Tripi o escoba

Iván de la Nuez

Ni tragarte un tripi te convertirá en Marcel Duchamp, ni tragarte una escoba te convertirá en Harold Bloom.

Artes de Ultratumba

Iván de la Nuez

1. El mundo contemporáneo funciona por adicción. De ahí que las claves de su sometimiento residan, básicamente, en “descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias”. La frase citada es de un revolucionario, también un suicida, aunque no aparece en ninguna pancarta del movimiento Occupy Wall Street ni ha sido lanzada por alguno de sus oradores para encrespar el ímpetu de los acampados. En realidad, tiene casi siglo y medio y la escribió Paul Lafargue en El derecho a la pereza. Como buena parte de ese libro, se trata de un mensaje facturado al futuro. Para días como estos en los que, mientras más consumimos, más rápido queda certificada la prescripción de todo lo que nos rodea: automóviles y medicinas, construcciones y computadoras, creencias e ilusiones, secretos y mentiras, maridos y mujeres. Todo ha de ser cambiado. Y cuanto antes, mejor. Poco importa que, en la mayoría de los casos, esos objetos o seres sustituidos –incluido algún marido- conserven todavía sus facultades y desempeñen razonablemente bien sus “servicios”.

2. El hecho es que no producimos –artefactos o ideas, maquinarias u obras de arte- para competir en el mercado de la perdurabilidad sino en el de la fugacidad. Desde ese “Imperio de lo efímero” –antes dominio exclusivo de la moda-, términos como “caducidad” y “obsolescencia” no son del todo sinónimos. Mientras más reciente y sofisticado es el artilugio, más rápida es la tendencia a declararlo obsoleto. Una situación que, en cualquier caso, no siempre corre paralela al declive de su operatividad. No es su decrepitud la que saca a nuestros “juguetes” de circulación, sino la pulsión de recambio que imponen las dinámicas adictivas de su consumo. Y ya instalados en el futuro (hemos cumplido casi todas las fantasías soñadas por la ciencia ficción), nuestra nostalgia sufre, por así decirlo, un desplazamiento: no está dirigida al pasado sino a un presente que parece prescribir a la misma velocidad de esos objetos que lo arman.

3. Obsoletos. Este es, ni más ni menos, el nombre de un dominio que da cuenta de esas expiraciones –verdaderas o falsas- alrededor de las cuales gira, paradójicamente, nuestra vida. Una Web que pone bajo sospecha el estatuto mortal de los residuos y, al mismo tiempo, despliega programas para acometer su reciclaje más allá del decreto oficial de su defunción tecnológica. En su Manifiesto, y en sus prácticas, queda demostrado que buena parte de lo que se considera “finiquitado” aún puede prolongar su rendimiento: a veces en otros mundos, a veces en otros desempeños. Artistas como Daniel Canogar y Daniel G. Andújar, proyectos colectivos como Basurama, arquitectos como Santiago Cirugeda, han conseguido darle continuidad a esos residuos “después de la muerte”. Y así como Lenin -otro revolucionario, aunque no suicida- sostenía su pragmatismo sobre la idea de que “los hechos son tozudos”, estos creadores parecen construir el suyo a partir de concebir que los “desechos” también lo son.

4. Si sólo se tratara de aparatos y gadgets, bastaría con una ligera precisión en la escala de nuestro fetichismo. Sin embargo, el abanico de defunciones dictaminadas en las dos últimas décadas ha alcanzado otras esferas que la civilización, durante siglos, consideró sagradas. Así el fin de la historia y del arte, del Hombre y las ideologías, la cultura y la verdad… Resulta curioso, por otra parte, que mientras más muertes parecen prescribirse a nuestro paso por el mundo, mayor es la avalancha de imágenes que envuelven nuestra “vitalidad”. No puede ser casual que la Era de la Imagen coincida, en el tiempo, con eso que Peter Sloterdijk ha aclamado como la Era del Crepúsculo. De manera que estamos condenados a una especie de continuidad postmortem; a perseverar como fantasmas de una cultura que se regocija en darse por vencida. Tal vez –secadas las lágrimas después de tantos duelos- valga la pena explicarnos bajo qué formas y con qué contenidos tanto la historia como el arte, la cultura y la palabra, han prolongado su existencia. Indagar, si cabe, en el misterio de sus funciones de ultratumba.

5. Joan Fontcuberta estrenó su Premio Nacional de Ensayo con un “manifiesto post-fotográfico”. Desde él, disecciona los usos actuales de la fotografía y los gajes de un oficio que considera a punto de desaparecer. Lo curioso es que esa muerte no sucederá gracias a la extinción de los fotógrafos sino a su proliferación. Con la transformación de la fotografía en hobby, y de la cámara en un apéndice humano (incluso no humano; hay mascotas que hacen fotos), ha tenido lugar una mutación irreversible en la construcción de las imágenes mediante las cuales narramos el mundo. Resulta, pues, innegable que estas se han multiplicado infinitamente (“hoy Alonso Quijano no enloquecería en las bibliotecas devorando novelas de caballería sino absorto frente a la pantalla calidoscópica del ordenador”). Resulta asimismo irrefutable que, para la captura y circulación de esas imágenes, ya no serán imprescindibles los especialistas. En medio de este delirio, Ai Wei Wei consigue un quiebro. Con Cámara de vigilancia, una escultura de mármol, reproduce, exactamente, el objeto que indica su título. Esa condición marmórea de la cámara contrasta con la debilidad del vigilado. Esa “cámara” deja de operar como una prótesis de nuestro organismo -lo que alimenta la tesis de Fontcuberta-, para quedar convertida, ella misma, en un fetiche, en otro objeto listo para el intercambio y la veneración estética.

6. Es lo que tienen los objetos. Y lo que tiene ponerse a contemplarlos, sobre todo si lo haces acompañado de un tipo como Marcel Duchamp. Aunque se trate de un avión, y aunque te llames Brancusi, en cualquier momento caerá el zarpazo: “¿Hay alguien capaz de hacer algo mejor que esta hélice? ¿Acaso sabrás tú?” La pregunta de Duchamp lanza un reto directo al escultor, y a su imposibilidad técnica para conseguir “algo mejor” que esa hélice. Lo que en apariencia es un ejercicio de humildad, en realidad no es otra cosa que una alerta sobre el peligro de decrepitud que flota sobre cualquier obra “terminada”: se trate de la Mona Lisa, una alfombra o, como es el caso, una hélice. Esa es la razón última de Marcel Duchamp en su larga ejecución del Gran vidrio: la conquista de una obra “definitivamente inacabada”. Y con ello –como vio Octavio Paz-, permitirse el lujo de propinar “un puntapié contra la obra sentada sobre su pedestal de adjetivos”. Hay más: la pregunta a Brancusi está precedida por un rotundo “pintar se ha acabado”. De modo que Duchamp inaugura, de paso, una cadena prescriptiva en la que se inscribe el Roger Caillois que habló de Picasso como el gran liquidador del arte o el Milan Kundera que percibió a Bacon como el último pintor; el Adorno que negó la posibilidad de la poesía después de Auschwitz o el Fukuyama que decretó el fin de la historia con la caída del Muro de Berlín.

7. Nuestro dilema es que, si bien por otros medios, después de Picasso ha continuado el arte y hay pintura posterior a Bacon; poesía después de Auschwitz e historia más allá del Comunismo. Ante el desafío de esa continuidad postmorten, se planta un proyecto como By Default, de Juanjo Valencia y Lena Peñate. Para estos artistas, la clave de la obsolescencia de las imágenes está, ante todo, en la decrepitud de aquello que estas describen y, sobre todo, en los lugares donde estas se emplazan: los museos, pongamos por caso. El suyo es un tanteo acerca de un mundo que programa y rentabiliza la caducidad –¿By Default convertido en Buy Default?. Este proyecto se apresta a horadar la superficie del arte hasta desvelarnos un síntoma de estos tiempos en los cuales ya ni siquiera son los objetos -un orinal, una aspiradora-, sino los sujetos y sus causas, los que terminan encapsulados en el museo. Un momento en el que los hechos, después de ocurrir primero como tragedia y más tarde como farsa (según la predicción de Marx), se han dispuesto para una tercera posibilidad: imponerse como estética.

(*) Publicado originalmente en Jot Down Magazine. La imagen corresponde a una pieza de Lena Peñate y Juanjo Valencia: “Sobre el criterio de lo museable”.

La medida del arte

Iván de la Nuez

1. Un peso sin eco. Hace algún tiempo (todavía el formato digital no era percibido como una amenaza), Umberto Eco propuso fijar el precio de los libros según su peso. Mientras más gramos –o kilogramos-, más dinero deberíamos pagar en las librerías por hacernos con el ejemplar deseado. Al final, la propuesta no tuvo el “eco” suficiente como para transformar la tasación convencional de la literatura; y es justo que así fuera, ya que no estaba vinculada a la calidad ni a ninguna otra consideración tradicional: desde la legitimación crítica hasta las ventas del autor. Sin embargo, por burda que nos pareciera entonces, o anacrónica que nos parezca ahora, esta manera de evaluar un producto cultural, y obviando que se trataba de una boutade, la idea encierra una lógica.

Lo más probable es que Eco pensara, ante todo, en su propio interés, habida cuenta de que sus libros suelen alcanzar un volumen considerable. Pero es posible, también, que su objetivo no fuera otro que confrontar La Cultura con magnitudes comprensibles –en este caso el peso-, como las que suelen calibrar otros oficios: un carnicero o un pescador, un traficante o un tasador de ganado. Un ejercicio vulgar que habitualmente nos resistimos a acometer, aunque –como cualquier entidad mesurable- tampoco conviene olvidar que casi todas las obras de la historia del arte o la literatura, desde un Van Gogh hasta unos manuscritos de Kafka, no han hecho otra cosa que barajarse en cifras, en récords, en guarismos incómodos para la hermenéutica.

2. Medida por medida. 73 kg es el título de una exposición del artista cubano Raúl Cordero que puede verse actualmente en el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM). El proyecto aborda algunos volúmenes que el arte “serio” no considera de buen gusto sacar a la luz. Quiero decir: no considera de buen gusto sacar a la luz sobre sí mismo. El arte puede permitirse hablar de la Bolsa y los precios del petróleo, de la corrupción política y de la crisis. Ocuparse, en fin, del infierno; siempre y cuando, como repetía Sartre, en ese infierno ardan “los otros” (o al menos se comporte como una entidad abstracta: El Mercado o La institución son los más socorridos).

“73 Kilogramos” es la frase que nombra la exposición porque ese es, además, el peso total de la exposición.

El proyecto deja a la vista algunas coartadas sobre las que acostumbra a posarse el discurso del arte. De ahí que las obras aludan no sólo a las medidas, sino también al peso y al tiempo dedicado a su ejecución. Desde el mismo título, sabemos por ejemplo que uno de los cuadros fue realizado el 12 de agosto de 2012, entre las 9.45 de la mañana y las 8.55 de la noche. Esta obsesión numérica no es, sin embargo, una cuestión de “matemáticas”. Se trata, a toda costa, de transparentar el proceso de las obras y conseguir que aquello que solemos concebir normalmente como un “dato” (un elemento para las cartelas) se convierta en el núcleo mismo de una creación artística. Esta es, quizá, la pintura posible de una época en la que todo es, digámoslo así, “expuesto”. La pintura de los tiempos de Facebook, Twitter, Wikileaks…

La estrategia, en todo caso, no es nueva. En 21 gramos, el director Alejandro González Iñárritu explora la pérdida de peso corporal que sufrimos al morir; el peso del alma, según dicen. Roland Barthes apela al número cero para dar consistencia a su manera de dinamitar la crítica literaria en El grado cero de la escritura. Ahí está la novela 13.99, en la que Fréderic Beigbeder sacude el mundo de apariencias (y precios) en el que se basa la publicidad. Revolution Number 9, de los Beatles o 39 escalones, de Hitchcock, llevan en el propio título la cifra que da forma a la obra, o al enigma que esta pretende elucidar.

“Todo lo difícil es fácil cuando es conocido”. Así hablaba el Duque, protagonista de Medida por medida, la comedia de Shakespeare en la cual distintos personajes buscan compensar el peso del pecado o la injusticia, la redención o el dogma. En la obra se cruzan lo mismo un embarazo antes del matrimonio que una condena a muerte. Todo ello alrededor de una retahíla de maldades -todas mesurables, no todas confesables- que corroen con más o menos intensidad a los protagonistas. Medida por medida es, obviamente, una obra sobre la transacción. Y por eso mismo sus personajes necesitan abrirse paso hasta la verdad, incluso hasta la transparencia, para poder calcular el verdadero valor de unas actitudes que, además de medibles, son negociables.

3. El Hombre Nuevo calcula su Gran vidrioAdrián Melis es un joven artista, también cubano, cuyo más reciente proyecto puede verse en la galería ADN, de Barcelona. El título es Nuevas estructuras de producción y la exposición es meticulosa en cifras, medidas, datos. Si Raúl Cordero está interesado en un discurso sobre el arte, a Melis lo ocupa una indagación sobre la sociedad. Uno propone que nos fijemos en la medida del arte. El otro aborda, en sentido contrario, el arte de la medida.

Nuevas estructuras de producción es un proyecto post-conceptualista que deja ver la influencia de la Cátedra de Conducta, dirigida por Tania Bruguera, y no es ajeno a algunos trabajos de Santiago Sierra o Lázaro Saavedra. Toda la exposición constituye una pieza única en la que penetramos en un ejercicio de documentación; bien sobre los planos de un proyecto industrial nunca realizado, bien sobre el robo consentido en las empresas socialistas. A Melis le interesan, por igual, la concepción de un Plan de producción de sueños para las empresas estatales en Cuba y El valor de la ausencia, títulos de dos de los proyectos recogidos en la muestra.

Aunque una primera lectura invita a pensar todo esto como un proyecto sobre la pereza –así lo hizo Ernesto Hernández Busto, evocando, precisamente, Memoria de la vagancia, libro de José Antonio Saco que data del siglo XIX-, una segunda mirada puede provocar otra interpretación. Más bien, la obra de Melis explora, sobre el terreno, en la zona productiva de las cosas no hechas. En particular, los sueños, la ausencia, todo aquello que queda irresuelto. La pieza cuantifica tanto los materiales robados como los efectos electrodomésticos que no pueden entrar en Cuba, pero que, en cambio, en Europa se tiran a un contenedor.

Desde un archivo estrictamente catalogado, Melis le devuelve una cierta productividad a los momentos ociosos. Este artista ha pagado a cada trabajador por el relato de los sueños, o pesadillas, que tienen mientras duermen durante su horario laboral. Sueños que pueden ser eróticos o desesperados (caerse, sin que los demás se percaten, de una barca que se aleja) y aparecen archivados en cajas rigurosamente clasificadas.

Influido por el arte cubano de los años ochenta, ante estas piezas de Melis resulta casi imposible no evocar la larga serie de listados que ha venido realizando Ignasi Aballí en los ultimos quince años. Listas que, bajo su apariencia aleatoria, narran con precisión milimétrica los acontecimientos.

4. La epifanía en cifras. Cifras, recuentos, enumeraciones… De todo esto se ha servido Valentín Roma para ir componiendo Rostros, un libro trufado por una exhaustividad que comparten los ejemplos anteriores. Rostros irrumpe con el desmontaje de una fecha mítica -1968- y avanza hasta sacar ese momento seminal de la macrohistoria, de cualquier esoñación utópica. No es el Mayo francés, no es la Primavera de Praga, no es la matanza de Tlatelolco, no es San Francisco. Es el diálogo de John Cassavets, allá arriba, en un avión, que da lugar a su película Faces. Es la secuencia de 21 aguafuertes de un octogenario Picasso. Es el disparo de Valerie Solanas a Andy Warhol. Y, partir de ahí, un relato recurrente sobre las caras que acaparan los museos y los telediarios, las pesadillas y los anuncios.

Roma amarra su libro con unos injertos que numeran –en forma de cascada- esos rostros que hemos contemplado a lo largo de los siglos. Rostros que, en principio, observábamos y que ahora nos miran a nosotros. Como si nos vigilaran hasta usurpar nuestros resquicios más libres. De ahí que su ataque, tan asfixiante como este ensayo, consiga cambiar el sentido del panóptico y hacer que el vigilante –podemos llamarle lector, podemos llamarle autor, podemos llamarle espectador- acabe apabullado por todas esas miradas que un día creyó tener bajo su control.

Rostros, pues, nos estalla en pleno rostro.

Deudor (“a su manera”) de Félix de Azúa, ya Roma había lamentado la actual incapacidad del arte para producir epifanía; su manifiesta ineptitud para nombrar las cosas “como acontecimiento y como aparición, como desenlace y como convocatoria”. El arte como un capítulo en la degradación de los vocabularios sagrados, diluidos ahora, según este escritor, en la política, la burocracia o la economía, mundos estos en los que se reciclan castrados a conciencia –lejos de cualquier magnitud fundadora.

Un arte que, al final, acababa como “el peligro sin el peligro”, tal como definía José Lezama Lima a las epifanías que no alcanzaban a serlo del todo.

Tal vez el problema del arte ya no se encuentra, únicamente, en el hecho de no poder dotar a las cosas con un nombre que invoque una aparición en el horizonte. Su problema -aunque no el único- radica también en el desplazamiento instrumental de su vocabulario. Así el “proceso” y el “proyecto”. Las “estrategias” y los “modelos”… Y en todo lo que se nombra y que, más que al lenguaje del arte, pertenece al lenguaje de su display.

5. El extraño caso del curriculum artístico. Tal vez el problema del arte radica en que no representa ningún problema; acaso simplemente lo simula. Y si persevera como un antiguo oficio que se resiste a capitular, no es porque su relato sea más o menos real, más o menos verdadero, que el de otros quehaceres que han desaparecido en el largo tiempo de la historia. Es, sobre todo, porque aún puede presumir de excepcional. De ahí que insista en mantener espacios y estilos de vida “especiales” que le están vedados a otros mundos.

De alguna manera, el relato del arte sobre sí mismo sufre un trastorno temporal marcado por un enfermizo horror al futuro, por el terror a no sobrevivir. Y si alguna duda queda sobre esto, podemos disiparla con un vistazo al curriculum de cualquier artista. Ese artefacto freudiano que describe, diáfano, un viaje al útero materno. No hay un curriculum serio que no empiece en el presente y vaya desandando el camino hasta la fecha de nacimiento, real o artístico, del protagonista. Excepción hecha de Freud, ese curriculum “al revés” está más relacionado con la ficción que con la crítica o la teoría. Está más próximo a El curioso caso de Benjamin Button, de F. Scott Fitzgerald, o al Viaje a la semilla, de Alejo Carpentier, que a cualquier pieza de Arthur Danto o Brian Holmes. Esos dos cuentos ilustran este desplazamiento hacia una dimensión cero desde un presente que da la espalda al porvenir. Por eso, el curriculum no es un dispositivo fiable. Especialmente, por su diferencia notable con la biografía.

El curriculum privilegia los honores. La biografía se alimenta de un material más escabroso. El currículum —para cumplir sus objetivos— vela; la biografía, si es honesta, desnuda. Frente a la asepsia profesional del currículum, se levantan los vicios y obsesiones, vanidades y rencores, que pueblan esa novela del arte que no ha parado de crecer en los últimos años. El curriculum va hacia atrás. La biografía avanza hacia un lugar donde nos espera la decrepitud y el fin.

6. Y nosotros, ¿qué pintamos aquí? No obstante, desde el nacimiento de la imagen -adjudicada muchos años más tarde a una figura llamada “artista”-, los seres humanos intentaron dejar constancia de que habían “pintado algo” en esta vida. Vale la pena reparar en esta frase, que pone al mismo nivel “existir” y “pintar”.

O el arte y la vida, como le gustaría a un vanguardista. Las vanguardias, como se sabe, han insistido tanto en la frontera que separa el arte y la vida como en la necesidad de quebrarla. Pero algo nos dice que su fracaso tiene que ver, precisamente, con la sublimación de una de las partes: el arte. Y con el hecho de que, para los vanguardistas, la vida –minúscula y finita- ha “pintado poco”.

Quizá, los defensores a ultranza del arte como una entidad eterna, así como sus enterradores profesionales, han perdido el tiempo. Ningún decreto hará desaparecer el arte; ninguno conseguirá sellarlo con el marchamo de la inmortalidad. Si continuara, no parece posible que pueda hacerlo como hasta hoy, corriendo al revés del tiempo y con el artista narrando su vida hacia la pureza. Y si no fuera otra cosa que un oficio sublime, pero perecedero (en cuestión de días, años, siglos), sólo lo averiguaremos poniendo en marcha el reloj hacia adelante. Marcando, hacia el futuro, la medida del arte a partir de nuestro calendario mortal.

(*) Publicado originalmente en Tormenta de ideas, El País, 7 de mayo, 2012. 

¿Fútbol o béisbol?

Iván de la Nuez

¿Muslo o pechuga? ¿Cara o Cruz? ¿Carne o pescado? ¿Beatles o Stones? La vida está llena de esas encrucijadas que, sin ser necesariamente trascendentales (la cosa no es de vida o muerte, digamos), a veces las tomamos a pecho hasta extremos irracionales.

Una de esas disyuntivas se le presenta un seguidor del béisbol que viva en Europa, donde el fútbol está, como Dios, en todas partes. (Y si no Dios, al menos Manuel Vázquez Montalbán o Juan Villoro lo han certificado como una religión). El que quiere ver béisbol (béisbol del bueno, quiero decir), está obligado en cambio a madrugar, cambiar su pasión por horas de sueño, alterar sus hábitos.
¿Fútbol o béisbol?
Omnívoro como soy –aprecio el muslo y la pechuga, los Beatles y los Stones, la carne y el pescado, la cerveza y el ron-, disfruto tanto del fútbol como del béisbol, aunque no “por igual”. Ambos representan cosas muy distintas en mi imaginario y, ya siendo objetivos, conviene admitir que no sólo se trata de dos deportes diferentes, sino también antagónicos.
No resulta imposible, pues, gozar de ambos deportes; lo que resulta dificilísimo es unirlos: desde los horarios, las geografías y los compañeros, hasta los rituales de sus respectivos disfrutes, te deparan una situación que roza la esquizofrenia. Sobre todo, cuando llega, y esto siempre pasa, la hora de explicar por estos predios en qué consiste ese deporte estadístico (al que también le llamamos “juego” o “pasatiempo”), sin límite de horario, donde un jugador puede estar sin moverse buena parte del partido y en el que está prohibido el empate.
Recurrir al cine, en principio, no es mala idea, dado que si el fútbol se comporta como un “Thriller”, el béisbol es mucho más parecido a un “Western” (con esa tensión continua entre el lanzador y el bateador entrada tras entrada). En el béisbol algo hay de ajedrez y en el fútbol hay mucho de guerra (estilo legión romana). Por otra parte, si las leyes del fútbol son sencillas (hay quien afirma que por eso es el deporte más comprendido en el mundo), las del béisbol obedecen a códigos y posibilidades que remiten a la jurisprudencia.
El béisbol enciende pasiones, pero es excesivamente tertuliano. Y no puede ser de otra manera, tratándose de un juego lleno de tiempos muertos, tan propicios al perrito caliente, la cerveza y al intercambio dialéctico con los otros, en particular los adversarios. Así, no es infrecuente sentarse en el estadio entre gente que va por el equipo contrario sin que sea necesario, como sí ocurre en el fútbol, que la policía se vea obligada a parcelar las aficiones para evitar la violencia.


El fútbol no es exclusivamente un deporte estadístico. El béisbol siempre lo es. Para abordar sus imponderables, el entrenador serbio Vujadin Boskov –aunque también Johan Cruyff, El Profeta de Gol, y otros muchos tras él- solía acudir a la tautología: “Fútbol es fútbol”. El béisbol suele explicarse por la paradoja, de ahí ese refrán que parece sacado de Lao Tse: “la pelota es redonda y viene en caja cuadrada”.
Béisbol y fútbol están más vinculados a la cultura de lo que creemos, aunque, por supuesto, no de la misma manera.
En su imprescindible historia del béisbol cubano, A Pride of Havana, el catedrático de literatura en Yale, Roberto González Echevarría, nos descubre que la literatura y la pelota (como se le conoce en Cuba) estuvieron mezclados hasta el punto de que en las primeras décadas del siglo XX llegaron a compartir los mismos clubes.
El fútbol, generalmente, no ha conocido esta simbiosis, aunque tampoco le ha faltado conexión literaria. Dejando a un lado los casos de Eric Cantona –estrella del Manchester United y asimismo agitador, compositor o actor- o de Gaizka Mendieta –Valencia, Lazio, Barcelona, Middlesbrough-, un reconocido melómano, está el caso, excepcional, del futbolista lector: Valdano, Pardeza, Guardiola. Y están los ejemplos, más abundantes, de escritores entregados a su causa (desde Peter Handke hasta Javier Marías, pasando por Roberto Fontanarrosa o David Trueba). Practicantes todos ellos de “la lealtad mayor”, como le llamó Marías, en su tributo a Montalbán, al compromiso futbolero. (Uno puede cambiar de pareja, de partido político, de sexo, de país, incluso hay quien se cambia de biografía, pero es muy extraño cambiar de equipo).
El béisbol ha tenido también sus rapsodas. Y el mismo Joe Di Maggio, famoso por un talento fuera de lo normal como jugador, por pertenecer a los Yankees y por su matrimonio con Marilyn Monroe, llegó a admitir que sin los elogios de Hemingway su gloria hubiera sido menor. Esto por no mencionar a Borges, que consideraba al béisbol como un “libro raro que se escribe a la vista de los espectadores”.
El cuanto al cine, no cabe duda de que el béisbol supera al fútbol, aunque es justo reconocer que aquí juega con ventaja: béisbol y Hollywood son productos estadounidenses por excelencia. Aún así, el fútbol tiene su filmografía, que va desde Evasión o Victoria (con Michael Caine, Sylvester Stallone y el propio Pelé en el elenco) hasta Quiero ser como Beckham, pasando por el documental de Kusturica sobre Maradona. En el caso español, se ha impuesto la comedia, como en los casos de Matías, juez de línea o El penalti más largo del mundo.
Claro que estas películas no alcanzan el glamour de The Natural (con Robert Redford) o alguna de Kevin Costner (un figura que lleva algún tiempo en declive, pero al que no se le puede negar el mérito de ser, sino el mejor, uno de los mejores actores que se ha marcado un “wind-up” como Dios manda en la gran pantalla). Y ya metidos ahí, vale la pena recordar que si Marilyn estuvo casada con Di Maggio, a Madonna llegó a adjudicársele un romance con Álex Rodríguez (aparte de haber protagonizado “Ellas dan el golpe”, una epopeya, en plan comedia ligera, sobre una liga femenina de béisbol durante la segunda guerra mundial.
Hay otras diferencias, digámoslo así, irreconciliables. En fútbol, es imposible cuantificar un juego perfecto (aunque en distintas épocas se haya hablado de perfección en el Brasil de Pelé, el Ajax de Cruyff, el Madrid de Di Stéfano o este Barça de Messi). En el béisbol, en cambio, un juego sí puede considerarse perfecto, siempre, eso sí, a mayor gloria del pitcher. “Basta” con que a este no le conecten ni un solo hit, ni le hagan carreras, ni su equipo cometa errores a la defensa.
En ambos casos, como en la mayoría de las aficiones deportivas, se trata de darle continuidad a la niñez, si bien en el fútbol es más aguzado el infantilismo. El béisbol tiene otra solemnidad; aunque sólo sea por los uniformes, más “adultos”, de los jugadores y por esa especie de smoking que usan los árbitros.
Unificar las dos pasiones, esa doble cuota de irracionalismo, puede ser, según se mire, una bendición o una esclavitud. Da igual. Cuando suena el silbato o el Umpire grita “¡Play!” se produce el Big-Bang y comienza el mundo; quiero decir, el juego.

Arte contemporáneo

Iván de la Nuez

Hay libros escritos para el futuro. Hay algunos que, incluso, se plantan en el porvenir como si hubieran sido dispuestos por un contemporáneo de ese tiempo venidero. Ya son más escasos aquellos que, una vez instalados en “la literatura que vendrá”, son capaces de abrir un camino y marcarle un rumbo a esa fecha ulterior.

Cincuenta años después de su aparición, Composición nº 1, de Marc Saporta, cumple con esos requisitos. Sin olvidar que, con sólo mirar la fecha de su primera publicación, podría sonrojar a más de un escritor de la actualidad. Por lo que concierne a los lectores, el impacto no resulta menor: cada uno puede llegar a asumir que está frente a un libro escrito, exclusivamente, para él.

Más que  una pieza sobre el azar, Composición nº 1 (recuperado ahora por la editorial Capitán Swing) se comporta como un objeto “azaroso”, un juego de naipes que cada cual puede barajar, cortar o repartir como prefiera. A partir de ahí, estaremos en condiciones de construir una historia que siempre funciona como primera experiencia de lectura y como la primera composición de todas las posibles. Desde sus páginas sin numerar, Saporta nos permite evocar, como afirma Miguel Ángel Ramos en el prólogo, a Cortázar o a Lezama Lima. Al I Ching y a Juego de cartas, de Max Aub. A Italo Calvino y a Julián Ríos. También se podría hablar del Tractatus de Witgenstein, otra obra que requiere de los medios habilitados por épocas posteriores para completar su “composición” ideal.

Un detalle sobre el prólogo. Lo que dice es muy recomendable. Su ubicación en el ensamblaje del libro es, sin embargo, muy cuestionable. Un libro sin principio ni fin no parece propicio al alojamiento de un prólogo. Al menos no en el mismo soporte de la caja de sorpresas que configura esta obra.

Hay más. A diferencia, pongamos, de Rayuela, Composición nº 1 no nos deja ningún mapa para orientarnos en el territorio. Ni un solo manual de instrucciones para armar el rompecabezas que su trama nos plantea. Y eso que, bajo la cadencia aleatoria de sus pequeños movimientos, persevera un relato, una línea invariable que atraviesa el caos. Bien en ese plano cinematográfico a través del cual, “a ambos lados del coche, desfila la calle” o en una adolescente que se acaricia y gime. En el túnel al final de una catástrofe y en una lágrima que se le escapa a Helga. En una boca a la espera de un beso, como salido de un poema de John Donne, y en unos policías que juegan en sus ratos libres. En un accidente que deja entrever el Big Bang de toda la constelación y en Dagmar, que consigue pintar su sombra.

Ese cuadro es este libro y se llama, precisamente, Composición nº 1. Y este libro, como el cuadro, certifica la “soberanía de la sombra”. También se comporta como un manifiesto contra la literatura como oficio y una apuesta -seguimos en la lógica del juego- a favor de su función como antídoto contra la rutina.

Saporta ha sido definido como un adelantado de la llamada literatura expandida y esto es cierto, dado que utilizó mecanismos de otras artes para que su escritura fluyera. Pero al mismo tiempo es verdad que no se regodeó en una jerga audiovisual para subrayar que había “pasado el puente”.

Y aquí se hace inevitable un comentario. La literatura expandida, tal como la hemos entendido en España, si bien ha provocado una remoción en su punto de partida, ha sido particularmente inocua en el puerto de llegada. (La contundencia crítica generada en Departures contrasta con la indiferencia en Arrivals). Una posible explicación puede estar en el hecho de que los escritores han llegado a un mundo que lleva décadas practicando una narrativa de alto calibre desde soportes audiovisuales. Y que para modificarlo no basta con un book trailer o un ejercicio performático de Spoken Word. La “expansión”, nos guste o no, tendrá que confrontarse, por ejemplo, con las dualidades de Bill Viola o las historias simultáneas dispuestas por Doug Aitken. Con el ejercicio de reconstrucción que se permite Stan Douglas en Inconsolable Memories y el acto de construcción que acomete Pedro G. Romero en Las correspondencias.

Esto por no hablar de que, salvo casos excepcionales, las formas de gratificación a estas obras se mantienen en el mundo editorial convencional, a través de premios, revistas, suplementos, donde se han legitimado toda la vida los escritores (expandidos o no). Conviene recordar, por otra parte, que ese ámbito hacia el que se propaga la literatura está sumergido en su propia crisis y no parece que un incremento audiovisual sea, precisamente, lo que pueda paliarla, sino una restitución de la palabra, hoy deficitaria en esos predios.

Es hora de volver a Saporta. Y a su Composición nº. 1, armada con los riesgos propios del juego, como es el caso de las deudas, las apuestas y las trampas. Y por esos momentos en los que al jugador –al lector-, se le permite recuperarse para que recaiga más tarde con mayor estrépito.

Este libro es además -pero eso lo sabremos demasiado tarde-, una emboscada; urdida para que, de cualquier manera, perdamos la partida. Como dice el autor, o su sombra, o un avatar de Composición nº 1: “Al fin y al cabo, siempre ganan los crupiers”. En este caso, un crupier llamado Marc Saporta.

(*) Publicado en Babelia, El País, 28 de abril, 2012.

Orwell, tú puedes

Iván de la Nuez

Hollywood adaptará 1984, la novela que George Orwell publicó en 1949. No vamos a descubrir, a estas alturas, que se trata de una de las obras más corrosivas que se hayan escrito jamás contra un régimen totalitario. En principio, fue una parábola sobre el estalinismo, pero el tiempo y el mundo la han convertido en mucho más que eso. Así que 1984 no sólo ha sobrevivido a su creador –que murió de tuberculosis en 1950-, sino también al mismísimo Stalin (que se fue en 1954). Desde entonces, la influencia de este libro no ha menguado ni un ápice; hasta el punto de que hoy se deja leer, perfectamente, como una pieza contemporánea acerca de la vigilancia, el poder de las nuevas tecnologías sobre los individuos y el totalitarismo, siempre al acecho a la vuelta de la esquina. En 2012, 1984 es un salvavidas con manual de supervivencia incorporado.

Y ahí es donde aparece Hollywood con lo que será la cuarta adaptación de la novela. Anteriormente, 1984 había sido llevada a la pantalla por los directores Rudolf Cartier (1954), Michael Anderson (1956) y Michael Radford (1984), producción que contó con las actuaciones de John Hurt o Richard Burton y la música de Eurythmics.

Lo que asusta de la próxima versión es, primero, el tándem -producción de Brian Grazer; dirección de Ron Howard- y, segundo, su querencia literaria: últimamente habían adaptado El código Da Vinci y Ángeles y demonios, las dos novelas superventas de Dan Brown.

¿Será esta próxima versión de 1984 criptonita suficiente como para pulverizar la novela? Es el momento de empezar a apostar.

Imperio y Paella

Iván de la Nuez

Cuando los pueblos pierden su imperio, recuperan su alma. Esta idea (que cito de memoria) es de Gore Vidal y en ella la verdad está supeditada a la esperanza. Al consuelo de sacar algo positivo ante lo que el escritor asumía como el declive irreversible de Estados Unidos. (Al menos, de “sus” Estados Unidos). La frase, asimismo, estaba vinculada a su decisión de irse a vivir a Italia; al territorio de ese otro gran imperio que dominó medio mundo en los tiempos de César.

A diferencia de lo ventilado por Antoni Negri y Michael Hardt –para quienes la globalización emergía como la Era del Imperio-, Vidal, poco proclive al neo-leninismo pese a sus críticas a las políticas norteamericanas, parece entender nuestro tiempo como la Era del ex-Imperio. No comparto buena parte de los libros de Negri & Hardt, pero tampoco estoy muy seguro de que los imperios, una vez desplomados, se caractericen por la recuperación de su “alma”. Ni que las nostalgias por la ex colonias tenga algo que ver con el espíritu retornado a las ex-metrópolis.

¿Cómo se comporta un antiguo imperio?

El abanico de actitudes de los países que fueron imperios –británicos, franceses, japoneses- es, desde luego, variado. Y sus conductas culturales suelen bascular entre la la asimilación y el rechazo de los pueblos conquistados.

Lo que sí puede intuirse es que la construcción de los estereotipos y los clisés sobre los otros es una pauta importante de estos comportamientos. Quizá debido a la melancolía persistente por un mundo lejano que proporcionaba a la vez riqueza y poder, exotismo y servidumbre. Quizá porque el surgimiento del folclore, tal como lo conocemos hoy, no puede explicarse sin el romanticismo (en particular el alemán), pero tampoco sin la costumbre imperial de los dos últimos siglos de traducir los códigos culturales de los otros a un lenguaje “universal”.

He pensado todo esto al enfrentarme a la obra de Patricia Esquivias, una artista española que ha enfocado parte de su trabajo en el folclore “contemporáneo” de otro ex imperio, el español, a partir de la indagación en sus presupuestos turísticos. En las paellas y los toros, las playas y las islas, la sangría y los trajes.

¿Quién sería, hoy, el continuador de Felipe II, aquel monarca de un imperio donde no se ponía el sol? ¿Aznar, con su apuesta atlántica? ¿Zapatero, con la Alianza de las Civilizaciones? Ni uno ni otro. Para Esquivias, el gran continuador del imperio español no es otro que Julio Iglesias. Para empezar, Julio -hijo de otro Julio- es también “segundo”. Su nombre evoca a César y sus conquistas van de Filipinas a las Américas cubriendo una amplísima geografía. Como Felipe II, nuestro Julio de hoy también ha expandido su imperio hasta los lugares más recónditos (ha vendido millones de discos en distintos idiomas, incluido el chino). Como Ponce de León, Julio II parece haber encontrado en Florida la fuente de la eterna juventud y su mansión en Miami, según la “arquitectura comparada” de Patricia Esquivias, es una subliminal reproducción de El Escorial. Si Felipe II hacía apología del Oro, Julio hace publicidad del Sol (esa especie de oro celestial). No hay folclore sin conquista y Julio es, como indican sus proezas musicales y maritales, un Conquistador.

En fin, y como diria Clausewitz, Julio Iglesias es el máximo representante de “la continuación del Imperio por otros medios”. Un imperio basado, más que en la política, en el entertainment, el turismo, el estrellato de la música ligera y en los anales épicos del papel couché.

Teoría de la “absolutidad”

Iván de la Nuez

Los tres hechos sucedieron, prácticamente, de manera simultánea. Mientras la Universidad hebrea de Jerusalén hacía públicos los archivos de Einstein, un terrorista islamista –de la variante ahora llamada “lobo solitario”- asesinaba en Francia a siete personas, entre ellas varios judíos. A la vez, un adolescente negro era tiroteado en la Florida por la muy sospechosa conducta de ponerse una sudadera con capucha, caminar por un barrio donde el guardia de seguridad lo percibió como un “extraño” e ir “armado” con una barrita de chocolate, un teléfono celular y un refresco de lata.

Los asesinatos opacaron, como no podía ser de otra manera, la puesta en órbita del legado del famoso físico y premio Nóbel, que parecía astillarse ante la presencia absoluta de estos crímenes y los no menos absolutos ideales que los mueven. Y es que el fundamentalismo –bajo cualquiera de sus signos, incluidos los racistas- consiste en el asesinato de la relatividad. Con ese desprecio que coloca a la ortodoxia en la certeza y a lo ambiguo, lo que genera dudas, lo que está abierto a más de una interpretación, en el lugar de la sospecha o directamente la culpa.

Un relativismo que ha sido ridiculizado, dicho sea de paso, por los extremistas de todas las corrientes políticas. En nombre de Dios, de Alá, del Mercado, del Estado, de Jahvé, del Capitalismo, del Comunismo, el maximalismo es la forma principal de expresión que va adquiriendo una política degradada que comienza a fundirse con lo policial.

Cada vez que un absolutista se tropieza con lo que no comprende, o simplemente con aquello que detesta, la emprende contra el relativismo (cuidando siempre de situarse él mismo en el reino sagrado de lo indiscutible).

Algo tan curioso como contradictorio, puesto que vivimos en una época que no para de generar perplejidades. Una época en la que, para quedarnos tan sólo con estos días, vemos a la derecha subiendo impuestos o a un Papa -jefe de uno de los Estados más reaccionarios que existen- abrazado al único gobierno comunista de Occidente. Como dijera Max Aub en La Habana de 1960 (Enero en Cuba), “que baje Dios y lo explique”.

Estas políticas se afianzan cuando la gente prefiere la seguridad a la duda; acusar a comprender. Todo eso puede explicar el triunfo generalizado del panfleto, género perfecto para confirmar expectativas y no para interrogarlas.

Tales conductas no responden a una ideología fija: se encuentran en el ultranacionalismo de, digamos, un Le Pen y en los religiosos ultraortodoxos, tanto como en los regímenes de izquierda obsesionados en reprimir las voces que les cuestionan. En todo los casos, queda manifiesta la misma alternativa: “Ellos o Nosotros”.

Ante hechos como estos, puede que nos reconforte un viaje por los archivos de Einstein. Por los Escritos científicos y los Escritos no científicos, los diarios de viaje o la correspondencia… O por el resto de su papelería –Einstein Paper Projects- apoyado por la Universidad de Princeton y por el California Institute of Technology.

Ahí nos toparemos con el Einstein que se preocupa por el conflicto árabe-judío y el que escribe a sus amantes. El Einstein que se ocupa de la desigualdad racial en Estados Unidos y el que se involucra en el pacifismo. En fin, con la relatividad de este físico (y humorista) judío capaz de percatarse de que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

(*) En la imagen: La Bonne Trajectoire, de Guy Peellaert, en la que aparecen Einstein y el legendario bateador Babe Ruth.

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Lo que viene

Iván de la Nuez

Desde Fantastic Plastic Mag sabemos más cosas sobre la estrategia editorial de Sigueleyendo. Aquí les dejo más información sobre próximas colecciones y autores. La red se mueve y ya están en camino otros proyectos y plataformas de las que iremos dando noticia por aquí.

Sigueleyendo hace tiempo que dejó de ser en exclusiva una web sobre libros y lecturas. Desde un principio, las inquietudes de esta página les llevó cada vez a más: primero a abordar las redes sociales de una forma sublime mediante la que han sabido “ampliar” sus contenidos hasta el infinito y más allá y, más tarde, a lanzar su propia colección de libros digitales en la que ya hemos podido leer a autores como Llucia RamisMilo J. Krmpotic o Gonzalo Torné. Con semejantes antecedentes, podemos esperar cualquier cosa… Así que no estará de más estar muy pero que muy atentos de la presentación de novedades que realizarán este domingo día 25 de marzo a las 12:30h en la librería barcelonesa Negra y Criminal (en plena Barceloneta). Ya han avanzado que harán publicas tres nuevas colecciones: Colección de Autor, donde ir publicando digitalmente a todo un conjunto de autores que merecen una buena edición y no la tienen (tal y como Willy UribeRaúl ArgemíCarlos ZanónHernán MigoyaJoan BrossaHoracio Quiroga o Kike Ferrari); Colección de Husos, donde autores como Gabriela WienerJordi CarriónIván de la NuezLucía Lijtmaer o Ainhoa Rebolledo abordarán la no ficción; y Operas, especializada en la edición digital de libretos de óperas italianas a cargo de Carlos Vitale. Todo esto y más, el domingo en Negra y Criminal. Y, a partir de ahí, poco a poco lo iremos viendo y disfrutando en Sigueleyendo.