Lenin en HBO

Iván de la Nuez

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Entre los mensajes que fluyen de las teleseries actuales, hay uno que se repite bajo cualquier circunstancia: el poder lo es todo. Da igual si se trata del más evidente poder político –Boss, Borgen, El ala Oeste de la Casa Blanca, House of Cards-, o si se abordan otros poderes conectados a este: el poder del tráfico de drogas –Breaking Bad-, el poder de la imagen –Mad Men-, el poder de la mafia –Los Soprano– o, simplemente, el poder que concede el mismo acto de matar –Dexter.

El recado es inequívoco. Si estás dentro del poder (el que sea), eres alguien. Si estás fuera del poder (el que sea), no consigues nada. Incluidas las buenas acciones, que sólo pueden llevarse a buen puerto si los protagonistas entran en la élite que decide y manda.

En ese juego, nadie se libra de mancharse, cometer grandes o pequeños delitos, corromperse. El que quiere algo, debe pactar con el diablo. Por eso las series tienen tanto de Shakespeare como de Goethe. Nos remiten a Hamlet, pero también a Fausto.

Si, como decía Lenin, “todo lo que no es poder es ilusión”, las series contemporáneas son, también, algo leninistas. Sólo que, desde ellas, toda la ilusión debe convertirse en poder.

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Revival

Iván de la Nuez

Rogelio_Lopez_Marin_Gory

 

Leo que regresa la polémica entre Alta y Baja Cultura. ¿Cuál será el próximo revival, un debate entre Figurativos y Abstractos? Se admiten apuestas.

(*) Imagen  de la serie It’s Only Water, de Rogelio López Marín (Gory).

La cultura popular envasada al vacío

Iván de la Nuez

Cárdenas

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En cuanto un intelectual se lanza a por la cultura popular, saltan las alarmas y conviene ponerse a resguardo. Da igual si lo hace desde la sublimación del mercado (porque está convencido de lo que el pueblo quiere). O desde la crítica a ese statu quo (persuadido en este caso de lo que el pueblo necesita). Por la derecha o por la izquierda, cualquier tentativa de normatividad de la cultura popular quedará siempre bajo sospecha. Aparte de depararle al “normador” el destino patético de quien entra en un campo minado… cargado de minas.

Hace días, un artículo de Jaron Rowan entró en ese territorio explosivo y me hizo pensar sobre este asunto. (No sin antes escuchar las sirenas de alarma, no sin antes identificar refugio cercano). A Rowan no se le puede negar coraje a la hora de avanzar por ese terreno peligroso en el que resulta difícil prever cuándo te saltará la cultura popular, cuándo la cultura de masas, cuándo la cultura tradicional. (O todos esos detonantes combinados). Por no hablar del riesgo añadido de la demagogia, siempre latente cuando rozamos la representación: esa “indignidad de hablar por otros”, según Foucault; ese muro contra el que la vanguardia se estrellará una y otra vez, según Peter Burger.

En su texto, además, Rowan se perfila como uno de esos intelectuales que saben lo que el pueblo requiere. Y con esa certeza se abre paso, pertrechado con un arsenal, digámoslo así, a prueba de bombas: cultura popular puede ser “cualquier cosa”. En particular, la “construcción” de unos burócratas tan alejados del pueblo como conjurados para mantener incólume su sometimiento. Esta historia, con algún matiz, persiste en España, según el autor, desde el franquismo hasta la democracia pasando por la transición.

Ante ese panorama… ¿qué hacer?

Rowan tiene a punto su respuesta para la famosa pregunta leninista: no queda otra que “politizar la cultura popular”. Esta sería la próxima parada en la corta marcha hacia el cambio emprendida por la nueva izquierda y sus intelectuales orgánicos. Una estrategia encaminada a recuperar la cultura secuestrada del pueblo para devolvérsela, “empoderada” y sin los lastres del pasado… al propio pueblo.

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El pueblo y los intelectuales. Esta combinación ha atravesado los tiempos modernos, sus geografías, sus revoluciones. Una relación conflictiva, hay que decirlo, acreditada por Marx o Sloterdijk, Lenin o Negri, Ortega y Gasset o Baudrillard, Gramsci o Canetti. Y, con ellos, las distintas maneras de nombrar a ese sujeto colectivo que parece imantarlos: clase y masa, multitud y sociedad civil, muchedumbre y gente…

Una antología reciente de La Fabrique, publicada en español por Casus Belli, ha actualizado el tema bajo esta pregunta directa: ¿Qué es el pueblo? Y a satisfacer la cuestión se arrojan Alan Badiou, Jacques Rancière, Pierre Bourdieu, Judith Buttler, George Didi-Huberman o Sadri Khiari. (Casi todos, por cierto, reconocidas influencias teóricas de la nueva izquierda española).

En la compilación hay dos claves interesantes, por contrapuestas, que apuntan Badiou y Didi-Huberman. El primero encuentra petróleo en las ventajas del pueblo como adjetivo; a partir de ese momento en que el movimiento, el ejército, el poder o los tribunales alcanzan la dimensión de “populares”. El segundo le agua la fiesta cuando concluye que tanto la imagen como la representación de ese pueblo son dos entidades antagónicas por la sencilla razón de que el pueblo es “irrepresentable”. Para Badiou, sería posible representarlo si difuminamos su sustancia. Para Didi-Huberman, si queremos mantener su carácter sustantivo, es preciso entonces renunciar a su representación. Mientras uno se entretiene en mitigar la “indignidad” de la empresa, el otro deja clara su “imposibilidad”.

El impedimento que observa Didid-Huberman –ya debe suponer el lector que lo prefiero a Badiou-, no indica lo que deben hacer los intelectuales, sino aquello que, precisamente, no deben hacer. Esta negativa arrastra su historia crítica; con el Lenin que en lugar de los intelectuales proponía al partido, o el Che Guevara que abogaba por el Hombre Nuevo. (Este último ya había resuelto que la cultura popular no era otra cosa que “el gusto sublimado del funcionario”).

Este recelo contra los intelectuales no se lo debemos, exclusivamente, a los revolucionarios críticos. Hay fuentes más gozosas que provienen de abajo. Una de mis preferidas alude al Rey Momo en el carnaval de Rio de Janeiro. En un año que ahora no recuerdo, este monarca del Carnaval se vio obligado a responder a una prensa internacional preocupada por la siguiente paradoja: ¿por qué las carrozas, que representan a las favelas más desfavorecidas, van tan recargadas de motivos opulentos? El interpelado fue tácito en su respuesta: “la miseria es algo que sólo le interesa a los intelectuales; a los pobres nos encanta el lujo”.

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Evidentemente, el Rey Momo exageraba (un poco). Y evidentemente, los intelectuales no construyen sus carreras para acabar dándole la razón a un gordo que rige una carroza. Sin embargo, siguiendo la rúa de Su Majestad -esa guardarraya fértil que no todos saben aprovechar- pueden encontrarse arcanos muy pródigos. Entre ellos, la revelación de que la cultura popular no necesita ser politizada, dado que en ella ya tiene lugar una política. Tal vez no para la revolución performática de estos tiempos en los que, según Agamben (y La Lupe), la política se ha convertido en puro teatro (“estudiado simulacro”). Pero sí para una resistencia útil que no reniega de la simulación, la retranca, la reticencia a cualquier evangelio.

Rowan cita, con buen tino, a Pedro G. Romero. Y a mí se me ocurre que este podría completar un triángulo ejemplar con Manuel Vázquez Montalbán y Santiago Auserón. Esto es: un escritor, un músico y un artista plástico que han operado en esas tres épocas que recorren el franquismo, la transición y la democracia. Tres intelectuales que se han sentido más atraídos por el refugio que por las barricadas, por la retaguardia que por la vanguardia, y han tenido la sabiduría de divisar la modernización que esas zonas populares pueden ser capaces de transmitirnos.

Vázquez Montalbán la encuentra en las coplas, el diseño, la cocina, las historias de bajos fondos. Auserón en el salto urbano que dibujan las raíces del son cubano o el ritmo perdido de África. Romero ha detectado incluso un hilo vanguardista en el flamenco o la tradición andaluza, justo allí donde otros sólo han percibido manipulación autoritaria o una especie de estética de latifundio. Para los tres, el fútbol, el flamenco, la copla, la cocina o la huella sonora de África son, sin más, vehículos para otra modernidad y otro tipo de vanguardia. Y si llegan a esta conclusión es porque comparten esta clave fundamental: no es que ellos sepan lo que el pueblo necesita, sino que necesitan lo que el pueblo sabe.

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No debe ser casual que el uso del pueblo como adjetivo coincida hoy con el uso extendido del arte como adjetivo (con esas prácticas artísticas capaces de resolver cualquier pantano conceptual). Tampoco debe ser casual que ambos mundos se agarren, hipnotizados, al término “empoderamiento” ante su incapacidad para recuperar la emancipación. Desde esta nueva eufemocracia, contamos con instituciones e ideólogos que se apuntan, cada vez más, a Thomas Piketty y su teoría del 1% para explicar, también, los problemas de la cultura. Como si en el Sistema del Arte Contemporáneo –seguimos sin movernos de España- las decisiones no fueran tomadas, exactamente, por un 1% que se encarga de designar cargos, bendecir aliados y marginar herejes.

Si Piketty en persona aplicara su famosa proporción al arte español, no tendría más remedio que llamar oligarcas a sus regentes. Aunque nuestros ideo-estetas –grandes seguidores del economista francés, dicho sea de paso-, prefieran tratarlos como delegados de la revolución con la misión de “empoderar a la sociedad civil”.

Esa lectura sartreana de Piketty –el 1% son los otros- ha llevado a conclusiones aún más funestas, si cabe. Como la que afirma, en un calco poco imaginativo del mundo anglosajón, que aquí estamos viviendo la crisis del modelo cultural del neoliberalismo. Para empezar, esto implicaría que el neoliberalismo ha tenido un modelo cultural en España, país donde la subvención pública de la cultura a lo más que ha llegado es a cambiar su color ideológico pero no su dimensión estratégica.

Lo que sí estamos atravesando, con todas sus consecuencias, es una crisis del proyecto cultural socialdemócrata, que funcionó en buena parte del país –Barcelona, por ejemplo- no sólo como un modelo, sino incluso como un laboratorio. (Claro que esta paradoja es más difícil de resolver que la del Rey Momo con sus carrozas doradas en las favelas).

Arteleku, el Reina Sofía, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona o la Casa Encendida nunca fueron instituciones antisistema, pero tampoco eran espacios diseñados por el neoliberalismo. Esto último da para un bonito relato, o una ficción destinada a apuntalar ciertas urgencias épicas, pero tiene que afrontar un pequeño y comprobable problema: no es verdad. Como tampoco lo sería soslayar que en estas y otras instituciones se fraguaron algunos de los colectivos y gestores que hoy, bien “empoderados”, rigen los destinos de la cultura en ciudades de tanta importancia como Barcelona o Madrid.

Queda, todavía, algo más grave que esa nueva novela institucional deja fuera de sus páginas. Y es que el modelo neoliberal no sólo no está declinando, sino que está creciendo. Y lo hace, precisamente, sobre las ruinas de ese modelo socialdemócrata, sus instituciones, su lenguaje y su olvido concertado. Este apogeo neoliberal es perceptible en las privatizaciones, los reacomodos del prestigio y, sobre todo, en el vocabulario de la nueva cultura que se va proclamando.

Basta con que nos detengamos en esa obsesión por las metáforas fabriles, las industrias culturales, las fábricas de creación, el enaltecimiento de los emprendedores. Como si la cadena productiva del capitalismo –desde la fabricación de los productos hasta su empaquetamiento- encerrara en sí misma una dimensión subversiva e inexplorada.

Bajo la pátina radical, se acomoda un repertorio semántico mas cercano de lo que parece a ese neoliberalismo pujante. Un neoliberalismo que ha mutado, por cierto, y que hoy no se entiende sin su componenda política con el Estado. Entre ambos, ha quedado sustituida la competencia por la lealtad; así en la paz como en la guerra, aquí y en China, en Rusia o Brasil, bajo los estados bolivarianos de América Latina y desde los Emiratos árabes en el Golfo.

Es, desde esta perspectiva, que la complejidad de la nueva época demanda una mirada lo menos ingenua posible. Tal vez, mediante ella podamos distinguir esta magnitud insólita en la que el estalinismo de mercado impuesto por la derecha es contestado por una especie de fordismo abrazado por la izquierda.

(*), En la imagen, Suicida o Moldeable, de Carlos R. Cárdenas, 1989. (Colección de Orlando Hernández). 

¿Occidente sin Humanidades?

Iván de la Nuez

Kerouac

 

“¡Hay que reivindicar los valores de Occidente!” Este apremio reaparece cada vez que el terrorismo islámico se asoma a nuestros predios y hace correr la sangre. Una urgencia cíclica que ahora resurge, con estruendo, tras la masacre perpetrada en París. En esa reclamación se esconde, sin embargo, una paradoja que no conviene esquivar si queremos bajarle el tono a la demagogia. Y es que, en lo más alto de tan noble demanda, suelen encaramarse los mismos líderes que han tenido a bien reducir las Humanidades en los programas de estudio europeos. Resulta curioso tanto golpe de pecho en la reivindicación de Occidente y, a la vez, ver acorralada la filosofía en los planes de enseñanza mientras nos dedicamos a sublimar esa panacea universal que es la tecnocracia.

Mirado así, no debe extrañar cierta confusión a la hora de entender qué valores occidentales nos llaman a defender nuestros políticos. ¿La democracia, el cristianismo, el paganismo, la revolución, la tecnología, el consumo? ¿La libertad, la fraternidad, la igualdad? ¿El jazz, el rock, el pop, el rap? ¿Los valores laicos o los religiosos? ¿Los de la familia o los de la escuela? ¿Los que vienen de la tradición o los que dicta la constitución?

Claro que estas serán, siempre, preguntas difíciles de responder. Entre otras cosas, porque elegir entre la diversidad ha sido, hasta hace poco, un estandarte que nos caracterizaba como occidentales. Pero no cabe duda de que, sin una educación humanista en condiciones, seremos incapaces de afrontar esas cuestiones con alguna garantía.

Al ritmo que vamos, podemos acabar resultándonos tan inexplicables como ese terrorismo que ahora nos espanta, pero al que estamos llamados a oponernos desde todos y cada uno de los frentes. (Incluidos los culturales).

El infierno no son “los otros”, como justificaba Sartre; el paraíso tampoco.

De alguna manera, el valor de Occidente es igual a Democracia más Humanidades. Aunque el éxito de esta ecuación requiere algo más que sustituir la cultura por la tecnología, la duda por el fanatismo, la comunidad por la secta, la crítica por la militancia. Y demanda, igualmente, algo más que poner en práctica esa nueva modalidad de multiculturalismo financiero, consistente en cambiar libertades por unos petrodólares que ya marcan el funcionamiento de nuestras muy occidentales instituciones artísticas, mediáticas o deportivas. (Sobran ejemplos de algunos para los que la Alianza de las Civilizaciones no reside en entenderse con los árabes, sino con los jeques).

No hay aquí, dicho sea de paso, la más mínima justificación de los asesinos. Esta nota al pie de la masacre es tan sólo una alerta lanzada desde una sociedad que, simplemente, no está en condiciones de reivindicar los valores que está dejando de transmitir.

La cifra

Iván de la Nuez

01 Agustín Marquetti

El cine suelto

Iván de la Nuez

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El cine suelto es el título de una charla que ofreceré en la Filmoteca de Catalunya el próximo miércoles 11 de noviembre. Será durante la clausura de la Muestra de Cine Independiente Cubano.

Aquí dejo el link con horario y dirección:

Archipiélagos

Iván de la Nuez

invitación ABILIO casamerica

Hoy estaremos en Casa América Catalunya con Abilio Estévez, armando otra isla del archipiélago. Pinchen en la invitación y úsenla.

El artista reaccionario de un arte por venir

Iván de la Nuez

prova

 

Uno. Javier Codesal es un artista pionero y, al mismo tiempo, reaccionario. Un valedor de la modernidad que el videoarte español le ha transmitido a esta época y, sin embargo, un renegado que se opone a usar tal soporte para maquillar lo que esa modernidad no ha conseguido transformar. Así pues, Codesal no sublima –más bien lleva al límite- una disciplina que ha hecho pasar por unos principios muy concretos: expansión, historicidad, dualidad, precariedad, inclusión, intimidad, narratividad, tecnología…

Por encima de todos, un principio artístico innegociable a la hora de encarar su poética: el principio del fin. (*)

Antes de Codesal (aC), buena parte del videoarte español estaba encaminado a validar el triunfo de lo contemporáneo sobre la tradición. Después de Codesal (dC), resulta un poco más evidente que esa contemporaneidad ha quedado jalonada por mucho de lo que parecía domado: la represión sexual y los determinismos familiares, lo religioso y lo militar, la enfermedad y lo atávico. Sus piezas dejan escuchar el latido primigenio que sobrevive en el mundo de hoy. Y es, en esa paradoja, donde encontramos las claves de un arte a contracorriente, activado desde un anacronismo entre el medio y lo que este, finalmente, saca a la luz.

Estamos en presencia de una obra litúrgica, que no se contenta con describir los ritos sino que es, ella misma, ritual. Una obra que no muestra el arte de la libertad, sino el arte de una liberación. Codesal nos está diciendo, en gerundio y en tiempo real, que no es un artista libre, sino algo más honesto y difícil: es un artista que se está liberando. Y lo que le importa, a fin de cuentas, no es el peso de la libertad, sino el precio de esa liberación en este presente perpetuo que parece construido -más que por el olvido- por la lobotomía.

Codesal intuye que, entre otras cosas, es perentorio liberarse del medio artístico. O, al menos, pasar de puntillas por sus inmediaciones. Y no porque prefiera ser un artista desconocido. Es porque sabe que muchos prefieren no conocerle demasiado, como si así pudieran esquivar el espejo que nos ha reservado en cada una de sus obras.

La adolescencia y la belleza, lo permitido y lo prohibido, quedan a la vista de todos. Lo que ya no es tan obvio es la escala de estremecimientos que provocan o el modo en que nos indican que algo está por suceder. Codesal es un retratista de la intuición de ese porvenir. El archivador de un preámbulo que otros llamarán proceso y que en él no es más que la visualización de un ensayo: una prueba.

 

Dos.  ¿Acaso Prova no cumple los requisitos de un ensayo expandido que va atravesando, en tiempo real, la construcción de la pieza? ¿Y acaso esa pieza no está siempre por alcanzarnos y es, en esa mediación y esa ausencia, donde el artista encuentra –digámoslo con Lezama Lima- su definición mejor? ¿Y no es Prova, precisamente, un territorio que implica al artista y también a todo lo que lo supera? ¿Un ágora tensa desde la cual discrepan la obra y lo que queda fuera de la obra?

En esa erótica contenida, tal como lo entendió Susan Sontag, hay un temblor que pone en tensión al espectador y a los actores. Un desequilibrio a partir del cual el artista está obligado a ensayar qué hacer. Nótese bien: ensayo y no Work in Progress, ni Lab, ni ninguno de esos eufemismos con los que el arte contemporáneo ha banalizado su propio lenguaje.

Ese ensayo de Codesal prefigura ese arte mediante preguntas simples y a la vez incómodas: “¿dónde iré?”, “¿quién me consolará?”. Se trata de un experimento con situaciones tan físicas como metafísicas, tan concretas como abstractas, tan inmediatas como intemporales. Todo desde un arte a destiempo que, a base de hurgar en los procedimientos del presente, se niega a lo fácil, lo que está a mano, lo que salta a la vista, la realidad que se nos intenta imponer.

Por eso, no estamos hablando de un arte fuera del tiempo, sino de un tiempo fuera del arte. Y por eso, su grandeza no consiste en poner el arte al servicio de estos tiempos –como hace el (mal) arte político-, sino en sacar a estos tiempos de la servidumbre del arte. Una usurpación que sustituye la exhibición por la inhibición. Porque, en muchos sentidos, Prova es lo que no debería exponerse. De ahí que esta pieza abarque el templo y, asimismo, la expulsión del templo.

 

Y tres. Prova es, si puede decirse así, un Anti-Ready Made. Una obra que arrastra el convencimiento de que ya no queda nada por traer -como la ofrenda al Minotauro- al núcleo del arte. Codesal entiende, más bien, que queda mucho por expulsar de esa secta.

Como todo buen ensayo, Prova no es una obra cerrada. Tampoco, en sus múltiples planos, se presenta como portadora de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y es, por eso mismo, que no miente.

Javier Codesal se hace a sí mismo, a la vista de todos, las preguntas que solemos hacernos a escondidas. Sólo que en él la transparencia nunca adquiere la forma de la impudicia ni es una coartada para teatralizar la verdad. Si la honestidad fuera un valor artístico, la suerte de Javier Codesal en el arte español hubiera sido otra. Pero eso tampoco es demasiado importante en este ensayo sobre nuestra inquietud, esta prueba filtrada por esos vitrales que dejan entrar una luz que es iluminación y, a la vez, escamoteo de lo que podemos ver. Codesal se vale para ello de su maestría a la hora de trabajar en dos planos. En ese dejarnos ver y ocultarnos al mismo tiempo lo estático y lo móvil, lo fugaz y lo perenne, la luz y la sombra, lo místico y lo carnal… En fin, todas esas dualidades que le pueden dar forma a la vieja pregunta sobre el Bien y el Mal.

En todo esto hay una ética. Un código que en ningún caso nos invita a pensar como el artista, sino a pensar junto a él, sin compromiso alguno de alcanzar las mismas conclusiones. Codesal nos lleva hasta una sala de espera desde la que tenemos que preguntarnos por lo que vendrá. Como los militares se preguntan desde el simulacro, los deportistas desde el entrenamiento, los arquitectos desde sus planos, el escultor desde sus bocetos y el novelista desde sus borradores.

Prova es, a fin de cuentas, una conspiración. Una trama urdida –desde la tradición- para obligarnos a pensar en el futuro. Algo hay en esta pieza de Montaigne o Pascal, Marx o Rousseau, Huxley o Paz, Sarduy o Borges. Todos esos confabulados…

La obra de Codesal –y Prova en particular- funciona como un ancla en la tormenta. Y por eso, al final, el éxtasis que tiene lugar en ella no es conclusión, sino excedente. Un residuo tóxico de lo que se ha puesto en juego.

Ese es el momento en que su arte –delicado y espiritual- enseña las vísceras. Entonces, como aquel bosque suyo que respira, deja latir –en escala humana- la intuición y la angustia de lo que está por llegar.

 

(*) Estos principios están elaborados en Iván de la Nuez y Julián Rodríguez: “Javier Codesal en el tiempo del videoarte”, texto que sirvió como introducción al catálogo de su retrospectiva Dentro y fuera de nosotros, Palau de la Virreina, 2008.

(**) Aquí una simulación de Prova.

La cantidad sin hechizo  

 

Iván de la Nuez

Pellegrinuzzi

 

Cifras, cifras y más cifras. Una cámara móvil necesita un cuarto de millón de disparos para quedar obsoleta. Lo acaba de comprobar Roberto Pellegrinuzzi, que construyó una instalación con todas esas fotografías que “liquidaron” la cámara en cuestión. Con todas esas imágenes capaces de llevar la máquina al límite y que, de tan abundantes, terminan por no decirnos nada.

Vi este experimento en la reciente Bienal de Fotografía de Montreal, Canadá. En este país, pasé unas 7 veces el mismo control en el aeropuerto de Toronto. El mismo ritual, los mismos aparatos, la misma sensación de sufrir una vigilancia equivocada: “¡los terroristas son otros, se los aseguro!” Pero nada, a  levantar los brazos y quitarse los zapatos.

Ahora, en el mercado de mi barrio veo anunciada una lotería que promete premio de 11 millones de euros. Siempre que compres el boleto el próximo 11 del mes 11. Es decir, este noviembre.

Nos mueve un afán cuantitativo descontrolado, como si el mundo hubiera entrado en su dimensión incontable.

En las compañías aéreas, los kilómetros que recorres te dan derecho… ¡a más kilómetros! Cuando lo suyo es que, de vez en cuando, te den el derecho a una parada en el camino, a un hotel donde cobijarte y reponerte de tanto viaje en lugar de incitarte a seguir dando tumbos.

Como el dinero llama al dinero, este mismo sistema se encarga de que los ricos se reproduzcan hasta dígitos inabarcables. Y como la miseria a la miseria llama, no se olvida –el mismo sistema- de reproducir a los pobres, porque sin ellos la cosa no funciona.

Nos la pasamos contando las horas, las distancias, los gigas, los diamantes en el cráneo esculpido por un artista inglés o los millones alcanzados por el último picasso en una subasta.

José Lezama Lima definió una vez a la poesía como “la cantidad hechizada”, aunque mucho me temo que, en esta fiebre numérica, no hay hechizo que valga sino el egotrip de una contabilidad en la que lo cuantitativo funciona como el máximo valor al que podemos aspirar.

Lejos queda el minimalismo con aquello de que “menos es más”. En nuestro mundo, “más” siempre será “menos”: un récord a batir que pronto nuestra insaciabilidad dejará obsoleto.

(*) En la imagen, Mémoires, instalación de Roberto Pellegrinuzzi. Cortesía de Le Mois de la Photo. Bienal de Fotografía de Montreal.  

 

ICONOCRACIA / Artículos en prensa

Iván de la Nuez

 

cuenca-che

 

Celebro la recuperación del blog compartiendo algunos artículos a propósito de la exposición ICONOCRACIA. Imagen del poder y poder de las imágenes en la Cuba contemporánea. En la medida que vaya recuperando otros, y que el tiempo me lo permita, iré actualizando el dossier.

 

Valentín Roma / El Estado Mental

http://www.elestadomental.com/diario/la-fundacion-de-un-desorden

Rafael Rojas / Libros del crepúsculo

http://www.librosdelcrepusculo.net/2015/10/sala-de-lectura.html?utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter

José Luis Corazón Ardura / Contraindicaciones

http://contraindicaciones.net/?p=4407

Imma Prieto / La Vanguardia

http://visor.artium.org/visor/imagenes_web/023400/023405/Artium023406_1.pdf

Luis Alemany / El Mundo

http://www.elmundo.es/cultura/2015/06/24/5589a9e7ca4741392f8b4589.html#st_refDomain=t.co&st_refQuery=/Qju0EpqPGa

Kiko Faxas / Diario de Cuba

http://www.diariodecuba.com/cultura/1442608556_17008.html

Darío Prieto / El Confidencial

http://www.elconfidencial.com/cultura/2015-06-25/la-transicion-cubana-ha-llegado-en-pleno-divorcio-entre-la-democracia-y-el-mercado_901115/

Jesús Rosado / Tumiamiblog

http://www.tumiamiblog.com/2015/09/iconocracia-y-star-system.html?spref=tw

 

Elvia Rosa Castro / Art on Cuba

http://artoncuba.com/blog-es/la-fotografia-mas-alla-de-la-fotografia/

Andrés Isaac Santana / El Nuevo Herald

http://www.elnuevoherald.com/vivir-mejor/artes-letras/article29551102.html

Natxo Vélez / EITB

http://www.eitb.eus/es/cultura/arte/detalle/3327394/exposicion-iconocracia-artium–fotografia-cubana-contemporanea/

Emilio Ichikawa / Su Blog

http://eichikawa.com/2015/07/iconocracia-fotografia-cubana-contemporanea.html?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+eichikawa%2FjXYh+%28emilio+ichikawa%29

Baskonia Kultura

http://baskoniacultura.com/2015/06/29/iconocracia-2/

Bonart

http://www.bonart.cat/actual/artium-desafia-la-fotografia-cubana-amb-la-mostra-iconocracia-imatge-del-poder/

(*) En la imagen, Che: Ciencia e ideología, de Arturo Cuenca.