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Lenin en HBO

Iván de la Nuez

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Entre los mensajes que fluyen de las teleseries actuales, hay uno que se repite bajo cualquier circunstancia: el poder lo es todo. Da igual si se trata del más evidente poder político –Boss, Borgen, El ala Oeste de la Casa Blanca, House of Cards-, o si se abordan otros poderes conectados a este: el poder del tráfico de drogas –Breaking Bad-, el poder de la imagen –Mad Men-, el poder de la mafia –Los Soprano– o, simplemente, el poder que concede el mismo acto de matar –Dexter.

El recado es inequívoco. Si estás dentro del poder (el que sea), eres alguien. Si estás fuera del poder (el que sea), no consigues nada. Incluidas las buenas acciones, que sólo pueden llevarse a buen puerto si los protagonistas entran en la élite que decide y manda.

En ese juego, nadie se libra de mancharse, cometer grandes o pequeños delitos, corromperse. El que quiere algo, debe pactar con el diablo. Por eso las series tienen tanto de Shakespeare como de Goethe. Nos remiten a Hamlet, pero también a Fausto.

Si, como decía Lenin, “todo lo que no es poder es ilusión”, las series contemporáneas son, también, algo leninistas. Sólo que, desde ellas, toda la ilusión debe convertirse en poder.

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El regalo es el mensaje

Iván de la Nuez

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Hace unos días, el rey español Felipe VI de Borbón recibió un curioso regalo en Bruselas que fue noticia por partida doble: tanto por quién lo entregaba como por lo que contenía. El quién era Pablo Iglesias, líder de Podemos. El qué, la serie completa de Juego de tronos, una especialidad de este político, dicho sea de paso. (La verdad revelada de la saga le ha llevado a coordinar una antología: Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de tronos).

Desde aquel Caballo de Troya que Ulises ideó para doblegar a los troyanos, hasta el libro de Eduardo Galeano que Hugo Chávez le regaló a Obama para introducirlo en las venas abiertas de América Latina, los obsequios en política siempre han traído implícitos mensajes, trampas o, sencillamente, se han comportado como eso que llamamos “regalos envenenados”. Ahí tenemos a Mao, con su invitación al equipo de tenis de mesa de Estados Unidos para jugar en China y así abrir lo que más tarde conoceríamos como la diplomacia del pin-pong. O los sofisticados trajes de caza submarina donados a Fidel Castro y que, según se ha ventilado, venían preparados para provocarle la muerte. Gadafi, por su parte, solía regalar caballos o camellos, como bien puede testimoniar el expresidente español José María Aznar. Y en tiempos más lejanos, 1886 exactamente, los franceses donaron la Estatua de la Libertad a Estados Unidos para conmemorar el centenario de la Declaración de Independencia.

Ha habido de todo, y con todo tipo de intenciones.

Ahora, en pleno siglo XXI, un político que se ha propuesto regenerar España le entrega una serie de televisión al Monarca del país. No se puede negar la lógica de este regalo. Porque habla de los entresijos del trono o el poder y, también, porque proviene de una generación cuyo salto a la palestra política no se entiende sin su presencia televisiva.

Curioso que, en tiempos de Internet, la televisión recupere una importancia política que empezaba a darse por amortizada. Y que este medio resucite por enésima vez, convertido, como el regalo –y como diría McLuhan-, en el mensaje mismo.

Mr. Castle y los taínos

Iván de la Nuez

Que las teleseries han vivido una revolución en la última década es algo reconocido por estudios de todo tipo. Desde los que consideran que Shakespeare hoy se dedicaría a escribir para la televisión, hasta los que predican que el mejor “cine” se está haciendo, precisamente, en productos como Lost, Breaking Bad, A dos metros bajo tierra, Los Simpson, Mad Men, Dexter, The Killing… En su libro Teleshakespeare (Errata Naturae) Jorge Carrión ilustra este asunto, desmontando además la vieja idea de que los intelectuales y la televisión no hacen una buena pareja.

Tampoco es cuestión de tomar las excepciones como regla. Siguen siendo abundantes las teleseries malas y los melodramas lacrimógenos que ignoran por completo al creador de Hamlet. Y por suerte, al menos para mí, se siguen produciendo las siempre bienvenidas series de “siesta”. Esas que empiezan, te duermes un rato y, cuando te despiertas, puedes seguir la trama sin complicaciones. En esa especialidad clasifica Castle, que narra las peripecias de un novelista policial de best seller, amigo del alcalde de Nueva York, quien le consigue compartir las aventuras de un equipo de policías bajo el mando de la detective Beckett. La trama no puede ser más ñoña, y al cabo de decenas de capítulos, aunque sabemos que el escritor y la detective se gustan, estos siguen sin irse a la cama. Aunque nosotros sí nos vamos al sofá nada más sentir la música de los créditos.

La serie fue producida originalmente por la ABC, y en España ha sido distribuida por AXN y Cuatro. Así pues, lo que contaré a continuación tiene que ver tanto con el guión original norteamericano como con algunos cambios que sin duda se han “colado” en el doblaje por la parte española. Es necesario advertirlo, porque lo “ganado en la traducción” no tiene desperdicio.

El otro día, estaba listo para caer rendido cuando un capítulo llamado El régimen suicida me impidió pegar ojo. Trata de Cuba, de un jugador de béisbol que ha saltado del equipo nacional a las Grandes Ligas (Cano Vega, su nombre). Trata de su asesinato y, con todos estos elementos batidos, comienzan a cruzarse –sobra decir que de manera inverosímil- el gobierno cubano, un manager muy ambicioso, un líder del Exilio, un cameo de Joe Torre (mítico manager de los Yankees), el tráfico de personas (en un yate que se llama “Mi cariño”), 200. 000 mil dólares que no aparecen, un rólex capaz de sobornar al comunista más íntegro y una muchacha que acaba de llegar a Nueva York desde La Habana (y no es otra que la hija desconocida de la estrella asesinada).

Los detectives no saben quién es, incluso llegan a sospechar que es una amante del pelotero muerto. Así que hay que interrogarla. Y ahí es donde el despropósito alcanza matices idiomáticos extraordinarios. A veces en inglés, a veces en español, de repente… ¡en taíno! He aquí el despliegue lingüístico de las interrogaciones. Una cubana del siglo XXI que habla en la lengua de aquellos habitantes originarios de la isla a la llegada de Cristóbal Colón. Pero si esto ya nos parece un disparate, lo es todavía más que el agente Espósito –interpretado por el actor Jon Huertas, de padre puertorriqueño, aunque nacido en Nueva York- sea capaz de decir con toda naturalidad: “yo conozco ese idioma”. Acto seguido, se luce en la traducción (“bohío” por “casa” es uno de sus momentos más brillantes) y por esa vía consiguen avanzar en la solución del misterio.

Dentro de la desgracia que supone la muerte del deportista, el episodio –nunca sabremos por qué se llama “El régimen suicida”: sólo hay un muerto y no es el “régimen”- tiene un final feliz: la viuda norteamericana de la estrella muerta decide acoger a la cubanita recién llegada en su mansión. ¿Problemas de comunicación? Muy pocos, puesto que la rubia, en sus ratos libres, ¡también había aprendido taíno! con su difunto marido cubano.

Esta antología de estereotipos viene a recordarnos lo que los antropólogos más avezados -Lévi-Strauss o Malinowski, Clifford Geertz o James Clifford- habían percibido en los encuentros entre culturas distintas. Las dominantes, nos decían estos sabios, tienden a ver a las otras culturas detenidas en el tiempo, como si aún se mantuvieran en sus tribus, practicando el canibalismo y entregados a los rituales más primitivos. Por lo que a mí respecta, ya me será difícil dedicarme a la siesta viendo Castle. Desde ahora, me mantengo alerta, a la espera de encontrar sumerios o hunos metidos en problemas en el Nueva York del siglo XXI. O persas, algo más lógico teniendo en cuenta que la guerra con Irán está a la vista.