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Negrofilia

Iván de la Nuez

Lincoln y Django se han desencadenado. De la mano de Spielberg y Tarantino, presidente y esclavo consiguen dar otra vuelta de tuerca a ese síntoma de la cultura occidental que se ha venido consolidando en el último siglo: la paulatina incorporación –en positivo– del mundo de los negros al arte de los blancos.

Desde los tiempos de la vanguardia hasta los del multiculturalismo, del cubismo al pop, del gospel al rock, de la reivindicación de las raíces a la obsesión por el desarraigo del arte global, la historia de la negrofilia, sin menoscabar sus buenas intenciones, ha estado plagada de ambigüedades, malentendidos o racismos encubiertos. En ella, se acomodan el Picasso que se lanza a por las máscaras africanas a principios del siglo XX y los judíos fundadores del sello Blue Note que cobijan a los jazzistas negros en tiempos de la segregación…

Si saltamos hasta los años sesenta -que es saltarse a Elvis- encontramos que esta corriente coincide con el avance, no sin sangre, de los derechos civiles en Estados Unidos y con el alcance, más sangre aún, de la independencia de las colonias africanas. Por un lado, Martin Luther King; por el otro, Patrice Lumumba. Y en medio, Jimmy Hendrix, James Brown o Billy Preston redondeando el ritmo de los Beatles o los Rolling Stones.

A partir de ahí, un Lennon que colabora con Chuck Berry y Little Richard, apoya a los Panteras Negras o entabla amistad con Miles Davis (también intenta sin éxito algo parecido a jugar baloncesto en la calle). O un Dylan –con esa zona tan productiva de su música bajo la influencia afroamericana- que relata la historia de Huracán Carter, boxeador noqueado por el racismo.

Es la época en que el pop empieza a incorporar elementos de la iconografía negra, algo que conduciría más tarde, ya en los ochenta, a la conexión de Andy Warhol con Jean-Michel Basquiat, el primer pintor de raza negra que apareció en la portada de la revista dominical de The New York Times, lo cual no sucedió hasta ¡1985!

Durante los años setenta, la música disco intentó licuar la deriva radical del decenio anterior. Y mientras los Bee Gees componían para Otis Redding o Diana Ross, el productor alemán Frank Farian ponía en órbita a Boney M, gracias al recurso bastante repetido de productor-blanco-explota-producto-negro. Pero la del setenta es, también, la década de la Blaxploitation, cine negro hecho por negros –Curtis Mayfield o Isaac Hayes- sin el cual la obra de Quentin Tarantino, sencillamente, no existiría.

Ya puestos en Hollywood, conviene recordar que, durante años, el protagonista negro era el primero en morir… y el último en ser besado por una mujer blanca, algo que (con permiso de Ellen Barkin) se mantiene con recato invariable hasta hoy.

Y aquí aparece Madonna. Por una parte, la estrella femenina con más impacto que ha generado el pop se coloca en la frecuencia del fotógrafo Robert Mapplethorpe para levantar un panegírico al negro como mito erótico. Por la otra, tenemos su intento, entre melodramático y rudimentario, de “normalizar” el elemento afroamericano en su videografía. Muy diferente a lo que pasa en la ciencia ficción, que imaginó durante largas décadas un futuro sin negros o, tal vez peor (no olvidemos las buenas intenciones), concibió metáforas en los que estos bien podrían ser el “otro” extraterrestre con el que tendríamos que lidiar o entendernos. ¿No es eso, acaso, lo que sugiere Enemigo mío, de Wolfgang Petersen, o el mismo ET de, otra vez, Spielberg?

En este siglo XXI, con Obama se expande una predilección a la que no le faltan prejuicios: aquella que bendice su triunfo electoral como una prueba del advenimiento del post-negro. Esto es: un negro ulterior, con modales de Harvard y con un trayecto que puede rastrearse desde Michael Jackson hasta la estandarización quirúrgica –blanqueamiento incluido- al que actualmente se someten muchas de las estrellas negras de la música, la moda y el cine.

Tal vez, a contrapié, a lo que hoy asistimos es a la configuración de un cierto tipo de post-blanco, apreciable en una Amy Winehouse que salta a la fama con un primer disco titulado, precisamente, Back to Black; o en un Eli Paperboy Reed que se despacha a gusto con un soul cercano a Otis Redding o Marvin Gaye.

Actuando como contraparte de la negrofobia, la negrofilia persigue un camino inverso al racismo. Unas veces, a base de reproducir los usos y abusos de aquello que combate. Otras, abandonada a una fantasía acrítica que le impide percatarse de la diversidad con la que está tratando, de ahí que los negrófilos tiren del estereotipo con más frecuencia de lo deseable. Y más de una vez –vistazo al documental Enjoy Poverty de Renzo Martins-, amalgamando compasión y colonialismo.

Sin duda, los mejores momentos de la negrofilia son aquellos que van más allá de la “apropiación”, la “recuperación” o la “inclusión”. Y, sin duda, uno de ellos es El ritmo perdido, ensayo reciente de Santiago Auserón. Un libro en el que la impronta negra es activada como componente intrínseco de la música española, un órgano vital del cuerpo de Occidente.

Como ya había experimentado antes en su antología Semilla del son, más que acometer un ejercicio de apropiación, lo que hace Auserón es restaurar un derecho de propiedad. No nos remite a una influencia, sino a una pertenencia. El ritmo perdido funciona, además, como la certificación del distanciamiento de su autor con respecto a otros proyectos negrófilos puestos en marcha por la World Music –Peter Gabriel o Paul Simon-, o con el Ry Cooder que cree haber encontrado, en los viejos soneros cubanos, un sonido incontaminado y rural. Más bien, a Santiago Auserón estos veteranos le interesan justo por lo contrario: por su impureza y su fundadora dimensión urbana. (Tal cual había ocurrido en el Nueva York de los años veinte, treinta y cuarenta gracias al trapicheo de George Gershwin con Ignacio Piñeiro, Miguel Matamoros o María Teresa Vera).

Al mismo tiempo que le quita herrumbre a un eslabón perdido de la música popular española, El ritmo perdido completa un capítulo necesario de la negrofilia. Sólo que se inscribe en esta corriente en la misma medida que la pone bajo sospecha; la valida desde su continua disidencia.

 

(*) Publicado en Catalunya Plural, Eldiario.es.

(*) En las imágenes, la portada de El ritmo perdido (Península), de Santiago Auserón; Warhol y Basquiat (fotografía de Michael Halsband); y un fotograma en el que aparecen Miles Davis, John Lennon y Yoko Ono, del videoclip de Nobody Told Me.  

 

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Chitalu y los Afronautas

Iván de la Nuez

Según algunas leyendas ancestrales, los africanos también van al cielo después de la muerte. A veces directamente, sin calvario ni limbo, convertidos en pájaros o mariposas. En estos días se ha ventilado sin embargo una historia que nos confirma que los africanos, además del cielo, intentaron alcanzar el Cosmos. Que buscaron en vida, allá por los años sesenta, como los norteamericanos o los soviéticos, su propia Odisea del espacio.

El programa de una “cosmonáutica africana” surgió paralela a la independencia de Zambia, gracias a Edward Makuka Nkoloso. Este profesor imaginó en 1964 (y cinco años antes de que Neil Armstrong pisara la Luna) un proyecto para que África también se asomara a la estratosfera. El profesor Makuka soñaba con un cohete en el que viajarían doce astronautas y diez gatos. Por soñar, sonó incluso con la ayuda de la UNESCO (llegó a solicitar formalmente una financiación de 7 millones de libras) y con Zambia tuteándose con Estados Unidos y la Unión Soviética en el espacio sideral.

Hay proyectos fracasados porque no llegan a buen puerto. Este fracasó porque ni siquiera salió de puerto alguno.

Con toda la precariedad imaginable, y valiéndose de unos entrenamientos más que rudimentarios –una de las preparaciones consistía en tirar montaña abajo al futuro cosmonauta dentro de un barril-, al final el plan no sólo fracasó sino que, de tan descabellado, parecía condenado al olvido…

Hasta que Cristina de Middel, una fotógrafa decepcionada del periodismo, recuperó aquella aventura y, valiéndose de la ficción, consiguió imaginarle un colofón distinto a aquellos sueños africanos de tener “mañana la Luna”.

Nacida en Alicante, 1975, y residente en Londres, esta artista ha reconstruido las derivas de aquella Odisea africana mediante un libro con título inequívoco: Los afronautas.

En la línea de Sputnik, de Joan Fontcuberta, y con una estética que nos remite a la mezcla entre una versión tercermundista de la serie Lost y las ruinas de bases espaciales rusas, Los afronautas establece una parábola entre la soledad de un cosmonauta en el espacio y la soledad del continente africano. Al mismo tiempo, se niega a aceptar el encasillamiento al que este ha sido sometido. A fin de cuentas, el continente del que se alaban las mejores vistas de las estrellas en la noche ¿por qué no puede darse la oportunidad de viajar hasta ellas?

Curiosamente, la de los afronautas no ha sido la única recuperación de Zambia en estos días. Hay otra historia que también tiene su origen en 1964, año en que llega al poder Kenneth Kaunda (quien proclama más tarde la independencia). Pues bien, además del proyecto para alcanzar el espacio, en ese año 1964 echa a rodar la liga nacional de fútbol. Y es aquí donde entra Jerry Muchimba, un banquero de profesión que en sus ratos libres ha reconstruido –en bibliotecas, hemerotecas y archivos- la historia de la liga zambiana y, de paso, la de su mejor jugador: Godfrey Chitalu.

Este delantero marcó nada menos que 107 goles durante el año 1972, algo que Muchimba ha contabilizado después de un acucioso conteo avalado por sus investigaciones. Esos 107 goles superarían los 85 de Gerd “Torpedo” Müller y los que pueda marcar Leo Messi este año (va por 90 a falta de un partido).

Aunque se ha percibido una “conspiración madridista” contra Messi en el hecho de avalar la gesta de Chitalu, Muchimba se desmarca de este asunto y sostiene algo obvio: el récord no habla de la calidad de la competencia, sino de los goles marcados en un año natural por un jugador de cualquier liga (incluida la africana).

Los fanatismos, en cualquier caso, se han hecho desatado en Europa, sobre todo en España. Como si estuviéramos más predispuestos a admitir el viaje de los afronautas ficticios a las estrellas que a reconocer un afrogoleador de verdad entre ellas.

(*) Todas las imágenes forman parte del proyecto The Afronauts, de Cristina de Middel. Con esta obra, la autora es finalista del Premio Deutsche Börse de fotografía.

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Banda contra Banda

Iván de la Nuez

¿Contrarias?, ¿paralelas?, ¿coincidentes?, ¿distintas?, ¿similares? Compartimos aquí este duelo entre las bandas juveniles y las «art-gangs». Una especie de videojuego povera All Those Gangs– que firman al alimón Ramón Williams y Pedro Vizcaíno.

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«Hacerse político» para no «hacer política»

Iván de la Nuez

Para “hacerse político” es imprescindible estar en un partido. Y ese es, exactamente, el punto de partida para dejar de “hacer política”.

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Ulises en cinco minutos

Iván de la Nuez

Hace algo más de una semana, Felix Baumgartner saltó desde la estratosfera y no empleó ni cinco minutos en regresar a la tierra tras recorrer más de 39 kilómetros. El saltador, que rompió la barrera del sonido, llegó a alcanzar una velocidad superior a los 1300 kilómetros por hora.

Una vuelta muy rápida, qué duda cabe.

Sobre todo si comparamos a Felix con Ulises, al que le tomó diez años regresar a Ítaca (más otros diez antes de decidirse a emprender el retorno). Ulises tuvo que lidiar con todo tipo de aventuras y guerras, así como otras tantas distracciones humanas y divinas que, dispuestas por Homero, salían a su encuentro con el objetivo de complicarle el viaje a casa.

Veintitantos siglos antes de Carlos Gardel, Ulises ya se había ocupado de desmentir la famosa afirmación de que “veinte años no es nada”.

Para Ulises, de Ítaca a Ítaca, veinte años fueron mucho; ¡fueron la Odisea!

De los diez años empleados por Ulises en volver a Ítaca a los cinco minutos que le bastaron a Felix Baumgartner para regresar a la tierra es posible hilvanar una historia del afán de retorno que ha atenazado, desde siempre, a muchos seres humanos. Una historia que puede alojarse en una sola jornada de Leopold Bloom por Dublín en ese otro Ulises, el de Joyce, o en la vuelta de José María Heredia a Cuba previa petición del perdón colonial. En el viaje de regreso a su Checoslovaquia natal de Irena, protagonista de La ignorancia, de Milan Kundera, o en Santiago, el antihéroe de Hemingway en El Viejo y el mar que trata por todos los medios de volver a la orilla con la prueba desguazada de su hazaña.

Regresos trágicos todos y, por decirlo de alguna manera, ficticios. En tales ausencias, el punto de partida se ha “movido” como se mueve la tierra bajo nuestros pasos. Veinte años o cinco minutos bastan para que el lugar al que retornamos haya dejado de existir.

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Capitalismo y limusinas

Iván de la Nuez

David Cronenberg ha estrenado por aquí su película Cosmópolis, en la que sigue el viaje en limusina de Eric Packer -un tiburón de las altas finanzas- a través de Manhattan con el único objetivo de llegar a su barbero.

La asepsia del vehículo contrasta, claro está, con el caos que tiene lugar más allá de sus protegidos cristales. ¿Una metáfora de la crisis financiera? El director lo niega con firmeza, echando mano de una secuencia que, en principio, debería disipar cualquier duda. Sostiene el director de Videodrome, La mosca o Una historia de violencia que el guión de Cosmópolis fue escrito hace tres años. Por si fuera poco, está basado en la novela homónima que Don Delillo publicó hace más de una década.

Imposible, entonces, que se trate de una obra sobre esta crisis de ahora. Si así fuera, Delillo podría ser confirmado como un Julio Verne posmoderno, un practicante de la literatura de anticipación (en este caso financiera).

También cabría otra interpretación: que esta crisis es más larga de lo que convenimos, producto de codicias más antiguas y, por lo tanto, no es difícil que Delillo la avistara nada más empezar el siglo. La prueba es que, aunque Cronenberg no lo mencione, hay otros antecedentes con argumentos similares a Cosmópolis. En su ensayo La anarquía que viene, publicado en 1994, Robert Kaplan –un defensor a ultranza del liberalismo- también utilizó la alusión a un paseo en limusina para explicar el entonces pujante capitalismo global y, de paso, la democracia posterior a la Guerra Fría.

¿Merecen la democracia todos los países?, se preguntaba Kaplan. Y su respuesta no podía ser más categórica: la democracia es, apenas, un accidente “occidental”, una superstición etnocéntrica y, en el caso de los países de Asia, África e incluso América Latina, una extravagancia.

Ante la anarquía prevista en 1994 (esa bajo la que hoy vivimos), Kaplan optaba por las dictaduras “benignas” de esos años. Así, Turquía, Perú o China (capaces de garantizar el crecimiento económico y la estabilidad política), le parecían preferibles a las precarias democracias de otros países por entonces “ingobernables” (Rusia, Nigeria, Colombia), en los que el caos se había adueñado de la situación.

Lo curioso es que, para sus predicciones, Kaplan se había apropiado de una parábola de Homer Dixon, un neomalthusiano, que ¡también! utilizó la limusina para construirse una imagen del mundo.

Para ambos –Dixon y Kaplan-, la diferencia entre la limusina y los barrios por los que esta se desplazaba es la misma que encontramos entre el mundo desarrollado y los otros mundos, entre los países que merecen subirse a la democracia y los países que no pueden sentarse en ella.

Tanto el broker de Delillo y Cronenberg, como el ultraliberal de Dixon y Kaplan, practican un darwinismo financiero que da por “natural” el hecho de que unos vivan en el lujo y otros en el desahucio.

No es casual, pues, que viajen en limusinas; esos artefactos que casi siempre consiguen evitar la contaminación, aunque no siempre el tráfico.

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El «baggage» convertido en bagaje

Iván de la Nuez

Un joven diseñador español, Rodrigo García, aspira al premio James Dyson, de inventos para el futuro, con una maleta capaz de perseguir a su dueño. La periodista Roberta Bosco añade (desde El País) que se trata de una “maleta inteligente”, la cual sigue a su propietario mediante una señal del teléfono móvil (en particular, de la aplicación Bluetooth). La crónica añade que, en el caso de que tengamos varias maletas, estas incluso “se pueden programar para que se sigan unas a otras”.

En fin, ¡una maleta que no tenemos que cargar! Una maleta que, llegado el caso, puede ocupar su lugar dentro de un rebaño.

Leyendo la noticia, me vino a la mente Tulse Luper, el protagonista de la película de Peter Greenaway. Más que ser perseguido por sus 92 maletas, el extraño Tulse acaba, prácticamente, viviendo en ellas. Y más que relacionarse con el objeto, Luper lo hace con el contenido del equipaje. Las maletas son su propia biografía, el devenir de una vida atrapada en lo que contienen esas pertenencias que cifran un legado y sus enigmas.

Sin la maleta “mexicana” de Robert Capa, o la maleta “francesa” de Agustí Centelles, hoy sabríamos menos de la guerra civil. Sin La maleta, de Sergei Dovlatov, sabríamos menos de la vida bajo el Comunismo. Sin ese equipaje –el único que le permiten “sacar” las autoridades soviéticas- que le acompaña a Estados Unidos y en el que, emparedada entre el Marx del fondo y el Brodsky de la tapa, tiene lugar “una vida perdida”.

Sin las Maletas perdidas de Jordi Puntí seríamos algo más ignorantes de la nueva Europa levantada en la postguerra fría.

Cuando el novelista turco Orhan Pamuk, un escritor algo obsesionado con la construcción de su propio museo, pronunció su discurso para recibir el Premio Nobel, su título no fue otro que La maleta de mi padre.

Se cuentan por decenas, acaso centenares, los artistas actuales que utilizan las maletas para representar casas, ciudades y países portátiles…

¿Qué decir de ese capítulo de la cultura contemporánea que son las maletas de los djs?

El baggage, en fin, se ha convertido en bagaje.

En la última década, me he encontrado con algunos cubanos que repiten una muletilla para explicarme la desventura: “¡Ese es tu maletín!”. Esto es: esa es tu herencia, el peso que te toca acarrear, el lastre que la vida, el gobierno, la familia o tú mismo han colocado sobre tus hombros. Da lo mismo que se trate de un padre desastroso, un hijo díscolo, una disidencia política o una pareja problemática. “Tu maletín” es tu destino manifiesto, la valija que guarda una fatalidad no sólo inevitable, sino también inmutable.

Volviendo a la noticia, lo que propone este joven inventor con su maleta futurista –esa que puede seguirte por un aeropuerto- no es más que la actualización tecnológica de una antigua costumbre. Porque lidiar con una maleta es algo más que hacerla o deshacerla. Es bregar con lo necesario y lo prescindible, lo duradero y lo efímero, lo que podemos conservar y lo que estamos obligados a mutilar.

Saber con lo que se carga y también lo que, en un momento dado, hay que tirar por la borda para achicar la vida.

Y es ahí donde el artilugio tendrá algún problema. En el momento exacto en el que tengamos la necesidad de esquivar a nuestra persecutoria maleta. O cuando se vea forzada a perder “efectivos” para que consigamos sobrevivir en la guerra cotidiana. O cuando necesite alcanzar la dimensión de un neceser, un mínimo equipaje de mano. Listo para acomodarse a todo tipo de transporte, pasar cualquier aduana y, si es posible, no encender las alarmas.

(*) Publicado en el blog Tormenta de Ideas, El País, 8 de octubre, 2012. En la imagen, pieza de la serie Portable City, de Yin Xiuzhen.

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El dulce chicle de la juventud

Iván de la Nuez

Adelantar la madurez fue, durante buen tiempo, un signo importante del arte de vivir. La juventud no sólo era la etapa del ímpetu, sino también la de la fugacidad. Un instante que debíamos “quemar” sin contemplaciones. En la hoguera de las pasiones o de las nuevas experiencias, de la vida peligrosa o de esas empresas propias de los héroes, cuando no directamente de los mártires.

En la cuerda de Romeo y Julieta o de Tristán e Isolda los románticos sentían a menudo que, en plena adolescencia, ya habían “vivido suficiente”. De ahí su afición al suicidio temprano o a marcharse a alguna guerra donde esperara una muerte segura. (Da igual que te llamaras Lord Byron o Mariano José de Larra).

Con menos de veinte años, José Martí ya cumplía condena de trabajos forzados por oponerse al colonialismo. Elvis ya era el Rey antes de los treinta y los Beatles no pasaban de esa edad cuando se separaron. El mismo Lennon decía que había que “sospechar de todo el que tuviera más de cuarenta años” (los que tenía, exactamente, cuando fue asesinado).

Algunos miembros del Club de los 27 -Hendrix, Jim Morrison, Joplin, Cobain- habían cuajado obras tan redondas que no necesitaban ni un día más en este mundo para quedarse instalados en la historia de la cultura. “Muere joven y dejarás un hermoso cadáver” ha sido un estandarte y al mismo tiempo una compulsión del rock. A fin de cuentas, como saben muy bien los forenses, nuestros cuerpos dicen más de nosotros que nuestras palabras.

En los últimos tiempos, sin embargo, las cosas han cambiado. El modelo es más un Ponce de León que un Werther. Así que lo importante no es ya consumir la juventud sino estirarla (en las costumbres, en el gimnasio, en el quirófano).

El dulce pájaro de la juventud, que torturó a Tennessee Williams, empieza a ser tan grande que acabará empalagándonos. Un verdadero problema a la hora de recordarla, entre otras cosas porque el archivo de su memoria no disponía de tantos compartimentos como para alojar un recuerdo tan prolongado y diverso.

Esa juventud tan duradera confronta, además, un problema «histórico». Y es que hasta hace muy poco, para que el mundo avanzara en condiciones, era preferible una juventud corta pero problemática a una juventud larga y sin conflicto.

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Los Juegos Olímpicos según Banksy

Iván de la Nuez

 

 

(*) Las imágenes se reproducen de la la web del artista (www.banksy.co.uk).

 

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12 rounds en “El jardín colgante”

Iván de la Nuez

Uno. El Jardín colgante es una novela tan cínica e insana como los lados más inconfesables de la transición. Pero no es una novela sobre, sino un residuo de esta. Un residuo tóxico.

Dos. Los libros de Javier Calvo no tienen, ni buscan, solución. De ahí que no clasifiquen, aunque El jardín… o Corona de flores así lo parezcan, como “novelas problema”. Eso sí, ambas trazan, con la misma amoralidad, un mundo donde el muerto, el asesino, el detective y el móvil carecen de importancia. Lo único trascendente aquí, a nivel policíaco, es la oportunidad (su «circunstancia»).

Tres. Desde una mirada bárbara y extranjera, las novelas sobre la transición –un género español como lo fue la novela del dictador para los latinoamericanos- no parecen viajar en el tiempo para restaurar la verdad del pasado, sino para desvelar la mentira del presente.

Cuatro. Ante esa transición a lo McLuhan –toda medio, toda mediación, toda mensaje- la única manera de redimir la República sería situándola en el porvenir. Más que de la arqueología, requiere del futurismo. ¿No fue eso, acaso, lo que intuyó Orwell, republicano y futurista él mismo?

Cinco. Aunque hay generaciones que no lo conciban, Barcelona ha sido, alguna vez, una ciudad sin “modelo”. Y si Corona de Flores desarrolla su argumento antes del Modelo Modernista, El jardín colgante despliega su trama, un siglo después, antes del Modelo Barcelona. Su autor, en cambio, ha escrito estos dos libros después que este último haya quebrado y quedara convertido en “marca”.

Seis. El jardín colgante no es (parafraseando a Isaac Rosa) otra “puta novela sobre la transición”, sino la constatación de su permanencia; su continuidad suspendida sobre nuestras cabezas. Por eso no es constatable en ella un ajuste de cuentas, sino una alerta. Un “yo lo advertí”, minutos antes de que el meteorito amenanzante que la cruza se desplome sobre el país y expanda su torrente de mierda.

Siete. Tiene razón Jordi Gracia cuando dice que los personajes de El jardín colgante parecen estereotipos. Pero, ¿hay algún detective de la literatura que no lo sea? ¿Se puede ser más ridículo que Holmes o Poirot? ¿Más sobreactuado que Sam Spade, incluso antes de que lo encarnara Bogart? ¿Cómo clasificar a un Pepe Carvalho que inicia su gesta afirmando, como si tal, “Yo maté a Kennedy”? ¿Qué decir de sus ayudantes –Watson o Biscuter-, sus secretarias y sus mujeres fatales?

Ocho. El Jardín colgante es una mezcla de Graham Greene (pero el de Nuestro hombre en La Habana, no otro) y algunas de las aventuras más disparatadas de César Aira. Despues, Mad Max y Blade Runner, Manuel de Pedrolo y Juan Eduardo Cirlot, Lovecraft y Spike Jonz, Juan Marsé y Francisco Casavella, Joan Colom y Eugeni Forcano, Conan Doyle y Stalker: es “la zona”. También un número completo de la revista Vice (si esta aceptara cambiar tema por relato).

Nueve. Risas enlatadas, los guiones de Roger Gual, los quince años de The Designers Republic, Coetzee, McGrath y Foster Wallace, El dios reflectante, Mundo maravilloso… A partir de ahí, la decisión de narrar, en Corona de flores, una época en la que no existía la televisión ni los cines ni el pop, aunque sí en abundancia los fantasmas famélicos del premodernismo. También la enseñanza de Dickens y una obsesión por convertir el folletín en follón.

Diez. Calvo lleva algún tiempo amenazando con un ensayo sobre Barcelona al que le está dando vueltas. ¿Un assaig al ast? Un assast. Pensándolo bien, esta no es una mala manera de definir, en catalán, un texto urbano del cual Corona de flores y El jardín colgante dejan traslucir algún derrotero. Un ensayo que, en todo caso, no debe ser visto como un cambio de disciplina, sino como la constatación de otra indisciplina literaria.

Once. Franco, como también Fidel Castro o cualquier otro recordista de la longevidad en el poder, no basó su dominación en la implantación del Orden, sino imperando en el Caos. Tal vez, por eso, la transición en España hizo de la fiesta (el alcalde Tierno Galván, sin ir más lejos) un referente “organizativo” de la democracia.

Doce. Ante la evidente crisis de esa democracia, El jardín colgante aporta una clave, y está en Aristides Lao, Melitón o Teo Barbosa, esos personajes… En realidad, ellos nunca tuvieron la encomienda de insertar formas democráticas en el cuerpo de la tiranía anterior, sino la estricta misión de diseminar su vileza en el nuevo mundo de la pluralidad.

(*) El jardín colgante, Seix Barral, ha ganado el Premio Biblioteca Breve 2012. 

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