Un juego de mesa, lanzado originalmente en Polonia, se expande más allá de sus fronteras. Así que ya ha sido traducido al español, el japonés o el inglés. Se trata de un pasatiempo al estilo del Monopoly, aunque su trama no se desarrolla en la opulencia de rascacielos y mansiones a adquirir en Nueva York o Chicago sino en las carestías de la Polonia comunista durante los años ochenta del siglo pasado.
El título de este juego es Kolejka y su traducción es, precisamente, La cola. Según distintas informaciones, surgió en 2011 y dentro de unos días ya se podrá adquirir en España. ¿A qué jugamos cuando jugamos a La cola? Pues a resolver una serie de situaciones de la vida cotidiana bajo el comunismo polaco; entre ellas, cómo obtener productos racionados o liberados, cómo engañar a los dependientes de los establecimientos, cómo mitigar los avatares de esas filas agobiantes cuando tenemos prisa por conseguir cigarros, alcohol o gasolina. Por supuesto, no faltan premios a distintos ardides, empleados para dar el gran golpe contra esa longeva “institución” del socialismo: colarse.
Los jugadores ganan cuando han agotado la mayor cantidad de existencias para su abastecimiento, mientras que las cartas y casillas de Kolejka nos permiten trampas tales como echar mano de un amigo del partido, o ser un miembro del “aparato” con privilegios. Tampoco faltan otros trucos, entre los que están pasarse directamente al mercado negro –pero pagando más caro- o alquilar tu bebé para esquivar el tumulto y pasar primero.
Kolejka es una adaptación del Monopoly y a la vez un ejercicio de “nostalgia” por el comunismo. Bien mirado, se trata de un juego de perdedores donde se evoca, como la propia escasez que lo protagoniza, a los juguetes manuales de la era predigital, aquellos tiempos anteriores a los videojuegos, y despliega una añoranza por los rompecabezas de la marca Lego, por ejemplo, que siempre quedaban al otro lado del Telón de Acero para los niños del comunismo.
La cola funciona asimismo como una especie de recreación pedagógica, que permite entender el pasado reciente de los polacos, algo que ya no forma parte de la experiencia de la primera generación del poscomunismo. Esa misma impronta didáctica lo ha convertido en el pasatiempo preferido de los extranjeros que viven en Polonia, según afirma Miguel Ángel Gayo Macías en El Mundo.
La cola no deja de ser un ejercicio de “Ostalgia”, en la que el pasado socialista toma fuerza ante las adversidades de ese nuevo mundo en que los camaradas se convierten en consumidores; dejan de ser súbditos para transformarse en clientes.
Desplomado como sistema, el comunismo se ha cobijado, consecutivamente, en el arte y en la cinematografía, en la literatura y en los parques temáticos. Hoy, además, aparece frivolizado como un juego divertido, un paliativo al mundo abierto por el postcapitalismo. ¿Cual será el próximo paso? Tal vez el circo, donde no puede negarse que los soviéticos habían sentado cátedra.
A través de la historia, los dictadores se han regalado todo tipo de caprichos. Lo mismo nombrar heredera del poder a una amante que cónsul a un caballo. De la orgía a la mesa, los tiranos han incorporado, en sí mismos, un compendio casi siempre extravagante de los pecados capitales decretados por la Iglesia (aunque a muchos sátrapas no le ha faltado el aval de cardenales y obispos).
Más insólito, si cabe, es que un dictador tuviera, entre sus antojos, ejercer como crítico de cine. Este fue el caso de Kim Jong Il, quien dio rienda suelta a esta pasión con resultados muy curiosos. Tiro de recuerdo y me veo hace más de veinte años —la fecha baila en mi memoria— en la Biblioteca Nacional José Martí, en Cuba, visitando una exposición de libros coreanos (coreanos del Norte). Eran ediciones de lujo, dedicadas a alabar la idea Juche o a glosar las virtudes incomparables de Kim Il Sung, también conocido como el Gran Líder. Según aquellos libros, que los cubanos hojeaban entre el estupor y la carcajada, en este mundo hostil había un paraíso y su capital se encontraba en Pyongyang.
En algunos de aquellos volúmenes comenzaba a descollar la figura del recientemente fallecido Kim Jong Il, hijo del también llamado Presidente Eterno. Y lo hacía como experto en cine. Debo decir que el Amado Crítico no se conformaba con ofrecernos sus conocimientos sobre el Séptimo Arte. Además de su función hermenéutica, acometía —como bonus track, digamos— un abanico de recomendaciones dedicadas a las distintas facetas del proceso cinematográfico. Para directores y guionistas, actores y editores. Para las niñas y las señoras. Su asesoría se desplazaba, con una convicción pasmosa, de la pose al encuadre, del libreto a la edición, de la cámara al protagonista. Kim Jong Il poseía la fórmula de un cine tan perfecto como el paraíso del cual nos daban noticia aquellos libros tan caros como absurdos.
Resulta, sin embargo, que el Amado Crítico era un hipócrita; un avezado consumidor de porno, películas de acción y de todo lo que El Enemigo, cinematográficamente hablando, dispusiera para que él (y sólo él) gozara sin remordimiento en medio del régimen más cerrado de la Guerra Fría.
Si el militarismo y la guerra representan la más evidente relación de Corea del Norte con Occidente, esas jornadas cinematográficas de Kim Jong Il constituyen —coñac aparte— una secreta vía de conexión entre ambos mundos. De manera que, en una futura historia sobre el deshielo de ese extremo régimen (si es que esto se produce alguna vez), Clint Eastwood o Rocco Siffredi ocuparán su lugar junto a la OTAN, la ONU, la UE y todas estas siglas encargadas de simular el regimiento del mundo.
Pero no han sido éstas las únicas conexiones. Si indagamos con algún cuidado, encontraremos una relación inversa, si bien muy esporádica, de Occidente hacia allí. En ese vínculo hay algo “cinematográfico”. Y es que son varios los artistas occidentales que no han podido sustraerse a la inmersión en un país que se comporta como un decorado gigantesco —con hospitales y fábricas montadas para el visitante—, sus dirigentes como actores —pasados de histrionismo, todo sea dicho—, y sus súbditos como figurantes.
Ahí están los casos de fotógrafos como Andreas Gursky o Charlie Crane. O el documental concebido por Vice TV, en la línea de reportajes extremos a los que nos tienen acostumbrados tanto su revista como la cadena televisiva.
Más allá de la curiosidad morbosa que despierta una sociedad uniforme y escondida del mundo cuya documentación se presenta como un reto en sí misma, esta aproximación occidental a Corea del Norte obedece a otras claves. Ese país funciona, in extremis, como un laboratorio de la Guerra Fría y la amenaza nuclear, la Reunificación y el militarismo, el Apocalipsis y la Utopía.
Es el “corte geológico”, sin anestesia, de un pasado y presente que comparten, a su manera, alemanes y chinos, vietnamitas o cubanos.
Puede que algún día se filme, por allí, algo así como Nuestro hombre en Pyongyang. Acto seguido, los medios de Occidente (previa distribución de la película en nuestras cómodas salas adaptadas a 3D) darán por comenzada la transición norcoreana.
Comparto el book trailer de mi libro Fantasía roja. (Los intelectuales de izquierda y la revolución cubana); realizado por la editorial portuguesa Angelus Novo.