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Bob Geldof y el ciberpesimismo

Iván de la Nuez

Bob Geldof, músico y activista que pasó un largo tiempo dedicado a amalgamar el rock con las buenas causas, acaba de afirmar que “el rock ha terminado”, pues “ha sido sustituido por Internet”. Así, el antiguo líder de The Boomtown Rats se suma, por una parte, a las filas de sepultureros abonados al “Rock and Roll is Dead”. Y por la otra, se alista en la tropa de aquellos que ven en la red una panacea, o la fuente de la eterna libertad, o el soporte idóneo para cambiar el mundo.

Geldof llega tarde en sus dos afirmaciones. El rock lleva décadas sufriendo un funeral tras otro. E Internet, si bien no ha sido declarado muerto –algo en lo que algún gobierno y alguna trasnacional trabajan seriamente-, sí empieza a tener detractores tan pertinaces como los enterradores del rock.

Los más destacados suelen ser especialistas –antaño cibereufóricos- que, tras probar los elíxires de Google y Facebook, MySpace y Twitter, han pasado primero a dudar y más tarde a renegar del medio. Algunos de ellos, como Jaron Lanier, antiguos gurús de la informática y la realidad virtual, hoy decepcionados. Otros, como Paul Virilio, que no acaban de comulgar del todo con la “democracia emocional” generada por Internet.

El último, o el penúltimo, en echarle un cubo de hielo a la cibereuforia ha sido Evgeny Morozov, un bielorruso nacido en 1984 que acaba de publicar El desengaño de Internet (Destino). Aquí, Morozov se da a la tarea de desmontar varias supersticiones sobre la red, en un recorrido que va desde sus conexiones con las políticas oficiales hasta sus modelos de negocio, pasando por sus efectos en la vida cotidiana y en la cultura. Sin el carisma vehemente de Lanier, y sin el empaque teórico de Virilio, Morozov goza, sin embargo, de un prolijo conocimiento de las redes sociales y de una considerable capacidad de síntesis, cualidades estas que hacen de su libro un remarcable compendio capaz de atizar todo tipo de sospechas sobre Internet o alertarnos de su lugar en la vigilancia y documentación de todos y cada uno de nuestros actos.

El desengaño de Internet es un libro paranoide –y que nos pone algo paranoicos, todo sea dicho- donde encuentran cobijo la traición de Occidente a los antiguos países comunistas o el efecto de Twitter en la reducción de los discursos de Hugo Chávez, la continuidad de la guerra fría en el ciberespacio o la adicción de los tiranos a los blogs…

El desengaño de Internet tiene mucho de neoludismo y, si no lo ha hecho todavía, salió en inglés en 2011, Bob Geldof debería leerlo para entenderse mejor a sí mismo. Porque si Internet quedara, igual que el rock, como la gran panacea del Entertainment, el problema no estaría en el error de su afirmación sino en la posibilidad de que tenga razón.

(*) En la imagen, una pieza de Hugo Orlandini.

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Fukuyama tuitea su nostalgia

Iván de la Nuez

Es una frase del pasado 9 de noviembre y Jorge Ferrer me llama la atención sobre ella. Un tweet de Francis Fukuyama, el hombre del fin de la historia, el hombre que nos anunció un largo aburrimiento, el hombre del último hombre.

Y está lanzada, ni más ni menos, desde el departamento de herramientas de Sears, tienda iconográfica donde las haya. Allí, en el Tool Department, Fukuyama ha escrito a sus casi 13.000 seguidores que “se ha sentido nostálgico”.

Herramientas, nostalgia, Sears…

La secuencia perfecta para que Fukuyama tenga un ramalazo ludita. Una añoranza por el tiempo del trabajo manual y por la realidad ídem. Un fogonazo de melancolía por el bricolage del domingo, antes de la barbacoa, tal vez ayudando a su padre a reparar algo en el porche.

El hombre para el cual, parafraseando la frase de Lennon sobre Elvis, antes del 89 “no existía nada”, se nos deja abatir ahora por el recuerdo de los tiempos en que, por existir, incluso existía la historia.

Abandonado a la “Eastalgia”, no es difícil percibirlo como el personaje de un cuadro de Neo Rauch -maestro de la Ostalgia- que deja correr la memoria hacia un tiempo en que el capitalismo tenía tintes bucólicos. Con sus batidos en Woolworth, el periódico volando hasta el portal y el litro de leche en la puerta.

El siguiente tweet de Fukuyama, lo colgó 5 días más tarde, algo nos explica de esa morriña. Es el enlace a un debate suyo con Jürgen Habermas sobre el futuro de Estados Unidos.

(*) En la imagen: Edward Hopper, Four Lane Road, 1956.

Leer antes de grabar

Iván de la Nuez

Beck (California, 1970) acaba de musicalizar y protagonizar un videojuego, Sound Shapes, lanzado este mes de agosto al mercado. Simultáneamente, en colaboración con la revista McSweeney´s, ha anunciado su próximo trabajo, Song Reader, que saldrá en diciembre y está en las antípodas del videojuego citado. El experimento le lleva hasta la lógica musical del siglo XVIII; o como mínimo a una fecha en la que todavía no era posible grabar la música.

En plena era digital, su próximo “disco” será, pues, una loa al papel y a la lectura misma; una vindicación de Gutenberg y de la tinta. En Song Reader -que será publicado por Faber and Faber- las canciones, letra y música, vienen “escritas”, pero en ningún caso registradas. Veinte piezas que cada cual –sea un músico profesional o un aficionado- podrá interpretar a su manera. Esto es: tal cual las “lea”.

Ilustrado por Marcel Dzama, Keanne Shapton, Josh Cochran o Jessica Hische, el “álbum” recuerda a los libros antiguos (sobre todo a los libros infantiles “de antes”).

Un viaje al siglo XVIII con la intención de vitaminar el XXI.

Hay quien ha visto en todo esto una inteligente operación de “marketing”, o una vuelta de tuerca dadaísta en la obra de un artista que no desconoce la historia del arte (es nieto de Al Hansen, integrante de Fluxus). Es probable que algo de eso sobrevuele el proyecto.

Pero en una época en la que todo se nos da empaquetado para la repetición, y ante una industria que se extasía y abruma al mismo tiempo por la copia, Song Reader nos ofrece una alternativa para ser ligeramente originales.

Rabia desde la máquina

Iván de la Nuez

 

Aunque dos terceras partes del planeta no está conectada a Internet, la época contemporánea ya se ha establecido como la “Era digital” y su panteón ha consagrado a un Dios (Steve Jobs), ha coronado un rey (Bill Gates) y condenado a un demonio (Kim Dotcom). Ese tercio que viaja por las redes se ha bastado para definir este tiempo que identifica, cada vez más, lo real con lo virtual, el tiempo con la velocidad de conexión, el espacio con el ancho de banda, el horizonte con la pantalla…

Por esos cables se desliza asimismo una ética (Pekka Himanen la llama “nética”), que hoy marca la moral productiva del capitalismo así como los conflictos generados por el vértigo de su apoteosis conectiva. Con el desplazamiento del pc al teléfono (bajo cualquiera de sus formas), nos vamos convirtiendo en un Cyborg cotidiano para quien el archivo se ha transparentado, las puertas del laboratorio se han dinamitado, los medios de comunicación se han multiplicado, las fronteras entre lo privado y lo público se han derribado. ¿Qué decir, entonces, de lo que hasta hace poco compartíamos como sociedad y como arte, como literatura o política?

Con estos truenos, no puede resultar extraño el crecimiento paulatino de una tendencia a la desconexión, o al desenchufe radical de nuestra cableada experiencia. Una sintomatología que podemos percibir en el sueño de regresar a cierta escala táctil o a la magnitud artesanal de los oficios (como ha evocado Richard Sennet). En la nostalgia por el slow food y en la añoranza de la hemeroteca. En la reivindicación del vinilo o en el réquiem por el papel.

Bajo estas actitudes subyace, de muchas maneras, un nuevo tipo de ludismo. Una ira –más o menos enfática- que quizá tuviera su momento seminal en un día de 1978; cuando el FBI clasificó a Unabomber como “neoludita”. Leído –cómo no, por Internet- el manifiesto contra la sociedad industrial que sostenía a sus acciones, podemos constatar, sin embargo, que el prefijo “neo” era exagerado; y que el terrorista se comportaba más bien como un ludita convencional, atrapado en su particular Rage Against The Machine.

Pero el ludismo contemporáneo es algo más complejo y en ningún caso debe reducirse a la tecnofobia. (No tratamos con un escuadrón de cascarrabias que optan por regalarse una jornada, unplugged, de vida “natural”). Es más, buena parte de los nuevos luditas son disidentes de la tecnología (el caso sintomático de Jason Lanier), cuya comprensión de la “máquina” no está dirigida contra los artefactos sino contra el sistema que los aloja. Plantados entre las nuevas tecnologías y su anacrónica legalidad, encontramos lo mismo a autoproclamados “luditas sexuales” (cuyo objetivo no es otro que “dar rienda suelta a las pasiones inmorales”, en la cotidianidad y en las intimidades), que a esos crackers ultratecnológicos capaces de desmantelar cualquier sistema (desde archivos militares hasta webs de celebrities). A ecologistas y a movimientos anti-sistema. A las teorías del colectivo Tiqun sobre el presente de la guerra civil y a las “performances” de Eric Cantona contra la omnipresencia de los  bancos. No conviene olvidar, en ningún momento, el ludismo “estatal” de los gobiernos opuestos a Internet.

En la blogosfera, por la parte que le toca, el anónimo ataca a la autoría, el hacker al sistema mismo del blog, el troll al sentido…

Desde Kafka, Musil o Deleuze, sabemos que las máquinas no son sólo los ferrocarriles y los ordenadores, los tanques de guerra y las catapultas: lo maquínico se inserta en nuestros cuerpos y comportamientos. Vistos los apéndices de nuestra vida interconectada, no cabe duda de que esa convicción está a punto de alcanzar su apoteosis. Y que las batallas de los luditas actuales tendrá, cada vez más, la forma de una contienda fisiológica, casi “natural”.

Acaso el nuevo ludismo represente la militancia de una sociedad líquida (descrita por Bauman) contra un poder sólido. Y si desde Karl Marx hasta Marhall Berman, “todo lo sólido se desvanecía en el aire”, hoy podemos decir que todo lo sólido parece disolverse en la Red. Incluidos nosotros mismos; expuestos como estamos a cerrar el círculo suicida que caracteriza tambien, no lo olvidemos, a cualquier ludismo que se precie.