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Sobre «Teoría de la retaguardia» / Entrevista

Iván de la Nuez / Entrevisto por José Durán / El Salto 

TR-PORTADA

 

A propósito de su recién publicada recopilación de cuentos en los que la violencia que ha desangrado el País Vasco en el último medio siglo se cuela como personaje, el escritor Iban Zaldua comenta que le ha interesado dar un golpe en la mesa o recordar ciertas cosas, porque el dolor literario que pueda causar hiere menos que dos hostias.

Similar intención de percutir con la palabra para provocar alguna reacción se aprecia en Teoría de la retaguardia, cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás), un tratado un tanto socarrón y necesariamente impertinente con el que Iván de la Nuez (La Habana, Cuba, 1964) pretende explicar por qué el arte contemporáneo ha de sellar cuanto antes su acta de disolución y entregar las armas.

Hurgando en heridas abiertas, De la Nuez proclama que desde esa franquicia llamada Arte Contemporáneo se validan las prácticas del capitalismo más salvaje mientras sublimamos —la primera persona es suya— las teorías del socialismo más cándido. También diagnostica que, caída la máscara de la independencia y desmontado el atrezo radical que lo maquillaba todo, el emperador se encuentra efectivamente desnudo. Y vaticina que, a partir de ahora, “hasta el más acrobático de los comisarios artísticos tendrá muy complicado sostener el equilibrio a base de poner el pie izquierdo en la revuelta social y el derecho en las petrocolecciones”.

El autor lamenta que desde el propio sector artístico —tanto las altas instancias de gestión como los creadores a ras de suelo— no se reconozca algo “tan simple” como que el arte “no habita en el castillo de la pureza ni es inocente ante el proceso de expansión que tiene lugar en la economía global”.

Y su propuesta, la retaguardia a la que alude el título, sugiere que en 2018 ya es momento de empezar a considerar el arte en relación a la supervivencia. Si en Trincheras permanentes (Pepitas de Calabaza, 2017), Carolina León llamó la atención sobre el montón de experiencias que habitan al otro lado de la vanguardia discursiva y que hacen posible la acción política, lo que De la Nuez ofrece ahora en este libro publicado por consonni es igualmente una mirada a la trastienda del arte.

El golpe en la mesa dado página tras página por De la Nuez quizá duela menos que dos hostias, pero a buen seguro va a escocer.

¿Forma parte este libro de la autocrítica que reclamas al mundo del arte contemporáneo?
Evidentemente. Yo mismo soy parte de ese mundo y no solo tengo el derecho, sino el deber, de mirarlo de una manera crítica, y autocrítica.
¿Qué aspectos debería tratar esa autocrítica?
Para empezar, dejar de seguir, a lo Sartre, colocando el infierno en los otros. Aparte de eso, hay otras zonas que deben ser atendidas en ella. Por ejemplo, preguntarse cómo es posible que los que han armado el paradigma del Arte Contemporáneo se dediquen a campar en nombre del cambio de paradigma. O el hecho de fardar de un pensamiento cuando la mayoría de las veces este solo funciona como “género de importación” traído de otros mundos. O su alegre bamboleo entre el mundo del compromiso político y el mundo de las finanzas, entre la crítica socialista y la gratificación capitalista, con esa asimilación del modelo chino como una de las bellas artes.

¿Crees que en el arte contemporáneo hay disposición a realizar ese ejercicio?
Si hay disposición o no es irrelevante, porque lo realmente importante es que lo necesita y que su credibilidad pasa por acometer tal ejercicio.

En muchas instituciones culturales públicas se observa incoherencia entre el discurso que dan los directores (o las temáticas que plantean sus exposiciones) y las prácticas cotidianas. Pienso en las condiciones laborales de muchos museos o su conversión en franquicias. ¿A qué se debe esta doble cara?

En su descargo, hay que reconocer que las instituciones están obligadas a cumplir con una trama burocrática o financiera que es externa a ellas y que es la antítesis de la flexibilidad propia del arte. Pero en su cargo también hay que decir que el Arte Contemporáneo se ha convertido en uno de los ámbitos donde es más visible eso que me gusta llamar Eufemocracia, la dictadura de los eufemismos. Y ahí su contradicción laboral es un reflejo de su propia contradicción entre un discurso virtuoso y una práctica viciada que lo contradice.

El arte contemporáneo ha reproducido, a menor escala, algunas de las características de la industria del turismo, convirtiéndose en foco de atracción de inversiones y en impulsor de la ciudad-marca (en Bilbao o Málaga, por ejemplo). ¿Quiénes son los responsables de estos desarrollos?
El arte contemporáneo es un eslabón de una cadena más amplia del capitalismo contemporáneo. Tampoco hay que sobreestimarlo. En Estados Unidos, ese filón que detectas responde al modelo neoliberal, mientras que en Europa responde a un modelo socialdemócrata. En ambos casos, se ha utilizado a la cultura como avanzadilla de legitimidad moderna de la política, de especulación y de un cambio en los modelos urbanos. En ese sentido, más que protagonista, la cultura tiene un papel de reparto. Lo que pasa es que cuenta con la ventaja de tener un evangelio propio incorporado. Ahora bien, ya estamos sentados sobre esto y no creo que podamos dar marcha atrás. Nuestra pregunta, ahora, es si una programación puede ser capaz de cambiar una ciudad como en su día la cambió un edificio.

¿Qué papel juegan los artistas en ese proceso?, ¿pueden negarse a participar o eso significa estar fuera y condenarse a la exclusión?
Los artistas son los trabajadores sobre los que se levanta este edificio cuyos máximos responsables los han situado en un rol cada vez más alejado de las decisiones. Y aunque, como en todo, encontremos oportunistas, mi experiencia es que la mayoría se rompe la cabeza buscando maneras dignas de lidiar con todas esas contradicciones.

¿Cuál ha de ser la función del arte en 2018?

Si esta es la Era de la imagen es porque el conocimiento y la cultura misma se están transmitiendo, cada vez más, desde soportes visuales. Y ahí, precisamente, está el reto y la función de los artistas. En el hecho de que puedan convertirse en los intelectuales de este tiempo. Solo que para eso han de crear algo más que imágenes: han de construir los imaginarios de esta era. Y es, ante ese desafío, donde no pueden permanecer paralizados o repitiendo, en bucle, los mismos ademanes del arte de siempre.

Si el arte contemporáneo ya no se puede concebir como representativo de una clase social, ni como materialmente productivo o culturalmente vanguardista, ¿dónde puede situarse?
Ojo. El arte contemporáneo repite, casi calcada, la proporción social de la que habla Piketty. El 99% de los integrantes de este mundo no vamos a subastas y nos bandeamos en nuestra propia tasa de precariedad. Con la dificultad jurídica y burocrática añadida de que todos sin excepción vamos adelantando un trabajo que el contratista tiene toda la facilidad a la hora de pedirlo y pone todo tipo de trabas cuando tiene que pagarlo. Incluso cuando en ese contrato precario se nos invita a disertar sobre El Capital hecho exposición o sobre la injusticia más feroz del capitalismo.

¿Puede el arte ser una amenaza real al statu quo?, ¿debe perseguir ese objetivo?
En la medida en que se afiance en la retórica de decir que cambiará el statu quo no lo creo. Lo que sí puede es cambiar su propio statu quo dentro de las reglas de juego, y ahí hay una esperanza.
¿Hasta qué punto se ha utilizado lo “político” como coartada en el arte contemporáneo?
Hasta puntos insoportables. Y opino que el uso de esa coartada política para engordar currículos artísticos o bolsillos extra-artísticos no aguanta una obra más.

En Clase cultural (Caja Negra, 2017), Martha Rosler afirma sentirse lejos de “estar preparada para aceptar que los artistas han perdido el futuro”. ¿Se ha acabado ya el arte contemporáneo?
El Arte Contemporáneo no es “el arte”, sino un intento de inmortalidad con la que se dotó el arte para eludir su transitoriedad en un momento dado. No creo que estemos en capacidad de demoler el arte, pero tampoco que el arte sea necesariamente inmortal. El Arte Contemporáneo, por ejemplo, alcanza su apogeo junto al decreto de la historia después de la historia de Fukuyama, tan aplaudido por la derecha, y del arte después del arte de Danto, tan aplaudido por la izquierda de ese medio. No creo que eso sea casual y mi libro es crítico con ambas opciones.

¿Qué dice del momento presente del arte el hecho de que un retrato creado por una inteligencia artificial sea vendido en subasta por más de 430.000 dólares?

Que los medios del arte hoy están tan expandidos que no es necesario que seamos artistas para usarlos o incluso crear obras. Es la utopía de Duchamp y de Beuys llevada al paroxismo tecnológico. Y en esta fase encontramos una especie de artista automático como en la aviación encontramos un piloto automático.

¿Sería aceptable por el mundo del arte contemporáneo que alguien propusiese hacer de la prisión de Guantánamo un museo?
Ya está propuesto. Creo que la primera que lo planteó como hipótesis, no sé si irónica, fue Alicia Framis. Al respecto, Banksy ha realizado un grafiti y también una instalación paródica de Disney World, mientras que artistas como Hugo Orlandini han reproducido celdas. Es más, hace un año los propios prisioneros de Guantánamo hicieron una exposición in situ. Así que el mundo del arte ya lo ha aceptado. Aunque, todo sea dicho, no más que el mundo editorial, el musical y el cinematográfico.

¿En qué consiste la teoría de la retaguardia que propones? Es muy interesante lo que dices de que “la retaguardia nunca tendrá entidad suficiente para producir algún ‘ismo’ en la cultura”. ¿Cabe añadir que afortunadamente?

Mi “teoría de la retaguardia” es un guiño modesto, y por supuesto una enmienda, a la gran teoría de la vanguardia de Peter Bürger. Hace cuarenta años, este teórico definió la actitud vanguardista por la relación entre el arte y la vida. Y lo que yo digo en 2018 es que al arte hay que medirlo por su relación con la supervivencia, que es la continuación de la vida por medios más precarios. O mejor, por cualquier medio, que es lo que tienen los desesperados. Ahí estaría la importancia de la retaguardia. Y sí, afortunadamente no parece probable que se vaya a convertir en otro “ismo” de la cultura contemporánea, aunque tengo una buena noticia: a diferencia de la vanguardia, la retaguardia es un lugar en el que uno nunca está solo.

¿Por qué es importante hablar de todo esto de lo que estamos hablando?
En la medida en que pensemos el arte desde una visión estrecha, la importancia de todo esto será bastante residual. Pero si hablamos de un mundo y una época en el que la realidad se construye desde las imágenes visuales, entonces la importancia crece, porque estaríamos hablando de un arte y unos artistas que tienen ante sí un reto mayúsculo: que es el de construir los imaginarios de este tiempo.

(*) Publicado en El Salto, 19 de noviembre, 2018. 

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David Beltrán / Presentación

Iván de la Nuez

Hoy presentamos en Milán el libro de David Beltrán en la Academia de Bellas Artes de Brera. Publicado por Maretti, con textos de Glenda León, Abel Gonzalez e Iván de la Nuez.

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Sobre «Teoría de la retaguardia» (1)

Iván de la Nuez / Entrevisto por Víctor Lenore / El Confidencial

TR-PORTADA

 

Hablamos de un libro pequeño y delgado, 125 páginas, pero lleno de ideas-bomba. Se titula Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás), publicado por Consonni. Su autor, Iván de La Nuez, nació en La Habana en 1964, pero vive en Barcelona. Es uno de los críticos de arte más afilados que se pueden leer en castellano. “Mi ‘Teoría de la retaguardia’ parte de que eso que llamamos ‘arte contemporáneo’ es un espacio en el que el comunismo encontró cobijo cultural y estético después de su derrota política. Y es un ejemplo muy claro de la colonización y el encapsulamiento de los discursos radicales del cambio. Con su revolución para el museo, su lucha de clases para coleccionistas, su activismo social para un mundo que, al mismo tiempo que le compra su crítica, sigue reproduciendo la causa de esa crítica hasta el infinito. De ahí mi demanda de una autocrítica de arte consistente. Y de ahí que el libro no intente ponerle delante una guerrilla hostil al arte contemporáneo, sino un espejo”.  La imagen que devuelve no es demasiado bonita.

El arte político no atraviesa su edad de oro. “Lo siento, pero soy bastante aprensivo cuando me enfrento a un museo que expone un judío en una vitrina, o cuando un dramaturgo expone a personas negras para alertarnos sobre su sometimiento colonial a base de reproducirlo. O a un emigrante rumano para que veamos lo jodido que está, como si hiciera falta acudir a un museo para ver la enorme injusticia del mundo. Todo esto lo trato como una mutación del ready-made de Duchamp. Sólo que, si en sus tiempos eran los objetos los que se introducían en el museo, ahora son los sujetos. Si antes eran las cosas, hoy son las causas”, señala. Denuncia que gran parte de esta escuela ha terminado en caricatura elitista, que podría describirse con el lema  “todo por el pueblo y todo sobre el pueblo, pero sin el pueblo”.

No diga Guggenheim, diga McDonalds

En uno de los capítulos más potentes, denuncia la sucursalización de los museos, que bien podríamos llamar “macdonalización”, un término más gráfico.  “Esta catarata de museos explota en los años ochenta del siglo pasado. Fue en Estados Unidos, gracias a la eclosión neoliberal, mientras que en Europa forma parte de un modelo socialdemócrata que ahora mismo está en serios problemas. Y la verdad es que lo que pasa con los museos es trágico, aunque no muy diferente a lo que ocurre con la cultura en general, los diarios, las editoriales… Son hijos de un mundo que se sienten obligados a sobrevivir en otro”, subraya. En 2018, el arte sigue siendo “ese lugar donde tienes el pie izquierdo en el 15-M y el derecho en los petrodólares. Y todos lo sabemos, sólo que no es de buen gusto ni vanguardista decirlo. Por eso hay que explicarlo desde la retaguardia, un término que, además, puede conjugarse con retranca”, apunta.

La reivindicación de la retaguardia no es un simple juego de palabras. Su ensayo huye de la pedantería tan habitual en el género  “La fórmula que aplico es bastante sencilla, justo cuando se cumplen cuarenta años de la ‘Teoría de la vanguardia’, de Peter Burger. Para este autor, la vanguardia debía romper la barrera que separaba al arte de la vida. Lo que yo planteo es más modesto, y es que el arte hoy no puede medirse por su relación con la vida sino con la supervivencia, que es la continuación de la vida por medios más precarios. También demando que, en lugar de medirlo por las ‘grandes causas’ que enarbola, convendría calibrarlo por las consecuencias que nos han traído esas causas. Aquí, prefiero seguir a Robert Louis Stevenson antes que a Arthur Danto y otros teóricos sobre los que han basado sus carreras muchos de nuestros “international curators”. Me gusta esa frase de Stevenson en la que afirma que todo el mundo, tarde o temprano, acaba sentándose a un banquete de consecuencias. Desde ese banquete, creo yo que debemos pensar la sociedad y la cultura contemporáneas”. ¿Qué aspecto tiene esa retaguardia? ”Es un sitio de escaso glamur donde te llegan los heridos, hay que alimentar y curar a la tropa, cargar los enseres para la sobrevida. Antes que seguir remedando a una vanguardia inalcanzable, me parecía más interesante alojarse en una retaguardia posible”, plantea.

Museos sin público

El arte contemporáneo vive situaciones disfuncionales, que muchas veces pasan por éxitos. “Si te fijas, cuando los museos necesitan cubrir su número de visitantes, casi nunca lo consiguen desde discursos contemporáneos, sino que tienen que apelar a los clásicos o a valores seguros para agrandar sus colas y tener contentos a políticos o consejos de administración. Es el momento salvador de los Dalí, Soroya, Picasso, Giacometti… Todo eso nos dice que, de alguna manera, esta cultura rápida de hoy es extramuseística y puede permitirse su propio display fuera de esos templos, pues no arraiga del todo en ellos. España está llena de museos vacíos, y me llama la atención que en muchos sigan teorizando sobre la expansión del propio museo, cuando lo que tal vez habría que conseguir es una imantación que consiga atraer a un público que les da la espalda”, señala.

Mientras la mayoría debatimos sobre apropiacionismo, De la Nuez muestra que el término está superado. “El antiguo tempo ha sido dinamitado desde una cultura que se mueve a dentelladas, en la que la figura del caníbal ha sido sustituida por la del tiburón y la apropiación por la depredación; a golpes de wassap, twitter, blink (parpadeo), link, selfies, zapping, corta y pega, etcétera. Y esto implica que la mayoría de los museos estén obligados a una aceleración que no está, por así decirlo, en su naturaleza”, opina. Lo que tenemos ahora es “la paradoja de un arte que se vende como rebeldía mientras se niega a asumir que forma parte de los mismos mecanismos que critica. Siempre dispuesto a hablar de todos los problemas del mundo, menos de sus propios problemas. Colocando, a lo Sartre, el infierno en los otros y esquivando el infierno propio. Un arte que es capaz de protestar por las condiciones de los trabajadores en los Emiratos al mismo tiempo que los invade desde un despliegue museístico sin precedentes allí; como antes se desplazó a Japón, a China o a Rusia, siguiendo siempre la ruta del dinero emergente”, denuncia.

Revolución sin revolución

Terminamos con el recuerdo de una amplia exposición, ‘Perder la forma humana’, que pudo verse en el Museo Reina Sofía entre 2012 y 2013. “Por cierto, era una buena exposición. Si fuera un bodrio no gastaría energías en ella, la vida es corta. El caso es que los comisarios de ese proyecto -el colectivo Conceptualismos del Sur- proponían un recorrido por el arte político de América Latina en los años ochenta, bajo los dominios de la Operación Cóndor, las dictaduras neoliberales latinoamericanas, etcétera, con la inclusión de gente tan emblemática como Pedro Lemebel y Néstor Perlongher, o colectivos como OV3RGOZE y el Periférico de objetos. Todo iba bien hasta que llegó el momento de una pregunta puñetera: ¿qué pasaba con los artistas de Cuba y Nicaragua, las dos únicas revoluciones en el poder durante esa época? Aquí, los organizadores esquivaron el problema y no enfrentaron la gran paradoja que tenían delante, persistiendo en la reconstrucción de un radicalismo latinoamericano que no contemplaba las revoluciones que lo inspiraban, ni a los colegas procedentes de estas, que las respiraban”, lamenta.

¿Qué tipo de arte alumbraron estos países revolucionarios? “El arte cubano de esa época no era muy diferente al que activaron sus vecinos contra la Operación Cóndor: creación colectiva, dimensión antropológica, crítica política a su gobierno, desmontaje de los símbolos nacionales, liberación sexual, influencias de Artaud, Grotowski o el arte povera, performance, sospecha de la voz de los maestros…  Al mismo tiempo, en Nicaragua sucedía exactamente lo contrario. Allí, el arte impulsado por la revolución se proyectaba como una utopía arcaica, un regreso a la comunidad precolonial marcado por el experimento de Ernesto Cardenal en Solentiname. Estos dos contrapuntos, tan paradójicos, a mí me parecían perfectos para profundizar en las contradicciones entre arte, revolución y política. Pero entonces el arte hubiera estropeado la doctrina, el territorio habría destrozado al mapa. Aparte de que asumir esa contradicción hubiera requerido una autocrítica profunda de las políticas culturales de las revoluciones en el poder, algo que a nuestra ‘izquierda curatorial’ nunca le ha gustado mirar de frente”.

(*) Publicado en El Confidencial, 11 de noviembre de 2018.

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«Teoría de la retaguardia» / Presentación en Barcelona

Iván de la Nuez @ivandelanuez

TR-Portada

 

El próximo lunes 19-N, presentamos «Teoría de la retaguardia» en la librería Calders (@LaCalders).

Me acompañarán Andrea Valdés (@andreavaldesv) y Valentín Roma (@valentinromaser).

Les esperamos.

Librería Calders

Passatge de Pere Calders, 9, 08015 Barcelona

Hora: 19.30

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David Beltrán

Iván de la Nuez

Beltran-Catálogo

 

La editorial Maretti acaba de publicar este libro con pinturas, fotografías, apuntes, dibujos, proyectos y bocetos de David Beltrán en el que escribimos con Glenda León y Abel González Fernández.

DEIVID-PORTADILLA

 

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Pintar a contratiempo

Iván de la Nuez

invitación _ pintar a contratiempo 02

Desde el principio de nuestros tiempos, a los humanos nos ha rondado esta incógnita: «¿y nosotros, qué pintamos aquí?» La pregunta identifica el acto de pintar con el hecho de vivir: «pintar algo» significa estar vivo; o simplemente «estar», que ya es bastante.

Claro que este no es el único significado de la pintura, que hoy puede calificarse como un arte a destiempo. Y no sólo por su testaruda persistencia en esta época cuyas tecnologías insisten en desterrarla al mismo tiempo que la copian sin contemplaciones: basta con que nos fijemos en la simultaneidad digital evocando al cubismo, la pantalla replicando al marco, o el píxel trayendo el esfumato a la memoria.
A todo esto también habría que añadir su ritmo. Con su cadencia analógica, su presteza manual y esa secuencia que incluye el apunte, la preparación de la tela, la espera del secado, los pasos atrás para tomar distancia, el retoque…
El tempo de la pintura es, pues, el compás de la respiración. Tal vez por eso, cuando Marcel Duchamp se pasaba un tiempo sin pintar, decía que estaba ocupado en sus «clases de natación».
En el acto de pintar hay algo fisiológico, por muy intelectual que nos parezca una obra salida de un pincel, al final siempre arrastra algo visceral consigo. Como un anacronismo consciente que, como la música disonante o directamente desafinada, le entra «atravesado» a esta época.
En ese contratiempo, la pintura no ocupa el lugar de la revolución, sino el de la resistencia. Y en cada pintor se esconde un Chateaubriand que trabaja para perdurar más allá de su vida. Un fantasma dispuesto a aprovechar las ventajas de estar muerto para seguir «pintando algo» en ultratumba.

Michel Pérez Pollo…
Si uno toma los parámetros del clima, los convierte en centímetros, crea un triángulo con ellos, y finalmente a ese triángulo lo cubre de capas, puede hacer que el tiempo desaparezca. O, por lo menos, que se convierta en una forma abstracta.
Estos cuadros son el resultado de ese encubrimiento, el envoltorio de una memoria que no se deja ver, la consecuencia de una estética de la desaparición.
Y ese es el norte de una pintura que alcanza su clímax cuando borra el clima.
Esta es una estrategia persuadida de que la verdad, en pintura, no debe ser exhibicionista u obvia; ni tendría que transportarnos al éxtasis de una pasión «a primera vista».
Las medidas de Humedad, Presión atmosférica, Temperatura o Velocidad del viento… primero funcionan como bocetos, después como volumen, más tarde como un lienzo.
Por eso, pintar aquí no implica subestimar el contenido, sino revestirlo. Como un iceberg que sólo deja ver el 25 % de su volumen. Con esa figura ligeramente triangular, que aparenta una vela al viento mientras oculta la mole de hielo que la estanca.

Alejandro Campins…
Si hay que entrar en el desierto pintado, ya estoy en el desierto pintado. Valga parafrasear a Borges, aunque sólo sea para ahorrarnos protocolos inútiles. Entrar en el desierto como quien se adentra en una magnitud sobrehumana y queda cautivo en este paisaje, ubicado en Arizona, cuyas constantes «pictóricas» se sostienen en lo irrevocable, lo intemporal, una teatralidad sobrecogedora.
Aquí, el tiempo alcanza una dimensión absoluta en comparación con la relatividad de la mirada. Y es que, los 225 millones de años de este paisaje aplastan a los 10 000 años de la historia humana.
Así de descomunal es esta desproporción.
Tales cifras agudizan la carga dramática de esta pintura en la que pasado, presente y futuro se amalgaman y dejan fuera de lugar el drama griego, despojándolo de la clásica secuencia del planteamiento, el nudo y el desenlace.
«Desierto pintado», fue el nombre que los conquistadores españoles le dieron a este paisaje por su visualidad. «Bad Land», con el que lo bautizaron los indios por su aridez. En un caso, resplandece lo estético. En el otro, lo físico. Los primeros, dispuestos a colonizarlo. Los segundos, a sacralizarlo.
En uno y otro caso, el lenguaje de la naturaleza y el de la pintura ya prefiguran una condición abstracta. Y la trascendencia de este paisaje acaba por doblegar a cronología en nombre de la intemporalidad.
Esa, precisamente, es la victoria que se permiten estas pinturas sobre la historia. La fría venganza de condenarla a un lugar perdido del espacio, un fragmento infinitesimal del tiempo.

Juan Miguel Pozo…
El tiempo tiene también una dimensión política y se perfila como una condición «humana, demasiado humana». Es el caso que exploran estas piezas, que no tratan la inmutabilidad del desierto ni la variabilidad del clima, sino esa mutación temporal que determina la historia, en una escala menor que sólo comprende lo humano.
Aquí no se busca, pues, cubrir o recubrir, sino descubrir. Y más que la realidad, lo que se persigue es una idea de verdad. No son imágenes abstractas las que arman en estos cuadros, sino unos momentos concretos por los que la política ha ido trazando su hiperrealismo agobiante.
Así, en el espacio del capitalismo triunfante, asoma la iconografía del comunismo vencido. Bajo la apoteosis del mercado, se deja ver la sombra de la vida colectiva. Y sobre el aclamado cacareo de la convivencia, se respira el aire de la violencia.
Estas pinturas del fin de un imperio dibujan esa tierra quemada en la que algunos aplauden un tránsito, pero que, al final, termina por definir una estancia definitiva del mundo.
Por eso, aquí «pintar algo» no es más que la libertad de manipularlo todo. De alojar, en el mismo perímetro, el encontronazo entre épocas -cortas en años, inmensas en significados- que han marcado la historia reciente.
Y si la atmósfera que flota sobre estas piezas nos remite a Berlín o La Habana, es porque son dos ciudades cuyo principal renglón productivo no hay que buscarlo en la economía y la industria, sino en el arte y la retórica.
En medio de esta colisión, el contratiempo de la pintura consiste en desvelar el tempo de este nuevo modelo del mundo, que no es otro que el de la incertidumbre.

(*) Textos para la hoja de sala de la exposición Pintar a contratiempo, que estará entre el 16 de octubre y el 24 de noviembre en el Centro Hispanoamericano de Cultura de La Habana.

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El Arte Contemporáneo en su precipicio

Iván de la Nuez

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Al Arte Contemporáneo hay que situarlo de vez en cuando ante sus paradojas, tantear su capacidad para asumirlas en lugar de maquillarlas o su audacia para utilizarlas antes que resolverlas. Porque, mientras más estandarizada es su presencia, más contradictorio resulta su apogeo. Mientras más cargado de buenas intenciones, más puede comportarse como una fase crítica de los mecanismos que reprueba. Y mientras más pletórico se presenta su viaje de ida –a la sociedad, la política, la publicidad, la literatura, los media, la tecnología o el activismo-, más pobre es el retorno a su guarida de siempre, el museo y sus variantes, donde recala una y otra vez como el increíble arte menguante.

Mientras mayor su protagonismo en la Era de la Imagen, más necesitado está el arte de un imaginario propio que le permita dejar de usufructuar el pensamiento como un género de importación. Sobre todo en esta época en la que los acontecimientos, después de ocurrir primero como tragedia y luego como farsa, están sucediendo como estética.

Estas contradicciones quizá nos ayuden a dejar de dictaminar, a lo Sartre, que el infierno son los otros. Como si no formáramos parte de ese mundo que juzgamos.

Hay que salirse del arte para el arte; para los fans, los likes y los aplausos que se prodiga a sí mismo ese sectarismo contemporáneo tan entregado a la crítica como negado a la autocrítica. Bastaría, para empezar, con atender alguna vez a las preguntas que generan sus paradojas.

Aquí van ocho.

 

La de su definición. El Arte Contemporáneo, desde siempre, ha alcanzado sentido más allá de su nombre. De ahí la inutilidad de reducirlo, literalmente, al arte-que-tiene-lugar-en-nuestros-días. Si lo remitimos a su origen, es fácil comprobar que ya ha cumplido un siglo. Con el Ready-Made de Duchamp conquistando la galería para rematar el arte moderno al mismo tiempo que los bolcheviques de Lenin tomaban el Palacio de Invierno para rematar la historia moderna. Un segundo momento lo situaría en la eclosión de 1968, el mismo año de la muerte de Duchamp, cuando se amuniciona con la contracultura, el minimalismo, el conceptualismo, el grafiti o la performance. Desde ahí, en lugar de asaltar la galería, se escapa de ella, abriéndose camino en el “campo expandido” descrito por Rosalind Krauss. Un tercer momento lo trae a esta época global, en plena Era de la Imagen, en la que el saber empieza a transmitirse a través de unos soportes visuales que antes solían pertenecer al arte, pero que ya no requieren exclusivamente de los artistas para cumplir su cometido.

 

La de su desmaterialización. Abunda la crítica al colapso industrial de Detroit, Barcelona o Manchester, pero es exigua una autocrítica que reconozca al Arte Contemporáneo como síntoma, cómplice y avanzadilla de ese desplome. Basta con que repararemos en las metáforas fabriles de las que se sirve o, directamente, en su colonización de industrias desactivadas. Con esa fiebre por reconvertir las viejas fábricas de producción en nuevas fábricas de creación. Basta con iluminar la ligera incongruencia que se da entre atacar la desindustrialización del capitalismo y, al mismo tiempo, sublimar la desmaterialización del arte. Una contradicción tan intelectual como gremial en la que se aplaude en un campo lo que se desacredita en otro.

 

La de su desproporción. Con la ecuación de Thomas Piketty hemos de toparnos. Y con su más que pertinente teoría del 1%. Pero… ¿cómo criticar la desigualdad social de esa desproporción y no poner sobre la mesa que en el mundo del arte tenemos también un 1% que controla al otro 99% que sobrevive en precario? ¿Cómo ignorar que aquellos que claman por el cambio de paradigma son el paradigma mismo, los que piden transformar el sistema son el sistema? ¿Cómo ignorar, en fin, que el 1% que gobierna en lo artístico acumula su poder con el mismo entusiasmo que jalea a la masa social para que se “empodere” contra el 1% que la atenaza en lo político?

 

La de su expansión. El arte contemporáneo no puede entenderse sin su expedición más allá del Museo, pero tampoco sin el regreso a este, donde vuelve para dar fe de su odisea y de paso recoger las gratificaciones pertinentes. Esa contradicción transparenta una tensión irresoluble entre un arte que habla de todo y por todos, pero calla acerca de sí mismo. Un arte que, para colonizar todo aquello que es “más que arte”, enfila su malestar sobre el mundo mientras por el camino tira el espejo en el que mirarse de vez en cuando. ¿Una crítica al narcisismo? Tal vez.  ¿Un terror a descubrirse como reflejo de todos y cada uno de los problemas que rechaza? También.

 

La de su contracción. Hay un momento -años ochenta del siglo XX- en el que los artistas empiezan masivamente a contar su vida al revés. Desde entonces, no hay currículo en un catálogo que no comience en el presente y vaya retrocediendo en el tiempo, hasta el nacimiento artístico o biológico de los protagonistas. A través de ese viaje al útero materno, el arte se narra de la misma manera que Scott Fitzgerald contaba la vida en reverso de Benjamin Button. ¿No habrá aquí, entre tanta algarabía vanguardista, un reaccionario terror al futuro? ¿Y no indicará ese miedo la constatación de que ya no tiene sentido, como hacía la vanguardia, seguir buscando la relación del arte con la vida sino con la mera supervivencia?

 

La de su estandarización. Ya contamos con centenares de bienales, ferias, museos, centros… y con millones de dólares que no podemos contar. Ya el Arte Contemporáneo funciona como una gigantesca trasnacional que le ha servido en bandeja a la globalización su estándar estético. Ya sabemos, igualmente, que estamos hablando de un asunto más mundano que mundial, con el repertorio de roles bien repartidos. Y ya hemos constatado que, así como los intelectuales occidentales recorrieron el mundo en busca de las revoluciones emergentes, los comisarios occidentales hoy lo recorren a la caza del dinero emergente. Los primeros, saltando de Rusia a China, Cuba, Vietnam, Nicaragua, Irán o Venezuela. Los segundos, como  en una novela de Steve Martin, de Chelsea a Tokyo, Moscú, Pekín, Abu Dabi… Siempre con el mapa sobre el territorio, en nombre de una globalización desde la que se nos alecciona en modo mundo cuando en realidad apenas superamos el modo avión.

 

La de su función. Si esta es la Era de la imagen, los artistas estarían llamados a convertirse en sus intelectuales (por aquello de la transmisión del conocimiento mediante canales visuales). Pero, de momento, el medio artístico no parece del todo consciente de esa función y permanece atenazado a una crítica del presente en la que afloran una y otra vez sus contradicciones. ¿Cómo criticar la gentrificación o los juegos del capitalismo global y al mismo tiempo confirmarse como la coartada cultural de estas operaciones en Berlín, Brooklyn, Barcelona, Abu Dabi, China? ¿Cómo conseguir que la crítica social no sea una fase más del sistema del arte y no acabe por ofrecer una revolución envasada al vacío dispuesta para el gusto de coleccionistas? ¿Cómo hacer para que la combinación entre activismo social, currículo artístico y retribución económica no resulte obscena?

 

La de su defunción. ¿Se acabará alguna vez el Arte Contemporáneo? Esta pregunta se entiende mejor si rastreamos la cadena funeraria que ha trenzado su historia. Y a su supervivencia en esta posteridad que Peter Sloterdijk ha bautizado como la “era del epílogo”, después que Roger Caillois definiera a Picasso como el “gran liquidador del arte” o Milan Kundera describiera a Bacon como “el último pintor”. Hay, pues, algo de ultratumba en el Arte Contemporáneo. Una deriva zombi en la que para salvar ese “contemporáneo” hemos decidido conectarlo con lo infinito, cuando quizá lo más importante no consista en poner el arte al servicio de su tiempo –como hace el (mal) arte político-, sino en sacarlo de la servidumbre de esta época. Quién sabe si así, después de décadas rentabilizando su despedida, el Arte Contemporáneo aprenda por fin a marcharse.

(*) En la imagen, Ritual II, de Glenda León. (Galería Senda).

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Pensar es pensar distinto

Gilberto Padilla Cárdenas / diálogo con Iván de la Nuez

El pensamiento

 

La suerte de Iván de la Nuez en Cuba ha sido escasa. Después de algunos libros imprescindibles (La balsa perpetuaEl mapa de salFantasía RojaCrítica del futuroEl comunista manifiesto), un par de antologías colectivas (Paisajes después del MuroCuba y el día después) y el muy esperado y especialmente recomendable Cubantropía (que promete reunir sus “ensayos cubanos”), permanece inédito en la Isla.

Es como si Iván tuviera que esperar a que lo tradujeran en su propio país. Ni siquiera tiene página propia en Ecured. Y esto, a pesar de que eso que llaman ensayo cubano hoy es como una carrera de caballos en un hipódromo con su nombre completo escrito sobre la meta.

En el pasado, la censura made in Cuba funcionó —de la manera más obvia y transparente— al bloquear el flujo de la información. No podíamos, por ejemplo, encontrar en ninguna librería del patio un solo ejemplar de Iván de la Nuez. En el siglo XXI —todavía no aparecen los libros de Iván—, la censura nacional funciona avasallando a la gente con información irrelevante. Los cubanos, simplemente, no saben a qué prestar atención, y a menudo pasan el tiempo investigando y discutiendo cuestiones supletorias. Que si el centrismo. Que si la “oposición responsable”. Que si “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Un reporte de las cinco búsquedas más frecuentes en internet desde Cuba incluye: el Lamborghini Huracán; el reality show chileno Volverías con tu ex; esa extraña ave mexicana llamada Juan Gabriel; y casi cualquier cosa que se escriba “reguetón”, “reggae”, y hasta “regguaetone” (En 2016, el contenido que marcó la mayor tendencia en YouTube fue Yomil & el Dany).

Hoy en día, pensar significa saber qué obviar. En qué deberíamos centrarnos. ¿Para qué perder tiempo con Enrique Ubieta si podemos leer a Iván de la Nuez?

Recordé todo esto cuando hace un par de días, revisando anaqueles con libros de uso en plena calle Obispo, divisé la portada de Cuba y el día después. Estiré la mano para cogerlo, y de repente una garra me sujetó el brazo con violencia. Era una mujer vieja, sucísima, con un montón de harapos, con ojos como asteroides. Me miró con odio y me gritó muy cerca de la cara cosas en un idioma que no parecía de este mundo. Solté de un tirón el libro y me alejé rápido. La veterana no se movió de su punto en la acera a pesar de las amenazas del librero. Realmente no sé de qué se trató el episodio. Podría haberlo soñado. En todo caso, queda muy bien como comienzo de esta entrevista.

Leyendo El hombre que fue viernes tropecé con esta idea de Juan Forn: “Siempre me ha llamado la atención que los disidentes soviéticos (desde Ajmátova y Pasternak a Vasili Grossman y Josef Brodsky) produjeran una literatura tan potente desde la disidencia y que a los disidentes castristas les pase exactamente lo contrario: pierden su potencia literaria cuando se hacen anticastristas, sean cubanos o extranjeros”. Dime, Iván, ¿cómo ves esa lógica en el mundo del arte cubano?

Hay varias explicaciones.

La primera y más simple: Ajmátova, Pasternak, Grossman y Brodsky están a una altura difícilmente alcanzable en cualquier cultura, sean o no disidentes sus autores.

La segunda: el arte contemporáneo cubano propiamente dicho (no digo contemporáneo en cuanto “actual” o en cuanto artistas sueltos, sino en cuanto al Sistema que esto requiere) empieza en los ochenta. Y cuando esos artistas salen de Cuba, a principios de los noventa, el bloque comunista ya no existe. A diferencia de un Limonov, un Kabakov, un Mikhailov o Komar & Melamid, ellos no se enfrentan a un sistema universal, sino a una circunstancia local. Aparte de que sus obras más polémicas fueron concebidas, y casi todas exhibidas aunque sea fugazmente, en la isla.

La tercera: generalmente, la curaduría internacional entiende por crítica artística a la que se hace contra el capitalismo, no contra el socialismo. En esa línea, el arte cubano no entró en la dinámica global como arte disidente sino como arte multicultural, bien pulido su desencuentro ideológico y bastante folclorizado. Reducido a una receta que, sin ser falsa, sí lo acercó al estereotipo y a comportarse como una “otherness” más de Occidente.

Y cuarta: Los cubanos vivieron, en los ochenta, un sistema de arte occidental sin mercado. Una especificidad muy curiosa, difícil de encontrar en otro lado. Los soviéticos tenían un arte sin mercado, pero no occidental, y los occidentales, lógicamente, basculaban alrededor del mercado. Una vez fuera de Cuba, estos artistas se encontraron arrastrando una crítica y una historia que podía hacerlos tan autorreferenciales que a muchos les costó instalar un discurso “comprensible” en el nuevo mundo al que habían llegado.

En Dangerous Moves: Performance and Politics in Cuba Coco Fusco sostiene que tanto artistas como opositores políticos hacen performances. El libro salta de “Prodigal Son” (Carlos Martiel) y “La conga irreversible” (Los Carpinteros), a las caminatas de las Damas de Blanco y las huelgas de hambre de Guillermo Fariñas. ¿Qué opinión te merece esta tesis de Fusco? ¿Es la disidencia cubana performática?

Giorgio Agamben ya ha reiterado que la política se ha convertido en pura performance, en un absoluto medio sin fin. Lo que en la voz de la Lupe vendría a decir algo así: la política es hoy “puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro”. Así que, si los opositores son performáticos es, primero que todo, porque la política lo es. De hecho, el poder es aún más performático. La diferencia está en que gran parte de la política contestataria es performática, o directamente “artística”, porque sus protagonistas saben que “no pueden” cambiar el estado de cosas. Mientras que el performance del poder establece su repertorio de gestos porque “noquiere” cambiarlo.

Todo eso está muy bien atendido en el libro de Coco. El problema, para mí, radica en la efectividad de los préstamos entre estos dos mundos. Y es ahí donde la eficacia de “La conga” es de distinta naturaleza a la eficacia de una marcha o una huelga de hambre. ¿Por qué? Pues porque cada cual se dirige a un objetivo diferente: a “La conga” le basta con mantenerse en el lenguaje del arte y no está obligada a traspasarlo para que su mensaje cumpla sus fines. En cambio, una huelga de hambre nunca remite al lenguaje de la abstinencia alimentaria, sino que está siempre situada más allá del propio medio que emplea —el cuerpo y sus órganos— y no le es suficiente con evidenciar una situación, sino que además tiene que transformarla.

“La conga irreversible” lo dice todo, pero no puede ser acusada de nada, porque siempre tiene a mano una salida en medio de ese “Moonwalker” colectivo que pone en juego. ¿Qué vamos al desastre? Mientras la música suene bien, pues allá vamos. Los políticos performáticos buscan un efecto positivo en la reafirmación de su condición de líderes, mientras que esa performance política lo que pone bajo la lupa es, precisamente, el efecto negativo del liderazgo.

En su ensayo La littérature à léstomac, Julien Gracq compara su tradición literaria con el murmullo de una Bolsa, en la que los críticos juegan un papel semejante al de los apostadores. Quiero llevar esa imagen al mundo del arte, donde tal vez se cumpla más cabalmente ese sentido financiero esbozado por Gracq. Sin embargo, ¿no te parece paradójico que la crítica de arte apenas roce el problema del valor, de la cotización de la obra? Una provocación: ¿la verdadera “aura” del arte contemporáneo es lo que cuesta?

La crítica es el sector más precario del sistema del arte. Y ya puestos a hablar del estómago, la más desnutrida. De ahí que su función esté condenada a la “fusión”: el crítico-curator, el crítico-director de museo, el crítico-intermediario, el crítico-asesor de colección o directamente el crítico-testaferro que a lo más que puede llegar es a construirle una coartada intelectual a la vanidad del dinero o del gobierno. Todas esas fusiones —no entro en valoraciones morales— merman la libertad de la crítica, porque al mismo tiempo son las que realmente le dan de comer a los críticos.

Yo vengo de una generación que no conoció la carrera de curaduría, al estilo del Bard College, por ejemplo. Nosotros salimos directamente de las revistas o los suplementos culturales de los periódicos. Esto es: de la escritura. Así que, de alguna manera, somos anacrónicos e improvisados. Por eso me considero un ensayista “que hace” curaduría o puede dirigir una programación artística, pero siempre desde el lastre de esa matriz literaria.

Sobre el lugar del dinero en el discurso crítico, por supuesto que hay una hipocresía en esa ausencia. En parte, por orgullo: creo que avergüenza la pobreza extrema de este sector del arte. Y en parte, porque al hablar directamente de dinero se le caerían las coartadas sociales a un arte contemporáneo que tiene el pie izquierdo en la crítica social o la plaza pública, y el pie derecho en los dólares (sin son petrodólares, mejor).

Tengo la impresión de que vivimos una inversión de roles: con el correr de los años, los artistas se han vuelto los mecenas y los críticos se han convertido en becarios. Y para decirlo rápido y mal: es difícil que alguien cuyo salario depende de mantener el estado de las cosas, critique tal estado de las cosas. ¿Cuál sería función de la crítica en un mundo donde el artista elige al crítico y no al revés? ¿El lobby, la farandulización, el mecenazgo, afectan la anatomía de la crítica contemporánea? ¿Cómo ves la cosa en Cuba?

Esa inversión de roles, tal cual la planteas, solo existe en un lugar que yo conozca: Cuba. En España, por ejemplo, un estudio reciente ha arrojado una estadística demoledora: únicamente el 1% de los artistas vive del arte. Los demás necesitan otro trabajo para subsistir así que el mecenazgo, de su parte, es impracticable. En Cuba, es verdad que hay un grupo de artistas con más poder real que el director del Museo Nacional de Bellas Artes, algo que no es comparable con la situación del director del MOMA, la Tate o el Reina Sofía. Pero a mí esto no me parece mal. Como mínimo, no me parece peor a como estábamos en otros tiempos, cuando las instituciones lo eran todo.

De la “farandulización”, ¿qué quieres que te diga? Sin duda, va ligada al poder del dinero. (Si vas a una fiesta de escritores neoyorquinos, o de artistas en Roma, o a un premio literario en España, el 70% es farándula también). En la acumulación rudimentaria del capital que se vive en Cuba, los artistas (pero no solo ellos) empiezan a formar parte de una clase que antes solo definía a la nomenklatura, aunque también es cierto que todavía —y recalco todavía— el mundo del arte es mucho más interclasista.

En cualquier caso, lo que debería hacer la crítica es dignificar económicamente su trabajo y, al mismo tiempo, hacer de la curaduría un ejercicio de opinión antes que de intermediación. Lo que pasa es que los “international curators” de moda, salvo contadas excepciones, han quedado más como intermediarios que como intelectuales. Solo una ínfima parte dejará un poso de conocimiento sobre el arte, no digamos ya un libro, y ese es el modelo que la gente más joven está siguiendo. Porque del otro lado, solo hay mucho esfuerzo, mucha precariedad y mucho ninguneo.

¿Te parece que en nuestro país el discurso de poder ha adquirido la forma de la crítica literaria, de arte, etc.? Antonio José Ponte hablaba hace unos meses de la “putinización” del arte cubano; si no recuerdo mal, argumentaba que el Estado cuenta con la complicidad de una nueva clase de artistas que defienden sus privilegios económicos por encima de cualquier ideología, “artistas dóciles”, dice Ponte, que desean trabajar en la isla a toda costa. ¿Hay un equivalente a ese fenómeno de “putinización” en nuestra crítica de arte?

Hombre, a mí me parece que el poder es bastante menos piadoso que la crítica. Sí es verdad que, ante una censura, la primera justificación suele ser “artística”: no es que les parezca políticamente inadmisible, es que se trata de una “mala obra”, etc. Pero de ahí a afirmar que el discurso del poder “adquiere la forma de la crítica artística” va un tramo. Y esto sin negarle ilustración a parte del funcionariado cultural.

Lo que sí ocurre, tal vez, es que una parte del arte está asumiendo el contenido de la mala política, mientras que buena parte de la política está asumiendo la forma de la mala crítica. De ahí que solo puedan apelar a eslóganes y poco más. Por todo esto, no me parece mal la reivindicación gremial de los artistas. Es más, me parece mucho más aceptable que hablen en nombre de su propio sector a que lo hagan en nombre del pueblo, con la carga demagógica que esto implica.

Sobre las metáforas para explicar estas contaminaciones, yo prefiero la figura de la “emiratización” del Arte Contemporáneo. Esa construcción de una burbuja en la que se permiten cosas que no están permitidas para el resto de los mortales y en la que los artistas bailan al son de los petrodólares mientras discurren sobre temas más sublimes. También podemos hablar de una “aiweiweización”, que consiste en la combinación de la crítica política con el éxito económico que te concede el país originario que al mismo tiempo te puede censurar. En el caso de Ai Weiwei, también encarcelar. En fin, el modelo chino hecho arte, con la demostración de que entre el Nido olímpico y la Jaula post-olímpica no hay más que un paso.

En cuanto al tema de Putin, Ponte parte de una figura bien construida, porque desvela un cinismo poscomunista dentro del socialismo cubano. Y entiendo, asimismo, que esa figura funciona para un tramo del camino. Pero, en cuanto avanzas, digamos, en la segunda mitad del trecho, la metáfora de la “putinización” se encuentra con un problema demostrable. A diferencia de las autoridades políticas de Cuba o China, Putin nunca ha querido aparecer como benefactor del arte contemporáneo ni se ha disfrazado de líder permisivo con este. Esto, al menos, es lo que me indica la experiencia con artistas ex soviéticos con los que he trabajado, como Boris Mikhailov, Deimantas Narkevicius, Taras Polataiko, Oleg Dou o AES+F, a los que el putinismo tiene poco o nada que ofrecer.

En la Rusia actual, el arte contemporáneo se beneficia y se vincula más con la economía privada. Mientras que donde sí tiene mano la institución oficial es, curiosamente, en las exposiciones sobre el arte soviético (Caballería rojaDefiniendo el constructivismoRevolutionDeineka). Sobre todo, a partir de las colecciones estatales por las que hay que pasar sí o sí para reconstruir ese tiempo. Digamos que, en arte, Putin está más cerca de la grandeza soviética que del empuje postsoviético.

De cualquier modo, hoy lo que más me sorprende en el caso cubano es la creación de una situación para-institucional que no tiene precedentes desde 1959. Y es evidente que los artistas que han creado este panorama apoyan a los que vienen detrás. Lo que es menos evidente es que ahí hay toda una pragmática, porque esa situación para-institucional requiere de un ecosistema artístico lo suficientemente sólido para seguir manteniéndose en pie. (Este sirve para comprarles obras, para exponerlas, para crear alguna galería alternativa o para hacerles partícipes de una cátedra de enseñanza). Y eso implica mecenazgo, implica concesiones e implica solidaridad.

¿Cuántos escritores de éxito tú conoces que hagan lo mismo por sus colegas más jóvenes y con menos recursos? ¿Cuántos se han unido, desde su prestigio, su dinero y sus conexiones para presionar al mundo editorial oficial o para crear directamente una editorial potente nueva, moviendo sus recursos y sus contactos en el mundo? Pues bien, hay artistas que sí lo han hecho, con eficacia además, y ahí hay un mérito que me parece innegable.

¿Y no crees que en el caso de la literatura el panorama es mucho más complejo, digamos, porque mientras los “estudios de artista” y las galerías free lances son legales —o por lo menos tolerados— en Cuba, las editoriales independientes no? ¿Sería muy descabellado pensar que detrás de toda esa censura editorial hay un miedo patológico al ensayo cubano?

La ensayofobia es una antigua tradición cubana, con un sustrato popular importante, y muy bien refrendada por el poder. En este país, alguien con una carrera como la de Rafael Rojas no tiene un solo libro publicado y no pasa nada. O las autoridades son incapaces de digerir un ensayo con el mismo leitmotiv que una canción como “Guillermo Tell”, de Carlos Varela y nadie se interroga por qué. Todo esto tan metido en el tuétano de la cultura cubana que no se trata solo de una cuestión de Estado ni de territorio: pasa en todas las orillas y todas las ideologías. En cuanto alguien piensa diferente, se le ve como un “diversionista ideológico” (en Cuba) o como un “renglón torcido” (en el exilio).

Y es muy paralizador porque, a fin de cuentas, pensar no es otra cosa que pensar distinto. Pensar es “torcer”. Lo otro es más bien historizar, validar, glosar (operaciones que por otra parte son muy necesarias). No sé cuántas veces habrá que repetir que el ensayo no tiene problemas ideológicos porque está obligado a ser, todo él, un problema ideológico. Pero, en fin, así seguimos y así nos irá (siempre peor) mientras continuemos experimentando una cultura que solo se mide por el aplauso de tu secta y la complacencia a tu secta.

Ahora bien, una vez admitidas estas desgracias, yo no concentraría en el miedo al ensayo la falta de agilidad del mundo editorial cubano. En los sesenta también hubo censura, pero la política editorial dio un salto extraordinario con respecto a los años cincuenta. En los ochenta, aunque ya no era comparable, tú todavía podías comprar los libros de tus contemporáneos en L y 27 o en La Moderna Poesía. ¿Qué encuentras allí ahora? ¿Alguien se ha fijado en los libros que se exponen y venden en el aeropuerto de La Habana?

Algo falla en la audacia del mundo literario que está más allá de esa censura que, según tú, resulta más fácil de sortear en el mundo del arte. Mira, si no, lo que sucedió en los ochenta y comprobarás una tradición de riesgo (incluso a nivel institucional) en ese mundo del arte que otros no asumían en otros campos. Por eso muchos fueron a parar a ese territorio sin ser propiamente “artistas”, pues allí encontraban un cobijo que les era negado en otros terrenos de la cultura, la universidad o los centros de estudio.

Por otra parte, la lógica según la cual todo se prohíbe o se permite en Cuba porque lo quiere o no lo quiere un Castro puede ser vista como un capítulo del culto a la personalidad. A veces al revés, pero culto a la personalidad al fin y al cabo. La censura, o la asimilación, en muchas ocasiones suelen ser fenómenos que suceden a posteriori. Respuestas a riesgos que los artistas o intelectuales han tomado por su cuenta y que no deberían despacharse de un plumazo como meras estrategias gubernamentales o puntas de lanza del imperialismo o la CIA. En cultura, a veces, es mejor avanzar desde un pequeño amor propio que seguir paralizados por una gran culpa ajena.

Tengo la impresión de que el Estado cubano ha dejado de ser —en el terreno del arte contemporáneo— un “Estado seductor”. Se me ocurre a propósito de tu proyecto curatorial Iconocracia. ¿Todo aquello de la “heroización por el arte” de los años sesenta se fue a la mierda? ¿En qué paró la “fantasía roja”?

Fantasía roja e Iconocracia son dos proyectos distintos y, además, contrapuestos, si bien ambos parten de los años sesenta. El primero, es un libro que publiqué en 2006 sobre el impacto de la revolución cubana en los intelectuales de izquierda de Europa y Estados Unidos. Un recorrido que va desde Graham Greene hasta Wim Wenders, desde Nuestro Hombre en La Habana hasta Buena Vista Social Club, pasando por Sartre, las variaciones de la foto del Che de Korda o el colofón de una revancha en el Berlín reunificado. El correlato de este libro sería, más bien, El comunista manifiesto, publicado siete años después (2013), sobre los usos de la estética comunista por parte del capitalismo que salió triunfante de la Guerra Fría.

Iconocracia (2015) tuvo un formato expositivo y es, básicamente, un viaje al interior del asunto cubano hecho por artistas cubanos. Por decirlo rápido, trata de cómo el arte posterior a la Revolución consigue (o no) lidiar con la iconografía heroica de los 60. Digamos que Fantasía roja revisa la conversión del poder en icono, mientras que Iconocracia revisa la conversión del icono en poder. La primera explora cómo el arte o la cultura se convierten en agitprop, mientras que Iconocracia atiende a cómo el agitprop es licuado por el arte. Creo que en esa venganza radica, precisamente, el “destino de la fantasía roja” que me preguntas.

Hace algún tiempo el artista cubano Wilfredo Prieto soltó aquello de “Vaso de agua medio lleno/medio vacío”, para después continuar con piezas como “Pelo danzando con pasa”, “No más clip”, etc. ¿qué te parecen —un siglo después de La Fuente, de Marcel Duchamp— este tipo de gestos? ¿No hay experimentalismo actual que no sea un refrito?

La algarabía sobre el vaso de agua no la desató el experimento en sí, ni la metáfora con la que Wilfredo Prieto lo justificó (eso del vaso medio vacío o medio lleno según quien lo mire, llegando incluso a evocar el asunto cubano), sino el hecho de que costara 20.000 euros y, además, ¡se comprara el mismo día inaugural en la Feria de Arco!

Al final, ese vaso de agua está más cerca de Jeff Koons que de Duchamp. Es decir, más próximo a un tipo de Ready Made donde lo importante no es el valor artístico que adquiere un objeto plantado en una galería sino, directamente, el valor económico que alcanza una vez puesto allí.

Dicho esto, el Ready Made me parece una práctica que ya no tiene posibilidad de hacer progresar el arte. Pero no tanto por la falta de ingenio del artista. O porque sepamos, desde El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie, que hay trucos que solo se pueden usar una vez. El problema mayor es que, en la época de Duchamp, el Ready Made se comportaba como un capítulo del arte, la cultura o la sociedad. Y ahora se da el caso de que todos estos estamentos no son más que episodios de un Ready Made absoluto que ya lo abarca todo.

Esto sirve para los dos tipos de Ready Made mentados antes —el que apunta al sentido artístico y el que apunta al económico—, pero también, tal vez sobre todo, a ese Ready Made político que sustituye las cosas por las causas y los objetos por los sujetos: un inmigrante, un jinetero, un judío, un negro, una guerrilla urbana, una injusticia por destapar.

A partir de esa mutación, resulta inútil ponerse a medir de cuanta astucia dispone un artista. Porque, por inteligente que sea, no puede cambiar la dinámica de un arte que ya no da más de sí. Y eso es, precisamente, de lo que no se quiere hablar. De que el Arte Contemporáneo, así mayúsculo y como sistema cultural, está acabado y solo puede moverse circularmente: del museo al museo, de la feria a la feria, de la galería a la galería. De que no puede seguir invocando retóricamente el cambio de paradigma si no es capaz de salir del viejo conceptualismo. De que no puede seguir representando a la sociedad para gratificarse fuera de ella (con ese “todo por el pueblo y todo sobre el pueblo pero sin el pueblo”). O de que ya aburre soberanamente esa rentabilización tan “viva” de su proclamación de la muerte del arte como una de las bellas artes.

En esta época, no solo consumimos imágenes, sino que además las producimos. Esto es: ya es posible que, sin ser artistas, hagamos muchas cosas que antes eran dedicación exclusiva de los artistas. Pero, si esta es la Era de la imagen, es porque el conocimiento y la cultura misma se están transmitiendo, cada vez más, desde los estímulos visuales. Y ahí, precisamente, reside el reto de los artistas y su posible continuidad. En el hecho de que puedan convertirse en los intelectuales de este tiempo. Solo que para eso han de crear algo más que imágenes: han de construir los imaginarios de esta era. Y es, ante ese desafío, donde la mayoría permanece paralizado o repitiendo, en bucle, los mismos ademanes del arte de siempre.

(*) Este diálogo apareció originalmente en Hypermedia Magazine.

(*) En la imagen, El pensamiento, de Carlos Garaicoa (2010).

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El arte en su estratosfera

 Iván de la Nuez

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UNO y la epidermis. Justo ahí donde Barthes pidió que buscáramos la verdad. Desligándonos de asumir como “auténtico” el interior y la sangre; la víscera y el tuétano. En el pensamiento del afuera: esa estratosfera soñada por Blanchot en la que las palabras volverían a definir las cosas.

Lo externo, en fin, como marca de la utopía, esa isla remota que no para de lanzar campañas de viaje en su papel de destino alternativo del mundo. Y con tanta insistencia que es mejor mantenerla allí lejos. Como el lugar, literal, que no existe.

DOS y lo que no se encuentra. Porque si todo está ahí afuera, entonces ya no quedan outsiders.

 TRES y el escape. Y es que al arte no le basta con salir a ese “afuera”, como quien arma una expedición hacia otros mundos -lo social, la contestación, la publicidad, la aventura, la política, la cartografía, la verdad- con el fin de conseguir nuevas vituallas. Al arte no le basta, siquiera, con salir  del museo. Es perentorio que tantee la posibilidad de salir de sí mismo.

 CUATRO y Expediente X. Con “la verdad está ahí afuera” como leit motiv. Un afuera sideral donde el infinito se ha tragado a lo ínfimo.

 CINCO y el increíble artista menguante. Pocas veces, como ahora, el artista se había abismado tanto a otros mundos. Y pocas veces, como hoy, ha regresado tan maltrecho de ese viaje. Como arrastrando el peso de una desproporción entre su ida pletórica, llena de posibilidades, y su vuelta previsible al museo: esa Ítaca a la que todo artista regresa, mutilado, para dar fe del mundo.

 SEIS y el invento. Desde ese retorno, resulta comprensible la ilusión de un museo imaginario (Warburg o Pamuk). Pero es más fructífera la idea de un arte imaginario. Se sabe de una esquina de ese afuera –la literatura- donde esto ha sucedido con eficacia. Ahí estuvieron, una vez, Wilde y Chesterton. Y Balzac-Poe-Chéjov-Huxley-Rilke-D´Annunzio-Wharton… Aquí están, ahora, Patrick McGrath y Don Delillo. Y Houellebecq-Vidal Folch-Julián Rodríguez-David Markson-Álvaro Enrigue, Julián Ríos-Siri Hustvedt-Alicia Kopf…

Estos escritores transforman el Arte Contemporáneo en un género literario. Y apuestan por la ventaja de una narrativa antes que una teoría del arte. En ese cruce, Sophie Calle ha pasado de artista a personaje, y de personaje a Musa. Paul Auster, Grégoire Bouilliere o Enrique Vila-Matas han estado esperándola para rematar esa mutación. Esperándola afuera, por supuesto.

 SIETE y los mismos con lo mismo. Pese a su pretenciosa cartografía, eso que seguimos llamando “Arte Contemporáneo” no puede ser visto como un arte “mundial”, sino “mundano”. Worldly más que World. Y no es global, como grita a los cuatro vientos, sino local. Pero no porque abarque una expansión geográfica insignificante, sino por la claque inamovible que se desplaza por esta de un país a otro, de un evento a otro, de una bienal a otra, para seguir diciendo –esos mismos- invariablemente lo mismo.

 OCHO y Fukudanto. Porque la definición “Arte Contemporáneo” se ceba en dos eternidades falsas: la de la historia después del fin de la historia apuntalada por Fukuyama (asumida desde la derecha) y la del arte después del fin del arte endosada por Arthur Danto (asumida desde la izquierda). El problema es que, mientras ese “contemporáneo” siga apuntando a la inmortalidad, no hay alternativa en el tiempo sino en el espacio: en esa encrucijada que atormenta a un artista que no sabe si salir o quedarse. Por eso no es una estética, sino una estática del arte, lo que mejor define el actual estado de cosas.

 NUEVE y lo perfecto. El afuera no es necesariamente una entidad abstracta. Y allí el artista no es siempre un turista de los ideales. Es, a veces, un argonauta abocado a otro sistema cultural que está por llegar. Un sujeto en plena diáspora que acaba de alistarse a esa tropa que Hugo de Saint-Victor entendió que rozaba la perfección: la formada por aquellos “para los que el mundo entero es como una tierra extranjera”.

 DIEZ y adiós. El arte es un oficio remoto. Una dedicación rupestre que lleva un siglo despidiéndose, pero todavía no ha aprendido a marcharse.

(*) La imagen es de Rogelio López Cuenca.

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Teoría del reguetón

Iván de la Nuez

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Uno. Sea lo que sea que esté pasando ahora mismo en Cuba –transición, reforma, capitalismo de Estado, Periodo Especial II, perfeccionamiento del socialismo, whatever-, no se entiende sin el reguetón. Sin esa banda sonora que ha colonizado el paisaje acústico de la isla y se expande por la atmósfera como el olor a petróleo que sale de los Almendrones.

El reguetón encarna la tremenda paradoja de una política que lo deplora desde su Modelo Cultural, pero lo necesita desde su Modelo Económico.

¿Programas de género, igualitarismo, solidaridad, educación formal, ecologismo, faro de América Latina? El reguetón asola los vestigios de todo eso y es declarado Enemigo Público Número Uno de la cultura socialista.

¿Iniciativa privada, “cuentapropismo”, economía mixta, rentabilidad, disipación de las fronteras entre La Habana y Miami? El reguetón es punta de lanza de todo eso y un termómetro de la Acumulación Rudimentaria de Capital en la Cuba contemporánea.

A menos que lo adviertan directamente en un gesto tan inusual como desesperado -“Aquí no se pone reguetón”-, es difícil entrar en un establecimiento que no te reciba, te acoja y te despida con ese playback inevitable.

Da igual que el reguetón no se percate de tu presencia, tú siempre notarás la presencia del reguetón.

Dos. Un reguetonero no nace, se hace. Cualquiera ha crecido escuchando a sus padres cantar un bolero, un son, vieja o nueva trova, un rock and roll… Pero todavía no hay adulto que haya crecido oyendo a sus progenitores entonando un reguetón.

Por eso cada reguetonero es portador del síndrome de Adán; la primera persona sobre la faz de su música. Una erupción súbita que lo convierte en un bárbaro (en el sentido cubano y en el sentido caldeo).

El reguetón es el ruido de fondo del millennial criollo, el background musical de una tribu cuyo horizonte está fijado exclusivamente en este siglo XXI. Nada de adentrarse en una hemeroteca o remontarse a un antecedente histórico. Nada de Muro de Berlín ni Guerra Fría. Nada de Vietnam y de esos años sesenta del siglo XX en los que la isla se llenaba de intelectuales de todas latitudes, dispuestos a meter baza en aquella utopía cubana contra sus demonios.

El reguetón es el grado cero de una catarsis hedonista, marcada por el entertainment, en un país que hasta hace muy poco estuvo marcado por el sacrificio. La letanía distópica de una horda a la caza de su wi-fi, que asume el “corte y pega” y el “Do it Your Self” como medios básicos para formalizar su despliegue.

Salvo contadas excepciones, los himnos reguetoneros llaman más al revolcón que a la revolución. Al perreo antes que a la protesta. Y por eso no deja de ser curioso que un género tan acrítico desde el punto de vista político se haya convertido en asunto de Estado. (Por esa vía, lo que hace problemático al reguetón no es lo que enfrenta sino lo que enaltece. Y lo que puede hacerlo subversivo no es su discurso sino su censura).

Tres. En este punto del texto, ya se comprenderá que esta es una especulación local, enfilada al caso específico cubano. Un tiento teórico (más “pseudo” que “sesudo”, para qué engañarnos) producido por el choque entre el nuevo ensalzamiento del placer y la vieja apología del deber.

No se ignora, aquí, que en cuanto ampliemos el campo a otras islas cercanas –o cuando Rita Indiana y Calle 13 entren en la ecuación- esto se desinfla.

(Pero las teorías son como los récords: están para romperlas).

En esa circunstancia cubana, el reguetón no sólo responde a una generación espontánea, sino también simultánea. ¿Alguien se acuerda de la Cuba de Adentro contra la Cuba de Afuera? ¿O de la Cuba de Adentro haciendo las paces con la Cuba de Afuera? Esa bipolaridad se hace añicos al primer reguetonazo. Por la sencilla razón de que este movimiento está, al mismo tiempo, dentro y fuera. En Miami o en La Habana. Listo para dragar el Estrecho de la Florida “hasta que se seque el Malecón”.

Más que remitirnos a alguno de esos proyectos utópicos de integración latinoamericana, el reguetón transparenta una distopía antillana bajo la cual todo lo que toca queda convertido en Miami. No debe ser casual que la tardía edición cubana de la novela 1984 coincida con este apogeo que obliga a Marx y Lenin a cruzarse con Orwell y Huxley.

En su dimensión geoestratégica, el reguetón es algo parecido al Sí Se Puede de la Anti-Política. Con su plaga ultra-urbana conquistando cualquier piscina que se le ponga por delante o invadiendo –sin noticias de Green Peace- los espacios naturales del Caribe con motos acuáticas, yates y todoterrenos.

Por el camino, el reguetón se desentiende de la tradición de un país que ha iluminado al mundo con varios géneros musicales -chachachá, guaguancó, son, danzón, filin, songo, Nueva Trova, Mozambique, Pilón- de la misma manera que su procacidad se aleja de la sutileza verbal que alguna vez alcanzaron esos ritmos.

Ese ahistoricismo se ejerce contra el pasado y, asimismo, contra el porvenir. Sólo que su No Future, al contrario del punk, no está alentado por una visión trágica ante lo que vendrá sino por la sublimación de un presente perpetuo que no deja lugar para la tragedia.

Cuatro. No hay un Greil Marcus del reguetón –con su Mistery Train o su Rastros de carmín. Aunque tampoco es que le falten libros -Raquel Rivera, Santiago Jarrín, Ángel Reyes, Geoffrey Baker- y ya están subiendo las apuestas sobre su inminente éxito en las universidades norteamericanas gracias a los Estudios Culturales. (Lo que ya sucedió con el hip hop, las artes urbanas o las llamadas músicas étnicas).

Por el momento, uno de los primeros que le ha sacado filo al asunto es un artista plástico: Lázaro Saavedra. Y lo ha hecho con una pieza que apunta, precisamente, a lo que este fenómeno arrincona: la historia. Así, en su vídeo Reencarnación superpone escenas de la película PM -realizada por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante en 1961- con la música de Elvis Manuel, nacido en 1990.

Resulta que PM ha quedado como la primera película censurada en la Cuba revolucionaria. Resulta que Elvis Manuel -que se ahogó en el mar intentando alcanzar la Florida- ha quedado como el primer mártir del reguetón cubano. En la obra de Saavedra, ese reguetón del siglo XXI engarza sin problemas con unos habaneros de 1959, abandonados al baile y el alcohol, imperturbables ante cualquier moral colectiva que intentara redimirlos.

Como si el principio y el fin de la última etapa cubana quedara trenzado por ese superego hedonista, abandonado a “vivir el momento feliz” y a “gozar lo que puedas gozar”, según las recomendaciones cantadas por el Dr. Benny Moré.

Si en la melosa Piel Canela lo importante eras “tú, y tú, y nadie más que tú”, en el reguetón lo que importa es el “yo, y yo, y nadie más que yo”.

Pero lo cierto es que este egotrip ha perseverado –sin noticias de Freud- en otros tiempos, otras músicas y otras ocupaciones. Incluso en alguien como Capablanca, el genio cubano del ajedrez cuyo exceso de actividad cerebral le trajo la fama y la muerte. Conocido por sus numerosos escarceos amorosos, que no esquivaba siquiera en los torneos, es difícil imaginar al campeón del mundo entregado al perreo en una piscina repleta de chicas en tanga. No obstante, se le conocen frases chulescas que hoy mismo firmarían Jacob Forever, Osmani La Voz, Dayami La Musa o Chacal y Jakarta… Entre otras, esta que no tiene desperdicio: “los demás tratan, pero yo sé”.

Dejando a un lado la distinguida clase que exhibía el maestro… ¿es posible imaginar una estrofa más reguetonera que esa?

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