Entries Tagged 'Blog' ↓

¿Quién quiere un boom si ya tiene un Big Bang?

Iván de la Nuez

 

 

Al inicio de La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo recuerda sus jornadas durante la Crisis de los Misiles. Esos días de octubre de 1962 en los que el mundo estuvo al borde de la hecatombe nuclear gracias al tira y afloja coheteril entre Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue este, sin duda, uno de los momentos más críticos de la Guerra Fría, recreado más tarde por la literatura, el cine o sus propios protagonistas.

En medio del peligro, Benítez Rojo comprendió de repente –mientras observaba a dos mujeres que paseaban bajo su balcón ajenas a todas las alarmas- que no iba a pasar nada y que, en definitiva, allí no llegaría el Apocalipsis. Y esto era así, razonaba el escritor, porque a pesar de los excesos verbales de JFK, NK o FC (los contendientes Kennedy, Kruschev y Castro reducidos a sus siglas), los caribeños de a pie eran poco proclives a la inmolación y le concedían la mayor importancia a esa costumbre tan poco heroica que consiste en seguir viviendo. De haber sucedido en Alemania, remató, hoy la humanidad “estaría aprendiendo a hacer fuego con palitos”.

Pues bien, tres décadas después de la primera aparición de ese libro fundamental, en el Caribe finalmente sí han estallado los misiles. Y diferencia de lo que imaginó Benítez Rojo, en este siglo XXI sí ha tenido lugar el Apocalipsis.

Esto es, al menos, lo que proponen las distopías de Jorge Enrique Lage o Rita Indiana, escritores tan conocedores de la tradición como decididos a sacudirla sin contemplaciones. En Carbono 14. Una novela de culto, Lage parte de una explosión devastadora de la que emerge una Habana poscomunista -mitad parque temático, mitad reality show-, estremecida por una realidad orwelliana en la que la vigilancia secreta del Estado se ha diseminado en la sobrexposición transparente ante las cámaras.

En La mucama de Omicunlé, Indiana avanza aún más en el desastre, combinando los ritos de la santería con el comisariado de Arte Contemporáneo, el viaje en el tiempo con la música electrónica. Todo esto en medio de un Caribe mutante en el cual, después de su fracaso respectivo, a bolivarianos y neoliberales no les queda otro remedio que llegar a una entente tan estrambótica como peligrosa.

En esa cuerda, el año pasado una exposición optó por despedir la utopía cubana, mientras que en los próximos días los artistas Allora y Calzadilla inaugurarán en la Fundación Tàpies una exposición en la que, presumiblemente, continuarán un recorrido que permite intuir la despedida a una contrautopía: la del Estado Libre Asociado.

Estos escritores y artistas, así como Mayra Santos-Febres, Riccie Oriach, Marc Latamie, Luis Negrón o Calle 13, afrontan el malestar irresuelto de una cultura permanentemente tensada entre unos Estados Nacionales cuyos límites resultan insuficientes y la pertenencia a un archipiélago cultural y físico más amplio, unido sin embargo por aquello que lo divide. Bien “la maldita circunstancia del agua por todas partes” de la que se lamentaba Virgilio Piñera, bien la violencia, la tiranía, la invasión, la pobreza y la impotencia de los modelos ideológicos que han intentado redimirlo. Por eso parecen dispuestos a suturar, desde la cultura, las carencias de unas fórmulas políticas empaquetadas unas veces en forma de utopía socialista y otras de distopía neoliberal.

No es casual, entonces, que muchos de ellos recurran a Haití, el país más pobre de Occidente; y el país al que Occidente castigó más que a ningún otro la osadía de su revolución. Ese mismo Haití tan glorificado como rito iniciático de surrealistas y amantes del realismo mágico como abandonado ante el terror latente de que acabe por convertirse en el futuro hiperrealista de todo el espacio insular.

A estas alturas, no es cuestión de ignorar que Shakespeare se sumergió en las costas caribeñas y de ese baño salió su Calibán reconvertido en símbolo de la izquierda, según Fernández Retamar, Kamau Brathwaite o Aimé Césaire. O que Manuel Moreno Fraginals y Eric Williams hicieron pasar El Capital por la plantación en libros como El ingenio o Capitalismo y esclavitud. O que incluso Oscar Wilde se dio su chapuzón en alguna costa, de la mano de Luis Rafael Sánchez –La importancia de llamarse Daniel Santos– o de Junot Díaz –La maravillosa vida breve de Óscar Wao-.

Incluso Malinowski probó encantado el ajiaco, el famoso caldo de Fernando Ortiz, para certificar que el término transculturación brotado de este era un gran aporte a la antropología: “la ciencia del sentido del humor”.

Entristece constatar, en sentido contrario, que un caribeño como Paul Lafargue escribiera El derecho a la pereza, participara en la fundación del socialismo francés y español, o tuviera por suegro nada menos que a Karl Marx, y que la izquierda de esas mismas playas en las que nació le hayan ninguneado hasta el punto de lapidarlo bajo los nombres de Nikitin, Afanasiev o Rumiantsev en aquellas clases de Comunismo Científico tan al uso en mis tiempos estudiantiles. Tal vez (siempre y cuando sobreviva a la debacle), la izquierda caribeña del porvenir reivindique a este hombre que magnificó a la pereza como un arma revolucionaria y fue capaz de colocar el placer como un elemento subversivo allí donde su ilustre suegro había situado el sacrifico y el trabajo.

Tampoco es recomendable olvidar que el invariable Dorian Gray del Caribe ha sido siempre el Plantador, camuflado, desde la trata de esclavos, en la zafra azucarera, la base militar o el resort turístico. O que la impronta de la primera revolución esclava y de la primera revolución socialista del hemisferio sigue marcando a unas culturas en las que un octogenario lo mismo puede convertirse en estrella global (Compay Segundo) que mantenerse en el poder (Fidel y Raúl Castro o Joaquín Balaguer, pongamos por caso).

Pero este ansiado destino turístico es algo más que un complejo cultural de servicios, tan propio de esos cantos para soldados y sones paras turistas que versificara Nicolás Guillén. Los caribeños, a la vez que practican esa vida pintoresca para los otros, intentan al mismo tiempo guardarse algo para sí. Una existencia de consumo propio desde la que lanzar, como quien echa una cana al aire, las “raíces al viento” (tal cual lo sugirió un Santiago Auserón que también ha buceado por aquellas aguas).

Es cierto, asimismo, que los antillanos tendemos a sublimar la parte insular y obviamos, a menudo, las zonas continentales de eso que responde al nombre de Gran Caribe.

Quizá no sea más que un desliz perdonable, pues el Caribe es tan inabarcable que sólo puede atenderse desde una cosmovisión personal. (Un expresidente jamaicano llegó a proclamar que el Caribe llegaba hasta donde alcanzaba el sonido de los tambores). Quizá se trate de una venganza imperdonable, gobernada por la satisfacción de refrendar uno de esos pocos casos en los que el pez pequeño se puede comer al pez grande.

El Caribe es también ese ámbito en el que los experimentos militares de Estados Unidos han provocado más zombis que el vudú y donde el reguetón ha conseguido unificar a más gente que el CARICOM o el ALBA juntos. Un Caribe en el que la ilusión por el norte de boat people y balseros es contrarrestada, en dirección opuesta, por otras fantasías que llegan en embarcaciones de mayor calado, como los cruceros y los portaaviones. Un Caribe, en fin, en el que el huracán Irma o el huracán Trump –acaba de afirmar que Haití es un país de mierda- han afectado simultáneamente a dos modelos contrapuestos, llamados a iluminar, desde las antípodas, el futuro de la zona: Cuba y Puerto Rico.

Desde este cachumbambé, en cuyo sube-y-baja se disuelven las fronteras entre la cultura popular y cualquier otra forma de cultura, donde Derek Walcott puede escribir Omeros para componer su Ilíada antillana y al mismo tiempo una obra teatral como Tambores y colores para reafirmar la identidad más próxima, y donde Jamaica puede jactarse de ofrecer los corredores más rápidos y los reggaes más lentos, la nueva cultura va dejando de definir al Caribe a través de las causas y empieza a narrarlo desde sus efectos, con los hechos por delante de las doctrinas y la gente por encima de sus jerarcas.

Si, como decía un “ambicioso de islas” como Robert Luis Stevenson, a todo el mundo le llega el momento de sentarse a un banquete de consecuencias, ese destino describe perfectamente a este mundo hoy sin reino.

No hace falta, para conseguirlo, ir a la caza de la última moda u ocupar el espacio de otros territorios latinoamericanos más privilegiados por editoriales, productoras musicales o museos.

Y tampoco es que tenga demasiada importancia. En ese Caribe de las circunstancias, ¿a quién le hace falta clamar por un boom si ya tiene a mano un Big Bang?

(*) Este texto fue publicado en Babelia, El País, en un dossier dedicado al Caribe, junto a un artículo de Mayra Santos-Febres, Caribe Contradictorio, y una lista de sugerencias bibliográficas elaborada por Javier Rodríguez Marcos.

 

Marcador

El blog cumple diez años

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de Blog

 

El pasado 30 de marzo, este blog cumplió su primera década. A mí mismo se me olvidó celebrarlo con puntualidad, pero con los años pasa como con tu nombre: siempre aparece alguien que te los recuerda.

Este blog ha sido, para mí, más sparring que mascota, más laboratorio que archivo, más cocina que salón.

De momento, seguiremos. Muchísimas gracias por leer y compartir.

(*) Imagen: wordwritepr.com

Cuando un negocio se disfraza de derecho

Iván de la Nuez

 

“Internet es un derecho”. Los gurús de las redes insisten en este eslogan. Y detrás de ellos, empresas, políticos, activistas, reformadores de medio mundo repiten el mantra. ¿Quién se atreve a aguarle la fiesta a estos titanes de la realidad virtual?

Casi nadie, porque sería como ir en contra de la libertad.

Ni más ni menos.

Lo cierto es que, en ese enfático enunciado –“Internet es un derecho”-, se esconde un fetichismo preocupante que consiste en disfrazar a un beneficio económico como una necesidad inalienable.

Convertir un negocio en un derecho implica justamente lo contrario: encubrir ese momento en el que los derechos se transforman en negocios. A fin de cuentas, y siguiendo a Perogrullo, el verdadero derecho es la información, a la que todos deberíamos acceder sin pagar peajes comerciales o políticos.

Pensemos, por un momento, en otros derechos: el agua, la tierra, la alimentación, la educación o la vivienda. Y dónde han ido a parar desde que, un buen día, compañías y gobiernos decidieron convertirlos en negocios.

(*) La imagen es una pieza de Rogelio López Cuenca.

Dudas

Iván de la Nuez

 

¿Cuántos muertos hacen falta para decidir una intervención militar? ¿Cuántos apoyos son necesarios para legitimarla? ¿Cuántos millones de más hacen inmoral la contratación de un futbolista? ¿Cuál es la proporción de inclusión social que define a una democracia? ¿Y cuál la proporción de exclusión que la refuta? ¿Es democrática la mayoría absoluta concedida por la democracia? ¿Qué tipo de equidad, más allá del duelo en el bosque, es la que califica a una guerra como “justa”? ¿Ahorcar, fusilar, gasear o bombardear, esos “estilos” de matar, modifican el resultado último de su propósito?

Las listas. (Refrescando un post del pasado)

Iván de la Nuez

Ya empieza a amainar, pero llevamos varias semanas bajo una tormenta de listas. Dirimiendo los mejores libros y/o los más vendidos. Las mejores exposiciones y/o las más visitadas. Los premios de la lotería y los atletas del año (ojo, que aún no se ha votado el Balón de Oro). Esto sin olvidar las cifras del desempleo o las proporciones de las rebajas.

Vivimos sometidos a los listados (y los alistamientos). Hasta el punto de que resulta prácticamente imposible esquivar el imperativo de “listar” cualquier cosa o actividad del año que termina.

Cuando Robinson Crusoe se percató de que su estancia en la isla iba para largo, hizo una lista. Esa lista del naufrago -número uno (cómo no) en cualquier inventario que se respete en la materia- no documentaba enseres o deberes, sino la desgracia o la congratulación: lo que consideraba lamentable, dada su circunstancia, y lo que tenía que agradecer, a pesar de esta, a la Providencia. Desde entonces, los animales domésticos podemos ufanarnos de llevar dentro un Robinson cada vez que salimos al supermercado o la ferretería con nuestra hoja de ruta en el bolsillo.

Desde el código de Hammurabi, somos dados a configurar estos registros; da lo mismo que nos anime una empresa trascendente o un asunto baladí. El béisbol y el rock, tan amados por tantos, no se entienden del todo sin las listas.

La batalla entre listas electorales y listas negras definen, en buena medida, la gradación (o degradación) de la democracia. A los que han pasado por el ejército, el internado o la cárcel no le abandonan las pesadillas que reproducen, con distintas angustias, la fatídica hora del “pase de lista”.

En su ensayo ¿Qué es un autor?, Michel Foucault llegó a reivindicar las cuentas de lavandería de Nietzsche como “obra”. Y en el cuadro El número secreto de Velázquez, Salvador Dalí recreó La Meninas sustituyendo a los personajes por números. (Por cierto el 7, que aparece tres veces, representa, al mismo tiempo, a José Nieto, a Velázquez y al propio vestidor del lienzo). Una vitrina con 6.000 pastillas consiguió, en su momento, encaramar a Damien Hirst en la lista de artistas vivos más cotizados.

Las listas ordenan, en cualquier sentido de este verbo. Esto es: nos organizan y, asimismo, nos exigen cumplimiento.

Hay listas realmente curiosas; que van desde las señales de tráfico más extravagantes hasta las adicciones más increíbles. (Quien haya visto la serie Monk, podrá convenir que este maniático detective es, todo él, un compendio de fobias). A día de hoy, Facebook puede cumplimentar aquella obsesión de Roberto Carlos por tener un millón de amigos.

Es posible que algún crítico espere con euforia estas fechas para darse el gustazo de dictaminar. No es el caso del filósofo José Luis Pardo, que estalló recientemente en un artículo de El País, diario en el que lleva casi un cuarto de siglo valorando ensayos: “no hay cosa más tonta que una lista”. A Pardo le incomoda desde la cifra que suele solicitarse –“¿por qué siempre son diez?”-, hasta el contrasentido de ver a un crítico dedicado a semejante alineación: “lo esencial de la crítica es el análisis, la argumentación, a veces la ironía, siempre el matiz y hasta el tono y el timbre, mientras que quien pide una lista está pidiendo que cese toda argumentación y se deponga toda sutileza”. El artículo, quizá valga la pena mencionarlo, lleva por título Contra las listas.

Y, claro, estas también son fechas para aplicamos a las listas de buenos propósitos de cara al futuro que nos marca enero. Ahí entran gimnasios y dietas, eliminación de vicios y deudas, catálogos varios para en el buen obrar. Pero la vida es corta y la propensión al extravío es inmensa. Así que todo eso suele quedar en el escuálido guión de nuestros futuros “testamentos traicionados”.

(*) Publicado el 7 de enero, 2012

(*) En la imagen, El número secreto de Velázquez, de Salvador Dalí.

Una idea de la justicia

Iván de la Nuez

(*) En la imagen, una bodega cubana. Agradezco el envío a Marta María Pérez Bravo. 

Siete mares por un mambo

Iván de la Nuez

No ha provocado muchos llantos, pero entierros no le están faltando. La posmodernidad huele a mortaja. En Londres, el Victoria & Albert Museum ya le ha dedicado una retrospectiva con fechas de nacimiento y muerte incluidas (1970-1990). En Madrid, el Museo Reina Sofía –De la revuelta a la posmodernidad. 1968-1982– le ha reservado un epígrafe en la historia del arte español, en el que se intuye como un capítulo superado. La exposición británica enfatiza su impacto estilístico; algo curioso para una corriente que intentó demoler el estilo. El Reina Sofía escarba en su arista política; algo sorprendente para una tendencia que ha sido acusada de apolítica.

Glenn Adamson y Jane Pavitt proponen un recorrido que no mira más allá del primer mundo. La lectura de Manuel Borja Villel, Rosario Peiró y Jesús Carrillo atisba en España una posmodernidad periférica; algo plausible en un país donde, a menudo, un posmoderno no es más que un espécimen degradado de la modernidad: un “modernillo”.

En esa cuerda, quizá sea el momento de romper una lanza por esa posmodernidad de los demás. Esos que no la lloran hoy como tampoco lo hicieron ayer con la aireada hecatombe del proyecto moderno. Entre otras cosas, porque el posmodernismo ofreció, en la periferia, un poco de oxígeno a la hora de lidiar entre los determinismos poscoloniales y las opresiones locales. Operó, por así decirlo, como un experimento de democracia cultural en lugares donde la democracia política era precaria o lejana. Y si bien es cierto que, con la posmodernidad, La Cultura creyó perder mucho en Occidente, también es verdad que, por esos territorios, las culturas creyeron que habían ganado algo.

De eso se trató, a fin de cuentas, esa posmodernidad de los otros. Lo mismo en Latinoamérica que en la India. En Asia y en los países del Bloque Comunista.

Desde Chile, Nelly Richard proclamó que había llegado el momento de “la crisis del original y la revancha de la copia”. Desde Nigeria, Wole Soyinka dictaminó la “tigritud” y los críticos indios –Spivak, Bhabha, Kapur- invadieron en tromba la academia anglosajona con un desparpajo inédito hasta entonces. En La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo se valió de la teoría del caos para remover los estudios antillanos y dinamitar, de paso, los imperturbables criterios binarios que habían atenazado las encrucijadas caribeñas: Norte o Sur, Centro o Periferia, Próspero o Calibán, Patria o Muerte…

Roger Bartra, por su parte, se valió de la deconstrucción para dejar a la vista las redes imaginarias del nacionalismo mexicano en La jaula de la melancolía. Todavía hubo espacio, incluso, para establecer un negociado con la utopía (Aníbal Quijano) o echar un ancla que evitara el naufragio de las identidades (Geeta Kapur).

Esto no quiere decir que hablemos de la panacea. La posmodernidad, en la periferia, fue también pose y complicidad con un mercado necesitado de refuerzos pintorescos. Fue copia de la copia y, en alguna medida, concomitancia imperialista (caso de la política cultural ejecutada por la operación Cóndor en el Cono Sur).

El mismo Bartra se inventó un vocablo, “desmodernidad”, para definir el asunto en esa geografía. Lo hizo desde una intencionada traducción, con ligero disparate incluido, de la palabra “dismothernism”. Como diciéndonos que, antes de reparar en Derrida, era conveniente que nos detuviéramos en el “desmadre”.

Otra traducción, en este caso de Rita Indiana, avanza en esa estrategia. Indiana, que escribe novelas y canta merengues “electrónicos”, tiene su propia versión de Sweet Dreams, el himno de Eurythmics. Esa canción sobre el desasosiego sin respuesta en la que, All Over the World and the Seven Seas, every body está buscando algo. Cantada por ella, esta pieza es inequívocamente antillana. Arrastra la diáspora de África, los boat people, el exilio, todas las formas de desarraigo contenidas en las islas. Sólo necesita un diminuto cambio al final de la letra para hablar de la apropiación, de la invasión abrupta de las periferias, o de esa tragicómica circunstancia de tanto remar para dar con uno mismo. Ese momento que invoca el mundo al revés y en el que, a través del mundo y los siete mares, todo el mundo está buscando mambo.

(*) Publicado en Babelia, El País, 2 de junio, 2012. En el vídeo, Rita Indiana y su versión de Sweet Dreams.

Imperio y Paella

Iván de la Nuez

Cuando los pueblos pierden su imperio, recuperan su alma. Esta idea (que cito de memoria) es de Gore Vidal y en ella la verdad está supeditada a la esperanza. Al consuelo de sacar algo positivo ante lo que el escritor asumía como el declive irreversible de Estados Unidos. (Al menos, de “sus” Estados Unidos). La frase, asimismo, estaba vinculada a su decisión de irse a vivir a Italia; al territorio de ese otro gran imperio que dominó medio mundo en los tiempos de César.

A diferencia de lo ventilado por Antoni Negri y Michael Hardt –para quienes la globalización emergía como la Era del Imperio-, Vidal, poco proclive al neo-leninismo pese a sus críticas a las políticas norteamericanas, parece entender nuestro tiempo como la Era del ex-Imperio. No comparto buena parte de los libros de Negri & Hardt, pero tampoco estoy muy seguro de que los imperios, una vez desplomados, se caractericen por la recuperación de su “alma”. Ni que las nostalgias por la ex colonias tenga algo que ver con el espíritu retornado a las ex-metrópolis.

¿Cómo se comporta un antiguo imperio?

El abanico de actitudes de los países que fueron imperios –británicos, franceses, japoneses- es, desde luego, variado. Y sus conductas culturales suelen bascular entre la la asimilación y el rechazo de los pueblos conquistados.

Lo que sí puede intuirse es que la construcción de los estereotipos y los clisés sobre los otros es una pauta importante de estos comportamientos. Quizá debido a la melancolía persistente por un mundo lejano que proporcionaba a la vez riqueza y poder, exotismo y servidumbre. Quizá porque el surgimiento del folclore, tal como lo conocemos hoy, no puede explicarse sin el romanticismo (en particular el alemán), pero tampoco sin la costumbre imperial de los dos últimos siglos de traducir los códigos culturales de los otros a un lenguaje “universal”.

He pensado todo esto al enfrentarme a la obra de Patricia Esquivias, una artista española que ha enfocado parte de su trabajo en el folclore “contemporáneo” de otro ex imperio, el español, a partir de la indagación en sus presupuestos turísticos. En las paellas y los toros, las playas y las islas, la sangría y los trajes.

¿Quién sería, hoy, el continuador de Felipe II, aquel monarca de un imperio donde no se ponía el sol? ¿Aznar, con su apuesta atlántica? ¿Zapatero, con la Alianza de las Civilizaciones? Ni uno ni otro. Para Esquivias, el gran continuador del imperio español no es otro que Julio Iglesias. Para empezar, Julio -hijo de otro Julio- es también “segundo”. Su nombre evoca a César y sus conquistas van de Filipinas a las Américas cubriendo una amplísima geografía. Como Felipe II, nuestro Julio de hoy también ha expandido su imperio hasta los lugares más recónditos (ha vendido millones de discos en distintos idiomas, incluido el chino). Como Ponce de León, Julio II parece haber encontrado en Florida la fuente de la eterna juventud y su mansión en Miami, según la “arquitectura comparada” de Patricia Esquivias, es una subliminal reproducción de El Escorial. Si Felipe II hacía apología del Oro, Julio hace publicidad del Sol (esa especie de oro celestial). No hay folclore sin conquista y Julio es, como indican sus proezas musicales y maritales, un Conquistador.

En fin, y como diria Clausewitz, Julio Iglesias es el máximo representante de “la continuación del Imperio por otros medios”. Un imperio basado, más que en la política, en el entertainment, el turismo, el estrellato de la música ligera y en los anales épicos del papel couché.

Un cuento de Navidad

Iván de la Nuez


Nuestro hermano Alex celebró su mayoría de edad en la Navidad de 1984. En realidad, llevaba días celebrándola con sus amigos. (Tres, para ser exactos).

El día 31 apareció, perjudicado y espeso. Pero aún así cenó, hizo chistes, siguió bebiendo. (Balanceando la cruda que había acumulado en su peregrinación lisérgica).

Antes de las campanadas, practicó su deporte favorito: burlarse de todo lo que apareciera en la televisión española. No le fue difícil arremeter contra locutores y vestuarios, escenografías y bigotes. Con Miguel Bosé, Hombres G y Olé Olé  se aplicó con crueldad. Justo en el momento de las doce campanadas, Alex entró en coma; “un choque etílico”, nos dijo el médico.

Así que, a sus 18 años, se quedó definitivamente dormido.

No vio la democracia posterior ni la deriva trágica de sus amigos; dipsómanos precoces. Se ahorró atentados y guerras, el nacimiento de sus sobrinos y la muerte de los abuelos. Esquivó, en fin, eso que conocemos como “la vida”.

Técnicamente, sin embargo, no murió. Así que su cuerpo –“es extraño, pero sus órganos están perfectos”, insiste el médico no se sabe con qué intenciones, si es que alguna intención tiene- ha recibido durante estas tres décadas los cuidados de la fisioterapia.

Alex es, asimismo, el protagonista de un ritual todavía más siniestro que el de ser mantenido con “vida”. Cada Navidad, nuestra madre lo saca del hospital, lo viste y lo coloca en el mismo sofá para que “disfrute”, de cuerpo presente, una celebración de la que su mente se despidió para siempre hace mucho tiempo.

Ayer no hubo excepción para recibir el año 2012 (el último según profecías diversas). Con la televisión comandando la fiesta (para conservar la liturgia lo más parecido posible al día del apagón de Alex) y el terror manifiesto de algún miembro nuevo de la familia, obligado a compartir con un casi-muerto el jolgorio. Con la preparación meticulosa de las doce uvas per capita (también las de Alex) y con los cantantes, presentadores y grupos que aparecían en la pantalla sometidos a escarnio.

Este año, como siempre, nadie en la familia ganó la lotería y la vida ha repartido algún que otro golpe en materia de muerte, enfermedad, merma económica. Pero nada de eso importó porque vivimos el Milagro.

Alex despertó. Tosió, lo primero. Miró la televisión, lo segundo. (En ese momento del 31 de diciembre de 2012, transmitían a Hombres G cantando al alimón con Miguel Bosé).

“¿Y a estos por qué los han maquillado de viejos?”, preguntó Alex. Acto seguido, intentó incorporarse, mascullando un “las uvas y salgo pitando”.

(*) En la imagen: Santa Claus, de Andy Warhol, 1981.

Picasso: supervivencias y superventas

Iván de la Nuez

En 1973, Octavio Paz reunió en Apariencia desnuda dos estudios sobre Marcel Duchamp. Entre las aristas abordadas en el libro, Paz no esquivó la comparación de Duchamp con Picasso, a los que consideraba como los dos artistas más importantes del siglo XX.

Uno por su exceso de obra; el otro, por su escasez de obras (que era obra en sí misma).

Con esta afirmación, el poeta mexicano abrió una vía inédita de interpretación y, al mismo tiempo, estableció un tabú. Desde entonces, resultaría complicado sortear la repetición de ese dilema. La dicotomía entre Marcel Duchamp, el artista recogido, y Pablo Ruiz Picasso, el artista exuberante: el abducido por el ajedrez y el fanático de los toros, el reflexivo y el instintivo, el martirizado por sus amores y el que martirizaba a los suyos.

Todavía hoy, ya metidos en el siglo XXI, persisten esas querellas acérrimas entre picassianos y duchampianos…

Por suerte, a este asunto le han salido puntos de resistencia. Cualquiera que visite el emplazamiento del Guernica en el Museo Reina Sofía de Madrid, descubrirá una consistente puesta en duda del Picasso fetichista o el genio por encima del mundo; percibido ahora dentro de un sistema de relaciones que explican la Guerra Civil. Y cualquiera que se acerque, en la próxima primavera, al Museo Picasso de Barcelona, podrá ensanchar su punto de vista en este sentido. En la que ha sido  anunciada como  exposición estrella del 2012, ese museo emplazará Economía: Picasso, un proyecto de Valentín Roma y Pedro G. Romero en el que nos confrontaremos, incluso, con un Picasso que dialogará con Duchamp para quebrar, tal vez de una vez y por todas, la frontera establecida en Apariencia desnuda.

Esta recuperación no está en el espíritu de Ciudad Picasso, la recién inaugurada exposición de Rogelio López Cuenca en la galería Juana de Aizpuru de Madrid. Nacido en 1959, y también malagueño (como el propio Picasso, Antonio Banderas o Chiquito de la Calzada), López Cuenca se centra en el intercambio entre Picasso y su ciudad natal. Según su propia intención, la exposición (que forma parte de un proyecto mayor con el título de Surviving Picasso) consiste en un ensayo visual acerca de un artista convertido en firma, y una firma convertida en marca (acaso la más rentable en la historia de la cultura moderna).

En esa cuerda, López Cuenca mete el dedo en la llaga de lo que él describe como la “malagueñización de Picasso y a la picassización de Málaga”.

Asumiendo la omnipresencia de la marca, y la estética (de diseño o popular, de tienda de museo o de tenderete turístico, de casa de moda o de kiosco) surgida de esta, Rogelio López Cuenca lleva al paroxismo la idea de Octavio Paz sobre el artista de la desmesura: en Picasso hay exceso de obra y de fama, vida y dinero, mujeres y millones. Pero también de todos los artilugios imaginables que le han sobrevivido: tazas y camisetas, vestidos y coches, peluches y hasta esa firma líquida reconocible en cualquier rincón del mundo.

Si Dalí o Warhol no consideraban como un inconveniente el hecho de ser copiados (siempre y cuando ellos pudieran beneficiarse del esfuerzo de los otros por hacer obras que “pasaran” como suyas), a Picasso le ocurre algo diferente: ya no se trata de la copia de su estilo, sino de la copia de su persona.

Aunque concibió imágenes devenidas en iconos —Guernica—, Picasso protagoniza asimismo el viaje al revés: el de un icono devenido en imagen. Su vida exorbitante, la hiperproductividad, su obsesión por engendrar, su financiación del Partido Comunista, su relación con el dinero, su “hispanidad”…, todo eso hizo de Picasso un adjetivo: hay danza, toreo, música y, por supuesto, rostros “picassianos”.

Sus imágenes suelen partir de la excepcionalidad —el enfrentamiento del hombre a una bestia, un bombardeo fascista, una mujer extraordinaria—, pero pasan más tarde por un enjuague popular que consigue fijarlas, dentro del imaginario colectivo, en una condición “familiar”.

Según Ciudad Picasso, tratamos, además, con un ingente valor de la especulación inmobiliaria. Una más entre las mil posibilidades que, sin haber sido generadas por Picasso (bueno, no del todo), siempre acaban remitiéndonos a él.