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La Maleta de Portbou / Alemania y sus sombras

Iván de la Nuez

La librería La Central convoca a la presentación del segundo número de La Maleta de Portbou con esta nota que aquí comparto: 

La Maleta de Portbou es una revista de pensamiento, de humanidades y economía que busca crear un espacio de reflexión, de intercambio de ideas, de debate, en un momento en que nuestras sociedades viven la inquietud, el desconcierto e incluso el desasosiego de los grandes momentos de cambio. 
Este segundo número incluye un dossier sobre Alemania en el que han colaborado los autores Hans Ulrich Gumbrecht, José Luis Pardo, Jordi Balló, Rafael Poch o Ulrich Beck, entre otros, además de una entrevista a Luuk Van Middelaar y relatos y artículos de reconocidos nombres de la literatura internacional como Juan Goytisolo, Juan Villoro o Mia Couto.
En esta segunda entrega la ilustración y la fotografía siguen teniendo el mismo peso y relevancia, como demuestra la renovada colaboración con la publicación de los reconocidos ilustradores Sonia Pulido, Arnal Ballester o Pablo Amargo, por citar algunos. Además, cabe destacar la galería de arte virtual comisariada por el escritor cubano Iván de la Nuez, que versa sobre iconos de la izquierda latinoamericana. (En la Galería participan Daniel J. Martínez, Nicola Costantino, José Ángel Toirac, Vik Muniz, Marcelo Brodsky, y Ángela Bonadíes-Juan José Olavarría).

Jordi Balló y Toni Marí acompañarán al director de la revista, Josep Ramoneda.

  • Martes 26 de noviembre
  • 19:30h
  • La Central (c/Mallorca) (Mallorca, 237 / 08008 BARCELONA)
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Deleuze / De la A a la Z

Iván de la Nuez 

 

Aquí el abecedario de Gilles Deleuze. Twitter a veces refresca estas cosas.

El Nobel y el ensayo

Iván de la Nuez

 

Entre las quinielas del Premio Nobel, los ensayistas ya ni se mencionan. El último en obtenerlo fue Octavio Paz, que también era poeta, en 1990. Desde entonces, narradores, dramaturgos y poetas han acaparado el galardón.

No quiere decir que premiados posteriores a Paz no escribieran ensayos –Walcott, Coetzee, Vargas Llosa-, pero son ensayistas de refilón. De ninguno puede afirmarse que el ensayo sea su fuerte, ni el destino principal de su escritura, ni que hayan abierto una perspectiva al pensamiento que, a la vez, innovara literariamente en el género.

No siempre fue así. De hecho, el ensayo aprueba con notable en un premio que, como se sabe, es más famoso por los que no lo tienen: Kafka, Borges, Musil, etc.

El Nobel ha premiado, en cualquier caso, a ensayistas como André Guide, Bertrand Russell, Sartre, Elias Canetti o el ya mencionado Paz. Y resulta curioso que Guide (1947), Eliot (1948) y Russell (1950) lo ganaran prácticamente seguidos. (El propio Churchill ganó en 1953 como autor de memorias).

Que pensar es funesto lo sabemos desde la antigüedad. Y que poner en duda al mundo también. Que el Nobel nos lo recuerde es, sin duda, un acierto de este premio al que eso mismo es lo que suele faltarle: acierto.

(*) En la imagen: Elias Canetti ríe. 

Autoayuda política

Iván de la Nuez

Empecemos por Stéphane Hessel, que hace un par de años publicó un libro breve y conminatorio: ¡Indignaos!. Era nonagenario, había nacido el mismo año de la revolución bolchevique y acarreaba una larga historia como combatiente de la resistencia francesa, superviviente de los campos de concentración y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

¡Indignaos!, publicado por Destino, se convirtió de inmediato en un best seller. No era un panfleto más, sino el panfleto que todo joven debía blandir frente al secuestro de la política por parte de los poderes financieros.

Cuando salió este libro, ya circulaban en España otros textos que enfrentaban el presente con imaginación, profundidad y, en caso de necesidad, vitriolo para aderezarlos. Es el caso de La Economía no existe, de Antonio Baños (2009) o Fin de ciclo, de Isidro López y Emmanuel Rodríguez (2010). El hecho de que estuvieran publicados por Ediciones del lince o Traficantes de sueños, demostraba no sólo un cambio de perspectiva generacional o conceptual, sino también un desplazamiento editorial . Sellos como Icária o Libros de la Catarata, Angle Editorial o Dibbuks, entre otros, intentaron marcar una diferencia que iba desde el precio de los ejemplares hasta el enfoque de los temas, pasando por el diseño y el formato de las presentaciones. Paradójicamente, ¡Indignaos! dinamitó esa tendencia editorial -todos los grandes grupos fueron a la caza de su Hessel- y funcionó asimismo como compuerta. Una vez abierta, la avalancha desbordó las librerías con incontables imitadores abonados al libro anti-sistema, el manifiesto de urgencia, el libelo de batalla… Si esto ocurría con las ediciones de papel, el revival del panfleto en Internet fue, literalmente, inabarcable.

Desde que Marx y Engels lanzaran en 1848 el Manifiesto Comunista, la madre de todos los panfletos, y medio siglo más tarde Zola esgrimiera el Yo acuso, este género con raíces en el libelo romano no había conocido una remoción tan brutal.

Para funcionar, el panfleto debe obedecer a unas claves. Se da por sentado que desvele una verdad oculta y que se lance contra el poder (aunque la figura del panfleto oficial tiene larga historia). Se sobrentiende que sea efectivo y hasta autoritario: ¡Uníos!-¡Reacciona!-¡Actúa!-¡Yo acuso!-¡Indignaos!-¡Comprometeos!

Más que responder a las dudas, sobre todo debe disiparlas.

El panfleto es a la política lo que la autoayuda a la psicología. Ofrece un oasis y una certidumbre. No hay buen panfleto que no resulte euforizante.

Aunque no le falten buenas intenciones, el panfleto es un terreno perfecto para los oportunistas. Y si bien es verdad que el género nos ha proporcionado alguna obra maestra, hurgando un poco nos percatamos de que las que califican como tal son, en realidad, textos travestidos. El contrato social es un panfleto disfrazado de ensayo como el Manifiesto Comunista es un ensayo disfrazado de panfleto.

La fiebre panfletaria ha conseguido modificar el criterio editorial del ensayo. Así que no pocos editores –con el “potencial de venta” y no la toma del Palacio de Invierno en su horizonte- se han lanzado en tromba por un género que le ofrece al lector una confirmación y no una perplejidad. A partir de ahí, las montañas de libros con esa autoayuda ideológica cuyo cóctel mezcla sin problemas a Paulo Coelho con la lucha de clases.

Que el Manifiesto Comunista siga siendo el panfleto más vendido, deja sin embargo en dificultades esa apuesta comercial. ¿Tanto remar para llegar al punto de partida?

Por el momento, el verdadero damnificado del apogeo del panfleto no ha sido el capitalismo, sino el ensayo: un texto armado con interrogantes tiene todas las de perder ante un texto que se parapeta entre signos de admiración. Las certezas venden más que las dudas; regla básica del panfleto y también, por cierto, del mercado contemporáneo.

(*) Publicado en Babelia, El País, 10 de noviembre, 2012.

(*) En la imagen: Karl Marx, de Lázaro Saavedra.

El punto ciego

Iván de la Nuez

Javier Cercas confiesa que le gustaría escribir un ensayo sobre la ambigüedad en literatura. Ese ensayo imaginado ya tiene, incluso, título en su mente: El punto ciego.

Su texto indagaría en ese ángulo que se esconde mientras tienen lugar los acontecimientos más obvios de la trama; esa “zona” que queda fuera del campo visual que abarca el retrovisor del lector, a veces también del autor.

Hablamos, entonces, de un ensayo “enfocado” en ese punto que puede cobijar la pregunta cuya respuesta debe ir construyendo, en ningún caso imponiendo, la propia novela. El tratamiento adecuado de ese punto ciego implica una responsabilidad literaria y al mismo tiempo ética. Es un antídoto contra el maniqueísmo y una apuesta por la complejidad del relato y de los personajes que lo arman.

Lo que Cercas aplica a la novela no es menos importante en otros ámbitos, como la política, la vida, la historia de la cultura… El día antes de la caída del Muro de Berlín, ni el cuerpo diplomático, ni los periodistas, ni los analistas, ni los numerosos espías surgidos del frío que tanto entusiasman a John le Carré fueron capaces de anticiparse a lo que iba a suceder. El día antes del atentado a las Torres Gemelas, tampoco. Y eso que Al Qaeda era un foco de vigilancia e infiltración de primera importancia para la CIA o el Mossad.

En ambos casos, algo muy gordo se estaba gestando, pero la vida continuaba sin emitir señales significativas que alertaran de un cambio inminente en la historia y en las vidas; en el destino.

A la “anticipación” cultural tampoco le han faltado sus puntos ciegos. Eso es lo que expone de manera ejemplar Greil Marcus en Rastros de carmín. En ese itinerario que camina desde el dadaísmo hasta el punk, de Marcel Duchamp a los Sex Pistols, con su repertorio de apariciones no captadas, en su momento, por el espejo retrovisor de la Gran Historia de la Cultura.

Desde un “punto ciego” intentó construir George Bataille la segunda parte de su Suma ateológica, de la que nos quedan los fragmentos recogidos en un libro titulado –ni más ni menos- ¡La oscuridad no miente! En este libro (no apto “para los hombres cuya vida no es interiormente violenta”) avanzamos a tientas por un proyecto de “no-saber” que el autor ha dibujado para nosotros y para sí mismo.

Si tenemos en cuenta que se trata del mismo pensador que se detuvo en “la historia del ano” –al que se le suele llamar además “el tercer ojo”, acaso nuestro retrovisor-, podemos hacernos una cuenta de ese recorrido por lo que no se nombra ni se mira de frente y que es, también, el lugar donde suelen alojarse algunas de nuestras claves.

Volviendo al ensayo hipotético de Cercas, más que de lo invisible, El punto ciego trataría de lo imperceptible. Y más que ocultar una parte de la realidad, estaría escondiendo una parte de la verdad.

El otro

Iván de la Nuez

Ya no sólo invitamos a un café o a una copa. O al cine (algo que ya suena antiguo). Ahora, además, solemos “invitar  a amistad”. Es lo que tiene la expansión de las redes en nuestra experiencia. Y aunque es cierto que en ellas es posible rehusar cuando se nos convida, también es verdad que cada vez resulta más difícil zafarse de la invasión a la que se nos puede llegar a someter. A veces, incluso, no hay manera de mantenerse al margen, según la red social en la que caigamos. Es el caso de “Quepasa”, una de las más incontrolables e insoportables. Y, también, una de las más inútiles.

“Quepasa” echa a rodar y ya no hay quien la detenga. Ella te mete en su engranaje y, de súbito, te encuentras “invitando a amistad” a todo lo que se mueve por el éter. Tanto a gente que tienes muy cerca como a otra que, por el contrario, quisieras tener lo más lejos posible.

Da igual. El caso es que, desde un día fatídico que no consigo precisar, “Quepasa” ha ido tejiendo su circunnavegación alrededor de mi persona, rodeándome de un curioso circuito de pretensiones amistosas.

El colmo tuvo lugar hace unos días, cuando me llegó un esotérico mensaje a través del cual “Iván de la Nuez me invitaba a ser su amigo”.

Alguna escena de David Lynch me vino a la cabeza. Y también, cómo no, Borges: sentado en un banco de Cambridge (o Ginebra, según la versión que uno quisiera adoptar de su cuento El otro). Ese mismo en el que un hombre, muy parecido, se sienta al lado de Borges y le dice “soy Borges”, para acto seguido ponerle al corriente de su vida futura. Sé que invocar a Borges es mucho invocar, pese a que Umberto Eco lo haya definido una vez como el inventor de Internet (si bien se refería a El Aleph y no a este relato).

Salgo de Borges y regreso a mi realidad. Esa en la que Iván de la Nuez invita a Iván de la Nuez a ser su amigo.

Siguiendo la lógica de esa posibilidad, me da por imaginar el momento de la cita a ciegas, del encuentro físico entre los dos, más allá del éter… Y de calcular cuál de los dos, llegado el caso, contaría con mayor ventaja; es decir, cuál de los dos se conocería mejor.

Con esta ligera crisis de identidad vuelvo al blog para proseguir el diálogo interrumpido el pasado julio con el post “Museos en la cabeza”.

Así que aquí estoy de vuelta…

¿O será el otro?

Tal vez “Quepasa” tenga la respuesta. Aunque no sé si recomendarles que se integren ahí para encontrarla.

 

 

Museos en la cabeza

Iván de la Nuez

wurm-house attack 2006

1. De día, los museos acostumbran a ser lugares apacibles y cultos; altares para el recogimiento en los que hablamos poco y tocamos menos. O nada. Por la noche, en cambio, esos mismos espacios se pueblan de fantasmas y momias que cobran vida. Por fuera, hay mendigos que acechan. Por dentro, se cometen crímenes atroces y robos perfectos, se revelan verdades milenarias y hay propensiones orgiásticas… El Metropolitan de Nueva York, por ejemplo, ha alojado al último ser vivo sobre la tierra, según David Markson en La amante de Wittgenstein. También ha dado cuartel al pasado siniestro que acosa a Aloysius X. L. Pendergast, inquietante investigador del FBI -mitad hombre de las tinieblas, mitad David Bowie- concebido por Preston & Child…

2. Todo eso, y más, sucede en novelas de culto y en best sellers, películas clásicas y de serie B, teleseries y cómics. Los hermanos Marx han pasado una noche en la Ópera, mientras que la estancia de Mr. Bean en el museo ha durado un poco más. Sabemos del museo secreto de Barcelona, recorrido palmo a palmo por Ignacio Vidal-Folch (e imposible de construir). Y tenemos noticia del museo de la inocencia de Orhan Pamuk (en fase de construcción). Hay quien impulsa la idea de convertir Guantánamo en un museo (de momento improbable) y ya está en marcha la Isla de los Museos en Abu Dabi (de momento viable). El museo de la revolución es el título de una novela de Martín Kohan, en la que se dibuja el itinerario práctico y teórico de la generación argentina que se enfrascó en la lucha armada durante los años setenta. Es fácil recordar The Museum As Muse, realizada en el (algo lejano) 1999. Desde ella, era perceptible el “reflejo” del museo en unos artistas para los que este dejaba de ser la “casa de la musa” para convertirse en una obsesión: Thomas Struth y Cartier-Bresson, David Seymour y Marcel Duchamp, Christian Boltanski y Christo…

3. Así como hay artistas y obras imaginados (de unos y otras ha dado alguna cuenta este blog), desde Erasmo de Rotterdan inventarse un museo ha sido una fantasía moderna. Si nos ponemos serios, es inevitable aludir a Aby Warburg, André Malraux o Didi-Huberman. De vuelta a la ligereza, no está de más echar una mirada a teleseries como Bones, best sellers como El Código Da Vinci, animados como Los Simpson y Family Guy, o inclasificables como ese castizo Museo Coconut.

4. Unas veces, la invención está en la trama que tiene lugar en museos “reales”. Otras, el museo resulta ser, él mismo, la invención. De hecho, cuando alguien me habla de “museo de autor”, siempre pienso, primero que todo, en este tipo de “autoría” y no en el director-estrella que tiende a arrogársela. Mi reacción se debe, en parte, a una creciente consideración del arte como género literario. Y en parte a una desavenencia con eso que llaman “programación de autor”. Y es que -salvadas las preceptivas distancias y asumidas las muy notables excepciones- la mayoría de los que se consideran a sí mismos dentro de esta categoría no programan por el hecho de haber sido “autores” previamente, sino que han devenido “autores” por el hecho de haber programado antes. Algún día, tal vez valga la pena que dialoguemos sobre esa autoría, que tiende a fundirse con la autoridad. De momento, evoquemos esta otra que proviene de la imaginación. Y de esos personales e intransferibles museos que cada uno –un premio Nobel o el más simple mortal- lleva en la cabeza.

(*) El blog se toma respiro de un par de semanas (o tres). Más que por vacaciones, por trabajo. Y más que por mi ocio, por el vuestro. Para aquellos que las tengan, les deseo unas buenas vacaciones. Para los que no… ¡paciencia!

 

“Tri-contentos” por Bertrand Russell

Iván de la Nuez

En estos días, Bertrand Russell ha regresado de ultratumba para alegrarnos la vida. Y lo ha hecho por partida doble. Primero, por la publicación de sus Ensayos Escépticos (RBA). Segundo, por la aparición de Logicomix (Sins Entido), un cómic protagonizado por el filósofo que había arrasado antes en Estados Unidos y Grecia. Si a esto le añadimos que el año pasado se reeditó su Autobiografía (Edhasa), entonces, como diría un expresidente del Barça, tenemos motivos para estar “tri-contentos”.

Que los filósofos hablen sobre cómics -o dibujos animados- ya no resulta extraño. De hecho, padecemos una verdadera fiebre por dedicar libros a las series televisivas. Ahí tenemos volúmenes corales como Los Simpsons y la filosofía o Los Superhéroes y la filosofía (Blackie Books); así como Teleshakespeare, de Jorge Carrión (Errata Naturae).

Si en su día Para leer al pato Donald (1972), de Dorfman y Mattelart, podía considerarse una excepción (los autores además concentraban su discurso en el desmontaje de la factoría Disney como avanzadilla del imperialismo), ahora las series son recibidas de manera diferente. A veces, incluso, con una euforia acrítica, muy alejada del desprecio que el intelectual tipo Sartre sentía por la televisión. Los criterios actuales están más próximos a Cabrera Infante o Carlos Monsiváis, para quienes el cine o la televisión forman parte, no ya de la cultura, sino de la vida misma.

Pero si no resulta extraño que los filósofos se ocupen de los cómics, sigue siendo excepcional que los cómics se ocupen de los filósofos. Me viene a la memoria una película tan fascinante como Waking Live, el animado hecho con técnica de rotoscopia, dirigido por Richard Linklater y protagonizado por Ethan Hawke. En este largometraje, varios jóvenes de un barrio de Estados Unidos hablan con el lenguaje de los filósofos, y crean una comunidad tan marginal como hipnótica al margen de la vida “real”.

En el caso de Logicomix, el protagonista Betrand Russell persigue -a través de la matemática- el tesoro de un lenguaje universal. No faltan aventuras de todo tipo ni el talante enamoradizo del filósofo. Tampoco su miedo a ser envenenado o broncas de taberna. Todo esto aliñado -advierte Xavi Ayen, cuya crónica en La Vanguardia me puso sobre la pista del libro- “con pasiones amorosas, abuelas posesivas, científicos chiflados”.

Logicomix es un trabajo a cuatro bandas en el que se han cruzado un matemático (Apostolos Doxiadis), un informático (Christos Papadimitriou), un dibujante (Alecos Papadatos) y Annie di Donna, colorista y productora.

Que el héroe sea un filósofo, y que la musa se encarne en la matemática, puede dar idea del reto de este libro dedicado al autor de Contra la religión o Elogio de la ociosidad. En Logicomix, Russell tiene que superar la educación de una abuela severa que respondía por el sobrenombre de “Lady John” o investigar, desde la infancia, el misterio que envuelve al destino trágico de sus padres. También debe poner a prueba su predicamento pacifista ante los exaltados o esquivar la acechanza de una locura que considera genética.

El Russell del cómic es el mismo que se subleva, en su obra y en su vida, contra el refrán cristiano acerca de la ociosidad como “madre de todos los vicios”. Y asimismo el que, aún considerándose un socialista “tan convencido como el más ardoroso marxista”, se niega rotundamente a asumir el bolchevismo como un “evangelio de la venganza proletaria”. O aquel que habla sobre la existencia de “una sobreabundancia de libros, de la misma manera que su calidad escasea”.

Ensayos escépticos se nos ofrece como un puente entre los sueños y las realidades, la lógica y la locura, los desatinos del patriotismo y los peligros de las guerras ideológicas. El libro apuesta por el sentido común, pero lo reconoce siempre bajo amenaza; bien sea externa o por causa de nuestros propios demonios. Un sentido común que llevó a Bertrand Russell a practicar el compromiso sin mesianismo, el escepticismo sin nihilismo, la bondad sin ingenuidad.

Hay, desde luego, ensayos que no son escépticos, pero es muy raro encontrar buenos ensayos que no estén atravesados por el escepticismo.

En en estos tiempos en los que florece el panfleto, tan cargados de títulos conminatorios –Indignaos! o Comprometeos!, por ejemplo-, nadar en las aguas de los Ensayos escépticos puede reconfortarnos. Como reconfortante sería para Russell reconocerse en la brega de Logicomix. Convertido en el héroe indiscutible de un cómic del siglo XXI.

 

Los demasiados catálogos

Iván de la Nuez

En el mundo del arte, no es infrecuente toparse con algún crítico que acredite veinte años de carrera sin un solo libro publicado. Esta peculiaridad genera irritación en los colegas de literatura, cuyo estupor es compartido por los de música o cine; por no hablar de taurinos, deportivos y hasta gastronómicos…

Si bien ese crítico no siempre puede considerarse un “escritor” –hay alguno que persevera en el aporreo contumaz del lenguaje-, resulta que tampoco se le debe tratar como un “inédito”. Al contrario, su escritura puede ser incluso abundante: diseminada en una red de revistas, memorias de eventos, webs y otras ediciones casi siempre supeditadas al quehacer de los artistas o circunscritas a la órbita de estos.

Si hay una estrella de estas publicaciones, esa es sin duda el catálogo. No hay soporte más generoso, ni mejor anfitrión para tales escritos. El problema es que los catálogos –salvo alguna extravagante excepción- no son leídos más allá de la logia del arte. Y los pocos que se leen, tienen muy corta vida más allá del hecho concreto de una exposición. (Por eso los editores insisten, a la desesperada, en publicarlos junto a ésta; intentando arañar sus escasas ventas durante el tiempo que la exposición se mantiene “en activo”).

Las vicisitudes editoriales o literarias no son las únicas que los catálogos están obligados a sortear. Sus dimensiones –talla XL por lo general- no representan un problema menor, como tampoco su peso o la incomodidad para leerlos. Tal vez por esas razones, Pedro G. Romero (poco amigo de regalarnos lo que en otros tiempos se acostumbraba llamar un “catálogo en tiempo”) entiende este soporte, directamente, como una “escultura” –un objeto que te llevas a casa-, tal como lo definió en Archivo F.X.: la ciudad vacía; su exposición en la Fundación Tàpies (2006).

Desproporción, sobrepeso, dificultad de manipulación… El catálogo es al mundo del libro lo que los cetáceos al mundo marino. Una bestia desmesurada a la que, en un momento dado, gran parte de los mortales –y algunos inmortales- están obligados a acomodar o desechar.

Semejante disyuntiva torturó al crítico Jeffrey Swartz durante las pasadas Navidades. En consecuencia, urdió un plan para solventar ese asunto delicado que consiste en recuperar metros sin perder conocimiento. (Según qué catálogos y qué libros esto no es siempre una paradoja).

Dejando a un lado la piedad, cualquier contemplación lacrimógena, Swartz desplegó su estrategia descatalogadora a partir de una fría clasificación de los volúmenes que soltaría por la borda.

“Regalar”, “Tirar”, “Donar”, “Vender”…

En la escabechina, estaban llamados a caer por igual amigos y enemigos, desconocidos y famosos, ediciones de intención global y ejemplares de comarca. En un epígrafe -“Que nadie se ofenda”- intentaba, me temo que sin resultado, ser perdonado de antemano. Este crítico llegó al extremo de otorgar un premio a la persona más generosa en el expendio gratuito de estos cachalotes de papel cromado. (Quien quiera abundar en los pormenores de este jugoso post, puede pinchar aquí y no quedará defraudado).

La verdad es que, siempre y cuando exceptuemos a Onetti, este dilema ha martirizado a casi todo el mundo. Un caso ya paradigmático es el de Gabriel Zaid, quien dio cuenta de esa angustia en Los demasiados libros. Es obvio que me he apropiado de su título para encabezar este texto. Menos obvio es que también -¿también?- pensé en Too Many Girls, aquel musical en el que se dio a conocer Desi Arnaz allá por 1939, antes del apogeo de I Love Lucy, la famosa serie que protagonizó junto a Lucille Ball durante casi una década.

Regreso ahora, sin las demasiadas (ni las pocas) niñas de mi ilustre paisano, a Gabriel Zaid. Y a ese libro suyo que recorre la agonía libresca de Lutero, Herodoto o Ítalo Calvino, así como los terrores de la industria editorial o las letanías de esos amigos que no se conforman con regalarnos sus libros, sino que además exigen –a veces cara a cara- nuestra opinión sobre ellos.

A medio camino entre un archivista y un coleccionista, el catalogador es, en buena medida, un “descatalogador”. Y esa función no se limita, exclusivamente, a arbitrar la caducidad de una u otra edición; o a certificar la imposibilidad de conservación de algún que otro ejemplar. Implica un posicionamiento frente a ese propio soporte en el presente y el futuro, tanto como –esto sea dicho con la mayor discreción posible- ante la propia memoria del arte.

¿Están, como todo lo demás, en crisis los catálogos? Los propios protagonistas de este soporte así parecen creerlo. Al punto de que, en los últimos años, entre curadores y artistas es constatable un fervor por hacer catálogos “que parezcan libros”. Tanto en formato como en una escondida voluntad de trascendencia, más allá de la vida efímera de las exposiciones.

A mí, sin embargo, no me parece tan evidente la hecatombe. Claro que el catálogo que solo funciona como bien suntuoso quedará condenado a ser el objeto que es; es decir, condenado a sí mismo. Pero también es cierto –si algo hemos aprendido de Aby Warburg, Jorge Blasco o Didi-Huberman- que los catálogos tienen ante sí infinitas posibilidades. Hoy, que podemos disfrutar de exposiciones y museos virtuales, es fácil intuir lo que los catálogos podrían dar de sí sin la necesidad de reservarle unos metros para su alojamiento. En esa onda expansiva, serían factibles catálogos pormenorizados de los procesos artísticos, catálogos que nos permitieran ver los proyectos en tiempo real, archivos interactivos de las imágenes, añadidos y notas al pie, capítulos enteros con la inclusión de las críticas a la exposición.

En esta época de crowdfunding u otras formas cool de la antigua –y muy artística- costumbre milenaria de pasar la gorra, ni siquiera la impresión representaría un problema. Esta podría ser a la carta, en diversas versiones, y en distintas escalas del pay per print. En cuanto a los catálogos viejos, además del “tirar”, “donar”, “vender” o “quemar” propuesto por Swartz, cabe la sencilla alternativa, antes de pasarlos por las armas, de pasarlos a PDF.

Llegado este punto, quizá sea el momento perfecto para los críticos semi-ágrafos con los que empezaba este texto. La oportunidad para emanciparse de su vida adosada y demostrar que un crítico fuera del catálogo no es siempre como un niño fuera del flotador. Ahora, estarían en condiciones de escuchar el silbido de un Wilde, un Michaux, una Sontag, un Barthes, un Rancière, un Bourriaud, un Azúa, convidándolos a iluminarnos con su propio relato. Esto, claro está, siempre que lo tengan. De lo contrario, o bien nos damos por vencidos, o bien decidimos esperarnos otros veinte años para ser iluminados, ¡al fin!, por esos discursos con vida propia. Hay paciencia.

La condición postcomunista / Actualizando a Groys

 Iván de la Nuez

Para aquellos que vivieron bajo el Comunismo, resulta frecuente encontrar a antiguos guardianes de la fe estalinista reconvertidos hoy en baluartes del Nuevo Dogma. A escritores que durante décadas dedicaron fervorosos libros a mariscales y milicianos, guardias rojos y proletarios, avanzar en la actualidad como celosos militantes del neoliberalismo. O a los Eltsin y Putin del viejo mundo -salidos de las entrañas del Politburó, el KGB, la Stasi-, aclamar al FMI como antes aplaudían, desde la unanimidad, las directrices del PCUS.  

Por suerte, hay también quienes han practicado su oposición en dos direcciones; y han sido capaces de sostener, en el Postcomunismo, la energía crítica con la que antes habían enfrentado al Antiguo Régimen. Tal es el caso de artistas e intelectuales como Ilya Kabakov y Boris Mikhailov, Frank Thiel o Dan Perjovski, Slavoj Zizek o Deirmantas Narkevicius. Todos alejados del oportunismo de la  conversión y, al mismo tiempo, de la tentación por la “Ostalgia”: esa melancolía tan extendida en el nuevo cine berlinés –Good Bye Lenin, La vida de los otros– como en el arte de Neo Rausch y la Escuela de Leipzig.

En esa disidencia doble, Boris Groys ocupa un espacio muy particular. Desde Obra de arte total Stalin (escrita casi por completo en la URSS) hasta Comunist Postcript, pasando por libros como Sobre lo nuevo o Bajo sospecha, Groys despliega una epopeya teórica que va dibujando la “condición postcomunista”, que se expande hasta el arte o un nuevo humanismo, los media o el declive del liberalismo visto como una consecuencia directa de la caída del Muro de Berlín.

Si nuestra izquierda no siguiera solazada en su particular Ostalgia “occidental”, tal vez podría reconocer en voz alta que lo mejor que ha podido sucederle es, precisamente, el derribo de aquel Muro que no sólo se cayó hacia el Este. Desde entonces, como apunta Groys, es posible hablar sin coartadas. Y ofrecer una alternativa de mundo sin la sombra tiránica de aquellos regímenes que habían hecho carne, y sangre, la idea comunista.

(*) Publicado en el diario Público, como cápsula de acompañamiento a una entrevista con Boris Groys. La foto -“Red”– es de Boris Mikhailov.