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¿Quién quiere un boom si ya tiene un Big Bang?

Iván de la Nuez

 

 

Al inicio de La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo recuerda sus jornadas durante la Crisis de los Misiles. Esos días de octubre de 1962 en los que el mundo estuvo al borde de la hecatombe nuclear gracias al tira y afloja coheteril entre Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue este, sin duda, uno de los momentos más críticos de la Guerra Fría, recreado más tarde por la literatura, el cine o sus propios protagonistas.

En medio del peligro, Benítez Rojo comprendió de repente –mientras observaba a dos mujeres que paseaban bajo su balcón ajenas a todas las alarmas- que no iba a pasar nada y que, en definitiva, allí no llegaría el Apocalipsis. Y esto era así, razonaba el escritor, porque a pesar de los excesos verbales de JFK, NK o FC (los contendientes Kennedy, Kruschev y Castro reducidos a sus siglas), los caribeños de a pie eran poco proclives a la inmolación y le concedían la mayor importancia a esa costumbre tan poco heroica que consiste en seguir viviendo. De haber sucedido en Alemania, remató, hoy la humanidad “estaría aprendiendo a hacer fuego con palitos”.

Pues bien, tres décadas después de la primera aparición de ese libro fundamental, en el Caribe finalmente sí han estallado los misiles. Y diferencia de lo que imaginó Benítez Rojo, en este siglo XXI sí ha tenido lugar el Apocalipsis.

Esto es, al menos, lo que proponen las distopías de Jorge Enrique Lage o Rita Indiana, escritores tan conocedores de la tradición como decididos a sacudirla sin contemplaciones. En Carbono 14. Una novela de culto, Lage parte de una explosión devastadora de la que emerge una Habana poscomunista -mitad parque temático, mitad reality show-, estremecida por una realidad orwelliana en la que la vigilancia secreta del Estado se ha diseminado en la sobrexposición transparente ante las cámaras.

En La mucama de Omicunlé, Indiana avanza aún más en el desastre, combinando los ritos de la santería con el comisariado de Arte Contemporáneo, el viaje en el tiempo con la música electrónica. Todo esto en medio de un Caribe mutante en el cual, después de su fracaso respectivo, a bolivarianos y neoliberales no les queda otro remedio que llegar a una entente tan estrambótica como peligrosa.

En esa cuerda, el año pasado una exposición optó por despedir la utopía cubana, mientras que en los próximos días los artistas Allora y Calzadilla inaugurarán en la Fundación Tàpies una exposición en la que, presumiblemente, continuarán un recorrido que permite intuir la despedida a una contrautopía: la del Estado Libre Asociado.

Estos escritores y artistas, así como Mayra Santos-Febres, Riccie Oriach, Marc Latamie, Luis Negrón o Calle 13, afrontan el malestar irresuelto de una cultura permanentemente tensada entre unos Estados Nacionales cuyos límites resultan insuficientes y la pertenencia a un archipiélago cultural y físico más amplio, unido sin embargo por aquello que lo divide. Bien “la maldita circunstancia del agua por todas partes” de la que se lamentaba Virgilio Piñera, bien la violencia, la tiranía, la invasión, la pobreza y la impotencia de los modelos ideológicos que han intentado redimirlo. Por eso parecen dispuestos a suturar, desde la cultura, las carencias de unas fórmulas políticas empaquetadas unas veces en forma de utopía socialista y otras de distopía neoliberal.

No es casual, entonces, que muchos de ellos recurran a Haití, el país más pobre de Occidente; y el país al que Occidente castigó más que a ningún otro la osadía de su revolución. Ese mismo Haití tan glorificado como rito iniciático de surrealistas y amantes del realismo mágico como abandonado ante el terror latente de que acabe por convertirse en el futuro hiperrealista de todo el espacio insular.

A estas alturas, no es cuestión de ignorar que Shakespeare se sumergió en las costas caribeñas y de ese baño salió su Calibán reconvertido en símbolo de la izquierda, según Fernández Retamar, Kamau Brathwaite o Aimé Césaire. O que Manuel Moreno Fraginals y Eric Williams hicieron pasar El Capital por la plantación en libros como El ingenio o Capitalismo y esclavitud. O que incluso Oscar Wilde se dio su chapuzón en alguna costa, de la mano de Luis Rafael Sánchez –La importancia de llamarse Daniel Santos– o de Junot Díaz –La maravillosa vida breve de Óscar Wao-.

Incluso Malinowski probó encantado el ajiaco, el famoso caldo de Fernando Ortiz, para certificar que el término transculturación brotado de este era un gran aporte a la antropología: “la ciencia del sentido del humor”.

Entristece constatar, en sentido contrario, que un caribeño como Paul Lafargue escribiera El derecho a la pereza, participara en la fundación del socialismo francés y español, o tuviera por suegro nada menos que a Karl Marx, y que la izquierda de esas mismas playas en las que nació le hayan ninguneado hasta el punto de lapidarlo bajo los nombres de Nikitin, Afanasiev o Rumiantsev en aquellas clases de Comunismo Científico tan al uso en mis tiempos estudiantiles. Tal vez (siempre y cuando sobreviva a la debacle), la izquierda caribeña del porvenir reivindique a este hombre que magnificó a la pereza como un arma revolucionaria y fue capaz de colocar el placer como un elemento subversivo allí donde su ilustre suegro había situado el sacrifico y el trabajo.

Tampoco es recomendable olvidar que el invariable Dorian Gray del Caribe ha sido siempre el Plantador, camuflado, desde la trata de esclavos, en la zafra azucarera, la base militar o el resort turístico. O que la impronta de la primera revolución esclava y de la primera revolución socialista del hemisferio sigue marcando a unas culturas en las que un octogenario lo mismo puede convertirse en estrella global (Compay Segundo) que mantenerse en el poder (Fidel y Raúl Castro o Joaquín Balaguer, pongamos por caso).

Pero este ansiado destino turístico es algo más que un complejo cultural de servicios, tan propio de esos cantos para soldados y sones paras turistas que versificara Nicolás Guillén. Los caribeños, a la vez que practican esa vida pintoresca para los otros, intentan al mismo tiempo guardarse algo para sí. Una existencia de consumo propio desde la que lanzar, como quien echa una cana al aire, las “raíces al viento” (tal cual lo sugirió un Santiago Auserón que también ha buceado por aquellas aguas).

Es cierto, asimismo, que los antillanos tendemos a sublimar la parte insular y obviamos, a menudo, las zonas continentales de eso que responde al nombre de Gran Caribe.

Quizá no sea más que un desliz perdonable, pues el Caribe es tan inabarcable que sólo puede atenderse desde una cosmovisión personal. (Un expresidente jamaicano llegó a proclamar que el Caribe llegaba hasta donde alcanzaba el sonido de los tambores). Quizá se trate de una venganza imperdonable, gobernada por la satisfacción de refrendar uno de esos pocos casos en los que el pez pequeño se puede comer al pez grande.

El Caribe es también ese ámbito en el que los experimentos militares de Estados Unidos han provocado más zombis que el vudú y donde el reguetón ha conseguido unificar a más gente que el CARICOM o el ALBA juntos. Un Caribe en el que la ilusión por el norte de boat people y balseros es contrarrestada, en dirección opuesta, por otras fantasías que llegan en embarcaciones de mayor calado, como los cruceros y los portaaviones. Un Caribe, en fin, en el que el huracán Irma o el huracán Trump –acaba de afirmar que Haití es un país de mierda- han afectado simultáneamente a dos modelos contrapuestos, llamados a iluminar, desde las antípodas, el futuro de la zona: Cuba y Puerto Rico.

Desde este cachumbambé, en cuyo sube-y-baja se disuelven las fronteras entre la cultura popular y cualquier otra forma de cultura, donde Derek Walcott puede escribir Omeros para componer su Ilíada antillana y al mismo tiempo una obra teatral como Tambores y colores para reafirmar la identidad más próxima, y donde Jamaica puede jactarse de ofrecer los corredores más rápidos y los reggaes más lentos, la nueva cultura va dejando de definir al Caribe a través de las causas y empieza a narrarlo desde sus efectos, con los hechos por delante de las doctrinas y la gente por encima de sus jerarcas.

Si, como decía un “ambicioso de islas” como Robert Luis Stevenson, a todo el mundo le llega el momento de sentarse a un banquete de consecuencias, ese destino describe perfectamente a este mundo hoy sin reino.

No hace falta, para conseguirlo, ir a la caza de la última moda u ocupar el espacio de otros territorios latinoamericanos más privilegiados por editoriales, productoras musicales o museos.

Y tampoco es que tenga demasiada importancia. En ese Caribe de las circunstancias, ¿a quién le hace falta clamar por un boom si ya tiene a mano un Big Bang?

(*) Este texto fue publicado en Babelia, El País, en un dossier dedicado al Caribe, junto a un artículo de Mayra Santos-Febres, Caribe Contradictorio, y una lista de sugerencias bibliográficas elaborada por Javier Rodríguez Marcos.

 

Marcador

Saber turismo

Iván de la Nuez

 

El turista, de Dean MacCanell. Ensayo, 1976.

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Tour-ismos. La derrota de la disensión. Catálogo de exposición colectiva en la Fundación Tàpies, 2004

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El turista perpetuo. Harkaitz Cano. Cuentos, 2017.

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La trumpada

Iván de la Nuez

trump

 

Donald Trump se ha convertido en el presidente número 45 de Estados Unidos. Ni ha surgido de la nada –más bien del todo- ni únicamente le ha ganado las elecciones a Hillary Clinton. Trump ha derrotado, por el camino, a su propio partido, a Hollywood, a los medios de comunicación, al progresismo desfasado que habla en nombre de un pueblo al que apenas conoce, a las encuestas, a los intelectuales orgánicos de la democracia, al mundo que siempre espera de Estados Unidos un liderazgo global, al multiculturalismo, a las políticas de género, a los inmigrantes, al Welfare y hasta al lenguaje: en particular, el de la corrección política, al cual se ha ocupado de vapulear sin contemplaciones y, sobre todo, sin consecuencias.

La lista de derrotados es, ciertamente, muy larga, pero no tanto como para dejar escondida la pregunta inevitable: ¿quién ha ganado entonces con Trump? Además de él mismo y sus acólitos, su victoria enseña los dientes del enfado de las masas, su rebelión convertida en voto. Voto con “V” de venganza.

La de Trump es la victoria de lo estridente sobre lo rutilante. Así que, mientras más estrellas de Hollywood, más intelectuales, más progresistas de fuste se dedicaban a defenestrarlo, más se incubaba el voto sañudo de un proletariado que, entre una emancipación hipotética y una explotación segura, ha optado por esta última.

Estamos en un mundo en el cual el periodismo tiene más medios de comunicación que nunca. También, en el que cada uno de esos medios es cada vez más unánime en su línea. No puede extrañar, entonces, que Trump emerja como la apuesta de una mayoría silenciosa que acampa, como los bárbaros, en las afueras de ese inmaculado perímetro. Un conglomerado humano cuyo medio de comunicación consiste, precisamente, en un voto que no se puede adivinar.

Con Trump reaparece, igualmente, el viejo excepcionalismo norteamericano, su proteccionismo recurrente, amparado ahora en un líder que prefiere contentar a Utah antes que a Bruselas. Y no es que esté solo en el mundo, por cierto, o que carezca de congéneres europeos dispuestos a jalearle. Ya podemos entrever la alfombra roja tendida por Le Pen en Francia, Wilders en Holanda, Farage en Inglaterra, Orbán en Hungría y -con la cautela que requiere su posición- tal vez Putin en Rusia. A fin de cuentas, Trump es el primer líder de su magnitud geopolítica que resulta tan inesperado e informal como el terrorismo global. Por otra parte, el resultado de estas elecciones, combinado con el Brexit británico, logra un remake turbador del tándem Reagan-Thatcher de los años años ochenta. Y el recuerdo de que, desde la distancia del aislamiento, Estados Unidos e Inglaterra pueden dominar el mundo.

Pero Trump también representa el triunfo, quizá definitivo, de la post-democracia. El puntillazo a una tradición liberal que ha ido dimitiendo de las libertades en nombre de la economía, y de los derechos humanos en nombre de la seguridad. (Un músico negro decía ayer que estamos ante el primer presidente de los Estados Unidos que cuenta con el apoyo del FBI, el KGB y el KKK).

No se trata del primer presidente de Estados Unidos que se presenta por encima de la política. (Reagan ya lo hizo, aunque apuntalado con un Think Tank que le dio cobertura ideológica a su revolución conservadora). Pero Trump se las ha arreglado para arrastrar –sin teoría a la vista- a buena parte de la masa, la multitud, la gente, la muchedumbre, el pueblo, la ciudadanía o la sociedad civil que tantos dolores de cabeza le dieron a Gramsci, Ortega y Gasset, Canetti, Negri o Badiou, y que tantos debates semánticos sigue provocando en una izquierda que no encuentra sitio.

Si Lenin proponía canalizar el descontento creando una situación revolucionaria, Trump lo ha canalizado creando una situación reaccionaria.

Esa es la resaca que hemos de administrar y la trumpada de la que levantarnos si es que hay aspirina o conteo de protección que lo permitan.

(*) Publicado el 9-11-2016.

El No en On

Iván de la Nuez

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Últimamente, no hacemos más que encontrar un No por respuesta en lugar del Sí que dábamos por sentado.

Después del No británico a seguir en Europa, llega ahora este No colombiano a la firma de paz tras años de negociaciones.

Como si lo que se validara por arriba, finalmente no se asimilara por abajo. O lo que acordara la alta política se desvaneciera entre una muchedumbre que destroza las encuestas.

Así, resulta que las heridas zurcidas en las negociaciones no han cicatrizado carne adentro, donde todavía necesitan tiempo y antibióticos. Y así, cuando parece que todo está amarrado, chocamos con que se vota No a Europa, No al proceso de paz, No a la inmigración, No al acceso social a la medicina. Lo mismo en Inglaterra que en Colombia, en Hungría (en este caso sin validez por baja participación en el reciente referéndum xenófobo) que en Estados Unidos.

Algo falla en la correa de transmisión entre los acuerdos en la estratosfera de la política y sus confirmaciones a ras de suelo. Tal vez porque la política se ha convertido un circuito cerrado que sólo compite consigo misma y sólo tiene ojos para sí misma.

Here, there and everywhere.

El caso es que resulta difícil explicarse este “No” colombiano, salvo entre los que veían en la firma de la paz una rendición del Estado. (Como si el hecho de parar la muerte no fuera suficiente punto de partida para empezar cualquier cosa).

El No sigue en On. Aunque, y esto es lo curioso, no sirva para poner en Off a empresas de encuestas y medios de comunicación que nos aseguran, cada día, que vivimos en la realidad paralela del Sí.

PJ Harvey anticipa el Brexit

Iván de la Nuez

 

The West’s asleep. Let England shake,
weighted down with silent dead
I fear our blood won’t rise again

England’s dancing days are done
Another day, Bobby, for you to come home
& tell me indifference won

Smile, smile Bobby, with your lovely mouth.
Pack up your troubles, let’s head out
to the fountain of death
& splash about, swim back and forth
& laugh out loud

until the day is ending
& the birds are silent in the branches
& the insects are courting in the bushes
& by the shores of lovely lakes
heavy stones are falling

Día Mundial de la Aspirina

Iván de la Nuez

 

 

Hoy es el Día Mundial de los Refugiados. Así que toca contrición, 60 millones de palabras a favor de estos 60 millones de parias globales.

Digamos que hoy es el Día del Sexto País más poblado de Europa, el Quinto de África, el Tercero de América Latina o el Duodécimo de Asia.

¿Qué hacer cuando las cosas que nos rodean -desde una pelota hasta un teléfono celular- forman parte de la cotidianidad de ese problema?

Pues, como no podemos arrancar el mal de raíz –o la raíz del mal-, aplicar paliativos.

O dedicarle un día. O un hashtag. O un concierto solidario fervorosamente explayado por las redes sociales, los medios de comunicación, todo lo que pernocta en el origen de la tragedia.

¿Occidente sin Humanidades?

Iván de la Nuez

Kerouac

 

“¡Hay que reivindicar los valores de Occidente!” Este apremio reaparece cada vez que el terrorismo islámico se asoma a nuestros predios y hace correr la sangre. Una urgencia cíclica que ahora resurge, con estruendo, tras la masacre perpetrada en París. En esa reclamación se esconde, sin embargo, una paradoja que no conviene esquivar si queremos bajarle el tono a la demagogia. Y es que, en lo más alto de tan noble demanda, suelen encaramarse los mismos líderes que han tenido a bien reducir las Humanidades en los programas de estudio europeos. Resulta curioso tanto golpe de pecho en la reivindicación de Occidente y, a la vez, ver acorralada la filosofía en los planes de enseñanza mientras nos dedicamos a sublimar esa panacea universal que es la tecnocracia.

Mirado así, no debe extrañar cierta confusión a la hora de entender qué valores occidentales nos llaman a defender nuestros políticos. ¿La democracia, el cristianismo, el paganismo, la revolución, la tecnología, el consumo? ¿La libertad, la fraternidad, la igualdad? ¿El jazz, el rock, el pop, el rap? ¿Los valores laicos o los religiosos? ¿Los de la familia o los de la escuela? ¿Los que vienen de la tradición o los que dicta la constitución?

Claro que estas serán, siempre, preguntas difíciles de responder. Entre otras cosas, porque elegir entre la diversidad ha sido, hasta hace poco, un estandarte que nos caracterizaba como occidentales. Pero no cabe duda de que, sin una educación humanista en condiciones, seremos incapaces de afrontar esas cuestiones con alguna garantía.

Al ritmo que vamos, podemos acabar resultándonos tan inexplicables como ese terrorismo que ahora nos espanta, pero al que estamos llamados a oponernos desde todos y cada uno de los frentes. (Incluidos los culturales).

El infierno no son “los otros”, como justificaba Sartre; el paraíso tampoco.

De alguna manera, el valor de Occidente es igual a Democracia más Humanidades. Aunque el éxito de esta ecuación requiere algo más que sustituir la cultura por la tecnología, la duda por el fanatismo, la comunidad por la secta, la crítica por la militancia. Y demanda, igualmente, algo más que poner en práctica esa nueva modalidad de multiculturalismo financiero, consistente en cambiar libertades por unos petrodólares que ya marcan el funcionamiento de nuestras muy occidentales instituciones artísticas, mediáticas o deportivas. (Sobran ejemplos de algunos para los que la Alianza de las Civilizaciones no reside en entenderse con los árabes, sino con los jeques).

No hay aquí, dicho sea de paso, la más mínima justificación de los asesinos. Esta nota al pie de la masacre es tan sólo una alerta lanzada desde una sociedad que, simplemente, no está en condiciones de reivindicar los valores que está dejando de transmitir.

Dipsópolis

Iván de la Nuez

botelllón

 

Vuelve el verano y, con el calor, el Botellón busca su apogeo. También algún que otro deporte asociado, como el “balconing”, el turismo etílico, la transformación de la calle en una barra móvil e inabarcable. Llega el sol y, con él, salen los “bárbaros”. Esas huestes que modifican la escala urbana y atraviesan la ciudad para plantar sus tiendas en las afueras, al otro lado de sus murallas. Tribus dispuestas a dinamitar el viejo emblema del siglo XVIII que recomendaba mantener los vicios privados y las virtudes públicas.

El Botellón, por el contrario, es todo expansión: del núcleo al extrarradio, de lo privado a lo público, del recato al exhibicionismo, de la profesionalidad al amateurismo, de la industria a la manufactura, de la Universidad a la calle. Rebasa los claustros convencionales de la Ciudad Etílica y establece una nueva Dipsópolis en la queda desbordado el recinto alcohólico por excelencia de la economía de servicios, tan propia de los países turísticos: el bar.

Pero el Botellón -vilipendiado o glorificado desde estudios, moralidades e intereses varios- es algo más. De ahí que encarne una curiosa subversión del tempo etílico habitual (ese drama griego del dipsómano profesional con su planteamiento, su nudo y su desenlace) para lanzarnos, desde el principio, a por el pelotazo. Junto al tiempo, trastorna igualmente el espacio alcohólico, al renegar de la taberna cerrada para proyectarse en las plazas abiertas. Desde ese paisaje, es posible sacarlo de la exclusividad de borrachera y vandalismo en la que, no sin razón, se ha colocado habitualmente.

Una historia corta nos llevaría hasta finales de 2011, cuando estaba extendida la idea de que los jóvenes españoles permanecían aletargados bajo los efectos de una evidente “desafección”. (No faltaron autoridades y líderes de opinión encargados de afearles su desconexión de la “cosa pública”). Sobre todo, porque esa desidia alcanzaba su clímax en largos fines de semana durante los cuales esas generaciones llamadas a habitar el futuro se abandonaban a la desmesura etílica.

Basta con que un responsable público se queje de la poca implicación política de los jóvenes para que, acto seguido, esa crítica le estalle en la cara. Esta vez no fue una excepción y pronto las plazas se llenaron de muchachos indignados; preocupados, ahora sí, por la política (coto cerrado que “no los representaba” y a la que, también, proponían dirimir en la calle). Así que se lanzaron de lleno a la protesta por la crisis, por la decadencia de la democracia, por el desplome del futuro que se suponía suyo. La movilización dejó, entonces, de ser etílica para convertirse en política. Y la respuesta dejó de ser paternal para convertirse en policial.

No es fácil calibrar con exactitud cuanta gente dio el salto del Botellón a la revuelta. Y aunque Paul Lafargue o Bertrand Russell, en sus merodeos por la ociosidad y la pereza, pudieran auxiliarnos en esa tarea, siempre será complicado establecer el momento preciso en que una forma de ocio se transforma en práctica política: el minuto crucial en que el Botellón se transforma en Batallón.

En cualquier caso, al camuflaje –milenaria táctica militar- lo encontramos tanto en la esencia de la revuelta urbana como en la de la coctelería (de la que el Botellón viene a ser un capítulo salvaje). Porque no dejan de ser eso, camuflajes, los rudimentos dispuestos para mitigar la fortaleza del ron, el aguardiente, los licores fuertes e “intragables” en solitario.

Esto nos lleva a una historia más larga, que empieza directamente con la palabra Cock´s Tail -cola de gallo-, rama con la que revolvían y atenuaban los licores más bravos en el mexicano puerto de Campeche desde la segunda mitad del siglo XIX. A partir de allí, es posible trenzar, entre muchas otras, una relación entre política y coctelería. A fin de cuentas, si el ron puede considerarse un producto colonial (sale de la plantación de esclavos), la coctelería es, por derecho impropio, un arte neocolonial (no se interesa sólo por conquistar los territorios sino también los espíritus, lo cual define al neocolonialismo).

Ahí tenemos al Daiquiri, que toma su nombre del lugar por el que desembarcaron los norteamericanos para intervenir en Cuba al final de la guerra de independencia en 1898. Ya los mambises tenían ganada la guerra a España, así que no le resultó difícil a Estados Unidos aplicar su política de “fruta madura” y, de paso, darle otro uso al hielo picado que venía en las fragatas de guerra para conservar los cuerpos de los caídos en combate. De ese incidente neocolonial surge, cómo no, el Cuba Libre, que consiste en paliar el ron a palo seco con la primigenia bebida de cola norteamericana. (Cualquier parecido con la foto de la última Cumbre de las Américas en Panamá no es casualidad). Hubo, eso sí, un cóctel independentista: la canchánchara (ron, miel, cítrico), que se tomaba caliente y servía lo mismo para darse valor en una carga al machete que para combatir el frío húmedo de la manigua.

En Cuba, país que enaltece cada vez que puede el Nacionalismo Coctelero, ha habido casi siempre un altar para el Historiador de la Ciudad, o incluso el de la Plantación. Pero también fue objeto de culto el cargo, mucho más singular, de Historiador del Ron, ejercido por Fernando G. Campoamor desde una ejemplar combinación de la teoría y la práctica.

Hay un momento en que todo esto pasa de la historia a la infrahistoria. Pensemos, si no, en el tunin’; esa tecnología automotriz de serie B mediante la cual los coches son sometidos a mutaciones de todo tipo. Pues bien, la Ley Seca en Estados Unidos provocó las primeras modificaciones en los automóviles para habilitar espacios interiores que sirvieran como escondite al alcohol de contrabando. Digamos que el tunin’ originario lo inventó Al Capone. Pero admitamos además que el tunin’, con su estética kitsch y su sello macarra, planta su resistencia ante la estandarización de las marcas convencionales. No debe ser casual que una de sus fantasías estrellas consista en la colocación de un mueble bar en los sitios más insospechados: desde la pizarra hasta el maletero.

Al final, el cóctel no deja de ser una contradicción en los términos: acaba uniendo aquello que, en teoría, no debería encajar. Y su estandarte no puede ser más opuesto a los designios de la pureza (nacional o etílica), pues no funciona sin la contaminación, algo que podría resumirse en una frase: mezclar es bueno.

De cara a las historias de género, cabe añadir que, durante un buen tiempo, y particularmente en las Antillas, los combinados funcionaron como el trago femenino por excelencia, tal cual el Daiquiri, hasta que Hemingway –El Macho Literario por excelencia- lo masculinizó (o se feminizó él): “Mi Mojito en La Bodeguita, mi Daiquiri en El Floridita”.

Sin esa historia de la coctelería, incluidos antecedentes populares como el Kalimocho, no entenderemos del todo el Botellón y su lugar en el trazado de la nueva Dipsópolis. Tampoco sin el auxilio de estudios que ya lo han insertado en la academia o la sociología. Algunas veces como un “conflicto posmoderno” (Artemio Baigorri), otras como un subproducto del neoliberalismo (Héctor Caño o César López Llera). Casi siempre como una cita física en la época de las redes virtuales. Existe, incluso, un cómic del mismísimo Ibáñez: Super López. El gran botellón.

Otros planos de la Dipsópolis vienen servidos por El diario del Ron, de Hunter S. Thompson, o la escritura lisérgica de Kingsley Amis. Por Beber de cine, de José Luis Garci, o la infatigable cartografía que Joan de Sagarra ha construido a través de bares, precios y continentes (los tipos de vaso) del Jameson. Queda lugar, todavía, para el desfase y el delirio (Resacón en Las Vegas), o para el mapa de trazo fino con que los cocteleros famosos –Javier de las Muelas, pongamos por caso- siguen la estela de los cocineros estrella.

No es suficiente, en todo caso, con aferrarnos a las recientes coctelerías cool para explicar la ciudad etílica. Es menester fijarnos en el bareto de toda la vida, del carajillo y el pacharán, del vinito mañanero y el garrafón, del paro y el desahucio. O seguir de cerca la impenitente ronda diurna del que bebe fiado hasta que consigue pagar y empieza otra vez a trazar su desnortado urbanismo.

El tempo de estas esquinas de la Dipsópolis es el de aguantar y sostenerse como se planta uno ante el diluvio o la guerra. Una resistencia contraria a la elegante dipsomanía de los bares caros y, asimismo, al Fast-Drink del Botellón. Y es que hay algo ruso –algo eslavo o nórdico- en esa forma de beber para tumbarse. Algo que viene de esa zona del mundo a la que debemos el más famoso, geopolítico y peligroso de todos los combinados: el cóctel molotov.

El Negro Iván y el Big Data

Iván de la Nuez

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Hace unos meses, me dio por escribir algunos artículos sobre el control de nuestros datos en Internet, el precio de cada paso que dábamos en la red y, en fin, el uso y abuso que de esos datos hacen las compañías, los gobiernos, las agencias de seguridad. Unas veces escribía espoleado por un libro de Evgueny Morozov o de César Rendueles, otras por la visita a la exposición Big Bang Data… El caso es que aquellos artículos dejaban una sensación apocalíptica, un sentimiento de “todo está perdido”; más bien “todo está vigilado”.

Una experiencia posterior me ayudó, sin embargo, a matizar esas pesadumbres.

Resulta que, al enterarme de la muerte de Juan Formell, director de los Van Van, decidí regresar a los primeros éxitos de la orquesta. A unos años que coincidieron con la época en que yo era un muchacho allá en Cuba. Así que me metí en Youtube y busqué Marilú. Busqué De mis recuerdos, compuesta por Formell para Elena Burke. Busqué a Pastorita con su guararey.

¿Qué pasó? Pues que, a la tercera búsqueda, apareció en la pantalla un anuncio personalizado para este internauta obsesionado por los primeros Van Van. ¿Y qué me ofrecía el anuncio? Nada más, y nada menos, que un producto para alisarme el pelo.

Para El Gran Hermano de nuestros días, la conclusión es obvia: si te gustan los Van Van, eres negro; y si eres negro, no te gustan tus rizos. Una cadena de racismo múltiple que, al final, me dejó una salida aprovechable. Si esa es mi identidad, así me dije, entonces El Sistema es falible y la datificación del mundo tiene sus puntos de fuga. Digamos que, en medio de la agonía por el control total de Internet, se abrió ante mí una ventana cimarrona en la que, por unos instantes, llegué a sentirme a salvo de la confiscación de mi vida.

Ahora, como El Negro Iván Siempre Dispuesto a Estirarse el Pelo, había encontrado una brecha en El Sistema. Una vía de escape que me permitía jibarizarlo y salir huyendo, nunca mejor dicho, con mi música a otra parte. Aunque sólo fuera por Seis semanas.

Fumatas

Iván de la Nuez

En su primer día, el cónclave vaticano nos dejó sin Papa a la vista. Fumata negra. Un rato más tarde, el Barça tumbó al Milan en los octavos de final de la Champions. Fumata azulgrana. Algunos medios daban cuenta de la votación mediante la cual Las Malvinas se mantendrían inglesas. Fumata británica. En otros, nos enterábamos que Silvio Berlusconi no salió del hospital por un problema ocular, lo cual le salvó de tener que responder por una imputación de la justicia. Fumata cotidiana. También se ha venido sabiendo, aunque eso no es noticia, que el presidente Obama fracasó en el enésimo intento de colarle un proyecto al Senado de Estados Unidos. Fumata cameral. Una mujer en España fue obligada a entregar sus tres hijos a un padre para que este los llevara de vuelta a México. Fumata paterna. Más tarde sí hubo un Papa, argentino además. Fumata blanca.

No sé cuantas fumatas en unas horas, miles tal vez. Un par de jornadas corrientes en el arco iris del Occidente cristiano (que dijera el poeta de Haití antes de que Haití dejara de emitir fumata alguna). Y no son más fumatas porque que ignoramos las de otros lugares en los que ni siquiera hay propiamente “noticias”, incluso en tiempos como estos en los que todo se sabe. Un “todo” que, por supuesto, no es más que una categoría para ocultar muchos e invisibles “algos”, “alguienes”…

En todos lados, se pierde y se gana. Da igual que se trate de países, curias papales, equipos de fútbol, sentimientos nacionales, una pareja que se tira los hijos a la cabeza.

Es ley de vida, se nos dice. Hay que saber perder y saber ganar, se nos insiste, porque de lo contrario se solivianta la horda y salimos en trompa como el ejército, el hooligan, la mala bestia que arrastramos desde tiempos remotos.

Aguantarse, en fin, para que las cosas sigan su curso. Y darle sin parar a la ruleta a ver si sale premio o bala.

(*) La imagen es una pieza de Félix González Torres.