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diciembre 3rd, 2012 — Museos, Postcapital
Iván de la Nuez

Como ha sucedido en otros ámbitos, las franquicias se han abierto paso, cada vez más, en la cultura, donde han llegado para quedarse y, sobre todo, propagarse. A estas alturas, no puede hablarse del Louvre, la Sorbona o Berstelmann exclusivamente como un museo, una universidad o un sello editorial. Son además marcas globales que, es lo que tiene la cultura, cuentan con la ventaja añadida de disponer de un evangelio propio incorporado.
Pensemos en Barcelona. En el último mes, se ha desatado en esta ciudad una polémica por la futura implantación, en el mismo puerto, de una franquicia del Hermitage, la pinacoteca rusa que se ha mantenido desde los zares hasta Putin, pasando por la revolución bolchevique, Stalin, dos guerras mundiales o la caída del Comunismo. Un museo que ha conocido la expansión a Las Vegas, en tándem con el Guggenheim (un fracaso), o a Ámsterdam, esta vez sin fusionarse (y con cierto éxito).
Después de fracasada la apuesta por el mega-casino Eurovegas como panacea anti-crisis, la insistencia en otro monstruo parecido -Barcelona World- hace evidente el apego de las autoridades por las franquicias. La demostración de un estilo que, más allá de coartadas y eufemismos varios, privilegia la marca sobre el modelo de ciudad.
Aunque ascendente, el asunto no es nuevo. Hace veinte años, el sociólogo norteamericano George Ritzer dio a conocer La macdonalización de la sociedad, libro en el que alertaba sobre la colonización que la famosa cadena de hamburguesas iba imponiendo sobre otros campos en la organización social del capitalismo contemporáneo.
Mediante parámetros tales como el cálculo, la predicción, la eficacia o el control –importados desde la cadena de montaje inaugurada por Ford-, Ritzer dejó patente que el problema sobrepasaba a las delicias de la carne molida. Por distintas que fueran las ofertas –con sus toques mexicanos o asiáticos, con doble queso o veggies-, el universo McDonald´s se perpetuaba como una entidad estratégica que estandarizaba usos y costumbres de consumo.
(No hace falta decir que, como toda franquicia, también cobraba puntualmente sus royalties.)
Aunque las franquicias no tienen una vida demasiado larga dentro de la cultura capitalista, han conseguido marcar una “tradición” creciente que evoca a la base militar o el enclave turístico, el colonialismo o las cruzadas.
No es casual, pues, que un Emirato como Abu Dabi espere el desembarco del Louvre, La Sorbona o el Guggenheim a partir de este mismo año. Lo que sí resulta contradictorio es que ciudades o países, con un entramado cultural más complejo que el Emirato, se lancen a este tipo de aventuras que glorifican los valores inalterables (la colección museística fija, por ejemplo) por encima de aquellos más creativos y dinámicos. Y resulta más contradictorio, si cabe, en tiempos como los que estamos viviendo, en los que las instituciones locales están seriamente mermadas por la crisis. Teniendo garantizada, ya desde el mismo puerto, su dosis de cultura estándar, ¿pisarán los clientes de los cruceros los museos de la ciudad? ¿O es que un puerto, en este sentido, será distinto a un aeropuerto a la hora de manejarse con una oferta cultural cuya esencia descansa, precisamente, en la neutralidad?
A falta de modelos culturales, se impone la apuesta por las marcas. Lo que no podemos emprender desde la política, lo dejamos de la mano de las finanzas. Y ante la imposibilidad de crear valores contemporáneos, nos agarramos a aquellos que parecen inamovibles (con su sobredosis de cultura “clásica” y largas colas garantizadas).
Cuando las ciudades se convierten en “marcas”, resulta difícil evitar que las marcas se resistan a la tentación de alcanzar, ellas mismas, alguna vez, la categoría que ostentan las ciudades.
(*) Publicado en el blog Tormenta de Ideas, El País, 28 de noviembre, 2012.
(*) En la imagen: Tom Sachs, Nutsy´s McDonald´s, 2001.
junio 17th, 2012 — Postcapital
Iván de la Nuez

Los grandes hechos aparecen, “como si dijéramos”, dos veces en la historia; “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Esta es la rotunda afirmación con la que Marx -enmendando la plana a Hegel desde ese amor-odio que siempre le profirió- abre fuego en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Después de “la tragedia” y “la farsa”, acaso podríamos añadir una tercera posibilidad: el momento en que los grandes acontecimientos suceden como “estética”. Bajo esa circunstancia que Lyotard describió como una “moralidad postmoderna” y en la que podemos contemplar nuestras peores catástrofes en un museo.
Esto último es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con Guantánamo o con la Guerra Civil, temas convertidos en géneros artísticos o novelescos de obligada “revisión” por parte de autores de todo linaje. Y es también el caso del Comunismo –abordado desde distintas esquinas en este propio blog-, con un revival certificado, en los últimos años, por más de una decena de exposiciones, el enquistamiento de la Ostalgia (la nostalgia por el Este), o la fascinación de ese mundo sobre fotógrafos, novelistas y cineastas occidentales (con Hollywood a la cabeza).
La tragedia, la farsa, la estética…
Quizá haya campo, todavía, para una cuarta opción. Aquella en que esos grandes hechos retornan como negocio.
Esta es la que parece probar el banco Sparkasse, de Chemnitz -llamada Karl-Marx-Stadt lo que duró la RDA-, entidad que ha lanzado una tarjeta de crédito MasterCard con el rostro del fundador del socialismo. No está de más agregar que lo hace gracias a una votación online donde Marx ha resultado el “claro vencedor”.
Una leyenda española habla de un editor que, en tiempos de Franco, sugería que a los comunistas no había que matarlos, sino comprarlos. Marx ya está muerto y no puede ser comprado, pero sí puede ser convertido en fetiche. ¡Un “valor de cambio”!, diría de sí mismo. Con su cara barbada concediendo legitimidad al capital financiero.
Como un fantasma que, igual que el Comunismo anunciado en el Manifiesto, recorre de nuevo el mundo… Esta vez, eso sí, en un bolsillo cualquiera, un trozo de plástico dentro de la billetera.
marzo 11th, 2012 — Atopía, Postcapital
Iván de la Nuez

Dos noticias procedentes de Europa del Este nos hablan de las contradicciones que enfrentan los países poscomunistas. Una, esperada, proviene de Rusia. La otra, más sorprendente, viene de Hungría. La primera está protagonizada por el hombre más poderoso del país: Vladimir Putin. El ex-teniente coronel del KGB, y ex-miembro del PCUS, acaba de recuperar la presidencia después de más de una década alternando ese puesto con el de primer ministro, siempre rigiendo, eso sí, los destinos del país. Lo más probable es que Putin tuviera más votos que sus oponentes (desde el comunista Ziugánov hasta ultranacionalista Zhirinovski). Lo más posible, asimismo, es que no haya alcanzado todos los votos que proclama. Y lo más seguro es que su nuevo mandato afianzará las dificultades que confronta la democracia rusa, debidas, en parte, a un poder que durante años Putin ha considerado “en propiedad”. La reacción violenta del Estado contra los manifestantes al día siguiente de las elecciones (desde comunistas hasta liberales pasando por una izquierda más joven sin conexión directa con la URSS), es un buen ejemplo de ello.
La segunda noticia, ya lo hemos dicho, proviene de Hungría, país que abrió sus fronteras en 1989, incluso antes de que los alemanes derribaran el Muro de Berlín. Esta vez no se trata de un hombre poderoso o un oligarca, sino de una víctima: el escritor Ákos Kertész, que ha pedido asilo en Canadá. El argumento de Kertész –sin relación familiar con el Premio Nóbel de literatura Imre Kertész- es que teme por su vida, sobre todo después de haber sido “insultado y atacado” en plena calle. ¿Los motivos? Este autor y columnista judío había publicado un artículo en el que criticaba sin contemplaciones a los propios húngaros –llegó a decir que eran “genéticamente serviles”- por su actitud ante el Holocausto. Es verdad que sus palabras fueron duras y de un esencialismo corrosivo. Es verdad, asimismo, que el hombre pidió disculpas. Pero ya no había nada que hacer. Por lo general, los países –y sus patriotas de oficio- aguantan mejor la crítica de los extraños que la de su propia gente. En cualquier caso, la actitud de este escritor no es nueva. Ahí tenemos el ejemplo de Thomas Bernhard, reprochando a sus paisanos austriacos por apoyar el fascismo. O el de Orhan Pamuk, que hizo otro tanto con sus compatriotas turcos por negarse a aceptar las matanzas de kurdos. Pero Bernhard no se vio obligado a huir de Viena, mientras que Pamuk se ha mantenido en Estambul, aunque a veces amenazado de muerte.
El caso de Kertész nos plantea un problema adicional. Hasta ahora, estábamos acostumbrados a que los disidentes europeos siempre procedían del Bloque Soviético y buscaban en Occidente un espacio democrático donde poder hacer o decir lo que les estaba vetado al otro lado del Telón de Acero. Los nombres, entre muchos otros, de Solshenitzin o Kundera, Tarkovski o Nureyev ilustran esa poblada lista de gente que huía del comunismo. Lo que singulariza el caso de Kertész es que Hungría abandonó ese comunismo hace veinte años, clasifica como una democracia, es un país regido por la economía de mercado y, para colmo, pertenece a la Unión Europea.
Cumpliendo una especie de viaje al revés, Kertész se nos presenta como un exiliado del poscomunismo.
Aún a sabiendas de que los húngaros tienen un gobierno ultraconservador, este caso nos propone interrogantes que sólo pueden llevarnos al desasosiego. ¿Es imaginable una Europa en la que, por opinar distinto, la gente se vea obligada a perder su condición de ciudadano? ¿Es posible que, pongamos por caso, en una Francia bajo el gobierno del Frente Nacional, salido de las urnas, alguien pueda estar sometido a persecución y termine por pedir asilo en otro lugar?
De llegar a esta circunstancia, estaríamos ante dos problemas de máxima gravedad. El primero, por el punto de partida (esa Europa que hasta ahora funcionaba como garante de la democracia para buena parte del mundo). El segundo, aún más grave, tiene que ver con el punto de llegada. Porque si las cosas llegan a estos extremos, ¿dónde se asilarán los europeos?
(*) En la imagen, instalación de Mona Vătămanu & Florin Tudor, All Power to the Imagination!, 2009. La fotografía es de Wolfgang Thaler.
enero 23rd, 2012 — Atopía, Opinión, Postcapital
Iván de la Nuez
- Que Internet es una revolución, resulta evidente no sólo por los cambios que ha producido, sino por dos de los pilares que más embiste: la propiedad y la autoridad (o la autoría).
- Que, en buena medida, lo que conocemos como propiedad intelectual ha sido primero apropiación a lo largo de la historia de la cultura, es más que visible si miramos las obras de Shakespeare o Marx, Picasso y Duchamp, Nabokov o Borges.
- Que las (improvisadas) medidas actuales premian la propiedad y castigan la apropiación, es fácil de constatar en el anacronismo legislativo de la Ley Sinde, SOPA o PIPA, que sustentan a la desesperada actuaciones represivas como la del FBI.
- Que Megaupload es un monstruo de dos cabezas, es obvio si comparamos la lógica de sus usuarios –que apuestan mayoritariamente por la cultura compartida- y la lógica de sus propietarios –que apelan a estilos más burdos de enriquecimiento y celebridad.
- Que la manipulación de la masa anónima por parte de estos líderes o gurús sigue siendo el problema irresuelto de cualquier revolución (y el lastre más evidente que las asemeja al antiguo régimen), puede constatarse en los nuevos movimientos sociales, que tal vez por eso mismo han renegado de los líderes.
diciembre 17th, 2011 — Opinión, Postcapital
Iván de la Nuez

Probablemente, no sea frente al pelotón de fusilamiento. Pero, muchos años después, algún niño de la Barcelona actual recordará el día que sus padres le llevaron a conocer el hielo. Y esa memoria se le presentará como un flash-back de la pista para patinar (o ver patinar) recién instalada en plena Plaza de Catalunya.
Bargelona. Así se llama este proyecto, que incorpora la palabra gel, “hielo” en catalán, en el nombre de la ciudad. Otra pirueta lingüística para incrementar la simpatía de lo que se conoce como “marca Barcelona”.
Si el deshielo aludió, en su momento, a una política de distensión para rebajar la bipolaridad de la guerra fría, ahora parece que entramos en una etapa de recongelación. En este tiempo maximalista que reniega de toda ambigüedad, cualquier flojera. Así que, ante unas políticas socialdemócratas calificadas de tibias, se levanta la política frapé de los conservadores.
Otro dato simbólico: la pista en cuestión se ha encaramado en el mismo sitio de las protestas recientes de indignados y el 15-M. Ahí se erigen, pues, los valores de la familia frente a los de la comuna, el ocio como contrapunto de la crítica, el pago sobre lo gratuito, la asepsia frente a la suciedad, la élite mejor que el tumulto…
El mundo feliz, en fin, frente al mundo irritado.
En el diario Público, la periodista Lucía Lijtmaer lo ha visto de este modo: “En el caso de Bargelona, que es como se ha bautizado a la mayor pista de hielo del sur de Europa, dice ser una celebración navideña a la anglosajona, con la carambola de fomentar el comercio, despolitizar la plaza y ocuparla, a su vez”.

Y mientras esto ocurre en Barcelona, al otro lado del Atlántico la revista Time -en dirección contraria a esta política gélida- acaba de elegir a los participantes en la protesta como “personaje del año” 2011 para su portada. (Si el elegido hubiera sido un icono barcelonés como Leo Messi -que aparecía entre los candidatos para la cubierta de Time- en lugar de The protesters, las peticiones de hielo tal vez se hubieran multiplicado exponencialmente desde este lado.)
De cualquier manera, no sé qué puede ser más nocivo para los jóvenes de la contestación. Si la “licuación” del sujeto de la revuelta que nos propone Time –con hermoso retrato robot incorporado-, o la congelación del espacio público de la protesta que nos ofrece esta pista de hielo. Bien sea por su ornamento, bien sea por su lapidación, hay un destino irónico en ambas opciones.
El riesgo de la estetización de los manifestantes ha radicado, históricamente, en el hecho constatable de que los movimientos sociales suelen acabar pareciéndose a la forma con la que se les representa. El riesgo de la congelación de la plaza pública estriba, por su parte, en el hecho de que las ciudades terminan pareciéndose a sus plazas.
octubre 2nd, 2011 — Postcapital
Iván de la Nuez
El hombre más rico de China —Liang Wengen su nombre— ha ingresado en el Partido Comunista. Todo indica que es solo un primer paso para integrar el próximo año el Comité Central, que opera allí como un club exclusivo de 300 poderosos. El multimillonario en cuestión —un magnate de equipos para la construcción con fortuna valorada en 7.500 millones de euros— no ha hecho más que confirmar aquella consigna lanzada por Den Xiaoping: “enriquecerse es glorioso”.
Ya habíamos visto a Yao Ming, jugador de la NBA, convertido en Héroe del Trabajo. Y hemos sabido del furor con que los marchantes occidentales —del Mundo Libre, según una extendida y ridícula frase— se lanzaban a poner galerías en el país asiático, con un ritmo tan frenético como la multiplicación de sus ingresos.
Hemos visto asimismo a nuestros muy occidentales gobiernos —los líderes del Mundo Libre, no lo olvidemos— pasar de puntillas por las violaciones de derechos humanos en China, en un complicado malabar que busca sacar tajada económica sin herir la susceptibilidad política.
Si bien en China muchos comunistas han devenido millonarios, la prensa de estos días nos explicaba que el señor Wengen había recorrido el camino inverso: ahora, un potentado y convencido liberal, curtido por completo en el sector privado, optaba por convertirse en militante del partido.
Que un comunista quiera hacerse millonario es de lo más comprensible, pero que un millonario quiera convertirse en comunista es algo más extraño. Cierto es que ha habido casos en la historia; como el de esos aristócratas sacudidos por un ataque de filantropía o de culpa (acaso atormentados por el peso de una fortuna que consideran espuria).
Pero mucho me temo que, en el caso de este chino, lidiamos con un convencimiento algo más vulgar. Con la certeza inapelable de que el “sistema”, el “aparato” o la “nomenclatura” se han convertido en los templos idóneos para repartir y conseguir influencia y riqueza.
En la geopolítica de las últimas décadas, el mismo Boris Yeltsin pasó —en muy poco tiempo— de miembro del politburó a fervoroso defensor del FMI y de la terapia de choque en Rusia. (La presencia del antiguo KGB en las más altas instancias del capitalismo ruso es motivo de estudios y libros diversos).
En la escala cotidiana de nuestras miserias menores -nuestros minúsculos canallas-, cualquiera que haya vivido el Comunismo ha visto a los más altos intransigentes de antaño saltar la cerca y medrar con intransigencia similar en su nuevo mundo, blandiendo ideas totalmente contrarias a las que habían defendido un año, un mes, una semana, un día antes…
Cualquiera que haya vivido el Comunismo habrá tenido que esquivar o soportar, en algún momento de su vida, la acusación de “diversionismo ideológico”. Se era “diversionista” —también se usaba “desviado” o “torcido” o “débil”— por ideas o actitudes que casi siempre iban aparejadas a algún tipo de perversión capitalista: consumismo, avidez por lo superfluo, lecturas peligrosas, imitación de las formas de consumo del enemigo…
En esta nueva mezcla de represión con mercado —que sitúa a la democracia en “otra parte”, generalmente lejos— pronto veremos un nuevo tipo de “desviación ideológica”. Muchos serán expulsados del partido comunista por la falta -gravísima- de criticar a los ricos o -más grave todavía- de atreverse a defender a los trabajadores.
(*) En la imagen: Marble Arm, de Ai Wei Wei.
septiembre 7th, 2011 — Postcapital, Recomendaciones
Iván de la Nuez

La editorial Hatje Cantz acaba de publicar Postcapital Archives 1989-2001, de Daniel G. Andújar. Se trata del colofón de un proyecto de largo recorrido (e implicaciones varias), centrado en la aproximación de este artista a la década -tan rica como crítica- que se desliza entre el desplome del Comunismo y el atentado a las Torre Gemelas. La edición recupera un archivo con 2.500 documentos y más de 500 imágenes, bases de datos abiertas y una instalación multimedia, un laboratorio interactivo y varios ensayos. Todo esto, configura un exhaustivo mosaico de la apoteosis global, desde un horizonte en el que no sólo se vislumbra el postcomunismo, sino también el postcapitalismo.
Es conocido que Daniel G. Andújar se resiste a crear nuevas imágenes en un mundo superpoblado por ellas. De ahí que su estrategia visual descanse en su localización en Internet, para después rescribirlas, si cabe esta expresión, transformando o acentuando el imaginario original en el que estaban alojadas.
El ensayo de Iris Dressler -“Postcapital y sus circunstancias”-, lleva a cabo un pormenorizado análisis de los conceptos y autores que ha arrastrado este proyecto durante estos años -con la secuencia de exposiciones, libros y piezas artísticas que generado así como la decena de ciudades en las que ha tenido lugar. Conviene asimismo detenerse en la cronología aportada por Valentín Roma. Desde ella, se abre un sistema de referencias con las múltiples conexiones –evidentes o imperceptibles- de Postcapital. Por la parte que me toca, contribuyo con el ensayo “Postcapital: El Muro, Las Torres, Guantánamo”.
Esta edición de Hatje Cantz hace justicia a un proyecto a la vez que lo enriquece. Y, sin obviar la constelación de sus “circunstancias”, le concede a la obra individual de Daniel G. Andújar un soporte editorial imprescindible para comprender la magnitud de su trabajo.

septiembre 3rd, 2011 — Atopía, Postcapital
Iván de la Nuez

Después de dedicar algunos años a recoger datos, elementos y esquirlas diversas sobre la fascinación de la cultura occidental por los antiguos países comunistas, no me ha sido difícil llegar a la siguiente conclusión: Así como ha existido el Western, a partir de 1989 es factible hablar de un género al que podríamos llamar Eastern. (A esto le he dado unas cuantas vueltas en el blog). Sobre todo, al comprobar que, lo que en el pasado funcionó como una curiosidad -entre ideológica y pintoresca- de gente como John Reed, Bertrand Russell, George Orwell o Saul Steinberg, ahora se percibe como una verdadera compulsión hacia lo que había permanecido, como un tabú, escondido al otro lado del Telón de Acero.

Un capítulo del Eastern lo cubre, cómo no, Hollywood. Y esa puerta abierta a una historia hipotética que transcurriría entre la cacería de brujas de la Guerra Fría y la actual devoción por las “promesas del Este”. Otro capítulo, obvio, es la Ostalgia (remembranza en clave bucólica del imperio desplomado). Un tercer capítulo lo podríamos enfocar hacia la publicidad (con su uso, por lo general frívolo, de estereotipos del Comunismo como reclamo publicitario para la economía de mercado). Un cuarto capítulo tiene que estar dedicado a la astronáutica comunista. Esa inverosímil, aunque comprobable, odisea espacial que ha seducido a artistas occidentales como Joan Fontcuberta (con su creación de Iván Istoichnikov, cosmonauta desaparecido por las intrigas siniestras de la política soviética); Wolfang Becker (a quien otro astronauta le sirve para crear un oasis en la tensión de Good Bye Lenin); o Steven Soderbergh (capaz de hacer un remake de Solaris, la mítica película de Andrei Tarkovski basada en la novela, no menos mítica, de Stanislaw Lem). Otra película, El cosmonauta —con “trama del este” incluida—, es el primer largometraje español realizado mediante elcrowdfunding, método cooperativo que colectiviza el papel del productor…

Al Eastern se incorpora, por méritos propios, el fotógrafo francés Eric Lusito (1967). Durante el verano, Lusito ha estado particularmente activo con un proyecto que ha llevado desde el festival de Arlés, Francia, en julio, hasta el de Kaunas, Lituania, donde puede verse hasta el próximo 11 de septiembre.
Se trata de una serie de largo recorrido, para la cual el fotógrafo ha tenido que desplazarse durante algún tiempo por los antiguos países comunistas: desde los pertenecientes a la antigua Unión Soviética hasta Mongolia o Alemania. El resultado, además de esta exposición itinerante, ha sido un libro cuyo título es suficientemente explícito: After the Wall. Traces of the Soviet Empire.

Superando la aburrida discusión entre fotografía “documental” y fotografía “artística”, Lusito nos transporta desde el colapsado futurismo de la carrera espacial del comunismo hasta las arcaicas antenas de un sistema de comunicación kazajo. De monedas (hoy sin cambio en ningún lugar) hasta pasaportes (hoy sin salida a ningún) de absoluta inutilidad, salvo como fetiches vintage. De las estatuas que todavía se mantienen en pie hasta los atisbos de un grafiti “constructivo” mongol. De los edificios sociales de urbanismo inexplicable hasta los restos de alambradas ya transgredidas, destrozada cualquier función original para impedir el desplazamiento. Desde el absurdo monumento a un camión Zil (?) hasta los vestigios de un refugio nuclear.
Imágenes congeladas de las ruinas de una epopeya hecha con una escala desmedida, estas fotos son al mismo tiempo un monumento a esa épica menor, cotidiana y de supervivencia, que desplegaron los humanos bajo el comunismo.
Reliquias de un mundo cuyos habitantes vivieron, también, fascinados por ese Otro Lado que hoy los engulle a la vez que los exhibe.