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La trumpada

Iván de la Nuez

trump

 

Donald Trump se ha convertido en el presidente número 45 de Estados Unidos. Ni ha surgido de la nada –más bien del todo- ni únicamente le ha ganado las elecciones a Hillary Clinton. Trump ha derrotado, por el camino, a su propio partido, a Hollywood, a los medios de comunicación, al progresismo desfasado que habla en nombre de un pueblo al que apenas conoce, a las encuestas, a los intelectuales orgánicos de la democracia, al mundo que siempre espera de Estados Unidos un liderazgo global, al multiculturalismo, a las políticas de género, a los inmigrantes, al Welfare y hasta al lenguaje: en particular, el de la corrección política, al cual se ha ocupado de vapulear sin contemplaciones y, sobre todo, sin consecuencias.

La lista de derrotados es, ciertamente, muy larga, pero no tanto como para dejar escondida la pregunta inevitable: ¿quién ha ganado entonces con Trump? Además de él mismo y sus acólitos, su victoria enseña los dientes del enfado de las masas, su rebelión convertida en voto. Voto con “V” de venganza.

La de Trump es la victoria de lo estridente sobre lo rutilante. Así que, mientras más estrellas de Hollywood, más intelectuales, más progresistas de fuste se dedicaban a defenestrarlo, más se incubaba el voto sañudo de un proletariado que, entre una emancipación hipotética y una explotación segura, ha optado por esta última.

Estamos en un mundo en el cual el periodismo tiene más medios de comunicación que nunca. También, en el que cada uno de esos medios es cada vez más unánime en su línea. No puede extrañar, entonces, que Trump emerja como la apuesta de una mayoría silenciosa que acampa, como los bárbaros, en las afueras de ese inmaculado perímetro. Un conglomerado humano cuyo medio de comunicación consiste, precisamente, en un voto que no se puede adivinar.

Con Trump reaparece, igualmente, el viejo excepcionalismo norteamericano, su proteccionismo recurrente, amparado ahora en un líder que prefiere contentar a Utah antes que a Bruselas. Y no es que esté solo en el mundo, por cierto, o que carezca de congéneres europeos dispuestos a jalearle. Ya podemos entrever la alfombra roja tendida por Le Pen en Francia, Wilders en Holanda, Farage en Inglaterra, Orbán en Hungría y -con la cautela que requiere su posición- tal vez Putin en Rusia. A fin de cuentas, Trump es el primer líder de su magnitud geopolítica que resulta tan inesperado e informal como el terrorismo global. Por otra parte, el resultado de estas elecciones, combinado con el Brexit británico, logra un remake turbador del tándem Reagan-Thatcher de los años años ochenta. Y el recuerdo de que, desde la distancia del aislamiento, Estados Unidos e Inglaterra pueden dominar el mundo.

Pero Trump también representa el triunfo, quizá definitivo, de la post-democracia. El puntillazo a una tradición liberal que ha ido dimitiendo de las libertades en nombre de la economía, y de los derechos humanos en nombre de la seguridad. (Un músico negro decía ayer que estamos ante el primer presidente de los Estados Unidos que cuenta con el apoyo del FBI, el KGB y el KKK).

No se trata del primer presidente de Estados Unidos que se presenta por encima de la política. (Reagan ya lo hizo, aunque apuntalado con un Think Tank que le dio cobertura ideológica a su revolución conservadora). Pero Trump se las ha arreglado para arrastrar –sin teoría a la vista- a buena parte de la masa, la multitud, la gente, la muchedumbre, el pueblo, la ciudadanía o la sociedad civil que tantos dolores de cabeza le dieron a Gramsci, Ortega y Gasset, Canetti, Negri o Badiou, y que tantos debates semánticos sigue provocando en una izquierda que no encuentra sitio.

Si Lenin proponía canalizar el descontento creando una situación revolucionaria, Trump lo ha canalizado creando una situación reaccionaria.

Esa es la resaca que hemos de administrar y la trumpada de la que levantarnos si es que hay aspirina o conteo de protección que lo permitan.

(*) Publicado el 9-11-2016.

Marcador

El No en On

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de NO YES

 

Últimamente, no hacemos más que encontrar un No por respuesta en lugar del Sí que dábamos por sentado.

Después del No británico a seguir en Europa, llega ahora este No colombiano a la firma de paz tras años de negociaciones.

Como si lo que se validara por arriba, finalmente no se asimilara por abajo. O lo que acordara la alta política se desvaneciera entre una muchedumbre que destroza las encuestas.

Así, resulta que las heridas zurcidas en las negociaciones no han cicatrizado carne adentro, donde todavía necesitan tiempo y antibióticos. Y así, cuando parece que todo está amarrado, chocamos con que se vota No a Europa, No al proceso de paz, No a la inmigración, No al acceso social a la medicina. Lo mismo en Inglaterra que en Colombia, en Hungría (en este caso sin validez por baja participación en el reciente referéndum xenófobo) que en Estados Unidos.

Algo falla en la correa de transmisión entre los acuerdos en la estratosfera de la política y sus confirmaciones a ras de suelo. Tal vez porque la política se ha convertido un circuito cerrado que sólo compite consigo misma y sólo tiene ojos para sí misma.

Here, there and everywhere.

El caso es que resulta difícil explicarse este “No” colombiano, salvo entre los que veían en la firma de la paz una rendición del Estado. (Como si el hecho de parar la muerte no fuera suficiente punto de partida para empezar cualquier cosa).

El No sigue en On. Aunque, y esto es lo curioso, no sirva para poner en Off a empresas de encuestas y medios de comunicación que nos aseguran, cada día, que vivimos en la realidad paralela del Sí.

PJ Harvey anticipa el Brexit

Iván de la Nuez

 

The West’s asleep. Let England shake,
weighted down with silent dead
I fear our blood won’t rise again

England’s dancing days are done
Another day, Bobby, for you to come home
& tell me indifference won

Smile, smile Bobby, with your lovely mouth.
Pack up your troubles, let’s head out
to the fountain of death
& splash about, swim back and forth
& laugh out loud

until the day is ending
& the birds are silent in the branches
& the insects are courting in the bushes
& by the shores of lovely lakes
heavy stones are falling

Día Mundial de la Aspirina

Iván de la Nuez

 

 

Hoy es el Día Mundial de los Refugiados. Así que toca contrición, 60 millones de palabras a favor de estos 60 millones de parias globales.

Digamos que hoy es el Día del Sexto País más poblado de Europa, el Quinto de África, el Tercero de América Latina o el Duodécimo de Asia.

¿Qué hacer cuando las cosas que nos rodean -desde una pelota hasta un teléfono celular- forman parte de la cotidianidad de ese problema?

Pues, como no podemos arrancar el mal de raíz –o la raíz del mal-, aplicar paliativos.

O dedicarle un día. O un hashtag. O un concierto solidario fervorosamente explayado por las redes sociales, los medios de comunicación, todo lo que pernocta en el origen de la tragedia.

¿Occidente sin Humanidades?

Iván de la Nuez

Kerouac

 

“¡Hay que reivindicar los valores de Occidente!” Este apremio reaparece cada vez que el terrorismo islámico se asoma a nuestros predios y hace correr la sangre. Una urgencia cíclica que ahora resurge, con estruendo, tras la masacre perpetrada en París. En esa reclamación se esconde, sin embargo, una paradoja que no conviene esquivar si queremos bajarle el tono a la demagogia. Y es que, en lo más alto de tan noble demanda, suelen encaramarse los mismos líderes que han tenido a bien reducir las Humanidades en los programas de estudio europeos. Resulta curioso tanto golpe de pecho en la reivindicación de Occidente y, a la vez, ver acorralada la filosofía en los planes de enseñanza mientras nos dedicamos a sublimar esa panacea universal que es la tecnocracia.

Mirado así, no debe extrañar cierta confusión a la hora de entender qué valores occidentales nos llaman a defender nuestros políticos. ¿La democracia, el cristianismo, el paganismo, la revolución, la tecnología, el consumo? ¿La libertad, la fraternidad, la igualdad? ¿El jazz, el rock, el pop, el rap? ¿Los valores laicos o los religiosos? ¿Los de la familia o los de la escuela? ¿Los que vienen de la tradición o los que dicta la constitución?

Claro que estas serán, siempre, preguntas difíciles de responder. Entre otras cosas, porque elegir entre la diversidad ha sido, hasta hace poco, un estandarte que nos caracterizaba como occidentales. Pero no cabe duda de que, sin una educación humanista en condiciones, seremos incapaces de afrontar esas cuestiones con alguna garantía.

Al ritmo que vamos, podemos acabar resultándonos tan inexplicables como ese terrorismo que ahora nos espanta, pero al que estamos llamados a oponernos desde todos y cada uno de los frentes. (Incluidos los culturales).

El infierno no son “los otros”, como justificaba Sartre; el paraíso tampoco.

De alguna manera, el valor de Occidente es igual a Democracia más Humanidades. Aunque el éxito de esta ecuación requiere algo más que sustituir la cultura por la tecnología, la duda por el fanatismo, la comunidad por la secta, la crítica por la militancia. Y demanda, igualmente, algo más que poner en práctica esa nueva modalidad de multiculturalismo financiero, consistente en cambiar libertades por unos petrodólares que ya marcan el funcionamiento de nuestras muy occidentales instituciones artísticas, mediáticas o deportivas. (Sobran ejemplos de algunos para los que la Alianza de las Civilizaciones no reside en entenderse con los árabes, sino con los jeques).

No hay aquí, dicho sea de paso, la más mínima justificación de los asesinos. Esta nota al pie de la masacre es tan sólo una alerta lanzada desde una sociedad que, simplemente, no está en condiciones de reivindicar los valores que está dejando de transmitir.

Dipsópolis

Iván de la Nuez

botelllón

 

Vuelve el verano y, con el calor, el Botellón busca su apogeo. También algún que otro deporte asociado, como el “balconing”, el turismo etílico, la transformación de la calle en una barra móvil e inabarcable. Llega el sol y, con él, salen los “bárbaros”. Esas huestes que modifican la escala urbana y atraviesan la ciudad para plantar sus tiendas en las afueras, al otro lado de sus murallas. Tribus dispuestas a dinamitar el viejo emblema del siglo XVIII que recomendaba mantener los vicios privados y las virtudes públicas.

El Botellón, por el contrario, es todo expansión: del núcleo al extrarradio, de lo privado a lo público, del recato al exhibicionismo, de la profesionalidad al amateurismo, de la industria a la manufactura, de la Universidad a la calle. Rebasa los claustros convencionales de la Ciudad Etílica y establece una nueva Dipsópolis en la queda desbordado el recinto alcohólico por excelencia de la economía de servicios, tan propia de los países turísticos: el bar.

Pero el Botellón -vilipendiado o glorificado desde estudios, moralidades e intereses varios- es algo más. De ahí que encarne una curiosa subversión del tempo etílico habitual (ese drama griego del dipsómano profesional con su planteamiento, su nudo y su desenlace) para lanzarnos, desde el principio, a por el pelotazo. Junto al tiempo, trastorna igualmente el espacio alcohólico, al renegar de la taberna cerrada para proyectarse en las plazas abiertas. Desde ese paisaje, es posible sacarlo de la exclusividad de borrachera y vandalismo en la que, no sin razón, se ha colocado habitualmente.

Una historia corta nos llevaría hasta finales de 2011, cuando estaba extendida la idea de que los jóvenes españoles permanecían aletargados bajo los efectos de una evidente “desafección”. (No faltaron autoridades y líderes de opinión encargados de afearles su desconexión de la “cosa pública”). Sobre todo, porque esa desidia alcanzaba su clímax en largos fines de semana durante los cuales esas generaciones llamadas a habitar el futuro se abandonaban a la desmesura etílica.

Basta con que un responsable público se queje de la poca implicación política de los jóvenes para que, acto seguido, esa crítica le estalle en la cara. Esta vez no fue una excepción y pronto las plazas se llenaron de muchachos indignados; preocupados, ahora sí, por la política (coto cerrado que “no los representaba” y a la que, también, proponían dirimir en la calle). Así que se lanzaron de lleno a la protesta por la crisis, por la decadencia de la democracia, por el desplome del futuro que se suponía suyo. La movilización dejó, entonces, de ser etílica para convertirse en política. Y la respuesta dejó de ser paternal para convertirse en policial.

No es fácil calibrar con exactitud cuanta gente dio el salto del Botellón a la revuelta. Y aunque Paul Lafargue o Bertrand Russell, en sus merodeos por la ociosidad y la pereza, pudieran auxiliarnos en esa tarea, siempre será complicado establecer el momento preciso en que una forma de ocio se transforma en práctica política: el minuto crucial en que el Botellón se transforma en Batallón.

En cualquier caso, al camuflaje –milenaria táctica militar- lo encontramos tanto en la esencia de la revuelta urbana como en la de la coctelería (de la que el Botellón viene a ser un capítulo salvaje). Porque no dejan de ser eso, camuflajes, los rudimentos dispuestos para mitigar la fortaleza del ron, el aguardiente, los licores fuertes e “intragables” en solitario.

Esto nos lleva a una historia más larga, que empieza directamente con la palabra Cock´s Tail -cola de gallo-, rama con la que revolvían y atenuaban los licores más bravos en el mexicano puerto de Campeche desde la segunda mitad del siglo XIX. A partir de allí, es posible trenzar, entre muchas otras, una relación entre política y coctelería. A fin de cuentas, si el ron puede considerarse un producto colonial (sale de la plantación de esclavos), la coctelería es, por derecho impropio, un arte neocolonial (no se interesa sólo por conquistar los territorios sino también los espíritus, lo cual define al neocolonialismo).

Ahí tenemos al Daiquiri, que toma su nombre del lugar por el que desembarcaron los norteamericanos para intervenir en Cuba al final de la guerra de independencia en 1898. Ya los mambises tenían ganada la guerra a España, así que no le resultó difícil a Estados Unidos aplicar su política de “fruta madura” y, de paso, darle otro uso al hielo picado que venía en las fragatas de guerra para conservar los cuerpos de los caídos en combate. De ese incidente neocolonial surge, cómo no, el Cuba Libre, que consiste en paliar el ron a palo seco con la primigenia bebida de cola norteamericana. (Cualquier parecido con la foto de la última Cumbre de las Américas en Panamá no es casualidad). Hubo, eso sí, un cóctel independentista: la canchánchara (ron, miel, cítrico), que se tomaba caliente y servía lo mismo para darse valor en una carga al machete que para combatir el frío húmedo de la manigua.

En Cuba, país que enaltece cada vez que puede el Nacionalismo Coctelero, ha habido casi siempre un altar para el Historiador de la Ciudad, o incluso el de la Plantación. Pero también fue objeto de culto el cargo, mucho más singular, de Historiador del Ron, ejercido por Fernando G. Campoamor desde una ejemplar combinación de la teoría y la práctica.

Hay un momento en que todo esto pasa de la historia a la infrahistoria. Pensemos, si no, en el tunin’; esa tecnología automotriz de serie B mediante la cual los coches son sometidos a mutaciones de todo tipo. Pues bien, la Ley Seca en Estados Unidos provocó las primeras modificaciones en los automóviles para habilitar espacios interiores que sirvieran como escondite al alcohol de contrabando. Digamos que el tunin’ originario lo inventó Al Capone. Pero admitamos además que el tunin’, con su estética kitsch y su sello macarra, planta su resistencia ante la estandarización de las marcas convencionales. No debe ser casual que una de sus fantasías estrellas consista en la colocación de un mueble bar en los sitios más insospechados: desde la pizarra hasta el maletero.

Al final, el cóctel no deja de ser una contradicción en los términos: acaba uniendo aquello que, en teoría, no debería encajar. Y su estandarte no puede ser más opuesto a los designios de la pureza (nacional o etílica), pues no funciona sin la contaminación, algo que podría resumirse en una frase: mezclar es bueno.

De cara a las historias de género, cabe añadir que, durante un buen tiempo, y particularmente en las Antillas, los combinados funcionaron como el trago femenino por excelencia, tal cual el Daiquiri, hasta que Hemingway –El Macho Literario por excelencia- lo masculinizó (o se feminizó él): “Mi Mojito en La Bodeguita, mi Daiquiri en El Floridita”.

Sin esa historia de la coctelería, incluidos antecedentes populares como el Kalimocho, no entenderemos del todo el Botellón y su lugar en el trazado de la nueva Dipsópolis. Tampoco sin el auxilio de estudios que ya lo han insertado en la academia o la sociología. Algunas veces como un “conflicto posmoderno” (Artemio Baigorri), otras como un subproducto del neoliberalismo (Héctor Caño o César López Llera). Casi siempre como una cita física en la época de las redes virtuales. Existe, incluso, un cómic del mismísimo Ibáñez: Super López. El gran botellón.

Otros planos de la Dipsópolis vienen servidos por El diario del Ron, de Hunter S. Thompson, o la escritura lisérgica de Kingsley Amis. Por Beber de cine, de José Luis Garci, o la infatigable cartografía que Joan de Sagarra ha construido a través de bares, precios y continentes (los tipos de vaso) del Jameson. Queda lugar, todavía, para el desfase y el delirio (Resacón en Las Vegas), o para el mapa de trazo fino con que los cocteleros famosos –Javier de las Muelas, pongamos por caso- siguen la estela de los cocineros estrella.

No es suficiente, en todo caso, con aferrarnos a las recientes coctelerías cool para explicar la ciudad etílica. Es menester fijarnos en el bareto de toda la vida, del carajillo y el pacharán, del vinito mañanero y el garrafón, del paro y el desahucio. O seguir de cerca la impenitente ronda diurna del que bebe fiado hasta que consigue pagar y empieza otra vez a trazar su desnortado urbanismo.

El tempo de estas esquinas de la Dipsópolis es el de aguantar y sostenerse como se planta uno ante el diluvio o la guerra. Una resistencia contraria a la elegante dipsomanía de los bares caros y, asimismo, al Fast-Drink del Botellón. Y es que hay algo ruso –algo eslavo o nórdico- en esa forma de beber para tumbarse. Algo que viene de esa zona del mundo a la que debemos el más famoso, geopolítico y peligroso de todos los combinados: el cóctel molotov.

El Negro Iván y el Big Data

Iván de la Nuez

seguridad-big-data

 

Hace unos meses, me dio por escribir algunos artículos sobre el control de nuestros datos en Internet, el precio de cada paso que dábamos en la red y, en fin, el uso y abuso que de esos datos hacen las compañías, los gobiernos, las agencias de seguridad. Unas veces escribía espoleado por un libro de Evgueny Morozov o de César Rendueles, otras por la visita a la exposición Big Bang Data… El caso es que aquellos artículos dejaban una sensación apocalíptica, un sentimiento de “todo está perdido”; más bien “todo está vigilado”.

Una experiencia posterior me ayudó, sin embargo, a matizar esas pesadumbres.

Resulta que, al enterarme de la muerte de Juan Formell, director de los Van Van, decidí regresar a los primeros éxitos de la orquesta. A unos años que coincidieron con la época en que yo era un muchacho allá en Cuba. Así que me metí en Youtube y busqué Marilú. Busqué De mis recuerdos, compuesta por Formell para Elena Burke. Busqué a Pastorita con su guararey.

¿Qué pasó? Pues que, a la tercera búsqueda, apareció en la pantalla un anuncio personalizado para este internauta obsesionado por los primeros Van Van. ¿Y qué me ofrecía el anuncio? Nada más, y nada menos, que un producto para alisarme el pelo.

Para El Gran Hermano de nuestros días, la conclusión es obvia: si te gustan los Van Van, eres negro; y si eres negro, no te gustan tus rizos. Una cadena de racismo múltiple que, al final, me dejó una salida aprovechable. Si esa es mi identidad, así me dije, entonces El Sistema es falible y la datificación del mundo tiene sus puntos de fuga. Digamos que, en medio de la agonía por el control total de Internet, se abrió ante mí una ventana cimarrona en la que, por unos instantes, llegué a sentirme a salvo de la confiscación de mi vida.

Ahora, como El Negro Iván Siempre Dispuesto a Estirarse el Pelo, había encontrado una brecha en El Sistema. Una vía de escape que me permitía jibarizarlo y salir huyendo, nunca mejor dicho, con mi música a otra parte. Aunque sólo fuera por Seis semanas.

Fumatas

Iván de la Nuez

En su primer día, el cónclave vaticano nos dejó sin Papa a la vista. Fumata negra. Un rato más tarde, el Barça tumbó al Milan en los octavos de final de la Champions. Fumata azulgrana. Algunos medios daban cuenta de la votación mediante la cual Las Malvinas se mantendrían inglesas. Fumata británica. En otros, nos enterábamos que Silvio Berlusconi no salió del hospital por un problema ocular, lo cual le salvó de tener que responder por una imputación de la justicia. Fumata cotidiana. También se ha venido sabiendo, aunque eso no es noticia, que el presidente Obama fracasó en el enésimo intento de colarle un proyecto al Senado de Estados Unidos. Fumata cameral. Una mujer en España fue obligada a entregar sus tres hijos a un padre para que este los llevara de vuelta a México. Fumata paterna. Más tarde sí hubo un Papa, argentino además. Fumata blanca.

No sé cuantas fumatas en unas horas, miles tal vez. Un par de jornadas corrientes en el arco iris del Occidente cristiano (que dijera el poeta de Haití antes de que Haití dejara de emitir fumata alguna). Y no son más fumatas porque que ignoramos las de otros lugares en los que ni siquiera hay propiamente “noticias”, incluso en tiempos como estos en los que todo se sabe. Un “todo” que, por supuesto, no es más que una categoría para ocultar muchos e invisibles “algos”, “alguienes”…

En todos lados, se pierde y se gana. Da igual que se trate de países, curias papales, equipos de fútbol, sentimientos nacionales, una pareja que se tira los hijos a la cabeza.

Es ley de vida, se nos dice. Hay que saber perder y saber ganar, se nos insiste, porque de lo contrario se solivianta la horda y salimos en trompa como el ejército, el hooligan, la mala bestia que arrastramos desde tiempos remotos.

Aguantarse, en fin, para que las cosas sigan su curso. Y darle sin parar a la ruleta a ver si sale premio o bala.

(*) La imagen es una pieza de Félix González Torres.

Negrofilia

Iván de la Nuez

Lincoln y Django se han desencadenado. De la mano de Spielberg y Tarantino, presidente y esclavo consiguen dar otra vuelta de tuerca a ese síntoma de la cultura occidental que se ha venido consolidando en el último siglo: la paulatina incorporación –en positivo– del mundo de los negros al arte de los blancos.

Desde los tiempos de la vanguardia hasta los del multiculturalismo, del cubismo al pop, del gospel al rock, de la reivindicación de las raíces a la obsesión por el desarraigo del arte global, la historia de la negrofilia, sin menoscabar sus buenas intenciones, ha estado plagada de ambigüedades, malentendidos o racismos encubiertos. En ella, se acomodan el Picasso que se lanza a por las máscaras africanas a principios del siglo XX y los judíos fundadores del sello Blue Note que cobijan a los jazzistas negros en tiempos de la segregación…

Si saltamos hasta los años sesenta -que es saltarse a Elvis- encontramos que esta corriente coincide con el avance, no sin sangre, de los derechos civiles en Estados Unidos y con el alcance, más sangre aún, de la independencia de las colonias africanas. Por un lado, Martin Luther King; por el otro, Patrice Lumumba. Y en medio, Jimmy Hendrix, James Brown o Billy Preston redondeando el ritmo de los Beatles o los Rolling Stones.

A partir de ahí, un Lennon que colabora con Chuck Berry y Little Richard, apoya a los Panteras Negras o entabla amistad con Miles Davis (también intenta sin éxito algo parecido a jugar baloncesto en la calle). O un Dylan –con esa zona tan productiva de su música bajo la influencia afroamericana- que relata la historia de Huracán Carter, boxeador noqueado por el racismo.

Es la época en que el pop empieza a incorporar elementos de la iconografía negra, algo que conduciría más tarde, ya en los ochenta, a la conexión de Andy Warhol con Jean-Michel Basquiat, el primer pintor de raza negra que apareció en la portada de la revista dominical de The New York Times, lo cual no sucedió hasta ¡1985!

Durante los años setenta, la música disco intentó licuar la deriva radical del decenio anterior. Y mientras los Bee Gees componían para Otis Redding o Diana Ross, el productor alemán Frank Farian ponía en órbita a Boney M, gracias al recurso bastante repetido de productor-blanco-explota-producto-negro. Pero la del setenta es, también, la década de la Blaxploitation, cine negro hecho por negros –Curtis Mayfield o Isaac Hayes- sin el cual la obra de Quentin Tarantino, sencillamente, no existiría.

Ya puestos en Hollywood, conviene recordar que, durante años, el protagonista negro era el primero en morir… y el último en ser besado por una mujer blanca, algo que (con permiso de Ellen Barkin) se mantiene con recato invariable hasta hoy.

Y aquí aparece Madonna. Por una parte, la estrella femenina con más impacto que ha generado el pop se coloca en la frecuencia del fotógrafo Robert Mapplethorpe para levantar un panegírico al negro como mito erótico. Por la otra, tenemos su intento, entre melodramático y rudimentario, de “normalizar” el elemento afroamericano en su videografía. Muy diferente a lo que pasa en la ciencia ficción, que imaginó durante largas décadas un futuro sin negros o, tal vez peor (no olvidemos las buenas intenciones), concibió metáforas en los que estos bien podrían ser el “otro” extraterrestre con el que tendríamos que lidiar o entendernos. ¿No es eso, acaso, lo que sugiere Enemigo mío, de Wolfgang Petersen, o el mismo ET de, otra vez, Spielberg?

En este siglo XXI, con Obama se expande una predilección a la que no le faltan prejuicios: aquella que bendice su triunfo electoral como una prueba del advenimiento del post-negro. Esto es: un negro ulterior, con modales de Harvard y con un trayecto que puede rastrearse desde Michael Jackson hasta la estandarización quirúrgica –blanqueamiento incluido- al que actualmente se someten muchas de las estrellas negras de la música, la moda y el cine.

Tal vez, a contrapié, a lo que hoy asistimos es a la configuración de un cierto tipo de post-blanco, apreciable en una Amy Winehouse que salta a la fama con un primer disco titulado, precisamente, Back to Black; o en un Eli Paperboy Reed que se despacha a gusto con un soul cercano a Otis Redding o Marvin Gaye.

Actuando como contraparte de la negrofobia, la negrofilia persigue un camino inverso al racismo. Unas veces, a base de reproducir los usos y abusos de aquello que combate. Otras, abandonada a una fantasía acrítica que le impide percatarse de la diversidad con la que está tratando, de ahí que los negrófilos tiren del estereotipo con más frecuencia de lo deseable. Y más de una vez –vistazo al documental Enjoy Poverty de Renzo Martins-, amalgamando compasión y colonialismo.

Sin duda, los mejores momentos de la negrofilia son aquellos que van más allá de la “apropiación”, la “recuperación” o la “inclusión”. Y, sin duda, uno de ellos es El ritmo perdido, ensayo reciente de Santiago Auserón. Un libro en el que la impronta negra es activada como componente intrínseco de la música española, un órgano vital del cuerpo de Occidente.

Como ya había experimentado antes en su antología Semilla del son, más que acometer un ejercicio de apropiación, lo que hace Auserón es restaurar un derecho de propiedad. No nos remite a una influencia, sino a una pertenencia. El ritmo perdido funciona, además, como la certificación del distanciamiento de su autor con respecto a otros proyectos negrófilos puestos en marcha por la World Music –Peter Gabriel o Paul Simon-, o con el Ry Cooder que cree haber encontrado, en los viejos soneros cubanos, un sonido incontaminado y rural. Más bien, a Santiago Auserón estos veteranos le interesan justo por lo contrario: por su impureza y su fundadora dimensión urbana. (Tal cual había ocurrido en el Nueva York de los años veinte, treinta y cuarenta gracias al trapicheo de George Gershwin con Ignacio Piñeiro, Miguel Matamoros o María Teresa Vera).

Al mismo tiempo que le quita herrumbre a un eslabón perdido de la música popular española, El ritmo perdido completa un capítulo necesario de la negrofilia. Sólo que se inscribe en esta corriente en la misma medida que la pone bajo sospecha; la valida desde su continua disidencia.

 

(*) Publicado en Catalunya Plural, Eldiario.es.

(*) En las imágenes, la portada de El ritmo perdido (Península), de Santiago Auserón; Warhol y Basquiat (fotografía de Michael Halsband); y un fotograma en el que aparecen Miles Davis, John Lennon y Yoko Ono, del videoclip de Nobody Told Me.  

 

Chitalu y los Afronautas

Iván de la Nuez

Según algunas leyendas ancestrales, los africanos también van al cielo después de la muerte. A veces directamente, sin calvario ni limbo, convertidos en pájaros o mariposas. En estos días se ha ventilado sin embargo una historia que nos confirma que los africanos, además del cielo, intentaron alcanzar el Cosmos. Que buscaron en vida, allá por los años sesenta, como los norteamericanos o los soviéticos, su propia Odisea del espacio.

El programa de una “cosmonáutica africana” surgió paralela a la independencia de Zambia, gracias a Edward Makuka Nkoloso. Este profesor imaginó en 1964 (y cinco años antes de que Neil Armstrong pisara la Luna) un proyecto para que África también se asomara a la estratosfera. El profesor Makuka soñaba con un cohete en el que viajarían doce astronautas y diez gatos. Por soñar, sonó incluso con la ayuda de la UNESCO (llegó a solicitar formalmente una financiación de 7 millones de libras) y con Zambia tuteándose con Estados Unidos y la Unión Soviética en el espacio sideral.

Hay proyectos fracasados porque no llegan a buen puerto. Este fracasó porque ni siquiera salió de puerto alguno.

Con toda la precariedad imaginable, y valiéndose de unos entrenamientos más que rudimentarios –una de las preparaciones consistía en tirar montaña abajo al futuro cosmonauta dentro de un barril-, al final el plan no sólo fracasó sino que, de tan descabellado, parecía condenado al olvido…

Hasta que Cristina de Middel, una fotógrafa decepcionada del periodismo, recuperó aquella aventura y, valiéndose de la ficción, consiguió imaginarle un colofón distinto a aquellos sueños africanos de tener “mañana la Luna”.

Nacida en Alicante, 1975, y residente en Londres, esta artista ha reconstruido las derivas de aquella Odisea africana mediante un libro con título inequívoco: Los afronautas.

En la línea de Sputnik, de Joan Fontcuberta, y con una estética que nos remite a la mezcla entre una versión tercermundista de la serie Lost y las ruinas de bases espaciales rusas, Los afronautas establece una parábola entre la soledad de un cosmonauta en el espacio y la soledad del continente africano. Al mismo tiempo, se niega a aceptar el encasillamiento al que este ha sido sometido. A fin de cuentas, el continente del que se alaban las mejores vistas de las estrellas en la noche ¿por qué no puede darse la oportunidad de viajar hasta ellas?

Curiosamente, la de los afronautas no ha sido la única recuperación de Zambia en estos días. Hay otra historia que también tiene su origen en 1964, año en que llega al poder Kenneth Kaunda (quien proclama más tarde la independencia). Pues bien, además del proyecto para alcanzar el espacio, en ese año 1964 echa a rodar la liga nacional de fútbol. Y es aquí donde entra Jerry Muchimba, un banquero de profesión que en sus ratos libres ha reconstruido –en bibliotecas, hemerotecas y archivos- la historia de la liga zambiana y, de paso, la de su mejor jugador: Godfrey Chitalu.

Este delantero marcó nada menos que 107 goles durante el año 1972, algo que Muchimba ha contabilizado después de un acucioso conteo avalado por sus investigaciones. Esos 107 goles superarían los 85 de Gerd “Torpedo” Müller y los que pueda marcar Leo Messi este año (va por 90 a falta de un partido).

Aunque se ha percibido una “conspiración madridista” contra Messi en el hecho de avalar la gesta de Chitalu, Muchimba se desmarca de este asunto y sostiene algo obvio: el récord no habla de la calidad de la competencia, sino de los goles marcados en un año natural por un jugador de cualquier liga (incluida la africana).

Los fanatismos, en cualquier caso, se han hecho desatado en Europa, sobre todo en España. Como si estuviéramos más predispuestos a admitir el viaje de los afronautas ficticios a las estrellas que a reconocer un afrogoleador de verdad entre ellas.

(*) Todas las imágenes forman parte del proyecto The Afronauts, de Cristina de Middel. Con esta obra, la autora es finalista del Premio Deutsche Börse de fotografía.