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Leviatán o la ballena

Iván de la Nuez

Leviatán o la ballena tiene la monumentalidad, la ambición, el recorrido y alguna desproporción propia de los cetáceos cuya aventura persigue a través de océanos y siglos.
Philip Hoare, su autor, ha conseguido un libro inclasificable y magnético, debido a sus miedos y obsesiones, tanto como a su fascinación y sobrecogimiento.
Ahí está, en toda su expansión, la gigantesca criatura; anterior al hombre y a la que no pocos consideran que conseguirá sobrevivirlo. Nadando entre la Biblia y Perseo, Melville y John Donne, Thomas Hobbes y John Huston. Aplastando a Ray Bradbury, que adaptó febrilmente Moby Dick para el cine hasta acabar hundido por el “peso de Melville”. Ahí está, avanzando hacia Nathaniel Hawthorne, D.H. Lawrence, Turner, Orson Welles, un chiste colocado por Shakespeare en la boca de Hamlet…
El libro de Hoare es, en sí mismo, un cetáceo gigantesco que evoca la inmortalidad y la supervivencia, el misterio y la orfandad. Una ballena que es la isla primordial y el Estado moderno, la naturaleza y Manhattan…
Por las investigaciones de Hoare sabemos que la ballena está ligada directamente a la trata de esclavos y al abolicionismo. A fin de cuentas, en los siglos XVIII y XIX la caza de ballenas y la esclavitud coexistieron “como dos industrias transoceánicas”. Ambas “condenadas por cimentarse en una explotación insostenible de sus respectivos recursos cetáceos y humanos”. También conseguimos enterarnos que -además de Jacqueline- un muy distinto amor por las ballenas conectó las vidas de Kennedy y Onassis (no adelanto aquí más).
La caza de la ballena es transcultural: la practican desde los esquimales hasta los ingleses, desde los noruegos hasta los japoneses. Un oficio durísimo, de hombres solos, a menudo poblado por oblicuas tramas homoeróticas. Empresa que tiene asimismo una “cara B” femenina, en tierra firme; cargada de mujeres igualmente solas y avezadas en el uso de rudimentarios aunque efectivos consoladores, conocidos en los puertos balleneros del siglo XIX como “él-está-en-casa”.
Nada representa la vida, nos dice Philip Hoare, “en una escala tan descomunal” como estos “paradójicos animales”, cuya existencia se sitúa “más allá de lo normal”. Monstruos gregarios y solitarios, egoístas y altamente solidarios, pueden alcanzar una sexualidad tan divertidamente orgiástica en unos casos, como un imposible apareamiento en otros. Y si bien las ballenas son previas a la existencia del hombre, sólo las conocemos en profundidad desde fechas recientes. De hecho, vimos primero a un hombre pisar la luna que nadar a una ballena bajo el agua (lo que no se produjo hasta 1984).
Ballenas blancas y grises, azules y barbadas, cachalotes y enanas, jorobadas o nervales… No nos deben nada que no sea nuestra hostilidad. Ni siquiera obtuvo pasaje la ballena en el Arca de Noé, aunque se las arregló por su cuenta para sobrevivir al Diluvio universal.
Una vez leído y acabado, Leviatán y la ballena nos deja el mismo desasosiego que embargó a su autor cuando nadó junto a un ejemplar de estas proporciones. Al desaparecer de súbito ante nuestra vista, solo nos queda un vacío proporcional a su gigantesca presencia.

Un, dos, tres… ensayando

Iván de la Nuez

Non-fiction es la palabra anglosajona que intenta calificar a todo lo que no proviene de la narrativa y, por lo general, está más cerca del ensayo, incluso de la teoría. Esta definición en negativo, por lo general me ha resultado molesta. En ella –y sobre todo en las prácticas académicas que despliega- hay algo de esa vanidad admonitoria de quien está en posesión de La Verdad (de Toda la Verdad y Nada Más que la Verdad). Desde mi parcialísimo punto de vista, Non-fiction es status y parcela: acotación del campo en el campus. Una compuerta en el desbordamiento y, asimismo, stand de una feria en la que coinciden buena parte de la industria editorial, la academia universitaria y los suplementos culturales. Non-fiction es el muro contra el que, de vez en cuando, cualquier seguidor de Montaigne está obligado a chocar.
Tampoco es cuestión de concederle mayor heroísmo al asunto. Ni de pedir cuartel allí donde uno ni es bien recibido ni, digámoslo todo, califica para optar a medalla. A fin de cuentas, la clasificación de marras no es la más difícil de las barreras que enfrenta el ensayo. En mi caso, aunque muchas veces me ha resultado irritante, ni siquiera puedo decir que fuera el primer cabezazo –ni el más fuerte- de mi temprana e insistente vocación.
Tiro de recuerdo y puedo verme en el momento seminal de esta fricción. Estoy situado en la playa en que me crié, a unos 20 kilómetros de La Habana. Se llamaba, y aún se llama (y aún está allí, aunque no del todo en pie) Baracoa. Tiene el mismo nombre que la primera villa fundada por Diego Velázquez en el otro extremo de Cuba –y que el próximo agosto cumple medio milenio, por cierto-, aunque no debe ser confundida con esta. “Mi” Baracoa, entre otros avatares de su infrahistoria, una vez tuvo su orquesta: Los Hermanos Silva. La banda estaba integrada básicamente por pescadores u obreros textiles, y su apogeo, esto es un decir, podemos cifrarlo en las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. A Los Hermanos Silva le distinguían dos características: tocar borrachos y no saber parar (siempre había un redoble demás que obligaba a empezar otra vez el estribillo, lo que les convertía en involuntarios especialistas de “versiones largas”). Pero Los Hermanos Silva divertían a la gente y, sobre todo, se divertían ellos mismos con sus rocambolescas galas. Cuando el declive etílico era irreversible, se podía percibir tanto por la radicalización del caos armónico como por el hecho de que la orquesta atacaba, invariablemente, “Componte canallón”.
Al final, entre muertes y otros menesteres, la orquesta se disolvió y quedó apenas como un recuerdo que los viejos entonaban sobre sus buenos tiempos (que también incluían bailes con artistas “de verdad”: desde una estrella local como Yiyo Gómez hasta un monstruo de escala global como Benny Moré). A veces, los supervivientes improvisaban un trío o un cuarteto en algún portal (ese remanente fue lo que yo pude presenciar), pero lo que sonaba era tan estrambótico que tan solo su hit dipsómano era vagamente reconocible. Entre ellos, un personaje mal encarado y hosco llamado Linao. Este hombre jamás asimiló la vida posterior a 1959, al extremo de que la revolución, que lo cambió casi todo, no consiguió cambiarlo a él. Su inadaptación, una forma socarrona de protesta, incluía primero que todo su atuendo. Toda su ropa, incluidos los calzoncillos, era “de antes”. Aún lo veo, de blanco integral: bigote extrafino, pantalones de batahola, brillantina abundante, calzoncillo de boxeador a la vista y, por debajo de la camisa almidonada, una camiseta de ribetes dorados conocida como “guapita”. Todo rematado con una desproporcionada cadena de oro y su correspondiente medallón de la Caridad del Cobre a la altura del pecho. (Con su vestuario, Puff Daddy podría expandir hoy mismo una línea de moda “hiphopera” que arrasaría All Over The World.)
Un día, era la época en que abandonaba la adolescencia, se me ocurrió sacar ante el tal Linao la palabra mágica. Ensayo. Así que le pregunté dónde ensayaba la orquesta, a qué hora, cómo montaban el repertorio. Ante tales preguntas, todas inocentes, este hombre reaccionó con tal violencia que puso en peligro mi integridad física. Aplacados los ánimos, al fin consiguió mascullar la causa de su ira.
-La orquesta de Los Hermanos Silva no ensayaba nunca.
Aún no había escrito ningún ensayo y ya sabía que la mía podía ser una vocación ofensiva.
Años más tarde, vinieron otros desencuentros de mayor calado. Los he contado en una entrevista con Antonio J. Ponte, “Ensayar es ensanchar”, reproducida en este blog. No abundaré ahora sobre aquellos conflictos. Solo comentaré que, gracias a ellos, tuve un segundo aprendizaje: además de ofensivo, el ensayo podía ser “desviado”, según la norma enhiesta de los santos guardianes de los fundamentos estalinistas. Así que me fui con mis ensayos a otra parte, si bien mis problemas “cubanos” con la curvatura del ensayo no acabaron con los ortodoxos de la isla. Aquí “afuera”, aunque sin colocarme en la necesidad de emprender otro viaje, tampoco me faltó mi dosis de calvinismo tropical. Si Allá los textos podían ser “desviados”, resulta que Acá pueden ser acusados de “torcidos”. Tercer aprendizaje: según el patriotismo ensayístico, da igual la ideología que lo anime, para que un ensayo califique como cubano tiene que ser, ante todo, “recto”. (Un fiel representante del, clasifiquémoslo así, pensamiento-estaca). Y esto es así porque esos paisanos consideran que el ensayo tiene problemas ideológicos. Cuando en realidad el ensayo no tiene ningún problema ideológico: es, todo él, un problema ideológico.
Y en esas cuestiones tropicales estaba cuando Non-fiction entró –más bien, no entró- en mi vida…
Siempre quedará el estandarte infantil de que uno tampoco entró en Non-fiction. Siempre nos quedará Montaigne. Y el consuelo de que el inventor del ensayo moderno difícilmente encajaría en esta clasificación: ¿Cómo suprimir de la ficción a un hombre cuya ensayística está construida sobre la base de enlazar un relato con otro? Montaigne, que era Montaigne, estaría obligado a pulirse algunas de sus mejores frases para conseguir la bienvenida en el exclusivo club de Non-fiction. Ésta, por ejemplo:
-Ensayar es pintarse uno mismo.
Tal vez deba advertir que, como lector omnívoro, suelo deglutir bastante bibliografía asumida como Non-fiction. Hubo un tiempo en que, por otra parte, no tenía otro remedio, dado que hacía la crítica de ensayo para el suplemento cultural de un diario. Así que, quizá por saturación, mi consumo de este tipo de textos ha sido menguante. Eso no me ha quitado del todo la curiosidad hacia ese ámbito (hace muy poco, sin ir más lejos, Jorge Brioso se dio a la tarea de intentar reiniciarme en las corrientes contra el “ensayismo” de la actual academia norteamericana). Tampoco es que considere que todas las facultades de filosofía son un abrevadero de dinosaurios.
Pero sigo pensando el ensayo en su aserción teatral, como una aproximación previa e imperfecta a una realidad que no está constituida del todo. (No es todavía la función real). Los deportistas suelen recordar con emoción lo que eran capaces de hacer en un entrenamiento. Los Beatles, que eran los Beatles, se impusieron el deber de grabar todos sus ensayos.
Así, ensayar no es siquiera un oficio, ni es del todo un género literario. Hay mucho en él de actitud. Incluye el boceto, el borrador, el plano. El entrenamiento deportivo y el experimento en el laboratorio. Afinar el piano y afilar la navaja…

La verdad a tientas

Iván de la Nuez

Me entero, por Rafael Rojas, que La oscuridad no miente, de George Bataille, ha sido reeditada. Se trata de la misma impresión de Taurus, 2002, con traducción y cuidado editorial de Ignacio Díaz de la Serna. Entonces, escribí esta reseña -en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya-, que aquí recupero.

El efecto Bataille dura ya medio siglo. Su onda expansiva, que todavía no cesa, alcanza la singular idea de Maurice Blanchot sobre el comunismo y la arqueología de Michel Foucault, la estética de la desaparición de Paul Virilio y el nihilismo cínico de Jean Baudrillard, el erotismo y la biblioteca, el placer y el dolor, la felicidad y la violencia. Si quisiéramos intuir lo que somos, lo que podemos ser, lo que jamás seremos, algo de eso está cifrado en la obra de George Bataille, frente a quien la primera pregunta no sería qué puede enseñarnos sino, justamente, cómo podemos leerlo. En su epílogo a La oscuridad no miente, el traductor y responsable de la edición, Ignacio Díaz de la Serna, ofrece una clave fundamental: a Bataille, lo importante no es comprenderlo, sino ser capaz de soportarlo. Aceptado esto, se está mejor preparado para lidiar con La oscuridad no miente, selección de fragmentos y apuntes destinados a ser la segunda parte de la Suma ateológica, obra que no fue concluida nunca. Aquí, Bataille da continuidad a su filosofía, interrogando la zona productiva de la violencia, la razón, la muerte y, en general, el sentido de la experiencia, la cual él mismo entendió como el acto de vivir en el límite de lo posible.
Este libro forma parte de ese abismo, desde el que nos precipitamos a tientas del suicidio al insomnio, de la muerte a la crueldad, del saber al juego, del ateísmo a Dios. Especialmente importante es seguir su proyecto del «no-saber», a través del cual se da cuenta del significado de la muerte («la muerte nada enseña»), la revuelta («el problema esencial de la revuelta es liberar al hombre del compromiso del esclavo»), o la risa («ese efecto de trastorno íntimo, de sorpresa sofocante»).
La oscuridad no miente es un libro tramposo que, a la vez, tiene la honestidad de avisarnos sobre ese particular: «Este libro no se dirige a los hombres cuya vida no es interiormente violenta». Hombre, él mismo, de interiores violentos, de varias vidas y de diversos registros, autor de obras cardinales como Historia del ojo, La literatura y el mal y El erotismo, en los textos que arman La oscuridad no miente Bataille nos hace avanzar a oscuras, con la única ayuda de esos relámpagos efímeros que logran que nombremos la verdad. Son pocos los hombres -Sade, Nietzsche, Kafka- que alcanzan a ser, en sí mismos, enigmas de toda una cultura. Bataille es, sin duda, uno de esos enigmas.

Eric Cantona y los nuevos ludditas

Iván de la Nuez

 

En 1905, Max Weber publicó La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Un siglo después –más los cinco años de bonus track que van de 2005 a 2010-, tanto el espíritu de nuestra época como la ética del trabajo discurren por las autopistas de la información. Si bien esto no es un dato absoluto, ni siquiera mayoritario (dos terceras partes del planeta ignoran lo que es conectarse), no es menos cierto que esas venas irrigan el imaginario de un mundo que amalgama lo real con lo virtual, el tiempo con la velocidad de conexión, el espacio con el ancho de banda, la pantalla con el horizonte…

Cuando el famoso libro de Weber cumplió su centenario, el sociólogo danés Pekka Himanen le rindió homenaje con la publicación de La ética del hacker. Un libro que adaptaba, y en algún caso traía por los pelos, las teorías weberianas al “espíritu de la era de la información” (según la definición de Manuel Castells). Escoltado por un prólogo de Linus Torvalds y un epílogo del propio Castells, Himanen entronizaba al hacker como figura nuclear de las nuevas formas de producción y comunicación de conocimiento. Para validar su apología, el autor se cuidó de remarcar las diferencias entre el hacker y el cracker –ese que destruye sistemas, quiebra cuentas bancarias, desmonta programas diversos: el que actúa “sin ética”-, presentándonos a su héroe como un pirata bueno, inmerso en una actividad “interesante, emocionante y gozosa”.

Las acciones de este pirata bondadoso estarían sujetas a siete factores indispensables -dinero; trabajo; optimización; flexibilidad; estabilidad; determinación y contabilidad de resultados-, mientras que su ética particular (la “nética” weberiana) estaría regida por unos principios invariables: pasión; libertad; valor social; accesibilidad; preocupación responsable y creatividad. Para alcanzar su nirvana internáutico, Himanen recomendaba apoyarse lo mismo en el Genésis que en el carácter civilizador del capitalismo. En la secuencia semanal inventada por Dios y en la pedagogía ejercida por Robinson Crusoe sobre Viernes.

Claro que Himanen, en ese manual del buen pirata que resulta su libro, acepta que los hackers casi nunca cumplen con los principios extrapolados de la moral protestante. Y claro que el autor reconoce asimismo que “hay vida más allá de la red”, si bien esos vestigios extra-tecnológicos apenas son meros apuntes, diminutas notas al pie, que relatan una antigua vitalidad ahora extinguida.

Ha pasado apenas un lustro desde La ética del hacker y buena parte de lo allí tratado nos suena casi tan remoto como El espíritu… de Weber. Basta con que recordemos, en estos cinco años de apoteosis conectiva, el desplazamiento del pc al teléfono como prueba de esta mutación ocurrida en un periodo tan breve.

Siempre conectados y expuestos, espiando y espiados.

Sujetos a un chip, somos más bien un sujeto-chip al que “por nuestro bien” –según la megafonía del metro, la ley anti-terrorista, el terrorismo sin ley, la protección de cualquier cosa- se nos diseña una vida circundada por esa multitud de cámaras que capturan, segundo a segundo, el archivo inabarcable de nuestro paso por el mundo.

 

No puede resultar extraño, entonces, el crecimiento paulatino de una tendencia a la desconexión: al desenchufe radical de nuestra cableada existencia. Una sintomatología que podemos percibir en el sueño de regresar a cierta escala humana y táctil o en la ilusión de una magnitud artesanal en los oficios. En la nostalgia por el slow food y en la añoranza de la hemeroteca. Un escritor tan actual como Kiko Amat abre un artículo en el que enaltece a The Chap con esta admonición: “Lo antiguo es mejor”. “Tweed contra Zara, vinilo contra MP3, cha-cha-chá contra house, Ealing contra el Hollywood actual: gana lo primero, admítanlo”. Aunque, como aclara el autor, no se prefieran esas cosas del pasado porque sean “antiguas” sino, precisamente, porque “son mejores”. Es su calidad, y no su antigüedad, lo que decanta su elección.

Ramón Alcoberro es un profesor de otra generación. En su página pudimos leer, hace algún tiempo, un glosario de Máquina maldecida. Contribuciones para una historia del luddismo (de Frank E. Manuel, Kevin Robins y Frank Webster), con el título de “20 tesis sobre tecnoética”. En esas notas, no se distingue de manera sustancial a los primeros ludditas de los ludditas de hoy. El latiguillo de estas tesis –“ahora como entonces”- puede dar una idea de la persistencia de ese espíritu dos siglos después.

Por mi parte, conozco a una artista que, para desarrollar su trabajo, probó con éxito todas las formas de conexión que tenía a su alcance. Pues bien, ella ha acabado renegando y ahora se rige por un dictum privado que cumple a rajatabla: estar conectada es estar controlada. Su paranoia, si así puede llamársele, se volvió crítica cuando pasó de la pregunta por el qué (nos controla) a la pregunta por el quién (nos controla). Aunque no comparto muchos de sus temores, sí que he tomado nota de sus sospechas. También puedo dar fe de que jamás la he visto “fuera de onda” o poco informada. Es perfectamente funcional a la hora de hablar sobre cualquier tema; incluidos aquellos que se les supone a los usuarios más avezados de la red.

Ahora bien, si el luddismo contemporáneo fuera tan solo un movimiento regresivo -un escuadrón de cascarrabias que optan por la desconexión para regalarse unas horas de vida “natural”-, sería bastante sencilla su sistematización. (Con apuntarse a algún club retro ya tendrían suficiente). Pero el neo-luddismo no se limita a la tecnofobia -no encamina sus acciones, exclusivamente, a desahogar su Rage Against The Machine. Además, como han visto Kafka, Musil o Deleuze, las máquinas no son únicamente los ferrocarriles y los ordenadores, los tanques de guerra y los cohetes. Lo “maquínico” es algo que va más allá –o más acá- hasta insertarse en los cuerpos y los comportamientos.

Así pues, la cosa no va –como he leído en una reciente polémica de BLDGBLOG- de una bronca entre saxofonistas y guitarristas eléctricos. En buena medida, los neo-ludditas son disidentes de la tecnología y su diversidad es tal que dificulta cualquier generalismo. Hay neoludditas opuestos al orden jurídico, plantados entre las nuevas tecnologías y sus todavía escasos correlatos legales. Y hay ludditas sexuales, cuyo objetivo no es otro que “dar rienda suelta a las pasiones inmorales, en la cotidianidad, en nuestras intimidades.”

El luddismo de estos días incluye lo mismo a renegados de la tecnología que a defensores a ultranza de la intimidad. A militantes colectivistas y a hackers que la emprenden contra sistemas informáticos de todo tipo (desde bases militares hasta casas reales pasando por webs de personajes famosos). A defensores del artesanado y a neo-hippies. A aristócratas y a movimientos anti-sistema. A las teorías de Tiqqun y a las de Richard Sennet. A los seguidores del Creative Commons y a cualquier ermitaño del siglo XXI convencido del fracaso simultáneo de la colectividad y del individuo. A algunos músicos enchufados y a ellos mismos cuando nos endosan su inevitable unplugged

Los neoludditas, por lo general, emprenden acciones que se tensan entre las posibilidades que ofrecen las máquinas y las prohibiciones que nos depara el derecho. Entre la naturaleza expansiva del mercado y la necesidad restrictiva de las leyes.

En la blogosfera, por ejemplo, anidan al menos tres tipos de neoludditas: el hacker, que ataca directamente al blog; el anónimo, que desafía al autor; y el troll, que trastoca el sentido.

Comparado con el luddismo originario de principios del XIX –al que le cantó Lord Byron y cuya fantasía bucólica lo colocaba directamente en el romanticismo-, el neo-luddismo se sostiene hoy sobre bases que mezclan la prágmática y el vandalismo, el cinismo y la utopía. Por eso no resulta inusual que muchos terminen convirtiendo lo luddita en lúdico. Dado que el luddismo original se lanzaba contra lo sólido, el Manifiesto Comunista –capaz de afirmar aquello de “todo lo sólido se desvanece en el aire”, frase que dio título al extraordinario libro de Marshall Berman- puede ser leído como un luddismo relativamente tardío. Hoy, en estas sociedades que Zigmunt Bauman ha definido como “líquidas”, podría decirse que todo lo sólido se disuelve en la red.

En esas estamos, cuando aparece Eric Cantona y lanza un órdago contra lo más sólido del sistema: el dinero. (Qué curioso: en términos técnicos, el rocoso dinero suele recibir el nombre de líquido). Cantona, volvemos a él, fue un futbolista talentoso y tiene una exacerbada pulsión de liderazgo. Ganó fama y dinero en el Machester United y ha devenido en un agitador bastante parecido a los superhéroes populares (un Super Barrio, eso sí, en plan francés y sin máscara). Cantona tiene, por otra parte, la fórmula para la revolución perfecta.

Sin manifestaciones, sin tiros, sin sangre.

Así que propone que, el próximo 7 de diciembre, la gente acuda masivamente al banco y saque su dinero. Que extraiga, en fin, su liquidez: ese tipo de sangre. Si eso llegara a suceder –si las masas agobiadas por los bancos, tenidos como principales culpables de la crisis, obedecieran y sacaran sus ahorros-, el sistema “colapsaría de inmediato”. La acción hace gala de un tipo de luddismo, también creciente, que se lanza contra el capital. Y tiene un punto, sino de efectividad, sí de efectismo.

Aunque los he conocido peores, no tengo una estima excesiva por esto que Cantona llama “El  Sistema”. Y tal vez convenga, aquí, un minuto biográfico. Pese a mi educación marxista-leninista (o tal vez por efecto contrario a ella) nunca consideré que el Comunismo fuera infinito (algo hay publicado al respecto en mis primeros ensayitos). Así que, cuando fue derribado el Muro de Berlín, mis rudimentarias expectativas se vieron cumplidas en alguna medida. Una vez ocurrida la debacle del Otro Sistema, se lanzó la idea de un Capitalismo tan “inmortal” como el Comunismo que se había desplomado en Europa. Pues bien, desde el primer momento, me negué a comulgar con la idea de que el Capitalismo fuera un sistema eterno. (Y eso que conozco a algunos que han militado con furia en estas dos inmortalidades, columpiándose de una a otra secta, no importa que a su lado se vinieran abajo muros y torres, gobiernos y bancos).

De manera que contemplo como posibilidad el hecho de que este Sistema colapse a largo plazo. En la crisis actual hay algo parecido a su propio “Muro”. En cualquier caso, ni el Comunismo inventó al Estado (aunque lo llevara al paroxismo), ni el Capitalismo inventó al Mercado (aunque lo llevara a la apoteosis). El desplome del Sistema vendrá, sobre todo, por depauperación de la democracia: ya sólo puede defenderse dejando de serlo. Nunca es poca, al menos en este blog, la alerta sobre China, donde el dinero y la tiranía van de la mano en un tipo de sociedad hacia la que avanzamos peligrosamente y en la que Cantona, dicho sea de paso, ya estaría fusilado con su familia pagando la factura de las balas. ¿Las pagaría al Estado o a los bancos?

Dicho todo lo anterior, queda claro que no voy a seguir una iniciativa como la del 7 de diciembre. En primer lugar, por un ligero detalle: no tengo dinero (o, más bien, lo que yo tengo no es “dinero”). Así que lo único que podría hacer el próximo día 7 –como la mayoría- sería devolverle a los bancos aquello que nos han dado en hipoteca. Según el plan Cantona, los que tienen dinero, sacarían su dinero. Pero los que no lo tienen, no tendrían otra que sacarse a sí mismos de donde viven, colapsando ellos mismos mientras oxigenan, de paso, al Sistema. (¿No habíamos quedado en que era siniestro?) El plan de Cantona supone la generosidad de los ricos y el suicidio de los que no lo son. Yo, la verdad, me planteo la ecuación exactamente al revés. Estoy dispuesto a ser generoso con mis cosas el día que los ricos se suiciden con las suyas.

No está demás apuntar un último prejuicio. Invariablemente, apago el chip y ejerzo mi minúsculo luddismo cuando oigo a un millonario invocar la revolución.

Autobiografía sin vida, de Félix de Azúa

Iván de la Nuez

 

Desde el nacimiento de la imagen -adjudicada muchos años más tarde a una figura llamada “artista”-, los seres humanos quedaron, por así decirlo, sin vida propia. Justo a partir de ese momento, cuando el mamut devino en la representación de un mamut, comenzó para ellos una vida “apropiada” por las imágenes. El tiempo del hombre se corresponde, pues, con las distintas fases de esa usurpación: la suya –bien por exceso, bien por defecto- será, ya para siempre, una vida sin edad “humana”.

En Autobiografía sin vida, Félix de Azúa atisba en las épocas de la experiencia humana, una saga en cuya dimensión temporal, su vida o la nuestra -la de cualquier gran prohombre de la historia o la del mayor de los tiranos-, apenas ocupan una magnitud microscópica y, a fin de cuentas, insignificante. Así, una de esas eras, a la que llamamos “nuestra”, se desliza, para Azúa, entre la desaparición del cuerpo de Cristo y su desaparición posterior como imagen en los crucifijos actuales. Una cronología que transcurre entre dos sustracciones; el tiempo entre la desaparición del hombre y la muerte del mito.

En otro de sus avatares, Autobiografía sin vida tiene su, digamos, momento “español”. El lapso de una memoria singular de la generación del autor. ¿Qué entiende Félix de Azúa por generación? Ni más ni menos, que un grupo de humanos que se reconocen entre sí por el hecho de que “cantan la misma canción”. Es por eso que su memoria en clave ibérica desentraña el avatar de las tres “C” que conformaron la experiencia reprimida del franquismo: Crucifijo, Caudillo, Cristo.

Félix de Azúa consigue trenzar, con eficacia y originalidad, La Historia con su historia. Una biografía en la que, por ejemplo, Hitler es un capítulo (más bien un epílogo) de los griegos, como los rusos lo son de Bizancio.

Una de las atenciones centrales de este ensayo, deriva de su reacción ante el arte, al que Azúa había dedicado un muy personal diccionario. Autobiografía sin vida se deja leer, en ese sentido, como una confirmación del desvelo de las vanguardias por devolvernos la vida secuestrada por el arte. Y es, asimismo, una confirmación del fracaso de esta trágica empresa.

Es así como Autobiografía sin vida se erige como un libro reaccionario… Con la singularidad de que, sin embargo, no resulta un libro conservador. Viene a decir a los defensores a ultranza del arte, tanto como a sus enterradores profesionales, que no pierdan el tiempo. Ningún decreto hará desaparecer el arte; ninguno conseguirá sellarlo con el marchamo de la inmortalidad. Si continuara, no parece posible que pueda hacerlo desde una perspectiva distinta, capaz de eludir la representación. De desaparecer, lo haría por obra y gracia de la desidia de los hombres, en este correr de su tiempo fuera de sí mismos.

Como centenares de otros oficios que en el mundo han sido.

A diferencia de la biografía confesa de Borges, aquí hay vida y hay muerte (también la premonición siniestra de ambas). Pero no sería recomendable confundir en Autobiografía sin vida lo biográfico con la narración pueril del “Érase una vez”. Este libro no es el relato de lo que ha influido el arte en nuestras vidas. Muy al contrario, es la biografía de aquello que el arte nos ha arrebatado.

DOROPAEDIA

Iván de la Nuez

  

 

Producciones Doradas ha alcanzado la octava edición de su Doropaedia. Un proyecto que esquiva la dimensión de la Enciclopedia, tal como la hemos entendido tradicionalmente, y al mismo tiempo se desmarca del libre albedrío que gobierna, por ejemplo, la Wikipedia. En este sentido, la Doropaedia es totalmente intencionada: tanto en sus temas como en los actores que los generan y los formatos que los activan. Cada capítulo es un micro-mundo, un círculo –la enciclopedia no deja de ser, etimológicamente hablando, un círculo de saber- que une la música, el ensayo escrito, y las artes visuales.

En un formato de mini-cd, Doropaedia no sólo aspira a divulgar el conocimiento. También alienta su renovación; los criterios que lo arman y las formas de comunicarlo. Apela a la contemplación y a la lectura; pero también a la participación. Más que un modo concreto de recepción –que lo es-, la Doropaedia puede ser entendida como una forma de experiencia.

Este último número, último hasta el momento, lleva por título Procomún. El ensayo, del Laboratorio del Procomún/Grupo de Trabajo, asume la forma de un manifiesto –“Estética y política del procomún”- y es un texto colectivo surgido de Medialab Prado. Los dibujos son de Miguel Brieva y el vídeo –“La escucha”-, del colectivo Zemos 98. La música, compuesta alrededor de este asunto, se nos entrega en cuatro cortes: Antonna, Los claveles, Prisma en llamas, y Wild Honey. La edición ha contado con el soporte público del CA2M.

Si nos vamos a su primer número, el de su nacimiento, descubrimos que su título fue, precisamente, Maternidad. El ensayo, allí, lo escribió Marco Antonio Gunguerra –“El coste de tener un hijo”-, el trabajo multimedia fue de Alex Reynolds & Elena Barreras, y las imágenes fotográficas de Blanca Navas. La música corrió por cuenta de Anticonceptivas, Sibyl Vane, Tu Madre, Viva Maestro y Silvia Coral y Los arrecifes.

 

Entre estas dos entregas, la Doropaedia ha desplegado títulos como Revolución, Cacolalia, Despotismo ilustrado, Gastronomía, Extrarradio y Radio (en este caso un homenaje a los 30 años de Radio 3).

Músicos que han aparecido en la escena de estos últimos años -Cohete, Los Punsetes, Manny Rodríguez, Tarántula, Joe Crepúsculo, Los Carradine, La Bienquerida, Nabo UNDemocraty, Thelematicos, Grande Marlaska, Extraperlo, Descabello, Alarido, Manos de topo, Bon Company- se han conectado con el mundo de la imagen y el arte -Zumo Natural, YP, Querido Antonio, Venga monjas, Basurama-, y a su vez con los textos de Gunguerra, Diego Manrique, Madrid Lab, Santiago Alba Rico, Carolina del Olmo, Jápeto Kiviuk, Antonio Castilla Cerezo o Cultura de Base. Entre todos, han tramado, desde ángulos distintos, las definiciones de la Doropaedia. 

Como apunta Philipp Blom nada mas empezar Encyclopédie, la importancia de una empresa de esta naturaleza no radica en que sea “la mayor”, “ni la primera”, “ni la más popular”, ni siquiera la “que tiene más autoridad”. Basta con que consiga crear constelaciones, mezcle con efectividad sus dosis diversas de conocimiento, “testarudez” e “ideas revolucionarias”, y consiga apuntar a un horizonte distinto al que su época le predestina.     

Todo esto estaba en la cabeza de Daniel Granados, uno de los fundadores de la Doropaedia, al inicio del proyecto. Granados es él mismo músico, productor y promotor cultural (integrante además del grupo Tarántula); alguien que piensa la cultura y los modos de intervenir desde ella (que no exclusivamente en ella). Así que resulta prácticamente “natural” esta mezcla de soportes y su respectiva importancia en el proyecto.

En la Doropaedia los músicos no hacen “banda sonora” ni los artistas “ilustran”: todos producen conocimiento y definen las entradas que la conforman.

Los capítulos de Doropaedia están formados por esas constelaciones y apuntan a un sistema cultural que no deja de crecer ni de experimentar otras maneras de entender la creatividad colectiva y la individual, la proyección pública y la privada. En su dimensión, diminuta y portátil, la Doropaedia dibuja el mapa de una escena que no se conforma con el escenario, un conocimiento que no se encapsula en la universidad, un programa cultural que no se limita a lo institucional (aunque no deje de poner un pie en todos estos ámbitos). Ejerce la crítica sin demagogia y, por eso mismo, deja abierta una ventana para que podamos escoger y desmenuzar, intervenir y descartar.

Al final, y como toda enciclopedia que se precie, su batalla se encamina, fundamentalmente, a recuperar y devolvernos la semántica perdida de las palabras.

 

 

Un ensayista del que no tenemos nada que aprender

Iván de la Nuez

 

 

 

Uno va escribiendo sus ensayos hasta que, un buen día, lee a Eliot Weinberger. La primera sacudida induce, directamente, a la jubilación. Pasado el impacto, se impone la autoindulgencia…

Uno persiste.

Weinberger (Nueva York, 1949) tiene por norte a Plotino: “la memoria es para los que han olvidado”. De ahí que sus ensayos no se refieran a cualquier memoria, sino a aquella que no necesita siquiera ser recordada -está tan impregnada en nuestra experiencia como lo estaba el aroma en el karma de la antigua India.

Weinberger, traductor de Octavio Paz y Jorge Luis Borges, de Vicente Huidobro y Bei Dao, es capaz de escribir un ensayo donde no encontramos una sola opinión. O certificar que un texto suyo de cuatro páginas ha sido escrito entre 1499 y 1991. También puede desmantelar al Chomsky que no dudaba en calificar las masacres de los jemeres rojos como una invención del New York Times. Y es capaz de preguntarse “¿qué es una estrella?” y concebir una cascada con decenas de respuestas diferentes.

Sus ensayos son manifiestos sobre el valor del ensayo. Poemas que operan como alegatos sobre la poesía. Son memoria de la civilización y, a la vez, huellas de lo que será recordado en los próximos siglos, cuando la nuestra no sea más que una cultura remota.

En la escritura de Weinberger hay algo telúrico. Así Rastros kármicos, que empieza con un ensayo llamado “Río” y termina con otro que se titula “Cataratas”. Una obra fluvial, inscrita “naturalmente” en el curso que va de la corriente a la explosión, de la India a Islandia, de China a Kampuchea, de los hombres a los animales, de Nazca al Myflower.

Sus textos tienen algo que ver con lo que Lezama Lima denominó “la razón poética”. A veces, como sucede en sus aproximaciones a la música del desierto, me ha venido a la memoria una zona del mundo de Huxley.

En Algo elemental, Weinberger da otra vuelta de tuerca. Desde el prólogo -que nos adentra en una historia azteca- hasta una leyenda de lagartos capaces de engendrar humanos, los siglos apenas alcanzan la magnitud de un instante.

Hay un momento en que un perro le quita un sándwich a una niña frente a una tienda de bagels y, acto seguido, nos encontramos ante el dilema de Perpetua, en el Cartago del año 203.

Weinberger no puede ser explicado ni interpretado; es improcedente su escolarización. Es uno de esos pocos autores que únicamente pueden ser leídos.

Una vez, tuvo la ocurrencia de definir a Islandia como «la sociedad más perfecta del mundo, de la cual ninguna otra tiene nada que aprender».

Lo mismo puede decirse de su escritura.

 

(*) Tanto Algo elemental como Rastros kármicos han sido traducidos por Aurelio Major.

Carlos Monsiváis: Aires de familia

Iván de la Nuez

 

Con Aires de familia, Carlos Monsiváis ganó el Premio Anagrama de Ensayo, en el año 2000. Entonces, escribí esta crítica que ahora comparto, un minúsculo homenaje al enterarme de su muerte.

 

Monsiváis

 

El reciente Premio Anagrama obtenido por Carlos Monsiváis hace justicia a este autor mexicano, que ha sido tratado con particular indiferencia en la edición española. Un acto de justicia que se extiende, quizá, al ensayo latinoamericano en su conjunto, género que ha permanecido en la sombra desde los éxitos del boom, en los años sesenta, hasta nuestros días, en los que afortunadamente un grupo de autores no se dedica a traficar con el exotismo como seña invariable de identidad. El premio coincide, además, con el 50 aniversario de El laberinto de la soledad, esa pieza fundadora publicada por Octavio Paz, y compensa, si cabe, la trayectoria de uno de esos pocos intelectuales laterales que ha tenido América Latina. Porque, si bien es cierto que Monsiváis siempre se ha comprometido con diversas causas -minorías, movimientos indígenas, reivindicaciones gays, defensa de la cultura popular, exigencia de transparencia democrática para el México gobernado por el PRI-, también es verdad que ha escapado de ese vicio nefasto que ha convertido a muchos escritores -de Paz a Carlos Fuentes, de Alejo Carpentier a Mario Vargas Llosa- en una estirpe de garantes y legisladores de esa invención que conocemos como América Latina. Reconocidos estos puntos, vale señalar asimismo que Aires de familia no refleja al mejor Monsiváis, un autor puente entre el arquetipo antes apuntado de intelectual total -al estilo de Jean-Paul Sartre, digamos- y las nuevas interpretaciones que han ensayado escritores como Roger Bartra -La jaula de la melancolía- o Antonio Benítez Rojo -La isla que se repite-, por mencionar dos de los más agudos ensayos que hemos leído en España en los últimos diez años. En una cuerda deudora del Severo Sarduy de Barroco, Monsiváis defiende la persistencia de la cultura latinoamericana a través de iconos y arquetipos que se reiteran en el cine de Hollywood y en las telenovelas, en el caudillismo continuo y en los intentos de modernización, en las migraciones y en la globalización. Monsiváis suele nadar con soltura en estas aguas, en las que conecta con pericia la literatura con la cultura popular, la reivindicación de los sujetos marginados con las incursiones literario-musicales de Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Luis Rafael Sánchez, quienes han hecho del carnaval, el bolero o la vida nocturna un paisaje literario de indudable fuerza. Al mismo tiempo, hay territorios que se le vuelven hostiles y son resueltos con un exceso de didactismo, una reiteración innecesaria de lugares comunes, y una idea algo vencida de América Latina. Pese a tratarse de un libro irregular, es posible todavía aquilatar en él el pulso de un autor que ha sabido granjearse un merecido respeto y que, en sus mejores momentos, aún conserva su audacia para borrar las fronteras entre la escritura y la vida.

(*) Publicado originalmente en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya, y recogido en Postcapital. (Crítica del futuro), Linkgua, Barcelona, 2006.

El cercano Este

Iván de la Nuez

  

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Entrada la segunda década del siglo XXI, es pertinente hablar de un género cultural nacido de la Post-Guerra Fría: y es posible llamarle Eastern. Un género que explota hacia 1989, año en el que tiene lugar el cruce entre el desplome del Comunismo y la expansión de Microsoft. El Eastern cubriría, pues, el tránsito no casual entre las sociedades basadas en el trabajo manual –las dictaduras del proletariado- y las sociedades de la informática e Internet: el paso que va desde un PC (Partido Comunista) a otro PC (Personal Computer). Un itinerario que abarca veinte años que se deslizan entre la crisis del comunismo y la actual crisis del capitalismo.

El Eastern, como el Western primigenio, no puede entenderse sin la conquista del espacio. Sin esas invasiones perpetradas hacia “allá” por las democracias occidentales, con su recetario de promesas para la nueva vida. Tampoco es comprensible sin las inundaciones de todo tipo provenientes de los países ex-comunistas, acompañadas por la banda sonora de aquel imperativo irónico-fascistoide de los Pet Shop Boys una vez desplomado el Imperio: “Go West!”. Hay, desde luego, diferencias. Esta, por ejemplo: mientras que en el Western los villanos podían convertirse en héroes –Billy The Kid o Doc Holliday-, en el Eastern, por el contrario, los héroes suelen terminar convertidos en villanos (desde Leonid Brezhnev hasta Boris Eltsin).

Con antecedentes notables en la cultura pre-comunista (Tolstói, Kafka, Jan Neruda), y más tarde en la disidente (Solshenitzin, Kundera, Forman, Tarkovski, Polanski), el Eastern consuma su definición como un fenómeno pos-Berlín. Así que tratamos con un género particular de estos veinte años en los que se completa Europa y los países del Este pasan a convertirse en un paisaje –entre pintoresco y temible- cada vez más familiar para la cultura occidental. Desde entonces, los nombres de artistas como Frank Thiel, Boris Mikhailov, Deirmantas Narkevicius o Dan Perjovschi, han dejado de sonar como extraños para los museos de Occidente. Lo mismo puede decirse de teóricos como Slavoj Zizek y Boris Groys. O de novelistas como Víctor Pelevin, Imre Kertész o Andreï Makine. Esto por no hablar de deportistas como Bubka, Mijatovic, Stoichkov. O de la invasión de skodas o dacias, que transitan por las calles de Occidente y han amparado alguna vez su publicidad tras los eslóganes de la revolución comunista.

Ahora bien, lo que convierte al Eastern en un género verdaderamente universal no es tan solo, ni fundamentalmente, la invasión hacia el Oeste de los escritores, artistas y deportistas del “más allá”, sino la pasión por el este de los creadores occidentales. Precursores tan notables como el periodista John Reed, el dibujante Saul Steinberg o el novelista George Orwell dieron cuenta de ese mundo bajo el bolchevismo y el estalinismo. Graham Greene, John Le Carré o Frederick Forsyth se ocuparon de desentrañarlo durante la Guerra Fría. Todos ellos con una mezcla de fascinación y temor; exotismo y ansiedad por descubrir –fantasías a un lado- lo que se escondía, verdaderamente, detrás del Telón de Acero. Ese misterio ha desatado todo tipo de recuperaciones en la actualidad. Desde el aclamado redescubrimiento de Vida y destino, la novela de Vasili Grossman, hasta el revival pop, relatado hace unos días por Kiko Amat, de la cantautora checa Marta Kubisova, musa de la Primavera de Praga y de la resistencia a la invasión soviética del 68. Desde el rescate de los textos de Alexandra Kollontai hasta la saga ucraniana tejida por Jonathan Safran Foer, en su novela Todo está iluminado. Por su parte, los fotógrafos Dani & Geo Fuchs han dado cuenta de la represión alemana en la serie Stasi Secret Room, mientras que los cuadros e instalaciones de Mona Vatamanu y Florin Tudor intentan que no olvidemos la sombra siniestra de Nicolai Ceaucescu. En el blog Muñequitos rusos (munequitosrusos.blogspot.com) se informa y discute acerca de los dibujos animados de la era comunista, con una precisión asombrosa de los detalles técnicos. “Muñequitos rusos” era la manera de nombrar estos animados en Cuba, un país con un Estado comunista en el corazón de Occidente, cuyo aporte al Eastern ha tenido su importancia. Y no me refiero a los paladines tropicales del realismo socialista –hoy convertidos algunos al idealismo capitalista con la misma pasión y dogmatismo-, sino a obras más complejas en las que se aborda a esa isla del Caribe como parte del Imperio Soviético. Es el caso sobresaliente de José Manuel Prieto –Nunca antes habías visto el rojo, Enciclopedia de una vida en Rusia, Livadia…- o de la revista Criterio, en la que el traductor y crítico Desiderio Navarro ha construido un completísimo catálogo de pensadores y teóricos del antiguo Bloque Comunista. Desde el Cono Sur, Fogwill fue un precursor que imaginó, antes del derribo del Muro, una Argentina soviética en Un guión para Artkino.

No hay género que se precie que no disponga de subgéneros. Es el caso de la Ostalgia, en particular la alemana. Esa melancolía –tenue y crítica unas veces, exuberante y laudatoria en otras- por el comunismo como un mundo añorado frente las adversidades de la reunificación. Ahí están películas como Berlin is in Germany, Good Bye Lenin o La vida de los otros. Hollywood ha encontrado allí un gigantesco plató. Sin este nuevo set, no serían concebibles las misiones imposibles de Tom Cruise, las revitalizaciones de James Bond o Jason Bourne, esos dos JB programados para salvar a Occidente. O filmes como Promesas del Este. La Ostalgia ha sido asimismo una bandera de la Escuela de Leipzig, en particular de Neo Rausch, donde el horizonte previo a 1989 es pintado con ribetes bucólicos propios del Medievo.

España no ha escapado a esta pasión por el Este. Dejemos a un lado, por el momento, a una zona de la izquierda que, en lugar de percibir en el derrumbe del Muro una de sus grandes oportunidades, ha persistido en maquillar el Gulag. Más allá de esta nostalgia en la distancia –y a la abundancia de tramas televisivas en las que prevalecen las mafias y el plutonio (aunque sin olvidarlo del todo)-, puede decirse que no hay museo o galería española que no tenga “su” artista del Este; no hay editorial que no tenga su escritor, ni club que no disponga de su futbolista. Ya en el campo literario, vale la pena rescatar a dos precursores. Eduardo Mendicutti concibió, en Los novios búlgaros, una divertida comedia en la que la picaresca española era superada por la picaresca del Este. Ignacio Vidal Folch –desde La libertad, su novela “rumana”, hasta su reciente Noche sobre noche- ha abierto un campo único desde el que consigue un completamiento de la novela europea a partir de la nueva cartografía del postcomunismo. Esta obra, además, deja entrever unos paralelos entre la transición española y la del Este, con unos personajes gobernados por contradictorias pulsiones que alcanzan, alternativamente, la esperanza, el destape o el desencanto.

Podemos constatar otros datos. Lo que significó Nueva York para la generación de Miralda, Muntadas o Francesc Torres, es un espacio ocupado hoy por Berlín del Este; como una especie de tierra prometida para distintos artistas españoles. Allí viven, o han vivido por largas temporadas, Sergio Belinchón, Tere Recarens, Chema Alvargónzalez o Santiago Ydañez entre medio centenar de creadores. En dirección opuesta, vale la pena recordar que España ha acogido el protagonismo literario de Mónika Zgustova, Mihaly Des o Bashkim Shehu.

Resulta obvio, a estas alturas, que esta no es una teoría sino la crónica de un síntoma. Y la escribo desde la España del Este, plantado en un territorio a cuyos aborígenes, miren por dónde, se les suele llamar “polacos”. Así que, en consecuencia, han nombrado Polonia a su más agudo programa de sátira política; y Crackovia a su correlato dedicado al deporte. Todo ello sin olvidar que, durante largos años, una discoteca que animó la noche del barrio de Gracia respondía al nombre de ¡KGB! Recientemente, Francesc Serés, ha publicado sus Contes Russos (no traducida aún al castellano), una antología falsa de escritores de Rusia en los que no falta ni la sombra soviética ni el fantasma de Marx dando tumbos por Moscú.

En un punto límite de la guerra de los Balcanes, Slavoj Zizek comentó que lo mejor que podía hacer Occidente al respecto era, precisamente, “no hacer nada”. No estoy de acuerdo. Entre otras cosas, porque ese mundo occidental ha sido el espejo –y el espejismo- en el que se miraron estos países para tirar abajo sus respectivas tiranías. También, porque hay, entre muchas otras, una cosa que Occidente puede hacer: aprender. Fijar el foco en algunos artistas procedentes del Este cuya obra operó, bajo el comunismo, como un detector de represiones y que hoy, en el nuevo mundo, no se han limitado a relamerse en las antiguas censuras. Por el contrario, han mantenido entrenado su ojo crítico para percibir otras formas autoritarias, no siempre evidentes, que se renuevan en la actualidad postcomunista. Sin dejar de apuntar a la manipulación de las masas que se ejerce más allá de la violencia de los tiempos del Telón de Acero.

Son herederos de aquellos tiempos de 1989, que hicieron resplandecer lemas tales como Solidaridad, Transparencia, Reconstrucción. Palabras que operaban como una carta de navegación y que nuestras muy democráticas sociedades parecen haber enterrado junto a los escombros del Muro. El cercano Este arrastra, todavía, esos fantasmas que aparecen de vez en cuando, tan familiares como incómodos, para exigir asuntos pendientes. Para recordarnos, a fin de cuentas, que las deudas suelen acercarnos más que los sueños.

(*) Publicado originalmente en Babelia, El País, 8 de mayo, 2010.

 

Pensamientos

 Iván de la Nuez

  

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  1.  El terremoto de Haití no sólo ha devastado a un país. Ha desmantelado, también, a un Estado.
  2. El problema que confronta el humanismo –marxista, liberal, existencialista- puede reconocerse en el paso que va de lo humano a lo humanitario.
  3. En medio de lo que llamamos mundo interconectado, los hechos de estos días devuelven los vocablos a su estatuto pre-digital. Pensemos en términos como “naturaleza” o “catástrofe”. Pensemos, sin más, en la palabra “pirata”. Hoy esa palabra no designa tan sólo a los hackers, sino –como hace siglos- a un sistema organizado que secuestra barcos.
  4. Ninguna política de la seguridad será viable, durante mucho tiempo, frente una política de la desesperación.
  5. Como consecuencia de la crisis económica, se ha apostado por el fortalecimiento del Estado. Pero, ¿por cuál de sus poderes? ¿El ejecutivo? ¿El legislativo? ¿El judicial? No siempre. Ha aparecido, en el horizonte, el poder preventivo del Estado. No es de extrañar, en cualquier momento, la asignación de un ministerio de la prevención.
  6. Pese a los desaprensivos extremos, y a los ecologistas extremos, la naturaleza sigue exhibiendo una magnitud fuerte. Vale que la protejamos a ella. Vale, también, que nos protejamos de ella.
  7. Las doctrinas de la dependencia, que desembocaron en las teorías posteriores sobre las periferias, tienen un serio problema con la explosión de Brasil, Rusia, India, China o Sudáfrica (BRICS). Ya no se produce, exclusivamente, el estallido del centro a la dispersión. Ahora hay, también, una energía que se desplaza de núcleo a núcleo. De potencia a potencia. ¿De potencia nuclear a potencia nuclear?
  8. En esa línea, es pertinente repensar el altermundismo. Este empezó como una salida no gubernamental desde una izquierda sin pretensiones de gobierno. Pero ha sufrido una mutación desde aquel eslogan inicial que nos decía que “otro mundo es posible”. Lo que ha hecho el BRICS es, ni más ni menos, apropiarse de esa idea para aplicarla a la alta política. Para pasar, desde el Estado, de la geopolítica a la alterpolítica.
  9. Los conflictos contemporáneos son demasiado complejos como para dejarlos exclusivamente en manos de los cruzados. Veamos, si no, la contemporaneidad de esta frase de Engels, de su carta a Franz Mehring fechada el 14 de julio de 1893: “Si Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto, en vez de liarse con las Cruzadas, hubiesen implantado el libre-cambio, nos hubieran ahorrado cinco siglos de miseria e ignorancia”.
  10. Dado que el liberalismo no es hoy una opción, sino un sistema absoluto que nos envuelve a todos (cualquiera sea la ideología que se profese), pasa con él lo que pasa con los cruzados. Es un asunto demasiado serio como para dejarlo sólo en manos de lo liberales.

 

            (*) La imagen corresponde a una obra de Adrián Paci.