Reciclando humanos

Iván de la Nuez

Rumaos en el museo

 

La vida es un inmenso display. Una exposición infinita en la que todo, desde lo más sagrado hasta lo más profano, se ha convertido en carne de museo. El comunismo y la Guerra Civil, el grupo armado Baader Meinhof y los trajes de Gadafi, Guantánamo y la acción social (siempre y cuando, eso sí, la asumamos como “una de las bellas artes”).

Nuevas tecnologías y viejas vanidades se acoplan para diseminar este síntoma contemporáneo, esa continuación del Ready Made por otros medios. ¿Qué significa “por otros medios”? Pues que si Duchamp o más tarde Jeff Koons le concedieron entidad artística a algunos objetos –un urinario, una aspiradora- por el mero hecho de colocarlos en un museo o una galería, ahora ha llegado el turno de los sujetos.

Antes fueron las cosas, hoy las causas.

El último apretón de tuerca va más allá de exponer la revolución o las batallas sociales, las guerras de género o las injusticias. Ahora avanzamos hacia la exposición de personas. Acaba de suceder en un museo de Malmö, que ha exhibido dos mendigos rumanos. Antes, en Londres, un proyecto de Brett Bailey, Exhibit B, se inspiró en los zoológicos humanos de la época colonial para mostrar a personas de raza negra en situaciones de sumisión o dominación. Y un poco más allá en la línea del tiempo nos encontramos al Museo Judío de Berlín, que nos deleitó con otra obra “humana”: Judíos en la vitrina.

No hace falta decir que todo esto responde a las mejores intenciones, y que está gobernado por la crítica a los estereotipos o el racismo, por la remoción de nuestras occidentales conciencias y por las más variadas denuncias. Y, claro, es nuestro problema si nos cuesta discernir entre crítica y frivolidad, verdad e imagen, arte y provocación, cultura y publicidad…

Pero lo cierto es que, a estas alturas, resulta difícil tragarse estas operaciones que establecen la denuncia del crimen reproduciendo el crimen, que redoblan la dominación para que la veamos mejor, y que llegan a exponer humanos con el objetivo de relatar la crisis del humanismo. Todo a base de ignorar que, salvo en los estereotipos de los paladines del llamado arte relacional, los “otros”, los “sujetos subalternos” o los “sometidos” son tan diferentes entre sí como aquellos que los encasillan en su presunciones.

Tal vez estamos asistiendo al último ramalazo de una estética. A la confirmación de que el ciclo que empezó con Duchamp ha llegado a su fin. Y no se trata de una nimiedad. Porque si este declive es real, ya no tendrá sentido hablar de eso que, por pereza, seguimos llamando Arte Contemporáneo.

Marcador

La democracia se queda sin héroes

Iván de la Nuez

andújar

 

En el último vídeo de Dakota Johnson, una chica se despide de sus padres. Un capítulo más, suponemos, en ese ritual norteamericano que consiste en darle categoría trágica al hecho de irse a la Universidad. Hasta ahí todo normal, con la aflicción típica que suele acompañar estas separaciones filiales. El “detalle” es que, al final, la recogen unos barbudos armados y en realidad la muchacha está diciendo adiós… ¡para enrolarse en el Estado Islámico!

No hace falta decir que el impacto provocado por este engaño ha dado lugar las lecturas más variadas. Unos lo interpretan en clave positiva, como una llamada de atención sobre algo que puede pasar en cualquier familia, por muy occidental que sea. Otros la consideran un acto de frivolidad que banaliza, incluso exalta, la crueldad extrema del terrorismo. En cualquier caso, si algo podemos dar por cierto es que el vídeo de la protagonista de 50 sombras de Grey no será el último en el que aflore -como ficción o como documento, como montaje o como prueba- la fascinación creciente de los extremismos políticos en esta Era de la Imagen.

Cuando el videoarte empezaba a languidecer en los museos, parece haber encontrado acomodo en estos reductos siniestros desde los que puede lanzar mensajes más espectaculares y, por supuesto, más atendidos: del narcotráfico o dictaduras extravagantes, de psicópatas ideológicos o tiranos caníbales…

Antes de la Era de la Imagen, en el mundo blanquinegro de la Guerra Fría, los héroes también podían presumir de un curriculum sangriento. Pero les amparaba una licencia para matar por el hecho de defender, así se nos decía, la causa mayor de la libertad. Reagan pedía que la nación estirara sus músculos y rápidamente la ficción se sacaba de la manga el Rambo de Sylvester Stallone, el coronel Braddock de Chuck Norris o el Jack Ryan de Harrison Ford, tipos que enfrentaban una conspiración de la guerrilla colombiana con la misma parsimonia que se pasaban una película entera matando vietnamitas. No todo era así de obvio, por supuesto. También contábamos con antihéroes solitarios como el Smiley de John le Carré, un espía tímido –con la misma licencia para matar que su paisano James Bond, eso sí-, capaz de urdir cualquier trampa imaginable en contra de sus principios pero a favor de la democracia.

Lo cierto es que, visto con distancia, hoy Rambo nos provoca risa y Smiley nos produce melancolía. Y que sigue creciendo el atractivo de personajes reales para quienes las coartadas políticas ya carecen de importancia. Lo verdaderamente significativo, en nuestros días, no es por qué se mata, sino cómo se mata. Y la inmoralidad a la que te puede llevar una causa política ha dado paso a la amoralidad del acto que ya no la necesita. Cualquier ambigüedad, la más mínima duda, están desterradas en la nueva cultura de la violencia.

Un día decidimos ver Red Army –esa epopeya del equipo soviético de hockey al que echaron sobre los hombros toda la gloria de un sistema, un mundo, una ideología- como otro día podemos elegir 300 -esa otra epopeya de la antigua Esparta cuyos soldados cumplían un destino parecido en tiempos de yelmo y espada. O hacemos cola para ver The Act o Killing -con la demoledora confesión de unos asesinos jubilados-, como antes seguíamos cada entrega de Rambo en Vietnam. (A fin de cuentas, ambos se prodigaron matando comunistas en el sudeste asiático). Lo que diferencia las nuevas entregas es ese gusto por el extremismo que va calando en la cultura contemporánea y que refleja un desdén por cualquier forma de la moderación. Si antes seguíamos la cultura desde aquellos rastros de carmín que detectó Greil Marcus, o desde el radicalismo chic del que hablaba Tom Wolfe, hoy la marca de sangre es suficiente para sustituir esas viejas sofisticaciones.

De ahí la fascinación que ejerce la familia Kim o ex agentes del KGB que llevan las riendas de la nueva oligarquía, los usos fascistas de la moda o francotiradores sin otra ideología que la de su profesionalismo, consistente en matar de la manera más perfecta posible.

Entre los delirios de esta moda aparece, de repente, Muamar el Gadafi intentando colocarle una exposición de sus trajes nada menos que al Museo Metropolitano de Nueva York. ¿El gancho? Aparte de su extravagancia y su abundante fondo de armario, la reivindicación de un extraño copyright: el caudillo libio requería un acto de justicia, pues entendía que había sido copiado por estrellas occidentales como Michael Jackson o James Brown. (Y es posible, por cierto, que tuviera razón).

Más allá de que un Gadafi o tres Kim nos parezcan pintorescos, el embeleso por el extremismo rebasa a personas o grupos humanos. Países y territorios enteros se han convertido en escalas perfectas desde las cuales la política asume todas las características de un deporte extremo. Basta con que miremos a Corea del Norte o Guantánamo, sitios cerrados en los que el capitalismo y el comunismo han experimentado sus delirios.

En la cárcel de Guantánamo encontramos un compendio del terrorismo islamista y, al mismo tiempo, las torturas de la democracia. También la atención de un dramaturgo como Harold Pinter, cineastas como Michael Winterbottom y Mat Whitecross, los graffiti de Banksy o el thriller de espías servido por Frederick Forsyth.

El caso de Corea del Norte es, si cabe, todavía más curioso. Y llama la atención que el país definido como el más cerrado del mundo haya impactado últimamente con tanta fuerza en la cultura occidental. Desde una exposición colectiva como El peso de la historia, que recoge los carteles comunistas, hasta la fotografía de Charlie Crane, Andreas Gusrski o Noh Suntag. Desde El huérfano, la novela que le valió un Pulitzer a Adam Johnson hasta Sin ti no hay nosotros, libro desde el cual Suki Kim nos descubre los entresijos de la élite norcoreana. Todo ello sin olvidar un programa que le dedica En tierra hostil o el número pionero de la revista Vice.

A todo el proyecto Vice, probablemente, le debamos buena parte del afianzamiento de esta estética del extremismo, en el que lo político se empareja con un botellón y una rave puede alcanzar el mismo rango que una guerra civil en Liberia. Una estética que saca petróleo de la ortodoxia, el hiperrealismo, la improductividad de lo ambiguo y el encumbramiento de la línea dura. En el subsuelo de todo, una democracia en declive que se ha quedado sin héroes desde el mismo momento en que también ha renunciado a la duda.

Si Vice es la plataforma ideal de esta cultura, un personaje como Limónov es su Frankestein perfecto. Con esa manera de compactar, en sí mismo, el fascismo y el comunismo, Stalin y los genocidas balcánicos, para proponer una alternativa política al mundo de hoy.

La publicidad lo dice todo sobre esta tendencia. De ahí que en sus predios los líderes, tiranos o asesinos realmente existentes ya sustituyan sin problema a los modelos. En su exposición Sistema operativo, que puede verse actualmente en el Reina Sofía, Daniel G.Andújar dedica una sala a esos usos publicitarios del comunismo, el fascismo, la revolución, el caudillismo o la democracia. Y a la amalgama, sin jerarquía, de Lenin y Putin, Aznar y el Che Guevara, Ronald Reagan y Fidel Castro. Todos rentables, todos histriónicos, todos resultones. El proyecto muestra las entrañas de cómo funciona esta dimensión posdemocrática en la que todo vale por igual y en la que la superficie banal de su espectacularidad parece bastarle para ofrecernos las claves de la verdadera operatividad del sistema.

(*) En la imagen: Dirigentes, de Daniel G. Andújar, parte de la exposición Sistema Operativo

Humano sí, error no

Iván de la Nuez

cabina

 

Siempre que ocurre un desastre, el factor humano acaba funcionando como una disculpa. Si un barco se hunde o un avión se estrella, hay algo de alivio cuando se debe a un error de las personas que están al mando. Esto es como decir que los humanos, al final, siempre son los que fallan porque el artefacto es infalible. Y que sin errores humanos el mundo sería perfecto, por la sencilla razón de que las máquinas lo son.

Es muy curiosa esta superstición, que parece olvidar que las máquinas están hechas por el hombre. Incluso un genio como Kaspárov se empeñó en derrotarlas cuando ya no tenía rival que se le resistiera. Como si Deep Blue, la máquina que acabó venciéndolo, no estuviera programada por sus congéneres.

Lo único cierto es que, de momento, nada humano le resulta ajeno a cualquier aparato que en la tierra exista. Todo esto viene a cuento por la catástrofe aérea que acaba de ocurrir en los Alpes, en el vuelo que iba de Barcelona a Dusseldorf. Una caja negra indica que el piloto sale un momento de la cabina, deja al copiloto al mando y, cuando regresa, se encuentra la puerta bloqueada. La razón es obvia: los nuevos protocolos, para impedir la entrada de secuestradores, bloquean la cabina de los pilotos y no permiten el acceso desde fuera.

El problema es que, en este caso, el peligro estaba dentro. Y que, según todas las pruebas, el copiloto decidió estrellar el avión llevándose por delante a todo el pasaje. Un suicidio con daños múltiples cuyas causas mentales recién comienzan a conocerse.

El factor humano, que sirvió a Graham Greene para escribir una de las mejores novelas de espionaje de todos los tiempos, ha servido a algunos para explicar este desastre. Una catástrofe, sin duda, humana, demasiado humana.

Es terrible lo que ha ocurrido, pero de haber sido un fallo de la máquina sería tan humano como este horror que llevó al copiloto a destruir 150 familias.

Lo peor es que, por lo que nos cuentan, esta vez ni siquiera se trata de un error. Si la catástrofe fue, como dicen los informes, “deliberada”, entonces nos encontramos ante un acierto terrible. El acto planeado por un hombre que buscaba la muerte y que no tuvo el valor de irse solo a su encuentro.

Distopía colombiana

Iván de la Nuez

ornamento

 

La nueva novela de Juan Cárdenas tiene un título escueto: Ornamento. Y si Aldous Huxley hubiera nacido en Popayán, y en 1977, tal vez habría escrito un libro parecido. No es que Ornamento (Periférica, 2015) sobreactúe al presentarse como distopía colombiana, no es que sea exuberantemente fantástica o se quede extasiada en la violencia para dizque criticarla. Tampoco es un envoltorio pseudo-global embarrancado en disimular cualquier raigambre.

En medio de la Iconocracia imperante, esta novela se apunta a un ejercicio de Iconofagia -término que han compartido Norval Baitello o Alfonso Morales, término que preludiaron Oswald de Andrade o Fernando Ortiz-, de ahí que apele tanto a la gestión de las imágenes como a su digestión. Y de ahí, también, las debidas distancias con este presente en el que, derribados los ídolos –políticos, culturales, literarios- sólo nos queda su mutación estética. (Una frase de Hernán Cortés, que resume este proceso, repica en la novela como un mantra: “quitar los ídolos y poner las imágenes”).

Lo narrado en Ornamento es, entonces, un proceso de colonización contemporánea que se columpia entre el nacimiento de la violencia en Colombia y su supuesta domesticación, entre el mundo anterior al narco y su pretendida eliminación. En esa Colombia futura, las drogas se han asentado, por fin, en la industria farmacéutica; así que los médicos prescriben sin mayor problema la lisergia con el fin de apuntalar una paz que no es, precisamente, la derrota del crimen sino la certificación de su legalidad.

En la Colombia futura–presente de Cárdenas, la paz normaliza la violencia del mismo modo que la medicina estandariza el narcotráfico. Ahí tenemos, para acreditarlo, esa droga interclasista que protagoniza el libro y trae algo de dicha -y algo de desdicha- a los personajes que giran a su alrededor: el médico, la artista, las escogidas como conejillos de indias… Un elíxir capaz de regular nuestros deseos o carencias, y que, eso sí, sólo pueden consumir mujeres pues la testosterona aniquila sus efectos en los hombres.

Todo desde un laboratorio en el que no hay utopía a la vista sino el paisaje tranquilo de un desastre sin nombre. Un medio continente, como la Atlántida, originado en algún antiguo esplendor, o alguna antigua catástrofe, siempre dispuesto a volver a la superficie para recuperar el lugar que le pertenece.

Juan Cárdenas deja caer sobre los lectores una voz que intenta dotarse de identidad en un mundo sin estilo. El suyo es el arte de un tiempo en el que, incapacitados para concebir nuevos ornamentos, se hace inevitable modificar la percepción de aquellos que ya existen.

Quizá al final, y sin llegar al spoiler, descoloque la pirueta que le sirve de epílogo. También es posible que, sin ese contraste tan rotundo, la crítica de la civilización que aquí se acomete no alcanzaría la fuerza suficiente.

En cualquier caso, Ornamento dista mucho de ser una pieza escrita para rendir culto a un mundo colonizado por las imágenes. Es, por el contrario, la constatación de que, bajo la avalancha de esas imágenes que pixelan nuestras tragedias, han sabido resistir nuestras diversas tiranías mientras aguardan el momento de darle “reiniciar” a su sometimiento.

 

¿Debe publicarse “Mi lucha”, el libro de Hitler?

Iván de la Nuez

MEIN KAMPF

 

Aunque siempre ha estado ahí, la polémica se refuerza ahora en Alemania, pues este año prescribe la prohibición de publicar Mi lucha, plataforma y legado político de un autor llamado Adolf Hitler. Los derechos del libro están en poder del Ministerio de Finanzas de Baviera, que se hizo con ellos en exclusiva, precisamente para impedir su propagación. Según la ley actual, a partir de este 2015 cualquier editorial puede publicar el libro y, claro está, venderlo. Una vez que editarlo sea legal, es de esperar que también lo sean las presentaciones, lecturas públicas y toda la repercusión que supone un acontecimiento de esta magnitud. (Se avecinan tiempos de hitlerología, con especialistas y tertulianos diciendo la suya).

Ante el fenómeno político, ideológico y moral (hay de todo) del asunto, leo que los historiadores están barajando la posibilidad de aderezar la impresión con comentarios académicos, alertas y una serie de apuntes que amortigüen el impacto de su discurso. Se da el caso de que fue precisamente en Baviera donde Hitler hizo su primera gran aparición pública, en un intento de golpe de estado que lo llevó a la cárcel. Y fue en la cárcel donde, un año después, en 1924, escribió este panfleto entre biográfico y programático en el que desgranó sus ideas sobre la necesaria expansión de Alemania, la superioridad de la raza aria o el imperativo de acabar con la conspiración judía. En fin, que esta obra sustenta el ideario que llevó al mundo al paroxismo nazi, al Holocausto y a la Segunda Guerra Mundial.

Una vez derrotado el fascismo, la adquisición de los derechos mundiales del libro por el land bávaro no consiguió eliminar la lectura del libro, pero sí pudo limitar, con la ley en la mano, su propagación en Alemania, donde por razones obvias todo lo que tiene que ver con Hitler o el fascismo sigue siendo tabú.

¿Qué puede pasar ahora? Pues que, a punto de caducar la prohibición, el libro podría publicarse. También es previsible que genere los beneficios propios del negocio editorial (con la impagable publicidad del morbo que le precede). ¿Debería ser rearticulada la ley y prohibirse Mi lucha para siempre? Ciertamente, no parece que estemos en el mejor momento para que este libro se convierta en best seller. Con una crisis evidente de la democracia en cualquier lugar en la que está instalada (no hablemos de allí donde ni siquiera existe). Con la ultraderecha viendo crecer sus votos en Europa o Estados Unidos. Con un mundo tan seducido por el fundamentalismo y tan poco dado al discernimiento, esta resurrección puede ser una preocupante guinda en el pastel del extremismo.

Así y todo, creo que el libro debe ser publicado. Todavía más, pienso que debió publicarse durante todos estos años y que fue un error de los gobiernos posteriores aplazar la decisión. Una sociedad sin los anticuerpos necesarios para enfrentar un libro de esta índole, de cualquier índole, no puede definirse como una sociedad libre. Peor aún: es una sociedad en peligro. Aparte de que no hay mejor publicidad que lo prohibido y que la salida abrupta del libro será mucho más nociva que una edición “normalizada” y continua.

Esto sin reparar en que cualquiera puede leer el libro por Internet y que no todos los países tienen prohibida su venta. En Estados Unidos, por ejemplo, no es ilegal. En los Países Bajos, sí; aunque no su lectura o su préstamo (una legislación hipócrita muy parecida a la de otros países europeos con las drogas, dicho sea de paso). Por último, según Amazon, los mayores encargos provienen de Alemania, país en el que, hasta hoy, también puede ser leído y comprado, aunque no publicado.

Visto que el efecto “bombazo” producirá, presumiblemente, un considerable negocio, mi inquietud está encaminada a saber dónde irán a parar las ganancias de esas futuras ediciones y así calibrar, dentro de lo posible, el increíble marketing de esta campaña que ahora podrá recoger sus frutos después de setenta años de abstinencia.

Como dijeron Karl Marx y Sherlock Holmes –dos hombres del siglo XIX-, siempre es recomendable seguir la pista del dinero. Por lo general, ahí reside la clave de casi todos los misterios y de casi todos los crímenes.

El traductor de los extraños

Iván de la Nuez

Sacks

 

Oliver Sacks acaba de publicar un artículo en el que explica que tiene una enfermedad terminal y le queda poco tiempo de vida. El autor de Un antropólogo en Marte, Despertares o El hombre que confundió a su mujer con un paraguas ha escogido para su despedida un título de su admirado David Hume: “De mi propia vida”.

En el texto citado despliega la misma lucidez con la que acometió el estudio de pacientes con enfermedades extrañas y fobias inexplicables. Sacks siempre creyó en la importancia del relato de los implicados para afrontar las enfermedades, en la experiencia única de los pacientes, en la posibilidad de sacar lo mejor de gente que padece autismo, parkinson o acromatopsia (incapacidad para distinguir los colores).

Nunca se conformó con su despacho, y lo mismo viajó a hospitales que a islas recónditas para encontrar el misterio del ser humano y constatar su capacidad de superación. Más que un médico, Oliver Sacks ha sido un traductor; un puente para que entendiéramos a aquellos cuyas enfermedades no tenían explicación.

En su despedida, este científico nacido en Londres (1933) y afincado en Nueva York establece un paralelo entre su final y el del filósofo Hume, dejando claro que ya no le queda tiempo para lo superfluo, así que quiere aprovechar sus días para “ajustar sus cuentas con el mundo”.

Sacks se va agradecido y sabe que ha sido afortunado. El suyo ha sido un viaje por la singularidad humana que ha llevado a su mejor definición esta máxima de Malinowski: “la antropología es la ciencia del sentido del humor”. Así que dice adios ofreciendo una lección de cultura -en su sentido más abarcador- y apuntalando ese estilo que lo colocó en la cuerda de H. G. Wells, D. H. Lawrence, Daniel Defoe, Emilio Salgari, Darwin o Kant.

Toda su obra puede ser comprendida como una parábola sobre la tolerancia y la comprensión de lo distinto. Y puede marcharse orgulloso de su viaje por la vida, pues la suya ha sido una travesía comparable a la del capitán Nemo, o a cualquier otra aventura imaginada por Julio Verne.

Él consiguió hacerlas realidad en su sana ambición por alcanzar unas islas en las que, como intuyó Michael Butor, pudiera empezar otra vez la historia humana.

El Negro Iván y el Big Data

Iván de la Nuez

seguridad-big-data

 

Hace unos meses, me dio por escribir algunos artículos sobre el control de nuestros datos en Internet, el precio de cada paso que dábamos en la red y, en fin, el uso y abuso que de esos datos hacen las compañías, los gobiernos, las agencias de seguridad. Unas veces escribía espoleado por un libro de Evgueny Morozov o de César Rendueles, otras por la visita a la exposición Big Bang Data… El caso es que aquellos artículos dejaban una sensación apocalíptica, un sentimiento de “todo está perdido”; más bien “todo está vigilado”.

Una experiencia posterior me ayudó, sin embargo, a matizar esas pesadumbres.

Resulta que, al enterarme de la muerte de Juan Formell, director de los Van Van, decidí regresar a los primeros éxitos de la orquesta. A unos años que coincidieron con la época en que yo era un muchacho allá en Cuba. Así que me metí en Youtube y busqué Marilú. Busqué De mis recuerdos, compuesta por Formell para Elena Burke. Busqué a Pastorita con su guararey.

¿Qué pasó? Pues que, a la tercera búsqueda, apareció en la pantalla un anuncio personalizado para este internauta obsesionado por los primeros Van Van. ¿Y qué me ofrecía el anuncio? Nada más, y nada menos, que un producto para alisarme el pelo.

Para El Gran Hermano de nuestros días, la conclusión es obvia: si te gustan los Van Van, eres negro; y si eres negro, no te gustan tus rizos. Una cadena de racismo múltiple que, al final, me dejó una salida aprovechable. Si esa es mi identidad, así me dije, entonces El Sistema es falible y la datificación del mundo tiene sus puntos de fuga. Digamos que, en medio de la agonía por el control total de Internet, se abrió ante mí una ventana cimarrona en la que, por unos instantes, llegué a sentirme a salvo de la confiscación de mi vida.

Ahora, como El Negro Iván Siempre Dispuesto a Estirarse el Pelo, había encontrado una brecha en El Sistema. Una vía de escape que me permitía jibarizarlo y salir huyendo, nunca mejor dicho, con mi música a otra parte. Aunque sólo fuera por Seis semanas.

¿Qué imágenes necesitamos para esta época?

Iván de la Nuez

Comparto aquí seminario del próximo día 31 de enero en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM). Con un click sobre la imagen puede verse el evento completo.

IVAM-SEMINARIO

Barcelona con o sin independencia

Iván de la Nuez

Sekula-Barcelona

 

La catarata de artículos a favor y en contra del procés por la independencia de Catalunya ha dado lugar a una disciplina sociológica: la Murología comparada. Una consecuencia obvia, a fin de cuentas, pues la elección del 9-N como fecha de la consulta traía incorporada una aplicación para revivir automáticamente aquel día en que, hace 25 años, Berlín cambió el mundo.

Lejos de ser homogénea, la nueva ciencia ha alojado posiciones enfrentadas. Mientras un grupo enfatizaba la coincidencia con el 9-N berlinés –creación de ilusión, sublimación de una idea de fin de Imperio-, a otro le bastó con subrayar las diferencias tangibles: en Berlín fue derribado un muro y aquí se trata de marcar una frontera; allí se unificaron dos Estados y aquí se busca partir uno en dos…

Atravesada la fecha mágica, tal vez sea el momento de abordar una dimensión menos atendida y que está ligada, directamente, a la relevancia urbana del asunto. Si Berlín tuvo esa carga simbólica (si superó en el imaginario colectivo al desmembramiento de la URSS, el fusilamiento de los Ceausescu o la apertura de fronteras en Hungría), se debió a su condición de ciudad emblema; a su capacidad para sintetizar, en un perímetro más bien pequeño, la magnitud descomunal del acontecimiento.

El 9-N de 1989 Berlín se bastó para que el cambio quedara escenificado en la ciudad. El 9-N de 2014 se ha magnificado la figura de país para tirar adelante el proceso.

Entre diversas razones, aquí percute un eco del viejo ideal nacionalista en el que Barcelona nunca encajó del todo, percibida como una licuadora del patriotismo e incapaz de atesorar sus virtudes. Esto ha cambiado en los últimos años, aunque permanezca agazapado en algún lugar del subconsciente nacional del que se escapa como un tic. Recordemos, si no, ese instante extático, en medio de la euforia soberanista, del que brotó esta frase inequívoca: “¡Ahora vamos a conquistar Barcelona!”

En cualquier caso, más alla del viejo nacionalismo, y del nuevo soberanismo, hay un hecho incontestable: Barcelona no está a la altura de los tiempos que corren. El procés no sólo ha supeditado a su destino final temas sociales de altísimo calado; también ha postergado el boceto de un modelo de ciudad que, con o sin independencia, debería capitalizar y a la vez problematizar los retos impuestos por el presente y futuro de un país mutante.

(No parece que Barcelona, capital d´un nou Estat, libro blanco editado por el Ayuntamiento, tenga interés en abarcar esa doble posibilidad y ese doble objetivo).

El Berlín que surgió de su 9-N no sólo fue un símbolo del nuevo Estado, sino que además sintetizó su capacidad de resistencia y su energía disidente con ese país que capitalizaba. Más que en una ciudad inteligente –o “lista” o “astuta” según traduzcamos el smart-city de moda-, supo convertirse en una Ciudad Problema. Una ciudad sin la que sería impensable el nuevo país, pero al que igualmente supo poner cada día en entredicho.

Claro que Berlín salió victoriosa de la Guerra Fría, mientras que Barcelona –he aquí otro descuido de la Murología- forma parte de ese atribulado sur de Europa donde se perfilan, a golpe de tijera, los derrotados de la Postguerra Fría. Los dos 9-N están unidos por una línea que tiene, en una punta, el derrumbe del comunismo y, en la otra, el desplome de la socialdemocracia.

Sin esta perspectiva, cercana y asimismo global, no entenderíamos el impasse de una Barcelona varada entre el viejo proyecto socialdemócrata que no puede regresar y un intento de proyecto neoliberal que no puede despegar.

Entre el Modelo vencido y la Marca imposible nos han endosado la especulación, el enaltecimiento de la ciudad de servicios, las privatizaciones dudosas, los recortes sociales, el empobrecimiento estructural, la ineptitud ante el choque entre el turismo deseado y la inmigración indeseable…

Junto a todo eso, una impenitente afición a las franquicias, y a la ciudad misma como franquicia, siempre dispuesta a actualizar las teorías de George Ritzer sobre la macdonalización de la sociedad. Basta con que nos fijemos en eso llamado Barcelona World para entender, rápidamente, lo que significan “Barcelona” y “World” para nuestras élites. Ese Meeting Point en el que el mundo es el lugar que dispone los negocios y Barcelona es la marca útil para canalizarlos. (Poco importa que no fuera Barcelona, sino ¡Tarragona! el espacio que emplazaría este casino con ínfulas).

Es lo que pasa cuando nos da por convertir las ciudades en marcas. Que después no hay manera de evitar que esas marcas se resistan a la tentación de alcanzar, por sí mismas, la categoría que ostentan las ciudades.

Es hora de acabar y nada mejor que regresar a la Murología comparada. Del 9-N de 1989, Berlín surgió fortalecida como Ciudad Estado. El día después de este 9-N continuamos con la sensación de una Barcelona desnortada cuyos proyectos remiten a algo parecido a un Emirato. (Con posibles privilegios para inversores exonerados de leyes que son de estricto cumplimiento para los nativos, y donde no falta Qatar flameando en la camiseta del Barça).

Si algo no se le puede negar al actual independentismo es un desparpajo que antes le había faltado. Barcelona, en cambio, retrocede en ese aspecto; pasando a hurtadillas, acomplejada y sin un programa sólido frente a un reto que únicamente admite la ambición o la capitulación.

No le faltan, a esta ciudad, cartas poderosas que jugar. Sin el patrimonio diverso, plural y cosmopolita de Barcelona, ni el soberanismo tendrá una victoria consistente ni el anti-soberanismo un contrapeso que le garantice una derrota digna. (Y el cambio de los factores -“victoria consistente” para el anti-soberanismo o “derrota digna” para el soberanismo- no debería alterar, por esta vez, el producto).

“El mundo nos mira”, repite el latiguillo de estos días. De los barceloneses depende si le colocamos delante un Parque Temático o un espejo. Si nos pondremos a su servicio o tendremos el descaro, y el talento, de mirarlo de igual a igual.

(*) En la imagen, Barceloneta Swimming, de Allan Sekula, 2007. 

Roger Bartra sobre el Muro y “El Comunista manifiesto”

Ostalgia

Portada de el comunista manifiesto

 

Hace un cuarto de siglo cayó el muro de Berlín. Recuerdo ese momento como una liberación. Sentí que me habían quitado un gran peso de encima. Sin embargo, muchos en la izquierda resintieron el hecho como si súbitamente hubiesen quedado huérfanos. Vivieron todos los acontecimientos que siguieron de manera trágica y no entendieron lo que había pasado. Quedaron desamparados en un mundo que había dejado de tener sentido. Muchos comunistas se sumieron en el estupor y la desorientación.

Por mi parte, yo que pertenecí al partido comunista mexicano durante muchos años, pensé que adquirían sentido los anhelos democráticos que había incubado desde hacía largo tiempo. El partido al que había pertenecido ya no existía. En aquel momento me pareció que la izquierda podría pensar en el futuro sin el agobio de ese lastre que fue el llamado “socialismo realmente existente”.

El día en que cayó el muro de Berlín recordé que, mucho tiempo antes, a comienzos de 1970, yo había viajado a esa ciudad desde Londres, donde vivía. La RDA me ofrecía una beca para estudiar allí un doctorado, gracias al apoyo de mi amigo Enrique Semo, que vivía en Berlín en esa época. Antes de aceptar me pareció prudente ir a Alemania Oriental para observar la situación. Lo que vi allí me espantó: una pesada dictadura oprimía a los alemanes del este, las universidades vivían sumergidas en un dogmatismo insoportable y la vida cotidiana de la gente era estrechamente vigilada por la Stasi. Me encontré en Berlín al historiador Friedrich Katz, quien me desaconsejó vivamente que estudiase allí. Poco después él abandonó la RDA. Yo me fui a estudiar a París.

Así que mis recuerdos de Berlín contribuyeron a que en 1989, cuando cayó el muro, sintiese una íntima satisfacción. Desde entonces –según lo expresa muy bien el intelectual cubano Iván de la Nuez– ya se puede aseverar, ahora sí, que el fantasma del comunismo se cierne sobre Europa, como afirmaron Marx y Engels hace más de 150 años. Iván de la Nuez en un libro inquietante (El comunista manifiesto, Barcelona, 2014) afirma que lo propio de los fantasmas es aparecer después de la muerte. Así que ese fantasma solamente pudo iniciar su recorrido después del fallecimiento del comunismo, en 1989, cuando cae el muro de Berlín. Ese mismo año, por cierto, el comunismo murió también, aunque de otra manera, en la plaza de Tian’anmen de Pekín.

No puedo menos que recordar a muchos de mis antiguos camaradas, viviendo como fantasmas la tragedia del fin del bloque comunista. Iván de la Nuez comenta que ha surgido un nuevo género en el cine (y en la literatura) equivalente al viejo Western inspirado en los colonizadores del Oeste norteamericano. Ahora con nostalgia ha surgido lo que llama el Eastern, ligado a la saga de quienes viajan a un ya perdido socialismo del Este. Lo define como una ostalgia, “una “melancolía –tenue y crítica a veces, exuberante y laudatoria en otras– en la que el pasado socialista aparece como objeto de añoranza ante los adversarios del recién estrenado capitalismo”. Cita dos Easterns clásicos que deben leer los interesados en la ostalgia: Koba el Temible (2003) de Martin Amis y Obra de arte total Stalin (1988) de Boris Groys, dos libros que nos llevan a viajar a la URSS estalinista.

La diferencia entre estos dos enfoques radica en que mientras Amis se pegunta cómo pudieron suceder el terror y el Gulag, Groys quiere saber si aquel horror puede ocurrir de nuevo hoy o mañana. Esta última pregunta, que plantea un intelectual como Groys, que nació en Berlín oriental y se formó en Leningrado, es particularmente inquietante. ¿Puede el fantasma reencarnar en las sociedades actuales? En todo caso, sabemos que circula en algunos rincones de las izquierdas que han sobrevivido al diluvio. Acaso pocos tengan como modelo a Corea del Norte, pero muchos, especialmente en América Latina, todavía creen que el socialismo cubano, con todo lo decrépito que sea su estado, sigue siendo un ejemplo a seguir.

Me pregunto si el fantasma no recorre hoy los campos de la izquierda mexicana, especialmente en Guerrero, donde diferentes corrientes políticas se enfrentan, bajo el peso de la herencia del antiguo régimen e incluso con la ayuda de la delincuencia organizada, en un escenario dramático. Ello ha provocado la más terrible crisis que haya jamás vivido la izquierda en México. Y también está confrontando al PRI a la persistencia de su pasado corrupto y autoritario.

(*) Publicado en Reforma, México, el 4 de noviembre de 2014. Se reproduce con la autorización de su autor.