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Antipolítica contra pospolítica

Iván de la Nuez

Después de sus recientes elecciones, Italia ha alcanzado la dimensión ingobernable. En esto coinciden casi todo los medios de casi todas las tendencias en casi todo el mundo. Ha vuelto Berlusconi por la derecha. Emerge Beppe Grillo desde los movimientos sociales y la izquierda antisistema. Comprimido entre ambos, el centroizquierda de Bersani aguanta con, prácticamente, un tercio de los votos. Lejos queda Monti: el tecnócrata que se encargó de conducir las políticas de austeridad -con piedra, papel y, sobre todo, tijera- se ha desplomado.

En el momento en que escribo estas líneas, no hay fórmula a la vista capaz de construir alguna alianza entre dos de las tres fuerzas más votadas. Así que, nos afirman, la situación está próxima al caos. Imposibilitado de calibrarse desde el centro, el sistema político italiano parece definirse por sus extremos. En el choque explosivo entre el modelo pospolítico de Silvio Berlusconi y el movimiento antipolítico de Beppe Grillo.

Ambos astillan la política convencional, pero uno lo hace desde dentro y el otro desde afuera. El primero usa las instituciones, aunque siempre se ha jactado de estar por encima de la política. Grillo llega desde la calle y no se siente “más allá”, sino directamente en contra de lo que la política representa hoy.

El universo pospolítico se planta en la sociedad a partir del decreto del fin de las ideologías. Lo antipolítico intenta recuperar el debate ideológico, pero sospecha de su representación en los escaños parlamentarios, las cámaras senatoriales o la partitocracia. El pospolítico enrumba su brújula, siempre, hacia el poder (que es el Estado y, aún más, las élites financieras o mediáticas). El antipolítico (al menos hasta las experiencias de Syriza en Grecia o el M5S en Italia; en menor medida Compromís en Valencia y la CUP en Catalunya), solía despreciar la posibilidad de hacerse con el gobierno o con parte de la representación parlamentaria. El pospolítico parecía tener claro cómo canalizar su desprecio y el antipolítico, hasta el momento, no parecía haber dado con la clave para organizar su descontento.

La pospolítica no se entiende sin la corrupción orgánica y organizada del modelo –que es el desfalco del erario público, pero también la degradación de la democracia, lo cual no resulta un “robo” menor-, mientras que la antipolítica no se entiende sin la crítica y reacción ante esa corrupción. Digamos que la primera está en el origen de la crisis y la segunda es parte de su resultado. Para la pospolítica, todo es posible en este sistema; el antipolítico está persuadido de que nada es posible dentro de este sistema.

Desde el punto de vista cultural, la era de la pospolítica se deja definir a partir de ese estado de “moralidad posmoderna”, certificado por Lyotard, en el que podemos regodearnos con nuestras peores catástrofes expuestas en un museo. De hecho, la pospolítica podría leerse como una época en la que la cultura llega a reciclar los movimientos sociales para convertirlos en proyectos “estéticos”. La antipolítica invierte esa tendencia: ahora son los movimientos sociales, las manifestaciones, la revuelta misma, los que parecen incidir en la “politización” de la cultura.

De cualquier modo, una franja de la izquierda intelectual no las tiene todas con Beppe Grillo. En un reportaje publicado en El confidencial sobre este cómico que ha reventado la política italiana, Peio H. Riaño recoge opiniones de varios escritores a los que el Movimiento 5 Estrellas le suscitan dudas diversas. La crítica más dura proviene de Wu Ming, colectivo de activismo y pensamiento radical, con un profundo descreimiento hacia esta emergencia de la antipolítica representada por Grillo. “Hay un espacio vacío que el M5S ocupa… para mantenerlo vacío. A pesar de las apariencias y de la retórica revolucionaria, creemos que en los últimos años el M5S ha sido un eficaz defensor de lo existente”.

Pese a estas dudas, cabe reconocer que, al menos como tendencia, si la pospolítica vacía de contenido las instituciones democráticas, la antipolítica pretende dotar a la plaza pública de fundamento político. El pospolítico cree en los partidos, o al menos se sirve de ellos; el antipolítico prefiere los movimientos.

En lo que respecta al uso de la tecnología, el tiempo de la pospolítica no se entiende sin la caída del comunismo real y el advenimiento del capitalismo virtual, asentado en la Era Digital. El pospolítico apuesta por la tecnología para multiplicar el poder económico y financiero. La antipolítica usa la tecnología para subvertirla a favor de la movilización. Una cara de la moneda muestra un volumen de negocio sin precedentes (el dinero virtual también multiplica exponencialmente la magnitud de la crisis). La otra cara enseña la posibilidad de una economía, una democracia y una cultura que intentan operar en código abierto.

La estética de la pospolítica corre en paralelo al posmodernismo. El estallido de la antipolítica tiene lugar justo cuando se da por hecho el fin de la posmodernidad (defunción que ya han apuntado sendas exposiciones en el Victoria & Albert de Londres o en el Reina Sofía de Madrid).

La pospolítica es una forma de gobernar asentada sobre “el fin de la historia” proclamado por Fukuyama. La antipolítica está algo más inmersa en eso que Paul Virilio ha definido como “el fin de la geografía”, en línea con el acortamiento de las distancias provocado por Internet. La pospolítica necesita el control de los medios de comunicación, la antipolítica la expansión de las redes sociales…

Junto a estas desavenencias, hay también algunos puntos en común entre la pospolítica y la antipolítica que vale la pena resaltar en aras de evitar la demagogia. Lo primero es que ambas utilizan la política como un medio para posicionarse ante el mercado. La primera, lógicamente, para encumbrarlo y la segunda para limitarlo. Las dos opciones sobrepasan a menudo las instituciones, sea por efecto del carisma, la tecnocracia o la asamblea. De Reagan a Putin, de Thatcher a Berlusconi, la pospolítica no se entiende, históricamente, sin un liderazgo y una retórica antisistema “desde arriba”. Del subcomandante Marcos a Beppe Grillo, ese liderazgo ha presionado “desde abajo”. En ambos casos, por la derecha o por la izquierda, con una sobredosis performática que queda evidenciada en el perfil histriónico de Berlusconi, Zarkozy, Hugo Chávez o el propio Grillo.

Pospolítica y antipolítica dirimen su batalla sobre las ruinas de la socialdemocracia. La primera, con su ataque persistente a la condición económica del Estado de Bienestar; la segunda, desde una crítica cultural y generacional que rechaza la moderación, el pactismo a ultranza y un lenguaje secuestrado por la corrección política. La diferencia está en que los primeros apuestan por reducir al máximo el carácter distributivo del gobierno y los segundos presionan por incrementarlo, en tanto que un derecho republicano ganado por la sociedad.

La pospolítica enfatiza el neoliberalismo, mientras que hay algo neocomunista en la antipolítica (su apuesta por la apropiación gratuita, la entronización de la masa anónima, la crítica a la democracia liberal). Ambas dejan a la vista el divorcio entre Mercado y Democracia como tándem idóneo del liberalismo.

Una y otra, desde ángulos opuestos, nos dejan el convencimiento de que la política –sin prefijos- no puede continuar como hasta ahora. También la duda sobre el porvenir de esta democracia llena de grietas en la que estamos varados; la incertidumbre de no saber si estamos asistiendo a su regeneración impostergable o a su hundimiento definitivo.

(*) Publicado en El País, 5 de marzo, 2012.

(*) La imagen pertenece al libro Al final, (Kókinos, 2010), con textos de Silvia Nanclares y dibujos de Miguel Brieva.

Marcador

El filósofo y el megáfono

Iván de la Nuez

Durante las protestas en Nueva York, desatadas por el movimiento Occupy Wall Street, hubo un momento en el que Slavoj Zizek se encaramó en la tribuna y soltó un discurso. Como mandan los cánones de este tipo de actos, el filósofo esloveno enardeció a las masas, la emprendió contra el capitalismo financiero, hizo alguna salvedad -“no somos comunistas”- y cumplió con todos los rituales propios del intelectual orgánico en una época en la que se da por sentado que el compromiso está desfasado. O, como mínimo, empaquetado en galas o conciertos benéficos, comandados por estrellas del cine o el rock.

En una reflexión posterior a los hechos, Zizek expuso su descontento con una norma jurídica de Nueva York que, se quejaba, había mutilado su performance: la prohibición de utilizar megáfonos. Ello impidió a Zizek imitar con toda fidelidad a Foucault o Lenin –dos de sus modelos- que sí habían podido servirse alguna vez del altoparlante. Así que tuvo que conformarse con el llamado “megáfono humano”, que consiste en una cadena de voz mediante la cual la gente transmite a los que están detrás lo que dice el orador. Un repetidor simultáneo con la calidez y los riesgos propios del rumor: basta con una palabra de más, o de menos, y el que está a doscientos metros en lugar de El manifiesto comunista puede acabar entendiendo La macarena. (Sobre todo si es Zizek quien gesticula en la distancia).

En su día, Foucault también echó mano de un megáfono en apoyo a los trabajadores de Renault. El filósofo del biopoder, el pensador  que detectó la normalización de la sociedad moderna, el mismo que había cuestionado al intelectual orgánico representado por Sartre y sometido su humanismo a una crítica severa, aparecía ahora en su gesto más sartreano, alentando a las masas. Pero lo más curioso de la famosa imagen de Foucault blandiendo el megáfono es que, justo delante suyo, el que aparece no es otro que Sartre.

No conforme con haberlo desbancado de su lugar en el pensamiento, Foucault lo desplazaba, también, de su sitio en el panteón de intelectual del pueblo. La imagen lanza otra alerta: además de todo eso, pudo incluso haberle destrozado el tímpano, dada la proximidad entre el grito amplificado de Foucault y la oreja del hombre que había escrito El ser y la nada o rechazado el Premio Nóbel.

Retrocedemos en el tiempo y un Sartre más joven, aunque no con megáfono sino con pipa, se mueve perfectamente en diversas plazas y entre distintas muchedumbres, lo mismo en París que en La Habana. En esa ciudad, pudo seguir desde la tribuna un discurso multitudinario de Fidel Castro, cuyo lugar en la historia del poder no se entenderá por el uso del megáfono, pero sí del micrófono.

Y si continuamos, marcha atrás en la historia, nos topamos con las imágenes de otro intelectual modélico, Bertrand Russell, cuyo leit motiv siempre fue la lucha por la paz. En ninguna fotografía lleva megáfono, pero en casi todas, aún más que Sartre, aparece en la revuelta con su inseparable pipa. Algo es algo.

Zizek por Foucault, Foucault por Sartre, Sartre por Russell…

Todos filósofos, todos espoleados por sus conciencias para lanzarse a la calle. Todos opuestos a los rostros diferentes con los que se presenta la dominación… Y todos posteriores a otro teórico y otro megáfono. El único que alcanzó el poder. (Zizek intentó ganar las elecciones eslovenas, pero no lo consiguió).

Se trata, por supuesto, de Lenin, el primero que, además, arenga a las masas a favor de la autoridad (la suya en representación de los bolcheviques). El único que, a diferencia de sus ilustres continuadores, amplificó desde el megáfono su cruda certeza de que todo “lo que no es poder, es ilusión”.

(*) Publicado en ElDiario.es, 1 de marzo de 2013.

Fukuyama tuitea su nostalgia

Iván de la Nuez

Es una frase del pasado 9 de noviembre y Jorge Ferrer me llama la atención sobre ella. Un tweet de Francis Fukuyama, el hombre del fin de la historia, el hombre que nos anunció un largo aburrimiento, el hombre del último hombre.

Y está lanzada, ni más ni menos, desde el departamento de herramientas de Sears, tienda iconográfica donde las haya. Allí, en el Tool Department, Fukuyama ha escrito a sus casi 13.000 seguidores que “se ha sentido nostálgico”.

Herramientas, nostalgia, Sears…

La secuencia perfecta para que Fukuyama tenga un ramalazo ludita. Una añoranza por el tiempo del trabajo manual y por la realidad ídem. Un fogonazo de melancolía por el bricolage del domingo, antes de la barbacoa, tal vez ayudando a su padre a reparar algo en el porche.

El hombre para el cual, parafraseando la frase de Lennon sobre Elvis, antes del 89 “no existía nada”, se nos deja abatir ahora por el recuerdo de los tiempos en que, por existir, incluso existía la historia.

Abandonado a la “Eastalgia”, no es difícil percibirlo como el personaje de un cuadro de Neo Rauch -maestro de la Ostalgia- que deja correr la memoria hacia un tiempo en que el capitalismo tenía tintes bucólicos. Con sus batidos en Woolworth, el periódico volando hasta el portal y el litro de leche en la puerta.

El siguiente tweet de Fukuyama, lo colgó 5 días más tarde, algo nos explica de esa morriña. Es el enlace a un debate suyo con Jürgen Habermas sobre el futuro de Estados Unidos.

(*) En la imagen: Edward Hopper, Four Lane Road, 1956.

Teoría de la “absolutidad”

Iván de la Nuez

Los tres hechos sucedieron, prácticamente, de manera simultánea. Mientras la Universidad hebrea de Jerusalén hacía públicos los archivos de Einstein, un terrorista islamista –de la variante ahora llamada “lobo solitario”- asesinaba en Francia a siete personas, entre ellas varios judíos. A la vez, un adolescente negro era tiroteado en la Florida por la muy sospechosa conducta de ponerse una sudadera con capucha, caminar por un barrio donde el guardia de seguridad lo percibió como un “extraño” e ir “armado” con una barrita de chocolate, un teléfono celular y un refresco de lata.

Los asesinatos opacaron, como no podía ser de otra manera, la puesta en órbita del legado del famoso físico y premio Nóbel, que parecía astillarse ante la presencia absoluta de estos crímenes y los no menos absolutos ideales que los mueven. Y es que el fundamentalismo –bajo cualquiera de sus signos, incluidos los racistas- consiste en el asesinato de la relatividad. Con ese desprecio que coloca a la ortodoxia en la certeza y a lo ambiguo, lo que genera dudas, lo que está abierto a más de una interpretación, en el lugar de la sospecha o directamente la culpa.

Un relativismo que ha sido ridiculizado, dicho sea de paso, por los extremistas de todas las corrientes políticas. En nombre de Dios, de Alá, del Mercado, del Estado, de Jahvé, del Capitalismo, del Comunismo, el maximalismo es la forma principal de expresión que va adquiriendo una política degradada que comienza a fundirse con lo policial.

Cada vez que un absolutista se tropieza con lo que no comprende, o simplemente con aquello que detesta, la emprende contra el relativismo (cuidando siempre de situarse él mismo en el reino sagrado de lo indiscutible).

Algo tan curioso como contradictorio, puesto que vivimos en una época que no para de generar perplejidades. Una época en la que, para quedarnos tan sólo con estos días, vemos a la derecha subiendo impuestos o a un Papa -jefe de uno de los Estados más reaccionarios que existen- abrazado al único gobierno comunista de Occidente. Como dijera Max Aub en La Habana de 1960 (Enero en Cuba), “que baje Dios y lo explique”.

Estas políticas se afianzan cuando la gente prefiere la seguridad a la duda; acusar a comprender. Todo eso puede explicar el triunfo generalizado del panfleto, género perfecto para confirmar expectativas y no para interrogarlas.

Tales conductas no responden a una ideología fija: se encuentran en el ultranacionalismo de, digamos, un Le Pen y en los religiosos ultraortodoxos, tanto como en los regímenes de izquierda obsesionados en reprimir las voces que les cuestionan. En todo los casos, queda manifiesta la misma alternativa: “Ellos o Nosotros”.

Ante hechos como estos, puede que nos reconforte un viaje por los archivos de Einstein. Por los Escritos científicos y los Escritos no científicos, los diarios de viaje o la correspondencia… O por el resto de su papelería –Einstein Paper Projects– apoyado por la Universidad de Princeton y por el California Institute of Technology.

Ahí nos toparemos con el Einstein que se preocupa por el conflicto árabe-judío y el que escribe a sus amantes. El Einstein que se ocupa de la desigualdad racial en Estados Unidos y el que se involucra en el pacifismo. En fin, con la relatividad de este físico (y humorista) judío capaz de percatarse de que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

(*) En la imagen: La Bonne Trajectoire, de Guy Peellaert, en la que aparecen Einstein y el legendario bateador Babe Ruth.

Las variaciones congas

Iván de la Nuez

Finalmente, Tintín en el Congo, se sentará ante los tribunales en Bruselas. Su demandante, el congolés Bienvenu Mbutu Mondondo, considera que el famoso cómic del dibujante belga Georges Remi (Hergé) es una apología del colonialismo y un insulto a los negros. En consecuencia, exige que se prohíba la distribución de esta obra o que circule únicamente si va acompañada de una nota de denuncia sobre la ignominia que arrastran sus páginas.

Con todo a punto para el estreno, también en Bélgica, del animado de Spielberg Las aventuras de Tintín, está claro que la demanda, más allá de las razones esgrimidas por la acusación, contará con una publicidad extraordinaria.

La película de Spielberg y el cómic de Hergé forman parte de las variaciones congas; que es como prefiero nombrar a la constelación de obras y obsesiones occidentales que, desde los tiempos coloniales, han girado en torno al Congo.

En las variaciones congas gravitan El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Apocalipsis Now, de Francis Ford Coppola (en realidad una versión de la anterior). El Diario del Congo, del Che Guevara, y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. El llevado y traído Tintín y una exposición multimedia de Jorge Luis Marzo y Marc Roig. Un guión de Orson Welles y el tan incómodo como lúcido documental Enjoy Poverty, de Renzo Martins.

Esta constelación de obras, en algún caso también acciones, nos dicen, además, que el Congo es más que el Congo. Todo lo que concierne a esta plantación de las tinieblas, termina por desbordarla y se transforma en materia global. Un compendio de extremos que cruza colonialismo y negritud, independencia y guerra fría, guerrillas antimperialistas y dictaduras postcoloniales, tráfico de armas y niños soldados, sincretismos expandidos y compasiones equívocas. Flotando sobre todo eso, la atracción del hombre blanco hacia sus propios abismos (convenientemente disimulados, eso sí, bajo el interés por El Otro).

Desde el Congo, Conrad vislumbra el horror y Che Guevara admite el fracaso…

Pero regresemos, “río arriba”, al principio de este texto. ¿Es Tintín en el Congo racista? Sí. ¿Es colonialista? También. ¿Descalifica a los negros? Absolutamente. ¿Debe prohibirse su circulación? No.

Por esa lógica, deberíamos demoler los edificios de Gaudí (construidos con los beneficios de la trata de esclavos), o incluso prohibir el catolicismo o el castellano en América Latina. Puestos en la labor, de paso tendríamos que hundir el Caribe.

Ya lo dijo Walter Benjamin en una frase que no parece mejorable: “No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”

En esa línea, más que prohibir, aquí lo importante es, sobre todo, recordar. Lo que no puede redimir una querella en el juzgado tal vez lo haga una interpelación en el discurso. Y eso, precisamente, es lo que han venido haciendo durante décadas algunos autores africanos desde el otro lado. Su obra constituye, en sí misma, ese prólogo redentor que pide el demandante Mbutu Mondondo. Ahí están los nombres de Chinua Achebe o Lomomba Emongo, Simon Njami o Donato Ndongo –Bidyogo. O publicaciones como la Revue Noir o la pionera Okiki

En defensa de Tintín se dice, con razón, que Hergé no hizo otra cosa que hablar con el lenguaje de su época. Estos autores africanos suelen hablar con el lenguaje de la nuestra.

Cuando lo prematuro llega tarde

Iván de la Nuez

Siempre ha estado atento este blog al arte del ensayo. También, de manera particular, al ensayo del arte (si es que estos dos mundos pueden disociarse). Es por eso que la publicación de No más mentiras, de David G. Torres, estaba destinada a celebrarse, aquí, como una buena noticia. Sobre todo si ese libro toca asuntos tan familiares (al menos para un servidor) como la relación entre arte y literatura, la inscripción de la primera persona en la construcción del ensayo o el socialismo de Paul Lafargue… Una triada que, sin duda, se basta a sí misma para alentar la curiosidad. Si a ello añadimos la larga trayectoria del autor y la ambición que proclama desde la portada, junto a la ilusión se intuye, además, el latido de una posible polémica, lo cual es siempre estimulante.

Esa esperanza, sin embargo, duró poco. Y si pareció sostenerse en la primera lectura, ya en una segunda incursión –hecha con intención crítica y despejado el atrezo- se desvaneció sin paliativos. Tanto por la inconsistencia intrínseca del texto, como por su incapacidad para cumplir lo que promete. (Es más, título y subtítulo pueden suscitar dos posibilidades de crítica).

“No más mentiras”; así de rotundo se expone este libro desde la primera frase que nos lanza. “Sobre algunos relatos de verdad en arte (y en literatura, cine y teatro)”; así clama el subtítulo desde la misma cubierta. Una obra que acomete “la verdad en arte contemporáneo y la vigencia del relato”; así queda anunciado desde sus primeros pasos.

Verdad. Gran palabra esa.

Pero.. ¿qué verdad? Pues una verdad que, a lo largo y ancho del texto, siempre nos viene redireccionada. Desde Martí Manen o Chris Burden. Desde Ignasi Aballí o un coloquio en La Capella… Y desde la cascada de narraciones aleatorias a la que nos somete.

(Un libro es un relato: algo más que un zurcido de artículos, entradas de blog, recuerdos o reseñas que no consiguen armar el corpus que se le supone.)

Tratándose de su tema nuclear, es pertinente preguntarse sobre lo que el propio autor asume como verdad. ¿Acaso considera que es “consenso”, como Habermas? ¿Tal vez, siguiendo a Foucault, certifica que es “poder”? ¿Hay un recorrido de más largo alcance que lo lleve a Platón o Aristóteles? ¿Alguna conexión –favorable o desfavorable- con el Derrida de La verdad en pintura?

Nada de eso. Muletilla o argucia para ensaltar capítulos muy desiguales, la verdad en No más mentiras se queda atrapada en una magnitud coloquial que podríamos definir, más o menos, como “lo impepinable”.

A un ensayo –o a aquello que se presume como tal- hay que pedirle algo más.

Para empezar, una cierta coherencia con su predicamento. Resulta alarmante el modo en que aquí se esquiva olímpicamente algo, tan saludable en otros tiempos, como el estado de la cuestión con respecto a los temas tratados. ¿Escamoteo o ignorancia? ¿Usurpación o descuido? Cualquiera de estas causas, o todas juntas, serían carga suficiente para escorar un libro cuyo hundimiento se hace insalvable, para más lastre, porque su autor no siempre se percata de que lo anfibológico es enemigo mortal de lo anfibio.

Cuando hablo del estado de la cuestión, da lo mismo si David G. Torres sufre la ansiedad de las influencias o vive extasiado por ellas. Es igual que sienta el peso de los maestros del ensayo del arte –Huxley, Paz, Schama, Sontag, Davenport…- o que tenga por costumbre desentenderse del fardo de sus sombras. Se abone a Harold Bloom o a Jonathan Lethem, el temerario adanismo del que hace gala le impide salvar con garantías los desequilibrios de su discurso.

Lo anterior parece agudizarse en algunos ejemplos que aderezan No más mentiras. Si el de Lafargue con Marx –aunque también podría incluirse la repetición de la pregunta leninista “¿Qué hacer?”- destila una sensación de déjà vu, el de Bartleby y Vila-Matas resulta previsible. El primero, ya lo hemos visto. El segundo, lo vemos venir.

Quizá, el más asombroso es el que tiene como punto de partida un encuentro con el artista Ignasi Aballí en Reikiavik. Desde ese recuerdo, el autor explaya una extraña consideración según la cual, a partir de los cuarenta años, no vale la pena “leer ficción”. Una ficción que se entiende, claro está, como “mentira”.

¿La novela como daño colateral de la Midlife Crisis? Tremendo…

En cuanto al uso, siempre difícil, de la primera persona, tampoco sale muy bien parado del reto. En algunos casos resulta cursi. En otros, encontramos pasajes –permítaseme este robo a Cabrera Infante- que podrían, perfectamente, llevar la firma de Prosopopeye el marino.

Pocas veces un autor tan preocupado por La Verdad ha concebido un libro tan inverosímil –tan ufano de sus fuegos artificiales. Y pocas veces un crítico tan abanderado en la demanda de “relato” ha tenido tan poco que contar.

Verbigracia de todos estos naufragios, lo que prometía como una obra de madurez no es otra cosa que un libro prematuro.

(*) No más mentiras. Sobre algunos relatos de verdad en arte (y en literatura, cine y teatro), VI Premio Escritos sobre Arte, es una edición de la fundación Arte y Derecho (VEGAP) y Trama Editorial.

¿A quién se parecen las épocas?

Iván de la Nuez

En una frase conocida, Marx solía afirmar que “los hombres se parecen más a su época que a sus padres”. La frase intenta reafirmar el poder de la Historia sobre la voluntad, la “circunstancia” sobre la herencia, y ha sido un pilar de la izquierda a la hora de lidiar con el elemento generacional. Sin duda, vale la pena reparar en ella durante estos días, en los que el elemento juvenil ha pasado a primer plano en las revueltas del mundo árabe. La alta tasa de población joven ha venido acompañada, allí, por un grado proporcional de hartazgo. Tanto ante las largas tiranías establecidas en esos países como ante los reales o supuestos enemigos de estas; en particular, los fundamentalistas.

Los jóvenes tunecinos, egipcios, libios, han puesto sobre la mesa un tema prácticamente tabú —el de la demografía—, agarrado con pinzas desde los tiempos de Malthus.

Es en medio de todo esto, que aparece ¡Indignaos!, libro escrito por Stéphane Hessel y prologado en España por José Luis Sampedro (nacidos ambos en 1917, el mismo año que la revolución bolchevique trató de darle cuerpo a las ideas de Marx). El libro tiene todos los mimbres de un panfleto y su objetivo no es otro que estremecer a los jóvenes para conseguir que se muevan; que hagan “algo” ante una situación actual que el autor considera inaguantable. Hessel conmina a los jóvenes a la revuelta desde su larga experiencia revolucionaria y antifascista. Resulta curioso que, también, hay algo en su conducta de esevoyeurismo amparado en el Barely Legal de la pornografía: en esta obsesión de los mayores, según su manera de ver el mundo, por ver entrar a los jóvenes en acción.

En estos días, también he pensado en otra frase, distinta a la de Marx y sin duda más cínica, de Anthony Burgess. Decía algo así como que los conflictos generacionales eran “un invento de los viejos para joder a los jóvenes”.

No tengo muy claro si los jóvenes de Occidente que Hessel considera paralizados están en una fase anterior a la indignación o, simplemente, después de ella. Sea como fuere, la verdad es que su desidia se parece bastante a esta época. Vistos los acontecimientos de estos días, no cabe duda de que, al contrario de la frase inicial de este texto, las cosas, los gobiernos y los países cambian cuando las generaciones son capaces de conseguir que las épocas se parezcan a ellas.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

La receta del abuelo: Los pronósticos

Iván de la Nuez

Después de un par de años con esta crisis estructural a cuestas, y sin perspectiva de que el nubarrón se despeje a corto plazo, no es difícil que muchos comiencen 2011 oteando las señales de alguna mejora en el desastre. Agarrados a un clavo ardiendo desde el que colgar un poco de esperanza. Consultando augurios, buscando respuestas en las cartas, leyendo los posos del café, aguardando la Letra del Año que elaboran, siempre por estas fechas, los sacerdotes que interpretan los signos de los orishas.
Por lo general, los practicantes de la fe a conciencia (los que no mercadean con la desgracia ajena) son los primeros que suelen poner coto a tales desenfrenos de esperanza y angustia a la vez. Ya en sus tiempos, Nuestro Abuelo del Ensayo –Michel de Montaigne, ¿quién si no?- tenía claro este asunto y alertaba sobre el valor real de las predicciones, persuadido como estaba de que los oráculos “mucho antes de la venida de Jesucristo habían empezado a perder crédito”.
Desde el “tripudio de los pájaros” hasta la parábola de su vuelo; desde la lectura de los relámpagos hasta las observación del “remolino de los ríos”.
-Los arúspices ven muchas cosas, los augures prevén muchas, muchas son anunciadas por los oráculos, muchas por los vaticinios, muchas por los sueños, muchas por los portentos.
Montaigne no desconoce estas y otras artes adivinatorias, combatidas no solo por el racionalismo (la religión dominante puede ser más contundente que la ciencia con las supersticiones o el paganismo), si bien pone su acento en lo poco práctico que puede resultar indagar en el porvenir. Esto es algo que ya había leído en Cicerón, del que se lleva esta frase en el bolsillo: “conocer el futuro carece de utilidad. Es miserable angustiarse sin provecho alguno”. Y aquí es evidente que el pragmatismo de Cicerón considera tan “miserable” la angustia como el hecho de que esta resulte poco provechosa. A estos “que entienden el lenguaje de las aves”, recoge ahora Cicerón de Pacuvio en La adivinación, “y que saben por el hígado ajeno más que por el propio, a mi juicio hay que oírlos más que escucharlos”.
En todo caso, no hay nada peor que los oídos sordos: Cicerón despreció los augurios y César los desoyó. Ambos cayeron…
-Yo preferiría con mucho –continúa ahora Montaigne, que tampoco escapa del todo a la preocupación por lo que vendrá-, regir mis asuntos por la suerte de los dados a hacerlo por tales sueños.
Más adelante, eso sí, reconoce que existe una relación proporcional entre la adivinación y los malos tiempos. “He observado con mis propios ojos que, en los momentos de confusión pública, los hombres, aturdidos por su fortuna, abrazan cualquier superstición”.
Si algo sabe uno a estas alturas, es que nadie escarmienta por ensayo ajeno. Así que no hay nada peor que aconsejar.
Crisis y primer día de año. Atendamos y oigamos a los augurios, si así lo queremos. Pero ecualicemos asimismo sus mensajes diversos. Tampoco olvidemos que este mundo está lleno de oráculos racionalistas que lo han llevado más de una vez a la catástrofe.
Feliz Año 2011 y, creamos o no, sea mucha o poca o ninguna nuestra fe, sigamos dudando; practicando ese pilates mental en el que nos sigue entrenando Nuestro Abuelo del Ensayo.

Ciber-Foie en Barcelona

Iván de la Nuez

Esta tarde, Alfredo Triff presenta su libro Hígado al ensayo (ilustrado por Luis Soler) en el centro cívico Golferichs, Barcelona. Hígado… es el compendio de “60 recetas biliares”; y el resultante del traslado al papel del avatar de Triff como blogger. Con sus tachaduras y sus urgencias. Y, en general, con todo lo que carga, y se deja, la escritura apremiada de los blogs. Hace poco, otro blogger de Miami, Emilio Ichikawa, certificaba como inaceptable el hecho de que alguien corrigiera los textos una vez aparecidos en su bitácora, dado que lo efímero y lo contingente, a fin de cuentas, es precisamente lo que dotaba de sentido a la escritura que se desarrolla en este soporte.
Triff parece coincidir con esta máxima, hasta el punto de evidenciar, en los textos ahora impresos, las “marcas” de su anterior existencia en la red. Cabría, sin embargo, apuntar aquí una salvedad. Y es que Alfredo Triff ya hacía uso de un “lenguaje blogger” antes de que existiera la blogosfera. Quien quiera remitirse a libros suyos anteriores -como ¿Qué podemos hacer? o, sobre todo, Pulpa– podrá constatarlo. Quien escuche sus discos –21 Songs Broken At Once, Boleros Perdidos o Dadason– podrá comprenderlo. Quien navegue por las bitácoras que Triff alienta –Tumiamiblog y Miami Bourbaki– podrá compartirlo.
Si alguna vez el múltiple trabajo creativo de Triff se desarrollaba en círculos concéntricos -el del músico, el del profesor de filosofía, el del ensayista, el del crítico-, en estos momentos todo eso está marcado por una amalgama que hace indivisibles las fronteras de su obra.
Así las cosas, Hígado al ensayo (dada Editores) está a medio camino entre la Farmacia de Platón y una descarga cubana en algún tugurio que se niega a cerrar (aunque desde fuera parezca cerrado). Con un lenguaje peculiar, que nombra a los protagonistas y los acontecimientos “a su manera”, Triff desata un “idioma” que va de la “culología como arma crítica” al “susodicho” como arma tóxica. De la Raultroika a la Ch€miótica. Del “embargo de la discusión” al “chicharrón de poeta”. De la “arqui(escul)tura de Matta Clark” a la “erótica telemática”. De “las Dos Cubas” a los “Dos Castros” y de ahí a la “intuición segurosa del estilo”. Todo ello mediante la persistencia de una escritura de tradición inequívocamente “marielita” (Triff formó parte del éxodo del Mariel en 1980) con sus respectivas dosis de Bataille y de Arenas.
Tal vez el corazón, romántico como se le supone, sea el órgano que mejor representa la victoria (o la derrota). Pero el hígado es sin duda el que mejor representa la resistencia (los hay que merecen incluso un monumento). Estas “60 recetas biliares” corroboran esa lección de anatomía y construyen un libro que es, sobre todo, una saludable resistencia al lenguaje de la estandarización.

Un, dos, tres… ensayando

Iván de la Nuez

Non-fiction es la palabra anglosajona que intenta calificar a todo lo que no proviene de la narrativa y, por lo general, está más cerca del ensayo, incluso de la teoría. Esta definición en negativo, por lo general me ha resultado molesta. En ella –y sobre todo en las prácticas académicas que despliega- hay algo de esa vanidad admonitoria de quien está en posesión de La Verdad (de Toda la Verdad y Nada Más que la Verdad). Desde mi parcialísimo punto de vista, Non-fiction es status y parcela: acotación del campo en el campus. Una compuerta en el desbordamiento y, asimismo, stand de una feria en la que coinciden buena parte de la industria editorial, la academia universitaria y los suplementos culturales. Non-fiction es el muro contra el que, de vez en cuando, cualquier seguidor de Montaigne está obligado a chocar.
Tampoco es cuestión de concederle mayor heroísmo al asunto. Ni de pedir cuartel allí donde uno ni es bien recibido ni, digámoslo todo, califica para optar a medalla. A fin de cuentas, la clasificación de marras no es la más difícil de las barreras que enfrenta el ensayo. En mi caso, aunque muchas veces me ha resultado irritante, ni siquiera puedo decir que fuera el primer cabezazo –ni el más fuerte- de mi temprana e insistente vocación.
Tiro de recuerdo y puedo verme en el momento seminal de esta fricción. Estoy situado en la playa en que me crié, a unos 20 kilómetros de La Habana. Se llamaba, y aún se llama (y aún está allí, aunque no del todo en pie) Baracoa. Tiene el mismo nombre que la primera villa fundada por Diego Velázquez en el otro extremo de Cuba –y que el próximo agosto cumple medio milenio, por cierto-, aunque no debe ser confundida con esta. “Mi” Baracoa, entre otros avatares de su infrahistoria, una vez tuvo su orquesta: Los Hermanos Silva. La banda estaba integrada básicamente por pescadores u obreros textiles, y su apogeo, esto es un decir, podemos cifrarlo en las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. A Los Hermanos Silva le distinguían dos características: tocar borrachos y no saber parar (siempre había un redoble demás que obligaba a empezar otra vez el estribillo, lo que les convertía en involuntarios especialistas de “versiones largas”). Pero Los Hermanos Silva divertían a la gente y, sobre todo, se divertían ellos mismos con sus rocambolescas galas. Cuando el declive etílico era irreversible, se podía percibir tanto por la radicalización del caos armónico como por el hecho de que la orquesta atacaba, invariablemente, “Componte canallón”.
Al final, entre muertes y otros menesteres, la orquesta se disolvió y quedó apenas como un recuerdo que los viejos entonaban sobre sus buenos tiempos (que también incluían bailes con artistas “de verdad”: desde una estrella local como Yiyo Gómez hasta un monstruo de escala global como Benny Moré). A veces, los supervivientes improvisaban un trío o un cuarteto en algún portal (ese remanente fue lo que yo pude presenciar), pero lo que sonaba era tan estrambótico que tan solo su hit dipsómano era vagamente reconocible. Entre ellos, un personaje mal encarado y hosco llamado Linao. Este hombre jamás asimiló la vida posterior a 1959, al extremo de que la revolución, que lo cambió casi todo, no consiguió cambiarlo a él. Su inadaptación, una forma socarrona de protesta, incluía primero que todo su atuendo. Toda su ropa, incluidos los calzoncillos, era “de antes”. Aún lo veo, de blanco integral: bigote extrafino, pantalones de batahola, brillantina abundante, calzoncillo de boxeador a la vista y, por debajo de la camisa almidonada, una camiseta de ribetes dorados conocida como “guapita”. Todo rematado con una desproporcionada cadena de oro y su correspondiente medallón de la Caridad del Cobre a la altura del pecho. (Con su vestuario, Puff Daddy podría expandir hoy mismo una línea de moda “hiphopera” que arrasaría All Over The World.)
Un día, era la época en que abandonaba la adolescencia, se me ocurrió sacar ante el tal Linao la palabra mágica. Ensayo. Así que le pregunté dónde ensayaba la orquesta, a qué hora, cómo montaban el repertorio. Ante tales preguntas, todas inocentes, este hombre reaccionó con tal violencia que puso en peligro mi integridad física. Aplacados los ánimos, al fin consiguió mascullar la causa de su ira.
-La orquesta de Los Hermanos Silva no ensayaba nunca.
Aún no había escrito ningún ensayo y ya sabía que la mía podía ser una vocación ofensiva.
Años más tarde, vinieron otros desencuentros de mayor calado. Los he contado en una entrevista con Antonio J. Ponte, “Ensayar es ensanchar”, reproducida en este blog. No abundaré ahora sobre aquellos conflictos. Solo comentaré que, gracias a ellos, tuve un segundo aprendizaje: además de ofensivo, el ensayo podía ser “desviado”, según la norma enhiesta de los santos guardianes de los fundamentos estalinistas. Así que me fui con mis ensayos a otra parte, si bien mis problemas “cubanos” con la curvatura del ensayo no acabaron con los ortodoxos de la isla. Aquí “afuera”, aunque sin colocarme en la necesidad de emprender otro viaje, tampoco me faltó mi dosis de calvinismo tropical. Si Allá los textos podían ser “desviados”, resulta que Acá pueden ser acusados de “torcidos”. Tercer aprendizaje: según el patriotismo ensayístico, da igual la ideología que lo anime, para que un ensayo califique como cubano tiene que ser, ante todo, “recto”. (Un fiel representante del, clasifiquémoslo así, pensamiento-estaca). Y esto es así porque esos paisanos consideran que el ensayo tiene problemas ideológicos. Cuando en realidad el ensayo no tiene ningún problema ideológico: es, todo él, un problema ideológico.
Y en esas cuestiones tropicales estaba cuando Non-fiction entró –más bien, no entró- en mi vida…
Siempre quedará el estandarte infantil de que uno tampoco entró en Non-fiction. Siempre nos quedará Montaigne. Y el consuelo de que el inventor del ensayo moderno difícilmente encajaría en esta clasificación: ¿Cómo suprimir de la ficción a un hombre cuya ensayística está construida sobre la base de enlazar un relato con otro? Montaigne, que era Montaigne, estaría obligado a pulirse algunas de sus mejores frases para conseguir la bienvenida en el exclusivo club de Non-fiction. Ésta, por ejemplo:
-Ensayar es pintarse uno mismo.
Tal vez deba advertir que, como lector omnívoro, suelo deglutir bastante bibliografía asumida como Non-fiction. Hubo un tiempo en que, por otra parte, no tenía otro remedio, dado que hacía la crítica de ensayo para el suplemento cultural de un diario. Así que, quizá por saturación, mi consumo de este tipo de textos ha sido menguante. Eso no me ha quitado del todo la curiosidad hacia ese ámbito (hace muy poco, sin ir más lejos, Jorge Brioso se dio a la tarea de intentar reiniciarme en las corrientes contra el “ensayismo” de la actual academia norteamericana). Tampoco es que considere que todas las facultades de filosofía son un abrevadero de dinosaurios.
Pero sigo pensando el ensayo en su aserción teatral, como una aproximación previa e imperfecta a una realidad que no está constituida del todo. (No es todavía la función real). Los deportistas suelen recordar con emoción lo que eran capaces de hacer en un entrenamiento. Los Beatles, que eran los Beatles, se impusieron el deber de grabar todos sus ensayos.
Así, ensayar no es siquiera un oficio, ni es del todo un género literario. Hay mucho en él de actitud. Incluye el boceto, el borrador, el plano. El entrenamiento deportivo y el experimento en el laboratorio. Afinar el piano y afilar la navaja…