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Para el sosiego de otros

Iván de la Nuez

 

El Premio Anagrama de Ensayo concedido a Rafael Rojas es la noticia más importante que ha recibido el ensayo cubano en el panorama editorial de la lengua española. No sólo cabe apuntar, aquí, la envergadura del evento, ni la independencia probada del editor Jorge Herralde, ni la impresionante cabecera de autores que tiene la editorial, ni los pensadores que han prestigiado con anterioridad el Anagrama. Es necesario precisar el calado del libro premiado, la complejidad de su armazón, la demanda que esta obra hace de una lectura sofisticada, culta e intensa.

Además de una buena noticia para el pensamiento cubano, se trata de un reconocimiento sin paliativos a la labor que, por casi veinte años, ha realizado Rafael Rojas cada día de su vida; a esa obsesión por pulsar la cultura y la historia, la política y la palabra. Este premio es un puerto de llegada, merecido y lógico, al viaje intelectual de alguien al que ya resulta imposible negarle un lugar notable dentro de la actual y la futura cultura de Cuba.

Acaso Tumbas sin sosiego sea una síntesis de la ensayística de Rojas, el compendio de sus muy diversas capacidades, la concreción de una devoción ecuménica en la que caben, y conviven, el Calibán, de Roberto Fernández Retamar, y El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals; Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier, y La prole de Celestina, de Roberto González Echevarría; Mea Cuba, de Guillermo Cabrera Infante, o las Vidas en vilo, de Gustavo Pérez Firmat.

Nada cubano le ha sido ajeno, y ese apetito omnívoro puede que sea el causante de sus escasos pecados literarios, si así pudiéramos nombrar a esa pulsión irrefrenable por los demasiados libros y los demasiados nombres.

El mayor polemista

De todo el nuevo pensamiento cubano, Rafael Rojas es quien ha suscitado la mayor cantidad de polémicas y alcanzado la mayor cantidad de registros, que van desde el ensayo literario al académico, pasando por la divulgación y la crítica política. En todos estos ámbitos, Rojas ha sabido marcar más de un rumbo en la incertidumbre que afronta la nación cubana y ha exhibido un ejemplar respeto por sus rivales intelectuales, algo poco abundante dentro de una cultura acostumbrada a la exclusión y descalificación del contendiente.

La suya es, más que sobre la democracia, una obra que abre por sí misma un campo democrático con una solvencia fuera de lo común.

Rafael Rojas ha asimilado aquella frase de Nietzsche sobre los fundamentos: no se trata de renegar de ellos, pero es preciso, ante ellos, ponerse los guantes. Nuestro escritor, como su abuelo, ha escogido los guantes del cirujano (dispuesto a meter el escalpelo con limpieza en el malestar de la cultura), antes que los del boxeador, presto siempre a tumbar al contendiente que no piensa como él.

Si el ensayo puede ser comprendido en su aserción teatral —como una aproximación previa e imperfecta a una realidad que no está constituida (no es todavía la función real)—, el de Rojas cumple esa definición y, al mismo tiempo, es capaz de transportarnos, casi siempre, a distintas zonas del porvenir.

Rojas sabe que entre las primeras condiciones del intelectual están, precisamente, la incertidumbre y la duda; el desasosiego. Y ese es un valor añadido a toda su obra. Ese gesto intelectual capaz de proponer, desde su misma incertidumbre y duda, el alojamiento necesario para el sosiego de otros.

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