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Pasado, presente y futuro del mono desnudo

Iván de la Nuez

BRIEVA

Este miércoles, 7 de junio, presentamos La gran aventura humana. (Pasado, presente y futuro del mono desnudo) con su autor: Miguel Brieva.

Vestidos, creo.

Será en La Central del Raval, a las 19.00 horas.

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Rapeando “El Capital”

Iván de la Nuez

 

En este vídeo, el actor esloveno Klemen Slakonja se caracteriza como su paisano, el filósofo Slavoj Zizek, y “rapea” algunas de las obsesiones de este controvertido teórico marxista. Así, desgrana sus críticas a la oligarquía y su denuncia de la injusticia social, el impacto de los medios de comunicación y de la cultura de masas, el estado del mundo y una solución radical que ya se vislumbra desde el mismo título: “Cut The Balls”.

Con un punto delirante, y una música de discoteca pasada de moda en la que no falta un momento para la “Macarena”, el vídeo podría incorporarse a una larga lista de intentos por difundir la filosofía, o incluso la ideología, por vía facilona y divertida. En el corto, además, reina un tono burlesco hacia el propio filósofo, su exagerada gestualización (se dice que es un antídoto contra su tartamudeo), su megalomanía y su inglés macarrónico.

Desde aquella relación tormentosa de Nietzsche con Wagner, la música y la filosofía moderna han sido prácticamente inseparables. Bien porque los filósofos la han asumido sin cortapisas (Eugenio Trías), bien por sus reticencias a hacerlo (el caso de Theodor Adorno con el jazz).

Michel Foucault y Pierre Boulez, Deleuze y la música electrónica, José Luis Pardo y los Beatles, Maldita vecindad y Marshall Berman… Estos no son más que ejemplos muy diversos de esa connivencia y ese enriquecimiento mutuo que ahora se actualiza en forma de esperpento y videoclip viral que cualquiera puede descargarse en Internet.

Fresán escribe su “Gran Vidrio”

Iván de la Nuez

 

En un momento en el que el Work in Progress y el archivo, el documento y los proyectos, se han convertido en género literario o display de museo, conviene leer La parte inventada. Y no porque Rodrigo Fresán reniegue de tales procedimientos, sino por su renuncia a columpiarse sobre la garantía de condescendencia que viene adosada a sus usos y abusos.

De hecho, La parte inventada da un vuelco radical a esa tendencia que le había concedido licencia para no matar a tantos escritores y artistas de estos tiempos en los cuales muchos de los que pregonan las bondades del proceso creativo han terminado por rebajarlo a la condición de un tanteo exhibicionista.

Fresán sigue, así, el rastro de Marcel Duchamp con su Gran vidrio. Y eso implica asumir que si bien el proceso es (casi) todo, no es porque anticipe una obra que está “por terminar” en un momento dado, sino porque nos da la posibilidad de armar, escrupulosamente, una obra “definitivamente inacabada”. En esa línea, La parte inventada se deja leer simultáneamente como el primero y el último libro de este escritor. Un libro prematuro y póstumo al mismo tiempo en el que uno puede encontrar varias claves de Historia argentina o La velocidad de las cosas y también quedarse con la impresión de que esas obras no se han escrito todavía.

No es la primera vez que un escritor se asocia a Duchamp, o a esta obra en particular (Mario Bellatín tituló El Gran vidrio a un libro suyo y Graciela Speranza ha documentado la intensa relación del artista francés con la cultura argentina).

En este “gran vidrio” particular, Fresán persiste en destaparse con una “desnudez demasiado vestida”. Siempre desde un trabajo que está en las antípodas del arqueólogo: lo suyo es ir agregando capas hasta conseguir esta escritura tectónica por la que avanza el narrador como camina por la playa un tipo furtivo con un abrigo sospechoso en medio del verano.

La parte inventada es, en buena medida, una biblioteca alimentada de materia “muerte” que los seres humanos han ido desprendiendo a través del tiempo. Paul Virilio, por ejemplo, no dudaría en describirla como una biblioteca catastrófica; visto ese punto terrorífico que nos sobrecoge cuando todos los libros se sitúan al revés en las estanterías -escondidos los lomos e invisibles los títulos y autores-, desde las que ya sólo escapan textos sin jerarcas.

Ante La parte inventada, el lector sabe, desde la primera página, que aquí todos los títeres se quedan con cabeza, que el autor no administra información, que no existen para él dosis graduales, que el drama griego es algo que ha ido encontrando su cobijo óptimo en las teleseries. Así que más le vale asumir, entero, el bloque de hielo -no sólo el iceberg- y enterarse de que se encuentra ante algo parecido al anti-Hemingway. O enfrentar su obsesión por la vida restituida después de la muerte, evidenciada en esa identificación con un anacrónico hombrecito de hojalata. Un muñequito tenebroso que puede evocar a Hércules Poirot o al protagonista de La muerte de un viajante. Un juguete de cuerda que nos coloca, incluso antes que mitos resucitados como Frankenstein, frente a la tecnología primigenia de la resurrección.

La parte inventada es, también, un registro de aquello que no resulta legible del todo y echa por tierra la asumida convicción -seguida a rajatabla, al menos, por mí- de que todo lo pensado no debe llegar a ser publicado. Por eso el borrador y el documento, las sensaciones y los criterios, la investigación y la escritura, el archivo y el gesto, el acontecimiento y su crónica, todos los fetiches y todas las posibilidades, suceden aquí al mismo tiempo y en parecida condición.

Nada que desechar o que olvidar en la cabeza no borradora de un escritor que le propone al lector la tarea de pescar en una cascada.

Ante el vértigo de ser arrastrado por ella, el escritor Fresán se agarra a la frase de Francis Scott Fitzgerald que nos recuerda que “toda buena prosa es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración”. Mientras tanto, el lector Fresán se precipita en la corriente de agua, aferrado al consuelo favorito de Marcel Duchamp: “soy un respirador”.

La parte inventada es, quizá, lo que ha sobrevivido de ambos.

El periodista Marx

Iván de la Nuez

 

Artículos periodísticos. Ese es, sencillamente, el título de este libro (Alba Editorial) bajo el cuidado de Mario Espinoza Pino. Un detalle: el periodista que firma esos artículos destinados a la prensa de su época es Karl Marx. Más de cuarenta entregas –entre unas 350 consultadas- no publicadas hasta ahora de manera compacta.

En su introducción, Espinoza Pino recorre las extremas circunstancias que marcaron la obra periodística de Marx en los diez años que transcurren de 1852 a 1862. Una década tan pródiga como accidentada, que dio como resultado su constante presencia en diarios alemanes, franceses, británicos y norteamericanos.

Es el Marx que empieza en la Gaceta Renana y, una vez asentado como articulista, provoca con sus ideas políticas la prohibición del diario por parte de la censura prusiana. Y es el mismo Marx que emigra a Francia, de donde es expulsado, y de allí a Londres, en un peregrinaje que le lleva a enrolarse en otras aventuras periodísticas: Anales Franco-alemanes, ¡Adelante!, Gaceta Alemana de Bruselas, o el New York Tribune, del que fue corresponsal europeo durante una década.

Este Marx periodista se sitúa entre el lenguaje urgente del Manifiesto comunista y la densidad teórica de El capital. Al mismo tiempo, sus artículos -brillantes y sarcásticos, documentados y punzantes- aparecen en la cuerda estilística de Dickens o Bronté, dedicados a cultivar una ficción que el filósofo consideraba mejor dotada para representar el patetismo de la clase media inglesa que todos los moralistas de su tiempo. En todo caso, la obra de Marx arrastra una serie de metáforas propias de la transformación industrial –la revolución como “locomotora de la historia”-, muy próximas a la literatura futurista del siglo XIX.

Las preocupaciones del periodista Marx abarcan la cuestión colonial y la crisis financiera, las revoluciones y las revueltas, el destino de Europa o la pena capital. Al mismo tiempo, deja constancia de lo que hoy llamaríamos una inquietud geopolítica, que estira sus análisis de Hamburgo a Indostán, de París a Persia, de Londres a China, de las guerras del opio al intento de una revolución española…

Casi nada humano le es ajeno. Y no conviene olvidar que se trata de un intelectual europeo de su tiempo, con su carga doctrinaria y para el que cualquier tribuna es válida para hablarle a un mundo que pretende cambiar de manera radical. (Su meta consiste en derribar el capitalismo, nada menos).

Asimismo, sus artículos, editoriales y trabajos de fondo nos colocan ante un sujeto errante, en una diáspora perpetua que implica dos exilios y la amenaza constante sobre su estabilidad económica, pese al trabajo fijo para el New York Tribune.

De esa experiencia John F. Kennedy llegó a afirmar –como recoge la contracubierta de esta excelente edición- que “si ese periódico capitalista de Nueva York lo hubiera tratado mejor, si Marx hubiera seguido siendo sólo un corresponsal de prensa extranjero, la historia habría podido ser diferente”. Aunque es una sospecha exagerada –imaginar que una mejora en sus emolumentos y un poco de cariño empresarial hubieran evitado la revolución mundial-, lo cierto es que todo nos lleva a intuir que Marx no hubiera corrido mejor suerte con los periódicos de nuestros días. Sobre todo, si tenemos en cuenta que hablamos de un autor que trabaja en profundidad y que no escribe para satisfacer a su secta sino para calibrar la complejidad de los acontecimientos. En sus entregas, Marx se aleja, incluso, de la Vulgata que, sobre él mismo, se nos hizo llegar más tarde y que atajó con una de sus frases demoledoras: “Yo no soy marxista”.

Por esa misma razón, tampoco parece imaginable su presencia en los periódicos del socialismo real: Pravda o Granma, pongamos por caso. Sus artículos, en cambio, sí tienen un lugar en el presente. Enfocados como están en la crisis europea, el rescate bancario con el dinero de todos, los desatinos privados pagados con fondos públicos y ese “comunismo perfecto” que consiste en que las penalidades siempre caigan de un mismo lado.

Publicados en la Europa de hace siglo y medio, estos artículos parecen, muchas veces, escritos para hoy. Como si confirmaran que también la crisis, ocurrida tantas veces en la historia como tragedia, ha llegado al punto de repetirse, en nuestros días, como farsa.

La Maleta de Portbou / Alemania y sus sombras

Iván de la Nuez

La librería La Central convoca a la presentación del segundo número de La Maleta de Portbou con esta nota que aquí comparto: 

La Maleta de Portbou es una revista de pensamiento, de humanidades y economía que busca crear un espacio de reflexión, de intercambio de ideas, de debate, en un momento en que nuestras sociedades viven la inquietud, el desconcierto e incluso el desasosiego de los grandes momentos de cambio. 
Este segundo número incluye un dossier sobre Alemania en el que han colaborado los autores Hans Ulrich Gumbrecht, José Luis Pardo, Jordi Balló, Rafael Poch o Ulrich Beck, entre otros, además de una entrevista a Luuk Van Middelaar y relatos y artículos de reconocidos nombres de la literatura internacional como Juan Goytisolo, Juan Villoro o Mia Couto.
En esta segunda entrega la ilustración y la fotografía siguen teniendo el mismo peso y relevancia, como demuestra la renovada colaboración con la publicación de los reconocidos ilustradores Sonia Pulido, Arnal Ballester o Pablo Amargo, por citar algunos. Además, cabe destacar la galería de arte virtual comisariada por el escritor cubano Iván de la Nuez, que versa sobre iconos de la izquierda latinoamericana. (En la Galería participan Daniel J. Martínez, Nicola Costantino, José Ángel Toirac, Vik Muniz, Marcelo Brodsky, y Ángela Bonadíes-Juan José Olavarría).

Jordi Balló y Toni Marí acompañarán al director de la revista, Josep Ramoneda.

  • Martes 26 de noviembre
  • 19:30h
  • La Central (c/Mallorca) (Mallorca, 237 / 08008 BARCELONA)

Tarántula: Fracasados en vinilo

Iván de la Nuez

 

Después de un periodo de desconexión, llego tarde a Fracasados, último trabajo de Tarántula, que salió en formato vinilo. Un regalo que recomiendo con énfasis.

Los adictos esperamos otras, futuras, entregas…

 

Diáspora(s)

Iván de la Nuez

 

 

La editorial Linkgua acaba de publicar la edición facsímil de la revista independiente Diáspora(s), editada en La Habana entre 1997-2002. La edición, bajo el cuidado de Jorge Cabezas Miranda, expone la trayectoria de este grupo literario cubano, así como de sus distintas conexiones ideológicas, poéticas, intelectuales.

Los textos de Carlos A. Aguilera, Rolando Sánchez Mejías, Emilio Ichikawa, Antonio J. Ponte o Rogelio Saunders, entre otros, dan una idea de la poética de este grupo y su posicionamiento cultural y político en La Habana de los 90. Algo que remarcan los estudios del citado Cabezas Miranda, así como de Idalia Morejón, Enrique Saínz, Javier L. Mora y Walfrido Dorta Sánchez; o los testimonios y valoraciones de Reina María Rodríguez, Víctor Fowler Calzada, Ana Belén Martín Sevillano, Jorge Luis Arcos o Gerardo Fernández Fe.

El lugar de Diáspora(s) como grupo generacional, como discurso y como espacio literario, está por determinar en comparación con otros proyectos generacionales o estéticos. (Pienso, dejando a un lado a los clásicos, en Mariel o en la eclosión de agrupaciones artísticas en la década del 80). El lugar de esta edición, sin embargo, pone el listón muy alto a futuras revisiones y queda, sin dudas, como un ejercicio a superar.

 

 

Otra parte

Iván de la Nuez

Acaba de salir la revista Otra Parte, que dirigen en Argentina Graciela Speranza y Marcelo Cohen. “Arte fuera del arte” es el tema de este número, cuyo índice comparto abajo. Participo con El comunismo en otra parte, un pequeño adelanto de mi próximo libro.  

sumario

TIEMPO RECUPERADO. APROPIACIÓN 2.0 Graciela Speranza
EL COMUNISMO EN OTRA PARTE Iván de la Nuez
Ostalgia en la estratosfera o el fantasma comunista convertido en estética.

LO QUE QUEDA DE SENSUALIDAD Abel Gilbert
De cómo continuar o refutar la estética del fracaso de John Cage.

DEL ARGUMENTO Marcelo Cohen
Apuntes sobre la posible utilidad de las historias inútiles.

LA CONDICIÓN DE LAS IMÁGENES Paola Cortes Rocca
Las “proto-fotografías” de Oscar Muñoz: la fotografía antes y después de las imágenes.p

“PAISAJENO”. ARTEFACTO POLÍTICO Y POÉTICO Jorge Carrión
El temerario Willy McKey prueba que el clásico espíritu del vanguardismo también puede regenerarse.

BRECHA DIGITAL Claire Bishop
Las artes visuales, su entusiasmo acrítico por los medios digitales, su exitosa nostalgia de los soportes analógicos y el riesgo de la caducidad.

SIN PIEL EN EL PARAÍSO Francisco Ali-Brouchoud
Sobre una posible historia natural de las imágenes como alternativa al artecontemporaneísmo.

EL ARTE HOY Jean-Luc Nancy
MILPALABRAS Néstor García Canclini

Los bosnios

Iván de la Nuez

 

 

Acabo de leer Los bosnios, de Velibor Colic (Periférica). Una vez acabado, intento respirar. Al cabo de unos minutos, empiezo a ser conciente de su impacto. El libro hilvana fragmentadas historias ocurridas en Modrica, Bosnia, 1992, durante las jornadas más crudas de la guerra de los Balcanes.

Publicado originalmente en francés, 1994, su valor permanece intacto dos décadas más tarde. Velibor Colic nació en Bosnia, 1964. Allí vio arrasados su casa, sus amigos y sus manuscritos durante el conflicto. Se alistó en el ejército bosnio. Desertó. Fue apresado. Consiguió huir a Francia.

En resumen, una vida europea.

La estructura de Los bosnios, ya lo hemos adelantado, es fragmentaria, pero en ningún caso inconexa. Y el autor va recogiendo las historias como quien colecciona esquirlas.

Esos relatos van armando, a la vista del lector, el mosaico de un desastre que ocurrió en el corazón de Europa al mismo tiempo que se construía la Unión.

No hace falta decir que narra episodios extremos de horror y muerte, mucha muerte… Digamos que la muerte protagoniza cada uno de los capítulos -“Hombres”, “Ciudades”, “Alambradas”- en los que se cruzan fatalmente musulmanes, serbios y croatas.

Y ahí quedan los fusilamientos y las cabezas empaladas y los sadismos sin nombre y las violaciones masivas y los encarnizamientos propios del delirio y la limpieza étnica.

Peter Sloterdijk describió ese espanto echando mano de la tradición “merovingia” para explicárselo. El autor de Los bosnios –que “estuvo allí”- conoce otros móviles menores que hacen más terrible, si cabe, la masacre. Como el caso de un chetnik (soldado serbio) famoso por la violación masiva de mujeres. Sólo que no lo movía el espíritu de Clodoveo. De hecho, en la ciudad todos sabían el simple motivo que lo llevó a disfrazar con una bandera y una coartada ancestral su comportamiento: violar era, sencillamente, su única forma de tener contacto con mujeres.

Ni más ni menos.

En Los bosnios, los efectos de la guerra escoran a las causas hasta un lugar secundario. Lo mismo hacen los hechos con los juicios.

-No hay nada de glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro.

El autor, pese a todo, intenta agarrarse a un hilo de esperanza. Pero si lo suyo, lector, es reconciliarse con el género humano –“no puede haber una bestia peor”, creo que dijo Mark Twain- no se asome a este libro. Y si lo que busca es sentirse al salvo, tampoco. No ya de “los otros” –esos en los que habita el infierno, según Sartre- sino de usted mismo.

Y esa es, paradójicamente, la razón por la que necesitamos leer Los bosnios. Basta una chispa, una Gran Causa, un remoto agravio manipulado por algún Mesías (o algún poeta), y ya estamos dispuestos para la barbarie.

Primera Persona

Iván de la Nuez

Esta semana vuelve el Festival Primera Persona, que dirigen Kiko Amat y Miqui Otero. Será en el CCCB los días 3 y 4. Volveremos sobre el tema. De momento, el cartel de la fiesta inaugural.