80 aniversario

Iván de la Nuez

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Nacido en San Antonio de los Baños, 1937, hoy mi padre hubiera cumplido 80 años. Lo recuerdo con un dibujo suyo.

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El arte en su estratosfera

 Iván de la Nuez

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UNO y la epidermis. Justo ahí donde Barthes pidió que buscáramos la verdad. Desligándonos de asumir como “auténtico” el interior y la sangre; la víscera y el tuétano. En el pensamiento del afuera: esa estratosfera soñada por Blanchot en la que las palabras volverían a definir las cosas.

Lo externo, en fin, como marca de la utopía, esa isla remota que no para de lanzar campañas de viaje en su papel de destino alternativo del mundo. Y con tanta insistencia que es mejor mantenerla allí lejos. Como el lugar, literal, que no existe.

DOS y lo que no se encuentra. Porque si todo está ahí afuera, entonces ya no quedan outsiders.

 TRES y el escape. Y es que al arte no le basta con salir a ese “afuera”, como quien arma una expedición hacia otros mundos -lo social, la contestación, la publicidad, la aventura, la política, la cartografía, la verdad- con el fin de conseguir nuevas vituallas. Al arte no le basta, siquiera, con salir  del museo. Es perentorio que tantee la posibilidad de salir de sí mismo.

 CUATRO y Expediente X. Con “la verdad está ahí afuera” como leit motiv. Un afuera sideral donde el infinito se ha tragado a lo ínfimo.

 CINCO y el increíble artista menguante. Pocas veces, como ahora, el artista se había abismado tanto a otros mundos. Y pocas veces, como hoy, ha regresado tan maltrecho de ese viaje. Como arrastrando el peso de una desproporción entre su ida pletórica, llena de posibilidades, y su vuelta previsible al museo: esa Ítaca a la que todo artista regresa, mutilado, para dar fe del mundo.

 SEIS y el invento. Desde ese retorno, resulta comprensible la ilusión de un museo imaginario (Warburg o Pamuk). Pero es más fructífera la idea de un arte imaginario. Se sabe de una esquina de ese afuera –la literatura- donde esto ha sucedido con eficacia. Ahí estuvieron, una vez, Wilde y Chesterton. Y Balzac-Poe-Chéjov-Huxley-Rilke-D´Annunzio-Wharton… Aquí están, ahora, Patrick McGrath y Don Delillo. Y Houellebecq-Vidal Folch-Julián Rodríguez-David Markson-Álvaro Enrigue, Julián Ríos-Siri Hustvedt-Alicia Kopf…

Estos escritores transforman el Arte Contemporáneo en un género literario. Y apuestan por la ventaja de una narrativa antes que una teoría del arte. En ese cruce, Sophie Calle ha pasado de artista a personaje, y de personaje a Musa. Paul Auster, Grégoire Bouilliere o Enrique Vila-Matas han estado esperándola para rematar esa mutación. Esperándola afuera, por supuesto.

 SIETE y los mismos con lo mismo. Pese a su pretenciosa cartografía, eso que seguimos llamando “Arte Contemporáneo” no puede ser visto como un arte “mundial”, sino “mundano”. Worldly más que World. Y no es global, como grita a los cuatro vientos, sino local. Pero no porque abarque una expansión geográfica insignificante, sino por la claque inamovible que se desplaza por esta de un país a otro, de un evento a otro, de una bienal a otra, para seguir diciendo –esos mismos- invariablemente lo mismo.

 OCHO y Fukudanto. Porque la definición “Arte Contemporáneo” se ceba en dos eternidades falsas: la de la historia después del fin de la historia apuntalada por Fukuyama (asumida desde la derecha) y la del arte después del fin del arte endosada por Arthur Danto (asumida desde la izquierda). El problema es que, mientras ese “contemporáneo” siga apuntando a la inmortalidad, no hay alternativa en el tiempo sino en el espacio: en esa encrucijada que atormenta a un artista que no sabe si salir o quedarse. Por eso no es una estética, sino una estática del arte, lo que mejor define el actual estado de cosas.

 NUEVE y lo perfecto. El afuera no es necesariamente una entidad abstracta. Y allí el artista no es siempre un turista de los ideales. Es, a veces, un argonauta abocado a otro sistema cultural que está por llegar. Un sujeto en plena diáspora que acaba de alistarse a esa tropa que Hugo de Saint-Victor entendió que rozaba la perfección: la formada por aquellos “para los que el mundo entero es como una tierra extranjera”.

 DIEZ y adiós. El arte es un oficio remoto. Una dedicación rupestre que lleva un siglo despidiéndose, pero todavía no ha aprendido a marcharse.

(*) La imagen es de Rogelio López Cuenca.

Los ensayos mueren, el panfleto es inmortal

Iván de la Nuez

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Al final de su vida, Gore Vidal anunció que el ensayo se convertiría en el género literario del siglo XXI. Su premonición, hasta ahora, no se ha visto cumplida. Y lo cierto es que, a estas alturas, el legado de Montaigne todavía no aparece entre los Grandes Éxitos que cargan los millennials en sus mochilas.

Lo que sí ha triunfado, como género del siglo XXI, ha sido el panfleto. Ahí tenemos, en la cresta de la ola, a Stéphane Hessel y su conminatorio ¡Indignaos!. Cuando lo publicó (2010), Hessel tenía 93 años y acarreaba una larga historia como combatiente de la resistencia francesa, superviviente de los campos de concentración y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

¡Indignaos! se convirtió de inmediato en un best seller. El Panfleto que todo joven debía blandir frente al secuestro de la política por parte de los poderes financieros, entre otras injusticias de este mundo.

Viendo el éxito de este manual de combate, los grandes grupos editoriales se lanzaron a la caza de “su” Hessel. Ahí había filón. Así que, una vez abierta la compuerta, la avalancha desbordó las librerías con incontables imitadores; abonados todos al libro anti-sistema, el manifiesto de urgencia, el libelo de batalla… Si esto ocurría con las ediciones de papel, el revival del panfleto en Internet fue, literalmente, inabarcable.

Desde que Marx y Engels publicaran, en 1848, el Manifiesto del Partido Comunista -la madre de todos los panfletos-, y medio siglo más tarde Émile Zola esgrimiera el Yo acuso, este género con raíces en el libelo romano no había conocido una remoción tan brutal.

Si a esto añadimos que la derecha no se ha quedado atrás -y que tampoco escasean los manuales neoliberales  o una estética hiperretórica a lo Jon McNaughton-, queda claro que esta catarata arrastra consigo cualquier visión del mundo.

Para funcionar, el panfleto necesita obedecer a unas claves. Se da por sentado que desvele una verdad oculta o que se lance contra el poder (aunque el panfleto oficial tiene larga historia). Se sobrentiende, además, que sea autoritario: ¡Uníos!-¡Reacciona!-¡Actúa!-¡Yo acuso!-¡Indignaos!-¡Comprometeos!

Más que responder a las dudas, sobre todo debe disiparlas. Más que complicarle la vida al lector, debe facilitársela. El panfleto es a la política lo que la autoayuda a la psicología. Ofrece un oasis y una certeza. No hay buen panfleto que no resulte euforizante cuando la causa lo requiere, o relajante cuando lo demandan las consecuencias.

Aunque no le falten buenas intenciones, el panfleto es pasto habitual para oportunistas. (¿Quién no se ha tropezado a un antiguo estalinista abrazado, con igual entusiasmo y estilo, al macartismo actualizado de estos tiempos?) Y si bien es verdad que nos ha proporcionado alguna obra maestra, en cuanto hurgamos un poco nos percatamos de que las que califican como tal son, en realidad, textos travestidos. El contrato social, Las venas abiertas de América Latina o El fin de la historia y el próximo hombre son panfletos disfrazados de ensayo; mientras el Manifiesto Comunista, o Normas para el parque humano son ensayos disfrazados de panfleto.

La fiebre panfletaria ha modificado, por otra parte, el criterio editorial sobre el ensayo. Así que no pocos editores –con el “potencial de venta” y no la toma del Palacio de Invierno en su cabeza- han primado a este género que le ofrece al lector confirmación y no perplejidad. A partir de ahí, la inundación de montañas de libros con esa autoayuda ideológica que mezcla sin rubor a Paulo Coelho con la lucha de clases.

De momento, los derrotados por el apogeo del panfleto no han sido ni el capitalismo, ni el socialismo, ni los grandes o pequeños tiranos, ni las injusticias múltiples que nos rondan…

El verdadero damnificado ha sido el ensayo. Un texto armado con interrogantes tiene todas las de perder frente un texto que se parapeta entre signos de admiración.

Las certezas venden más que las dudas. Una regla básica que comparten el panfleto y el mercado para cuadrar sus beneficios.

(*) Imagen tomada de Google.

Gratitud (con La negra Flor)

Iván de la Nuez

 

A raíz del atentado terrorista en Barcelona, recibí decenas de mensajes y llamadas de preocupación. Amigas y amigos de todas partes del mundo. Algunos que no veía desde hace muchos años, consternados por lo ocurrido.

Mil gracias. Les regalo a Radio Futura con “La negra Flor”, una oda a la Rambla transcultural que vitamina Barcelona. Que sigue ahí. Aquí. Barcelona y la vitamina.

 

Saber turismo

Iván de la Nuez

 

El turista, de Dean MacCanell. Ensayo, 1976.

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Tour-ismos. La derrota de la disensión. Catálogo de exposición colectiva en la Fundación Tàpies, 2004

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El turista perpetuo. Harkaitz Cano. Cuentos, 2017.

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Contra el centrismo

Iván de la Nuez

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Queda prohibido el Center Field, la segunda base o el short stop (alternativamente).

Se permite el catcher. (Siempre que permanezca agachado).

Queda terminantemente prohibido marcar un strike.

Abolidos quedan los defensas centrales, que Messi juegue por el centro del campo, centrar a un delantero.

(A partir de ahora sólo se buscará el gol por las bandas).

El centro del universo, el Ecuador, Yaguajay.

Queda prohibido el viaje al centro de la tierra.

El centro de la diana y el centralismo democrático.

La columna vertebral y la boca.

El ojo del culo.

Polifemo.

El útero.

Queda prohibido Dantón y su audacia, audacia y más audacia que tanto le gustaba repetir a un revolucionario por el que se jura bandera.

Los Centros de Estudio.

Las centralitas telefónicas.

El doble cinco.

Queda abolido el Comité Central.

 

De la estratosfera al cabaret

Iván de la Nuez

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En junio de 2006, el programa Cuarto Milenio estuvo dedicado a un astronauta soviético que, tras una accidentada misión espacial, había sido borrado de la historia. Se trataba de Ivan Istoichnikov, cuya historia se había conocido finalmente en 1997, casi treinta años después de los hechos y cuando ya la desintegración de la URSS era irreversible.

Un libro titulado Sputnik –editado por la Fundación Arte y Tecnología con al apoyo de la Federación Rusa y el gobierno de España- recuperaba la biografía de este cosmonauta que en 1968 había tripulado la nave Soyuz 2 con el objetivo de explorar el espacio. Asimismo, daba cuenta de la interrupción abrupta de ese viaje debido al impacto de un meteorito.

Como no era descartable un ataque enemigo, norteamericano o extraterrestre, el Kremlin, por si las moscas, decidió silenciar el hecho. El mundo estaba en plena Guerra Fría y ni Estados Unidos ni la URSS se concedían un solo centímetro del Cosmos en su carrera espacial. Así que, por el bien del comunismo, Istoichnikov desapareció de todos los archivos que probaban su participación en la leyenda de la cosmonáutica soviética.

El libro -originalmente bilingüe, en ruso y español- estaba bien nutrido con decenas de fotos, documentos, facsímiles, y demás pruebas de la vida de Istoichnikov, ese “pequeño Orfeo rescatado de la razón de Estado”.

Unos días después de aquella emisión, se destapó todo. Y quedó al descubierto que la historia era un proyecto artístico de Joan Fontcuberta, ensayista y fotógrafo que se había tomado el trabajo de construirla en todos y cada uno de sus detalles. (Hubo, incluso una queja formal del embajador ruso).

Esta pormenorizada ficción, que pronto se convirtió en exposición, dejó su impronta en El cosmonauta, de Nicolás Alcalá, primera película española realizada con crowdfunding; o en Los Afronautas, serie fotográfica de Cristina de Middel; o en la exposición colectiva Fake, comisariada por Jorge Luis marzo.

Pues bien, una década más tarde, Fontcuberta lo ha vuelto a hacer. Esta vez, nos la ha colado en la recuperación de Ximo Berenguer, un fotógrafo valenciano que se fascinó por El Molino, al que fotografió obsesivamente bajo la influencia de su amante, el coreógrafo cubano Negrito Poly, quien le abrió las puertas de los camerinos y otros secretos del famoso cabaret barcelonés.

Así pues, entre fake y fake, Fontcuberta ha viajado del cosmos a la tierra, de la guerra fría interespacial a la transición caliente del cabaret. Un espacio que, desde el desmadre, se valió para poner en solfa el régimen –político y moral- del franquismo.

Revisando la edición de A chupar del bote, publicado por RM, mis sospechas al principio no se se encaminaron a la fotografía sino a la literatura. Algo me decía que detrás de los textos y canciones de Manolo de la Mancha podía estar Vázquez Montalbán.

Se da la curiosidad de que en El hombre de mi vida, su detective Carvalho asiste a la conferencia sobre Walter Benjamin que ofrece un fotógrafo “llamado Fontcuberta”. También que MVM ya había usado el seudónimo de Jack el Decorador para abordar una Barcelona sin modelo y sin marca en la que el efecto llamada no provenía de las campañas turísticas sino de la libertad.

Pero, al final, la clave estaba en estas fotografías (con autorretrato incluido). Como esas fotos analógicas de sus primeros pasos que Fontcuberta encontró en un cajón, se da el caso de que hay fakes que no están hechos para ocultar el mundo sino para revelarlo.

A chupar del bote, por otra parte, no desentona en el regreso a los años setenta del siglo pasado que hoy estamos viviendo. Con las reediciones de El Víbora, la reivindicación de la Barcelona libertaria o las memorias “a destajo” publicadas por Pepe Ribas. En fin, todo esto que, como el fake de Fontcuberta, nos dice que a veces las mejores vueltas son, precisamente, las revueltas.

(*) En la imagen: Fotografía de Ximo Berenguer (Joan Fontcuberta), realizada en El Molino, Barcelona, 1975. Del libro A chupar del bote, RM, 2017. 

La ciudad caníbal

Iván de la Nuez

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Cuando la ciudad sea, por fin, definitivamente orwelliana, tal vez estalle la guerra entre turistas y emigrantes. Con los habitantes locales en medio: atribulados entre servir a los primeros y expulsar a los segundos. A esos bienvenidos que llegan para gastar el dinero y a los “malvenidos” que han aparecido en su frontera para buscarlo. Ambas tropas frente a frente, gracias a esta economía de servicios en la cual nunca ha habido “efecto llamada” más poderoso que una campaña turística.

Antes que se desate semejante distopía, la ciudad habrá cumplido primero el ritual caníbal de devorarse a sí misma, el urbanita habrá fagocitado al ciudadano y las leyes urbanas, paradójicamente, se habrán engullido sin contemplación el “derecho a la ciudad”.

No es casual, entonces, que desde esta ciudad eventual (de festivales, congresos y ferias: de eventos), crezca la evocación de aquello que pudo ser. La nostalgia por la Barcelona previa a la marca y al modelo (que no a la Modelo). Una ciudad cuyo imán no era otro que la promesa de libertad. O incluso el libertinaje, para no ponernos demasiado trascendentes. Así queda recogido en A chupar del bote, un libro que recupera la vertiente subversiva del Molino, con las fotos perdidas de Ximo Berenguer y textos y canciones de Manolo de la Mancha.

Una evocación de otra envergadura es la que rastrea Carme Grandas en La Barcelona desestimada. Un estudio sobre los proyectos que en su momento no recibieron el “sí” de las autoridades públicas o privadas y que han conformado, durante siglo y medio, la historia de una ciudad paralela. Toda una tradición de concursos y adjudicaciones que traducen el pulso sin tregua entre la vanidad urbana y la necesidad ciudadana.

Esta ciudad -más que escondida, archivada- se aloja en las catacumbas de los proyectos rechazados y su recuperación nos confirma que los cambios de fisonomía prueban las mutaciones de las clases barcelonesas, sus prioridades, la repartición concertada de sus prestigios. Si una ciudad se descubre por lo que ha construido, también debemos conocerla por lo que ha rebatido construir.

Aquí Itziar González va más lejos, al proponer que lo mejor que puede hacerse por la ciudad es, precisamente, no construir nada nuevo. Bajo la sobredosis de oferta que plantea este modelo económico, la dieta urbana sería nuestra salvación, el único camino viable para dejar de zamparnos los unos a los otros.

Así las cosas, tampoco debe ser casual la reedición de El derecho a la ciudad. El clásico de Henri Lefebvre donde queda claro que la economía del turismo representa tanto el lugar de consumo como el “consumo del lugar”. Que la desindustrialización de la ciudad la hace retroceder a una condición medieval, por mucha Smart City que tengamos a mano. O que la primera función urbana del Estado es, precisamente, burocratizar nuestro hábitat. Así que la democracia implica saber, ante todo, que no hay ciudad ideal. Como tampoco hay habitante ideal: nuestra libertad urbana suele acabar donde empieza la del vecino.

En esta guerra civil, la ciudad continuará funcionando como ese “teatro espontáneo” donde sucede la política. Esa misma política que Itziar González abandonó con el objetivo de empezar a hacerla de otra manera.

El problema es que esto no parece aplicable a la ciudad, pues no hay manera de abandonarla para salvarla. A la espera de reconquistar nuestra condición ciudadana, los urbanitas estamos obligados a seguir fundidos con la ciudad. Sea nuestro propósito transformarla o destruirla.

 

(*) Fotografía de Manolo Laguillo: Proyecto Eixample (2012-2013), Barcelona.

Fotografía, cabaret y resistencia

Iván de la Nuez

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Comparto aquí la nota de presentación del libro A chupar del bote, el próximo miércoles 19 a las 19.00 en la Fundación Foto Colectania, de Barcelona.

Dice así:

Foto Colectania acoge la presentación del libro A chupar del bote, de Ximo Berenguer, a cargo de Horacio Fernández e Iván de la Nuez.
Editorial RM publica esta obra que recupera para la historia de la fotografía española el legado de Ximo Berenguer, autor fallecido prematuramente en 1978 a los 32 años de edad.

EL LIBRO

Entre 1975 y 1977, el popular music-hall barcelonés El Molino mantuvo en cartelera un espectáculo titulado A chupar del bote, que entre el esperpento y el despendole escarnecía la calaña de los chupópteros, tan profusamente implantados en suelo ibérico, mientras trazaba la crónica de la transición a golpes de destape y humor.
Atento a ese papel catártico que trascendía el simple entretenimiento, un joven fotógrafo decidió condensar en imágenes ese caudal histórico. Ximo Berenguer fue un fotógrafo valenciano afincado en Barcelona que participó activamente en los movimientos contraculturales de principios de los 70, legándonos un valioso testimonio gráfico de manifestaciones, conciertos, reivindicaciones sociales y toda la efervescencia política del momento. Su muerte prematura ocasionada por un accidente de motocicleta cuando regresaba de realizar un reportaje de Canet Rock dejó sumido su archivo en el olvido. Recientemente se ha recuperado la maqueta de A chupar del bote, que Berenguer preparó para proponerla como un posible título de la famosa colección “Palabra e Imagen”.

Actividad organizada en colaboración con la Editorial RM.

Entrada gratuita. Aforo limitado.
Después de la presentación se ofrecerá una cerveza Estrella Damm.
Los Amigos y Socios de la Fundación pueden disponer de asientos reservados.

El ogro sin filantropía

Iván de la Nuez

KARMELO

 

La imagen del poder ha sido, históricamente, tan mutante como aquello que refleja. Y si hoy tiende a la simbiosis, a esa amalgama en la que política y economía han roto sus contornos, lo cierto es que hubo otras épocas en las que el poder del dinero y el poder del gobierno se diferenciaban, relativamente, en su representación iconográfica.

Tal vez convenga recordar aquella “pirámide del sistema capitalista”, que se hizo “viral” a principios del siglo XX. Con sus roles bien definidos y la bolsa de dinero ocupando el trono, allá en la punta. Desde ahí, la plantilla del expolio al completo: “Nosotros ponemos las reglas”, “Nosotros los atontamos”, “Nosotros los golpeamos”, “Nosotros comemos por ustedes”. Y todos descansando sobre los hombros de los que trabajaban para sostenerlos.

En una línea semejante, tenemos a ese burgués opulento –al que “nada humano le es ajeno”, porque es propietario de casi todo-, tantas veces dibujado por Chumy Chúmez. Y tan desdibujado hoy por la marea de un poder ubicuo al que no siempre conseguimos situar, pero que siempre acaba por situarnos a nosotros.

La tentación de personificar el poder en el Estado y en su condición monstruosa, ha vivido momentos de esplendor. Así el Leviatán devastador de Hobes. O ese Ogro filantrópico de Octavio Paz que, como diría Rubén Blades, “te da y te quita y te quita y te da”.

Hoy, en cambio, el Estado es visto como un elemento más del poder, ni siquiera el más importante, aunque los emoticones insistan, exclusivamente, en representar a la autoridad con la policía.

La que sí se ha actualizado, un siglo después, es aquella pirámide de 1911 con la famosa teoría del 1%, de Thomas Piketty. Desde ahí, se desvela el crecimiento exponencial de la desigualdad en la distribución de la riqueza y, al mismo tiempo, se apunta al pacto concertado entre la política y las finanzas. He aquí el gran cóctel de este capitalismo millennial, consistente en un neoliberalismo de Estado que lo mismo atraviesa el modelo chino que las democracias occidentales, con el autoritarismo salvaguardando el crecimiento del mercado. O el mercado velando por el crecimiento del autoritarismo.

Gracias a esta mezcolanza, se han ido diluyendo las representaciones doctrinarias: la hoz y el martillo, la espada y la cruz o la esvástica han dado paso a los objetos por encima de los símbolos ideológicos. Y la reproducción hagiográfica del poder ha quedado desfasada ante el selfi infinito del dinero: el coche y la casa, los yates diurnos y las fiestas nocturnas; la obscenidad absoluta de los gastos.

El territorio propicio para esta simbiosis es, sin duda, la corrupción, que ha sido atendida por el cine, el teatro, la novela o las artes visuales. Presente en todos los estamentos, esa corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad y nos enreda a todos, aunque nos guste pensar, como Sartre del infierno, que estamos a salvo o que la corrupción son “los otros”.

Llegados a ese punto, el dramaturgo checo Petr Sourek se inventó un “Corrupt Tour”. Con visitas a los barrios de Praga donde viven los estafadores y mostrando sus malhabidas viviendas como “nuevos monumentos” de la nueva economía. Una forma extrema de patrimonio de la humanidad.

La corrupción ha desatado, por otra parte, una estética que oscila entre el narco y el nuevo rico, con esa repartición de “tequieros” tan propios de la camaradería dopada del atraco, sus vicios privados y sus dineros públicos.

Cuando la revista Forbes decidió incorporar al Chapo Guzmán, y a las ganancias del narcotráfico, en su lista, quedó sellada esta normalización en la que ya no parece haber vuelta atrás. Precisamente, a partir de ahí, la corrupción se convierte en norma, y no excepción, de nuestro tiempo.

Figuras como el hombre hecho a sí mismo desaparecen, entonces, del imaginario colectivo a la misma velocidad con la que queda cancelada la posibilidad de que el tesoro privado nos sirva para contar la historia del individuo en el capitalismo. Ahora el botín se consigue en el erario público. Y el viejo capitalismo en el que el emprendedor conseguía su riqueza a pesar del Estado, ha dado lugar a la figura del corrupto que sostiene su riqueza gracias al Estado.

Poco importa que sean los mismos que predican contra los males del gobierno y que, en consecuencia, se dediquen a achicarlo por la vía rápida del desfalco.

Un Estado al que, eso sí, se le deja la monstruosidad del Leviatán pero se le arrebata su capacidad para repartir algo de riqueza o paliar algo de miseria. Un ogro al que se le mantiene su fase represiva y, al mismo tiempo, se le va despojando de su filantropía.

(*) En la imagen: secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo ‘10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50′ 57.2172” Norte y 2º 40′ 5.3688” Oeste’.