto

Iván de la Nuez

 

La Guerra Fría puede ser acotada en el tiempo, aunque no en el espacio. Recitamos de memoria sus fechas de nacimiento y defunción, mas no resulta igual de fácil enmarcar sus territorios. Podemos, en fin, acordonar su historia, pero no su geografía.

Y esto es así porque la competencia entre los dos Bloques arrasó esquinas de todos los continentes. Incluso alcanzó la estratosfera, en aquella olimpiada frenética en la que soviéticos y americanos se retaban a llegar más lejos, más alto y más fuerte.

En Nuevos juguetes de la Guerra Fría (Seix Barral), Juan Manuel Robles desempercude un distrito tórrido de ese conflicto, al que saca de su zona de confort para llevarlo hasta los Andes. Desde allí, Iván Morante, narrador y protagonista, es traqueteado por idas y vueltas que comprenden La Habana, Nueva York o la Alemania poscomunista. Toda una cartografía trasnacional, zurcida con una memoria esquiva en la que cada enigma demanda la transgresión de alguna frontera.

Comencemos, evocando a Andrei Tarkovsky, por la infancia de Iván: un niño peruano con un padre volcado en la tarea de exportar la revolución cubana al resto de América Latina. Como consecuencia, la familia Morante tiene que trasladarse a Bolivia, donde el muchacho acaba estudiando en la escuela de la embajada cubana en La Paz. Allí se va convirtiendo a marchas forzadas en un pionerito, aunque para conseguirlo deba complementar a su adorado He-Man con la doctrina revolucionaria, y a los superhombres de sus juguetes capitalistas con el hombre nuevo comunista en el que –con el Che Guevara como meta- está llamado a convertirse.

El tiempo pasa y encontramos a Iván Morante en Nueva York, trabajando en un restaurante mientras intenta escribir sobre aquella experiencia. Por el camino, la revolución se ha aplacado, el Muro de Berlín se ha derrumbado y los archivos de la Stasi se han desclasificado. De esas catacumbas surge una conexión tenebrosa con la escuelita cubana en Bolivia y con su propio padre. Así que, de pronto, la vida boliviana de Iván Morante se planta ante su supervivencia neoyorquina, su etapa clandestina de otro tiempo sacude su existencia anónima de ahora y su memoria privada acaba trastornada por la historia colectiva. Todo, en medio de una sensación extraña en la que, para restaurar sus recuerdos, debe pasar del secreto a la sobreinformación, del olvido a la hipnosis.

Todo el mundo tiene un cadáver en el armario o un fantasma que le tira de los pies para estorbarle el sueño. Pero… ¿que pasa si ese cadáver es el del Che Guevara y ese fantasma es el de Marx? Semejante desmesura requiere un paliativo. Y Robles lo encuentra donde los mejores autores de la Guerra Fría: en el absurdo. (De alguna manera, el He-Man del niño Morante es a Nuevos juguetes de la Guerra Fría lo que la aspiradora del adulto Wormold a Nuestro hombre en La Habana).

Esa intuición -ese sexto sentido (del humor)- no es el único hallazgo de esta primera novela del autor, como su amplitud geográfica no es el único índice de su ambición. A la manera de un Rodrigo Rey Rosa, aquí se explora la narrativa intrínseca del archivo, la dimensión literaria del documento. En la cuerda de un Yuri Herrera, se busca un lenguaje intransferible. Como en Patricio Pron o Martín Kohan, la revolución deja de ser un hecho épico puntual para convertirse en el puente inevitable hacia una modernidad “anómala” o “periférica”, según los tercermundistas canónicos. La revolución como algo que contiene al pop o a la cultura de masas y no al revés.

A fin de cuentas, la novela de la revolución latinoamericana no la ha escrito el movimiento literario que más se benefició de ésta. El boom -ya lo habían adivinado- no hubiera alcanzado su proyección sin la revolución cubana, pero sus postulados estéticos fueron, por lo general, más bien conservadores; con su regodeo patriarcal, su irracionalismo, su compraventa de exotismos o su formulación de un subgénero tan curioso como “la novela del dictador”.

Al contrario de lo que se suele explicar sobre la dominación absoluta de sus líderes, para los personajes de Robles el éxito de una revolución no reside en subestimar a sus participantes sino en sobrestimarlos. No pasa por afianzar su anonimato sino por validar su trascendencia. (Esto explica el celo en la vigilancia o que, ante cualquier falta, el castigo siempre acarree un escarmiento colectivo).

Nuevos juguetes de la Guerra Fría es la historia de un desentierro. Una exhumación ideológica mediante la cual un esqueleto y un fantasma son capaces de gobernarnos desde ultratumba.

Marcador

PJ Harvey anticipa el Brexit

Iván de la Nuez

 

The West’s asleep. Let England shake,
weighted down with silent dead
I fear our blood won’t rise again

England’s dancing days are done
Another day, Bobby, for you to come home
& tell me indifference won

Smile, smile Bobby, with your lovely mouth.
Pack up your troubles, let’s head out
to the fountain of death
& splash about, swim back and forth
& laugh out loud

until the day is ending
& the birds are silent in the branches
& the insects are courting in the bushes
& by the shores of lovely lakes
heavy stones are falling

El despertador británico

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de pùntualidad del Big Ben

 

Ring-Ring-Ring. La noticia ha sacudido el mundo. Enseguida se han desplomado las bolsas y subido las incertidumbres.

El Primer Ministro británico anuncia su dimisión, mientras otros líderes europeos intentan apagar el fuego con unos eufemismos que ni disimulan sus preocupaciones ni tranquilizan las nuestras.

Nos repiten “¡más Europa!”, pero Bruselas es un horizonte lejano, habitado por unos funcionarios con sobresueldos.

El Brexit afianza el eje franco-alemán que tanto asusta a la Europa del Sur. El Brexit refuerza la égida rusa que tanto asusta a la Europa del Este.

Cuelgan otras incógnitas que se llaman Dinamarca, Holanda, Escocia, Irlanda, Catalunya, País Vasco. O Inmigración, Euro, Turismo, Geopolítica, Fútbol…

No hay una sola causa que se baste, en exclusiva, para explicar esta ruptura. No hay una sola consecuencia que no consiga alcanzarnos.

Teníamos alguna idea de que Europa había privilegiado los intereses económicos sobre los políticos, los financieros sobre los sociales, los tácticos sobre los estratégicos, los de la obediencia sobre los de la pertenencia, los administrativos sobre los culturales.

Sin una referencia sólida, alguien supuso que la siesta burocrática sería suficiente para mantener el sueño.

Y en eso, con la puntualidad del Big Ben, sonó el despertador británico.

Día Mundial de la Aspirina

Iván de la Nuez

 

 

Hoy es el Día Mundial de los Refugiados. Así que toca contrición, 60 millones de palabras a favor de estos 60 millones de parias globales.

Digamos que hoy es el Día del Sexto País más poblado de Europa, el Quinto de África, el Tercero de América Latina o el Duodécimo de Asia.

¿Qué hacer cuando las cosas que nos rodean -desde una pelota hasta un teléfono celular- forman parte de la cotidianidad de ese problema?

Pues, como no podemos arrancar el mal de raíz –o la raíz del mal-, aplicar paliativos.

O dedicarle un día. O un hashtag. O un concierto solidario fervorosamente explayado por las redes sociales, los medios de comunicación, todo lo que pernocta en el origen de la tragedia.

El terrorista suelto

Iván de la Nuez

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El terrorismo ya no hay que explicarlo por las causas, sino por las consecuencias. No por el motivo sino por el resultado, el protocolo de la ejecución, la desestabilización posterior a la violencia.

No es la vinculación del asesino de Orlando con el Estado Islámico lo que lo convierte en terrorista; es su terrorismo lo que le hace parte de ese mundo.

Más que asesinos, ahora se reclutan, directamente, asesinatos.

Hubo un tiempo en el que las organizaciones armadas anunciaban sus atentados antes y no después. Más que matar, intentaban disuadir con la posibilidad de hacerlo. Todavía esgrimían unas causas para justificar sus actos, pero el terror de hoy sólo apunta a las consecuencias de estos.

Fijémonos en Francia. El país se arma hasta los dientes para evitar el ataque terrorista en la Eurocopa, pero no puede controlar una batalla campal entre hooligans ingleses o rusos o eslovacos que siembran el terror en las calles.

Esta nueva situación no podemos explicarla con ninguna filosofía militar convencional (olvídense de Clausewitz), o una teoría guerrillera (olvídense del Che Guevara), ni siquiera con el manoseado El arte de la guerra (olvídense de Sun Tzú).

Las células sueltas de los tiempos de Bin Laden han dado paso al individuo suelto. Una máquina letal que solo necesita un arma y un objetivo. (A estas alturas, el adoctrinamiento consiste en la preparación para el ataque).

En esa tesitura, es tan terrorista un violador en serie que el neofascista noruego que arrasó la isla de Utoya. Y tan terrorismo es enterrar mujeres en Ciudad Juárez como traficar con las armas que ejecutan estos crímenes.

Nuevos juguetes de la guerra fría

Iván de la Nuez

Este jueves presentaremos la novela de Juan Manuel Robles, Nuevos juguetes de la guerra fría, con Santiago Roncagliolo. Será en Casa de América de Catalunya a las 7 de la tarde. En breve, compartiré la reseña.

De la utopía al tópico

Iván de la Nuez

 

EN UTOPÍA (1516), Tomás Moro dedica el sexto capítulo al ‘viaje de los utópicos’. Allí, con su mezcla tan particular de ingenuidad e ironía, habla de ciudadanos que se acogen a un ‘honesto holgar’, inmersos en una situación de ‘abundancia de todas las cosas’ tan bien repartidas que ‘nadie puede ser pobre ni mendicante’. Cinco siglos después, la base del turismo no está montada sobre esa igualdad de oportunidades; mucho menos sobre un encuentro de abundancias. Más bien lo rige un intercambio de carencias, un tráfico de vacíos por llenar. Dirigido por eso que se ha dado en llamar economía de servicios, el turismo, en el capitalismo contemporáneo, ha sustituido aquellos mapas en blanco de los viajeros del Renacimiento por una postal cuyos paisajes nos esperan, no ya para ser descubiertos, sino para ser confirmados.

En lo que respecta a la cultura, se ha extendido el hecho de que museos, galerías o teatros formen parte del circuito de estrategias que ‘venden’ una ciudad. Así, el Hermitage o el Louvre, el MOMA o el Guggenheim, funcionan como esos iconos de ‘obligatoria visita’; tanto como las pirámides y las ruinas (de Grecia y Egipto, pero también de Sarajevo y La Habana).

Si los efectos de especulación, neocolonización o prejuicios sobre las otras culturas han sido atendidos por ensayistas como Lucy R. Lippard o Jane Franco, y artistas como Pedro Álvarez, Sergio Belinchón o Rogelio López Cuenca, hay un efecto, acaso más importante. Un paso más allá que nos avanza hacia un arte, una literatura, una música de servicios; una cultura a la carta. No se trata de la fascinación por el Otro que en su día sintieron Artaud por los tarahumara, Graham Greene por La Habana, Werner Herzog por América del Sur. Ahora se trata, más bien, de la creación de una cultura por encargo que, como los hoteles y otras diversiones, está creada para miradas externas.

Una eterna performance, llena de tópicos, invocaciones folclóricas y sublimaciones acríticas de cosas tales como el ‘alma nacional’. Un buen ejemplo de todo ello (ya que estamos en verano) es la recreación patética de lo latino, mediante caricaturescos productos de mercadotecnia, donde se construyen sujetos exóticamente correctos, con una mezcla de seudomodernidad, condimentos bucólicos y pandereta. O esa clonación infinita del boom de la novela latinoamericana, donde treinta años después se nos sigue insistiendo en mujeres que vuelan cuando tienden la ropa y hombres cuyo sexo huele a mango. Todo vale para esta compraventa de tópicos. Desde el hurto más descarado (compruébese, por ejemplo, el saqueo a Santiago Auserón o Gabriel García Márquez) hasta la frivolización más absoluta de la historia, como la del llamado turismo revolucionario (¿cómo olvidar que la última aventura del subcomandante Marcos se llamó, precisamente, Zapatour?).

En ese sentido, César A. Salgado ha considerado, como ‘mutaciones del escándalo’, la utilización con fines turísticos de José Lezama Lima, tanto en Cuba como en Miami. En estas plazas enemigas, Paradiso (título de su polémica, censurada y luego celebrada novela) pasa a convertirse lo mismo en el nombre de un hotel que en el de una agencia de viajes. Está tan incorporada esa complicidad entre el turismo y el arte que cuesta no seguir la sugerencia de Jorge Luis Marzo y definir el fenómeno como tour-ismo, acaso una corriente ulterior del arte moderno. En los tiempos que corren, el turista, además, ha devenido en agente cultural: tres semanas en el trópico y produce una novela, dos semanas en América del Sur y aparece un documental, diez días en el Caribe y regresa un empresario de salsa, un mes en África y ahí tenemos un comisario de exposiciones.

No es casual tampoco la similitud espacial entre el turismo y el multiculturalismo norteamericano, cuyos sellos de identidad nos remiten a los modos del gueto, la reserva indígena y el campus universitario. Si Jean-François Lyotard nos aventuró una moralidad posmoderna, según la cual podríamos acudir a contemplar nuestras peores catástrofes en un museo, ahora el turismo da una vuelta de tuerca y nos conmina a presenciar tales catástrofes in situ. Por fin, la figura museo ha conseguido expandirse. Pero no como pretendía la vanguardia, sino en ese sentido tan ‘globalizador’ que convierte los países en paisajes, las ciudades en circuitos, el mundo en un descomunal parque temático.

* Este articulo apareció en El País, Babelia, edición impresa del Sábado, 10 de agosto de 2002

La revolución ya no será para bípedos

Iván de la Nuez

 

Lejos quedan aquellos tiempos en los que la izquierda vivía para la revolución y salía a conquistarla, fusil en mano, a la manigua. Lejos las infinitas huelgas sindicales, las manifestaciones estudiantiles capaces de poner de cabeza a países enteros, hacer saltar gobiernos, derrocar tiranías…

En la actualidad, después de primaveras varias, plazas ocupadas, mareas indignadas, la nueva izquierda ha encontrado cobijo en paisajes menos agrestes, a los que intenta transformar, pero a los que, por el camino, también se va acostumbrando. Así pues, no resulta difícil encontrársela asentada en parlamentos o consejos de administración de empresas privadas, manejándose con soltura dentro de un sistema que sus antecesores habían denostado en épocas de sangre y plomo.

Para todo esto, ha sido inevitable remover viejos conceptos que van desde la familia hasta la asimilación de la globalización, pasando por el reciclaje de lo radical en las universidades, el lenguaje políticamente correcto, la aceptación universal del mercado, el paso del anticolonialismo al postcolonialismo, el aborrecimiento de cualquier variante de la guillotina (física) o la anteposición de Rousseau a Marx, implícita en el naturalismo de algunas agendas ecologistas o animalistas.

¿Qué Sartre odiaba la televisión? Pues hoy son incontables los críticos o líderes izquierdistas fascinados con las teleseries (mayormente norteamericanas, dicho sea de paso). Por otra parte, el traslado de muchas demandas políticas a Internet ha traído aparejado un nuevo fetichismo que mezcla la compraventa de mercancías puras y duras con la entrega de nuestros datos y la implantación de una comunidad virtual, muchas veces sustituta de la sociedad, categoría que estaba en el tuétano de cualquier proyecto de izquierdas medianamente serio.

¿Hay, en este horizonte, cabida para el cambio? ¿Quién saldrá vencedor en este nuevo ajedrez: la capacidad de transformación o el acomodo táctico inevitable para conseguirla? Es bastante pantanoso esto de transformar el mundo desde estamentos diseñados, precisamente, para conservarlo tal cual.

No es que sea del todo imposible, pero los peajes políticos suelen salir caros. Como me insistía un viejo maestro en La Habana, evocando la sovietización del país en los años setenta, “el problema de los paquetes ideológicos es que siempre te los traen sellados”. (Digamos que no están diseñados para que nos resulte fácil desmenuzar la entrega).

Pensemos en la familia. La lucha por el matrimonio homosexual, la vindicación de crianzas diferentes a las establecidas por la costumbre, el lugar de la comunidad o el Estado en la enseñanza, las nuevas políticas de género… Todas esas batallas, más que acabar con la familia, la han multiplicado; más que dinamitarla, la han fortalecido. No puede negarse que la han arrancado del monopolio conservador, pero al mismo tiempo la han estirado hasta estos tiempos como un núcleo imprescindible de la sociedad.

Que el hecho de alcanzar metas socialdemócratas sea aireado hoy como algo “revolucionario”, es otro síntoma de una época en la que a cualquier cosa se le concede esa condición. En los últimos años, hemos conocido revoluciones naranjas, indignadas, sexuales, digitales. Antes, allá por los finales del siglo XX, hubo una revolución de los claveles en el Portugal de los setenta y –diez años más tarde- una “revolución conservadora”, comandada por Reagan, Thatcher o Chuck Norris. (No se pierdan el documental Chuck Norris contra el comunismo, de Ilinca Calugareanu).

En cualquier caso, la intención de cambiar el mundo persiste. Sólo que, para conseguirlo, ya no parece suficiente con acudir a la posición bípeda de nuestro pasado material. Esa postura erecta que remitía a la guerra y la fábrica, al acarreo de la siembra y el mando de la horda, al liderazgo y la vanguardia.

La mayoría de eso que llamábamos sujeto histórico –en la “antigüedad ideológica” escrita y filmada por Alexander Kluge-, hoy responde, en buena parte del mundo, a otra biomecánica. A la postura vital propia de un humano que ha cambiado el campo de guerra por la pantalla, la trinchera por la butaca, el fusil por el mando a distancia.

 

Si mi museo ardiera esta noche

Iván de la Nuez

Uno. En el siglo XXI, el Terror –del islamismo, del narco, de los iluminados occidentales- ya apenas quema libros. Sigue quemando personas, eso sí, o decapitándolas. Pero su psicosis cultural prefiere enfilarse contra las estatuas, los museos al aire libre que todavía abundan en Oriente, la arquitectura misma. En fin, contra cualquier patrimonio artístico o evento humano que nos recuerde la pertinencia de la civilización.

Pocas palabras, pero muchas imágenes. Ese parece ser el lema.

Dado que ese horror suele alternar la demolición con la construcción fílmica -el videoterrorismo-, las soflamas inverosímiles de otros tiempos han quedado aparcadas o reducidas. Aquellos comunicados ampulosos, los manifiestos mesiánicos a lo Unabomber o a lo Bin Laden, parecen menguar ante el impacto visual que nos ofrece, en directo, la barbarie.

El nuevo imaginario de la violencia parece reafirmar ese criterio mayoritario según el cual, gracias a la expansión de la cultura visual, el arte ha derrotado a una literatura que ha quedado aplastada por el peso de las imágenes. Es posible, sin embargo, ensayar a contrapié de esa extendida superstición. Y, todavía más, asumir que la apoteosis de las imágenes es, al contrario de lo que se llora en todas las esquinas, una prueba irrefutable de la supervivencia de la literatura.

Es cierto que cierran las librerías, pero también es verdad que los libros permanecen. Es innegable que muta el soporte del texto, pero no es posible negar la evidencia de que persiste la lectura.

Eso fue precisamente lo que advirtió Aldous Huxley, hace más de seis décadas, en Si mi biblioteca ardiera esta noche; ensayo breve que aquí se parafrasea y celebra. Allí y entonces, Huxley argumentó que el fuego de una biblioteca podía afectar el coleccionismo y, si se quiere, hasta el fetichismo –arrasaría incunables, primeras ediciones, volúmenes anotados- pero, en los términos estrictos de defunción literaria, quemar una biblioteca era un acto inútil, dado que los libros podrían volver a leerse e incluso tenerse.

Imaginando otra dimensión, poniéndonos en el caso de que los museos ardieran hoy -y a pesar de tanta tecnología a su disposición para la reproducción de las obras-, debemos admitir que buena parte del arte se evaporaría entre las cenizas del incendio. Vale añadir que también quedaría carbonizado, y sin contemplaciones, uno de los géneros museísticos por excelencia: la exposición. Alguien objetará que siempre uno podrá ver un Van Gogh o un Picasso reproducidos al milímetro desde la pantalla de cualquier computadora. Pero podemos convenir en que no hay técnica digital, por precisa que sea, que nos permita apreciar el Perro semihundido tal cual lo pintó Goya, mientras que un ebook sí nos dejaría disfrutar un Hamlet tal cual lo escribió Shakespeare.

Así las cosas, la profusión de imágenes visuales no ha fortalecido el arte sino que lo ha diluido -en algún caso lo ha llevado a arder por combustión espontánea. Lo curioso de todo, sin embargo, es que insistimos en no percatarnos de esa discreta victoria de la literatura, como tampoco parecemos darnos cuenta de esta evidente derrota del arte. O tal vez hemos preferido, como siempre, no mirar las cosas de frente.

Fijémonos, si no, en este detalle: cuando el mundo del arte –El Sector- se reúne, lo hace para discutir sobre asuntos sindicales, sobre directores o concursos políticos, pero casi nunca para hablar de arte, de sus propios procedimientos, su lugar en el mundo. Los escritores –quizá acosados por su cacareada hecatombe-, sí suelen hablar de literatura. Tan angustiados por el promulgado final de su mundo como los artistas parecen eufóricos con el final del suyo.

Dos. Quizá todo se deba a una distinción que, a la luz de esta época, no resulta menor: mientras la literatura contemporánea está instalada desde hace mucho tiempo en la resistencia, el arte contemporáneo sigue teniendo como norte a la revolución.

(Uno resiste para sí mismo, pero suele hacer la revolución para los demás).

En esa cuerda, el arte contemporáneo necesita mantener su retórica vanguardista, y –a la manera de Peter Burger- buscar a toda costa conectarse con la vida. La literatura, mientras tanto, ha aprendido a aferrarse a la supervivencia. Esa misma a la que, con Clausewitz, podríamos certificar como la continuación de la vida por otros medios (medios más precarios, todo sea dicho).

Esa, y no otra, es la porfía de la llamada literatura expandida, que no surge como resultado de una colonización pletórica de otros campos, sino como un intento de sobrevivir después de la implosión del suyo: de las imágenes, de las nuevas tecnologías, de la transformación de la lectura y del libro mismo como soporte ideal durante siglos. Esa expansión, más que a una relajada elección, ha respondido a una agónica necesidad. Y más que un alegre travestismo lo que denota es una angustiosa adaptación, muchas veces forzada, ante su llegada al precipicio.

Por lo que respecta a los artistas, su obsesión por la ideología, la documentación, el activismo social, la moda, la publicidad o las reivindicaciones políticas, es probable que le hayan llevado a descuidar la tarea más importante que les deparaba esta era de la imagen. Y que, ante el triunfo definitivo de sus medios –la fotografía, el vídeo, las innumerables posibilidades visuales de la Red-, no hayan sido capaces de convertirse en los intelectuales de una época en la que el conocimiento se distribuye, cada vez más, a través de los soportes visuales.

Si, como intuía Henri Michaux, el artista es alguien que se resiste de manera absoluta al impulso de no dejar huellas, debe ser una ironía, si no una tragedia, que los artistas contemplen cómo esa pulsión por dejar rastro haya sido llevada a su máxima expresión… ¡aunque no necesariamente por ellos! La fiebre incontenible por marcar esa estela se ha convertido, de hecho, en una conducta cultural de este tiempo en el que la muchedumbre actúa como si fuera un fotógrafo o un videoartista. Como si coronara lo que, según Marx, sería la realización de la utopía: con la gente cazando y pescando, escribiendo o haciendo música sin necesidad de ser “cazador, pastor o músico”. O como si certificara esa idea de Beuys desde la que nos avanzaba que, precisamente por hacer todas esas tareas, cualquiera podía considerarse un artista.

El malestar del arte no emerge, entonces, de su dificultad sino de su factibilidad. Y de la presencia abrumadora de unos medios que antes eran sólo suyos y hoy registran, segundo a segundo, los infinitos rastros que testimonian el inmenso horror al vacío que gobierna a la cultura contemporánea. El problema es que, una vez cumplido el sueño de Beuys, lo que se proponía como terapia empieza a manifestarse como un virus; más que la curación, lo que se explaya es la enfermedad.

Un estilo de vida artística sin arte, una estética sin poética, la irrefrenable exposición sin necesidad de museo…

Tanto han apostado los creadores contemporáneos por la expansión del arte que, al final, no han podido controlar las esquirlas que han quedado gravitando en una galaxia desde la que apenas funciona como un abastecedor de imágenes, justamente allí donde estaba llamado a operar como un generador de imaginarios. Esa propagación, en parte, ha despoblado al museo pero no lo ha incendiado. Antes bien, lo ha congelado, manteniéndolo como ese ámbito neutro que se sigue llamando White Cube. En este punto, al artista podría trasladársele la misma pregunta que Klosowski, a propósito de Nietzsche, le remitió al filósofo: “¿Es posible hoy esta figura? ¿Es necesaria?”

 Tres. En 1979, Rosalind Krauss publicó La escultura en el campo expandido, un ensayo que describía el salto del arte minimalista más allá de sus propios confines. Ante un malestar que ya no podía resolver en sus predios, el resultado no apuntaba a que el arte se refugiara de la tecnología. Es que, ante la avalancha de los nuevos medios (a veces olvidamos que otras épocas también han sido “tecnológicas”), buscó una dimensión antropológica desde la cual salvaguardar la escala humana.

Ya el hombre había pisado la luna y Kubrick había estrenado 2001: Odisea del Espacio. Ya Paul Virilio había hablado de la estética de la desaparición y Nan Jun Paik había desplegado el videoarte. Ese mismo año, 1979, Lyotard publicaba La condición postmoderna. Pero Ana Mendieta o Robert Smithson prefirieron remontarse en el tiempo para descolocar las jerarquías del mundo occidental, indagar en la perseverancia del humanismo previo a la vida moderna o investigar ese momento en el que aún la cultura no circulaba como mercancía. Es obvio que estos artistas se valían de la tecnología del momento, pero su inquietud no estaba determinada por esta. No era la revolución tecnológica, ni siquiera la política, lo que les alentaba –aunque no fueran ajenos a una y otra- sino una resistencia humana, acaso demasiado humana, para que podamos entenderla a plenitud en los días que corren.

El arte vivía una incomodidad que ya no podía resolver dentro de sus límites y, entonces, como apuntara Engels sobre el capital, no tenía otro remedio que expandirse o morir. Hoy su dilema se presenta, prácticamente, al revés: o se contrae o desaparece.

De ese encogimiento dio cuenta Huxley, para quien no había otra salida que aligerar la abundancia que abocaba al arte de su tiempo a la mediocridad de la misma manera que la mediocridad abocaba a la literatura, digámoslo así, a la abundancia. Por eso el incendio no sólo le parecía un mal menor. En realidad lo entendía, secretamente, como un mal necesario. Y no tanto porque arrasara con la biblioteca o el museo, sino porque gracias a ese fuego nos obligaríamos a reconstruir su orden y su escala de valores.

Cuatro. Por eso, hablar hoy de arte contemporáneo apenas tiene algo que aportar desde el punto de vista intelectual. Llamarse “contemporáneo” ha acabado por remitirnos a no decir nada. Sobre todo porque esa contemporaneidad no nos habla de una magnitud temporal y tangible sino “profesional” e inasible. Un pertrecho para nuestras ínfulas de eternidad en el que se cruzan Lenin,  Fukuyama o Arthur Danto, y desde el cual la muerte del arte aparece como uno de los más rentables géneros estéticos: ese que supone el fin del arte como una de las bellas artes.

Tal vez lo que necesitamos, con urgencia, no es un arte de vanguardia sino un arte de retaguardia. Un arte que, ante la imposibilidad de amalgamarse con la vida, consiga al menos una fusión fructífera con la supervivencia. Un arte conectado clandestinamente con el Duchamp que se calificaba a sí mismo como un respirador.

Desde ese horizonte, es posible soñar con obras agazapadas que consigan validar esa frase lanzada por Huxley para ahora mismo: “Si tuviéramos tiempo de pensar en otra cosa que no sea la crisis económica, nos daríamos cuenta de que también estamos en las garras de una crisis estética e intelectual.”

De eso tratarían las obras de supervivencia, piezas de resistencia que funcionarían como protectores contra la facilidad ígnea de una época que arde por multiplicación, por abundancia, por sobreexposición, por cantidad, por las cifras incontables, y por el triunfo definitivo de lo posible sobre lo necesario.

(*) En la imagen, Y ahora juguemos a desaparecer, instalación de Carlos Garaicoa. 

Cleptocracia

Iván de la Nuez

 

 

Cleptocracia es un término de uso relativamente reciente, expandido en paralelo a la corrupción y a los escándalos financieros que involucran al Estado o se originan directamente en su interior. La palabra se deja leer como una actualización de aquella sinecura romana (que continuó en la Edad Media oficializada como un beneficio eclesiástico).

Esas raíces ya daban por sentado una labor de poco cuidado o escasa dedicación, aunque… ¡remunerada! Hablamos de un tráfico de dinero a cambio de lealtad política o religiosa. Una burocracia B en cuya nómina se cruzaban delatores, familiares, premiados por favores diversos. En las antillas de habla hispana –República Dominicana o Cuba- se le llama “tener una botella”, así como en el Río de la Plata y los Andes, es usual hablar de la “coima” (asumido del portugués). México, por su parte, institucionalizó la famosa “mordida”.

En 1994, el economista Giulio Sappeli partió de la experiencia italiana para definir a la cleptocracia como el “mecanismo único de la corrupción entre Economía y Política”. Mientras, los griegos tienden a asumirla hoy como una causa importante de su bancarrota. Incluso un género musical como el grindcore ha dado lugar a un disco titulado así, Cleptocracy. Si tenemos en cuenta el nombre del grupo, imposible no sufrir un cierto estremecimiento: Kill The Client.

Es una ingenuidad, en cualquier caso, entender la cleptocracia como un delito puntual y no como un estilo sistemático de corrupción. Una ingeniería que no sólo describe el robo “al” Estado, sino también la definición de un Estado “que roba”. De ahí que la cleptocracia nos permita vislumbrar una nueva casta, que difumina las fronteras entre el erario público y el enriquecimiento privado, y cuya principal misión es mover el capital entre ambos estamentos. Si la sinecura se nos presenta, vista a la luz del presente, como la dádiva de un Estado que corrompe, la cleptocracia, en cambio, nos dibuja un Estado secuestrado por la corrupción.

Así las cosas, asuntos tan serios que van desde las obras públicas hasta la guerra, la seguridad nacional o las infraestructuras, el espionaje y la justicia, comienzan a girar en esa noria en la que  resulta imprescindible la opacidad, la impunidad y un pixelado de la democracia.

Pese a sus evocaciones fantasiosas –la reiteración de la metáfora de Alí Babá, que se repite en infinidad de artículos y algún libro-, el gobierno de la cleptocracia termina pasando, necesariamente, por el desmontaje del gobierno. De ahí que arrastre el presagio de una circunstancia crepuscular, como la de esos imperios que se desploman por su propia decadencia.

Cuando Mijail Gorbachov lanzó su política de Glásnost (transparencia) en los días finales de la Unión Soviética, el sistema colapsó de inmediato, entre otras cosas porque se hizo insostenible que la corrupción quedara al descubierto. Y si la corrupción continuó -y se amplió- en el poscomunismo, es porque la cleptocracia atraviesa las épocas, las ideologías, los sistemas políticos. Si allí, donde todo fue Estado, hablar de económica política era una redundancia; aquí, donde todo es mercado, hablar de política económica es una contradicción. Amparada en la falta de transparencia, la cleptocracia necesita una deriva autoritaria para funcionar. También expandir los eufemismos que marcan esta época, con el empleo de un lenguaje triunfalista que sólo pueden desplegar aquellos que se consideran impunes.

(*) Recupero, de 2013, esta entrada de Enciclocracia, pequeño diccionario de los grandes poderes que fui publicando en ElDiario.es.