Mayweather-Pacquiao y el sabor de un síntoma

Iván de la Nuez

Grafitti Boxeo

 

El reciente combate entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao –no volvamos a llamar algo “del siglo” a nada, please- dejó el sabor de esas inauguraciones en las que el arte ya no cuenta. De la última novela de una vieja gloria sin nada que decir. De la enésima muerte del arte en la subasta. Del regreso de los viejos grupos de rock que estaban separados. De la rebeldía de MTV. Del guiño callejero de las putas pasadas de edad. Del whisky de garrafa.

Del humo, en fin, y del dinero para fijarlo.

Marcador

El regalo es el mensaje

Iván de la Nuez

02.-Juego-de-tronos-guia-de-personajes
Hace unos días, el rey español Felipe VI de Borbón recibió un curioso regalo en Bruselas que fue noticia por partida doble: tanto por quién lo entregaba como por lo que contenía. El quién era Pablo Iglesias, líder de Podemos. El qué, la serie completa de Juego de tronos, una especialidad de este político, dicho sea de paso. (La verdad revelada de la saga le ha llevado a coordinar una antología: Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de tronos).

Desde aquel Caballo de Troya que Ulises ideó para doblegar a los troyanos, hasta el libro de Eduardo Galeano que Hugo Chávez le regaló a Obama para introducirlo en las venas abiertas de América Latina, los obsequios en política siempre han traído implícitos mensajes, trampas o, sencillamente, se han comportado como eso que llamamos “regalos envenenados”. Ahí tenemos a Mao, con su invitación al equipo de tenis de mesa de Estados Unidos para jugar en China y así abrir lo que más tarde conoceríamos como la diplomacia del pin-pong. O los sofisticados trajes de caza submarina donados a Fidel Castro y que, según se ha ventilado, venían preparados para provocarle la muerte. Gadafi, por su parte, solía regalar caballos o camellos, como bien puede testimoniar el expresidente español José María Aznar. Y en tiempos más lejanos, 1886 exactamente, los franceses donaron la Estatua de la Libertad a Estados Unidos para conmemorar el centenario de la Declaración de Independencia.

Ha habido de todo, y con todo tipo de intenciones.

Ahora, en pleno siglo XXI, un político que se ha propuesto regenerar España le entrega una serie de televisión al Monarca del país. No se puede negar la lógica de este regalo. Porque habla de los entresijos del trono o el poder y, también, porque proviene de una generación cuyo salto a la palestra política no se entiende sin su presencia televisiva.

Curioso que, en tiempos de Internet, la televisión recupere una importancia política que empezaba a darse por amortizada. Y que este medio resucite por enésima vez, convertido, como el regalo –y como diría McLuhan-, en el mensaje mismo.

¿Qué (otra cosa) son los cantantes?

Iván de la Nuez

No descubrimos nada nuevo al decir que los trovadores actuales están emparentados con rapsodas o juglares de otros siglos. Así lo confirma, por ejemplo, Martín de Riquer, el gran investigador de la tradición trovadoresca, que tiró de este hilo desde la Edad Media y la poesía provenzal. El trovador era, entonces, un “encontrador” del punto de contacto entre música y poesía. También un soñador, sobre todo si tenemos en cuenta que, según la leyenda, ese hallazgo tuvo lugar en un sueño.

Haciendo la historia aún más larga, y con permiso de los maestros, el oficio puede remitirse hasta la Iliada. “Oh Musa, cántame entre lágrimas un canto de duelo, un himno nuevo”, pedía Eurípides a propósito del tipo de rapsodia que, según él, requirió Troya.

De vuelta a los estudios trovadorescos, en ellos se distingue entre la condición nómada del juglar –un tipo que no encontraba acomodo fijo en ningún sitio- y la posición doméstica del trovador, aplatanado en su diócesis, su corte, su primigenia ciudad. Todo esto, sin embargo, queda dinamitado en el siglo XX, a partir del cual el juglar y el trovador acaban por amalgamarse y el sedentarismo de este último se evapora (al menos durante un tiempo). “¿De dónde son los cantantes?”, se preguntaba Miguel Matamoros hace casi un siglo. Y se respondía aceptando que, si bien eran “de la loma”, terminaban cantando “en llano”. Como si dejara clara la dimensión forastera de esos bardos trashumantes que se pasaban la vida de un lado a otro, del campo a la ciudad; yéndose, una y otra vez, con su música a otra parte.

No por gusto Bob Dylan se definió a sí mismo como una piedra rodante –“like a Rolling Stone”-, remarcando esa sustancia errante que Martin Scorsese refrendó en el documental que le dedicara y cuyo título es un incontestable verso del propio músico: No Direction Home.

Los trovadores modernos no sólo se han dedicado a cantar las contradicciones de su presente. Casi todos, además, se han ocupado de reafirmar, muchas veces contra la corriente, su obstinación por escribir canciones. Digamos que uno de los gajes de este oficio ha sido, precisamente, reivindicarlo. Al menos, en lo referente a aquellos que no se han planteado nunca un “Plan B”, como diría Van Morrison.

Tal vez porque no siempre ha sido un arte feliz, sus cultores han llegado a imaginarse otro oficio, otra personalidad, otra existencia. Ahí tenemos a Paul Simon autodefinido como una roca y también una isla, mientras que John Lennon, con una pequeña ayuda del LSD, llegó a ratificarse como una morsa. El citado Van Morrison se ha considerado un ticket de lluvia –un raincheck- y Suzanne Vega se metió en la piel de su perro para gritar a los cuatro vientos “My Name is Luka”. Silvio Rodríguez, por su parte, se atribuyó la labor de un vigía.

No es posible olvidar a Dabid Byrne como un psychokiller o a Santiago Auserón devenido, directamente, en Juan Perro; al tiempo que Carlos Varela se adjudicaba la categoría de gnomo.

Bajando de generación, David Gray se ha visto como un grajo, un tipo de pájaro “córvido”, y Tom York se ha arrastrado convencido de ser un cretino.

¿Problemas de personalidad doble o múltiple? ¿Proyecciones de unas vidas aburridas en experiencias más aventureras?

Habrá, sin duda, algo de eso, pero también otra cosa. No conviene ignorar que cuando Borges escribió El otro, resultó que ese otro era él mismo. Así mirado, el raincheck y la roca, el grajo y el cretino, el vigía y el gnomo, el psicópata y la piedra rodante son, también, ellos mismos. Incluso, puede que su dedicación trovadoresca no sea más que la fachada para sostener esas otras ocupaciones, esos otros delirios, esas otras inconformidades.

A fin de cuentas, la verdad última de este oficio radica en haber sobrevivido para cantarlo. En el estilo de Ulises, del que Blanchot alcanzó a sugerir que era el mismísimo Homero. Y que no era menester considerarlos, por separado, un héroe y un rapsoda, sino “una sola y misma presencia”.

Reciclando humanos

Iván de la Nuez

Rumaos en el museo

 

La vida es un inmenso display. Una exposición infinita en la que todo, desde lo más sagrado hasta lo más profano, se ha convertido en carne de museo. El comunismo y la Guerra Civil, el grupo armado Baader Meinhof y los trajes de Gadafi, Guantánamo y la acción social (siempre y cuando, eso sí, la asumamos como “una de las bellas artes”).

Nuevas tecnologías y viejas vanidades se acoplan para diseminar este síntoma contemporáneo, esa continuación del Ready Made por otros medios. ¿Qué significa “por otros medios”? Pues que si Duchamp o más tarde Jeff Koons le concedieron entidad artística a algunos objetos –un urinario, una aspiradora- por el mero hecho de colocarlos en un museo o una galería, ahora ha llegado el turno de los sujetos.

Antes fueron las cosas, hoy las causas.

El último apretón de tuerca va más allá de exponer la revolución o las batallas sociales, las guerras de género o las injusticias. Ahora avanzamos hacia la exposición de personas. Acaba de suceder en un museo de Malmö, que ha exhibido dos mendigos rumanos. Antes, en Londres, un proyecto de Brett Bailey, Exhibit B, se inspiró en los zoológicos humanos de la época colonial para mostrar a personas de raza negra en situaciones de sumisión o dominación. Y un poco más allá en la línea del tiempo nos encontramos al Museo Judío de Berlín, que nos deleitó con otra obra “humana”: Judíos en la vitrina.

No hace falta decir que todo esto responde a las mejores intenciones, y que está gobernado por la crítica a los estereotipos o el racismo, por la remoción de nuestras occidentales conciencias y por las más variadas denuncias. Y, claro, es nuestro problema si nos cuesta discernir entre crítica y frivolidad, verdad e imagen, arte y provocación, cultura y publicidad…

Pero lo cierto es que, a estas alturas, resulta difícil tragarse estas operaciones que establecen la denuncia del crimen reproduciendo el crimen, que redoblan la dominación para que la veamos mejor, y que llegan a exponer humanos con el objetivo de relatar la crisis del humanismo. Todo a base de ignorar que, salvo en los estereotipos de los paladines del llamado arte relacional, los “otros”, los “sujetos subalternos” o los “sometidos” son tan diferentes entre sí como aquellos que los encasillan en su presunciones.

Tal vez estamos asistiendo al último ramalazo de una estética. A la confirmación de que el ciclo que empezó con Duchamp ha llegado a su fin. Y no se trata de una nimiedad. Porque si este declive es real, ya no tendrá sentido hablar de eso que, por pereza, seguimos llamando Arte Contemporáneo.

La democracia se queda sin héroes

Iván de la Nuez

andújar

 

En el último vídeo de Dakota Johnson, una chica se despide de sus padres. Un capítulo más, suponemos, en ese ritual norteamericano que consiste en darle categoría trágica al hecho de irse a la Universidad. Hasta ahí todo normal, con la aflicción típica que suele acompañar estas separaciones filiales. El “detalle” es que, al final, la recogen unos barbudos armados y en realidad la muchacha está diciendo adiós… ¡para enrolarse en el Estado Islámico!

No hace falta decir que el impacto provocado por este engaño ha dado lugar las lecturas más variadas. Unos lo interpretan en clave positiva, como una llamada de atención sobre algo que puede pasar en cualquier familia, por muy occidental que sea. Otros la consideran un acto de frivolidad que banaliza, incluso exalta, la crueldad extrema del terrorismo. En cualquier caso, si algo podemos dar por cierto es que el vídeo de la protagonista de 50 sombras de Grey no será el último en el que aflore -como ficción o como documento, como montaje o como prueba- la fascinación creciente de los extremismos políticos en esta Era de la Imagen.

Cuando el videoarte empezaba a languidecer en los museos, parece haber encontrado acomodo en estos reductos siniestros desde los que puede lanzar mensajes más espectaculares y, por supuesto, más atendidos: del narcotráfico o dictaduras extravagantes, de psicópatas ideológicos o tiranos caníbales…

Antes de la Era de la Imagen, en el mundo blanquinegro de la Guerra Fría, los héroes también podían presumir de un curriculum sangriento. Pero les amparaba una licencia para matar por el hecho de defender, así se nos decía, la causa mayor de la libertad. Reagan pedía que la nación estirara sus músculos y rápidamente la ficción se sacaba de la manga el Rambo de Sylvester Stallone, el coronel Braddock de Chuck Norris o el Jack Ryan de Harrison Ford, tipos que enfrentaban una conspiración de la guerrilla colombiana con la misma parsimonia que se pasaban una película entera matando vietnamitas. No todo era así de obvio, por supuesto. También contábamos con antihéroes solitarios como el Smiley de John le Carré, un espía tímido –con la misma licencia para matar que su paisano James Bond, eso sí-, capaz de urdir cualquier trampa imaginable en contra de sus principios pero a favor de la democracia.

Lo cierto es que, visto con distancia, hoy Rambo nos provoca risa y Smiley nos produce melancolía. Y que sigue creciendo el atractivo de personajes reales para quienes las coartadas políticas ya carecen de importancia. Lo verdaderamente significativo, en nuestros días, no es por qué se mata, sino cómo se mata. Y la inmoralidad a la que te puede llevar una causa política ha dado paso a la amoralidad del acto que ya no la necesita. Cualquier ambigüedad, la más mínima duda, están desterradas en la nueva cultura de la violencia.

Un día decidimos ver Red Army –esa epopeya del equipo soviético de hockey al que echaron sobre los hombros toda la gloria de un sistema, un mundo, una ideología- como otro día podemos elegir 300 -esa otra epopeya de la antigua Esparta cuyos soldados cumplían un destino parecido en tiempos de yelmo y espada. O hacemos cola para ver The Act o Killing -con la demoledora confesión de unos asesinos jubilados-, como antes seguíamos cada entrega de Rambo en Vietnam. (A fin de cuentas, ambos se prodigaron matando comunistas en el sudeste asiático). Lo que diferencia las nuevas entregas es ese gusto por el extremismo que va calando en la cultura contemporánea y que refleja un desdén por cualquier forma de la moderación. Si antes seguíamos la cultura desde aquellos rastros de carmín que detectó Greil Marcus, o desde el radicalismo chic del que hablaba Tom Wolfe, hoy la marca de sangre es suficiente para sustituir esas viejas sofisticaciones.

De ahí la fascinación que ejerce la familia Kim o ex agentes del KGB que llevan las riendas de la nueva oligarquía, los usos fascistas de la moda o francotiradores sin otra ideología que la de su profesionalismo, consistente en matar de la manera más perfecta posible.

Entre los delirios de esta moda aparece, de repente, Muamar el Gadafi intentando colocarle una exposición de sus trajes nada menos que al Museo Metropolitano de Nueva York. ¿El gancho? Aparte de su extravagancia y su abundante fondo de armario, la reivindicación de un extraño copyright: el caudillo libio requería un acto de justicia, pues entendía que había sido copiado por estrellas occidentales como Michael Jackson o James Brown. (Y es posible, por cierto, que tuviera razón).

Más allá de que un Gadafi o tres Kim nos parezcan pintorescos, el embeleso por el extremismo rebasa a personas o grupos humanos. Países y territorios enteros se han convertido en escalas perfectas desde las cuales la política asume todas las características de un deporte extremo. Basta con que miremos a Corea del Norte o Guantánamo, sitios cerrados en los que el capitalismo y el comunismo han experimentado sus delirios.

En la cárcel de Guantánamo encontramos un compendio del terrorismo islamista y, al mismo tiempo, las torturas de la democracia. También la atención de un dramaturgo como Harold Pinter, cineastas como Michael Winterbottom y Mat Whitecross, los graffiti de Banksy o el thriller de espías servido por Frederick Forsyth.

El caso de Corea del Norte es, si cabe, todavía más curioso. Y llama la atención que el país definido como el más cerrado del mundo haya impactado últimamente con tanta fuerza en la cultura occidental. Desde una exposición colectiva como El peso de la historia, que recoge los carteles comunistas, hasta la fotografía de Charlie Crane, Andreas Gusrski o Noh Suntag. Desde El huérfano, la novela que le valió un Pulitzer a Adam Johnson hasta Sin ti no hay nosotros, libro desde el cual Suki Kim nos descubre los entresijos de la élite norcoreana. Todo ello sin olvidar un programa que le dedica En tierra hostil o el número pionero de la revista Vice.

A todo el proyecto Vice, probablemente, le debamos buena parte del afianzamiento de esta estética del extremismo, en el que lo político se empareja con un botellón y una rave puede alcanzar el mismo rango que una guerra civil en Liberia. Una estética que saca petróleo de la ortodoxia, el hiperrealismo, la improductividad de lo ambiguo y el encumbramiento de la línea dura. En el subsuelo de todo, una democracia en declive que se ha quedado sin héroes desde el mismo momento en que también ha renunciado a la duda.

Si Vice es la plataforma ideal de esta cultura, un personaje como Limónov es su Frankestein perfecto. Con esa manera de compactar, en sí mismo, el fascismo y el comunismo, Stalin y los genocidas balcánicos, para proponer una alternativa política al mundo de hoy.

La publicidad lo dice todo sobre esta tendencia. De ahí que en sus predios los líderes, tiranos o asesinos realmente existentes ya sustituyan sin problema a los modelos. En su exposición Sistema operativo, que puede verse actualmente en el Reina Sofía, Daniel G.Andújar dedica una sala a esos usos publicitarios del comunismo, el fascismo, la revolución, el caudillismo o la democracia. Y a la amalgama, sin jerarquía, de Lenin y Putin, Aznar y el Che Guevara, Ronald Reagan y Fidel Castro. Todos rentables, todos histriónicos, todos resultones. El proyecto muestra las entrañas de cómo funciona esta dimensión posdemocrática en la que todo vale por igual y en la que la superficie banal de su espectacularidad parece bastarle para ofrecernos las claves de la verdadera operatividad del sistema.

(*) En la imagen: Dirigentes, de Daniel G. Andújar, parte de la exposición Sistema Operativo

Humano sí, error no

Iván de la Nuez

cabina

 

Siempre que ocurre un desastre, el factor humano acaba funcionando como una disculpa. Si un barco se hunde o un avión se estrella, hay algo de alivio cuando se debe a un error de las personas que están al mando. Esto es como decir que los humanos, al final, siempre son los que fallan porque el artefacto es infalible. Y que sin errores humanos el mundo sería perfecto, por la sencilla razón de que las máquinas lo son.

Es muy curiosa esta superstición, que parece olvidar que las máquinas están hechas por el hombre. Incluso un genio como Kaspárov se empeñó en derrotarlas cuando ya no tenía rival que se le resistiera. Como si Deep Blue, la máquina que acabó venciéndolo, no estuviera programada por sus congéneres.

Lo único cierto es que, de momento, nada humano le resulta ajeno a cualquier aparato que en la tierra exista. Todo esto viene a cuento por la catástrofe aérea que acaba de ocurrir en los Alpes, en el vuelo que iba de Barcelona a Dusseldorf. Una caja negra indica que el piloto sale un momento de la cabina, deja al copiloto al mando y, cuando regresa, se encuentra la puerta bloqueada. La razón es obvia: los nuevos protocolos, para impedir la entrada de secuestradores, bloquean la cabina de los pilotos y no permiten el acceso desde fuera.

El problema es que, en este caso, el peligro estaba dentro. Y que, según todas las pruebas, el copiloto decidió estrellar el avión llevándose por delante a todo el pasaje. Un suicidio con daños múltiples cuyas causas mentales recién comienzan a conocerse.

El factor humano, que sirvió a Graham Greene para escribir una de las mejores novelas de espionaje de todos los tiempos, ha servido a algunos para explicar este desastre. Una catástrofe, sin duda, humana, demasiado humana.

Es terrible lo que ha ocurrido, pero de haber sido un fallo de la máquina sería tan humano como este horror que llevó al copiloto a destruir 150 familias.

Lo peor es que, por lo que nos cuentan, esta vez ni siquiera se trata de un error. Si la catástrofe fue, como dicen los informes, “deliberada”, entonces nos encontramos ante un acierto terrible. El acto planeado por un hombre que buscaba la muerte y que no tuvo el valor de irse solo a su encuentro.

Distopía colombiana

Iván de la Nuez

ornamento

 

La nueva novela de Juan Cárdenas tiene un título escueto: Ornamento. Y si Aldous Huxley hubiera nacido en Popayán, y en 1977, tal vez habría escrito un libro parecido. No es que Ornamento (Periférica, 2015) sobreactúe al presentarse como distopía colombiana, no es que sea exuberantemente fantástica o se quede extasiada en la violencia para dizque criticarla. Tampoco es un envoltorio pseudo-global embarrancado en disimular cualquier raigambre.

En medio de la Iconocracia imperante, esta novela se apunta a un ejercicio de Iconofagia -término que han compartido Norval Baitello o Alfonso Morales, término que preludiaron Oswald de Andrade o Fernando Ortiz-, de ahí que apele tanto a la gestión de las imágenes como a su digestión. Y de ahí, también, las debidas distancias con este presente en el que, derribados los ídolos –políticos, culturales, literarios- sólo nos queda su mutación estética. (Una frase de Hernán Cortés, que resume este proceso, repica en la novela como un mantra: “quitar los ídolos y poner las imágenes”).

Lo narrado en Ornamento es, entonces, un proceso de colonización contemporánea que se columpia entre el nacimiento de la violencia en Colombia y su supuesta domesticación, entre el mundo anterior al narco y su pretendida eliminación. En esa Colombia futura, las drogas se han asentado, por fin, en la industria farmacéutica; así que los médicos prescriben sin mayor problema la lisergia con el fin de apuntalar una paz que no es, precisamente, la derrota del crimen sino la certificación de su legalidad.

En la Colombia futura–presente de Cárdenas, la paz normaliza la violencia del mismo modo que la medicina estandariza el narcotráfico. Ahí tenemos, para acreditarlo, esa droga interclasista que protagoniza el libro y trae algo de dicha -y algo de desdicha- a los personajes que giran a su alrededor: el médico, la artista, las escogidas como conejillos de indias… Un elíxir capaz de regular nuestros deseos o carencias, y que, eso sí, sólo pueden consumir mujeres pues la testosterona aniquila sus efectos en los hombres.

Todo desde un laboratorio en el que no hay utopía a la vista sino el paisaje tranquilo de un desastre sin nombre. Un medio continente, como la Atlántida, originado en algún antiguo esplendor, o alguna antigua catástrofe, siempre dispuesto a volver a la superficie para recuperar el lugar que le pertenece.

Juan Cárdenas deja caer sobre los lectores una voz que intenta dotarse de identidad en un mundo sin estilo. El suyo es el arte de un tiempo en el que, incapacitados para concebir nuevos ornamentos, se hace inevitable modificar la percepción de aquellos que ya existen.

Quizá al final, y sin llegar al spoiler, descoloque la pirueta que le sirve de epílogo. También es posible que, sin ese contraste tan rotundo, la crítica de la civilización que aquí se acomete no alcanzaría la fuerza suficiente.

En cualquier caso, Ornamento dista mucho de ser una pieza escrita para rendir culto a un mundo colonizado por las imágenes. Es, por el contrario, la constatación de que, bajo la avalancha de esas imágenes que pixelan nuestras tragedias, han sabido resistir nuestras diversas tiranías mientras aguardan el momento de darle “reiniciar” a su sometimiento.

 

¿Debe publicarse “Mi lucha”, el libro de Hitler?

Iván de la Nuez

MEIN KAMPF

 

Aunque siempre ha estado ahí, la polémica se refuerza ahora en Alemania, pues este año prescribe la prohibición de publicar Mi lucha, plataforma y legado político de un autor llamado Adolf Hitler. Los derechos del libro están en poder del Ministerio de Finanzas de Baviera, que se hizo con ellos en exclusiva, precisamente para impedir su propagación. Según la ley actual, a partir de este 2015 cualquier editorial puede publicar el libro y, claro está, venderlo. Una vez que editarlo sea legal, es de esperar que también lo sean las presentaciones, lecturas públicas y toda la repercusión que supone un acontecimiento de esta magnitud. (Se avecinan tiempos de hitlerología, con especialistas y tertulianos diciendo la suya).

Ante el fenómeno político, ideológico y moral (hay de todo) del asunto, leo que los historiadores están barajando la posibilidad de aderezar la impresión con comentarios académicos, alertas y una serie de apuntes que amortigüen el impacto de su discurso. Se da el caso de que fue precisamente en Baviera donde Hitler hizo su primera gran aparición pública, en un intento de golpe de estado que lo llevó a la cárcel. Y fue en la cárcel donde, un año después, en 1924, escribió este panfleto entre biográfico y programático en el que desgranó sus ideas sobre la necesaria expansión de Alemania, la superioridad de la raza aria o el imperativo de acabar con la conspiración judía. En fin, que esta obra sustenta el ideario que llevó al mundo al paroxismo nazi, al Holocausto y a la Segunda Guerra Mundial.

Una vez derrotado el fascismo, la adquisición de los derechos mundiales del libro por el land bávaro no consiguió eliminar la lectura del libro, pero sí pudo limitar, con la ley en la mano, su propagación en Alemania, donde por razones obvias todo lo que tiene que ver con Hitler o el fascismo sigue siendo tabú.

¿Qué puede pasar ahora? Pues que, a punto de caducar la prohibición, el libro podría publicarse. También es previsible que genere los beneficios propios del negocio editorial (con la impagable publicidad del morbo que le precede). ¿Debería ser rearticulada la ley y prohibirse Mi lucha para siempre? Ciertamente, no parece que estemos en el mejor momento para que este libro se convierta en best seller. Con una crisis evidente de la democracia en cualquier lugar en la que está instalada (no hablemos de allí donde ni siquiera existe). Con la ultraderecha viendo crecer sus votos en Europa o Estados Unidos. Con un mundo tan seducido por el fundamentalismo y tan poco dado al discernimiento, esta resurrección puede ser una preocupante guinda en el pastel del extremismo.

Así y todo, creo que el libro debe ser publicado. Todavía más, pienso que debió publicarse durante todos estos años y que fue un error de los gobiernos posteriores aplazar la decisión. Una sociedad sin los anticuerpos necesarios para enfrentar un libro de esta índole, de cualquier índole, no puede definirse como una sociedad libre. Peor aún: es una sociedad en peligro. Aparte de que no hay mejor publicidad que lo prohibido y que la salida abrupta del libro será mucho más nociva que una edición “normalizada” y continua.

Esto sin reparar en que cualquiera puede leer el libro por Internet y que no todos los países tienen prohibida su venta. En Estados Unidos, por ejemplo, no es ilegal. En los Países Bajos, sí; aunque no su lectura o su préstamo (una legislación hipócrita muy parecida a la de otros países europeos con las drogas, dicho sea de paso). Por último, según Amazon, los mayores encargos provienen de Alemania, país en el que, hasta hoy, también puede ser leído y comprado, aunque no publicado.

Visto que el efecto “bombazo” producirá, presumiblemente, un considerable negocio, mi inquietud está encaminada a saber dónde irán a parar las ganancias de esas futuras ediciones y así calibrar, dentro de lo posible, el increíble marketing de esta campaña que ahora podrá recoger sus frutos después de setenta años de abstinencia.

Como dijeron Karl Marx y Sherlock Holmes –dos hombres del siglo XIX-, siempre es recomendable seguir la pista del dinero. Por lo general, ahí reside la clave de casi todos los misterios y de casi todos los crímenes.

El traductor de los extraños

Iván de la Nuez

Sacks

 

Oliver Sacks acaba de publicar un artículo en el que explica que tiene una enfermedad terminal y le queda poco tiempo de vida. El autor de Un antropólogo en Marte, Despertares o El hombre que confundió a su mujer con un paraguas ha escogido para su despedida un título de su admirado David Hume: “De mi propia vida”.

En el texto citado despliega la misma lucidez con la que acometió el estudio de pacientes con enfermedades extrañas y fobias inexplicables. Sacks siempre creyó en la importancia del relato de los implicados para afrontar las enfermedades, en la experiencia única de los pacientes, en la posibilidad de sacar lo mejor de gente que padece autismo, parkinson o acromatopsia (incapacidad para distinguir los colores).

Nunca se conformó con su despacho, y lo mismo viajó a hospitales que a islas recónditas para encontrar el misterio del ser humano y constatar su capacidad de superación. Más que un médico, Oliver Sacks ha sido un traductor; un puente para que entendiéramos a aquellos cuyas enfermedades no tenían explicación.

En su despedida, este científico nacido en Londres (1933) y afincado en Nueva York establece un paralelo entre su final y el del filósofo Hume, dejando claro que ya no le queda tiempo para lo superfluo, así que quiere aprovechar sus días para “ajustar sus cuentas con el mundo”.

Sacks se va agradecido y sabe que ha sido afortunado. El suyo ha sido un viaje por la singularidad humana que ha llevado a su mejor definición esta máxima de Malinowski: “la antropología es la ciencia del sentido del humor”. Así que dice adios ofreciendo una lección de cultura -en su sentido más abarcador- y apuntalando ese estilo que lo colocó en la cuerda de H. G. Wells, D. H. Lawrence, Daniel Defoe, Emilio Salgari, Darwin o Kant.

Toda su obra puede ser comprendida como una parábola sobre la tolerancia y la comprensión de lo distinto. Y puede marcharse orgulloso de su viaje por la vida, pues la suya ha sido una travesía comparable a la del capitán Nemo, o a cualquier otra aventura imaginada por Julio Verne.

Él consiguió hacerlas realidad en su sana ambición por alcanzar unas islas en las que, como intuyó Michael Butor, pudiera empezar otra vez la historia humana.

El Negro Iván y el Big Data

Iván de la Nuez

seguridad-big-data

 

Hace unos meses, me dio por escribir algunos artículos sobre el control de nuestros datos en Internet, el precio de cada paso que dábamos en la red y, en fin, el uso y abuso que de esos datos hacen las compañías, los gobiernos, las agencias de seguridad. Unas veces escribía espoleado por un libro de Evgueny Morozov o de César Rendueles, otras por la visita a la exposición Big Bang Data… El caso es que aquellos artículos dejaban una sensación apocalíptica, un sentimiento de “todo está perdido”; más bien “todo está vigilado”.

Una experiencia posterior me ayudó, sin embargo, a matizar esas pesadumbres.

Resulta que, al enterarme de la muerte de Juan Formell, director de los Van Van, decidí regresar a los primeros éxitos de la orquesta. A unos años que coincidieron con la época en que yo era un muchacho allá en Cuba. Así que me metí en Youtube y busqué Marilú. Busqué De mis recuerdos, compuesta por Formell para Elena Burke. Busqué a Pastorita con su guararey.

¿Qué pasó? Pues que, a la tercera búsqueda, apareció en la pantalla un anuncio personalizado para este internauta obsesionado por los primeros Van Van. ¿Y qué me ofrecía el anuncio? Nada más, y nada menos, que un producto para alisarme el pelo.

Para El Gran Hermano de nuestros días, la conclusión es obvia: si te gustan los Van Van, eres negro; y si eres negro, no te gustan tus rizos. Una cadena de racismo múltiple que, al final, me dejó una salida aprovechable. Si esa es mi identidad, así me dije, entonces El Sistema es falible y la datificación del mundo tiene sus puntos de fuga. Digamos que, en medio de la agonía por el control total de Internet, se abrió ante mí una ventana cimarrona en la que, por unos instantes, llegué a sentirme a salvo de la confiscación de mi vida.

Ahora, como El Negro Iván Siempre Dispuesto a Estirarse el Pelo, había encontrado una brecha en El Sistema. Una vía de escape que me permitía jibarizarlo y salir huyendo, nunca mejor dicho, con mi música a otra parte. Aunque sólo fuera por Seis semanas.