Reino de Redonda First

Iván de la Nuez

ATLES

 

En estos tiempos post-utópicos, llama la atención la persistencia de medio centenar de micronaciones que se han plantado en el mundo, con bandera e idioma incluidos. Y cuando crecen tantos nacionalismos sin Estado, sorprenden estos micropaíses que pueden acreditar territorio y gobierno. Demarcaciones que no aluden a la Utopía (de Moro) ni a la Ciudad del Sol (de Campanella), pero que tampoco guardan demasiado correlato con Catalunya, Escocia o el Brexit, pongamos por caso. Pequeñas jurisdicciones con su historia y su cultura, aunque no demasiado patriotismo, en las que queda resuelta sin complejos la mezcla de realidad y ficción que trae aparejado cualquier ensamblaje nacional.

Esto es lo que recoge el Atles de micronacions, de Graziano Graziani, libro que no se comporta como una fantasía utópica ni como la teoría de una aspiración política, sino como una agenda concreta con los datos precisos de estos emplazamientos. Da lo mismo si se trata de la Republica Roja de Caulònia –situada en la península itálica y donde se habla calabrés o italiano- o de la República de Kalakuta –ubicada en Nigeria y con el inglés como lengua oficial. Del Principado de Sealand –batido por el Mar del Norte- o del Reino de Redonda –bañado por el Mar Caribe.

En algún caso, el estatuto microscópico no se refiere a un problema de tamaño -algunas de estas naciones pueden abarcar toda California o parte de la Patagonia-, sino a su nula importancia en el orden mundial.

De las utopías, asumen la imaginación y una cierta filiación monárquica (reyes y príncipes no faltan en su modelo político), pero también un punto libertario propio de aquellos que han plantado sus tiendas a un costado del mundo. Las micronaciones recogidas por Graziani han sido alentadas por la literatura y, al mismo tiempo, por la política y el fraude. Las impulsa un afán justiciero y a la vez un impulso pirata. Así pues, resulta difícil encuadrarlas en el regionalismo –nada que ver con algo parecido al ALBA o la Europa de las regiones- o en las patrias virtuales tan al uso en Internet. Más bien, parecen encaminarse a un sueño de soberanía personal plena, sólo asumible desde el estatuto improbable de “individuos-estado”. En cualquier caso, estos países no han sido reconocidos nunca y su amenaza, si la hubiera, sólo acecharía a nuestros estados mentales.

Suelen ser multilingües y lo mismo pueden ofrecer la ciudadanía de honor a Saddam Hussein (como ocurre en el Territorio Libre de Mapsulon) que erigirse en honor de Frank Zappa (como sucede en Uzupis). También implican a espacios reales que podemos visitar en países concretos, tal cual la ciudad Libre de Christiania, en Copenhague.

De Dinamarca, precisamente, nos ha llegado hace poco una noticia curiosa que tiene alguna relación con todo este asunto. Resulta que sus políticos se han percatado de que hay empresas con más poder que muchos estados. Así que han decidido nombrar embajadas virtuales ante esas corporaciones con un producto interior bruto y una influencia global mayor que decenas de países. Puede esperarse que la medida cunda, y que pronto veamos a nuestros embajadores presentando sus cartas credenciales ante las plenipotenciarias repúblicas de Ikea, Google, Facebook o Twitter.

Siguiendo ese ejemplo de Dinamarca, no estaría mal pensado que también se nombraran embajadores en algunas de las micronaciones comentadas antes. A fin de cuentas, con los políticos que tenemos, discutir los problemas del mundo con Coetzee o Alice Munro sólo puede traernos ventajas.

Marcador

La imagen de la era

Iván de la Nuez

 

Ruff-Torres

Si esta es la Era de la imagen, ¿cuál sería, entonces, la imagen de esta era? ¿Cuál, entre todas, calificaría como el icono que la definiera? ¿Cuál, en fin, tendría el sello indiscutible de esa imagen capaz de valer más que mil imágenes?

Ahí están los derribos del Muro de Berlín y las Torres Gemelas. Las fotos de la protesta en la calle o el retrato robot del indignado –The Protester-, ya bien pulido por Time para su portada. Ahí están las guerras que persisten en la postguerra fría y alguna estampa de las ciudades después de un atentado. Los millones de selfis diarios y el inefable retrato de turistas que a su vez retratan.

Y ahí está la foto del niño Aylan, muerto en la playa. Esa tragedia recortada de un cuadro gigantesco que engloba a millones de desplazados (y que se basta por sí misma para personalizar el malestar de esta cultura).

Todas son imágenes del fotoperiodismo, habituales en eventos como Visa pour l’Image o World Press Photo. Imágenes en las que la fotografía está machihembrada con la realidad.

Pero hay que tener en cuenta, también, a aquellas iconografías que no “ilustran” o “amplifican” (una catástrofe, un récord, una conquista), sino que evidencian, precisamente, la dificultad de entender lo que está pasando. A esa crítica de las imágenes por las imágenes se le ha llamado “iconofagia”. Y su historia contemporánea tal vez pueda entroncarse con aquella conminación de Artaud, clamando porque nunca fuéramos reales y siempre fuéramos verdaderos.

Ante un hecho tan visualizado como el atentado a las Torres Gemelas, Thomas Ruff se dio a la tarea de aplicarse este ultimátum. Es imprescindible que describamos su estrategia para complicar la percepción de aquella masacre del 11-S en Nueva York. A una distancia normal, vemos la imagen del edificio ardiendo y todo parece obvio. Sin embargo, a medida que nos acercamos, la fotografía se pixela, queda desenfocada, y deja a la vista una imagen brumosa: un paisaje abstracto que nos deja perplejos.

Porque, mientras más nos hemos aproximado, menos hemos podido discernir.

Si Stockhausen llegó a definir ese atentado como la obra de arte perfecta, a Ruff no le interesa la perfección del horror, sino el obstáculo para su conocimiento. Allí donde Stockhausen ve, Ruff percibe la ignorancia del que no llega a ver. Y así cuelga sobre nosotros una pregunta sobre esa demolición que no acabamos de comprender, pero ante la cual, por eso mismo, necesitamos creer.

En esa fe radica la manipulación misma de las imágenes –en solitario o en catarata- que marcan esta era.

Hablar es mentir, llegó a decir Foucault sobre las trampas del lenguaje. Lo mismo podría decirse con respecto a la imagen. Fotografiar es mentir. Al menos, a veces. Al menos, también.

(*) En la imagen, JPEG, de Thomas Ruff.

El colapso de la eternidad

Iván de la Nuez

RELOJ-FGT

 

Cuando una sociedad entra en colapso, la historia suele dar paso a la histeria, a los ataques de pánico y al vértigo que sobreviene en el borde del barranco. A veces, sin embargo, se da el caso contrario: vivimos el desastre bajo la apariencia de una tranquilidad absoluta. La calma chicha, que se dice. Fue lo que ocurrió en la URSS durante los últimos años del comunismo, sociedad construida sobre la convicción de su inmortalidad. Esta circunstancia ha sido descrita por Alexei Yurchak como un proceso de “hipernormalización”, en su libro Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation (Todo era para para siempre, hasta que dejó de serlo: La última generación soviética).

Adam Curtis se valió de este concepto para darle título a su documental sobre la crisis contemporánea: HyperNormalisation. Según este cineasta y escritor, la definición rebasaba el caso específico del comunismo, estirándose hasta el mundo ficticio diseñado por entidades financieras y grandes corporaciones para que continuemos, “como si no pasara nada”, bregando con esto que hoy muchos llaman postcapitalismo. Ahora también, aquí también, estamos viviendo la debacle desde una realidad paralela que no parece reparar en su situación terminal.

Ante ese mundo “hipernormalizado” –donde hasta la decrepitud está programada- se plantan tres libros que la colección Breus, del CCCB, dedica al tiempo. Tres ensayos que abordan su estética, su política, su economía. Y tres autores que acoplan sus relojes con la intención de contrastar la aceleración de un presente que se comporta como el futuro, o de una cronología que cede el protagonismo de lo sucesivo a lo simultáneo.

En esa línea, Menchu Gutiérrez persigue una poética del tiempo a partir de elementos similares a los de Bachelard en su poética del espacio: los umbrales y las esquinas, la casa como arcano de una memoria detenida o el aeropuerto como ese ámbito en el que se estandariza el lugar bajo la promesa de acortar la distancia. En su pieza Los claros del tiempo, Gutiérrez cruza a Proust y a Juan de la Cruz, al budismo y a Ibn Arabí, al estatuto fugaz del circo o al instante epiléptico de Dostoievski. Desde estos y otros ejemplos, concluye que acelerar el tiempo nos lleva a atomizarlo, algo que consiguen astutamente las lógicas de consumo.

Si Gutiérrez, narradora y poeta, se mueve fundamentalmente en los ámbitos de la ficción y la historia literaria, Salvador Cardús y Judy Wajcman lo hacen desde la sociología, si bien no se cortan a la hora de tirar de la novela o el cine para redondear sus argumentos o experimentar sus intercambios entre política y economía.

En El temps i el poder Cardús desmonta el viejo axioma de que “tiempo es dinero” para desvelar la política escondida bajo ese imperativo. Una política no siempre visible desde el desorden temporal en el que estamos, con su aceleración sin precedentes y un control de los usos del tiempo que lo mismo procede de un poder político que nos agita, que de los grandes negocios de terapia anti-estrés que nos relajan.

Cardús coincide con Milán Kundera en que la velocidad supone un desafío a la memoria. Y aunque no desconoce la resistencia que puede proporcionarnos la lentitud –con su slowfood, su slowhealth, su slowschooling– tampoco desatiende algo menos tangible que toma de Max Weber: el tiempo se comporta, también, como un espíritu del capitalismo. Una moral que ha llegado a imponer eso de que “no tener tiempo” es una forma excelsa de la virtud. (Algo contra lo que ya se revolvieron en sus épocas Paul Lafarge o Bertrand Russell).

Si Max Weber bucea discretamente bajo las aguas de El temps i el poder, George Simmel nada sin complejos en la superficie de El temps a l´era digital, de Judy Wajcmam. Aquí se actualiza, en la época de Internet, la noción del tiempo surgida en la cadena de montaje del fordismo. Y se apunta directamente al ritmo de vida en la era digital, con la sensación de ahorro de tiempo que provoca la hiperconectividad o la proporción directa entre velocidad y aditamentos electrónicos. Wajcman entremezcla estadísticas con reflexiones, datos con estereotipos, la asincronía de la vida cotidiana con la simultaneidad de la vida digital, o a Google con Walter Benjamin. Tampoco rehúye la polémica, como cuando se opone a la idea extendida de que la telefonía móvil erosiona la comunicación real entre la gente.

Los tres libros se detienen en el impacto del transporte en la aceleración de la vida. Los tres exploran las maneras de resistirse a un tiempo en el que la eternidad se desvanece a cada pantallazo. Los tres beben de la ficción literaria para buscar, más allá de la ciencia o la teoría, las claves temporales de nuestra experiencia.

No es casual, entonces, que compartan cierta fascinación con el artefacto que mide el tiempo: el reloj. A Gutiérrez le inquieta el de La búsqueda del tiempo perdido. A Cardús su origen monacal. A Wacjman le intriga su aparición tardía en la historia de la humanidad, lo cual comprueba en su visita ritual de cada año al departamento de horología del Museo Británico.

Contra los relojes, precisamente, iban destinados los cañonazos de las revoluciones, en tiempos en los que las generaciones necesitaban conquistar su propio tiempo en la historia para acelerar el futuro. Hoy, lejos de ese afán redentor, el tiempo se nos presenta como una magnitud poliédrica desde la que se disparan los cañones para conquistarnos a nosotros.

(*) En la imagen: Sin título (Amantes perfectos), 1990, de Félix González-Torres.

El Museo de las Máquinas

Iván de la Nuez

El-museo-de-las-máquinas

 

La caseta del Tío Tom

Iván de la Nuez

lam_jungla

 

Donal Trump, el Brexit o el ascenso de la ultraderecha en Europa han puesto sobre la mesa la crisis, o el fracaso, del multiculturalismo. Hace poco lo alertaba Daniel Inerarity, al constatar que las quejas ante las recientes prohibiciones migratorias no deberían servirnos para esquivar el abandono o la frivolidad con los que el progresismo tradicional había actuado en materia de implicación cultural de los emigrantes antes de esta avalancha conservadora.

No es que el multiculturalismo no hubiera tenido detractores del más alto copete, como Harold Bloom o Robert Hughes. Pero hay una diferencia entre escribir un libro y levantar un muro, o entre acusarte de resentimiento y deportarte.

También cabría añadir que la crisis del multiculturalismo obedece a su propia lógica interna. Y que, en este sentido, se ha ganado a pulso una crítica desde las culturas que dice representar. O por parte de aquellos que se han negado a operar como una tropa étnica a base de repetir el mantra de su exotismo. Escritores y artistas que, en fin, han entendido que la descolonización no es una performance carnavalesca sino un proceso que empieza en tu propia cabeza, tal como lo descubrió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra.

Durante los años en que el multiculturalismo triunfaba en universidades y bienales, a cualquiera que osara contradecir su sobreactuación se le silenciaba como a un Tío Tom que renegaba, en su cabaña, de sus propias raíces. Eran los tiempos de la explosión de los sujetos étnicos (con la etnia bien sujeta, dicho sea de paso), las culturas subalternas (con las culturas bien atadas al subsuelo), los Estudios Culturales…

Lo curioso es que esas acusaciones muchas veces provenían de curators y académicos del Primer Mundo, siempre dispuestos a poner el saber donde El Otro estaba obligado a poner el sabor. ¿Ha cambiado mucho esto? Todavía más curioso resulta que estos adalides no provocaran la risa o el escarnio; algo que sólo puede entenderse por el multioportunismo de entonces, y por la inconfesable verdad de que las manías coloniales alcanzan todos los espectros de la ideología, incluida la izquierda.

Que Sting no sintiera indignación por exhibir, All Around The World, un indígena de la Amazonia bajo el fervor de la Música Étnica, pero que sí la sintiera cuando este demostró que sabía usar su tarjeta de crédito y le tumbó unos cuartos, lo dice casi todo de aquella plaga. Un sujeto étnico ni siquiera puede ser pícaro, porque el rufianismo es un defecto occidental que no estaba al alcance del buen salvaje construido por la Global Music.

Hoy hemos comprobado que, lejos de ofrecer una alternativa a la estandarización cultural de la globalización, el multiculturalismo ha acabado funcionando como su fase exótica. Y si es cierto que tuvo su éxito en la puesta al día de la identidad, también es verdad que fracasó en el libre trasiego de la diversidad. Criticó, con razón, al Tío Tom en su cabaña, pero se acomodó a cuanta caseta de representación le ofrecieran ferias, festivales y bienales.

Por ese camino, jamás se colocó a las culturas de la periferia en la perspectiva de su modernidad, encapsulándolas en un tiempo –el pasado de su condición ancestral- y un espacio –el de su procedencia nacional.

Todo, por supuesto, desde esa mezcla de afán redentor y crítica a los centros desde los mismos centros, de sublimación del irracionalismo y realización de unas fantasías que ya había despachado Edward Said en Orientalismo o en Cultura e Imperialismo.

Tal vez hubiera sido interesante que los seguidores de Said o Édouard Glissant se hubieran remontado algo más en el tiempo. Y alcanzado la apuesta por la promiscuidad de Oswald de Andrade o Fernando Ortiz –con sus metáforas de la antropofagia brasileña y la olla podrida que representaba el ajiaco cubano-, en lugar de quedarse varados en la exaltación de una hiperanomalía infinita que sólo puede definirse por su inferioridad crítica con respecto a Occidente. Así comprobarían que, en muchos casos, el multiculturalismo ha significado una paso atrás con respecto a la transculturación, concepto que tal vez convendría actualizar.

Otro punto a tener en cuenta –sobre todo para esa izquierda curatorial que dictamina el destino del mundo del arte- es que el multiculturalismo alcanza su clímax a partir de la caída del comunismo. Y que, en de algún modo, su función ha sido la de diluir, en la cultura, el conflicto ideológico que enfrentaba al mundo bipolar. Es ahí donde el fin de la historia ha sido respondido con el fin de la geografía, bajo la óptica del acercamiento de la periferia a los centros del mundo.

En cualquier caso, si hay que entrar en la jungla, entremos en la jungla (la de Wifredo Lam no sería un mal comienzo). Sobre todo, para desactivar esa estrategia extendida que responde a la ley de la selva de la globalización con la ley del zoológico de su oposición cultural.

Desde una jaula o una caseta es posible mantener la diferencia, pero jamás conseguiremos la mezcla. Y ese, precisamente, se supone que es el destino una cultura múltiple.

La cifra

Iván de la Nuez

61

17 / 68 / 89

Iván de la Nuez

TUMBAR MUROS

 

Los sóviets al poder. La imaginación al poder. La imagen al poder. Esta secuencia de conminaciones se estira desde la revolución bolchevique hasta el desplome del comunismo, con su correspondiente escala en el mayo francés. Una travesía que, en su vertiente iconográfica, arrastra futurismo y agitprop, pop y posmodernismo, vanguardia y transvanguardia, el realismo socialista comandado por Alexander Deineka y el realismo capitalista acuñado por Sigmar Polke.

El caso es que se nos avecinan, en cadena, el centenario de la revolución soviética (2017), el cincuenta aniversario de mayo del 68 (2018) y los treinta años de la caída del Muro de Berlín (2019). Tres años en los que, presumiblemente, el siglo XX se precipitará sobre nosotros para ser escrutado a conciencia. Aunque sólo sea para comparar las alternativas de aquellos tiempos con el callejón sin salida de estos.

De momento, la Royal Academy de Londres ha abierto fuego con una exposición que cubre la época de Lenin y parte del mandato de Stalin. El título, Revolución, no deja lugar a equívocos en un proyecto que rastrea –entre 1917 y 1932- cómo la vanguardia se convierte en piedra, la creatividad en sospecha, el museo en mausoleo.

En esta línea conmemorativa, no es descartable que el 68 también tenga su revisión visual el próximo año. O que el siguiente -ese 2019 que evocará tres decenios desde el derribo del Muro de Berlín o el doble de décadas desde la revolución cubana- se aproveche para recapitular qué ha sido de la globalización en esta acelerada Era de la Imagen que empezó tumbando un muro que impedía salir y parece acabar con el levantamiento de los nuevos muros que impiden entrar.

“Todo el poder para los sóviets”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “Transparencia, Reconstrucción, Solidaridad”. ¿Volverán a sonar estos eslóganes en las próximas efemérides o se mantendrán sepultados bajo el nuevo vocabulario de la eufemocracia? ¿Se posarán sobre un arte que ha llevado al límite de lo soportable la sublimación de una política de izquierdas bajo una economía de derechas, acomodado entre el mandato estético de la revolución y el mandato mercantil de la contrarrevolución?

La tendencia indica que los iconos de esas revoluciones serán reciclados, cómo no, en las próximas fechas. Es previsible, asimismo, que nos los despachen envasados al vacío. Listos para su congelación y consumo en el momento adecuado, justo cuando nuestro apetito radical lo exija para sostener su equilibrio proteico.

En eso consiste, precisamente, la digestión atropellada de esta época que empezó con Fukuyama proclamando el fin de la historia y parece cerrarse con Alexander Duguin exigiendo su reinicio. Ese es el vértigo de esta Era de la Imagen que va desde la caída del comunismo bajo el símbolo del deshielo hasta el fracaso de la globalización bajo la figura de la desecación.

 

Reservoir Kids

Iván de la Nuez

KIDS

 

Ya no hay festival de música que no se jacte de su día para niños, su matiné “Kids”. Ni grandes superficies que no hayan habilitado su mini-ciudad para que los pequeños jueguen y, de paso, permitan a sus padres comprar sin incordios. En este corral infantil destacan los museos, con su jornada dedicada a los menores, aunque el resto de la semana se vean obligados a poner alertas junto a obras inapropiadas para sus pueriles sensibilidades (o para las susceptibilidades adultas, nunca se sabe). La moda, por su parte, saca a desfilar por sus pasarelas a niños y niñas modelos, mientras que las marcas de ropa diseñan sus temporadas para rellenar sus crecientes armarios.

La última década ha sido pródiga en la conversión de la infancia en una franja económica cada vez más activa, a base de combinar la oferta de toda la vida —juguetes, artilugios, excursiones— con las nuevas tendencias, que van desde la telefonía móvil hasta los videojuegos, pasando por la mencionada moda o el turismo. Un niño es un target y, a la vez, un pequeño pero inapelable sujeto de consumo. Un indio atado a su propia reserva y, asimismo, un icono ubicuo al que se le dedican exposiciones, estrategias editoriales, programas televisivos, adoctrinamientos varios…

En todo esto subyace, además, una política para la que resulta imprescindible el alargamiento de la infancia. Que los niños sean tratados como adultos al mismo tiempo que los mayores son tratados como niños. De ahí esa dilatación de la infancia garantizada por patinetes, videojuegos o un abanico de ofertas que incluyen desde ropa infantil para adultos hasta una industria de fetichismos repleta de pañales, chupetes u otros objetos propios de niños, o incluso bebés, adaptados a tallas mayores.

En esa cuerda, las tan llevadas y traídas redes sociales sostienen nuestra permanencia en una pandilla virtual con la que compartimos cada minuto del día y a la que mostramos, de manera compulsiva, cada juguete nuevo que hemos adquirido.

Decía Anthony Burguess que los problemas generacionales eran un timo de los viejos para joder a los jóvenes. Pues bien, la disipación del diferendo generacional es un timo todavía mayor, que pasa por una neutralización estratégica de la adolescencia.

En la adolescencia de los conflictos generacionales, el sexo y la cultura ratificaban que habíamos cruzado la frontera. Leíamos o íbamos al cine o follábamos para hacernos adultos, salir de la jaula y, literalmente, volver a nacer. También para enfrentarnos a nuestros padres y poner en práctica lo que ellos no eran ni experimentaban. En eso consistía, precisamente, la ruptura de la tradición.

La acotación de la infancia —con ese alargamiento que fagocita la adolescencia— implica, de muchas maneras, la persistencia conservadora del legado paterno. Esa es la trampa política de la actual permanencia en la reserva. Una vez que has continuado la vida con tus padres, has ido con ellos a un festival y compartido un porro o un tripi, ya estás listo para votarlos.

Apostar por lo invisible

Iván de la Nuez

Muntadas-Palabras-palabras-1024x426-1024x585

 

Ni por la patria ni por la fortuna. Los nuevos mecenas se enfrentan a retos menos épicos o rentables, aunque tal vez más complejos. En el mundo y aquí, donde seguimos a la espera de una Ley de Mecenazgo que, si por fin llega a ver la luz, nacerá tan anacrónica como aquella frase, “por amor al arte”, esgrimida como emblema retórico de los viejos tiempos.

Por estos predios, va quedando bastante lejos ese antiguo benefactor que, contra los elementos, fundía el destino de su riqueza con el de la nación. (De hecho, cuando hoy patria y patrimonio aparecen juntos, salta enseguida la sospecha de que no es para dar sino para recibir o, directamente, esquilmar). Pero también se desvanece el más reciente mecenazgo del Estado, que ya no regresará a la situación previa a la crisis; rebasado además por unas transformaciones creativas ante las que no consigue actualizar del todo sus modelos.

No se trata sólo de un cambio en la situación de los mecenas; se trata de una mutación sin precedentes de la cultura por la que estos solían apostar. No es que estemos abocados exclusivamente a un cambio en el coleccionismo, es que ha cambiado el estatuto mismo de lo coleccionable. ¿Cómo apostar por obras que no sean fetiches? ¿Cómo financiar creaciones que no se traduzcan en objetos tangibles e intercambiables? ¿Cómo validar la producción, los procesos, o el preámbulo de unos proyectos dudosamente rentables? ¿Cómo asumir el tránsito entre un artefacto y un conocimiento? ¿Cómo distinguir, en fin, entre la especulación (económica) y la especulación (intelectual) que demandan los nuevos programas?

Estas preguntas, ciertamente, necesitan respuestas aquí, allá y en todas partes. Suponen tanto un emplazamiento global como local. Y obligan al reajuste radical de los criterios en una sociedad marcada por la desproporción entre la oferta y la demanda, abonada a la cultura del Do it Your Self de la autopublicación o la autoexposición.

El caso es que hoy contamos con más escritores que lectores, más artistas que espectadores. Y que todos, más o menos, hemos acabado como pluriempleados de nuestra propia precariedad. En esta circunstancia, el carácter prescriptivo del mecenazgo pierde el crédito del que disponía en el pasado, justo en un momento en que prestigio, dinero e interés nacional transitan por unos caminos que apenas se cruzan.

A todo ello, habría que añadir retos particulares. El primero: salir del estado de shock en el que ha quedado la cultura catalana después de la crisis económica, con la correspondiente merma de la financiación pública y privada en las artes. El segundo: redefinirse ante la simbiosis institución pública-dinero privado, en una época en la que los bancos -con sus colecciones, premios y espacios- se parecen más a un museo que a un patrocinador. El tercero: atajar la amenaza del éxodo creativo hacia ciudades en las que la iniciativa pública siempre fue más exigua y, por eso mismo, ha tenido mejor resultado el empuje privado a todas las escalas.

Tales retos, por otra parte, no se afrontan desde un campo desértico. La Fundación Sunyol o Vila-Casas, Cal Cego y Olor Visual, Isaac Andic o Harold Berg, son espacios o nombres propios que surgen en cualquier pesquisa y evidencian los nuevos estilos de un mecenazgo en el que lo público no debe confundirse, exactamente, con la procedencia del dinero ni lo institucional con el edificio donde se alojan museos, centros culturales o editoriales. Hablamos de un mecenazgo más nómada que estático, más enfocado en el proceso que en la obra acabada, más atento a lo efímero que a lo permanente, más próximo a las ideas que al ego milenario de los grandes nombres.

Decía Michaux que el artista es quien no puede resistirse a dejar huellas. En estos tiempos de huellas infinitas, para las que no se requiere siquiera ser artista, quizá los nuevos mecenas estén obligados a detectar la cultura escondida. En esta época en la que nuestro paso por el mundo va acompañado de un exhibicionismo agobiante, tal vez deban apostar por lo invisible. Y que esto último, precisamente, signifique lo contrario a dar palos de ciego.

(*) En la imagen, Palabras, palabras, de Antoni Muntadas. 

Entre Lenin sin cuerpo y Franco sin cabeza

Iván de la Nuez

Franco sin cabeza

 

Vivimos gobernados por iconos. Despertamos y uno nos enciende el mundo. Vamos a dormir y otro nos lo apaga. Da lo mismo que intentemos saber del tiempo o ubicarnos en el espacio: todo es cuestión de pinchar en el símbolo adecuado. Si alguien destaca en este mundo, ya no se convierte en un héroe o un mártir, sino en un icono; la confirmación suprema del animismo contemporáneo.

Con el desplome del comunismo -y con el paso de un PC (Partido Comunista) a otro PC (Personal Computer)-, quedó decretada la Era Digital-Era Global-Era de la Imagen-Nuevo Orden Visual. Cualquiera de estas denominaciones confirman el asalto al poder por las imágenes, su avasallamiento absoluto de nuestra experiencia, con esa proliferación de selfis, fotos y redes visuales de las que no es posible escapar.

A esa omnipresencia, se le ha llamado Iconocracia, un término que afianza la tiranía de esas imágenes pero que, al mismo tiempo, nos permite otra interpretación. Porque, sin negar esa ubicuidad opresiva, la Iconocracia puede entenderse también como un ecosistema de poder y contrapoder, un juego de gobierno y oposición en el que cabe la respuesta radical de la iconoclasia o la crítica digestiva de la iconofagia: término que han compartido Norman Baitello o Alfonso Morales y que preludiaron Oswaldo de Andrade o Fernando Ortiz.

Con las cámaras convertidas en apéndices humanos –tal como ha alertado Joan Fontcuberta- generamos más imágenes de las que podemos consumir, imágenes que nos someten y ante las que no queda otra que sublevarse.

Imágenes que, bajo la alfombra de millones de reproducciones inabarcables, nos obligan a descubrir los imaginarios de este tiempo. Esta era imaginaria que empezó con la nueva derecha poniendo a volar la cabeza de Lenin sin cuerpo sobre el cielo de Berlín, y se alarga hasta un presente en que la nueva izquierda ha echado a cabalgar el cuerpo sin cabeza de Franco sobre el suelo de Barcelona.

(*) Fotografía de Massimiliano Minocri.