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Workshop sobre Arte y Literatura

Iván de la Nuez

 

 

 

Nunca real. Siempre verdadero. (Del arte de la ficción a la ficción del arte).

Este es el título –basado en un dibujo de Artaud- del Workshop que ofreceré esta semana en Fabra i Coats.

El martes 3 y el miércoles 4 trabajaremos, respectivamente, en dos líneas. La primera abarcará el modo en que el arte contemporáneo se ha convertido en una especie de género de la narrativa. La segunda abundará en la vía contraria: la narrativa que ofrecen hoy las artes visuales.

Aquí, el link del taller.

Próximamente, compartiré un texto que actualiza esta vieja ocupación de mi trabajo.

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Intento de escapada

Iván de la Nuez

Esta tarde, conversaré con Miguel Ángel Hernández Navarro para presentar su primera novela: Intento de escapada (Anagrama). La nota de invitación describe así el asunto del libro: “La rutina de Marcos, estudiante de Bellas Artes, se ve interrumpida por la llegada a su ciudad de provincias del célebre Jacobo Montes, el gran artista social del presente, cuya transgresora obra pretende ser una denuncia del capitalismo contemporáneo. Marcos acaba convertido en su asistente y con él aprenderá a mirar con nuevos ojos la realidad, en especial el problema de la inmigración, tema sobre el que Montes pretende trabajar en la ciudad. Una experiencia de iniciación que, sin embargo, no acabará como Marcos había imaginado porque los métodos de Montes están en el límite de lo admisible. Una crítica profunda y envenenada del arte contemporáneo más radical y de la actitud cínica que se oculta detrás de ciertas prácticas artísticas `comprometidas´”.

Será en La Central de la calle Mallorca 237, Barcelona a las 19.30. Prometemos polémica. El vino es cosa de la editorial.

Arte para ser leído / Un texto de 2006

Iván de la Nuez

En los últimos años, diversos artistas han aparecido en escena, rondados por la muerte y agobiados por unas vidas tan turbulentas como sus obras. Así Jack Rathbone, pintor inglés que crea en Port Mungo, Belice, una especie de neotropicalismo salvaje que apenas le sirve para camuflar su torturada existencia. O Hector Mann, olvidado galán del cine mudo, reaparecido en los ochenta con nuevas películas realizadas, eso sí, para un único espectador. Está el caso asombroso de Adolf Hitler, revivido como artista gracias a una película porno protagonizada por él mismo en el búnker donde aparentemente se suicidó. Y del artista Kasperle, que perpetró una instalación llamada Retrato de Cees Wagner contra el director del Stedelijk Museum de Ámsterdam. Por su parte Gabriel Felippe, pintor marginal y amargado de Miami, se dedicó a confeccionar, “con todos los materiales posibles”, el retrato de la persona que dio muerte a su madre en un estúpido accidente de tráfico, con el afán añadido de ejecutar una sórdida venganza. Hay noticias, asimismo, del pintor Mons, ocupado en la creación de un monstruario del cosmopolitismo posmoderno entre Europa, Miami y Nueva York. A finales del siglo pasado vivía en un manicomio de Italia Edwin Johns, que se había cortado la mano derecha con la que pintaba, y la había expuesto enmarcada con el título de Uncommom Ground. Ya metidos en el siglo XXI, un prodigio japonés, Matsuhiro Takei, se impone la tarea de concluir Estupidez terminal, una película total y abierta que se pregunta por la necesidad que tiene la gente de ser artista. Los detectives de un  museo posmoderno necesitan, por su parte, resolver el crimen cometido contra una “obra” (entendida esta como una persona viva que se alquila y vende como un cuadro, una fotografía o una instalación). Y Michel, el aburrido gerente de un museo, se lanza al Caribe catapultado por el tedio de un arte contemporáneo que no le dice nada. Andrés Faulques ha abandonado la fotografía para dedicar todo su tiempo a un gran mural donde confluyan los maestros de “la pintura de batallas”.

Además de la época en la que sus obras salen a flote, y de la crueldad ostensible que rodea a sus creadores, se da en ellos una confluencia todavía más curiosa: todos estos artistas fueron inventados por narradores. Rathbone por Patrick McGrath. Hector Mann por Paul Auster. El videoartista Hitler por Don Delillo. Kasperle por Ignacio Vidal Folch. Gabriel Felippe por Juan Abreu. Mons por Julián Ríos. Edwin Johns por Roberto Bolaño. Matsuhiro Takei por Javier Calvo. Las “obras humanas” por José Carlos Somoza. Michel por Houellebecq. Faulques por Pérez-Reverte.

Pese a que muchas veces los narradores han comprendido mal, y con retraso, a las creaciones visuales de sus tiempos, la literatura no ha dejado de mirar con fascinación al mundo del arte. No podemos olvidar que la estética moderna –junto a Hegel y Rimbaud- tuvo como polo fundador, precisamente, a una novela de Oscar Wilde: El retrato de Dorian Gray. No hablemos ya de El hombre que fue jueves, donde Gilbert K. Chesterton consiguió, entre otras cosas, una fábula magistral sobre arte el arte como anarquía.

Una prueba de esa fascinación está recogida en la antología de Daniel Aragó, Relatos célebres sobre la pintura, en la que reunió a narradores de finales del siglo XIX y principios del XX. (E.T. Hoffman y Honoré de Balzac, Edgar Allan Poe y Antón Chéjov, Henry James y Reiner Maria Rilke, Gabriel D´Annunzio Y Edith Wharton.) Se trata de autores que concedieron protagonismo a los artistas, el talento, la angustia en la que se desenvuelve el acto creativo o las profecías anunciadas por las obras. Pequeños islotes, si se quiere, en el inmenso continente de los grandes temas de la literatura, pero premoniciones muy estimables en el tratamiento de un mundo que ha pasado, en la última década, de ser lateral a comportarse cada vez más como un asunto protagónico en la narrativa de la que hoy conocemos, y vivimos, como la era de la imagen. Al punto de que podría afirmarse, aunque parezca temerario, que entre las muchas perspectivas de la cultura contemporánea, una de ellas es la que nos habla del arte como una especie de “género” literario; o al menos como un territorio de la novela.

¿Por qué esa creciente profusión del arte como trama literaria? Una respuesta a esto parece evidente: la cultura visual ha comenzado a sustituir a la cultura escrita como fuente de transmisión del saber en las sociedades actuales. En consonancia con lo anterior, vale destacar que las fronteras entre distintos territorios creativos se han fracturado de manera notoria. Semejante mutación cultural no sólo incide en las artes visuales, las cuales inundan la ideología, la documentación, el activismo social, la moda, los media, el turismo, la publicidad y las reivindicaciones sociales, sino también en la literatura, que resulta invadida por esta nueva situación y obligada a manejar de otra manera sus esquemas creativos. La cultura visual, en la expansión de sus contenidos, en la invasión total de nuestros modos de vida, sustituye en muchos casos a las zonas de saber que antes le correspondía a las fuentes escritas, arma nuevas retóricas y concibe otros usos de eso que, en otros tiempos, se llamó “el intelectual”.

Queda en pie, entonces, la dialéctica que cruzó los destinos de Wilde y de Chesterton, de Dorian Gray y del hombre que fue Jueves. Wilde hizo todo lo posible por convertir a la literatura en un género artístico. Chesterton consiguió la transmutación del arte como un asunto novelesco. Estos encuentros y desencuentros fueron retomados por Maurice Blanchot de un modo ejemplar, cuando comprendió que entre el artista contemporáneo y su producción se suscita el mismo dilema que entre Ulises y Las Sirenas, o entre Ahab y La Ballena, en el caso de Melville en Moby Dick. Sólo que si Ulises se comporta como un escritor (vive para contarlo y por eso se reprime ante Las Sirenas), Ahab está más próximo al artista visual de nuestros días. Y si bien es cierto que Ulises “oyó tanto como vio Ahab”, lo es también que “el primero se mantuvo duro ante esa audición, mientras que el segundo se perdió en la imagen”.

En estos escenarios, la literatura ofrece al arte una polis en la que morar, un territorio de supervivencia justo allí donde se sospechaba su desaparición. En sentido contrario, la nuestra se percibe ya como una época en la cual el arte –o, mejor, la cultura visual- le ofrece a la literatura la posibilidad de continuar, desde otras perspectivas, sus labores narrativas o sus tareas como cartero de la sabiduría. El choque entre estos ámbitos producirá seguramente la nueva poética del siglo que empieza. Quizá, desde esta amalgama, pueda desterrarse la palabra crisis que hoy azota y aburre a ambos mundos. Estas obras abren un pequeño y fructífero camino. Y nos dicen que lo verdaderamente importante no es la muerte del arte, sino su capacidad de invocarla. No es tan importante en cuanto cadáver sino en su condición de asesino. No cuando es vulnerable, sino cuando es decisiva e inevitablemente letal.

(*) Texto publicado en Babelia, El País, 23 de septiembre de 2006, con el título de “Cuando el arte mata”. Lo recupero porque alimenta uno de los principales hobbies de este blog, la relación del arte con la literatura, asunto al que hemos vuelto en estos días a propósito de la presentación de Graciela Speranza.

(*) En la imagen, Dictionary with Hole, fotografía de Abelardo Morell, 2011

Steve Martin después de ARCO

Iván de la Nuez

Lacey Yeager es una joven ambiciosa, que llega a Nueva York con lo puesto y consigue escalar en el mundo del arte –flanco dinero- desde una modesta posición de becaria en Sotheby´s hasta la de marchante con galería propia que se codea con la crema de la escena artística. Por el camino, algún que otro damnificado, alguna que otra transacción turbia, un par de secretos bien administrados.

Lacey tiene la inteligencia justa, la vista larga y la mirada corta. Y la imprescindible habilidad para repetir los eslóganes que hacen falta en los lugares adecuados. A nuestra heroína no le falta escudero, el fiel Daniel, aplicado a seguir su vida, paso a paso, con devoción humillante. Esta actitud tiene premio: Daniel es el narrador de la ascensión y caída de la protagonista. Ambos atraviesan, de punta a punta, An Object of Beauty, la novela que Steve Martin dedica a los últimos veinte años del mundillo del arte –flanco dinero, no lo olvidemos- en la Gran Manzana.

Sí, estimado lector, Steve Martin. El mismo actor cómico –que a menudo padece de sobredosis histriónica-, un narrador por otra parte nada insolvente, incorporado a la tropa creciente de autores contemporáneos que han novelado el arte. Otro artífice de esa colección intangible (aunque rica en obras, artistas, curators y hasta museos imaginarios) que puede ser nuestra por el precio ¿módico? de un libro.

Y sí, estimado lector, lo sabemos. Steve Martin no es Henry James ni Oscar Wilde, ni Don Delillo ni Paul Auster ni Roberto Calasso, ni tantos otros que, en la historia de la cultura moderna, han convertido al arte en un género literario. Por si fuera poco, cuesta sustraernos de su jeta (su repertorio de muecas) mientras leemos el libro. Sin embargo, y que me perdone la crítica literaria, su novela mantiene una dignidad más que correcta y consigue describir su objeto –no siempre de belleza, no siempre motivo de orgullo- desde una trama tan divertida como precisa.

Pero aún admitiendo la obviedad de que Martin no está a la altura de los maestros, debemos reconocer que Lacey Yeager sí está a la altura de los mejores personajes del arte contemporáneo que han habitado una novela.

Esta Dorian Gray posmoderna, que tiene por maestros a Leo Castelli o Larry Gagosian, se va descomponiendo internamente en esos veinte años rutilantes que recorren el boom de Chelsea y la invasión japonesa, la eclosión del arte chino y la inflación del arte contemporáneo, el derribo de las Torres Gemelas y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria.

Si Jed Martin, el artista de Houellebecq en El mapa y el territorio, hace todo lo posible por salirse del mundo del arte, Lacey Yeager necesita, a toda costa, estar dentro -más rápido, más alto, más fuerte- con una competitividad olímpica. Ese, y no otro, es el reto de esta atleta de las relaciones publicas y privadas, de las galerías nítidas y los negocios sucios. Houellebecq le confiere un tono trágico a aquello que surge casi como una broma (Jeff Koons o Damien Hirst). Steve Martin, por el contrario, nos regala una comedia de todo lo que desde el arte se nos vende como solemne.

Así las cosas, no hay que buscar aquí los tormentos –a veces exagerados, a veces sobreactuados- con los que la literatura o el cine han recreado el acto creativo. Martin va directo a los entresijos del mercado del arte y su Lacey es la Beatriz que nos conduce por ese infierno fastuoso de ferias, ventas y fiestas que casi nunca dejan entrever los discursos museísticos o los centros de arte públicos. A fin de cuentas, no hay feria que no se comporte como una feria de las vanidades. A una feria no se va a comprar sino a hacer visible que se compra. No se colecciona, sino que se patenta el poder de hacerlo. En ellas no se expone; se exhibe. Y las (los) Lacey Yeager de ese mundo tienen mucho que enseñarnos sobre esa necesaria estación de servicio en la que los artistas, incluso los más indómitos, suelen repostar para avanzar con el combustible suficiente hacia empresas más sólidas y confesables.

En tiempos en que la cultura se privatiza a marchas forzadas -la crisis no es mas que una coartada perfecta que exonera de explicar el nuevo modelo-, lo que era excepcional va camino de convertirse en regla. Y si antes las ferias intentaban parecerse a los museos –de ahí que aparecieran en ellas proyectos curatoriales, eventos teóricos, episodios alternativos, capítulos radicales que las apuntalaban ante la mirada admonitoria de los especialistas-, a partir de ahora los museos se parecerán, cada vez más, a las ferias. Tan solo basta echar un vistazo a su colonización pantagruélica, su apabullamiento de los espacios más pequeños y, sobre todo, esa obsesión por abarcar la mayor cantidad de metros posibles sin la más mínima necesidad de demostrarnos su capacidad intelectual para llenarlos.

Ante este retomado modelo –que no es nuevo y ha conocido fracasos de estrépito en otros tiempos y lugares- An Object of Beauty funciona como un manual de supervivencia y, a la vez, como un espejo de nuestro futuro. De haberse paseado por ARCO en Madrid, el actor Steve Martin hubiera sido reconocido de inmediato. Lo que no sabemos es que el autor Steve Martin ya nos había reconocido antes a todos nosotros.

La colección imaginaria

Iván de la Nuez

Mi colección de arte imaginado sigue creciendo. Y cuando hablo de arte me refiero a todo el sistema: atesoro obras y museos, artistas y curators, coleccionistas y críticos, que navegan por novelas y relatos de ficción que he seguido, reseñado y acumulado en los últimos quince años.

Hace poco comentábamos, por aquí, sobre Houellebecq y su reciente criatura Jed Martin. Pronto compartiremos a Michael Cunningham (Cuando cae la noche), Roberto Calasso (La Folie Baudelaire) o Steve Martin (An Object of Beauty), quienes amplían ese mundo con tramas cada vez más reales que las verdaderas. Y si no, al menos mucho más ricas que los recortes, los informes del sector, las miserias de las galerías o las fantasías políticas up to date sobre un ente privado que nos salvará de todas las desgracias públicas.

Esta última ilusión, perdóneseme la digresión, en el país y ciudad que yo vivo es infinitamente más irreal que el Baudelaire de Calasso que se cita con su madre en el museo del Louvre, o que la marchante Lacey Yeager, de Steve Martin, en sus aventuras neoyorquinas de las subastas, el boom de Chelsea, los atentados, la invasión asiática o los efectos de la crisis en el mercado del arte.

Recomendadas hoy, serán reseñadas en breve; siempre desde la estela de este arte que, cada día, da menos que hablar… pero mucho que escribir.