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El derecho a la pereza… digital

Iván de la Nuez

 

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No es el tráfico de drogas lo que funciona como el capitalismo, sino al revés: es el capitalismo lo que funciona como el tráfico de drogas. Esto ya lo sabía Paul Lafargue, cuando afirmaba que la clave de este sistema radicaba en “descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias”.

Han pasado casi dos siglos desde esta frase y el capitalismo ha conocido muchas mutaciones, pero su entramado adictivo ha continuado, como diría Clausewitz, “por otros medios”. Es el caso de Internet, ámbito donde esta naturaleza compulsiva alcanza el éxtasis. Al menos, así lo entiende Enric Puig Punyet en La gran adicción, libro que leo en la estela de El derecho a la pereza. Libro que, desde sus primeros compases, pone bajo sospecha la supuesta panacea de las redes, el mundo digital, la realidad virtual…

La gran adicción desmonta la falsa comunidad de las redes sociales (lo que nos permite evocar a César Rendueles), tiene su punto ludita (algo de Jaron Lanier viene a la memoria), y no escatima alertas acerca de los efectos nocivos de internet sobre nuestras libertades (argumento que remite a Evgeny Morozov). Pero, aun reconociendo estos enlaces obvios, lo cierto es que Puig Punyet está más próximo a la antropología anarquista de David Graber que a Sociofobia, Contra el rebaño digital o El desengaño de internet, por mencionar tres títulos de esos autores.

Convencido de que no hay patología sin casos concretos, Puig Punyet arma su libro a partir de historias singulares. Un trazado peatonal por el mundo de los exconectados; veteranos de la guerra virtual que, como policías o militares, han acabado jubilándose pronto.

Aquí se mapea la experiencia de gente que, durante unos quince años, estuvieron obligadas a “vivir” en internet por motivos de trabajo. También se sigue el rastro a las causas de su desafección: un abanico de disidencias urbanas que subvierten la idea de que desconectarse implica perder el pasaporte citadino y retirarse a la vida bucólica.

Estamos, pues, ante historias únicas aunque no del todo intransferibles. Alguien que incuba su animadversión hacia internet después de vender software durante una década. La chica Tinder que se descuelga de su plataforma procurando una vida más táctil. El adicto al alcohol y las drogas que lleva en paralelo su desintoxicación y su desconexión. El adolescente que se engancha a los videojuegos hasta que conoce el sexo (carnal). El restaurante que borra sus huellas en la red y se convierte en un oasis unplugged. El músico que engaña al sistema en medio de la hecatombe de la industria musical. La pareja que atisba el futuro de su hijo como el de un ciborg en el que los dispositivos estarán insertados para siempre a su cuerpo…

Todos, antes de dejar internet, se habían sentido condenados a su particular parusía, esa espera de la segunda llegada de Cristo para la cual siempre, en su era digital, debían estar preparados. Y todos, al dejar internet, tuvieron la sensación de pasarse a una vida clandestina, expresada en susurros ante la pulsión totalitaria de los tecnófilos. Si salir del alcohol o las drogas implica salir de un problema, para ellos salir de internet representó, al principio, algo incluso más radical: salirse del mundo.

A través de estas experiencias, recuperamos el significado de volver a usar mapas o reconstituir la vida de papel como si fueran actividades similares a caminar o nadar, subir las escaleras o patinar, conducir o correr. Es decir, el regreso a una existencia física hoy amenazada, cuando no sustituida, por un futuro de viviendas minúsculas donde el placer de la comida o el cuidado físico quedarán como los últimos vestigios del viejo mundo material. Después de la desaparición paulatina de estanterías, kioscos o mesas de trabajo, y con el sillón convertido en un trono, salir de casa será algo parecido a un viaje turístico por el pasado.

Puig Punyet relata la pérdida del ritual gregario en beneficio de una socialización share en la que, por ejemplo, el éxito de la música ya no se mide por la asistencia a un concierto sino por las visitas en Youtube. Despojados de su entidad congregacional, escritores y artistas ya no tienen lectores o espectadores, sino seguidores. Si a esto añadimos que todo lo pagamos con nuestros datos y –no hay que olvidarlo- con nuestro trabajo, ya tenemos servido el cóctel perfecto entre control y productividad. En esa cuerda, son muchos más los que trabajan, y se trabaja mucho más, pero siguen siendo muy pocos los que se enriquecen. Ahí queda manifiesta esta plutocracia digital en cuyos dominios los riesgos corren por los trabajadores y los beneficios van engordar a una ciberoligarquía que ha tenido el detalle de convertir su enriquecimiento en nuestro derecho.

En La gran adicción, claro está, faltan historias por contar. Nos quedamos con ganas de saber más sobre el anonimato y su impacto en la muerte del autor o, al menos, del copyright. O sobre las consecuencias del ciberporno en el futuro de la sexualidad. O qué pasa con aquellos que ya no regresarán, jamás, del éter. Faltan, en fin, desenlaces menos felices.

Nada de esto, sin embargo, merma la inteligencia de un libro que esquiva la tentación doctrinaria y pone sobre la mesa la posibilidad constatable de que el colapso de la red implica, sistema por sistema, el colapso del capitalismo. Esa debacle ya se percibe en una democracia que tiene sus días contados desde que, verbigracia de la red, el ágora ha sido sustituida por la catarsis.

Tal vez, por eso, hay que darse por deslocalizados. Más que en activistas, hemos de convertirnos en “inactivistas”, si se me permite el barbarismo.

En esa tesitura, nuestra pereza digital será un derecho público, pero también nuestro deber secreto, nuestra parsimoniosa resistencia.

Si, como afirmó Paul Virilio, la era de internet no nos lleva al fin de la historia sino al fin de la geografía, tiene sentido entonces imaginarse el no lugar de los que abandonan el espacio omnímodo de la red. Allí donde, paradójicamente, la intemperie puede ser un territorio más cálido.

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Cuando un negocio se disfraza de derecho

Iván de la Nuez

 

“Internet es un derecho”. Los gurús de las redes insisten en este eslogan. Y detrás de ellos, empresas, políticos, activistas, reformadores de medio mundo repiten el mantra. ¿Quién se atreve a aguarle la fiesta a estos titanes de la realidad virtual?

Casi nadie, porque sería como ir en contra de la libertad.

Ni más ni menos.

Lo cierto es que, en ese enfático enunciado –“Internet es un derecho”-, se esconde un fetichismo preocupante que consiste en disfrazar a un beneficio económico como una necesidad inalienable.

Convertir un negocio en un derecho implica justamente lo contrario: encubrir ese momento en el que los derechos se transforman en negocios. A fin de cuentas, y siguiendo a Perogrullo, el verdadero derecho es la información, a la que todos deberíamos acceder sin pagar peajes comerciales o políticos.

Pensemos, por un momento, en otros derechos: el agua, la tierra, la alimentación, la educación o la vivienda. Y dónde han ido a parar desde que, un buen día, compañías y gobiernos decidieron convertirlos en negocios.

(*) La imagen es una pieza de Rogelio López Cuenca.

La cantidad sin hechizo  

 

Iván de la Nuez

Pellegrinuzzi

 

Cifras, cifras y más cifras. Una cámara móvil necesita un cuarto de millón de disparos para quedar obsoleta. Lo acaba de comprobar Roberto Pellegrinuzzi, que construyó una instalación con todas esas fotografías que “liquidaron” la cámara en cuestión. Con todas esas imágenes capaces de llevar la máquina al límite y que, de tan abundantes, terminan por no decirnos nada.

Vi este experimento en la reciente Bienal de Fotografía de Montreal, Canadá. En este país, pasé unas 7 veces el mismo control en el aeropuerto de Toronto. El mismo ritual, los mismos aparatos, la misma sensación de sufrir una vigilancia equivocada: “¡los terroristas son otros, se los aseguro!” Pero nada, a  levantar los brazos y quitarse los zapatos.

Ahora, en el mercado de mi barrio veo anunciada una lotería que promete premio de 11 millones de euros. Siempre que compres el boleto el próximo 11 del mes 11. Es decir, este noviembre.

Nos mueve un afán cuantitativo descontrolado, como si el mundo hubiera entrado en su dimensión incontable.

En las compañías aéreas, los kilómetros que recorres te dan derecho… ¡a más kilómetros! Cuando lo suyo es que, de vez en cuando, te den el derecho a una parada en el camino, a un hotel donde cobijarte y reponerte de tanto viaje en lugar de incitarte a seguir dando tumbos.

Como el dinero llama al dinero, este mismo sistema se encarga de que los ricos se reproduzcan hasta dígitos inabarcables. Y como la miseria a la miseria llama, no se olvida –el mismo sistema- de reproducir a los pobres, porque sin ellos la cosa no funciona.

Nos la pasamos contando las horas, las distancias, los gigas, los diamantes en el cráneo esculpido por un artista inglés o los millones alcanzados por el último picasso en una subasta.

José Lezama Lima definió una vez a la poesía como “la cantidad hechizada”, aunque mucho me temo que, en esta fiebre numérica, no hay hechizo que valga sino el egotrip de una contabilidad en la que lo cuantitativo funciona como el máximo valor al que podemos aspirar.

Lejos queda el minimalismo con aquello de que “menos es más”. En nuestro mundo, “más” siempre será “menos”: un récord a batir que pronto nuestra insaciabilidad dejará obsoleto.

(*) En la imagen, Mémoires, instalación de Roberto Pellegrinuzzi. Cortesía de Le Mois de la Photo. Bienal de Fotografía de Montreal.  

 

IntrosNectiva

Iván de la Nuez
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Estamos atrapados entre los que quieren controlar Internet y los que nos quieren controlar con Internet.

Bob Geldof y el ciberpesimismo

Iván de la Nuez

Bob Geldof, músico y activista que pasó un largo tiempo dedicado a amalgamar el rock con las buenas causas, acaba de afirmar que “el rock ha terminado”, pues “ha sido sustituido por Internet”. Así, el antiguo líder de The Boomtown Rats se suma, por una parte, a las filas de sepultureros abonados al “Rock and Roll is Dead”. Y por la otra, se alista en la tropa de aquellos que ven en la red una panacea, o la fuente de la eterna libertad, o el soporte idóneo para cambiar el mundo.

Geldof llega tarde en sus dos afirmaciones. El rock lleva décadas sufriendo un funeral tras otro. E Internet, si bien no ha sido declarado muerto –algo en lo que algún gobierno y alguna trasnacional trabajan seriamente-, sí empieza a tener detractores tan pertinaces como los enterradores del rock.

Los más destacados suelen ser especialistas –antaño cibereufóricos- que, tras probar los elíxires de Google y Facebook, MySpace y Twitter, han pasado primero a dudar y más tarde a renegar del medio. Algunos de ellos, como Jaron Lanier, antiguos gurús de la informática y la realidad virtual, hoy decepcionados. Otros, como Paul Virilio, que no acaban de comulgar del todo con la “democracia emocional” generada por Internet.

El último, o el penúltimo, en echarle un cubo de hielo a la cibereuforia ha sido Evgeny Morozov, un bielorruso nacido en 1984 que acaba de publicar El desengaño de Internet (Destino). Aquí, Morozov se da a la tarea de desmontar varias supersticiones sobre la red, en un recorrido que va desde sus conexiones con las políticas oficiales hasta sus modelos de negocio, pasando por sus efectos en la vida cotidiana y en la cultura. Sin el carisma vehemente de Lanier, y sin el empaque teórico de Virilio, Morozov goza, sin embargo, de un prolijo conocimiento de las redes sociales y de una considerable capacidad de síntesis, cualidades estas que hacen de su libro un remarcable compendio capaz de atizar todo tipo de sospechas sobre Internet o alertarnos de su lugar en la vigilancia y documentación de todos y cada uno de nuestros actos.

El desengaño de Internet es un libro paranoide –y que nos pone algo paranoicos, todo sea dicho- donde encuentran cobijo la traición de Occidente a los antiguos países comunistas o el efecto de Twitter en la reducción de los discursos de Hugo Chávez, la continuidad de la guerra fría en el ciberespacio o la adicción de los tiranos a los blogs…

El desengaño de Internet tiene mucho de neoludismo y, si no lo ha hecho todavía, salió en inglés en 2011, Bob Geldof debería leerlo para entenderse mejor a sí mismo. Porque si Internet quedara, igual que el rock, como la gran panacea del Entertainment, el problema no estaría en el error de su afirmación sino en la posibilidad de que tenga razón.

(*) En la imagen, una pieza de Hugo Orlandini.

Rabia desde la máquina

Iván de la Nuez

 

Aunque dos terceras partes del planeta no está conectada a Internet, la época contemporánea ya se ha establecido como la “Era digital” y su panteón ha consagrado a un Dios (Steve Jobs), ha coronado un rey (Bill Gates) y condenado a un demonio (Kim Dotcom). Ese tercio que viaja por las redes se ha bastado para definir este tiempo que identifica, cada vez más, lo real con lo virtual, el tiempo con la velocidad de conexión, el espacio con el ancho de banda, el horizonte con la pantalla…

Por esos cables se desliza asimismo una ética (Pekka Himanen la llama “nética”), que hoy marca la moral productiva del capitalismo así como los conflictos generados por el vértigo de su apoteosis conectiva. Con el desplazamiento del pc al teléfono (bajo cualquiera de sus formas), nos vamos convirtiendo en un Cyborg cotidiano para quien el archivo se ha transparentado, las puertas del laboratorio se han dinamitado, los medios de comunicación se han multiplicado, las fronteras entre lo privado y lo público se han derribado. ¿Qué decir, entonces, de lo que hasta hace poco compartíamos como sociedad y como arte, como literatura o política?

Con estos truenos, no puede resultar extraño el crecimiento paulatino de una tendencia a la desconexión, o al desenchufe radical de nuestra cableada experiencia. Una sintomatología que podemos percibir en el sueño de regresar a cierta escala táctil o a la magnitud artesanal de los oficios (como ha evocado Richard Sennet). En la nostalgia por el slow food y en la añoranza de la hemeroteca. En la reivindicación del vinilo o en el réquiem por el papel.

Bajo estas actitudes subyace, de muchas maneras, un nuevo tipo de ludismo. Una ira –más o menos enfática- que quizá tuviera su momento seminal en un día de 1978; cuando el FBI clasificó a Unabomber como “neoludita”. Leído –cómo no, por Internet- el manifiesto contra la sociedad industrial que sostenía a sus acciones, podemos constatar, sin embargo, que el prefijo “neo” era exagerado; y que el terrorista se comportaba más bien como un ludita convencional, atrapado en su particular Rage Against The Machine.

Pero el ludismo contemporáneo es algo más complejo y en ningún caso debe reducirse a la tecnofobia. (No tratamos con un escuadrón de cascarrabias que optan por regalarse una jornada, unplugged, de vida “natural”). Es más, buena parte de los nuevos luditas son disidentes de la tecnología (el caso sintomático de Jason Lanier), cuya comprensión de la “máquina” no está dirigida contra los artefactos sino contra el sistema que los aloja. Plantados entre las nuevas tecnologías y su anacrónica legalidad, encontramos lo mismo a autoproclamados “luditas sexuales” (cuyo objetivo no es otro que “dar rienda suelta a las pasiones inmorales”, en la cotidianidad y en las intimidades), que a esos crackers ultratecnológicos capaces de desmantelar cualquier sistema (desde archivos militares hasta webs de celebrities). A ecologistas y a movimientos anti-sistema. A las teorías del colectivo Tiqun sobre el presente de la guerra civil y a las “performances” de Eric Cantona contra la omnipresencia de los  bancos. No conviene olvidar, en ningún momento, el ludismo “estatal” de los gobiernos opuestos a Internet.

En la blogosfera, por la parte que le toca, el anónimo ataca a la autoría, el hacker al sistema mismo del blog, el troll al sentido…

Desde Kafka, Musil o Deleuze, sabemos que las máquinas no son sólo los ferrocarriles y los ordenadores, los tanques de guerra y las catapultas: lo maquínico se inserta en nuestros cuerpos y comportamientos. Vistos los apéndices de nuestra vida interconectada, no cabe duda de que esa convicción está a punto de alcanzar su apoteosis. Y que las batallas de los luditas actuales tendrá, cada vez más, la forma de una contienda fisiológica, casi “natural”.

Acaso el nuevo ludismo represente la militancia de una sociedad líquida (descrita por Bauman) contra un poder sólido. Y si desde Karl Marx hasta Marhall Berman, “todo lo sólido se desvanecía en el aire”, hoy podemos decir que todo lo sólido parece disolverse en la Red. Incluidos nosotros mismos; expuestos como estamos a cerrar el círculo suicida que caracteriza tambien, no lo olvidemos, a cualquier ludismo que se precie.