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Humano sí, error no

Iván de la Nuez

cabina

 

Siempre que ocurre un desastre, el factor humano acaba funcionando como una disculpa. Si un barco se hunde o un avión se estrella, hay algo de alivio cuando se debe a un error de las personas que están al mando. Esto es como decir que los humanos, al final, siempre son los que fallan porque el artefacto es infalible. Y que sin errores humanos el mundo sería perfecto, por la sencilla razón de que las máquinas lo son.

Es muy curiosa esta superstición, que parece olvidar que las máquinas están hechas por el hombre. Incluso un genio como Kaspárov se empeñó en derrotarlas cuando ya no tenía rival que se le resistiera. Como si Deep Blue, la máquina que acabó venciéndolo, no estuviera programada por sus congéneres.

Lo único cierto es que, de momento, nada humano le resulta ajeno a cualquier aparato que en la tierra exista. Todo esto viene a cuento por la catástrofe aérea que acaba de ocurrir en los Alpes, en el vuelo que iba de Barcelona a Dusseldorf. Una caja negra indica que el piloto sale un momento de la cabina, deja al copiloto al mando y, cuando regresa, se encuentra la puerta bloqueada. La razón es obvia: los nuevos protocolos, para impedir la entrada de secuestradores, bloquean la cabina de los pilotos y no permiten el acceso desde fuera.

El problema es que, en este caso, el peligro estaba dentro. Y que, según todas las pruebas, el copiloto decidió estrellar el avión llevándose por delante a todo el pasaje. Un suicidio con daños múltiples cuyas causas mentales recién comienzan a conocerse.

El factor humano, que sirvió a Graham Greene para escribir una de las mejores novelas de espionaje de todos los tiempos, ha servido a algunos para explicar este desastre. Una catástrofe, sin duda, humana, demasiado humana.

Es terrible lo que ha ocurrido, pero de haber sido un fallo de la máquina sería tan humano como este horror que llevó al copiloto a destruir 150 familias.

Lo peor es que, por lo que nos cuentan, esta vez ni siquiera se trata de un error. Si la catástrofe fue, como dicen los informes, “deliberada”, entonces nos encontramos ante un acierto terrible. El acto planeado por un hombre que buscaba la muerte y que no tuvo el valor de irse solo a su encuentro.

Marcador

El fin justifica los méritos

Iván de la Nuez

 

Con la expansión de la crisis, los méritos han vuelto a tener predicamento. No es para menos, habida cuenta de esas grandes masas, la mayoría jóvenes, que viven un desencuentro estructural con el mercado de trabajo. Y tampoco es para menos, habida cuenta de que el asunto no se limita al “desempleo”. Casi tan grave resulta su paliativo -el empleo precario- y que la gente, frente a la nada, acabe conformándose con lo poco.

Así funciona, hoy, este sistema.

En un presente en el que vuelve con fuerza la esencia y no la elección, la herencia y no el mérito, el apellido y no la carrera, es comprensible que la meritocracia genere ilusiones. Tanto como que, en algún lugar del imaginario colectivo, se cebe la fantasía del triunfo definitivo del talento y el esfuerzo, tan propios del self-made-man a lo anglosajón o de la feina ben feta a la catalana.

Ahí se esconde, sin embargo, una trampa; pues los méritos no son magnitudes neutras ni, desgraciadamente, están determinados por el sujeto que los atesora, sino por la autoridad que los concede. Y sí, tal vez sean más evidentes en la guerra o el deporte, pero en los mundos de la burocracia o los negocios conviene hurgar en las tinieblas para entender algo sobre ellos.

A fin de cuentas, ninguna sociedad -más si está en transición o crisis-, suele premiar aquello que la cuestiona.

Quizá por eso Adam Smith identificara, hace más de dos siglos, a los sujetos portadores de “estados impropios” –el libertador pobre, el llanero violento, la víctima o el gobernante manirroto que regala lo ajeno- como lastres para una meritocracia en la que debía prevalecer lo doméstico y lo estable. Así pues, por debajo del discurso capitalista sobre los méritos, más que la virtud se gratificaba la obediencia. Y más que residir en el arte de quebrar las normas, tal virtud se alojaba en la habilidad para usarlas.

A pesar de su exaltación de la igualdad por encima de la competencia, los países comunistas no lo hicieron mejor. De manera que su versión de la meritocracia puso el énfasis en la fidelidad –al partido, al sistema, al secretario general-, hasta el punto de convertirla en El Mérito por excelencia.

Una vez desplomado el comunismo en Europa del Este, y explayado el capitalismo de las nuevas tecnologías, la concepción del mérito sufre una mutación importante. Por una parte, tiene lugar “la era del acceso” de grandes multitudes a unas posibilidades inéditas de visibilidad y exposición de sus cualidades. Por la otra, como ha visto César Rendueles en Sociofobia, muchas veces esos méritos han sublimado el carisma antes que la formación propiamente dicha. La meritocracia de la cultura digital ha extendido la figura del iluminado solitario que, surgido de un garaje, acaba amasando millones. Al punto de que hemos terminado encumbrando a un rey (Bill Gates), canonizando a un santo (Steve Jobs) o condenando a un demonio (Kim Dotcom).

El término meritocracia surge en 1958, con el libro The Rise of Merithocracy, de Michael Young, que siempre le dio un tratamiento crítico, por no decir peyorativo, al vocablo de marras. El neoliberalismo, en cambio, ha hecho lo posible por abrillantar la palabra y no parece casual que fuera Tony Blair –rey de la tercera vía- el encargado de redimensionarla. (Algo que, por cierto, enfureció al propio Young, quien denostó la habilidad especulativa como máxima virtud de la nueva época).

Esa distorsión de Blair es una buena clave para entender, por ejemplo, el sello de las políticas culturales recientes, que difunden como mérito el hecho de que la gente se comporte como una industria en lugar de como una comunidad. En esa cuerda, el meritócrata de hoy insiste en convencernos de que el tiempo es dinero, sobre todo porque perder el tiempo es, sobre todo, perderlo con otras personas.

Conviene recuperar aquí los argumentos de Paul Lafargue o Bertrand Russell, quienes apostaron por la utilización del tiempo libre en su justo sentido. Es decir, no como la etapa de reposición de fuerzas para volver al trabajo, sino como el aprovechamiento de un periodo no sujeto a explotación. Es curioso que, tanto en El derecho a la pereza, de Lafargue, como en Elogio de la ociosidad, de Russell, encontremos una anticipación a las posibilidades libertarias de una época como la nuestra, en la que pueden romperse las barreras entre el día y la noche, días laborales y fines de semana, hogar y oficina, deber e imaginación. Los ecos de Russell nos ayudan asimismo a subvertir aquel viejo prejuicio de los ricos, “convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre”, de modo que era mejor que dedicaran la mayor cantidad de sus estúpidas horas al trabajo. (O a buscarlo).

La meritocracia aparece en la actualidad como esa dimensión en la que nuestro tiempo queda secuestrado por la competencia, como una tercera vía entre los derechos y la supervivencia. Y es que, por lo general, cuando hablamos de mérito, en realidad nos referimos a “oportunidad” (sobre todo en una sociedad en la que no impera la demanda sino la oferta, y que no tiene suficiente con la dosis; necesita a toda costa la sobredosis).

La meritocracia no puede crecer sin el miedo a la pobreza. Y si en otro tiempo llegó a mostrarse como un trampolín para ascender socialmente, ahora se parece más a un clavo ardiendo al que nos agarramos para no descender (aún más). En esa circunstancia, la meritocracia se comporta como la zanahoria que nos hace movernos en pos de algo inalcanzable. Un estímulo pavloviano por el que avanzamos, salivando, sin percatarnos de que, al final, el fin justifica los méritos.

Pentagonía de Megaupload

Iván de la Nuez

  1. Que Internet es una revolución, resulta evidente no sólo por los cambios que ha producido, sino por dos de los pilares que más embiste: la propiedad y la autoridad (o la autoría).
  2. Que, en buena medida, lo que conocemos como propiedad intelectual ha sido primero apropiación a lo largo de la historia de la cultura, es más que visible si miramos las obras de Shakespeare o Marx, Picasso y Duchamp, Nabokov o Borges.
  3. Que las (improvisadas) medidas actuales premian la propiedad y castigan la apropiación, es fácil de constatar en el anacronismo legislativo de la Ley Sinde, SOPA o PIPA, que sustentan a la desesperada actuaciones represivas como la del FBI.
  4. Que Megaupload es un monstruo de dos cabezas, es obvio si comparamos la lógica de sus usuarios –que apuestan mayoritariamente por la cultura compartida- y la lógica de sus propietarios –que apelan a estilos más burdos de enriquecimiento y celebridad.
  5. Que la manipulación de la masa anónima por parte de estos líderes o gurús sigue siendo el problema irresuelto de cualquier revolución (y el lastre más evidente que las asemeja al antiguo régimen), puede constatarse en los nuevos movimientos sociales, que tal vez por eso mismo han renegado de los líderes.

Las listas. (Refrescando un post de principios de año)

Iván de la Nuez

Ya empieza a amainar, pero llevamos varias semanas bajo una tormenta de listas. Dirimiendo los mejores libros y/o los más vendidos. Las mejores exposiciones y/o las más visitadas. Los premios de la lotería y los atletas del año (ojo, que aún no se ha votado el Balón de Oro). Esto sin olvidar las cifras del desempleo o las proporciones de las rebajas.

Vivimos sometidos a los listados (y los alistamientos). Hasta el punto de que resulta prácticamente imposible esquivar el imperativo de “listar” cualquier cosa o actividad del año que termina.

Cuando Robinson Crusoe se percató de que su estancia en la isla iba para largo, hizo una lista. Esa lista del naufrago -número uno (cómo no) en cualquier inventario que se respete en la materia- no documentaba enseres o deberes, sino la desgracia o la congratulación: lo que consideraba lamentable, dada su circunstancia, y lo que tenía que agradecer, a pesar de esta, a la Providencia. Desde entonces, los animales domésticos podemos ufanarnos de llevar dentro un Robinson cada vez que salimos al supermercado o la ferretería con nuestra hoja de ruta en el bolsillo.

Desde el código de Hammurabi, somos dados a configurar estos registros; da lo mismo que nos anime una empresa trascendente o un asunto baladí. El béisbol y el rock, tan amados por tantos, no se entienden del todo sin las listas.

La batalla entre listas electorales y listas negras definen, en buena medida, la gradación (o degradación) de la democracia. A los que han pasado por el ejército, el internado o la cárcel no le abandonan las pesadillas que reproducen, con distintas angustias, la fatídica hora del “pase de lista”.

En su ensayo ¿Qué es un autor?, Michel Foucault llegó a reivindicar las cuentas de lavandería de Nietzsche como “obra”. Y en el cuadro El número secreto de Velázquez, Salvador Dalí recreó La Meninas sustituyendo a los personajes por números. (Por cierto el 7, que aparece tres veces, representa, al mismo tiempo, a José Nieto, a Velázquez y al propio vestidor del lienzo). Una vitrina con 6.000 pastillas consiguió, en su momento, encaramar a Damien Hirst en la lista de artistas vivos más cotizados.

Las listas ordenan, en cualquier sentido de este verbo. Esto es: nos organizan y, asimismo, nos exigen cumplimiento.

Hay listas realmente curiosas; que van desde las señales de tráfico más extravagantes hasta las adicciones más increíbles. (Quien haya visto la serie Monk, podrá convenir que este maniático detective es, todo él, un compendio de fobias). A día de hoy, Facebook puede cumplimentar aquella obsesión de Roberto Carlos por tener un millón de amigos.

Es posible que algún crítico espere con euforia estas fechas para darse el gustazo de dictaminar. No es el caso del filósofo José Luis Pardo, que estalló recientemente en un artículo de El País, diario en el que lleva casi un cuarto de siglo valorando ensayos: “no hay cosa más tonta que una lista”. A Pardo le incomoda desde la cifra que suele solicitarse –“¿por qué siempre son diez?”-, hasta el contrasentido de ver a un crítico dedicado a semejante alineación: “lo esencial de la crítica es el análisis, la argumentación, a veces la ironía, siempre el matiz y hasta el tono y el timbre, mientras que quien pide una lista está pidiendo que cese toda argumentación y se deponga toda sutileza”. El artículo, quizá valga la pena mencionarlo, lleva por título Contra las listas.

Y, claro, estas también son fechas para aplicamos a las listas de buenos propósitos de cara al futuro que nos marca enero. Ahí entran gimnasios y dietas, eliminación de vicios y deudas, catálogos varios para en el buen obrar. Pero la vida es corta y la propensión al extravío es inmensa. Así que todo eso suele quedar en el escuálido guión de nuestros futuros “testamentos traicionados”.

(*) En la imagen, El número secreto de Velázquez, de Salvador Dalí.

El rehielo

Iván de la Nuez

Probablemente, no sea frente al pelotón de fusilamiento. Pero, muchos años después, algún niño de la Barcelona actual recordará el día que sus padres le llevaron a conocer el hielo. Y esa memoria se le presentará como un flash-back de la pista para patinar (o ver patinar) recién instalada en plena Plaza de Catalunya.

Bargelona. Así se llama este proyecto, que incorpora la palabra gel, “hielo” en catalán, en el nombre de la ciudad. Otra pirueta lingüística para incrementar la simpatía de lo que se conoce como “marca Barcelona”.

Si el deshielo aludió, en su momento, a una política de distensión para rebajar la bipolaridad de la guerra fría, ahora parece que entramos en una etapa de recongelación. En este tiempo maximalista que reniega de toda ambigüedad, cualquier flojera. Así que, ante unas políticas socialdemócratas calificadas de tibias, se levanta la política frapé de los conservadores.

Otro dato simbólico: la pista en cuestión se ha encaramado en el mismo sitio de las protestas recientes de indignados y el 15-M. Ahí se erigen, pues, los valores de la familia frente a los de la comuna, el ocio como contrapunto de la crítica, el pago sobre lo gratuito, la asepsia frente a la suciedad, la élite mejor que el tumulto…

El mundo feliz, en fin, frente al mundo irritado.

En el diario Público, la periodista Lucía Lijtmaer lo ha visto de este modo: “En el caso de Bargelona, que es como se ha bautizado a la mayor pista de hielo del sur de Europa, dice ser una celebración navideña a la anglosajona, con la carambola de fomentar el comercio, despolitizar la plaza y ocuparla, a su vez”.

Y mientras esto ocurre en Barcelona, al otro lado del Atlántico la revista Time -en dirección contraria a esta política gélida- acaba de elegir a los participantes en la protesta como “personaje del año” 2011 para su portada.  (Si el elegido hubiera sido un icono barcelonés como Leo Messi -que aparecía entre los candidatos para la cubierta de Time– en lugar de The protesters, las peticiones de hielo tal vez se hubieran multiplicado exponencialmente desde este lado.)

De cualquier manera, no sé qué puede ser más nocivo para los jóvenes de la contestación. Si la “licuación” del sujeto de la revuelta que nos propone Time –con hermoso retrato robot incorporado-, o la congelación del espacio público de la protesta que nos ofrece esta pista de hielo. Bien sea por su ornamento, bien sea por su lapidación, hay un destino irónico en ambas opciones.

El riesgo de la estetización de los manifestantes ha radicado, históricamente, en el hecho constatable de que los movimientos sociales suelen acabar pareciéndose a la forma con la que se les representa. El riesgo de la congelación de la plaza pública estriba, por su parte, en el hecho de que las ciudades terminan pareciéndose a sus plazas.

El comunista manifiesto

Iván de la Nuez

 

Uno. Un fantasma se cierne sobre Europa… es el fantasma del comunismo. Han pasado más de 20 años desde de la debacle del imperio soviético. Siglo y medio largo desde que Marx y Engels lanzaran esta alarma, nada más empezar el Manifiesto Comunista, la madre de todos los panfletos. Pero es precisamente ahora -cuando se da por muerto y enterrado- que el comunismo sale de ultratumba y consigue afianzar la frase en su sentido más estricto.

Si lo propio de los fantasmas, según los diccionarios, es aparecer después de la muerte, entonces no es antes del comunismo -época en la que Marx y Engels despliegan la metáfora- cuando podemos hablar, en propiedad, de ese espíritu amenazante, sino a posteriori. (A fin de cuentas, la mayor capacidad aterradora de un fantasma es post mortem).

Solo después del derribo del muro de Berlín el comunismo se ha convertido en un fantasma que recorre Europa; el espectro de un mundo muerto que insiste, con ardides muy dispares, en tirar de los pies a los que le han sobrevivido.

Ese fantasma inicia su andadura en 1989, año que cifra la caída de un PC (Partido Comunista) y el advenimiento de otro PC(Personal Computer), con la expansión de Internet y la era digital. Justo en la frontera entre el ocaso de aquellas sociedades que se decían basadas en el proletariado -el trabajo manual- y el apogeo de la época actual, determinada por el mundo virtual -¿espectral?- de la sociedad informatizada.

En la actualidad, este comunismo de baja intensidad no tiene, como en la época del antiguo PC, un baluarte estatal en el que fijar su estrategia y su meta, habida cuenta que las dictaduras del bloque soviético ya no aguardan al otro lado del telón de acero. Sí está conectado, sin embargo, a los movimientos y eslóganes que echaron abajo aquellas tiranías. Es posible percibir los ecos de la glásnost (la política de transparencia que inició el deshielo de la Unión Soviética) en Wikileaks. Las movilizaciones de los indignados evocan a Solidarnosc, el sindicato surgido en Gdansk que apeló a la solidaridad para subvertir el régimen polaco (Lech Walesa acaba de resurgir brindando su apoyo a los manifestantes de Occupy Wall Street). Y la convocatoria a refundar la democracia nos remite a la perestroika (aquella reconstrucción invocada por Gorbachov como única posibilidad de salvar el antiguo sistema).

A todo esto podemos añadir las pulsiones por la gratuidad en Internet o el impacto de las nuevas tecnologías sobre los criterios de propiedad que han regido, hasta hace muy poco, nuestro modo de vida; el despliegue de formas comunales de asociación o el renacimiento del panfleto como libro-resorte; la puesta en solfa del capitalismo o la sublimación del Este como fantasía de la cultura occidental.

Dos. En la época de eufemismos que siguió al desplome de los regímenes del campo socialista, el capitalismo, así tal cual, apenas se nombraba: nos valíamos de términos como era global, mundialización, sociedades poshistóricas, economía de mercado, mundo libre… Asimismo, y puesto que el comunismo había quedado bajo los escombros del Muro y de su propia historia represiva, las alternativas críticas preferían calificarse como antisistema, antiglobalización y un largo anti-todo hasta arribar al estatuto de indignados.

Pero esos eufemismos ya han rebasado, con creces, su fecha de caducidad. Y es, en semejante circunstancia, cuando emergen con intensidad estos indicios que alternan el comunismo primitivo y la democracia participativa, el socialismo utópico y la autogestión colectiva, las pulsiones igualitarias y las posibilidades totalitarias.

Tan lejos del PCUS y tan cerca de Blanchot, estos usos comunistas parecen devolver la palabra maldita a su semántica primigenia: “comunismo”, afirmaba el escritor francés, no es otra cosa que “crear comunidad”. En esa cuerda, aparecen pensadores como Ranciere o Badiou, Groys o Jean-Luc Nancy. (Una antología, Democracia en suspenso, editada por La Fabrique, en Francia, y por Casus Belli, en España, aborda el asunto desde esta perspectiva).

Tal vez por todo esto, el más extravagante de los autores neocomunistas, Slavoj Zizek, ha intentado rebajar la tensión a los manifestantes de Occupy Wall Street: “¡No somos comunistas!”. Así habló desde su tribuna.

Si bien estos destellos comunistas, ya lo hemos visto, no tienen como referentes a los regímenes de corte soviético (ni al actual modelo chino o los comunismos periféricos supervivientes a 1989: Vietnam, Cuba, Corea del Norte), se da el caso de que tampoco pueden mirar hacia la socialdemocracia (el Estado de bienestar ha sido el segundo damnificado en la escala de demoliciones posteriores al derrumbe del Muro). Es más, crece la sensación de que la socialdemocracia solo funcionó, en la guerra fría, como un capitalismo de rostro humano para enfrentar al sistema comunista, de modo que ahora resulta innecesaria.

Más bien, las sociedades occidentales parecen vivir, a nivel doméstico, lo que hace un par de décadas se concebía como un conflicto geopolítico. Tratamos con una segunda guerra fría en la que ni el Estado puede realizar su dominio en la sociedad, ni la sociedad quiere realizar su alternativa en el Estado. Cada parte juega en su campo y su único punto de encuentro no son las instituciones políticas sino el mercado. Un mercado que, dicho sea de paso, es salvado, pero no intervenido, por sus garantes; y es utilizado, pero no demolido, por sus críticos. Un mercado que ha roto su binomio con la democracia como el tándem idóneo del liberalismo.

Tres. Más que como un fantasma, durante los primeros años de la posguerra fría el comunismo sobrevoló Occidente como un zombi. Derrotado en lo político, se refugió de forma paulatina en una cierta rentabilidad estética. Con su aura de mundo perdido y exótico, fue ganando terreno en centenares de exposiciones, películas, libros, publicidades varias, hasta el punto de convertirse en una especie de parque temático de Occidente; el museo virtual dedicado a un antiguo enemigo por redescubrir. Todo ello forjó un género cultural que he llamado Eastern (con subgénero incluido, como la Ostalgia).

Pero ya no se trata de una exposición, un thriller de espías, un boom editorial, o la expansión del Este como gran plató de un Hollywood que parece haber transitado desde la caza de brujas hasta el embeleso. Todo eso forma parte del qué y de la estética. Ahora lidiamos con un fenómeno más complejo que forma parte del cómo y de la política.

Quizá valga la pena añadir que esta “presencia” del fantasma comunista no nos sobrevuela exclusivamente desde el horizonte de la izquierda. Algunos de nuestros derechistas más insignes provienen del marxismo y aun el estalinismo. Sin entrar en los censores menores que han actuado en nombre de ambas causas, es pertinente recordar que un politburó como Borís Yeltsin encaminó a Rusia hacia el neoliberalismo o un KGB como Putin conduce hoy los destinos de ese mismo país en el tiempo de los oligarcas. Mientras, China expande, all over the world, un modelo siniestro que mezcla el partido único con el estalinismo de mercado que marca la pauta de estos tiempos.

En un escenario como este, ya no parece demasiado hiperbólica aquella frase de Vázquez Montalbán, avisando de que la batalla final sería entre comunistas y excomunistas.

El capitalismo contemporáneo no puede garantizar los principios inscritos en su fundamento: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y la alternativa no está, desde luego, en las dictaduras comunistas que se vinieron abajo por el peso de su propia ignominia. Ahora bien, hay algo pendiente en la tríada disidente que hizo posible su demolición. Transparencia, Solidaridad, Reconstrucción constituyen un espectro plausible que hoy “se cierne sobre Europa” como recordatorio y, asimismo, como hoja de ruta.

Para la izquierda de toda la vida esto es, obviamente, un problema, pues siempre ha preferido maquillar el Gulag a escuchar a la disidencia al comunismo. Para la derecha de toda la vida, es indigerible que la alternativa a nuestra crisis provenga del “más allá”, de aquellos derrotados doblemente por la guerra fría que no han visto cumplidas sus demandas en nuestras democracias menguantes. Para unos, es una ironía. Para los otros, una deuda.

(*) Publicado originalmente en El País, el 11-11-11. La imagen es de Lázaro Saavedra.

El espectáculo de la democracia (reloaded)

Iván de la Nuez

 

En España acaba de comenzar la campaña electoral, así que conviene abrocharse los cinturones. Nunca está de más cualquier precaución ante unas promesas hechas desde el exceso de velocidad y con muy altas probabilidades de estrellarse al mínimo roce con la realidad. Dado el caso de que estas elecciones no tienen posibilidades objetivas de sorpresa, los políticos podrían hacer un gesto solidario y suspender los fastos opulentos de la contienda.

Una web, un programa, y a votar (o no votar). ¿A qué más?

Si la guerra era, en los tiempos de Clausewitz, la continuación de la política por otros medios, las campañas de hoy demuestran que la política es, en sí misma, el medio. Un canal adecuado para alcanzar todo lo demás: desde una posición económica hasta una estrategia artística.

Las campañas electorales representan una fábula que infantiliza la vida ciudadana, escrita con la más obvia de las prosas, y en la que no faltan ni el suspense intermedio ni la moraleja final.

Esta semana, en el suplemento Culturas, de La Vanguardia, Jorge Carrión diseccionaba, a propósito de este asunto, el modo en que el cine, la televisión o los cómics se aproximan “al gran fenómeno político de los sistemas democráticos”: las elecciones. Estirándose en el tiempo, desde Afrodita hasta Obama, Carrión recorre novelas de Norman Mailer o Gore Vidal, series televisivas como El ala oeste de la Casa Blanca o Shields, héroes de ficción que van desde Superman o Lex Luthor hasta el Capitán America o Thor. Tampoco olvida, en su abarcador reportaje, las performances electorales de personajes ajenos a la política que, sin embargo, se han presentado alguna vez a las contiendas desde unas candidaturas, digámoslo así, extravagantes, caso de Macedonio Fernández o Superbarrio. La clave española pasa por Miguel Delibes o Eduardo Mendoza, sin olvidar esa infinita serie televisiva que responde al título de Cuéntame.

Todo esto me ha hecho recordar, una vez más, el proyecto Spots electorales: El espectáculo de la democracia, que realizaron Fito Rodríguez y Jorge Luis Marzo en 2008. Un programa que era al mismo tiempo exposición, libro y recopilación de unas trescientas campañas políticas de televisión, realizadas en casi todo el mundo a partir de 1989. Asumidos por ambos como una especie de género de las artes visuales o un capítulo del media art, Rodríguez y Marzo sugieren que los spots son, para la democracia, lo mismo que la pintura del realismo socialista para el comunismo soviético o las películas de Leni Riefenstahl para el fascismo: una estrategia visual (y acrítica) para ensalzar la política (y los políticos).

Esto, desde luego, no quiere decir que un spot sea incapaz de alojar una crítica, lo que nunca aloja es una autocrítica. Todo su artillería se dirige a los adversarios, solazándose en el viejo consuelo de Sartre según el cual “el infierno son los otros”.

Si Marx dijo: “sigue la mercancía”, para entender el capitalismo, hoy es factible la siguiente receta: “sigue el spot“, para comprender la franja pueril de la política. Si un spot comercial miente de antemano porque su producto, cualquiera que sea (desde una lata de ketchup hasta un Mercedes), se construye desde una mentira económica, un spot electoral miente de antemano porque el suyo se construye desde una falsedad política. Todo lo máximo que llega a construir es un cierto tipo de realidad hipotética. Pero las realidades casi siempre hacen perder las elecciones, del mismo modo que la verdad casi nunca consigue ganarlas.

Cultura y 15-M. Una encuesta

Iván de la Nuez

En su edición del pasado 19 de agosto, el diario Público dio a conocer un amplio reportaje sobre el impacto del 15-M en la cultura y en la futura política cultural española. El periodista Jesús Miguel Marcos lo acompañó con una encuesta en la que el filósofo Javier Gomá, el curator Rafael Doctor y este servidor respondíamos a las mismas preguntas. Estas tenían como punto de partida las propuestas elaboradas por la asamblea de cultura de Plaça de Catalunya. El reportaje salió publicado en la edición de papel, pero no en la digital, de modo que mucha gente no pudo verlo. Por sugerencia de algunos amigos, publico aquí mis respuestas de entonces.

1. ¿Qué valoración general haces de estas propuestas?

Mi valoración es muy positiva. La comisión demuestra conocimiento, saber hacer y una idea de lo público que va mas allá de lo meramente estatal. Me parecen propuestas bien pensadas, con argumentos sólidos, hechas por gente de largo recorrido en el ámbito cultural. Nada que ver con la imagen improvisada o desaprensiva que algunos han divulgado.

2. ¿Son reivindicaciones realizables, posibles?

Son reivindicaciones perfectamente realizables pero ahora mismo imposibles. La cultura era prácticamente el último reducto de la socialdemocracia y eso ha terminado. De hecho, el documento parece situarse en un horizonte en el que los recortes serían evitables pero la realidad es otra. Es sobre el desmantelamiento de lo público en el que se situará la cultura y no en la posibilidad de evitarlo. De manera que las instituciones públicas que continúen, tanto como las iniciativas privadas que se planteen lo público en un futuro inmediato, lo harán bajo un cierto hálito de resistencia a esta tendencia. También veremos aparecer un sistema cultural orgánico surgido de la privatización.

3. ¿Qué propuesta te parece especialmente necesaria o urgente y por qué?

Todas las que apunten a un estatuto jurídico: bien sea para derogar o para establecer leyes.

4. ¿En qué propuesta no estás de acuerdo?

Más que una propuesta concreta, me cruje una cierta atmósfera igualitaria. No todas las instituciones -sean privadas o públicas- son iguales. Como no todos los creadores son iguales. Afortunadamente, la cultura no es un western maniqueísta entre buenos y malos. Funciona también sobre la disensión, enfrentamientos muy arduos y vanidades extremas. Incluso en aquellos que pregonan las mejores causas. A veces sobre todo en ellos.

5. ¿Qué echas de menos en este documento?

Un énfasis mayor en la palabra talento.

 

(*) En la imagen: acciongrafika15m.blogspot.com

Houellebecq: arte y literatura, mapa y territorio

Iván de la Nuez

Hay una disyuntiva poderosa que puede explicar la diferencia entre la crítica de arte y la narrativa sobre el arte. Y es que, si bien la primera suele descansar en el currículum, la segunda necesita escarbar en la biografía. Una tiende a absolutizar los honores. La otra “vive”, por así decirlo, de un material más escabroso. El currículum —para cumplir sus objetivos— vela; la biografía, si es honesta, desnuda. Frente a la asepsia profesional del currículum, se levantan los vicios y obsesiones, vanidades y rencores, que pueblan esa novela del arte que no ha parado de crecer en los últimos años.

Esa disyuntiva ocupa —de muchas maneras— la última novela de Michel Houellebecq aunque no es, por supuesto, la única. Desde el mismo título —El mapa y el territorio— el libro va acopiando otras tensiones, como las que enfrentan la juventud y la vejez, el deseo y la realidad, la ciudad y el campo, la trascendencia y la muerte…

Estos temas ya eran perceptibles en Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales o incluso en sus ensayos y misceláneas. Pero por lo que respecta al arte contemporáneo como tema literario, El mapa y el territorio excava a conciencia un campo que ha conocido una verdadera “ampliación” en los últimos años.

Jed Martin ha alcanzado un éxito imprevisto —casi fortuito— con sus fotografías basadas en los paisajes de carretera de la Guía Michelin. Una vez fatigado este camino, decide experimentar un cambio absoluto. En un giro prácticamente anacrónico, regresa a la pintura y, en particular, al retrato. Pese a abandonar su fórmula, nada le impide reproducir su éxito. Tampoco la multiplicación de un vacío que le tienta, cada vez más, a descolgarse de todo lo que rodea a ese mundo.

Conviene anotar la constelación que rota alrededor del protagonista Martin: la amante rusa Olga y el padre moribundo, el galerista Franz y Michel Houellebecq —que aparece como personaje de su propia novela…

Tales personajes —en particular, artista y escritor— van dejando señales diversas que, en apariencia, son las que el Houellebecq narrador necesita dejar sobre sí mismo, su propio arte o una filosofía de vida, todo lo cual resultará sorprendente para más de un lector.

Así, se desgranan una curiosa reivindicación del socialismo utópico o el rechazo a Le Corbusier; la crítica a estrellas comerciales del arte —Jeff Koons y Damien Hirst— o el sueño de una arquitectura “humana”; la nostalgia por una vida bucólica y el fatigoso protocolo del éxito.

(Las encrucijadas de estas tramas parecen cuadros de un artista de retaguardia como Mark Tansey: una muestra abajo).

Si faltaba un clímax aún más intenso que el de la novela, lo tenemos en las noticias recientes que alertan sobre la desaparición de Houellebecq (tanto del mapa como del territorio). Se dice que no contesta al teléfono y que no se ha presentado en algunas ciudades donde tenía pactada la promoción de su libro. Se especula con la depresión y el secuestro. Con la desaparición voluntaria y hasta con la muerte. Con la mano propia y con el brazo de Al Qaeda.

Alguien lo ha visto corriendo por Nueva York…

Para cualquiera de estas posibilidades —deseemos que al final haya sucedido la menos terrible— la novela deja pistas que adquieren dimensión testamentaria. Algo de legado sobre la irresoluble contradicción de esta cultura hecha a la escala de unos mapas que sobrepasan a los territorios. Y unas vidas hechas a la escala de esos territorios.

Bin Laden, Fontcuberta, Ai Wei Wei: ausencia, exceso y petrificación de la imagen

Iván de la Nuez


 

En la semana que ha continuado la polémica sobre el cuerpo no visto de Osama Bin Laden, se ha certificado otra ausencia: la del artista chino Ai Wei Wei en sus próximas exposiciones en Londres. Parte de la opinión publicada habla de la necesidad del cuerpo vivo de Bin Laden para que este pudiera juzgarse. En el caso de Ai Wei Wei, se requiere su presencia, ante todo, para que este pueda ser defendido.

En esas estamos cuando Joan Fontcuberta se ha decidido a publicar, en el suplemento Culturas, de La Vanguardia, su “manifiesto post-fotográfico”. En él, va diseccionando los distintos usos de la fotografía y los gajes de un oficio, el de fotógrafo, que considera próximo a desaparecer. Aunque, curiosamente, no por su extinción sino por su proliferación.

La transformación de la fotografía en un hobby; y de la cámara en un apéndice prácticamente humano (incluso inhumano, ya hay mascotas que tiran fotos), ha generado una mutación sin precedentes en la fotografía y en las imágenes mediante las cuales hoy narramos el mundo.

“Probablemente”, abunda Fontcuberta, “hoy Alonso Quijano no enloquecería en las bibliotecas devorando novelas de caballería sino absorto frente a la pantalla calidoscópica del ordenador”.

Una de las piezas que Ai Wei Wei expondrá en la Lisson Gallery consigue sin embargo un quiebro en esa apoteosis de la fotografía. Cámara de vigilancia (así su título) está concebida como una escultura de mármol. Esa condición marmórea del objeto es todo un contraste con la debilidad del vigilado; la presencia pétrea de la escultura con la ausencia del artista. La cámara, aquí, ya no funciona como una prótesis de nuestro organismo, sino como objeto escultórico de veneración estética, un fetiche listo para el mercado de arte.

Que en este mundo atiborrado de imágenes se nos escamotee la foto final del terrorista no deja de ser una paradoja, como lo es el hecho de que ese mundo contemple —es un decir— como un evento lógico el secuestro del artista.

Un momento curioso en el que la catarata de imágenes acaba escondiendo las vidas y las muertes que se supone deberían narrar.