Entries Tagged 'La linterna de Montaigne' ↓

La verdad a tientas

Iván de la Nuez

Me entero, por Rafael Rojas, que La oscuridad no miente, de George Bataille, ha sido reeditada. Se trata de la misma impresión de Taurus, 2002, con traducción y cuidado editorial de Ignacio Díaz de la Serna. Entonces, escribí esta reseña -en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya-, que aquí recupero.

El efecto Bataille dura ya medio siglo. Su onda expansiva, que todavía no cesa, alcanza la singular idea de Maurice Blanchot sobre el comunismo y la arqueología de Michel Foucault, la estética de la desaparición de Paul Virilio y el nihilismo cínico de Jean Baudrillard, el erotismo y la biblioteca, el placer y el dolor, la felicidad y la violencia. Si quisiéramos intuir lo que somos, lo que podemos ser, lo que jamás seremos, algo de eso está cifrado en la obra de George Bataille, frente a quien la primera pregunta no sería qué puede enseñarnos sino, justamente, cómo podemos leerlo. En su epílogo a La oscuridad no miente, el traductor y responsable de la edición, Ignacio Díaz de la Serna, ofrece una clave fundamental: a Bataille, lo importante no es comprenderlo, sino ser capaz de soportarlo. Aceptado esto, se está mejor preparado para lidiar con La oscuridad no miente, selección de fragmentos y apuntes destinados a ser la segunda parte de la Suma ateológica, obra que no fue concluida nunca. Aquí, Bataille da continuidad a su filosofía, interrogando la zona productiva de la violencia, la razón, la muerte y, en general, el sentido de la experiencia, la cual él mismo entendió como el acto de vivir en el límite de lo posible.
Este libro forma parte de ese abismo, desde el que nos precipitamos a tientas del suicidio al insomnio, de la muerte a la crueldad, del saber al juego, del ateísmo a Dios. Especialmente importante es seguir su proyecto del «no-saber», a través del cual se da cuenta del significado de la muerte («la muerte nada enseña»), la revuelta («el problema esencial de la revuelta es liberar al hombre del compromiso del esclavo»), o la risa («ese efecto de trastorno íntimo, de sorpresa sofocante»).
La oscuridad no miente es un libro tramposo que, a la vez, tiene la honestidad de avisarnos sobre ese particular: «Este libro no se dirige a los hombres cuya vida no es interiormente violenta». Hombre, él mismo, de interiores violentos, de varias vidas y de diversos registros, autor de obras cardinales como Historia del ojo, La literatura y el mal y El erotismo, en los textos que arman La oscuridad no miente Bataille nos hace avanzar a oscuras, con la única ayuda de esos relámpagos efímeros que logran que nombremos la verdad. Son pocos los hombres -Sade, Nietzsche, Kafka- que alcanzan a ser, en sí mismos, enigmas de toda una cultura. Bataille es, sin duda, uno de esos enigmas.

Share

Eric Cantona y los nuevos ludditas

Iván de la Nuez

 

En 1905, Max Weber publicó La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Un siglo después –más los cinco años de bonus track que van de 2005 a 2010-, tanto el espíritu de nuestra época como la ética del trabajo discurren por las autopistas de la información. Si bien esto no es un dato absoluto, ni siquiera mayoritario (dos terceras partes del planeta ignoran lo que es conectarse), no es menos cierto que esas venas irrigan el imaginario de un mundo que amalgama lo real con lo virtual, el tiempo con la velocidad de conexión, el espacio con el ancho de banda, la pantalla con el horizonte…

Cuando el famoso libro de Weber cumplió su centenario, el sociólogo danés Pekka Himanen le rindió homenaje con la publicación de La ética del hacker. Un libro que adaptaba, y en algún caso traía por los pelos, las teorías weberianas al “espíritu de la era de la información” (según la definición de Manuel Castells). Escoltado por un prólogo de Linus Torvalds y un epílogo del propio Castells, Himanen entronizaba al hacker como figura nuclear de las nuevas formas de producción y comunicación de conocimiento. Para validar su apología, el autor se cuidó de remarcar las diferencias entre el hacker y el cracker –ese que destruye sistemas, quiebra cuentas bancarias, desmonta programas diversos: el que actúa “sin ética”-, presentándonos a su héroe como un pirata bueno, inmerso en una actividad “interesante, emocionante y gozosa”.

Las acciones de este pirata bondadoso estarían sujetas a siete factores indispensables –dinero; trabajo; optimización; flexibilidad; estabilidad; determinación y contabilidad de resultados-, mientras que su ética particular (la “nética” weberiana) estaría regida por unos principios invariables: pasión; libertad; valor social; accesibilidad; preocupación responsable y creatividad. Para alcanzar su nirvana internáutico, Himanen recomendaba apoyarse lo mismo en el Genésis que en el carácter civilizador del capitalismo. En la secuencia semanal inventada por Dios y en la pedagogía ejercida por Robinson Crusoe sobre Viernes.

Claro que Himanen, en ese manual del buen pirata que resulta su libro, acepta que los hackers casi nunca cumplen con los principios extrapolados de la moral protestante. Y claro que el autor reconoce asimismo que “hay vida más allá de la red”, si bien esos vestigios extra-tecnológicos apenas son meros apuntes, diminutas notas al pie, que relatan una antigua vitalidad ahora extinguida.

Ha pasado apenas un lustro desde La ética del hacker y buena parte de lo allí tratado nos suena casi tan remoto como El espíritu… de Weber. Basta con que recordemos, en estos cinco años de apoteosis conectiva, el desplazamiento del pc al teléfono como prueba de esta mutación ocurrida en un periodo tan breve.

Siempre conectados y expuestos, espiando y espiados.

Sujetos a un chip, somos más bien un sujeto-chip al que “por nuestro bien” –según la megafonía del metro, la ley anti-terrorista, el terrorismo sin ley, la protección de cualquier cosa- se nos diseña una vida circundada por esa multitud de cámaras que capturan, segundo a segundo, el archivo inabarcable de nuestro paso por el mundo.

 

No puede resultar extraño, entonces, el crecimiento paulatino de una tendencia a la desconexión: al desenchufe radical de nuestra cableada existencia. Una sintomatología que podemos percibir en el sueño de regresar a cierta escala humana y táctil o en la ilusión de una magnitud artesanal en los oficios. En la nostalgia por el slow food y en la añoranza de la hemeroteca. Un escritor tan actual como Kiko Amat abre un artículo en el que enaltece a The Chap con esta admonición: “Lo antiguo es mejor”. “Tweed contra Zara, vinilo contra MP3, cha-cha-chá contra house, Ealing contra el Hollywood actual: gana lo primero, admítanlo”. Aunque, como aclara el autor, no se prefieran esas cosas del pasado porque sean “antiguas” sino, precisamente, porque “son mejores”. Es su calidad, y no su antigüedad, lo que decanta su elección.

Ramón Alcoberro es un profesor de otra generación. En su página pudimos leer, hace algún tiempo, un glosario de Máquina maldecida. Contribuciones para una historia del luddismo (de Frank E. Manuel, Kevin Robins y Frank Webster), con el título de “20 tesis sobre tecnoética”. En esas notas, no se distingue de manera sustancial a los primeros ludditas de los ludditas de hoy. El latiguillo de estas tesis –“ahora como entonces”- puede dar una idea de la persistencia de ese espíritu dos siglos después.

Por mi parte, conozco a una artista que, para desarrollar su trabajo, probó con éxito todas las formas de conexión que tenía a su alcance. Pues bien, ella ha acabado renegando y ahora se rige por un dictum privado que cumple a rajatabla: estar conectada es estar controlada. Su paranoia, si así puede llamársele, se volvió crítica cuando pasó de la pregunta por el qué (nos controla) a la pregunta por el quién (nos controla). Aunque no comparto muchos de sus temores, sí que he tomado nota de sus sospechas. También puedo dar fe de que jamás la he visto “fuera de onda” o poco informada. Es perfectamente funcional a la hora de hablar sobre cualquier tema; incluidos aquellos que se les supone a los usuarios más avezados de la red.

Ahora bien, si el luddismo contemporáneo fuera tan solo un movimiento regresivo -un escuadrón de cascarrabias que optan por la desconexión para regalarse unas horas de vida “natural”-, sería bastante sencilla su sistematización. (Con apuntarse a algún club retro ya tendrían suficiente). Pero el neo-luddismo no se limita a la tecnofobia -no encamina sus acciones, exclusivamente, a desahogar su Rage Against The Machine. Además, como han visto Kafka, Musil o Deleuze, las máquinas no son únicamente los ferrocarriles y los ordenadores, los tanques de guerra y los cohetes. Lo “maquínico” es algo que va más allá –o más acá– hasta insertarse en los cuerpos y los comportamientos.

Así pues, la cosa no va –como he leído en una reciente polémica de BLDGBLOG– de una bronca entre saxofonistas y guitarristas eléctricos. En buena medida, los neo-ludditas son disidentes de la tecnología y su diversidad es tal que dificulta cualquier generalismo. Hay neoludditas opuestos al orden jurídico, plantados entre las nuevas tecnologías y sus todavía escasos correlatos legales. Y hay ludditas sexuales, cuyo objetivo no es otro que “dar rienda suelta a las pasiones inmorales, en la cotidianidad, en nuestras intimidades.»

El luddismo de estos días incluye lo mismo a renegados de la tecnología que a defensores a ultranza de la intimidad. A militantes colectivistas y a hackers que la emprenden contra sistemas informáticos de todo tipo (desde bases militares hasta casas reales pasando por webs de personajes famosos). A defensores del artesanado y a neo-hippies. A aristócratas y a movimientos anti-sistema. A las teorías de Tiqqun y a las de Richard Sennet. A los seguidores del Creative Commons y a cualquier ermitaño del siglo XXI convencido del fracaso simultáneo de la colectividad y del individuo. A algunos músicos enchufados y a ellos mismos cuando nos endosan su inevitable unplugged

Los neoludditas, por lo general, emprenden acciones que se tensan entre las posibilidades que ofrecen las máquinas y las prohibiciones que nos depara el derecho. Entre la naturaleza expansiva del mercado y la necesidad restrictiva de las leyes.

En la blogosfera, por ejemplo, anidan al menos tres tipos de neoludditas: el hacker, que ataca directamente al blog; el anónimo, que desafía al autor; y el troll, que trastoca el sentido.

Comparado con el luddismo originario de principios del XIX –al que le cantó Lord Byron y cuya fantasía bucólica lo colocaba directamente en el romanticismo-, el neo-luddismo se sostiene hoy sobre bases que mezclan la prágmática y el vandalismo, el cinismo y la utopía. Por eso no resulta inusual que muchos terminen convirtiendo lo luddita en lúdico. Dado que el luddismo original se lanzaba contra lo sólido, el Manifiesto Comunista –capaz de afirmar aquello de “todo lo sólido se desvanece en el aire”, frase que dio título al extraordinario libro de Marshall Berman- puede ser leído como un luddismo relativamente tardío. Hoy, en estas sociedades que Zigmunt Bauman ha definido como “líquidas”, podría decirse que todo lo sólido se disuelve en la red.

En esas estamos, cuando aparece Eric Cantona y lanza un órdago contra lo más sólido del sistema: el dinero. (Qué curioso: en términos técnicos, el rocoso dinero suele recibir el nombre de líquido). Cantona, volvemos a él, fue un futbolista talentoso y tiene una exacerbada pulsión de liderazgo. Ganó fama y dinero en el Machester United y ha devenido en un agitador bastante parecido a los superhéroes populares (un Super Barrio, eso sí, en plan francés y sin máscara). Cantona tiene, por otra parte, la fórmula para la revolución perfecta.

Sin manifestaciones, sin tiros, sin sangre.

Así que propone que, el próximo 7 de diciembre, la gente acuda masivamente al banco y saque su dinero. Que extraiga, en fin, su liquidez: ese tipo de sangre. Si eso llegara a suceder –si las masas agobiadas por los bancos, tenidos como principales culpables de la crisis, obedecieran y sacaran sus ahorros-, el sistema “colapsaría de inmediato”. La acción hace gala de un tipo de luddismo, también creciente, que se lanza contra el capital. Y tiene un punto, sino de efectividad, sí de efectismo.

Aunque los he conocido peores, no tengo una estima excesiva por esto que Cantona llama “El  Sistema”. Y tal vez convenga, aquí, un minuto biográfico. Pese a mi educación marxista-leninista (o tal vez por efecto contrario a ella) nunca consideré que el Comunismo fuera infinito (algo hay publicado al respecto en mis primeros ensayitos). Así que, cuando fue derribado el Muro de Berlín, mis rudimentarias expectativas se vieron cumplidas en alguna medida. Una vez ocurrida la debacle del Otro Sistema, se lanzó la idea de un Capitalismo tan “inmortal” como el Comunismo que se había desplomado en Europa. Pues bien, desde el primer momento, me negué a comulgar con la idea de que el Capitalismo fuera un sistema eterno. (Y eso que conozco a algunos que han militado con furia en estas dos inmortalidades, columpiándose de una a otra secta, no importa que a su lado se vinieran abajo muros y torres, gobiernos y bancos).

De manera que contemplo como posibilidad el hecho de que este Sistema colapse a largo plazo. En la crisis actual hay algo parecido a su propio “Muro”. En cualquier caso, ni el Comunismo inventó al Estado (aunque lo llevara al paroxismo), ni el Capitalismo inventó al Mercado (aunque lo llevara a la apoteosis). El desplome del Sistema vendrá, sobre todo, por depauperación de la democracia: ya sólo puede defenderse dejando de serlo. Nunca es poca, al menos en este blog, la alerta sobre China, donde el dinero y la tiranía van de la mano en un tipo de sociedad hacia la que avanzamos peligrosamente y en la que Cantona, dicho sea de paso, ya estaría fusilado con su familia pagando la factura de las balas. ¿Las pagaría al Estado o a los bancos?

Dicho todo lo anterior, queda claro que no voy a seguir una iniciativa como la del 7 de diciembre. En primer lugar, por un ligero detalle: no tengo dinero (o, más bien, lo que yo tengo no es “dinero”). Así que lo único que podría hacer el próximo día 7 –como la mayoría- sería devolverle a los bancos aquello que nos han dado en hipoteca. Según el plan Cantona, los que tienen dinero, sacarían su dinero. Pero los que no lo tienen, no tendrían otra que sacarse a sí mismos de donde viven, colapsando ellos mismos mientras oxigenan, de paso, al Sistema. (¿No habíamos quedado en que era siniestro?) El plan de Cantona supone la generosidad de los ricos y el suicidio de los que no lo son. Yo, la verdad, me planteo la ecuación exactamente al revés. Estoy dispuesto a ser generoso con mis cosas el día que los ricos se suiciden con las suyas.

No está demás apuntar un último prejuicio. Invariablemente, apago el chip y ejerzo mi minúsculo luddismo cuando oigo a un millonario invocar la revolución.

Share

¿Son de verdad “Neo” los conservadores del Tea Party?

 Iván de la Nuez

 

 

 

Se adueñaron de la escena con Ronald Reagan. Persistieron, algo mermados, en el interregno de Clinton. Regresaron fuertes en tiempos de Bush II. Y hoy, en lo que va de Obama, resurgen con entusiasmo alrededor del Tea Party. Estamos, se nos dice, ante algo parecido al tercer episodio en la vida de los  “neoconservadores”.

Cualquiera sea nuestra posición política, resulta difícil no admitir que, en sus años dorados –Reagan y Thatcher batuta en mano-, los neoconservadores generaron un proyecto sistemático de muy amplio espectro. Fue el apogeo de Milton Friedman y Daniel Bell, Irving Kristol y Norman Podhoretz, Jack Stockwell y Peter Steinfels, Facetas y New Criterion, Chuck Norris y Stallone –“este país tiene que estirar sus músculos”. La era de los Think Tanks y de unos asesores jovencísimos que trabajaron con entusiasmo para ilustrar la política de un presidente que no era ilustrado. Pese a su incultura –llegó a confesar que tan solo había leído ocho libros en su vida-, Reagan supo intuir la necesidad de un sofisticado cuerpo de asesores para encarrilar su proyecto. Para ello se valió de un discurso que, curiosamente, abrevó en el espacio retórico de la izquierda. Y no sólo porque algunos de sus intelectuales provinieran directamente del marxismo, o por echar mano de sonados tránsfugas del Partido Demócrata (Jane Kirkpatrick, por ejemplo). Hubo más. Desde el propio título de su proyecto, Reagan patentó un lema que era todo un oxímoron: “revolución conservadora”. Por otra parte, su andanada contra el Estado –“yo no tengo problemas con el Estado, el problema es el Estado- le confirió un aire ácrata. Aunque parezca un despropósito, puede afirmarse que Reagan tiene un capítulo reservado en la historia del anarquismo. Después de él ha sido más fácil –yo mismo lo he escuchado en directo- que algún veterano de la contracultura de los sesenta se refiera a sí mismo como un “anarquista de derechas”.

La estrategia del neoconservadurismo, a partir de los setenta, se encaminó a abrillantar los orígenes. Si Estados Unidos –como diagnosticó Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo– había desviado su ruta debido a las irrupciones modernas y posmodernas, la nueva derecha se aplicó para enderezar el rumbo. Si los años sesenta habían invertido el canon ético del XVIII –“vicios privados, virtudes públicas”, había llegado el momento de acorralar la expansión hedonista del modo de vida cultural y hacer resplandecer la ética protestante que fundó el sueño americano. Si el Estado de Bienestar, bajo el impacto de Keynes, había causado una “nociva comodidad en el individuo competitivo», era inaplazable regresar al maximalismo regulador del Mercado. Si las rebeliones de los años sesenta colgaron la incertidumbre en el horizonte de Estados Unidos, el neoconservadurismo impuso el abandono de toda duda mediante una estrategia cargada de optimismo.

Reagan confirmó que el liderazgo es imprescindible para la articulación de la nación. Friedman consignó que la competencia y el mercado son insuperables. Bell argumentó que el comportamiento asimétrico entre política, cultura y economía (vicio enorme de la «modernidad descarriada»), sólo tenía arreglo con el retorno de la ética protestante.

Habermas definió a Bell como “el más brillante” de los neoconservadores. También alertó de que obras como la suya provocarían “una política de apaciguamiento de la modernidad cultural». Las dos afirmaciones son fáciles de constatar. La primera, por el rigor de sus libros y diagnósticos. La segunda, por la comprobación de la línea autoritaria del reaganismo, que fue tan sistemática y abarcó tantos campos como todo su proyecto. Desde el apuntalamiento a dictaduras militares en lo internacional (Kirkpatrick llegó a calificar como un país “normal” a la Argentina de Videla) hasta la demonización del sida (hubo Estados que llegaron a sancionar la sodomía). Desde la implantación a gran escala de la mayoría moral encabezada por Jesse Helms hasta la paranoia generalizada detectada por Camille Paglia.

La prensa suele generalizar; acostumbrarnos al eslogan. De manera que hoy es admitido como “neocon” a casi todo lo que corre por el flanco derecho de la política. Sin embargo, bajo ese manto encontramos un espectro que abarca neoliberales y adalides del integrismo cristiano, militaristas y liberales, conservadores “de toda la vida” y macarthistas vintage.

El segundo capítulo de los neocons, bajo los mandatos de Bush II (y con la compañía no desdeñable de Dick Cheney, Donald Rumsfeld o Condoleezza Rice), puede leerse como la transición entre la Nueva Derecha primigenia y el Tea Party; ese fenómeno renovado por Sarah Palin que desde Tumiamiblog ha sido titulado como “nuestra derecha de la derecha”.

Claro que el Tea Party mantiene puntos de continuidad con el reaganismo. Entre ellos, la confianza absoluta en el mercado como regulador, el decalage entre democracia y capitalismo, la mano dura en política interna (el autoritarismo no es siempre ni necesariamente pro-estatal), la falta de complejos para proclamarse de derechas, la lucha a ultranza por la recuperación de la excepcionalidad de Estados Unidos, el retorno de la mayoría moral, la pasión incontrita por las Cruzadas…

Pero el Tea Party deja ver, asimismo, algunas diferencias. Una es evidente y puede explicar, en alguna medida, la agresividad verbal de esta corriente: Reagan estaba en el poder y ellos están en la oposición. Otra se refiere al enemigo externo: Reagan lidió contra el Comunismo y protagonizó, de muchas maneras, su desplome. La del Tea Party es una derecha que se autoproclama como punta de lanza contra el Terrorismo –El Enemigo desde Bush II-, aunque no ha conseguido derrotarlo a pesar de haber sufrido un ataque brutal en su propio territorio. Hay que hablar asimismo del desprecio a todo lo que huela a «intelectual», conducta propia del populismo reaccionario (muy parecida en esto al populismo revolucionario). Incluso Fukuyama, Huntington o Kaplan, pensadores situados en la derecha, no se han ahorrado críticas a este movimiento.

Que Palin y los paladines del Tea Party son de derechas, no cabe duda. Que esa derecha califique como “Nueva”, resulta discutible. ¿Conservadores? Seguro. Pero de ahí a que sean, necesariamente, neoconservadores hay un tramo. 

Estamos ante la derecha ascendente de una democracia menguante. La derecha del Patriot Act y del Fin Que Justifica Los Medios.

La misma que remonta el río y regresa en el tiempo, más allá de Bush y de Reagan, hasta llegar al templo iniciático de Joseph McCarthy y las Brujas de Salem.

Por supuesto, para retomar ese derrotero no hacen falta Think Tanks ni nada parecido en las alforjas. Para caminar por el maximalismo es suficiente con deshacerse del pensamiento y quedarse únicamente con los tanques.

Share

El año del Bicentenario: ¿algún refugio cerca?

Iván de la Nuez

 

En cuanto alguien se dispone a hablar en nombre de América Latina, enciendo las alarmas y, si puedo, me pongo a resguardo. Sobre todo este año de festejos por el Bicentenario de la Independencia, en el que la exaltación se prevé como un requisito obligatorio en el orden del día de las conmemoraciones.

En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar- en nombre de América Latina, es también el momento de ecualizar. De ponerle filtro a la retórica que acompaña el empeño. Con su abanico de coartadas, su ontología fuera de escala, y su dosis (o sobredosis) de mesianismo; esos elementos inflamables del combustible que ha alimentado a todo tipo de experimentos: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos (la Atlántida no suele andar muy lejos). Casi todos, por si fuera poco, pasados por el tamiz del populismo: estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

A la hora de tomar precauciones, guarecerse, ajustar sonido, los proyectos políticos no son los únicos a tener en cuenta. Los modelos culturales no se han quedado atrás a la hora de colocar los templos. El barroco y el boom, el modernismo y la antropofagia, el arielismo y Calibán, el postmodernismo y la utopía. No es cuestión de negar a ultranza los aportes –algunos formidables- de estas corrientes. (Incluso los clichés aportan lo suyo). Pero sí es momento de prevenir sobre el hecho, constatable, de que eso que entendemos por América Latina, en cualquiera de sus variantes, ha estado definido por un lenguaje eufemístico y una pretensión de unidad que muchas veces no ha hecho más que reproducir un ademán colonial.

A fin de cuentas, lo que entendemos por América Latina no deja de ser un relato, lo que no quiere decir que sea, necesariamente, una ficción. Desde el Mapa de Borges o La Mancha de Fuentes (ambos emplazados  sobre el territorio), ha primado un dibujo previo, un pre-juicio, donde el modelo ha fagocitado a lo real.

(Acaso ahí se encuentren los orígenes de tantas decepciones).

Bajo los embates de una guerra civil disfrazada de delito común, América Latina es también el enclave del principal legado de esos proyectos: la violencia. Desde ella, han brotado otros relatos menos asibles para los amantes de las teorías luminosas, pero desde los cuales podemos calibrar de otra manera el signo de este tiempo. Pienso así cuando leo las novelas de Yuri Herrera o Rodrigo Rey Rosa. Y en lo que entiendo como su distinción particular: conseguir que, bajo el territorio de La Mancha, asome, sin paliativos, la mancha del territorio.

Share

Miguelín y el Maximalismo

Iván de la Nuez

 

Miguelín. Así se llama el gigantesco Bebé-Efigie del pabellón de España en la Feria de Shanghai. A primera vista, sorprende la distancia entre el diminutivo y el tamaño del muchacho. Cabe pensar, pues, que detrás de los deberes inherentes a todo tótem –reclamo, visibilidad, sorpresa, impacto, sobrecogimiento- se esconde una buena dosis de ironía. Miguelín está diseñado por la cineasta Isabel Coixet. Y aunque su creadora no hiciera explícita tal intención, el resultado, de cualquier manera, sí que es irónico.

Ahí tenemos a Miguelín: haciendo las delicias de sus diminutos admiradores, acompañando presidentes, arrancando alguna sonrisa de los empresarios, o animando a los turistas chinos para que viajen en masa a España.

Miguelín es como un Big Baby de Ron Mueck, pero robotizado. Una figura de Jenny Saville, pero interactiva -capaz de llorar, sorprenderse, reír.  

Este Gulliver de parvulario, de algún modo refleja la España absorbida por el modelo chino, ese que se va implantado a pasos de gigante (nunca mejor dicho) en el mundo. A estas alturas, no creo que alguien piense que este sea un modelo exclusivamente para chinos: sólo para sus (oblicuos) ojos.

Miguelín tiene la desproporción mórbida de la postguerra fría. Y es una señal de que ya hemos entrado, de lleno, en la Era del Maximalismo. Ésta en la cual lo enciclopédico es sustituido por lo ciclópeo.  

Patriot Act y grandes concentraciones bancarias. Partido Único y mercado indiscriminado. Fusión, en fin, de todo lo posible: desde colecciones de arte hasta firmas de coches. Desde empresas editoriales hasta espacios públicos. Todo, siempre que sea descomunal. Como en la reciente campaña de Iberdrola: “más grande, más lejos, más gente”.

Si el minimalismo se regía por el lema “menos es más”, el maximalismo terminará identificado con el “más es menos”.  Es lo que tiene la estandarización…

Bajo esa circunstancia, estremece constatar que Miguelín es más grande que su futuro.

Share

Carlos Monsiváis: Aires de familia

Iván de la Nuez

 

Con Aires de familia, Carlos Monsiváis ganó el Premio Anagrama de Ensayo, en el año 2000. Entonces, escribí esta crítica que ahora comparto, un minúsculo homenaje al enterarme de su muerte.

 

Monsiváis

 

El reciente Premio Anagrama obtenido por Carlos Monsiváis hace justicia a este autor mexicano, que ha sido tratado con particular indiferencia en la edición española. Un acto de justicia que se extiende, quizá, al ensayo latinoamericano en su conjunto, género que ha permanecido en la sombra desde los éxitos del boom, en los años sesenta, hasta nuestros días, en los que afortunadamente un grupo de autores no se dedica a traficar con el exotismo como seña invariable de identidad. El premio coincide, además, con el 50 aniversario de El laberinto de la soledad, esa pieza fundadora publicada por Octavio Paz, y compensa, si cabe, la trayectoria de uno de esos pocos intelectuales laterales que ha tenido América Latina. Porque, si bien es cierto que Monsiváis siempre se ha comprometido con diversas causas -minorías, movimientos indígenas, reivindicaciones gays, defensa de la cultura popular, exigencia de transparencia democrática para el México gobernado por el PRI-, también es verdad que ha escapado de ese vicio nefasto que ha convertido a muchos escritores -de Paz a Carlos Fuentes, de Alejo Carpentier a Mario Vargas Llosa- en una estirpe de garantes y legisladores de esa invención que conocemos como América Latina. Reconocidos estos puntos, vale señalar asimismo que Aires de familia no refleja al mejor Monsiváis, un autor puente entre el arquetipo antes apuntado de intelectual total -al estilo de Jean-Paul Sartre, digamos- y las nuevas interpretaciones que han ensayado escritores como Roger Bartra –La jaula de la melancolía– o Antonio Benítez Rojo –La isla que se repite-, por mencionar dos de los más agudos ensayos que hemos leído en España en los últimos diez años. En una cuerda deudora del Severo Sarduy de Barroco, Monsiváis defiende la persistencia de la cultura latinoamericana a través de iconos y arquetipos que se reiteran en el cine de Hollywood y en las telenovelas, en el caudillismo continuo y en los intentos de modernización, en las migraciones y en la globalización. Monsiváis suele nadar con soltura en estas aguas, en las que conecta con pericia la literatura con la cultura popular, la reivindicación de los sujetos marginados con las incursiones literario-musicales de Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Luis Rafael Sánchez, quienes han hecho del carnaval, el bolero o la vida nocturna un paisaje literario de indudable fuerza. Al mismo tiempo, hay territorios que se le vuelven hostiles y son resueltos con un exceso de didactismo, una reiteración innecesaria de lugares comunes, y una idea algo vencida de América Latina. Pese a tratarse de un libro irregular, es posible todavía aquilatar en él el pulso de un autor que ha sabido granjearse un merecido respeto y que, en sus mejores momentos, aún conserva su audacia para borrar las fronteras entre la escritura y la vida.

(*) Publicado originalmente en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya, y recogido en Postcapital. (Crítica del futuro), Linkgua, Barcelona, 2006.

Share

El mapa de sal / en Periférica

Iván de la Nuez

  

 portada EL MAPA DE SAL 10 cm

 

Publicado originalmente en Mondadori, 2001, El mapa de sal acaba de ser re-editado por Periférica. Esta editorial acaba de publicar también Las correspondencias, de Pedro G. Romero. La semana próxima, estos libros serán presentados juntos, en Madrid y Barcelona. En el post de mañana dejo información detallada de estas presentaciones y otras «invitaciones de la semana».

Share

Inundaciones / Libro

Iván de la Nuez

 

Esta semana sale a la venta INUNDACIONES. Del Muro a Guantánamo: Invasiones artísticas en las fronteras politicas. 1989-2009. El libro, publicado por Debate, dedica un capítulo por año a la relación entre arte y política en las dos últimas décadas. Comparto aquí la cubierta y la contracubierta, que funciona además como un índice externo. Comparto también la procedencia de los capítulos.

 

  

 Inundacionescara

Cubierta

 

Inundacionesdorso 

Contracubierta

 (*) Diseño de Luz de la Mora, sobre una obra de Daniel Canogar.

 

PROCEDENCIA DE LOS CAPÍTULOS 

Los 21 capítulos de este libro están armados desde la re-escritura de medio centenar de críticas, ensayos, textos de catálogo, artículos, conferencias, capítulos de algún libro, proyectos de exposiciones…

En la mayoría de los casos, están escritos en el mismo año que reflejan; en otros, provienen del impacto provocado por el año específico en que están ubicados en este libro.

Exponer su origen es, ante todo, transparentar mi agradecimiento a todos aquellos que, durante estos veinte años, posibilitaron que salieran a flote.

 

1989. “El arte del deshielo”. Está integrado por la introducción a la antología Paisajes después del Muro, el proyecto de la exposición Inundaciones, ambos de 1999, así como el texto “Diez años tras la caída del Muro de Berlín”, publicado en Lápiz, 1998.

1990. “Cuba-Estados Unidos: Guerra Fría en el trópico”. Es una versión de “Más acá del Bien y del Mal. (El espejo cubano de la postmodernidad)”, Plural, México, 1991. Incluye asimismo alguna reflexión de “La arquitectura posible”, La Gaceta de Cuba, La Habana, 1990.

1991. “El destierro de Calibán”. Fue publicado originalmente en Memoria de un viaje. Artistas cubanos en Europa, Valencia, 1996. Los prolegómenos de este texto se encuentran en “Una isla y otra isla: por una política menor”, 15 artistas cubanos, Galería Nina Menocal, México DF, noviembre, 1991; así como en “Arte cubano en los noventa: nuevos  mapas y viejas trampas, Lápiz, Madrid, 1993.

1992. “Globalización de Macondo”. Tiene su origen en “Democrates Alter”, Casa de las Américas, La Habana, 1990.

1993. “Política de un arte exótico”. Proviene del ensayo “A dos lenguas”, Ajoblanco, 1993.

1994. «El arte de las políticas exóticas». Mezcla las reflexiones de un texto homónimo, aparecido en Lápiz, 1995, y de “Occidente y Periferia: la cuerda floja y la cadena perpetua”, Plural, México, 1992.

1995. «El mundo está en otra parte». Está integrado por “El éxodo como poética” y “El arte de marcar”, ambos en Lápiz, 1995.

1996. «Miami después de Christo». Reúne artículos sobre Miami publicados en Ajoblanco, Lápiz, La Vanguardia, y Lateral, entre 1994 y 1997. Sus títulos originales: “Miami: La frontera del penúltimo día y la isla del día después”, “Arte en Miami: redefiniciones en los 90”, o “Viaje a la última frontera”.

1997. «Siluetas sobre el canon». Versión de “Sobrevolando el canon”, Lápiz, Madrid, 1998.

1998. «Del cuerpo de la revolución a la revolución del cuerpo». Versión del ensayo aparecido en Lápiz, 1997.

1999. «Los usos paganos». Publicado en Lápiz, 1999.

2000. «La tercera Odisea». Publicado en el catálogo de Parque Humano. Una exposición de criaturas globales, Electa-La Virreina, 2002. 

2001. «Estética de la reaparición». Resume artículos o charlas sobre arte y terrorismo, la fundamentación del proyecto de exposición Postcapital y el artículo homónimo aparecido en El País, Babelia.

2002. «Cuando el arte mata». Resume distintas críticas publicadas desde 1998. Entre otras, a libros de Ignacio Vidal-Folch y Julián Ríos, así como el ensayo “Donde los asesinos”, Lápiz, y “El arte mata”, El País.

 2003. «Cuba según Spielberg». Artículo escrito a petición de Der Taggespiegel, a raíz de la llamada primavera negra de Cuba en 2003. Hay una versión en La Vanguardia, bajo el título “Ni Guerra Fría ni Muerte”.

2004. «Cadillacs en la utopía». Es un capítulo del libro Fantasía roja, Debate, Madrid, 2006. Allí aparece como “El canto de los morenos”. Tuvo una primavera versión en el suplemento Culturas, de La Vanguardia, 2004.

2005. «El Hombre Nuevo en Berlín». Es un capítulo del citado libro Fantasía roja.

2006. «Autocrítica de arte». Resume los artículos “La crisis del arte”, “Autocrítica de arte” y “La crítica de arte y su próxima desaparición”, todos en El País, Babelia, entre 2004 y 2008.

2007. «La larga marca». Resumen de los textos “Che VS. Fetiche” (Babelia, 2007) y “Che in the sky with Jacket”, (Fantasía roja), así como la conferencia del mismo título que el capítulo, presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Málaga, 2009.

2008. «En Paracaídas o con paraguas: arte política y supervivencia». Fue publicado en Encuentro de la cultura cubana, febrero 2008.

2009. «Guantánamo o el deshielo del arte». Se basa en el artículo “Guantánamo y sus inútiles metáforas”, El País, 2009.

 

 

Share

La linterna de Montaigne

Iván de la Nuez

 

montaigne1

 

En Los ensayos, el único arte al que Michel de Montaigne dedica un capítulo es al arte de la discusión. Tal vez el único arte que le merece un respeto mayor.

-El ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es, a mi entender, la discusión.

Así lo afirma en el capítulo octavo del Libro Tercero. Allí, Montaigne parte de un concepto casi jurídico de la autocrítica, un elemento obligatorio para sentarse a discutir con el otro (y que es imprescindible pedírselo asimismo al contendiente, pues la caridad no suele llevarse bien con el debate). Uno discute para mejorar el estado de cosas y al otro. Para mejorarse, de paso, a sí mismo.

Montaigne desgrana el arte de la discusión con sus habituales narraciones y ejemplos encontrados en la historia: Catón y los locos, atenienses y romanos, el jefe Magabizo y el escultor Apeles, cartagineses y persas, Tucídides y los torpes, Melastio y Dionisio…

En todos se da, más que la llegada a un acuerdo, el aprendizaje de soportar el desacuerdo del otro.

Pienso en estas cosas y se me aparece, como un mal fantasma, el país del que provengo: Cuba. Entre mis paisanos, existe una frecuente y casi insoluble división con respecto al arte de la discutir. Una división originada por la violencia de Estado que es, en buena medida, cartográfica: a menudo el desencuentro marca una línea entre los que viven en Cuba y los que están en el Exilio.

“Dialogueros” y “Antidialogueros”. Dos tropicales definiciones cuyas prácticas no han sido, sin embargo, tan alegres.

Durante mas de veinte años, he sido crítico, en ensayos, artículos y libros, con lo que considero el origen histórico, estatal, político, cultural y militar de este desencuentro. Y, también, desde mis posiciones, he participado y hasta organizado eventos, exposiciones, o dossieres de revistas con creadores que han vivido dentro y fuera de Cuba. Casi todos con posiciones distintas entre sí y distintas a las mías.

La democracia es también una didáctica, una pedagogía y un corpus móvil. Otra de sus características es su poder de contaminación. De manera que, sin hacer de esta decisión un absoluto (no me interesan, por ejemplo, los diálogos de sordos porque suelen ser diálogos con sordos), seguiré participando, cuando así lo considere, en este tipo de eventos. Eso sí -y siguiendo la luz de Montaigne sobre «el arte de la discusión»-, lo haré desde la perspectiva de una denominación más adecuada a como entiendo estas cosas.

¿“Dialoguero”? No. ¿“Antidialoguero”? Tampoco.

Me considero un discutidor.

  

(*) La linterna de Montaigne será una nueva Categoría de este blog. Desde ella, hablaremos sobre creadores actuales marcados, de alguna manera, por la huella del Maestro. Cuando la actualidad lo pida, acudiremos a algún fragmento de Los ensayos que ilumine algo del presente. Siempre utilizaremos la edición de Acantilado (que sigue la de 1595 de Marie de Gournay). El prólogo de Los Ensayos es de Antoine Compagnon. La edición y traducción son de J. Bayod Brau.

  

Share