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De “Postcapital” (2006) a “Postcapitalismo” (2016)

Iván de la Nuez

El arte, a veces, te permite adelantarte diez años.

Postcapital (2006)

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Postcapitalismo (2016)

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La revolución envasada al vacío / Curso

 Iván de la Nuez

Resultado de imagen de Daniel G. Andújar Revolución

 

Durante el mes de noviembre, en la Escuela Europea de Humanidades impartiré este curso –La revolución envasada al vacío– que aquí comparto.

Argumento

En el ultimo siglo, a menudo Occidente se ha visto obligado a definirse por la revolución. A asumirla como aspiración o afrontarla como problema, a necesitarla y reprimirla continuamente. El curso explora esta disyuntiva, centrado en cuatro momentos en los que, desterrada de la política, la revolución se aloja en la cultura o el lenguaje; empaquetada como una pieza del sistema que pretende destruir.

Dividido en cuatro conferencias –apoyadas con material visual-, este ciclo atiende la apropiación de la revolución en la cultura occidental a través de los siguientes capítulos: El comunismo en la mirada de Occidente; La revolución cubana como utopía europea; El Tercermundismo desde el primer mundo; La revolución sin la revolución: el lenguaje revolucionario del reformismo contemporáneo.

De Robert Cappa a Joan Fontcuberta, de Sartre a Wim Wenders, del Che Guevara a Steven Soderbergh, del neocolonialismo a los Estudios Culturales, de Stalin a Martin Amis, de Buena Vista Social Club a Good-Bye Lenin, de la autocracia a la “eufemocracia”…

Entre todos esos puntos y autores, zigzaguea el recorrido de este curso.

Fechas 

8 de noviembre: El comunismo en la mirada de Occidente

15 de noviembre: La revolución cubana como utopía europea

22 de noviembre: El Tercermundismo desde el primer mundo

29 de noviembre: La revolución sin la revolución: el lenguaje revolucionario del reformismo contemporáneo.

Lugar

Palau Macaya, Passeig de Sant Joan, 108, Barcelona.

Información

http://agenda.obrasocial.lacaixa.es/es/-/la-revolucion-envasada-al-vacio?centros=palau-macaya&result=true

Piedras rodando hacia Cuba

Iván de la Nuez

 

Si un día se extinguieran, en este mundo, los fans de los Beatles, en Cuba todavía quedarían en pie altares dedicados al grupo. Esto se lo debemos a un largo periodo de censura, que consiguió el efecto contrario: la obsesión casi bíblica por una fruta prohibida que mantuvo insatisfechos a cubanos de varias generaciones y, de paso, perpetuó la memoria de unos Beatles siempre jóvenes (y vivos).

Es cierto que Paul McCartney hizo un viaje casi en secreto a Santiago de Cuba, pero esto sólo parece haber aplacado una curiosidad provocada por la operación Buena Vista Social Club. Y es cierto, también, que no han faltado, en la isla, visitantes ilustres durante todos estos años. Tan sólo después de la revolución, puede dibujarse una historia que va de Grahan Greene a Wim Wenders, de Sartre A Ry Cooder, de Billy Joel a Dizzie Gillespie, de Oliver Stone a Francis Ford Coppola. O desde el impacto de aquella primera visita de Serrat a La Habana hasta actuaciones posteriores de Chico Buarke, Mercedes Sosa o Fito Páez.

Todo esto se insertaba en el despliegue institucional de un país socialista que se había pertrechado con una red de festivales, bienales de arte o instituciones como Casa de las Américas o el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Eran tiempos en los que Cuba empuñaba su excepcionalidad, así que muchos de estos artistas –mojitos aparte- se ilusionaban con cumplir la fantasía roja de conectarse con el país pequeño enfrentado al imperio, comprobar in situ el socialismo tropical o explorar, en tiempo real, una revolución encajada entre Estados Unidos y América Latina.

En este tiempo post-revolucionario de ahora, ya los motivos no se corresponden con épica de ninguna clase. De hecho, la aparición de algún famoso se ha convertido en un rito semanal para alimentar la llama del mundo del espectáculo o repetir hasta el infinito las fotos de un país con una imagen más “vintage” que futurista. Aún así, este concierto del día 25 supera cualquier expectativa. O, como diría un son popular, lo de los Stones, “mi hermano, no tiene comparación”.

El viaje del grupo más famoso del mundo ocurrirá cuatro días después que el del presidente más famoso del mundo. Así que Jagger y Obama subirán el volumen y puede que hasta acaben por legitimarse mutuamente frente los críticos de estos acercamientos. Serán dos visitas extraordinarias que servirán, paradójicamente, para confirmar, no la excepcionalidad, sino normalización de un país que intenta conectarse con el mundo. Sartre y sus contemporáneos iban a Cuba fascinados con Fidel Castro, el Che o los propios cubanos. Los Rolling Stones viajarán para ver como los cubanos se fascinan con ellos.

A diferencia de los Beatles, los Stones habrán consumado su pasión. Aunque, a uno y otro lado del escenario, todos estarán más viejos. Como esos amores que se encuentran a destiempo y saben, secretamente, que se han llegado tarde.

 

 

Dipsópolis

Iván de la Nuez

botelllón

 

Vuelve el verano y, con el calor, el Botellón busca su apogeo. También algún que otro deporte asociado, como el “balconing”, el turismo etílico, la transformación de la calle en una barra móvil e inabarcable. Llega el sol y, con él, salen los “bárbaros”. Esas huestes que modifican la escala urbana y atraviesan la ciudad para plantar sus tiendas en las afueras, al otro lado de sus murallas. Tribus dispuestas a dinamitar el viejo emblema del siglo XVIII que recomendaba mantener los vicios privados y las virtudes públicas.

El Botellón, por el contrario, es todo expansión: del núcleo al extrarradio, de lo privado a lo público, del recato al exhibicionismo, de la profesionalidad al amateurismo, de la industria a la manufactura, de la Universidad a la calle. Rebasa los claustros convencionales de la Ciudad Etílica y establece una nueva Dipsópolis en la queda desbordado el recinto alcohólico por excelencia de la economía de servicios, tan propia de los países turísticos: el bar.

Pero el Botellón -vilipendiado o glorificado desde estudios, moralidades e intereses varios- es algo más. De ahí que encarne una curiosa subversión del tempo etílico habitual (ese drama griego del dipsómano profesional con su planteamiento, su nudo y su desenlace) para lanzarnos, desde el principio, a por el pelotazo. Junto al tiempo, trastorna igualmente el espacio alcohólico, al renegar de la taberna cerrada para proyectarse en las plazas abiertas. Desde ese paisaje, es posible sacarlo de la exclusividad de borrachera y vandalismo en la que, no sin razón, se ha colocado habitualmente.

Una historia corta nos llevaría hasta finales de 2011, cuando estaba extendida la idea de que los jóvenes españoles permanecían aletargados bajo los efectos de una evidente “desafección”. (No faltaron autoridades y líderes de opinión encargados de afearles su desconexión de la “cosa pública”). Sobre todo, porque esa desidia alcanzaba su clímax en largos fines de semana durante los cuales esas generaciones llamadas a habitar el futuro se abandonaban a la desmesura etílica.

Basta con que un responsable público se queje de la poca implicación política de los jóvenes para que, acto seguido, esa crítica le estalle en la cara. Esta vez no fue una excepción y pronto las plazas se llenaron de muchachos indignados; preocupados, ahora sí, por la política (coto cerrado que “no los representaba” y a la que, también, proponían dirimir en la calle). Así que se lanzaron de lleno a la protesta por la crisis, por la decadencia de la democracia, por el desplome del futuro que se suponía suyo. La movilización dejó, entonces, de ser etílica para convertirse en política. Y la respuesta dejó de ser paternal para convertirse en policial.

No es fácil calibrar con exactitud cuanta gente dio el salto del Botellón a la revuelta. Y aunque Paul Lafargue o Bertrand Russell, en sus merodeos por la ociosidad y la pereza, pudieran auxiliarnos en esa tarea, siempre será complicado establecer el momento preciso en que una forma de ocio se transforma en práctica política: el minuto crucial en que el Botellón se transforma en Batallón.

En cualquier caso, al camuflaje –milenaria táctica militar- lo encontramos tanto en la esencia de la revuelta urbana como en la de la coctelería (de la que el Botellón viene a ser un capítulo salvaje). Porque no dejan de ser eso, camuflajes, los rudimentos dispuestos para mitigar la fortaleza del ron, el aguardiente, los licores fuertes e “intragables” en solitario.

Esto nos lleva a una historia más larga, que empieza directamente con la palabra Cock´s Tail -cola de gallo-, rama con la que revolvían y atenuaban los licores más bravos en el mexicano puerto de Campeche desde la segunda mitad del siglo XIX. A partir de allí, es posible trenzar, entre muchas otras, una relación entre política y coctelería. A fin de cuentas, si el ron puede considerarse un producto colonial (sale de la plantación de esclavos), la coctelería es, por derecho impropio, un arte neocolonial (no se interesa sólo por conquistar los territorios sino también los espíritus, lo cual define al neocolonialismo).

Ahí tenemos al Daiquiri, que toma su nombre del lugar por el que desembarcaron los norteamericanos para intervenir en Cuba al final de la guerra de independencia en 1898. Ya los mambises tenían ganada la guerra a España, así que no le resultó difícil a Estados Unidos aplicar su política de “fruta madura” y, de paso, darle otro uso al hielo picado que venía en las fragatas de guerra para conservar los cuerpos de los caídos en combate. De ese incidente neocolonial surge, cómo no, el Cuba Libre, que consiste en paliar el ron a palo seco con la primigenia bebida de cola norteamericana. (Cualquier parecido con la foto de la última Cumbre de las Américas en Panamá no es casualidad). Hubo, eso sí, un cóctel independentista: la canchánchara (ron, miel, cítrico), que se tomaba caliente y servía lo mismo para darse valor en una carga al machete que para combatir el frío húmedo de la manigua.

En Cuba, país que enaltece cada vez que puede el Nacionalismo Coctelero, ha habido casi siempre un altar para el Historiador de la Ciudad, o incluso el de la Plantación. Pero también fue objeto de culto el cargo, mucho más singular, de Historiador del Ron, ejercido por Fernando G. Campoamor desde una ejemplar combinación de la teoría y la práctica.

Hay un momento en que todo esto pasa de la historia a la infrahistoria. Pensemos, si no, en el tunin’; esa tecnología automotriz de serie B mediante la cual los coches son sometidos a mutaciones de todo tipo. Pues bien, la Ley Seca en Estados Unidos provocó las primeras modificaciones en los automóviles para habilitar espacios interiores que sirvieran como escondite al alcohol de contrabando. Digamos que el tunin’ originario lo inventó Al Capone. Pero admitamos además que el tunin’, con su estética kitsch y su sello macarra, planta su resistencia ante la estandarización de las marcas convencionales. No debe ser casual que una de sus fantasías estrellas consista en la colocación de un mueble bar en los sitios más insospechados: desde la pizarra hasta el maletero.

Al final, el cóctel no deja de ser una contradicción en los términos: acaba uniendo aquello que, en teoría, no debería encajar. Y su estandarte no puede ser más opuesto a los designios de la pureza (nacional o etílica), pues no funciona sin la contaminación, algo que podría resumirse en una frase: mezclar es bueno.

De cara a las historias de género, cabe añadir que, durante un buen tiempo, y particularmente en las Antillas, los combinados funcionaron como el trago femenino por excelencia, tal cual el Daiquiri, hasta que Hemingway –El Macho Literario por excelencia- lo masculinizó (o se feminizó él): “Mi Mojito en La Bodeguita, mi Daiquiri en El Floridita”.

Sin esa historia de la coctelería, incluidos antecedentes populares como el Kalimocho, no entenderemos del todo el Botellón y su lugar en el trazado de la nueva Dipsópolis. Tampoco sin el auxilio de estudios que ya lo han insertado en la academia o la sociología. Algunas veces como un “conflicto posmoderno” (Artemio Baigorri), otras como un subproducto del neoliberalismo (Héctor Caño o César López Llera). Casi siempre como una cita física en la época de las redes virtuales. Existe, incluso, un cómic del mismísimo Ibáñez: Super López. El gran botellón.

Otros planos de la Dipsópolis vienen servidos por El diario del Ron, de Hunter S. Thompson, o la escritura lisérgica de Kingsley Amis. Por Beber de cine, de José Luis Garci, o la infatigable cartografía que Joan de Sagarra ha construido a través de bares, precios y continentes (los tipos de vaso) del Jameson. Queda lugar, todavía, para el desfase y el delirio (Resacón en Las Vegas), o para el mapa de trazo fino con que los cocteleros famosos –Javier de las Muelas, pongamos por caso- siguen la estela de los cocineros estrella.

No es suficiente, en todo caso, con aferrarnos a las recientes coctelerías cool para explicar la ciudad etílica. Es menester fijarnos en el bareto de toda la vida, del carajillo y el pacharán, del vinito mañanero y el garrafón, del paro y el desahucio. O seguir de cerca la impenitente ronda diurna del que bebe fiado hasta que consigue pagar y empieza otra vez a trazar su desnortado urbanismo.

El tempo de estas esquinas de la Dipsópolis es el de aguantar y sostenerse como se planta uno ante el diluvio o la guerra. Una resistencia contraria a la elegante dipsomanía de los bares caros y, asimismo, al Fast-Drink del Botellón. Y es que hay algo ruso –algo eslavo o nórdico- en esa forma de beber para tumbarse. Algo que viene de esa zona del mundo a la que debemos el más famoso, geopolítico y peligroso de todos los combinados: el cóctel molotov.

Cultura y franquicia

Iván de la Nuez

Como ha sucedido en otros ámbitos, las franquicias se han abierto paso, cada vez más, en la cultura, donde han llegado para quedarse y, sobre todo, propagarse. A estas alturas, no puede hablarse del Louvre, la Sorbona o Berstelmann exclusivamente como un museo, una universidad o un sello editorial. Son además marcas globales que, es lo que tiene la cultura, cuentan con la ventaja añadida de disponer de un evangelio propio incorporado.

Pensemos en Barcelona. En el último mes, se ha desatado en esta ciudad una polémica por la futura implantación, en el mismo puerto, de una franquicia del Hermitage, la pinacoteca rusa que se ha mantenido desde los zares hasta Putin, pasando por la revolución bolchevique, Stalin, dos guerras mundiales o la caída del Comunismo. Un museo que ha conocido la expansión a Las Vegas, en tándem con el Guggenheim (un fracaso), o a Ámsterdam, esta vez sin fusionarse (y con cierto éxito).

Después de fracasada la apuesta por el mega-casino Eurovegas como panacea anti-crisis, la insistencia en otro monstruo parecido -Barcelona World- hace evidente el apego de las autoridades por las franquicias. La demostración de un estilo que, más allá de coartadas y eufemismos varios, privilegia la marca sobre el modelo de ciudad.

Aunque ascendente, el asunto no es nuevo. Hace veinte años, el sociólogo norteamericano George Ritzer dio a conocer La macdonalización de la sociedad, libro en el que alertaba sobre la colonización que la famosa cadena de hamburguesas iba imponiendo sobre otros campos en la organización social del capitalismo contemporáneo.

Mediante parámetros tales como el cálculo, la predicción, la eficacia o el control –importados desde la cadena de montaje inaugurada por Ford-, Ritzer dejó patente que el problema sobrepasaba a las delicias de la carne molida. Por distintas que fueran las ofertas –con sus toques mexicanos o asiáticos, con doble queso o veggies-, el universo McDonald´s se perpetuaba como una entidad estratégica que estandarizaba usos y costumbres de consumo.

(No hace falta decir que, como toda franquicia, también cobraba puntualmente sus royalties.)

Aunque las franquicias no tienen una vida demasiado larga dentro de la cultura capitalista, han conseguido marcar una “tradición” creciente que evoca a la base militar o el enclave turístico, el colonialismo o las cruzadas.

No es casual, pues, que un Emirato como Abu Dabi espere el desembarco del Louvre, La Sorbona o el Guggenheim a partir de este mismo año. Lo que sí resulta contradictorio es que ciudades o países, con un entramado cultural más complejo que el Emirato, se lancen a este tipo de aventuras que glorifican los valores inalterables (la colección museística fija, por ejemplo) por encima de aquellos más creativos y dinámicos. Y resulta más contradictorio, si cabe, en tiempos como los que estamos viviendo, en los que las instituciones locales están seriamente mermadas por la crisis. Teniendo garantizada, ya desde el mismo puerto, su dosis de cultura estándar, ¿pisarán los clientes de los cruceros los museos de la ciudad? ¿O es que un puerto, en este sentido, será distinto a un aeropuerto a la hora de manejarse con una oferta cultural cuya esencia descansa, precisamente, en la neutralidad?

A falta de modelos culturales, se impone la apuesta por las marcas. Lo que no podemos emprender desde la política, lo dejamos de la mano de las finanzas. Y ante la imposibilidad de crear valores contemporáneos, nos agarramos a aquellos que parecen inamovibles (con su sobredosis de cultura “clásica” y largas colas garantizadas).

Cuando las ciudades se convierten en “marcas”, resulta difícil evitar que las marcas se resistan a la tentación de alcanzar, ellas mismas, alguna vez, la categoría que ostentan las ciudades.

(*) Publicado en el blog Tormenta de Ideas, El País, 28 de noviembre, 2012.

(*) En la imagen: Tom Sachs, Nutsy´s McDonald´s, 2001.

MarxterCard

Iván de la Nuez

Los grandes hechos aparecen, “como si dijéramos”, dos veces en la historia; “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Esta es la rotunda afirmación con la que Marx -enmendando la plana a Hegel desde ese amor-odio que siempre le profirió- abre fuego en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Después de “la tragedia” y “la farsa”, acaso podríamos añadir una tercera posibilidad: el momento en que los grandes acontecimientos suceden como “estética”. Bajo esa circunstancia que Lyotard describió como una “moralidad postmoderna” y en la que podemos contemplar nuestras peores catástrofes en un museo.

Esto último es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con Guantánamo o con la Guerra Civil, temas convertidos en géneros artísticos o novelescos de obligada “revisión” por parte de autores de todo linaje. Y es también el caso del Comunismo –abordado desde distintas esquinas en este propio blog-, con un revival certificado, en los últimos años, por más de una decena de exposiciones, el enquistamiento de la Ostalgia (la nostalgia por el Este), o la fascinación de ese mundo sobre fotógrafos, novelistas y cineastas occidentales (con Hollywood a la cabeza).

La tragedia, la farsa, la estética…

Quizá haya campo, todavía, para una cuarta opción. Aquella en que esos grandes hechos retornan como negocio.

Esta es la que parece probar el banco Sparkasse, de Chemnitz -llamada Karl-Marx-Stadt lo que duró la RDA-, entidad que ha lanzado una tarjeta de crédito MasterCard con el rostro del fundador del socialismo. No está de más agregar que lo hace gracias a una votación online donde Marx ha resultado el “claro vencedor”.

Una leyenda española habla de un editor que, en tiempos de Franco, sugería que a los comunistas no había que matarlos, sino comprarlos. Marx ya está muerto y no puede ser comprado, pero sí puede ser convertido en fetiche. ¡Un “valor de cambio”!, diría de sí mismo. Con su cara barbada concediendo legitimidad al capital financiero.

Como un fantasma que, igual que el Comunismo anunciado en el Manifiesto, recorre de nuevo el mundo… Esta vez, eso sí, en un bolsillo cualquiera, un trozo de plástico dentro de la billetera.

El disidente poscomunista

Iván de la Nuez

Dos noticias procedentes de Europa del Este nos hablan de las contradicciones que enfrentan los países poscomunistas. Una, esperada, proviene de Rusia. La otra, más sorprendente, viene de Hungría. La primera está protagonizada por el hombre más poderoso del país: Vladimir Putin. El ex-teniente coronel del KGB, y ex-miembro del PCUS, acaba de recuperar la presidencia después de más de una década alternando ese puesto con el de primer ministro, siempre rigiendo, eso sí, los destinos del país. Lo más probable es que Putin tuviera más votos que sus oponentes (desde el comunista Ziugánov hasta ultranacionalista Zhirinovski). Lo más posible, asimismo, es que no haya alcanzado todos los votos que proclama. Y lo más seguro es que su nuevo mandato afianzará las dificultades que confronta la democracia rusa, debidas, en parte, a un poder que durante años Putin ha considerado “en propiedad”. La reacción violenta del Estado contra los manifestantes al día siguiente de las elecciones (desde comunistas hasta liberales pasando por una izquierda más joven sin conexión directa con la URSS), es un buen ejemplo de ello.

La segunda noticia, ya lo hemos dicho, proviene de Hungría, país que abrió sus fronteras en 1989, incluso antes de que los alemanes derribaran el Muro de Berlín. Esta vez no se trata de un hombre poderoso o un oligarca, sino de una víctima: el escritor Ákos Kertész, que ha pedido asilo en Canadá. El argumento de Kertész –sin relación familiar con el Premio Nóbel de literatura Imre Kertész- es que teme por su vida, sobre todo después de haber sido “insultado y atacado” en plena calle. ¿Los motivos? Este autor y columnista judío había publicado un artículo en el que criticaba sin contemplaciones a los propios húngaros –llegó a decir que eran “genéticamente serviles”- por su actitud ante el Holocausto. Es verdad que sus palabras fueron duras y de un esencialismo corrosivo. Es verdad, asimismo, que el hombre pidió disculpas. Pero ya no había nada que hacer. Por lo general, los países –y sus patriotas de oficio- aguantan mejor la crítica de los extraños que la de su propia gente. En cualquier caso, la actitud de este escritor no es nueva. Ahí tenemos el ejemplo de Thomas Bernhard, reprochando a sus paisanos austriacos por apoyar el fascismo. O el de Orhan Pamuk, que hizo otro tanto con sus compatriotas turcos por negarse a aceptar las matanzas de kurdos. Pero Bernhard no se vio obligado a huir de Viena, mientras que Pamuk se ha mantenido en Estambul, aunque a veces amenazado de muerte.

El caso de Kertész nos plantea un problema adicional. Hasta ahora, estábamos acostumbrados a que los disidentes europeos siempre procedían del Bloque Soviético y buscaban en Occidente un espacio democrático donde poder hacer o decir lo que les estaba vetado al otro lado del Telón de Acero. Los nombres, entre muchos otros, de Solshenitzin o Kundera, Tarkovski o Nureyev ilustran esa poblada lista de gente que huía del comunismo. Lo que singulariza el caso de Kertész es que Hungría abandonó ese comunismo hace veinte años, clasifica como una democracia, es un país regido por la economía de mercado y, para colmo, pertenece a la Unión Europea.

Cumpliendo una especie de viaje al revés, Kertész se nos presenta como un exiliado del poscomunismo.

Aún a sabiendas de que los húngaros tienen un gobierno ultraconservador, este caso nos propone interrogantes que sólo pueden llevarnos al desasosiego. ¿Es imaginable una Europa en la que, por opinar distinto, la gente se vea obligada a perder su condición de ciudadano? ¿Es posible que, pongamos por caso, en una Francia bajo el gobierno del Frente Nacional, salido de las urnas, alguien pueda estar sometido a persecución y termine por pedir asilo en otro lugar?

De llegar a esta circunstancia, estaríamos ante dos problemas de máxima gravedad. El primero, por el punto de partida (esa Europa que hasta ahora funcionaba como garante de la democracia para buena parte del mundo). El segundo, aún más grave, tiene que ver con el punto de llegada. Porque si las cosas llegan a estos extremos, ¿dónde se asilarán los europeos?

(*) En la imagen, instalación de Mona Vătămanu & Florin Tudor, All Power to the Imagination!, 2009. La fotografía es de Wolfgang Thaler.

 

Pentagonía de Megaupload

Iván de la Nuez

  1. Que Internet es una revolución, resulta evidente no sólo por los cambios que ha producido, sino por dos de los pilares que más embiste: la propiedad y la autoridad (o la autoría).
  2. Que, en buena medida, lo que conocemos como propiedad intelectual ha sido primero apropiación a lo largo de la historia de la cultura, es más que visible si miramos las obras de Shakespeare o Marx, Picasso y Duchamp, Nabokov o Borges.
  3. Que las (improvisadas) medidas actuales premian la propiedad y castigan la apropiación, es fácil de constatar en el anacronismo legislativo de la Ley Sinde, SOPA o PIPA, que sustentan a la desesperada actuaciones represivas como la del FBI.
  4. Que Megaupload es un monstruo de dos cabezas, es obvio si comparamos la lógica de sus usuarios –que apuestan mayoritariamente por la cultura compartida- y la lógica de sus propietarios –que apelan a estilos más burdos de enriquecimiento y celebridad.
  5. Que la manipulación de la masa anónima por parte de estos líderes o gurús sigue siendo el problema irresuelto de cualquier revolución (y el lastre más evidente que las asemeja al antiguo régimen), puede constatarse en los nuevos movimientos sociales, que tal vez por eso mismo han renegado de los líderes.

El rehielo

Iván de la Nuez

Probablemente, no sea frente al pelotón de fusilamiento. Pero, muchos años después, algún niño de la Barcelona actual recordará el día que sus padres le llevaron a conocer el hielo. Y esa memoria se le presentará como un flash-back de la pista para patinar (o ver patinar) recién instalada en plena Plaza de Catalunya.

Bargelona. Así se llama este proyecto, que incorpora la palabra gel, “hielo” en catalán, en el nombre de la ciudad. Otra pirueta lingüística para incrementar la simpatía de lo que se conoce como “marca Barcelona”.

Si el deshielo aludió, en su momento, a una política de distensión para rebajar la bipolaridad de la guerra fría, ahora parece que entramos en una etapa de recongelación. En este tiempo maximalista que reniega de toda ambigüedad, cualquier flojera. Así que, ante unas políticas socialdemócratas calificadas de tibias, se levanta la política frapé de los conservadores.

Otro dato simbólico: la pista en cuestión se ha encaramado en el mismo sitio de las protestas recientes de indignados y el 15-M. Ahí se erigen, pues, los valores de la familia frente a los de la comuna, el ocio como contrapunto de la crítica, el pago sobre lo gratuito, la asepsia frente a la suciedad, la élite mejor que el tumulto…

El mundo feliz, en fin, frente al mundo irritado.

En el diario Público, la periodista Lucía Lijtmaer lo ha visto de este modo: “En el caso de Bargelona, que es como se ha bautizado a la mayor pista de hielo del sur de Europa, dice ser una celebración navideña a la anglosajona, con la carambola de fomentar el comercio, despolitizar la plaza y ocuparla, a su vez”.

Y mientras esto ocurre en Barcelona, al otro lado del Atlántico la revista Time -en dirección contraria a esta política gélida- acaba de elegir a los participantes en la protesta como “personaje del año” 2011 para su portada.  (Si el elegido hubiera sido un icono barcelonés como Leo Messi -que aparecía entre los candidatos para la cubierta de Time– en lugar de The protesters, las peticiones de hielo tal vez se hubieran multiplicado exponencialmente desde este lado.)

De cualquier manera, no sé qué puede ser más nocivo para los jóvenes de la contestación. Si la “licuación” del sujeto de la revuelta que nos propone Time –con hermoso retrato robot incorporado-, o la congelación del espacio público de la protesta que nos ofrece esta pista de hielo. Bien sea por su ornamento, bien sea por su lapidación, hay un destino irónico en ambas opciones.

El riesgo de la estetización de los manifestantes ha radicado, históricamente, en el hecho constatable de que los movimientos sociales suelen acabar pareciéndose a la forma con la que se les representa. El riesgo de la congelación de la plaza pública estriba, por su parte, en el hecho de que las ciudades terminan pareciéndose a sus plazas.

Modelo chino

Iván de la Nuez

 

El hombre más rico de China —Liang Wengen su nombre— ha ingresado en el Partido Comunista. Todo indica que es solo un primer paso para integrar el próximo año el Comité Central, que opera allí como un club exclusivo de 300 poderosos. El multimillonario en cuestión —un magnate de equipos para la construcción con fortuna valorada en 7.500 millones de euros— no ha hecho más que confirmar aquella consigna lanzada por Den Xiaoping: “enriquecerse es glorioso”.

Ya habíamos visto a Yao Ming, jugador de la NBA, convertido en Héroe del Trabajo. Y hemos sabido del furor con que los marchantes occidentales —del Mundo Libre, según una extendida y ridícula frase— se lanzaban a poner galerías en el país asiático, con un ritmo tan frenético como la multiplicación de sus ingresos.

Hemos visto asimismo a nuestros muy occidentales gobiernos —los líderes del Mundo Libre, no lo olvidemos— pasar de puntillas por las violaciones de derechos humanos en China, en un complicado malabar que busca sacar tajada económica sin herir la susceptibilidad política.

Si bien en China muchos comunistas han devenido millonarios, la prensa de estos días nos explicaba que el señor Wengen había recorrido el camino inverso: ahora, un potentado y convencido liberal, curtido por completo en el sector privado, optaba por convertirse en militante del partido.

Que un comunista quiera hacerse millonario es de lo más comprensible, pero que un millonario quiera convertirse en comunista es algo más extraño. Cierto es que ha habido casos en la historia; como el de esos aristócratas sacudidos por un ataque de filantropía o de culpa (acaso atormentados por el peso de una fortuna que consideran espuria).

Pero mucho me temo que, en el caso de este chino, lidiamos con un convencimiento algo más vulgar. Con la certeza inapelable de que el “sistema”, el “aparato” o la “nomenclatura” se han convertido en los templos idóneos para repartir y conseguir influencia y riqueza.

En la geopolítica de las últimas décadas, el mismo Boris Yeltsin pasó —en muy poco tiempo— de miembro del politburó a fervoroso defensor del FMI y de la terapia de choque en Rusia. (La presencia del antiguo KGB en las más altas instancias del capitalismo ruso es motivo de estudios y libros diversos).

En la escala cotidiana de nuestras miserias menores -nuestros minúsculos canallas-, cualquiera que haya vivido el Comunismo ha visto a los más altos intransigentes de antaño saltar la cerca y medrar con intransigencia similar en su nuevo mundo, blandiendo ideas totalmente contrarias a las que habían defendido un año, un mes, una semana, un día antes…

Cualquiera que haya vivido el Comunismo habrá tenido que esquivar o soportar, en algún momento de su vida, la acusación de “diversionismo ideológico”. Se era “diversionista” —también se usaba “desviado” o “torcido” o “débil”— por ideas o actitudes que casi siempre iban aparejadas a algún tipo de perversión capitalista: consumismo, avidez por lo superfluo, lecturas peligrosas, imitación de las formas de consumo del enemigo…

En esta nueva mezcla de represión con mercado —que sitúa a la democracia en “otra parte”, generalmente lejos— pronto veremos un nuevo tipo de “desviación ideológica”. Muchos serán expulsados del partido comunista por la falta -gravísima- de criticar a los ricos o -más grave todavía- de atreverse a defender a los trabajadores.

(*) En la imagen: Marble Arm, de Ai Wei Wei.