Fresán escribe su “Gran Vidrio”

Iván de la Nuez

 

En un momento en el que el Work in Progress y el archivo, el documento y los proyectos, se han convertido en género literario o display de museo, conviene leer La parte inventada. Y no porque Rodrigo Fresán reniegue de tales procedimientos, sino por su renuncia a columpiarse sobre la garantía de condescendencia que viene adosada a sus usos y abusos.

De hecho, La parte inventada da un vuelco radical a esa tendencia que le había concedido licencia para no matar a tantos escritores y artistas de estos tiempos en los cuales muchos de los que pregonan las bondades del proceso creativo han terminado por rebajarlo a la condición de un tanteo exhibicionista.

Fresán sigue, así, el rastro de Marcel Duchamp con su Gran vidrio. Y eso implica asumir que si bien el proceso es (casi) todo, no es porque anticipe una obra que está “por terminar” en un momento dado, sino porque nos da la posibilidad de armar, escrupulosamente, una obra “definitivamente inacabada”. En esa línea, La parte inventada se deja leer simultáneamente como el primero y el último libro de este escritor. Un libro prematuro y póstumo al mismo tiempo en el que uno puede encontrar varias claves de Historia argentina o La velocidad de las cosas y también quedarse con la impresión de que esas obras no se han escrito todavía.

No es la primera vez que un escritor se asocia a Duchamp, o a esta obra en particular (Mario Bellatín tituló El Gran vidrio a un libro suyo y Graciela Speranza ha documentado la intensa relación del artista francés con la cultura argentina).

En este “gran vidrio” particular, Fresán persiste en destaparse con una “desnudez demasiado vestida”. Siempre desde un trabajo que está en las antípodas del arqueólogo: lo suyo es ir agregando capas hasta conseguir esta escritura tectónica por la que avanza el narrador como camina por la playa un tipo furtivo con un abrigo sospechoso en medio del verano.

La parte inventada es, en buena medida, una biblioteca alimentada de materia “muerte” que los seres humanos han ido desprendiendo a través del tiempo. Paul Virilio, por ejemplo, no dudaría en describirla como una biblioteca catastrófica; visto ese punto terrorífico que nos sobrecoge cuando todos los libros se sitúan al revés en las estanterías -escondidos los lomos e invisibles los títulos y autores-, desde las que ya sólo escapan textos sin jerarcas.

Ante La parte inventada, el lector sabe, desde la primera página, que aquí todos los títeres se quedan con cabeza, que el autor no administra información, que no existen para él dosis graduales, que el drama griego es algo que ha ido encontrando su cobijo óptimo en las teleseries. Así que más le vale asumir, entero, el bloque de hielo -no sólo el iceberg- y enterarse de que se encuentra ante algo parecido al anti-Hemingway. O enfrentar su obsesión por la vida restituida después de la muerte, evidenciada en esa identificación con un anacrónico hombrecito de hojalata. Un muñequito tenebroso que puede evocar a Hércules Poirot o al protagonista de La muerte de un viajante. Un juguete de cuerda que nos coloca, incluso antes que mitos resucitados como Frankenstein, frente a la tecnología primigenia de la resurrección.

La parte inventada es, también, un registro de aquello que no resulta legible del todo y echa por tierra la asumida convicción -seguida a rajatabla, al menos, por mí- de que todo lo pensado no debe llegar a ser publicado. Por eso el borrador y el documento, las sensaciones y los criterios, la investigación y la escritura, el archivo y el gesto, el acontecimiento y su crónica, todos los fetiches y todas las posibilidades, suceden aquí al mismo tiempo y en parecida condición.

Nada que desechar o que olvidar en la cabeza no borradora de un escritor que le propone al lector la tarea de pescar en una cascada.

Ante el vértigo de ser arrastrado por ella, el escritor Fresán se agarra a la frase de Francis Scott Fitzgerald que nos recuerda que “toda buena prosa es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración”. Mientras tanto, el lector Fresán se precipita en la corriente de agua, aferrado al consuelo favorito de Marcel Duchamp: “soy un respirador”.

La parte inventada es, quizá, lo que ha sobrevivido de ambos.

La cifra

Iván de la Nuez

El político como espectador de la política

Iván de la Nuez

 

Hemos visto al Papa en la portada de la revista Rolling Stone y a Bill Clinton tocando el saxofón con figuras del jazz. Hemos visto a Fidel Castro o Hugo Chávez recibiendo el apoyo de Oliver Stone y a Kennedy el “Happy Birthday” de Marilyn. Hemos visto a Bruce Springsteen haciendo campaña por el Partido Demócrata y a Clint Eastwood ídem por el Republicano.

Hemos visto también a los Artistas Unidos por África, en aquel coro de 46 estrellas que más tarde Bob Geldof continuó en sus maratónicas e incontables campañas contra el hambre en el mundo.

Por ver, hemos visto incluso a Gadafi de mal humor porque Michael Jackson le habría copiado alguno de sus 3400 trajes, lo que le indujo a proponerlos para una exposición en el Metropolitan Museum de Nueva York.

Todo eso, y mucho más, es el pop siguiendo el legado de Clausewitz, como continuación de la política por otros medios. Sólo que, hasta ahora, lo normal era que, un día después de las campañas, estrellas y políticos volvieran cada cual a lo suyo, a seguir en sus respectivos mundos. Hoy, por el contrario, todo se ha precipitado hacia una amalgama peligrosa, marcada por el creciente grado de espectacularización de la política, su mutación en esa infinita performance que, según Agamben, la ha convertido en la esfera de “los puros gestos”.

Esto último quedó certificado con la aparición de Bono -el líder del grupo U2, no el Bono ibérico- en el congreso anual del Partido Popular Europeo en Dublín. En medio de la convención, el cantante ofreció un discurso en el que se comportó, más que como un icono del pop, como un estadista. (Allí mismo, delante de Merkel, Rajoy, Durao Barroso o el omnipresente Bill Gates, se permitió marcarse una campaña a favor de consumir productos españoles). El caso es que, al final, Bono no fue la típica estrella del espectáculo que usa su carisma para vehicular los proyectos de los políticos; fue un político más.

Esta vez el pop no continuó la política por otros medios, sino por sus propios medios: la tribuna, el congreso político, los militantes en el graderío…

Queda, asimismo, otra imagen acaso más grave. La que nos muestra a unos políticos arrobados -espectadores de la política en manos de un intruso- que dejaron la sensación de estar cediendo un poco más del poder que les queda.

Selfish

Iván de la Nuez

Escribir el arte (y debatirlo)

Iván de la Nuez

 

Comparto aquí la información del coloquio sobre ‘La escritura crítica sobre arte en la era de la información plural’ que tendremos mañana -jueves 27- en el Centro Atlántico de Arte Moderno. Esta mesa se incluye en el seminario Repensando un mundo del arte en crisis y, a continuación, el hilo conductor que proponen los organizadores en la convocatoria:

La mesa redonda se propone una puesta al día de las aportaciones de la crítica artística de las últimas décadas en el debate del arte contemporáneo. Se abordarán diferentes visiones suscitados por la pluralidad de enfoques de la sociedad global. Interesa igualmente indagar sobre la significación de la escritura crítica en el momento actual y cuáles son las direcciones hacia la que apunta en prospectiva de futuro.

En un momento en el que todas las disciplinas que integran el sistema arte debaten sobre sus perspectivas y discursos de sentido, soportes, formatos, géneros o medios, el CAAM quiere contribuir a este análisis de los actuales procesos artísticos, con las aportaciones de estos protagonistas relevantes del arte actual.

Intervienen:

Fernando Castro Flórez, Universidad Autónoma de Madrid y crítico de ‘ABC Cultural’. Madrid

Semíramis González, Blog ‘Semíramis en Babilonia’. Comisaria independiente. Madrid

Iván de la Nuez, Comisario independiente y ensayista. Barcelona

Mariano de Santa Ana, Historiador y crítico de arte y crítico del diario ‘El País’. Canarias

(*) En la imagen: Edward & Andrew, de Daniel & Geo Fuchs (2005).

 

Jordi Évole: ¿artista contemporáneo?

Iván de la Nuez

 

Con el fake sobre el 23-F en su programa Salvados, Jordi Évole ha desatado filias, fobias y comparaciones varias.

Entre las filias, los argumentos más socorridos hablan de su denuncia al influjo de los medios, así como la importancia del uso de la ficción para alentar el debate sobre la verdad histórica.

Entre las fobias, algunas objeciones éticas –no se juega así con un hecho de esa trascendencia ni se le cambian los roles históricos a muertos ilustres- y también económicas, visto el innegable bombazo de audiencia que le reportó la jugada.

Las comparaciones, por su parte, han sido jugosas y a la vez previsibles: casi todas coinciden en que el Salvados de Évole habría vampirizado antecedentes tan ilustres como el Orson Welles de la primera emisión radiofónica de La guerra de los mundos o el Stanley Kubrick encargado de hacernos creer como cierta la llegada del hombre a la luna en 1969. (A propósito del programa se han publicado varios hit parades con los fakes más famosos de la historia).

Dando por sentado que estas referencias son incuestionables, creo que se ha pasado por alto un antecedente, si cabe, más jugoso: Joan Fontcuberta. En su obsesiva exploración en los límites de la ficción, el fotógrafo catalán llegó a concebir el proyecto Sputnik (libro, exposición y ahora película en marcha) sobre la vida de Ivan Istoichnikov, un astronauta desaparecido en el espacio al que, en plena guerra fría, las autoridades soviéticas decidieron borrar de la historia.

Fontcuberta reconstruyó año a año, paso a paso, documento a documento, facsímil a facsímil, foto a foto, esa biografía pulverizada por el Kremlin.

Todo llegó a ser tan verosímil que hizo “picar” al programa Cuarto Milenio y a su conductor Iker Jiménez, quien dio por verdadera la aventura del Coronel soviético, le dedicó un programa y hasta llegó a rebautizarlo como “el astronauta fantasma”.

Si Fontcuberta se apoyó en un grupo de expertos ficticios para reforzar su historia –Olga Kondakova, L. Ishi-Kawa, Michel Arena, Piotr Muraveinik o Salma Zagdeev-, Évole echó mano de un grupo de testigos verdaderos para fortalecer la suya –Iñaki Gabilondo, Mayor Zaragoza, Andreu Mayayo, Joaquín Leguina, Jorge Vestringe.

Y si Fontcuberta “firmó” las imágenes con su presencia subrepticia en ellas, el cameo del cineasta José Luis Garci en una ventana del Congreso de los Diputados dejó en evidencia una clave parecida.

El relato de Fontcuberta es una ficción que un programa televisivo se tomó como verdadera. El de Évole un hecho real que su propio programa televisivo transformó en ficticio.

Con estos mimbres, no cabe duda de que algún curator debe estar dándole vueltas a la incorporación de Jordi Évole en una futura exposición. No representará una novedad, habida cuenta de un ilustre precedente: Ferran Adrià. (El cocinero estrella ha sido invitado, como artista plástico, a la Documenta de Kassel, al Drawing Center de Nueva York y a la feria de ARCO de Madrid representando el stand de El País).

¿Un destino similar para el famoso presentador? ¿Por qué no?  Operación Palace cumple con más de un requisito para aparecer, como obra, en cualquiera de estos cónclaves. Tiene “archivismo” y Work in Progress, lab y documento, memoria histórica y “dinámica procesual”. Todo ello por no hablar de la cantidad de elementos teóricos que, pongamos por caso, el arte relacional podría añadir para enriquecer la propuesta.

Si a esto sumamos la búsqueda de visibilidad que tanto desvela a parte del gremio, la incorporación de Évole, como artista, no puede ser más idónea. ¿Qué artista de este país puede garantizar, hoy, una audiencia de esos quilates en cuanto a millones de espectadores?

Estúdienlo, colegas. Sólo es cuestión de tiempo, de oportunidad y, sobre todo, de necesidad: tres instancias que nos muerden, minuto a minuto, en nuestra malquerida, y mal pagada, profesión.

“El comunista manifiesto”, según César Rendueles

Iván de la Nuez

 

(*) Comparto aquí la reseña de César Rendueles sobre El comunista manifiesto, aparecida en Babelia, El País, únicamente en papel.

Go East!

César Rendueles

Un síntoma revelador de la atonía universitaria española es que, por distintos motivos, algunos de nuestros mejores ensayistas –desde Machado y Bergamín hasta Ferlosio pasando por Zambrano– han escrito de espaldas a la academia. Iván de la Nuez forma parte de esa honorable tradición. Es un francotirador que lleva veinte años publicando ensayos que son hitos de una exploración coherente y original del medioambiente simbólico contemporáneo. La balsa perpetua (1998), Paisajes después del muro (1999), Fantasía roja ( 2006), Inundaciones (2010) y ahora El comunista manifiesto diseccionan el sentido de la experiencia cultural postmoderna sacando a la luz su engranaje con algunos de los puntos de fricción política más inquietantes y urgentes de nuestro tiempo. Y lo hace con una escritura rigurosa pero también accesible y divertida.

El comunista manifiesto mantiene un parentesco estrecho con El mapa de sal (2001). En aquel ensayo Iván de la Nuez analizaba a través de la experiencia del destierro las cuentas pendientes que había dejado tras de sí el corto siglo XX, los abrumadores conflictos históricos que acechaban como espectros en un mundo globalizado y multicultural que se vanagloriaba de haberlos superado. El comunista manifiesto, en cambio, está escrito desde el momento en que esas tensiones nos han estallado en la cara: la recesión económica, los enfrentamientos de clase, la deslegitimación de las instituciones políticas, el retorno del totalitarismo… Iván de la Nuez opta por acercase a esa crisis creciente mediante una estrategia oblicua, diagnosticando el Occidente capitalista a través de su recepción de las ruinas culturales del socialismo real. 

Desde 1989 se ha producido un retorno estético del comunismo en el territorio de los vencedores de la Guerra Fría: “Después de ocurrir como tragedia, después de acontecer como farsa, el comunismo –entrada la segunda década del siglo XXI– está ‘sucediendo’ en Occidente como estética”, escribe De la Nuez. “Llamémosle Fantasma a este regreso o Tercera Posibilidad de los acontecimientos. Llamémosle Eastern”. En las dos últimas décadas, la cultura de los países de la órbita soviética ha suscitado una intensa fascinación que se refleja en una enorme cantidad de obras de arte, libros, exposiciones y películas recientes. Andreas Gursky, Good bye Lenin, Frank Thiel, Slavoj Zizek, Vasili Grossman, Imre Kertész, Limónov… la herencia del otro lado del telón de acero ha perdido su halo exótico. A su vez, autores como Fogwill, Joan Fontcuberta, Ignacio Vidal-Folch, o Frances Serés –por mencionar sólo los más cercanos– utilizan la vida cotidiana de los países del Pacto de Varsovia como materia prima de sus obras. Iván de la Nuez examina minuciosamente esta recepción de la herencia cultural de los países del entorno soviético, pero El comunista manifiesto no es un ensayo sobre el socialismo real. El repaso de la fagocitación simbólica occidental del comunismo es una herramienta hermenéutica para mostrar el malestar político del capitalismo, la “sospecha sostenida de que el Muro se desplomó hacia los dos lados”.

Al menos desde 1917, el Este ha sido una especie de figura de Roschard en la que Occidente ha proyectado sus miedos y sus anhelos. Las potencias capitalistas permitieron y alentaron el estado de bienestar europeo como un dique de contención ideológico frente a la tentación comunista que acechaba a pocos kilómetros de Bonn, Estocolmo y Copenhague. Al mismo tiempo, el capitalismo logró perfeccionar la planificación autoritaria, la burocracia y el sometimiento del individuo con una eficacia inaccesible para el estalinismo. El comunista manifiesto saca a la luz la supervivencia de esta dialéctica en la lógica del consumismo cultural postmoderno incluso una vez que ha desaparecido la contraparte comunista. Por eso Iván de la Nuez concluye interpretando las estrategias antagonistas contemporáneas como un intento de encontrar una salida al agotamiento de ese espacio político: “Si hasta ahora los occidentales entendíamos por ‘política’ algo que no podía concebirse al margen de la democracia, hemos llegado a un punto en el que la ecuación contraria empieza a ser practicada por una parte de la ciudadanía, que comienza a apañárselas para practicar la democracia al margen de la política. Al menos, de La Política. (…) Considerando lo público más allá de lo estatal, lo privado más allá de lo meramente individual, lo social más allá de lo meramente masificado”.

 

 

El comunista manifiesto en “Rusia Hoy”

Iván de la Nuez

 

Comparto aquí mi diálogo con Ferran Mateo para Rusia Hoy sobre El Comunista manifiesto. En negritas, las preguntas de la entrevista.

Después del derribo del muro de Berlín, del que se cumplen ahora veinticinco años, el comunismo se ha convertido en un fantasma que recorre Europa. Derrotado en el plano político, y casi como una venganza, el espectro de la otra mitad del antiguo sistema bipolar se ha refugiado en una dimensión estética mucho más cómoda y su aura exótica es explotada por el capitalismo, que la ha convertido en mercancía. Ésta es la tesis que defiende el ensayista Iván de la Nuez en su último título publicado, ‘El comunista manifiesto’. “Después del fin de la URSS -se pregunta el autor de origen cubano- el problema ya no es que vengan los rusos, sino la incertidumbre de a dónde iremos a parar los occidentales”.

 

El ensayo El comunista manifiesto se publicó en octubre del año pasado y al mes siguiente estalló la crisis en Ucrania que, a fecha de hoy, sigue irresuelta. ¿Cómo sigue esta situación de enroque, que parece un viejo pulso Este-Oeste?

Como puede imaginar, con mucho interés. Es una batalla entre la idea de Europa Occidental que sostiene la comunidad europea y la idea euroasiática de Putin, que viene siendo una Unión Soviética sin comunismo. Si en El comunista manifiesto hablo de una actualización estética del estalinismo, ésta lo sería desde el punto de vista estratégico.

En todo caso, es casi obvio que un presidente ruso salido del KGB crea que es posible recuperar aquella esfera de influencia. No sé si es más preocupante la pujanza postsoviética o la debilidad de la Europa Occidental.

Eugen Ruge, autor de En tiempos de luz menguante, ha comentado que los ciudadanos de la Alemania Oriental intentaron en un principio olvidar pero que ahora han empezado a reflexionar sobre su identidad, algo que quizá haya motivado en parte esa vuelta al Este por la vía de la estética. Como ha escrito en su ensayo, los hechos son tozudos… tanto como los desechos.

Que los hechos son tozudos es algo que decía Lenin. Lo que yo añado es que los desechos, entre ellos las ruinas, también lo son: al final se imponen sobre cualquier teoría. Algo de eso define ese revival del Este como una estética. Aunque por debajo de la melancolía lo que sucede es también una cierta humanización de todo aquello. Y una especie de nostalgia bucólica por un mundo manual, pre-digital, que se viene abajo con el comunismo.

Cuando alude a la experiencia estética del Este cita como ejemplo el boom de las exposiciones sobre el arte y el diseño soviéticos, con un interés renovado. En cierto modo, ¿no es algo natural después de que hayan estado tanto tiempo en la sombra?

Tiendo a sospechar bastante de lo que parece ‘natural’. Como dice, es curiosidad, pero también oportunidad. Antes sólo unos privilegiados podían ver lo que pasaba al otro lado del telón de acero. Hoy, son millones los que pueden hurgar allí, buscar en Google o pasearse sobre las ruinas y riquezas del imperio derrotado. Como quien visita un museo, un viejo campo de concentración nazi, una ciudad de la antigüedad o un parque temático. No hay que olvidar, por otra parte, el saldo de patrimonio cultural que se amasó bajo el comunismo, en el que podemos encontrar a un Malévich y a un Tatlin, a un Eisenstein y a un Tarkovski.

Señala la “fascinación por las ruinas de una epopeya desproporcionada” a partir de muchos ejemplos de recuperación del legado soviético por parte de artistas e investigadores. ¿Despiertan más curiosidad estas ruinas que las del capitalismo, desperdigadas por Detroit o por los países castigados por el boom de la construcción?

A la gente de Occidente suele fascinarle las ruinas que no son las suyas. Detroit es un caso especial y ha atraído el interés de bastantes artistas. Existe, por ejemplo, un impresionante trabajo fotográfico de Stan Douglas. Y la verdad es que allí, además de las ruinas físicas, uno encuentra una ruina simbólica (Detroit como la meca de la industria automotriz), o una ruina cultural (Detroit como la meca de la Motown y la música negra).

El comunismo vencido lo que hace es proporcionarnos, como nunca antes en la historia, unas ruinas en tiempo real. Ruinas de un imperio vencido cuyo tótems tecnológicos no pueden enchufarse en el resto del mundo. Más que por obsolescencia, son ruinosos por incompatibilidad.

El hecho de que una parte de la población y de la intelectualidad europea mirara para otro lado por lo que respecta a las sombras de la utopía comunista, ¿ha facilitado la fetichización del comunismo como mercancía?

Desde luego, esa es una parte importante del problema. Pero lo fundamental, creo, es que esa fetichización procede de algo que no se nos ha dicho. Y es que el comunismo, una vez vencido, no fue enterrado, sino colonizado, y en el paquete entraron muchos activos, no sólo los culturales: desde el autoritarismo hasta el plutonio. Creo precisamente que la actitud del intelectual debería ser la de negarse a jugar con las cartas marcadas.

¿Siguen las ideas utópicas del comunismo circulando con otras formulaciones en esta nueva etapa de defensa de derechos, vista la brecha enorme que se ha acentuado como nunca entre ricos y pobres, y todo ello en un nuevo contexto de control y gestión de datos personales?

Estamos viviendo un emplazamiento del capitalismo clásico, que es el que no tiene máscaras. Un capitalismo que es, cada vez más, sólo para capitalistas y que ni siquiera hace ver que es bueno para todos, como ocurría en las décadas de 1950 a 1970. Este capitalismo que parte en dos a la sociedad va a crecer, pues sin Estado del bienestar no hay socialdemocracia ni clase media que valgan. El modelo económico es autoritario y el político también lo es. El triunfo de la seguridad sobre la libertad me parece muy peligroso y pone en entredicho la democracia occidental, que por otra parte resulta que es minoritaria en el mundo.

La demolición del Estado del bienestar aparece como una de las grandes víctimas de la caída del Muro. Era la cara amable que se mostraba a la otra mitad para provocar el deseo de pertenecer a él. La lucha de la sociedad civil ahora es, precisamente, volver a recuperar lo desmantelado y desactivar los discursos que lo justifican.

El fin del Estado del bienestar no será el último de los desmantelamientos. Primero fue el comunismo, después la socialdemocracia y no tengo dudas de que el próximo paso será un golpe muy frontal contra el liberalismo como lo entendemos hoy. Avanzamos hacia una implantación mundial del modelo chino, en el que democracia y mercado se han divorciado ante el aplauso de casi todas las superpotencias, las viejas o las emergentes. También avanza una especie de ‘emiratización’ de muchos países, con leyes para nativos y leyes especiales para inversores. Ése es el camino a la vista. ¿Se le podrá seguir llamando a eso capitalismo?

Precisamente es en las formas contemporáneas del comunismo, como en China, donde los modelos se alían para convertir el sistema político en un engranaje todavía más refinado. ¿Adaptarse o morir?

El comunismo se parece más al capitalismo de lo que solemos creer. En uno se sublima el Estado. En otro se sublima el Mercado. Pero ambos son latencias de una pugna entre dos modelos para llevar a buen puerto eso que una vez llamamos modernidad. Los dos creen, asimismo, en el valor de las doctrinas, aunque en uno prime la mercancía y en otro la ideología. Ése es el motivo de mi afirmación de la caída del muro hacia el capitalismo, pues éste pierde el paso sin su pareja de baile. La confirmación la tenemos en China y en otros países emergentes, que serán las potencias del siglo XXI.

También el terrorismo islámico, que ya no plantea un conflicto basado en reglas de juego modernas, como la guerra, el pacto, la tregua, etc. Para combatir el comunismo, el capitalismo tuvo a la socialdemocracia, que en buena medida vino determinada por las luchas trabajadoras de todo un siglo. La socialdemocracia vendría a ser lo mejor de los dos sistemas. Pero lo que ha vencido es el modelo de China, que toma lo peor de ambos. La innovación de China no es el Estado autoritario y unipartidista, sino que eso case perfectamente con el mercado a gran escala.

La investigadora Babette Scurrell ha declarado que el sentimiento de decepción posterior a la caída del Muro fue porque se esperaba una “tercera vía”. ¿Se siente nostalgia del sistema anterior o bien de ese momento en el que parecen posibles otras opciones?

Es cierto que la decepción es hoy evidente. Incluso tiene un género para nombrarla, Ostalgia, la melancolía por la promesa que no fue. Pero igual de fuerte, o más, fue la euforia. La gente se ha decepcionado porque el comunismo totalitario fue sustituido por un capitalismo autoritario e insensible donde prima el mercado sobre la democracia.

Salvo la perestroika de Gorbachov, no creo que se plantease en el Este un término medio. Cuando Occidente invade con terapias de choque o se permite disminuir su democracia porque ya no tiene al enemigo tras el telón de acero, la gente que vivió bajo el comunismo entra en un trauma importante. Aparte de que pasan de ser habitantes de un imperio a seres alojados en un mundo menor que tiene como máxima aspiración una Comunidad Europea que va perdiendo peso geopolítico a marchas forzadas.

Cita recuperaciones literarias importantes procedentes del Este, especialmente Vida y destino de Grossman con su mensaje humanista. Sin embargo, se publican básicamente clásicos y poca literatura contemporánea. ¿Es exagerado pensar que la literatura rusa se puso hace poco de moda en España como una especie de exotismo?

El 80% de la cultura actual está marcada por la frivolidad, así que no es descabellado unir el Eastern, la pasión por el Este de la cultura occidental, que yo describo con el exotismo del que habla Todorov o el orientalismo del que habla Said. Pero creo que hay que ser justos: recuperaciones como las de Vida y destino nos hablan de una preocupación sincera por el horror, por la zona sacrificial de las sociedades comunistas. No puede frivolizarse el Gulag en la Unión Soviética, la UMAP en Cuba, ni maquillar emplazamientos represivos de ese calibre. Y por eso es importante la recuperación del debate sobre lo siniestro. Pero, en todo caso, no estoy de acuerdo en universalizar aquellas experiencias, por mucho que expongan la condición humana.

Hablando de cultura actual, ¿son el panfleto y las redes sociales una pareja bien avenida?

Las redes sociales, como fin, no me interesan, como tampoco el ciberfetichismo. Sublimar el medio, o el soporte, no es una política en sí. ¿Las redes como canal idóneo para el panfleto? Sí, pero también ha tenido mucho éxito en la edición tradicional en papel, como nunca antes creo. De hecho, desde el punto de vista del tanteo que representa todo ensayo no panfletario, es más interesante la existencia de esas redes desde las que se puede testimoniar o compartir o discutir el proceso de su escritura en tiempo más o menos real. Es lo que hice con mi blog y con las ideas de El comunista manifiesto.

En su ensayo afirma que lo que vende el panfleto es certeza y no duda. ¿Existe algún paralelismo con el discurso de los líderes? No me imagino a una figura como Putin vendiendo otra cosa que no sean certezas.

Algo de eso hay. Aquí, en España, tenemos líderes -o cargos- que ni siquiera nos dan certezas, sólo incertidumbres. En todo caso, no sé si eso, vender certezas, es lo que se le pide a los líderes políticos. Pero si sé que es lo que no tiene que hacer un ensayista.

El ensayo está repleto de anécdotas, datos, detalles de la política y de la cultura de masas que al alinearlos en el texto aportan nuevos significados. Imagino que después de poner el punto final se han quedado cosas en la recámara. Después de la lectura del libro, por ejemplo, al ver la película Gravity reparé en el detalle de que todos los problemas a los que se enfrentan los astronautas norteamericanos están causados por la basura espacial rusa. Más desechos…         

Después del punto final me han perseguido más datos o eventos, algunos ciertamente extravagantes. Apunto dos: Richard Branson, el multimillonario fundador de Virgin, se disfrazó de Che Guevara para vender teléfonos móviles por las calles de París, y luego, en la casa de subastas británica Dreweatts & Bloomsbory se subastó la camisa ensangrentada de Orwell, herido en la Guerra civil.

¿Qué le pareció la polémica de la publicidad de Louis Vuitton en la Plaza Roja, el lugar donde se encuentra uno de los grandes paradigmas de la Rusia actual, la momia de Lenin?

Lo de Louis Vuitton al lado de Lenin en la Plaza Roja es como la subasta de la camisa de Orwell o la emisión de una MasterCard con el rostro de Marx… Son buenos resúmenes del postcomunismo.

 Cita de Marx que los hombres se parecen más a su época que a sus padres. ¿Se está diluyendo también el concepto de época?

Lo que parece que no encontramos es la definición de la época que estamos viviendo. Pero eso es culpa de nuestra incompetencia, no de la época, que considero sumamente interesante.

Recurre a Limónov para hablar del impacto del anonimato en la transición del comunismo al capitalismo. ¿Por qué?

Limónov echa por tierra la idea de que el aplastamiento de la individualidad sea sólo un asunto exclusivo del comunismo. La normalidad capitalista puede también con ella, algo que Kafka ya puso en su sitio mejor que nadie. Pero lo más interesante de Limónov es que representa un fenómeno trágico. El de una contracultura que no tenía lugar bajo el comunismo y que es asimismo arrasada con el advenimiento de la transición poscomunista. Sueño con esa exposición sobre la contracultura bajo el comunismo.

No Direction Rome

Iván de la Nuez

 

El Papa Francisco en la portada de Rolling Stone. Así cruza, se nos dice, otra frontera en su afán de actualizar la Iglesia y sacarla a la calle, de situarse a sí mismo como una figura más asequible para un público nuevo. Solo en Estados Unidos, la revista tiene una tirada quincenal de 1.400.000 ejemplares. A eso se le llama una ampliación del target.

Ante la mediocridad superlativa de los políticos actuales, millones de personas parecen haber desplazado su fe hacia este otro jefe de Estado que se explaya sobre la urgencia de atender los asuntos terrenales. Esto es: barrio, trabajo, penuria cotidiana, conflictos generacionales, brechas sociales… Nada, por otra parte, que no estuviera en el Concilio Vaticano II.

De todos modos, y aunque su discurso se sitúe a la izquierda de Wojtyla, con su Rolling Stone Francisco no ha hecho más que seguir la estela de Juan Pablo II, campeón absoluto en el dominio de los media. El Papa de ahora, eso sí, ha comprendido rápidamente la lógica de la cultura de masas, que no escatima el uso de cualquier icono para expandir su propia prédica.

Por la redacción de la revista de marras han pasado algunos “popes” de la contracultura –como Hunter S. Thompson-, así como por su portada han pasado algunos “diablos”; desde los mismos Rolling Stones -nada menos que Sus Satánicas Majestades- hasta un chico con cara de ángel y demonio interior capaz de perpetrar una matanza en el Maratón de Boston.

El caso es que las cubiertas de Rolling Stone nunca se han dedicado a invocar la santidad. Y precisamente uno de sus protagonistas –un John Lennon desnudo en posición fetal– llegó al punto de considerarse más famoso que Cristo. Esto fue en 1966, un año antes de fundarse esta revista que, en su día, llegó a equiparar rock y rebeldía.

Medio siglo más tarde, un Papa en la portada nos hace dudar si es la Iglesia la que se ha “soltado” o es el rock el que se ha domesticado.

Constancia en el caos

Iván de la Nuez

 

 

Bajo las vidas más anónimas hay casi siempre un poso turbulento de locura. Hurgamos en la gente normal y descubrimos algún horror. En el subsuelo de todas las calmas suelen latir tormentas a punto de arrasar el paisaje.

Esto, al menos, es lo que mantienen las novelas de Patrick McGrath, escritor nacido en Londres, 1950, y residente en Nueva York. Todos sus libros están protagonizados por seres supuestamente corrientes que, en un momento dado, serán sacudidos por sus bestias internas, sus relaciones enfermizas, sus orígenes turbios.

Recordemos Spider, obra de 1990 cuya versión cinematográfica –dirigida por David Cronenberg y protagonizada por Ralph Fiennes-, amplió el público de McGrath, lo cual no quiere decir que lo convirtiera en un autor de bestsellers. (Spider nunca dejó de ser una novela de culto y una película de culto).

Sus entregas posteriores no han hecho más que enfatizar esa espiral. En Locura, Stella es la bella esposa de un psiquiatra y no puede evitar un romance con un paciente peligroso, Edgar, como tampoco el consecuente desmontaje de un mundo y su orden. En Port Mungo, el pintor Jack Rathbone arrastra un horror con el que no puede vivir ni dejar vivir en paz. En Trauma, el doctor Charlie Weir intenta descifrar la vida de su hermano y acaba engullido por el caos enfermizo de este; un caos que lo conecta todo: desde la guerra de Vietnam hasta el desastre cotidiano que persiste en las vidas comunes.

Ahora, McGrath acaba de publicar Constance en español (Literatura Random House, traducción de Javier Calvo), de la que se nos informa que tiene lugar en el Nueva York de los años 60, si bien es un relato de personajes sin asideros sociales o de época: podría ocurrir hoy mismo en esa misma ciudad. O hace cien años en otra cualquiera.

La novela sigue la vida de la joven Constance, con su trabajo en una editorial y un matrimonio llamado a la estabilidad, que pronto se verá impelida por unos traumas que subvierten su, en principio, pacífica vida. Como todos los personajes de McGrath, Constance no puede elegir: sus circunstancias y su lado oscuro son siempre más fuertes que su voluntad. Como todas sus novelas, Constance sostiene el pulso intenso de su autor, aunque no sea una obra maestra a la altura de SpiderLocura o Port Mungo.

Los seres de McGrath son adictos al caos (como algunos somos adictos a McGrath). También son adictos al pasado, atrapados por antiguos secretos que claman por salir a flote. Una zona de sus vidas crece al margen de la normalidad y otra convive con ella. Suelen regresar, una y otra vez, a la destrucción y al modo en que, alrededor de esta tiene lugar algún acto creativo. Por eso en sus novelas siempre encontramos psiquiatras –como el padre del autor- y artistas –como el propio autor-, todos ellos con distintos grados de locura.

Se trata, asimismo, de personas entrometidas en la vida de los otros. Obstinadas en la redención de aquello que no puede o no quiere ser salvado.