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Réquiem por un quiosco

Iván de la Nuez

 

La historia comienza con la Era Digital, la transformación tecnológica y la consiguiente crisis de los diarios en papel. Acto seguido, empiezan a cerrar periódicos y, en consecuencia, se van a la calle centenares de periodistas. La historia continúa con la obsolescencia de las infraestructuras, incluida la deuda de unos edificios que ahora sólo parecen acumular chatarra. Así que toca el turno a otros trabajadores de la prensa –desde los talleres hasta el transporte- que hacían posible, en los viejos tiempos, que a primera hora leyéramos en papel nuestro medio favorito.

Con todo eso en caída libre, el desplome de los quioscos sólo fue cuestión de tiempo. Y eso que hay barrios, como el mío, en los que ese quiosco no era sólo un lugar para vender y comprar la prensa. Era el pivote entre vecinos que comentaban la política o las subidas de los precios, las cuitas del gobierno o sus problemas de salud, los fallecidos recientes o el éxito de los hijos en sus estudios.

El quiosco era el meeting point del barrio, un pequeño bazar a escala humana y una red social de la era predigital.

Ayer compré por última vez el diario en el último quiosco que quedaba en pie de mi calle. La consternación del matrimonio que lo regentaba amargó el domingo. Nadie va a comprar o asumir el traspaso. Así que, durante un tiempo, el quiosco cerrado quedará como un tótem plantado en la Avinguda del Jordà; una escultura pública emplazada como evocación de nuestra antigüedad de papel.

(*) Publicado en ElDiario.esFotografía de Manuel Castillo, Asociación de Vecinos de Sant Genís dels Agudells.

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Capitalismo y limusinas

Iván de la Nuez

David Cronenberg ha estrenado por aquí su película Cosmópolis, en la que sigue el viaje en limusina de Eric Packer -un tiburón de las altas finanzas- a través de Manhattan con el único objetivo de llegar a su barbero.

La asepsia del vehículo contrasta, claro está, con el caos que tiene lugar más allá de sus protegidos cristales. ¿Una metáfora de la crisis financiera? El director lo niega con firmeza, echando mano de una secuencia que, en principio, debería disipar cualquier duda. Sostiene el director de Videodrome, La mosca o Una historia de violencia que el guión de Cosmópolis fue escrito hace tres años. Por si fuera poco, está basado en la novela homónima que Don Delillo publicó hace más de una década.

Imposible, entonces, que se trate de una obra sobre esta crisis de ahora. Si así fuera, Delillo podría ser confirmado como un Julio Verne posmoderno, un practicante de la literatura de anticipación (en este caso financiera).

También cabría otra interpretación: que esta crisis es más larga de lo que convenimos, producto de codicias más antiguas y, por lo tanto, no es difícil que Delillo la avistara nada más empezar el siglo. La prueba es que, aunque Cronenberg no lo mencione, hay otros antecedentes con argumentos similares a Cosmópolis. En su ensayo La anarquía que viene, publicado en 1994, Robert Kaplan –un defensor a ultranza del liberalismo- también utilizó la alusión a un paseo en limusina para explicar el entonces pujante capitalismo global y, de paso, la democracia posterior a la Guerra Fría.

¿Merecen la democracia todos los países?, se preguntaba Kaplan. Y su respuesta no podía ser más categórica: la democracia es, apenas, un accidente “occidental”, una superstición etnocéntrica y, en el caso de los países de Asia, África e incluso América Latina, una extravagancia.

Ante la anarquía prevista en 1994 (esa bajo la que hoy vivimos), Kaplan optaba por las dictaduras “benignas” de esos años. Así, Turquía, Perú o China (capaces de garantizar el crecimiento económico y la estabilidad política), le parecían preferibles a las precarias democracias de otros países por entonces “ingobernables” (Rusia, Nigeria, Colombia), en los que el caos se había adueñado de la situación.

Lo curioso es que, para sus predicciones, Kaplan se había apropiado de una parábola de Homer Dixon, un neomalthusiano, que ¡también! utilizó la limusina para construirse una imagen del mundo.

Para ambos –Dixon y Kaplan-, la diferencia entre la limusina y los barrios por los que esta se desplazaba es la misma que encontramos entre el mundo desarrollado y los otros mundos, entre los países que merecen subirse a la democracia y los países que no pueden sentarse en ella.

Tanto el broker de Delillo y Cronenberg, como el ultraliberal de Dixon y Kaplan, practican un darwinismo financiero que da por “natural” el hecho de que unos vivan en el lujo y otros en el desahucio.

No es casual, pues, que viajen en limusinas; esos artefactos que casi siempre consiguen evitar la contaminación, aunque no siempre el tráfico.

Ruinas de la antigüedad económica

Iván de la Nuez

En medio del crack (económico) del 29, Sergei Eisenstein se reunió con James Joyce en París. Su intención, más o menos oculta, era incorporar al autor del Ulises como guionista de su proyecto más ambicioso: filmar El Capital de Marx. Eisenstein vislumbraba esta película como la única aventura capaz de hacerle superar la “discordia entre el lenguaje de la lógica y el lenguaje de la imaginación”.

El proyecto nunca llegó a materializarse, y Eisenstein murió en 1948 sin la obra que, según él, estaba llamada a completar su ciclo creativo.

Casi ochenta años más tarde (2008), ya certificada la crisis actual, Alexander Kluge presentó Noticias de la antigüedad ideológica, una película de casi diez horas, distribuida en dvd por la editorial Surkhamp.

Bajo los efectos de esta debacle, Kluge consiguió realizar el sueño del director soviético, “filmar El Capital”, y de paso rendir homenaje a los tres implicados en el proyecto original: Eisenstein, Marx y Joyce.

Noticias… pone sobre el tapete esa verdad que se nos ha venido vendiendo acerca de la ideología. Esa que nos dice que no es una u otra ideología la que se ha quedado antigua, sino que la ideología, toda ella –¿todas ellas?- es una “antigüedad”, una pieza de museo y, en fin, una ruina.

Tal vez por eso mismo es que La Ruina Griega va sustituyendo a las ruinas griegas en el imaginario de Occidente. Una ruina que es todo presente, una erosión contemporánea que no necesita el paso de los siglos para alcanzar su estatus.

Estas devastaciones pueden llegar a convertirse en obras “que se hacen a sí mismas”–como le gustaba a Nietzsche que fueran las obras de arte.  No requieren, entonces, tanto de una “construcción” como de un registro. Demandan una arqueología antes que una estética.

Las fotografías con las que Ramón Williams lleva algunos años dando “noticia” de nuestra antigüedad económica arrastran algo de eso. Son una batida en el paisaje de este presente remoto por el que caminamos, instalados en el convencimiento de su normalidad.

(*) Las piezas de Ramón Williams: Anuncio político no pagado (2011); Palm and Rider (2012); White Out (2011); y Kingsway (2012).

Eufemocracia

Iván la Nuez

 

La democracia atraviesa un momento delicado y menguante. Parece ceñirse, casi de manera exclusiva, a las campañas electorales y a su consecuencia más inmediata: el voto. Y parece columpiarse, sin más, entre las promesas previas de esas campañas y las traiciones posteriores a ese voto.

De hecho, comienza a hablarse con cierta indulgencia de estados posdemocráticos. Sólo que, a pesar del prefijo, esta situación en la que nos vamos instalando no describe un estadio posterior de la democracia sino una situación lateral. No es que venga después, es que se ha “echado a un lado”. Sobrevive en una esquina donde ha pasado a ocupar, cada vez más, un lugar marginal de la política; no digamos ya de la economía.

Muchas veces estamos obligados a encontrarla o concedérnosla en otros sitios. Internet, por ejemplo. Un campo creciente para la denuncia, la exigencia de derechos o la puesta en marcha de iniciativas ciudadanas. Y también, como ha alertado Paul Virilio, un espacio propicio para los espejismos, donde tiene lugar la eclosión de esa “democracia emocional” en la que decimos y nos decimos de todo, pero arreglamos y nos arreglamos muy poco.

La posdemocracia califica ese momento en que la democracia, además, debe lidiar –y no siempre en igualdad de condiciones- con otras “cracias” pujantes que le ganan terreno y construyen los planos de la política actual.

Desde la “Cleptocracia” (poder organizado de robo y desfalco del Estado) hasta la “Petrocracia” (basada en el poder del petróleo). Desde la “Quirocracia” (el imperativo social, y enorme negocio, de la cirugía estética) hasta la Narcocracia (ese poder del narcotráfico que no puede circunscribirse a un asunto delictivo y abarca horizontes políticos e incluso geopolíticos). Desde la “Aristocracia” (mantenida todavía con todos sus privilegios en buena parte de Europa) hasta la “Ladrillocracia” (poder alcanzado por la especulación del suelo y sus respectivas burbujas inmobiliarias). Todo esto sin olvidar, en la red, el apogeo de la “Anonimocracia” (que va desde el acto de justicia o venganza de los que no tienen “nombre” hasta los trolls) o el declive de la “Meritocracia” (en otros tiempos reverenciada como medida de progreso en cualquier sociedad liberal).

Sé que muchos de estos términos no están aceptados por la Academia de la Lengua, aunque eso no quiere decir que no existan, crezcan y nos estrangulen sin necesidad de pasar por el diccionario. Académicas o no, estas y muchas otras “cracias” han conseguido escorar a la democracia en un rincón desde el que no podrá salir con facilidad.

En Europa –que hoy puede ser definida, por contracción, como el territorio del Euro-, las recientes intervenciones de Irlanda, Portugal, Grecia o España por parte de un organismo supranacional muy parecido a Alemania nos hablan de una estrategia dibujada para que esos Estados funcionen como la bisagra perfecta de su propio suicidio. Con medidas extremas tomadas fuera de toda consulta y en nombre de la “Bancocracia”, a la que sí hay que salvar a toda costa.

Estas intervenciones han resuelto de un plumazo el antiguo conflicto entre Estado y Mercado. Hasta hace muy poco, podíamos alistarnos en el Estado regulador (en la línea de Keynes) o en el Mercado des-regulador (a la manera de un Friedman). Ahora, se ha conseguido el punto de éxtasis perfecto de un Mercado que regula al Estado, asumiendo parte de sus funciones, para devorarlo más tarde. (Y aprovechando, de paso, todas y cada una de sus agencias, incluidas las represivas). Un Estado que ejerce como notario de su propia caída.

A esas ingerencias se les llama “rescate”, “medidas de cohesión” o, directamente, “salvaciones”. Como a Europa le llamamos “La Zona Euro”, nombre que parece un mix entre Tarkovsky y un capítulo de Lost. Frases todas por las que, en el futuro, tal vez esta sea conocida como la Era de la Eufemocracia.

(*) Este post está encabezado por un dibujo de Miguel Brieva

Rescatar y titular

Iván de la Nuez

El País: “Rescate a España”

El Mundo: “Rescate a la banca de hasta 100.000 millones sin condiciones al gobierno”

La Vanguardia: “España pide a Europa que rescate a su sistema financiero”

Público: “Rescate bancario”

ABC: “Rescate financiero”

La Razón: “Hemos pedido apoyo financiero para los bancos, no un rescate”

Libertad Digital: De Guindos niega que sea un recate: ‘Es un apoyo financiero'”

El Huffington Post: “Rescatados”

El Periódico de Catalunya: “Rescate a la española”

BBC (en español): “España pide un rescate, pero no aceptará exigencias macroeconómicas”

The New York Times: “Spain to Seek Europe’s Help in Rescuing Ailing Banks”

The Washington Post: Spain to seek bailout of banks from  euro zone”

(*) Estos titulares aparecieron justo después de la comparecencia del ministro de Economía, Luis de Guindos, ante la prensa.

Tacones al borde de un ataque de nervios

Iván de la Nuez

 

Cerrado el blog

El espectáculo de la democracia (reloaded)

Iván de la Nuez

 

En España acaba de comenzar la campaña electoral, así que conviene abrocharse los cinturones. Nunca está de más cualquier precaución ante unas promesas hechas desde el exceso de velocidad y con muy altas probabilidades de estrellarse al mínimo roce con la realidad. Dado el caso de que estas elecciones no tienen posibilidades objetivas de sorpresa, los políticos podrían hacer un gesto solidario y suspender los fastos opulentos de la contienda.

Una web, un programa, y a votar (o no votar). ¿A qué más?

Si la guerra era, en los tiempos de Clausewitz, la continuación de la política por otros medios, las campañas de hoy demuestran que la política es, en sí misma, el medio. Un canal adecuado para alcanzar todo lo demás: desde una posición económica hasta una estrategia artística.

Las campañas electorales representan una fábula que infantiliza la vida ciudadana, escrita con la más obvia de las prosas, y en la que no faltan ni el suspense intermedio ni la moraleja final.

Esta semana, en el suplemento Culturas, de La Vanguardia, Jorge Carrión diseccionaba, a propósito de este asunto, el modo en que el cine, la televisión o los cómics se aproximan “al gran fenómeno político de los sistemas democráticos”: las elecciones. Estirándose en el tiempo, desde Afrodita hasta Obama, Carrión recorre novelas de Norman Mailer o Gore Vidal, series televisivas como El ala oeste de la Casa Blanca o Shields, héroes de ficción que van desde Superman o Lex Luthor hasta el Capitán America o Thor. Tampoco olvida, en su abarcador reportaje, las performances electorales de personajes ajenos a la política que, sin embargo, se han presentado alguna vez a las contiendas desde unas candidaturas, digámoslo así, extravagantes, caso de Macedonio Fernández o Superbarrio. La clave española pasa por Miguel Delibes o Eduardo Mendoza, sin olvidar esa infinita serie televisiva que responde al título de Cuéntame.

Todo esto me ha hecho recordar, una vez más, el proyecto Spots electorales: El espectáculo de la democracia, que realizaron Fito Rodríguez y Jorge Luis Marzo en 2008. Un programa que era al mismo tiempo exposición, libro y recopilación de unas trescientas campañas políticas de televisión, realizadas en casi todo el mundo a partir de 1989. Asumidos por ambos como una especie de género de las artes visuales o un capítulo del media art, Rodríguez y Marzo sugieren que los spots son, para la democracia, lo mismo que la pintura del realismo socialista para el comunismo soviético o las películas de Leni Riefenstahl para el fascismo: una estrategia visual (y acrítica) para ensalzar la política (y los políticos).

Esto, desde luego, no quiere decir que un spot sea incapaz de alojar una crítica, lo que nunca aloja es una autocrítica. Todo su artillería se dirige a los adversarios, solazándose en el viejo consuelo de Sartre según el cual “el infierno son los otros”.

Si Marx dijo: “sigue la mercancía”, para entender el capitalismo, hoy es factible la siguiente receta: “sigue el spot“, para comprender la franja pueril de la política. Si un spot comercial miente de antemano porque su producto, cualquiera que sea (desde una lata de ketchup hasta un Mercedes), se construye desde una mentira económica, un spot electoral miente de antemano porque el suyo se construye desde una falsedad política. Todo lo máximo que llega a construir es un cierto tipo de realidad hipotética. Pero las realidades casi siempre hacen perder las elecciones, del mismo modo que la verdad casi nunca consigue ganarlas.

Weber o siesta

Iván de la Nuez

 

La reivindicación empezó por el director cinematográfico Jean-Luc Godard. Acto seguido, el artista Santiago Auserón recogió el guante e insistió sobre el tema. Más tarde, un artículo del filósofo Xavier Antich le dio otra vuelta de tuerca. Y, por si quedara alguna duda, Josep Massot abordó la cuestión en un largo reportaje publicado en La Vanguardia.

¿De qué estamos hablando?

Pues, de algo así como el mundo al revés. De la deuda que tiene Occidente, el presente, la civilización toda, con Grecia.

Estos recordatorios no sobran. Sobre todo en estos días, en los que ese país mediterráneo –la “cuna de la civilización occidental”- es tratado como un Estado paria, portador de la peste que hará crujir el modelo económico que compacta Europa, diana favorita de ese eje franco-alemán que se reedita cada cierto tiempo para imponer las normas.

Escuchando o leyendo al cineasta, el músico, el filósofo o el periodista, podemos imaginar algunas preguntas. ¿Cuantas “SGAE” harían falta para gestionar los derechos de autor que tendríamos que pagar a los griegos por haber inventado la lógica? ¿Cuántos conceptos –grandes y pequeños, trascendentales o cotidianos- manejamos diariamente gracias a ellos? ¿Quién debe más a quién?

De todo esto da cuenta el reportaje de Massot, que aborda, desde la Antigüedad, “lo que Europa debe a Atenas”. Empezando por el mismo término en disputa -“Economía”-, que hoy lo gobierna todo; y terminando por “Democracia”, que hoy parece difuminarse, el repertorio de deudas que tenemos con los griegos es casi infinito.

Antich, por ejemplo, se extiende sobre una frase cotidiana legada por Aristóteles: por lo tanto. “Usamos este término millones de veces cuando tomamos nuestras decisiones más importantes. ¿Es hora de que empecemos a pagar por ello? Cada vez que usemos la expresión por lo tanto pagaremos diez euros a Grecia, y así la crisis se acabará en un día y los griegos no tendrán que vender el Partenón a los alemanes”.

Es obvio que estos autores conocen con diversa profundidad la historia de la filosofía. Y sé que no les resulta ajena la alerta de Foucault sobre el peligro de remitir cualquier problema a la virtud luminosa de su origen en lugar de tratarlo “en el juego de su instancia”. No es la voz de Platón la que se deja escuchar en las políticas corruptas de Papandreu. Ni Aristóteles ilumina –no del todo- la codicia de su tocayo Onassis. Tampoco Goethe resplandece en Merkel ni Voltaire en Zarkozy.

Dicho esto, me parece que lo expuesto por unos y otros no está lejos de nuestra crítica actualidad, ni asentado exclusivamente en algún trono de la mitología.

Así, Santiago Auserón ha puesto sobre la mesa la desconexión palpable entre el norte y el sur, entre lo anglosajón y lo mediterráneo, entre la cultura del deber y la cultura del placer. Esas dos velocidades marcan el destino de una Europa que se construyó entre la posibilidad de una moneda única y la imposibilidad de una forma única de asumir la vida. La siesta y el espíritu protestante, lo pagano y lo sagrado, Weber y beber han sido, a la larga, elementos más difíciles de cotejar que la alianza de las civilizaciones. El “choque” estaba aquí mismo, en la propia Europa. En el mismo corazón de Occidente.

(*) En la imagen, interior del museo de Pérgamo, en Berlín.

Tranquilizando a los mercados

Iván de la Nuez

Hay frases inverosímiles que, sin embargo, están asumidas como “normales”. Y no sólo porque las diga cualquiera en cualquier esquina. También son pronunciadas por gente que gobierna parte de nuestros destinos.
Hoy muy temprano en la radio, sin ir más lejos.
Escucho a una ministra que siempre me ha caído bien –es sobria y una autoridad en su materia; no empezó a comprarse su atuendo con el cargo y no vocifera- y me quedo atónito.
“Debemos evitar el ataque de los mercados”. “Hay que esperar a que los mercados se tranquilicen”.
Cosas de este tipo…
Como si fuera normal esa especie de corporeidad en un ente del que casi nada sabemos -¿cuánta gente entiende la bolsa?- pero que amenaza cada uno de nuestros pasos. Ahí está El Mercado: un monstruo al acecho al que es mejor no provocar.
Es Godzilla y el Velocirráptor.
Y hay que temerle. Hacerle caricias. No incordiarlo. Ofrecerle un relajante.
Caigo, finalmente, en la cuenta de que el error es mío. Quizá es este el lenguaje adecuado para tratar con “eso”. De momento, los gobiernos lo han aprendido.