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El fotógrafo del precipicio

Iván de la Nuez

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I

El mamut pasta junto al precipicio, allí abreva. Blanco e inmóvil, hunde sus colmillos en el barranco y otea la ciudad hasta fijar la vista en el Mediterráneo.

Sólo que el mamut no es un mamut, sino un museo. Y el precipicio no es un precipicio sino una falda de tercera categoría desde la que sí puede verse la ciudad o -cuando lo permite la contaminación- la línea del horizonte que divide el cielo del mar.

Yo mismo las he retratado, a la ciudad y a la línea del horizonte, poniéndome en el lugar del mamut y fingiendo su subjetiva.  

Incluso antes de su inauguración, cada semana he subido hasta el museo por alguna de las tres calles que desembocan en su plaza. Y cada vez, en la cima de la pendiente, he soñado con mis fotos en sus paredes, rodeadas de personajes que levantan copas de cava brindando por mi arte.

En principio, el museo iba a tener otro nombre, pero su look paquidérmico llevó al vecindario a identificarlo con la escultura de un mamut varado en la punta de la loma. Irina, la rusa que gobierna el centro, entendió rápidamente el “clamor popular” y, en lugar de colonizar el territorio, que es lo que hacen los museos contemporáneos, se marcó un gesto empático con este barrio devastado por la crisis.

El barrio le correspondió, pero a su manera: usando la plaza de su Gran Obra para practicar el skate, improvisar picnics urbanos, fumar hierba al fresco de la noche, comprarle cervezas a los lateros pakistaníes y, en definitiva, desplegar allí cualquier actividad excepto una, entrar al museo.

Cuando todavía estaba en fase de construcción como futuro Museo del Precipicio, otro ruso me adelantó la noticia de su apertura inminente. Iván alquilaba la habitación contigua a la mía, en una casa en la que vivíamos tres fijos y una recua de inquilinos fluctuantes que entraban y salían de la cuarta habitación sin atender a la menor ética de convivencia. Para decirlo en términos museísticos, nosotros éramos la colección permanente y ellos la exposición itinerante. También, todo hay que decirlo, eran nuestro negocio secreto y una fuente de conflictos con el resto del vecindario, pues el comportamiento de esos alquilados resultaba imprevisible. O más bien previsible, cumplían siempre con la expectativa del escándalo.

Si gracias a aquel ruso me enteré del mamut, quien me llevó hasta sus cimientos fue Carlos, el jefe de nuestro alquiler, que se ocupó además de abrirme los arcanos del barrio. Él llevaba tiempo en el lugar, y aunque era un sesentón igual de pobre que nosotros, quedaba claro que había tenido otra vida con mujer, hijos, fortuna. Prueba de eso eran sus maneras elegantes y la ropa cara que aún conservaba de un estatus remoto.

Carlos me introdujo en los almuerzos de las monjas y en otros trucos para comer gratis, unas veces de la caridad y otras de la solidaridad. El asunto era cumplir con su objetivo imperturbable, que consistía en ahorrar en todo con tal de garantizar los treinta euros diarios que gastaba en bares donde bebía con ansiedad mientras leía los diarios con parsimonia.

Cuando lo consideró oportuno, Carlos me inició en lo que él llamaba su ronda diurna, que se resumía en ir de bar en bar bebiendo fiado hasta que cobraba la pensión. Entonces, pagaba de golpe todo lo debido -lo bebido- y al día siguiente volvía a empezar.

-Tengo la Sant Genís Express.

Así llamaba a su tarjeta de crédito imaginaria, en la que incluía el nombre del barrio.  

Además de la diurna, Carlos practicaba la ronda nocturna, que culminaba en las inmediaciones del mamut, donde iba exclusivamente a comprar drogas. Unas veces la transacción tenía lugar en el bar aledaño al museo, otras en un bosquecito de la montaña, y otras en un banco del parque, cuando ya el mono lo atenazaba y no podía perder el tiempo en protocolos.

A mí enseguida se me dio bien la ronda diurna. En parte por el padrinazgo del maestro –“paga siempre, pero siempre sobre lo que ya consumiste, siempre al revés del sistema”-, y en parte porque mi llegada al barrio estuvo precedida de una fama pasajera que hizo de mí un personaje curioso.

Resulta que yo había llegado a Barcelona desde La Habana, pero no en un avión, sino como polizonte en un barco de pesca. Después de bajar disfrazado de tripulante, mi primer paso fue pedir asilo en la estación de policía más próxima al puerto. El segundo paso me abrió más o menos la puerta de los papeles, con una residencia temporal aunque no el asilo, pues si bien un polizonte era un aventurero en toda la regla, no lo consideraban, exactamente, un perseguido político. Debí esa excepción al hecho de salir en las noticias. Gracias a las gestiones de otros cubanos de la ciudad, concedí entrevistas de todo tipo y tuve un momento de gloria, compartida al principio con un marinero amigo de mi tío -único miembro de la tripulación que conocía mi existencia- que me metió en ese barco y me mantuvo vivo durante la travesía.

Tal vez por ser artista, y sobre todo por ser el único polizonte conocido que había embarcado desde La Habana, acaparé casi toda la atención y resolví más o menos mi legalidad. Esa no fue la suerte de mi cómplice en el trayecto, aunque él también pidiera asilo nada más poner pie en tierra. Puede que, en el caso del Biólogo Marino -se hizo llamar así desde el desembarco-, influyera su rápida dedicación al trapicheo, a exprimir la noche y a pisar la cárcel. El asunto es que las noticias se olvidaron pronto de su caso, al mismo tiempo que reproducían mis fotos hechas en Cuba y también las del contenedor en el que me había escondido para el viaje. En ese periplo, repito, no hubiera sobrevivido sin la ayuda de ese marinero que hablaba conmigo y me tiraba comida desde el exterior del contenedor, y al que yo le lanzaba empaquetados mis excrementos y otros restos para que se deshiciera de ellos.

Al cabo de un tiempo, las promesas de fama también se diluyeron para mí -una exposición, los derechos para una película, dinero en el bolsillo- y cuando Carlos me alquiló la habitación, estaba tocando en un trío de son en el que repetía el Chan Chan de Compay Segundo unas veinte veces por noche. Con la fuerza y los recursos que me quedaban, hacía fotos de la Barcelona nocturna, buscando, como en mis tiempos cubanos, tribus urbanas, gente tratando a toda costa de vivir con swing, libertades disfrutadas entre cuatro paredes, desnudos en los que el fotógrafo cambiaba su posición y se ponía delante de la cámara.

Carlos había refrescado en el barrio el recuerdo de que yo era el Hombre del Barco, así que pronto a mi ronda diurna hubo que aderezarla con esa historia que contaba una y otra vez ante un aforo de jubilados, ex yonquis, locos sedados del hospital de día y parados marcados por el mismo signo: todos, sin excepción, habían tenido una vida mejor.

II

Si bien nunca tuve problemas con esa ronda diurna, la que cambió mi vida fue la ronda nocturna. Al principio, fui reticente a seguir a Carlos por ese camino, y no porque rechazara meterme un tiro de vez en cuando a la par que soñaba con exponer las fotos hechas y hacer las fotos soñadas. Mi inconveniente era el horario de músico callejero, que coincidía con el de los trapicheos.

Pero a Carlos se le agudizó un enfisema y la subida hasta el museo se le convirtió en una frontera. Al final de mi jornada, cuando llegaba al apartamento, me lo encontraba con el mono y unos cuadros de ansiedad deprimentes. Así que decidí arreglármelas para subir yo mismo a buscarle su dosis antes de irme a tocar, gesto que él retribuía generosamente con su Sant Genís Express en las rondas diurnas.

Esta nueva dedicación me convirtió en un testigo privilegiado del crecimiento del mamut y del hundimiento de Carlos. Mientras esperaba o despedía al camello de turno -él los cambiaba continuamente-, me dediqué a retratar todo el proceso de construcción del edificio hasta que adquirió su forma definitiva. También seguí haciendo fotos desde este hacia la ciudad y el puerto.

Todo parecía controlado, pero las cosas pronto se complicaron.

-Ahora tengo un camello cubano que no fía, así que estoy haciendo malabares con el dinero. Esta crisis no da tregua. Quien bebía gintonic, ahora toma cerveza; y quien se metía coca, ahora lo mismo le da al crack que al jaco.

Me pregunté qué estaría consumiendo Carlos en este momento crítico del capitalismo, pero preferí mantener la boca cerrada.

Un día, me despertó el móvil en plena resaca. Era precisamente Carlos, eufórico, que me llamaba desde el bar donde compraba sus pertrechos de noche, justo al lado del mamut. Alguien lo había subido en coche hasta allí. O quizá había llegado en el autobús del barrio, cosa que él odiaba porque se mareaba por las curvas escalpadas o porque aquel transporte lleno de viejos pobres le recordaba su condición actual.

-Ven ya -me apremió.

Fui.

Eso sí, avisé para que me sustituyeran por otro músico, pues intuí que no saldría en condiciones de dar un acorde. Ya en el bar me dejé ir con los whiskies que Carlos me servía alegremente mientras yo me quedaba absorto en la ventana, contemplando al mamut, resignado a la indiferencia con la que me trataba aquella bestia.

Fue entonces cuando reconocí su voz.

-El Biólogo Marino no tarda, el Biólogo Marino no fía, el Biólogo Marino no consume con el cliente.

Y así se sentó en nuestra mesa el último camello de Carlos, también mi antiguo cómplice en aquel barco que me había traído hasta este país, esta ciudad y en definitiva hasta este barrio.

Él me miró, miró por la ventana al mamut reinando en su colina y le dio por ponerse mahometano:

-Si la montaña no viene a mí, no tengo más remedio que ir yo a la montaña.

Sorbió sin permiso mi trago.

-Pero no vamos a aguarle la fiesta a Carlitos. Vayan y prueben el material, que el Biólogo Marino se queda aquí cubriendo la jugada.

Eso significaba que a nuestra vuelta del baño ya se habría pedido un vodka con arándanos y una tapa de jamón que dejaría a pagar, no sin antes haberse adueñado de la mesa, la conversación y lo que fuera. Cuando nos bajamos del barco, él se adjudicó esa profesión de Biólogo Marino, aunque en realidad era más bien un ayudante en la clasificación del pescado en la cubierta. Yo sabía que después del segundo vodka se autodefiniría como tetrasexual –“así tengo más opciones de que caiga algo en la tarraya”-, o le daría por usar frases leguleyas como “quid pro quo”, a la vez que se ufanaría de unos negocios que él siempre ejecutaba “en la más estricta observancia”. Ya cuando avanzara en el delirio, se lanzaría con su “tengo sesenta años y todavía soy un muñeco”, mientras te sobaba el muslo sin miramientos.

“Cómo me traicionaste, fotógrafo”. “Te cogiste para ti solo la historia del barco”. “Tú y contigo todos estos hijos de puta que prefirieron un héroe blanco y artista antes que un paria mulato y marino”. “¿Sabes lo que es no pasarte ni una vez a verme a la cárcel?”. “Y no me vengas con el dinero que me mandaste”. “Yo pude denunciar a todos los que me compraban, pero me callé”. “Porque mira que llegó a gustarte ese producto”.

Y así la catarata de reproches, todos ciertos, que alteraron tanto a Carlos que lo pusieron ansioso y le hicieron viajar más de la cuenta hasta el baño para darse un trastazo tras otro. Sólo entonces, regresaba eufórico y pedía otra ronda.

-Ay fotógrafo, mira que me has salido mala.

El Biólogo Marino le cambiaba el sexo a la gente, tal como se lo cambiaba a sí mismo. Como si buscara una ambigüedad sobreactuada que podía combinar con una solemnidad igual de sobreactuada si se enfrentaba a clientes desconocidos, a los que después de venderles su morralla les daba la mano en plan Hollywood, mientras les soltaba: “Señores, ha sido un placer hacer negocios con ustedes”.

La cabeza empezó a darme vueltas y estaba a punto de largarme cuando Carlos se desplomó justo al lado de la barra, en su enésimo viaje entre nuestra mesa y el baño.

El Biólogo intentó reanimarlo a base de agua con azúcar, pero no funcionó.

-Llama a una ambulancia, y yo me largo, que no vuelvo a la trena ni muerto.

Cuando llegaron los servicios de auxilio, les hice un cálculo de los gintonics que llevaba el hombre, omitiendo deliberadamente todo lo demás. Pero Carlos tuvo tiempo de quitarse la máscara de la respiración asistida y esbozar algo parecido a un grito.

-¡Y esnifé heroína!

Fueron sus últimas palabras. Allí mismo se murió, en el barrio que había elegido para suicidarse lentamente, consumada la escala definitiva de su última ronda.

III

La muerte de Carlos partió el tiempo del barrio. El ruso desapareció, las monjas vendieron su comedor, que se convirtió irónicamente en una clínica para narcodependientes, la fianza en los bares se acabó.

Yo me quedé solo, apenas con un mes de vivienda por delante, pues aunque pudiera pagar el alquiler, que no era el caso, no figuraba oficialmente en el apartamento y era carne de desahucio.

Carlos dejó en su habitación el alijo de un polvo grisáceo y trescientos sesenta y cinco euros, que me hicieron pensar en los días del año. Con eso le organicé un funeral simbólico en el bar donde murió y donde me quedé después tomándome un whisky en su honor, mirando al mamut por la ventana y despidiéndome de él antes de que se inaugurara.

La calma del bar se interrumpió con la llegada del Biólogo Marino, que se sentó en mi mesa.

-Siempre he sabido donde vivías. Siempre hemos estado al tanto de ti.

Ahora había pasado del tratamiento femenino al plural y aquello me inquietó.

-El Biólogo no tarda, el Biólogo no fía, el Biólogo no consume… Pero hoy el Biólogo va a hacer una excepción. Así que vamos a darnos un toque antes de presentarte a alguien que quiere conocerte.

De inmediato pidió una ronda (esta vez sin incluir el jamón) y puso dos clenchas encima de la mesa (esta vez sin molestarse siquiera en ir al baño). Se sirvió la primera y me pasó un rulo de cincuenta euros para que me diera mi pase. Me supo amargo y sentí un erizamiento en todo el cuerpo. Tosí y estuve a punto de vomitar.

Estando en ese trance, sentí primero el perfume. Después, la vi. Sonriente, guapa, distinta. Se sentó con nosotros y saludó con efusividad al Biólogo.

-Al fin nos encontramos, fotógrafo. Lo sentimos por tu amigo. Pero vamos mejorar tus recuerdos de este lugar. Así que brindemos por tu nueva vida.

Otra vez el plural.

Al día siguiente, Irina fue al apartamento, me dio cinco mil euros en efectivo por los derechos de mi próxima exposición y me dijo que tuviera confianza, que mis papeles estaban a punto de llegar.

Vio mi serie de vagabundos -“un poco Mikhailov”-, mi serie de protestas callejeras –“un poco Koudelka”-, mi serie en la que me imaginaba la mirada del mamut hasta el puerto –“un poco lo que busco”-.

La enamoraron las fotos de Cuba, los revelados azulosos con papel Orwo, los edificios sin identidad evidente, los ladas soviéticos –“un poco mi mundo”-.

-Quiero que vuelvas allí. Es más, ese será tu primer viaje cuando tengas los papeles. Y quiero que esa nueva Cuba ocupe la mitad de tu expo en el museo. Tienes que ir, pero tienes que volver. 

Me dejó una invitación para la inauguración, el sobre con el dinero y el número telefónico de un crítico cubano que también vivía en el barrio y había hecho carrera en la ciudad. De hecho, yo lo había visto en el bar (siempre el mismo, él no rondaba), pero no me había atrevido a presentarme.

-Enséñale tu trabajo, ya le he hablado de ti y te escribirá un texto.

Al cabo de un tiempo me llegaron los papeles, conseguí el permiso para entrar en Cuba y fui a la inauguración del museo, que consistió en una presentación de Joan Fontcuberta sobre el fin de la fotografía, la cámara como apéndice humano, el contrasentido de jactarse de una profesión que se había convertido en un hobby. Por una parte, todo aquello me fascinó, pero, por la otra, fue como un jarro de agua fría, porque a mí no me interesaba manipular la verdad, ni ser un postfotógrafo, ni teorizar nada. Yo era un ser anacrónico que quería resistir con mi cámara al hombro y convertirme en un paparazzi del desastre.

Y eso fue, exactamente, lo que hice en mi regreso a Cuba, retratando la visita de Obama, el concierto de los Rolling Stones, las fiestas de la naciente jet set. Hice fotos del generalato y del grupo Porno Para Ricardo, de desahuciados y de nuevos ricos, de las fiestas en el bar Roma y de los funerales de Fidel Castro, de Frank Stella y de Karl Lagerfeld. Y de todos los coleccionistas que empezaron a pulular por la isla y que, invirtiendo los papeles, los artistas perseguíamos como si un banco de sardinas se dedicara a hostigar a los tiburones.

Al final, regresé a Barcelona. Cumplí con Irina y ella cumplió conmigo. Nos acostamos algunas veces. Me dejó claro que el éxito en los negocios era, para ella, la forma suprema del orgasmo.

En ninguna de estas andanzas de mi nueva vida faltó el Biólogo Marino, repartiendo droga por el barrio y por el museo, pues a Irina le iba combinar sus disparos de cocaína con sus disparos de vodka y sus cucharaditas de caviar.

Un día, Irina me dijo que quería hacer una expo con las ideas del camello. ¿Qué ideas?, me dije. Lo que oí, me dejó estupefacto. El Biólogo Marino se había apropiado de nuestras conversaciones en el barco y las había aliñado con peroratas sobre estética relacional aplicada al narcotráfico. Así, imaginó una huelga de dealers, un día sin drogas en toda la ciudad, para desvelar la ansiedad de empresarios y políticos. O un tratado arquitectónico sobre la ubicación de los baños en los bares. O un crédito para cambiar arte por farlopa.

-Por él no hemos podido hacer nada. Tiene más de sesenta años (como tu amigo muerto, por cierto). Acaba de sufrir un ictus. No puede seguir como un paria en este país en el que no es más que un fantasma. Se lo debemos.

-¿Pero estás dispuesta a comprometer tu museo con este disparate?

-El mamut es un contramuseo, y tus retratos te ayudarán a entenderlo.

Esa noche, en la cama, Irina me enseñó varias ampliaciones de mis propias fotos, hechas desde la perspectiva del mamut. Todas captaban el puerto y tenían un círculo rojo dibujado por ella.

-¿Ves esta zona vacía

dentro del círculo? Aquí otros rusos construirán una franquicia del Hermitage. Odio lo que harán y por eso me les he adelantado.

Después, me enseñó una aplicación implantada a varios rusos que bajaban de los cruceros, otra obra que ella había subvencionado a un colectivo especializado en la crítica del Big Data. El GPS delataba que esos turistas apenas se apartaban de las zonas ricas cercanas al puerto, gastando su tiempo y su dinero en tiendas de lujo.

-Esta gente nunca conocerá la ciudad. Y hasta aquí no subirán jamás. Yo me opongo a eso. Yo quiero este barrio. Por eso he dejado que llamen mamut a mi Museo del Precipicio.   

Ahí entendí que el mamut era, en realidad, un museo que vigilaba a otro museo. La trinchera de una guerra entre rusos en una ciudad en la que empezaban a campar a sus anchas. Y tuve miedo, porque lo cierto es que ni las teleseries, ni las películas, ni las noticias presagiaban un final feliz para una aventura de esa naturaleza. Me vi a mí mismo con un balazo en la cabeza por espiarlos, o ahogado en el fondo del mar, con la cámara colgada al cuello mientras unos cruceros cargados de oligarcas me pasaban por encima.

Por otro lado, Irina seguía pagándome y yo seguía cobrando sin decir que no. Necesitaba el dinero, me gustaba el dinero y me encantaba que ella me lo diera sin firmar un papel.

-Tú yo venimos del mundo soviético y nos entendemos.

El otro problema es que no me quitaba de encima al Biólogo Marino. Él tenía llave del apartamento, a fin de cuentas lo pagaba Irina. Y tenía una relación particular con ella que, para colmo, lo consideraba un artista.

-Puede ser un rey del activismo artístico. Pero no para ponerse a hablar de justicia social ni de seudocomunismo. No señor. Será para dar fe de lo que ha sido él mismo: un puñetero camello obligado a llevar una vida por debajo de su talento, de sus ideas y de su discurso.

¿Qué talento, qué ideas, qué discurso? No me atreví a contradecirla, no fuera a descubrir que todo aquello en el fondo me ponía celoso.

No sé quien escribió eso de que, tarde o temprano, todo el mundo acaba sentándose a un banquete de consecuencias. Pero sí sé que a mí me llegó ese día cuando tuve que pagar mis deudas, aunque no se cumplieran, precisamente, los presagios de guerras rusas.

Fue peor.

-Tengo dos noticias para ti. La primera es que te van a invitar a la Bienal de La Habana. La segunda es que voy a financiar la obra que presentarás allí.   

-¿Ah, sí? ¿Y también vas a apretar el botón de la cámara?

-No, porque la cámara sólo será una parte de esa obra maestra.

Irina sacó vodka y puso tres vasos encima de la mesa de su despacho. Enseguida entró el Biólogo Marino y se incorporó a los brindis y los planes.

-Hay un barco ruso que estará llegando a La Habana en los días de la Bienal. Ese va a ser tu transporte y vas a documentar la travesía al revés de la que ya hiciste.

-¿Estás loca?

Ya Irina no me escuchaba. De hecho, faltaba lo mejor.

-En ese barco vamos a colar al Biólogo Marino. Retratarás su regreso. Una vez allí, un contacto sacará el archivo y lo imprimiremos en un día. Después, el fotografiado aparecerá en carne y hueso en la inauguración, cumpliendo su sueño de volver al abismo. Esa será la verdadera obra. ¡Un bombazo!

Irina parecía ignorar que, nada más llegar, nos meterían presos a los dos.

-Yo me encargaré de todo. Tengo mis contactos. La mano de Rusia sigue siendo larga.

-¿Y por qué tengo que hacerle yo esa obra maestra a este tipo?

Sentí farfullar al Biólogo Marino que yo no entendía nada.

-No sé cómo se puede ser, a la vez, tan artista y tan bruto. No se trata de mí. Ya mi gran obra está hecha y es haberte traído a ti hasta aquí. Ahora toca que hagas la tuya, que es llevarme a mí hasta allá. Quid pro quo, fotógrafo, quid pro quo.

(*) Publicado originalmente en el libro-catálogo Island in the light / Isla en la luz, del Pérez Art Museum Miami (PAMM).

(*) La imagen que encabeza este post es de una exposición de Leandro Feal, en cuyo trabajo me he basado para inventarme esta ficción.

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De la estratosfera al cabaret

Iván de la Nuez

FONCU-MOLINO

En junio de 2006, el programa Cuarto Milenio estuvo dedicado a un astronauta soviético que, tras una accidentada misión espacial, había sido borrado de la historia. Se trataba de Ivan Istoichnikov, cuya historia se había conocido finalmente en 1997, casi treinta años después de los hechos y cuando ya la desintegración de la URSS era irreversible.

Un libro titulado Sputnik –editado por la Fundación Arte y Tecnología con al apoyo de la Federación Rusa y el gobierno de España- recuperaba la biografía de este cosmonauta que en 1968 había tripulado la nave Soyuz 2 con el objetivo de explorar el espacio. Asimismo, daba cuenta de la interrupción abrupta de ese viaje debido al impacto de un meteorito.

Como no era descartable un ataque enemigo, norteamericano o extraterrestre, el Kremlin, por si las moscas, decidió silenciar el hecho. El mundo estaba en plena Guerra Fría y ni Estados Unidos ni la URSS se concedían un solo centímetro del Cosmos en su carrera espacial. Así que, por el bien del comunismo, Istoichnikov desapareció de todos los archivos que probaban su participación en la leyenda de la cosmonáutica soviética.

El libro -originalmente bilingüe, en ruso y español- estaba bien nutrido con decenas de fotos, documentos, facsímiles, y demás pruebas de la vida de Istoichnikov, ese “pequeño Orfeo rescatado de la razón de Estado”.

Unos días después de aquella emisión, se destapó todo. Y quedó al descubierto que la historia era un proyecto artístico de Joan Fontcuberta, ensayista y fotógrafo que se había tomado el trabajo de construirla en todos y cada uno de sus detalles. (Hubo, incluso una queja formal del embajador ruso).

Esta pormenorizada ficción, que pronto se convirtió en exposición, dejó su impronta en El cosmonauta, de Nicolás Alcalá, primera película española realizada con crowdfunding; o en Los Afronautas, serie fotográfica de Cristina de Middel; o en la exposición colectiva Fake, comisariada por Jorge Luis marzo.

Pues bien, una década más tarde, Fontcuberta lo ha vuelto a hacer. Esta vez, nos la ha colado en la recuperación de Ximo Berenguer, un fotógrafo valenciano que se fascinó por El Molino, al que fotografió obsesivamente bajo la influencia de su amante, el coreógrafo cubano Negrito Poly, quien le abrió las puertas de los camerinos y otros secretos del famoso cabaret barcelonés.

Así pues, entre fake y fake, Fontcuberta ha viajado del cosmos a la tierra, de la guerra fría interespacial a la transición caliente del cabaret. Un espacio que, desde el desmadre, se valió para poner en solfa el régimen –político y moral- del franquismo.

Revisando la edición de A chupar del bote, publicado por RM, mis sospechas al principio no se se encaminaron a la fotografía sino a la literatura. Algo me decía que detrás de los textos y canciones de Manolo de la Mancha podía estar Vázquez Montalbán.

Se da la curiosidad de que en El hombre de mi vida, su detective Carvalho asiste a la conferencia sobre Walter Benjamin que ofrece un fotógrafo “llamado Fontcuberta”. También que MVM ya había usado el seudónimo de Jack el Decorador para abordar una Barcelona sin modelo y sin marca en la que el efecto llamada no provenía de las campañas turísticas sino de la libertad.

Pero, al final, la clave estaba en estas fotografías (con autorretrato incluido). Como esas fotos analógicas de sus primeros pasos que Fontcuberta encontró en un cajón, se da el caso de que hay fakes que no están hechos para ocultar el mundo sino para revelarlo.

A chupar del bote, por otra parte, no desentona en el regreso a los años setenta del siglo pasado que hoy estamos viviendo. Con las reediciones de El Víbora, la reivindicación de la Barcelona libertaria o las memorias “a destajo” publicadas por Pepe Ribas. En fin, todo esto que, como el fake de Fontcuberta, nos dice que a veces las mejores vueltas son, precisamente, las revueltas.

(*) En la imagen: Fotografía de Ximo Berenguer (Joan Fontcuberta), realizada en El Molino, Barcelona, 1975. Del libro A chupar del bote, RM, 2017. 

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Fotografía, cabaret y resistencia

Iván de la Nuez

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Comparto aquí la nota de presentación del libro A chupar del bote, el próximo miércoles 19 a las 19.00 en la Fundación Foto Colectania, de Barcelona.

Dice así:

Foto Colectania acoge la presentación del libro A chupar del bote, de Ximo Berenguer, a cargo de Horacio Fernández e Iván de la Nuez.
Editorial RM publica esta obra que recupera para la historia de la fotografía española el legado de Ximo Berenguer, autor fallecido prematuramente en 1978 a los 32 años de edad.

EL LIBRO

Entre 1975 y 1977, el popular music-hall barcelonés El Molino mantuvo en cartelera un espectáculo titulado A chupar del bote, que entre el esperpento y el despendole escarnecía la calaña de los chupópteros, tan profusamente implantados en suelo ibérico, mientras trazaba la crónica de la transición a golpes de destape y humor.
Atento a ese papel catártico que trascendía el simple entretenimiento, un joven fotógrafo decidió condensar en imágenes ese caudal histórico. Ximo Berenguer fue un fotógrafo valenciano afincado en Barcelona que participó activamente en los movimientos contraculturales de principios de los 70, legándonos un valioso testimonio gráfico de manifestaciones, conciertos, reivindicaciones sociales y toda la efervescencia política del momento. Su muerte prematura ocasionada por un accidente de motocicleta cuando regresaba de realizar un reportaje de Canet Rock dejó sumido su archivo en el olvido. Recientemente se ha recuperado la maqueta de A chupar del bote, que Berenguer preparó para proponerla como un posible título de la famosa colección «Palabra e Imagen».

Actividad organizada en colaboración con la Editorial RM.

Entrada gratuita. Aforo limitado.
Después de la presentación se ofrecerá una cerveza Estrella Damm.
Los Amigos y Socios de la Fundación pueden disponer de asientos reservados.

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Iconocracia / Seminario en el CAAM

Iván de la Nuez

Esta semana debatiremos sobre Iconocracia en el Centro Atlántico de Arte moderno (CAAM). Abajo, el póster con la información.  

 

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La cantidad sin hechizo  

 

Iván de la Nuez

Pellegrinuzzi

 

Cifras, cifras y más cifras. Una cámara móvil necesita un cuarto de millón de disparos para quedar obsoleta. Lo acaba de comprobar Roberto Pellegrinuzzi, que construyó una instalación con todas esas fotografías que «liquidaron» la cámara en cuestión. Con todas esas imágenes capaces de llevar la máquina al límite y que, de tan abundantes, terminan por no decirnos nada.

Vi este experimento en la reciente Bienal de Fotografía de Montreal, Canadá. En este país, pasé unas 7 veces el mismo control en el aeropuerto de Toronto. El mismo ritual, los mismos aparatos, la misma sensación de sufrir una vigilancia equivocada: “¡los terroristas son otros, se los aseguro!” Pero nada, a  levantar los brazos y quitarse los zapatos.

Ahora, en el mercado de mi barrio veo anunciada una lotería que promete premio de 11 millones de euros. Siempre que compres el boleto el próximo 11 del mes 11. Es decir, este noviembre.

Nos mueve un afán cuantitativo descontrolado, como si el mundo hubiera entrado en su dimensión incontable.

En las compañías aéreas, los kilómetros que recorres te dan derecho… ¡a más kilómetros! Cuando lo suyo es que, de vez en cuando, te den el derecho a una parada en el camino, a un hotel donde cobijarte y reponerte de tanto viaje en lugar de incitarte a seguir dando tumbos.

Como el dinero llama al dinero, este mismo sistema se encarga de que los ricos se reproduzcan hasta dígitos inabarcables. Y como la miseria a la miseria llama, no se olvida –el mismo sistema- de reproducir a los pobres, porque sin ellos la cosa no funciona.

Nos la pasamos contando las horas, las distancias, los gigas, los diamantes en el cráneo esculpido por un artista inglés o los millones alcanzados por el último picasso en una subasta.

José Lezama Lima definió una vez a la poesía como “la cantidad hechizada”, aunque mucho me temo que, en esta fiebre numérica, no hay hechizo que valga sino el egotrip de una contabilidad en la que lo cuantitativo funciona como el máximo valor al que podemos aspirar.

Lejos queda el minimalismo con aquello de que “menos es más”. En nuestro mundo, “más” siempre será “menos”: un récord a batir que pronto nuestra insaciabilidad dejará obsoleto.

(*) En la imagen, Mémoires, instalación de Roberto Pellegrinuzzi. Cortesía de Le Mois de la Photo. Bienal de Fotografía de Montreal.  

 

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Cuando el mundo entra por la ventana

Iván de la Nuez

 

El Museo Getty acaba de inaugurar una retrospectiva del fotógrafo Abelardo Morell que podrá visitarse hasta el próximo 5 de enero. El título de la muestra es Abelardo Morell: The Universe Next Door y está organizada, además, por el Art Institute of Chicago y el High Museum of Art in Atlanta.

Morell nació en La Habana (1948), dentro de una familia de raíces españolas con la que se exilió en Estados Unidos en 1962. Una vez allí, estudió Religiones comparadas en Bowdoin o llegó a presentar un programa de jazz en el que pinchaba obsesivamente a John Coltrane, cuya música y la de Cage le hicieron acercarse a la “espiritualidad de las imágenes”.

Muy pronto, Cartier-Bresson, De Chirico, Alfred Hitchcock, Diane Arbus o Minor White alimentarían una obra que Joan Fontcuberta ha presentado como propia de un fotógrafo “fuera de lo común” y Charles Simic ha llegado a catalogar como una “poética de las apariciones”. Richard B. Woodward, por su parte, ha descrito sus experimentos de cámara oscura como momentos “casi míticos en la fotografía norteamericana”, mientras que Nicholson Baker se ha enfocado en su conexión con el mundo de los libros y, de paso, en el sentido mágico que adquieren sus fotografías sobre estos.

 

Aunque Morell es un artista norteamericano a todos los efectos de la burocracia curricular, esto no ha sido obstáculo para que, de vez en cuando –tal vez cuando la nieve aprieta-, salga a flote lo que él mismo describe como su “yo cubano”. Un Mr. Hyde habanero que vive dentro de su Dr. Jekyll bostoniano y le lleva a confluir con las eras imaginarias de Lezama Lima, realizar una serie sobre las vicisitudes de su familia recién refugiada en la Norteamérica de los sesenta, participar en el proyecto Cuba: la isla posible (1995) –en el que expuso su conocida pieza Empire State in bedroom-, o regresar fugazmente a su isla natal para formar parte del libro Cuba on the Verge con una serie sobre el medio rural.

En cuanto a su incursión en la cámara oscura, esta le permite operar en una triple dimensión: como técnica, como poética y como proyecto pedagógico a través del cual nos ejercita en el arte de infiltrar el mundo en nuestras habitaciones. En línea con Bataille, esa zona de su trabajo parece regirse por esta convicción del pensador francés: la oscuridad no miente. De ahí que su fotografía consiga avanzar a tientas a través de espacios y objetos encargados de generar ilusión. Así los libros y los sets de telenovelas, las bibliotecas y los estudios de cine, los teatros de la ópera y las cajas de trucos…

De alguna manera, en las piezas de Abelardo Morell las cosas, más que evidentes, son presumibles. Y muchas veces, más que convidarnos a verlas, parecen invitarnos a leerlas. Una obra suya –Alfabeto de agua– afronta la fragilidad de la escritura. Captado por su cámara, ese abecedario está a punto de desvanecerse junto a un mundo que, durante siglos, hemos instalado entre la A y la Z.

 

Otras fotos, en cambio, van a contracorriente de la anterior y evidencian la resistencia de unos libros que, aunque maltrechos o pasados por algún naufragio, todavía sobreviven: como objetos y como útiles de la cultura. Han perdido algún trozo en el camino, pero su sola permanencia vuelve absurda la manida pregunta -“¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta?”-, habida cuenta de que han sobrevivido, digámoslo así, por sí mismos.

Las fotos de Abelardo Morell son tramposas, pero no porque clasifiquen como fotografía manipulada, sino porque lo manipulado en ellas es el escenario, y la propia realidad, que mas tarde captura con su cámara. Como si siguiera la pauta de Artaud -“nunca real y siempre verdadero”- a la hora de establecer un arte que tiene un punto anacrónico y que guarda más de un paralelo con el ejercicio de la escritura, la organización de la biblioteca, el emplazamiento del museo o la habilitación del archivo.

Abelardo Morell nos invade, a través de nuestras ventanas, con mundos en los que se cruzan Marc Saporta y Oscar Wilde, Lewis Caroll y Edward Hopper, el Empire State y una montaña nevada. Su proximidad nos ilusiona; su desproporción nos aterra. En ambos casos, nos acompaña –como ante el abecedario de agua- la ansiedad por absorberlos antes de su evaporación.

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Fontcuberta, «Nobel» de Fotografía

Iván de la Nuez

Anoche, Joan Fontcuberta recibió el Premio Hasselblad de Fotografía, considerado -y perdón por el clisé- el Nobel de la especialidad. Como el Pritzker para los arquitectos, digamos. Dejando aparte la solemnidad y dimensión del premio, lo importante no es que lo haya ganado un fotógrafo, sino un «antifotógrafo», como muchos lo definen.

Aquí, un ensayo sobre su trabajo que ya compartimos en este blog, palabras que sirvieron como introducción de De Facto, su exposición retrospectiva.

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Dos hombres que fotografiaron demasiado

Iván de la Nuez

 

Acaban de morir, cada uno con 82 años, dos ejemplares de una especie en extinción. Dos fotorreporteros que cruzaron la historia y que, a la vez, fueron cruzados por sus horrores y esperanzas. Incluso por alguna esperanza trastocada en horror.

Se trata de Enrique Meneses y Shomei Tomatsu. El primero, nacido en Madrid, octubre de 1929. El segundo, en Nagoya, enero de 1930.

A Meneses se le reconoce, sobre todo, como el primer fotógrafo que convivió con el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra a finales de los años cincuenta del siglo pasado, donde permaneció cuatro meses y consiguió difundir por el mundo las imágenes de los guerrilleros cubanos. Esta no fue, sin embargo, su única impronta remarcable. Su legado se estira en el tiempo, antes y después de ese episodio. La cámara de Meneses ya había captado la muerte del torero Manolete, en 1947, y había viajado, después de la aventura cubana, hasta Egipto, la India, Jordania y parte de África. Su catálogo de personajes fotografiados recoge a Fidel Castro y el Dalai Lama, Nasser y Luther King, Salvador Dalí o el Sha de Irán. Es más, su inquietud le llevó a ser director de la edición española de Playboy, cumpliendo así con el dictum de que nada humano le era ajeno.

De alguna manera, puede establecerse un paralelismo entre la fotografía de Meneses y el periodismo de Kapuscinski. A los dos les resultaban estrechos sus respectivos países y se lanzaron lejos a apresar otros mundos para conocerlos (y darlos a conocer) de primera mano.

La prisa de Meneses contrasta con la calma de Tomatsu. Su hambre de otros mundos es contraria a la obsesión de este último por hurgar en el suyo. El español es un fotógrafo de gestas y el japonés es un fotógrafo de gestos.

Así, Tomatsu se detuvo en los efectos de la bomba atómica en Nagasaki o en la tozuda supervivencia de la cultura tradicional ryukense bajo el mandato norteamericano. Asimismo, captó la vida y los contrastes en las bases de Estados Unidos en el Japón derrotado de la postguerra. Sus imágenes son melancólicas y, más que de los grandes acontecimientos –y eso que Tomatsu afrontó algunos de los más grandes-, sus fotografías enfocan su trastienda; la perdurabilidad del horror, no en el instante, sino en el tiempo. De ahí su singular abordaje del cisma causado por la bomba atómica más allá de la fecha de su lanzamiento.

Siendo tan diferentes, Meneses y Tomatsu coincidieron con Dorothea Lange en su lema de que es preferible una imagen justa que justo una imagen. Ambos nos dejan la convicción de que, en un mundo abarrotado de imágenes, ya sólo tienen importancia aquellas que no nos dejan indiferentes.

(*) Las dos primeras imágenes, de Enrique Meneses, testimonian la manifestación por la igualdad racial en el obelisco de Washington, 1963, y la lucha en la sierra Maestra, 1957. Las dos siguientes son de Shomei Tomatsu y forman parte de su serie sobre Nagasaki, expuesta por primera vez en 1961.  

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Eugeni Forcano

Iván de la Nuez

A Eugeni Forcano (Canet de Mar, 1926) le han concedido, por fin, el Premio Nacional de Fotografía. Refrendado por Joan Perucho o Josep Pla en los sesenta, glosado más tarde por Josep Maria Espinás y Corredor-Matheos, y recuperado por Andrés Trapiello o Javier Pérez Andujar ya entrado este siglo, Forcano ha tenido una suerte menor con los museos y los popes de la fotografía, a los que les ha costado encajar una obra marcada por la singularidad.

Miembro de una generación fundamental de la fotografía catalana –Joan Colom nació en 1921 y Oriol Maspons en 1928-, Forcano avanzó en solitario por una Barcelona lateral y triste, como un Álvarez Bravo mediterráneo que se va cruzando con seres sin suerte.

Su inquietud, sin embargo, no quedó ahí. También le debemos una fotografía radicalmente distinta; experimental, abstracta y colorida, que no puedo llamar de otra forma que psicodélica. Esa dualidad, tal vez, dificultara su asimilación en el “mundo del arte”. Un misterio, en todo caso, que no es interesante descifrar a estas alturas.

En su apartamento, y a través de sus archivos, es posible encontrar una puerta hacia una Barcelona que ya no existe. Gracias a la generosidad de Eugeni Forcano, algunos tenemos el privilegio de caminar por ella.

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El túnel al final de la luz

Iván de la Nuez

1. En 1902, la fotografía es un hecho excepcional y la de fotógrafo una profesión insólita. En 2002, la fotografía es un hecho cotidiano, la cámara va camino de convertirse en un apéndice de los seres humanos y el oficio de fotógrafo está a punto de diseminarse.

En 1902 la fotografía es una novedad promisoria; el primer capítulo de eso que Niepce, el fundador, definió como “la escritura solar”. En 2002 el delirio fotográfico ha alcanzado una magnitud tal, que resulta prácticamente inconcebible la vida sin los millones de cámaras que van atestando, segundo a segundo, el apabullante banco de imágenes que dejará esta civilización a los que vengan después.

En este escenario, Joan Fontcuberta llegó a predecir el final de este oficio. ¿Cómo puede ser un “oficio” algo que todo el mundo practica? A la altura del siglo XXI, piensa este artista catalán, la fotografía ha dejado de ser una ocupación para convertirse en un hobby.

De 1902 a 2002 transcurre el siglo de Manuel Álvarez Bravo. No se trata sólo de los cien años que marcan el calendario de su vida. Ni siquiera de su fotografía.

Entre 1902 a 2002 tiene lugar el siglo de la fotografía.

El siglo del flash y de la inevitable colonización que la luz fotográfica ha desplegado sobre los acontecimientos del mundo.

2. La dilatada biografía de Manuel Álvarez Bravo está marcada por un error inicial. Un desencuentro, en principio desfavorable, que tiene sin embargo un desenlace propicio para el fotógrafo.

Son los años treinta del siglo XX y André Breton quiere contar con alguna foto suya para una exposición. El envío no llega a tiempo. Es de suponer que para Álvarez Bravo tiene que haber sido una decepción ese extravío. Hoy, aquel desliz puede leerse como un hecho afortunado a la hora de comprender esta trayectoria que ha avanzado por un túnel lateral; esta obra que ha sabido protegerse de los focos de la Historia y de la Cultura como quien se pone a resguardo bajo un bombardeo.

Resulta aleccionador que un fotógrafo que ha sido testigo de todo el siglo XX se haya colocado, con frecuencia, en una posición casi furtiva. El antiguo incidente con el proyecto del paladín surrealista habla de un artista que comienza su andadura “traspapelado”, que “llega tarde”. Y por eso mismo, a diferencia de la Frida Kahlo que Breton lanza en Europa bajo el estandarte de La Mujer Surrealista, inicia su travesía sin una carga tan pesada sobre sus espaldas. Hay que recordar, en cualquier caso, que Frida, más que en Breton, estaba interesada ¡en Duchamp!, al que sale a buscar de inmediato en un desplante que es también una lección sobre cómo desmontar las teorías de los Unos sobre los Otros.

Desde esos tiempos hasta su muerte, puede afirmarse que la de Álvarez Bravo no es, exclusivamente, una fotografía del tiempo; es, también, una fotografía a destiempo (ese intervalo dilatado del devenir fotográfico que incluye al fotógrafo pero también lo desborda, pues no le pertenece del todo).

Esta es la circunstancia que descubre Aurelio Asiain en un ensayo sobre Manuel Álvarez Bravo cuyo título es, precisamente, una frase del fotógrafo: “Hay tiempo”. Un tiempo que Asiain entiende como una totalidad que se alarga entre el disparo y lo que vemos al final (con la mediación de sombra que conlleva el proceso de revelado). Un tiempo extendido incluso hasta un “algo más” que el fotógrafo a veces no sabe, pero que consigue mostrarnos; y que nosotros finalmente vemos, pero no siempre conseguimos captarlo.

Asiain abre, además, un abanico de las posibles interpretaciones que puede suscitar Álvarez Bravo. Todas, en principio, aceptables; todas, finalmente sospechosas. La que habla del surrealista o la del fotógrafo social; la del artista y la del precursor del realismo mágico, aquella que avista al portador del alma nacional y la que refiere sus ademanes pintorescos…

Aunque no la única, la mayor importancia de este ensayo de Asiain se sustenta, probablemente, en su catálogo de alertas sobre como no debemos leer a Manuel Álvarez Bravo. Plantarse ante el fotógrafo es hacerlo, nos recuerda el escritor, ante “el tiempo que corre”. Y también ante una ardua batalla por la destrucción de la pose.

Hoy sabemos que hasta algunas fotos tenidas por referencias “históricas” han estado sujetas a la manipulación y el montaje. Así el miliciano de Robert Cappa en la guerra civil española; así el concepto de “justicia fotográfica” de Dorothea Lange, que enaltece sin complejos la propaganda. Álvarez Bravo reniega de estas posibilidades, por justas que fueran las causas que las motivaran.

Hay en esto una honestidad, desde luego, pero también una pragmática. Para Álvarez Bravo, el fotógrafo es un actor subrepticio, nunca detonante: alguien que puede, y debe, quedar a salvo.

Y si sus fotos esquivan la pose, es porque descreen de la sorpresa. Acaso porque la fotografía no debe iluminarnos -en la perspectiva del flash-, sino ilustrarnos (en el sentido del conocimiento). De ahí que su cámara –lúcida, como pedía Roland Barthes- parezca funcionar muchas veces como una linterna. Para el fotógrafo, para el fotografiado y para el espectador.

3. A la hora de leer (y el verbo no es gratuito) a Álvarez Bravo, el problema no reside, entonces, en los malentendidos sino en los sobrentendidos.

En medio de esa anomalía moderna que es América Latina, su obra se presta para todo tipo de acomodos intelectuales. Encuentra refugio en conservadores y modernos, posmodernistas y nacionalistas, coloniales y poscoloniales, utópicos y militantes de la Otredad…

Funciona como paliativo a la autoproclamada crisis de Occidente -esa cíclica desilusión de Próspero sobre sí mismo-, y es susceptible igualmente de alimentar las fantasías de esos consumidores de “experiencias periféricas» (sean eróticas, místicas o estéticas).

Álvarez Bravo cuenta para ello con notables compañeros de viaje en la historia de la cultura post-oligárquica, aquella que se desplegó después de los años treinta en Latinoamérica: desde el muralismo mexicano o la recepción de Frida Kahlo por parte del surrealismo hasta el realismo mágico y el posterior boom de la novela. Todos avalados por sus respectivas traducciones de lo latinoamericano a los entonces llamados centros de la cultura occidental.

Su fotografía es parte de la “toma de conciencia” de los mexicanos esbozada, en los años cincuenta, por Leopoldo Zea, Edmundo O´Gorman y Octavio Paz. Asimismo, tiene cabida en las preocupaciones de la izquierda cultural en los sesenta. Acaso porque está sostenida por un persistente humanismo, capaz de traspasar la frontera que separa a la fotografía de la sociedad, de la que es, al mismo tiempo, testimonio y crítica. En medio de las paradojas de la modernidad en América Latina, Álvarez Bravo actúa con eficacia dentro de las tensiones entre urbanismo y marginación, emancipación y autoritarismo, racionalismo y espiritualidad, mediante una obra que, en algún momento, se llega a percibir como una evidencia visual de Los condenados de la tierra.

El lugar de la tradición en su recorrido admite, por otra parte, más de una lectura conservadora, dada la presencia abundante de las tradiciones, el componente rural o el halo espiritual depositado en muchas de sus imágenes. Hay, en ellas, una especie de utopía al revés, que ubica su redención en un lugar del origen (incontaminado y en peligro) que es necesario proteger en el presente.

A un posmodernista tampoco le resulta ajena esta obra. En parte, porque contiene aspectos que parecen negar la modernidad. En parte, porque pone de manifiesto el estilo de vida de aquellos que habitan un Occidente “excéntrico” y mestizo. En cierto sentido, las imágenes de Álvarez Bravo confirman el mito utilizado por Roger Bartra en La jaula de la melancolía: el del axolote. Ese anfibio mexicano que habita en los lagos y funciona como la metáfora nacional de un sujeto que no completa del todo su metamorfosis. Una parábola que nos habla de una cultura que es moderna, occidental y utópica… pero no del todo. Periférica y al mismo tiempo enclavada en Occidente. Occidental y a la vez gobernada por unos espectros premodernos que la hacen tambalear. De muchas maneras, la obra larguísima de Álvarez Bravo funciona como la cara B de esas fantasías que algunas vez hemos llamado América, hemos llamado Utopía, hemos llamado Atlántida. Y que pueden ser explicadas lo mismo por Alfonso Reyes que por Cantinflas, por los seguidores del canon occidental y por los Estudios Culturales. Su obra evidencia una cultura medio nutrida (y medio desnutrida) que está obligada a hacerse las mismas preguntas que Occidente, pero no puede ofrecerse las mismas respuestas.

 

4. Después de barajar esa variedad de probables lecturas, y sin olvidar ni un momento las alarmas que se disparan al franquear cada una de esas puertas, es hora de regresar a la fotografía.

Y a su lugar en nuestro tiempo.

Puede parecer una temeridad, pero no sólo la fotografía de Álvarez Bravo –aquella que envió a la exposición de Breton- “llegó tarde”.

Bajo su apariencia de avanzadilla de la vida y de la tecnología moderna, la fotografía, toda ella, ha sido un arte tardío. Digamos que ha tenido un retraso de, al menos, unos setenta años. Debió, tal vez, ser el arte de la Enciclopedia, el relato visual de la Ilustración.

El iluminismo del Iluminismo.

Debió ser, sobre todo, el arte de la Revolución. Una revolución pintada por Jacques-Louis David es una postal de la antigüedad clásica, una “cita” de Roma. O un antecedente de Alexander Deineka y otros pintores del realismo socialista soviético, que se aplicaron en mostrarnos al hombre perfecto que alguna vez seríamos.

No es que un cuadro no pueda pintar la Revolución, es que la Revolución pinta poco en un cuadro.

¿No fue ese, precisamente, el motivo por el cual el muralismo mexicano se lanzó a conquistar las paredes?

Comparemos, sino, El asesinato de Marat y la foto del Che muerto a la luz de esa desavenencia entre fotografía, revolución y pintura. El cuadro de Jacques-Louis David está impregnado de toda la fotografía que todavía no ha llegado. El retrato de Freddy Alborta arrastra consigo la pintura que ya conocemos (suele remitirnos a la Lección de anatomía). Marat muere a la espera de una fotografía que está por arribar. (Carlotta Corday lo asesina de súbito, con la dinámica sorpresiva de un flash.) El Che muere después de una lenta espera que tiene un resultado pictórico (aunque ya había protagonizado la que más tarde se convertiría en la foto mas reproducida del siglo XX, dispuesta también, por cierto, como un cuadro renacentista).

En cualquier caso, la guerra civil española o la revolución cubana corrieron mejor suerte, en ese sentido, que la revolución francesa. (Mejor suerte fotográfica). Claro que esto también puede decirse de la Alemania nazi. Estos procesos sociales aparecen justo cuando el medio fotográfico está dispuesto para darles la cobertura visual que requerían sus respectivas gestas.

Agustí Centelles o Robert Cappa, Walter Frentz o Heinrich Hoffmann, Osvaldo Salas o Alberto Korda, forman parte, a diferentes niveles, de una manera de hacer que combinó la fotografía de guerra y la propaganda, la documentación y la edulcoración, el objeto y el sujeto de esos procesos extremos de la historia –guerra civil, nazismo, revolución- que les colocó ante la encomienda de convertir la gesta en gesto.

En la historia, ha habido dictaduras estatuarias y dictaduras fotográficas. Las estalinistas, por ejemplo, fueron tiranías eminentemente “escultóricas”. Aunque no siempre la ideología es definitoria sobre el soporte escogido por las dictaduras para dejar su impronta en la posteridad. Mussolini tenía adicción a las estatuas, mientras que Franco puede ser definido como un tirano ecuestre.

Un ejemplo contrario es el de Cuba. Desde sus comienzos revolucionarios (incluso antes de que se hablara del “régimen” actual), Fidel Castro pudo contar con una nutrida y bien cualificada tropa de lo que podríamos llamar fotógrafos de batalla: Enrique Meneses, Osvaldo Salas, Raúl Corrales, Liborio Noval, Korda, Cartier Bresson, René Burri… No necesitó, como los países “hermanos” del Este, de estatuas gigantescas para expandir la imagen oficial. Para ese fin, la fotografía resultaba mucho más moderna y portátil. Además de contener una ventaja adicional: las estatuas -Stalin, Ceaucescu, Sadam- pueden derribarse; las fotografías, no.

5. Cartier Bresson funda, Robert Cappa construye, Alberto Korda embellece. Manuel Álvarez Bravo, en cambio, no parece tener un “plan”. Cappa o Bresson (también Agustí Centelles, el gran fotógrafo catalán de la guerra civil) quieren “aparecer”, Álvarez Bravo prefiere “permanecer”. Podría afirmarse que prefiere, incluso, esperar.

Y si hizo de la fotografía el oficio de todo un siglo –o, para ser más exactos, de “sólo” un siglo- es porque ha sido un fotógrafo, por así decirlo, de poco flash.

De alguna manera, buena parte de su trabajo es a la fotografía lo que las pausas de silencio a la oratoria. No alarma ni se alarma. Como si siempre escondiera algo, como si siempre aguardara algo, en esa cautelosa manera de “pasar por allí”.

La suya es una fotografía llena de rubor en la que percute una mirada que, cuando la hemos captado, es porque ya la hemos hecho nuestra. Hay algo, en ella, primigenio y cáustico; una ligera rudeza. Como el cavar de un túnel en medio del sol.

Y aunque siempre está en su fotografía, Álvarez Bravo no es su fotografía. Por eso resulta importante no apelar a la simbiosis. Álvarez Bravo aborda otros intereses, incluso dentro de la fotografía, que no son necesariamente los suyos. Hablamos de alguien capaz de fotografiar un siglo y también de crear una gran colección fotográfica de ese siglo incluyendo obras que, en apariencia, están en sus antípodas. Coleccionó a otros y trabajó para otros, pero esa circunstancia no modificó en ningún caso su trayectoria, por más que esos “otros” se llamaran Baldessari o Brancussi, Beuys o Ruff, Rulfo o Siqueiros, Paz o Barragán.

Su camino es, en largo, lo que el de Juan Rulfo ha sido, quizá, “en corto” (dadas las respectivas “longitudes” de sus obras).

En un México reconocible e indeterminado al mismo tiempo, fijo y evanescente, Manuel Álvarez Bravo no se presenta, exactamente, como el fotógrafo de la gente humilde. Más bien, parece un fotógrafo de seres tímidos: sujetos que todavía se sonrojan ante la intrusión que les representa la fotografía.

Los grandes pensadores del hecho fotográfico -de Susan Sontag a Paul Virilio, de Roland Barthes a Jean Baudrillard-, se colocaron a menudo en el lugar del fotógrafo y/o de la cámara. Manuel Álvarez Bravo demanda otro posicionamiento: es preciso colocarse en el lugar del fotografiado. Da lo mismo si este es un sujeto excepcional o eso que suele llamarse una persona “anónima”. Por eso, evidentemente, desdeña la fotografía como un acto de violencia y, por eso mismo, nos resulta tan difícil encontrar otros fotógrafos que hayan caminado con su delicadeza por el terreno minado de los demás.

Siempre nos da la impresión de que Manuel Álvarez Bravo “avisa” antes de disparar, quizá concediéndole a los fotografiados, como en un juego infantil, el tiempo necesario para esconderse.

¿Por qué? Más que por humildad, por necesidad.

La fotografía, para él, no deja de ser un contrato social. Un pacto entre individuos, un negociado imaginario que ha de tener en cuenta los dos lados de la cámara. No se trata, pues, de un objeto y un sujeto. Se trata de dos subjetividades que se cruzan a conciencia.

Es como si concibiera la fotografía como un pacto de normalidad en un mundo anómalo. Y aunque haya fotografiado personajes –algunos francamente importantes-, su fotografía sale fortalecida cuando parece no tener héroes. Por todo ello, esta es una fotografía que disiente de la búsqueda a ultranza de protagonismo que suele caracterizar hoy a la fotografía. A fin de cuentas, no hablamos de un fotógrafo de la excepcionalidad, hechizado por la revolución o la guerra, sino de un fotógrafo de la gente, con todo lo guerrera y revolucionaria que pueda ser (o no) en sí misma.

No tiene interés en el hito sino en el devenir del mundo al compás del tiempo.

En su fotografía, los mexicanos son para sí mismos. No son Los Otros. No son Para los Otros. Así esa muchacha que consigue exhibir su rubor o el apicultor sin rostro (como llegado de otro mundo). Así un pubis que se basta a sí mismo o un cuerpo entre sabanas que cuelgan.

La muerte de Manuel Álvarez Bravo es también la muerte –año 2002, no conviene olvidarlo- de lo que significó la fotografía. Diez años después, ¿qué dice la fotografía de nosotros? En primer lugar, lo dice todo con lujo de detalles y, sin embargo, no dice nada en particular. Es toda singularidad pero ya no puede singularizarnos, pues todos nuestros gestos son comunes y estandarizados.

El reto de escribir sobre Manuel Álvarez Bravo entraña una enorme dificultad. Y corremos el riesgo de quedar retratados como uno de esos personajes suyos que todavía conocían el sonrojo. De Álvarez Bravo han escrito tantos grandes autores (André Breton, Juan Rulfo, Octavio Paz, pongamos) que una mínima cordura nos conduce a la parálisis.

El otro gran obstáculo tiene que ver con nuestra deuda. De muchas maneras, si hoy, en el año 12 del siglo 21,  escribimos y construimos imágenes es porque ha existido, en nuestra tradición y en nuestra experiencia, la fotografía. No es necesario escribir sobre la fotografía porque nuestro vocabulario es, digámoslo así, fotográfico. Ensayamos, narramos, creamos poemas, desde un mundo en el que el lenguaje –incluido el coloquial- está marcado por el hecho fotográfico.

En modo alguno lo explican, lo describen, lo dotan de una teoría. Son palabras cuya existencia las obliga a competir con esa luz y cuya supervivencia las obliga a cavar un túnel para huir de esa luz. Por eso, con toda probabilidad, no es la luminosidad ubicua del acto de fotografiar lo que podrá generar los mejores textos en el futuro sino, directamente, la fotofobia.

Esa es la lección penúltima de este hombre que dejó un trazo en la sombra ante la apoteosis del flash. Un trazo que es, a fin de cuentas, pura escritura.

Escribimos hoy porque ha existido la fotografía. Es decir, porque ha existido, en la larga centuria que va de 1902 a 2002, Manuel Álvarez Bravo.

(*) Texto escrito para el catálogo de la exposición Manuel Álvarez Bravo. Un photographe aux aguets (1902-2002), inaugurada el pasado 15 de octubre en el Jeu de Paume, París, con curaduría de Laura González y Gerardo Mosquera y co-producida por la Fundación Mapfre. 

(*) Las imágenes forman parte de la muestra. Por orden de aparición: Ondas de papel (1928), La buena fama durmiendo (1938), Bicicleta al cielo (1931), El color (1966), Corriente, Texcoco (1974-1975) y Los agachados (1934).

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