Un arte fuera de sí

Iván de la Nuez

(Texto para el catálogo de la exposición Everything is out there, que se inaugura hoy en La Casa Encendida.)

    

  

 Christodoulos Panayiotou, Wonderland, 2008

  

Uno

Si “todo está ahí fuera”, entonces ya no quedan outsiders.

Dos

No es suficiente con salir a ese “afuera”, como quien arma una expedición hacia otros mundos -lo social, la contestación, la publicidad, la aventura, la política, la cartografía, la verdad- y se va haciendo con nuevas vituallas para las obras. No basta, siquiera, con salir  del museo. Es pertinente intentar la posibilidad de salir del arte.

Tres

El “afuera” no es, aquí, una panacea. Salir implica acometer un vaciamiento del interior. Cortar, por así decirlo, las cuerdas de seguridad. Sólo entonces, valen las evocaciones. Estas, por ejemplo: La verdad está ahí fuera como leit motiv de una popular serie de ciencia ficción. Ante ese afuera sideral, todo resulta pequeño, pues, a fin de cuentas, ¿cómo enfrentar lo ínfimo con lo infinito; la verdad con La Verdad? Barthes clamó una vez por buscar lo verdadero en la epidermis. Se desligaba así de asumir como cierto y “auténtico” el interior y la sangre; la víscera y el tuétano. Foucault prefirió reivindicar el pensamiento del afuera, una estratosfera soñada por Blanchot en la que las palabras volverían a designar las cosas. Kundera lo dejó claro, desde el título mismo de una novela: La vida está en otra parte. Lo externo es también la marca de las utopías: allá –Allá- hay una isla remota que opera como un contenedor de alternativas a nuestro mundo. Sólo que es tan perfecta (y tan siniestra) que es mejor mantenerla a lo lejos -como el lugar que no existe.

Cuatro

Pocas veces, como ahora, el arte se había abismado tanto a otros mundos. Y pocas veces, como hoy, ha regresado tan maltrecho de ese viaje. Como arrastrando el peso de una desproporción. Entre una ida plena de posibilidades y una vuelta tan previsible a ese museo que sigue siendo la Ítaca a la que todo artista regresa para dar fe del mundo. En todo caso, lo reprochable del arte actual no está en el hecho de expandirse, sino en no hacerlo suficientemente.

Cinco

A este itinerario hay quien le sigue llamando “utopía”. Aunque también podríamos llamarle “turismo”.

Seis

Es loable la ilusión de un museo imaginario. Pero es más fructífera la idea de un arte imaginario. Se sabe de una esquina de ese afuera –la literatura- donde esto ha sucedido con eficacia. Ahí estuvieron, una vez, Wilde y Chesterton. Y Balzac-Poe-Chéjov-Rilke-D´Annunzio-Wharton… Aquí están, ahora, Auster y Delillo. Y Michel Houellebecq-Ignacio Vidal Folch-Julián Rodríguez-David Markson-Javier Calvo-Álvaro Enrigue-Julián Ríos-Roberto Bolaño-PatrickMcGrath… Ellos convierten al arte contemporáneo en una especie de “género” literario, un territorio de la novela. Y apuntan a la necesidad de una narrativa antes que a una teoría del arte. 

Siete

En ese cruce, hay una creadora –Sophie Calle- que ha pasado de artista a personaje, y de personaje a Musa. Paul Auster, Grégoire Bouilliere o Enrique Vila-Matas han estado ahí fuera, esperando. Esperándola. En el punto exacto en que la muerte del autor –que desde Barthes y Foucault no cesan de repetir creadores de todo tipo- debería evocar también, no sin fatalidad, el fin del artista.

Ocho

Pese a su pretenciosa cartografía –que impera incluso más allá del afuera, en el espacio ubicuo del éter- eso que seguimos llamando “arte contemporáneo” no puede ser visto como un arte “mundial”, sino “mundano”. Worldly más que World. Y no es global, como grita a los cuatro vientos, sino local. Y es local, pero no porque tenga una escasa expansión geográfica, sino por la claque inamovible que lo gobierna, por ese carácter de secta que lo ha dotado en las dos últimas décadas de una fantasía de perpetuidad.

Nueve

La definición “arte contemporáneo”, no deja de ser perezosa y algo falaz. Parte de dos eternidades falsas: la de Historia Contemporánea, apuntada por Lenin validar la eternidad del comunismo. Y la del Fin de la Historia, apuntada por Fukuyama para validar la eternidad del capitalismo. Pero mientras lo contemporáneo apunte al infinito, no hay alternativa en el tiempo, sino en el espacio: en una búsqueda agónica en el afuera. Por eso no es ya una estética, sino una estática del arte, lo que menor define el actual estado de cosas.

Diez

El afuera no es obligatoriamente una entidad abstracta. Y allí el artista no es, necesariamente, una bala perdida. Es, más bien, una especie de argonauta en otro sistema cultural. Un sujeto en diáspora que engrosa la cultura maltrecha y distinta de esos hombres que Hugo de Saint-Victor previó que rozaban la perfección: aquellos “para los que el mundo entero es como una tierra extranjera”.

Once

El arte es un oficio remoto. Una dedicación rupestre que lleva un siglo despidiéndose, pero no ha aprendido a marcharse.

(*) Everything is out there es un proyecto de Rosa Lleó y Zaida Trallero, premiado en el certamen Inéditos 2010, de Casa Encendida. Cuenta con obras de Haris Epaminonda, Hans-Peter Feldmann, David Ferrando, Jorge Macchi, Fran Meana, Christodoulos Panayiotou, Oriol Vilanova y Javier Álvarez (Néboa). Inéditos 2010 puede verse en la sede de La Casa Encendida, Madrid, desde el 29 de junio hasta el 29 de agosto.

Carlos Monsiváis: Aires de familia

Iván de la Nuez

 

Con Aires de familia, Carlos Monsiváis ganó el Premio Anagrama de Ensayo, en el año 2000. Entonces, escribí esta crítica que ahora comparto, un minúsculo homenaje al enterarme de su muerte.

 

Monsiváis

 

El reciente Premio Anagrama obtenido por Carlos Monsiváis hace justicia a este autor mexicano, que ha sido tratado con particular indiferencia en la edición española. Un acto de justicia que se extiende, quizá, al ensayo latinoamericano en su conjunto, género que ha permanecido en la sombra desde los éxitos del boom, en los años sesenta, hasta nuestros días, en los que afortunadamente un grupo de autores no se dedica a traficar con el exotismo como seña invariable de identidad. El premio coincide, además, con el 50 aniversario de El laberinto de la soledad, esa pieza fundadora publicada por Octavio Paz, y compensa, si cabe, la trayectoria de uno de esos pocos intelectuales laterales que ha tenido América Latina. Porque, si bien es cierto que Monsiváis siempre se ha comprometido con diversas causas -minorías, movimientos indígenas, reivindicaciones gays, defensa de la cultura popular, exigencia de transparencia democrática para el México gobernado por el PRI-, también es verdad que ha escapado de ese vicio nefasto que ha convertido a muchos escritores -de Paz a Carlos Fuentes, de Alejo Carpentier a Mario Vargas Llosa- en una estirpe de garantes y legisladores de esa invención que conocemos como América Latina. Reconocidos estos puntos, vale señalar asimismo que Aires de familia no refleja al mejor Monsiváis, un autor puente entre el arquetipo antes apuntado de intelectual total -al estilo de Jean-Paul Sartre, digamos- y las nuevas interpretaciones que han ensayado escritores como Roger Bartra -La jaula de la melancolía- o Antonio Benítez Rojo -La isla que se repite-, por mencionar dos de los más agudos ensayos que hemos leído en España en los últimos diez años. En una cuerda deudora del Severo Sarduy de Barroco, Monsiváis defiende la persistencia de la cultura latinoamericana a través de iconos y arquetipos que se reiteran en el cine de Hollywood y en las telenovelas, en el caudillismo continuo y en los intentos de modernización, en las migraciones y en la globalización. Monsiváis suele nadar con soltura en estas aguas, en las que conecta con pericia la literatura con la cultura popular, la reivindicación de los sujetos marginados con las incursiones literario-musicales de Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Luis Rafael Sánchez, quienes han hecho del carnaval, el bolero o la vida nocturna un paisaje literario de indudable fuerza. Al mismo tiempo, hay territorios que se le vuelven hostiles y son resueltos con un exceso de didactismo, una reiteración innecesaria de lugares comunes, y una idea algo vencida de América Latina. Pese a tratarse de un libro irregular, es posible todavía aquilatar en él el pulso de un autor que ha sabido granjearse un merecido respeto y que, en sus mejores momentos, aún conserva su audacia para borrar las fronteras entre la escritura y la vida.

(*) Publicado originalmente en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya, y recogido en Postcapital. (Crítica del futuro), Linkgua, Barcelona, 2006.

El cercano Este

Iván de la Nuez

  

  berlin,-germany

 

Entrada la segunda década del siglo XXI, es pertinente hablar de un género cultural nacido de la Post-Guerra Fría: y es posible llamarle Eastern. Un género que explota hacia 1989, año en el que tiene lugar el cruce entre el desplome del Comunismo y la expansión de Microsoft. El Eastern cubriría, pues, el tránsito no casual entre las sociedades basadas en el trabajo manual –las dictaduras del proletariado- y las sociedades de la informática e Internet: el paso que va desde un PC (Partido Comunista) a otro PC (Personal Computer). Un itinerario que abarca veinte años que se deslizan entre la crisis del comunismo y la actual crisis del capitalismo.

El Eastern, como el Western primigenio, no puede entenderse sin la conquista del espacio. Sin esas invasiones perpetradas hacia “allá” por las democracias occidentales, con su recetario de promesas para la nueva vida. Tampoco es comprensible sin las inundaciones de todo tipo provenientes de los países ex-comunistas, acompañadas por la banda sonora de aquel imperativo irónico-fascistoide de los Pet Shop Boys una vez desplomado el Imperio: “Go West!”. Hay, desde luego, diferencias. Esta, por ejemplo: mientras que en el Western los villanos podían convertirse en héroes –Billy The Kid o Doc Holliday-, en el Eastern, por el contrario, los héroes suelen terminar convertidos en villanos (desde Leonid Brezhnev hasta Boris Eltsin).

Con antecedentes notables en la cultura pre-comunista (Tolstói, Kafka, Jan Neruda), y más tarde en la disidente (Solshenitzin, Kundera, Forman, Tarkovski, Polanski), el Eastern consuma su definición como un fenómeno pos-Berlín. Así que tratamos con un género particular de estos veinte años en los que se completa Europa y los países del Este pasan a convertirse en un paisaje –entre pintoresco y temible- cada vez más familiar para la cultura occidental. Desde entonces, los nombres de artistas como Frank Thiel, Boris Mikhailov, Deirmantas Narkevicius o Dan Perjovschi, han dejado de sonar como extraños para los museos de Occidente. Lo mismo puede decirse de teóricos como Slavoj Zizek y Boris Groys. O de novelistas como Víctor Pelevin, Imre Kertész o Andreï Makine. Esto por no hablar de deportistas como Bubka, Mijatovic, Stoichkov. O de la invasión de skodas o dacias, que transitan por las calles de Occidente y han amparado alguna vez su publicidad tras los eslóganes de la revolución comunista.

Ahora bien, lo que convierte al Eastern en un género verdaderamente universal no es tan solo, ni fundamentalmente, la invasión hacia el Oeste de los escritores, artistas y deportistas del “más allá”, sino la pasión por el este de los creadores occidentales. Precursores tan notables como el periodista John Reed, el dibujante Saul Steinberg o el novelista George Orwell dieron cuenta de ese mundo bajo el bolchevismo y el estalinismo. Graham Greene, John Le Carré o Frederick Forsyth se ocuparon de desentrañarlo durante la Guerra Fría. Todos ellos con una mezcla de fascinación y temor; exotismo y ansiedad por descubrir –fantasías a un lado- lo que se escondía, verdaderamente, detrás del Telón de Acero. Ese misterio ha desatado todo tipo de recuperaciones en la actualidad. Desde el aclamado redescubrimiento de Vida y destino, la novela de Vasili Grossman, hasta el revival pop, relatado hace unos días por Kiko Amat, de la cantautora checa Marta Kubisova, musa de la Primavera de Praga y de la resistencia a la invasión soviética del 68. Desde el rescate de los textos de Alexandra Kollontai hasta la saga ucraniana tejida por Jonathan Safran Foer, en su novela Todo está iluminado. Por su parte, los fotógrafos Dani & Geo Fuchs han dado cuenta de la represión alemana en la serie Stasi Secret Room, mientras que los cuadros e instalaciones de Mona Vatamanu y Florin Tudor intentan que no olvidemos la sombra siniestra de Nicolai Ceaucescu. En el blog Muñequitos rusos (munequitosrusos.blogspot.com) se informa y discute acerca de los dibujos animados de la era comunista, con una precisión asombrosa de los detalles técnicos. “Muñequitos rusos” era la manera de nombrar estos animados en Cuba, un país con un Estado comunista en el corazón de Occidente, cuyo aporte al Eastern ha tenido su importancia. Y no me refiero a los paladines tropicales del realismo socialista –hoy convertidos algunos al idealismo capitalista con la misma pasión y dogmatismo-, sino a obras más complejas en las que se aborda a esa isla del Caribe como parte del Imperio Soviético. Es el caso sobresaliente de José Manuel Prieto –Nunca antes habías visto el rojo, Enciclopedia de una vida en Rusia, Livadia…- o de la revista Criterio, en la que el traductor y crítico Desiderio Navarro ha construido un completísimo catálogo de pensadores y teóricos del antiguo Bloque Comunista. Desde el Cono Sur, Fogwill fue un precursor que imaginó, antes del derribo del Muro, una Argentina soviética en Un guión para Artkino.

No hay género que se precie que no disponga de subgéneros. Es el caso de la Ostalgia, en particular la alemana. Esa melancolía –tenue y crítica unas veces, exuberante y laudatoria en otras- por el comunismo como un mundo añorado frente las adversidades de la reunificación. Ahí están películas como Berlin is in Germany, Good Bye Lenin o La vida de los otros. Hollywood ha encontrado allí un gigantesco plató. Sin este nuevo set, no serían concebibles las misiones imposibles de Tom Cruise, las revitalizaciones de James Bond o Jason Bourne, esos dos JB programados para salvar a Occidente. O filmes como Promesas del Este. La Ostalgia ha sido asimismo una bandera de la Escuela de Leipzig, en particular de Neo Rausch, donde el horizonte previo a 1989 es pintado con ribetes bucólicos propios del Medievo.

España no ha escapado a esta pasión por el Este. Dejemos a un lado, por el momento, a una zona de la izquierda que, en lugar de percibir en el derrumbe del Muro una de sus grandes oportunidades, ha persistido en maquillar el Gulag. Más allá de esta nostalgia en la distancia –y a la abundancia de tramas televisivas en las que prevalecen las mafias y el plutonio (aunque sin olvidarlo del todo)-, puede decirse que no hay museo o galería española que no tenga “su” artista del Este; no hay editorial que no tenga su escritor, ni club que no disponga de su futbolista. Ya en el campo literario, vale la pena rescatar a dos precursores. Eduardo Mendicutti concibió, en Los novios búlgaros, una divertida comedia en la que la picaresca española era superada por la picaresca del Este. Ignacio Vidal Folch –desde La libertad, su novela “rumana”, hasta su reciente Noche sobre noche- ha abierto un campo único desde el que consigue un completamiento de la novela europea a partir de la nueva cartografía del postcomunismo. Esta obra, además, deja entrever unos paralelos entre la transición española y la del Este, con unos personajes gobernados por contradictorias pulsiones que alcanzan, alternativamente, la esperanza, el destape o el desencanto.

Podemos constatar otros datos. Lo que significó Nueva York para la generación de Miralda, Muntadas o Francesc Torres, es un espacio ocupado hoy por Berlín del Este; como una especie de tierra prometida para distintos artistas españoles. Allí viven, o han vivido por largas temporadas, Sergio Belinchón, Tere Recarens, Chema Alvargónzalez o Santiago Ydañez entre medio centenar de creadores. En dirección opuesta, vale la pena recordar que España ha acogido el protagonismo literario de Mónika Zgustova, Mihaly Des o Bashkim Shehu.

Resulta obvio, a estas alturas, que esta no es una teoría sino la crónica de un síntoma. Y la escribo desde la España del Este, plantado en un territorio a cuyos aborígenes, miren por dónde, se les suele llamar “polacos”. Así que, en consecuencia, han nombrado Polonia a su más agudo programa de sátira política; y Crackovia a su correlato dedicado al deporte. Todo ello sin olvidar que, durante largos años, una discoteca que animó la noche del barrio de Gracia respondía al nombre de ¡KGB! Recientemente, Francesc Serés, ha publicado sus Contes Russos (no traducida aún al castellano), una antología falsa de escritores de Rusia en los que no falta ni la sombra soviética ni el fantasma de Marx dando tumbos por Moscú.

En un punto límite de la guerra de los Balcanes, Slavoj Zizek comentó que lo mejor que podía hacer Occidente al respecto era, precisamente, “no hacer nada”. No estoy de acuerdo. Entre otras cosas, porque ese mundo occidental ha sido el espejo –y el espejismo- en el que se miraron estos países para tirar abajo sus respectivas tiranías. También, porque hay, entre muchas otras, una cosa que Occidente puede hacer: aprender. Fijar el foco en algunos artistas procedentes del Este cuya obra operó, bajo el comunismo, como un detector de represiones y que hoy, en el nuevo mundo, no se han limitado a relamerse en las antiguas censuras. Por el contrario, han mantenido entrenado su ojo crítico para percibir otras formas autoritarias, no siempre evidentes, que se renuevan en la actualidad postcomunista. Sin dejar de apuntar a la manipulación de las masas que se ejerce más allá de la violencia de los tiempos del Telón de Acero.

Son herederos de aquellos tiempos de 1989, que hicieron resplandecer lemas tales como Solidaridad, Transparencia, Reconstrucción. Palabras que operaban como una carta de navegación y que nuestras muy democráticas sociedades parecen haber enterrado junto a los escombros del Muro. El cercano Este arrastra, todavía, esos fantasmas que aparecen de vez en cuando, tan familiares como incómodos, para exigir asuntos pendientes. Para recordarnos, a fin de cuentas, que las deudas suelen acercarnos más que los sueños.

(*) Publicado originalmente en Babelia, El País, 8 de mayo, 2010.

 

Buenas noticias para el ensayo

Iván de la Nuez

 

Buenas noticias para el ensayo en España. Eloy Fernández Porta (1974) acaba de ganar el Anagrama con Eros. La superproducción de los afectos. La finalista resultó ser Beatriz Preciado (1970) con Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría.

Anoche lo celebramos, en breve lo reseñaremos. Refresco la crítica que en su momento le dedicamos a Afterpop.

 

El laberinto de la promiscuidad

Lo primero es la fauna: Jeff Koons y Mike Kelly, Mauro Entrialgo y Gabriel Ferrater, los heavy metals (eso sí, reconducidos por la industria discográfica) y Robert Juan-Cantavella, Ignacio Vidal Folch y Julián Ríos, Isaac Rosa y Mondo Brutto. William Burroughs y Hernán Migoya, Witold Gombrowicz y Félix Romeo, Kiko Amat y Britney Spears.

Lo segundo es la selva: El programa de David Letterman, El Yankee Stadium de Don Delillo, el aeropuerto como un espacio “vaciado, transicional y  asocial”, el teatro hermético de John Zorn, las geologías de Daniel Canogar, la página pantalla, los emplazamientos propios del ambient

Ya en un tercer momento, hay que lidiar con los problemas. ¿Cómo navegar por todo esto y entre todos estos? ¿De que manera traficar con el desequilibrio ecológico que propone este libro y encuadrarlo en alguna normativa crítica? ¿Cómo deslindar en este inmenso name-dropping que es  todo un discurso y asimismo una cortina de humo capaz de nublar su primera lectura?

Si conseguimos avanzar, comprendemos que la estrategia de Eloy Fernández Porta es más directa de lo que parece. Esto es: redefinir las ideas literarias sobre el pop a partir de los propios conceptos emanados de esa cultura. Ensayar desde y no sobre el fenómeno. El pop, aquí, es ubicuo: está, como Dios, en todas partes. Aunque no es en esa ubicuidad donde alcanza su mejor definición, sino en su capacidad subversiva; en la actitud cultural que despliega. “El pop es lo que le gusta a la generación inmediatamente posterior a aquella que acaba de ocupar el poder; lo demás, media mediante, es alta cultura”. No se trata, pues, de un compartimento estanco y escolar en la historia de la cultura (entre los sesenta y los ochenta, o entre Andy Warhol y los postmodernistas).

Afterpop es, también, una crítica a los opositores de la cultura mediática. Cada uno de sus capítulos esgrime un contrapunto con aquellos que se toman demasiado en serio la alta cultura (y a sí mismos como sus pretendidos garantes). Contra una intelectualidad bienpensante y sesentayochesca, solazada en lo culturalmente correcto, que se ha enterado poco de los aportes de la cultura visual, y se ha consolado colocando contenidos progresistas en formas de la alta cultura. Una élite en cuya resistencia a la cultura pop lo que verdaderamente se esconde, según Fernández Porta, es un terror reaccionario a la teoría.

En cualquier caso, el camino hacia Afterpop cuenta con ilustres antecedentes, autores que han ensanchado sin complejos el campo de la literatura gracias a la “implosión mediática” de sus respectivas circunstancias. Así Guillermo Cabrera Infante con el cine y el cabaret (Tres tristes tigres), Robert Venturi con el neón y la arquitectura popular (Aprendiendo de Las Vegas), Greil Marcus con el punk (Rastros de carmín), Paul Auster con las video instalaciones (Leviatán), Carlos Monsiváis con las telenovelas (Aires de familia), Peter Slotedijk con la música electrónica (Esferas).

Afterpop apuesta por una narrativa en la que la gente postea, hace zapping, ve cómics, atraviesa la cultura basura, se detiene en el realismo capitalista de Sigmar Polke y Gerhard Richter o trasiega con naturalidad entre William Burroughs y Padre de familia.

Ahora bien, incluso en la más orgiástica de las promiscuidades, hay tácticas para transitar el laberinto. Y es aquí donde Afterpop tiene algún problema, en ese punto académico que contradice por momentos el argumento que defiende, en cierta tendencia a calibrar por igual autores de calidades muy diversas y, tal vez, en la falta de un epílogo a la altura de su introducción.

En todo caso, convendría despojar a Afterpop de cualquier paternalismo al uso en nuestras parcelas críticas. Aquí hay un libro sólido y lo mas recomendable sería combatirlo o aplaudirlo sin miramientos generacionales. Su autor ya ha demostrado suficiente solvencia crítica para hacer lo mismo con cualquiera de nosotros.

Herzog, conquistador de lo inútil

Iván de la Nuez

 

HERZOG

 

Conquista de lo inútil es, en principio, el diario de Werner Herzog sobre la filmación de Fitzcarraldo. También, el revés de la trama de esa película. Y un recordatorio acerca de lo “inútil” que resulta, a veces, la interpretación. El libro –editado por Blackie Books- ilumina una nueva mirada hacia Fitzcarraldo como película y hacia Fitzcarraldo como personaje: ese mosaico humano encarnado por Klaus Kinski. Un outsider cuyo nombre proviene de un error fonético (el modo en que los indígenas del Perú pronunciaron “Fitzgerald”).

Fitzcarraldo tiene una obsesión: llevar la Ópera, Caruso incluido, al lugar más lejano de la selva. Quiere conjuntar el orden “clásico” de la naturaleza con la arista clásica de la cultura. Fitzcarraldo es un hombre desesperado por fundar y nombrar. Y es asimismo un retrato robot de una subjetividad transcultural, empecinado en concluir el mundo no terminado por Dios. Así las cosas, “Fitz” es un conservador que busca equilibrar las contradicciones culturales en un haz místico. Es un colonialista que puede engañar y explotar a los nativos para conseguir su empresa. Es un emigrante, un sujeto desplazado de su matriz cultural que se abre paso hasta el último confín del mundo. Y es también un personaje utópico que ha localizado en otro lugar su emancipación cultural. Por todo ello “deconstruye” la geografía (la deja sin fronteras), al mismo tiempo que se siente un elegido por Caruso, que era como una manifestación del mismo Dios (era un Divo), para llevar a buen puerto su singular misión. Fitzcarraldo cincela su cartografía definitiva cuando confunde el medio acuático y el terrestre. Cuando su barco surca -y nunca mejor dicho- a través de la tierra una parte de la travesía.

Para escribir cosas como estas, basta con ver la película. Cuando leemos Conquista de lo inútil (título envidiable, dicho sea de paso), el asunto adquiere otros matices que apuntan, directamente, a Herzog.

Para empezar, allí donde antes he escrito “Fitzcarraldo” puedo ahora poner “Herzog” y no tendría que cambiar ni una coma. Entre otras cosas, porque el Herzog mesiánico de los últimos documentales ya estaba agazapado en aquellas jornadas de la selva; escondido hábilmente detrás de la presencia, siempre culpable, de Klaus Kinski. En la perspectiva que ofrece ahora el libro, Fitzcarraldo no es más que la puesta en marcha de una obsesión del director. Con su origen en una iluminación: se le apareció de repente la visión de un barco varado en la cima de una montaña. Desde ese relámpago, Herzog no escatimará nada con tal de hacer realidad su delirio. El diario empieza en la casa de Francis Ford Coppolla y queda claro, desde el primer momento, que Herzog acometerá sin contemplaciones su particular Corazón de las tinieblas. En cualquier caso, a Fitzcarraldo se le pueden encontrar otras parentelas ilustres. Me vienen dos, en apariencia descabelladas, a la mente: Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, terminada en 1952; y el Diario en Bolivia, del Che Guevara, interrumpido en 1967.

Conquista de lo inútil enfoca el resplandor de la obra toda de Herzog, aunque su grandeza se completa, sobre todo, porque abre asimismo la puerta de su tiniebla particular. Todo ello, con el apuntalamiento de su idea del cine como una navegación contra los elementos. Un desafío brutal para cuyo fin están justificados todos los medios.

 La frase más repetida en Conquista de lo inútil es “río arriba”…

Descanso y ajustes

Iván de la Nuez

Llevo unas tres semanas sin postear. Se debe a que estamos haciendo algún ajuste -más bien reparando algún desajuste- en el blog. También, a que estoy poniendo en orden una serie de materiales y temas que necesitan un tempo distinto al de la atención al blog.

Regreso pronto.

Invitaciones de la semana

Iván de la Nuez

 

Lunes 1

Ciclo Narrar en la Era de la Imagen (ver detalles en este blog)

“Sesión de VJ / vídeos relacionados con la literatura”

Andrés Hispano

Caixa Forum, Madrid. Paseo del Prado 36

19.30

 

Martes 2

Presentación conjunta de El mapa de sal y Las correspondencias

Con Pedro G. Romero, autor, y Julián Rodríguez, editor de Periférica

Círculo de Bellas Artes de Madrid

19.30

 Ciclo Narrar en la Era de la Imagen (ver detalles en este blog)

“Sesión de VJ / vídeos relacionados con la literatura”

Andrés Hispano

Caixa Fòrum Barcelona, Av. Marqués de Comillas 6-8, 08038

19.30

 

Jueves 4

Presentación conjunta de El mapa de sal y Las correspondencias

Con Pedro G. Romero, autor, y Julián Rodríguez, editor de Periférica

Librería La Central del Raval, Elisabets 6, 08001

19.30

Tres respuestas rápidas a una muerte lenta

Iván de la Nuez

A propósito de la muerte, por los efectos directos de una huelga de hambre, de Orlando Zapata Tamayo, he recibido un cuestionario que tiene como destinatarios a “un amplio grupo de figuras públicas cubanas, también a bloggers y activistas políticos”.

Aquí las preguntas:

Quisiéramos conocer cómo caracterizaría usted la muerte de Orlando Zapata Tamayo. ¿Qué opinión le merece el hecho de que el gobierno cubano no reconozca ni un solo opositor legítimo y tenga actualmente más de doscientos prisioneros de conciencia en sus cárceles? Si tiene algún mensaje para esos presos, para el pueblo cubano, para el gobierno de Raúl Castro o la comunidad internacional, por favor hágalo saber. Le rogamos sintetizar su opinión en uno o dos párrafos (menos de 150 palabras, de 1000 caracteres).

Aquí las respuestas:

1. Desde que entró en huelga de hambre, Orlando Zapata Tamayo avanzó hacia un nuevo capítulo de la pena capital cubana: la muerte por extinción.

2. Sobre la existencia de presos de conciencia, mi opinión, pública y publicada, ha variado poco desde 1991. En un ensayo de ese año, escrito en Cuba, describí lo que entonces entendí como “el efecto del émbolo”: la lógica de poder de un Estado que basa su dominación –hacia fuera- en el derecho de los pequeños a validar su proyecto en el mundo, al mismo tiempo que reprime –hacia dentro- su propia diversidad y las minorías que la expresan. Cuando la llamada Primavera del 2003, me reafirmé en esta idea, aunque con el siguiente matiz: lo que antes había sido un signo de fuerza pasaba a convertirse en un signo de debilidad. Resultaba alarmante que un estado, con tal concentración de poder, no fuera capaz de soportar a doscientas, quinientas, mil voces disidentes. Hoy, esa situación de dominación, que había pasado de la fuerza a la debilidad, parece haber sufrido una tercera mutación y otro paso hacia el límite: no puede hacer creíble o efectivo el modelo hacia fuera –apenas le quedan espacios externos de legitimidad-; y no tiene otra que redoblar su compresión desnuda hacia dentro. Esto es, a todos los efectos, una crisis de dominación, pues el gobierno ya ni siquiera puede actuar según su propia lógica. Está, por así decirlo, “fuera de sí”.

3. En cuanto al pueblo, el gobierno o la comunidad internacional, no tengo ningún mensaje para ellos. Pueblo es la principal figura retórica de la peor política cubana –desde el gobierno hasta los oportunistas del suyo y otros bandos. De hecho, cuando escucho la palabra Pueblo intento ponerme a resguardo. Creo que, obviando todo mesianismo, cada cual puede influir –en su escala y con sus ideas- en su radio de acción. Debo decir, además, que en estos días no me he encontrado una sola persona de cualquier tendencia ideológica –amigo, conocido o desconocido (como escucho a algunos ahora mismo en un tren)- que no se sintiera sinceramente indignado por esta muerte.

El mapa de sal / en Periférica

Iván de la Nuez

  

 portada EL MAPA DE SAL 10 cm

 

Publicado originalmente en Mondadori, 2001, El mapa de sal acaba de ser re-editado por Periférica. Esta editorial acaba de publicar también Las correspondencias, de Pedro G. Romero. La semana próxima, estos libros serán presentados juntos, en Madrid y Barcelona. En el post de mañana dejo información detallada de estas presentaciones y otras “invitaciones de la semana”.

Orlando Zapata Tamayo

Muere, a los 42 años, Orlando Zapata Tamayo, como consecuencia de 85 días de huelga de hambre en Cuba.

 

 

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