Daniel G. Andújar comparte en el blog dos imágenes de su participación en la exposición D-O Ark Underground, de la que informamos aquí recientemente y que tiene lugar en el reconvertido búnker del Mariscal Tito, construcción realizada durante los años de la Guerra Fría con el propósito de resistir un ataque nuclear.
En la primera imagen, una foto del momento previo a la apertura de ese espacio para la inauguración de la muestra. (Los soldados no forman parte de la obra). La segunda, se corresponde a su pieza Túnel, a partir de la cual los espectadores pueden comenzar a avanzar hacia el interior del búnker y de la exposición.
Según la propia descripción de Andújar en el catálogo, aquí el búnker es leído a partir de tres términos en apariencia desligados, pero que funcionan como una parábola de aquella sociedad, incluso más allá de un tiempo concreto. Universitas evoca a los individuos que han de permanecer en un cuerpo común -llámese sociedad, comunidad, gremio, corporación-. Stećaks designa las lápidas medievales dispersas por Bosnia y Herzegovina o en otras zonas fronterizas de Croacia, Montenegro y Serbia. Gymnazium alude a la academia y al aprendizaje. Así pues, comunión, muerte y adoctrinamiento se citan en una pieza que se vale del propio búnker que acoge el proyecto, y de su historia, en esta exposición que intenta releer la Guerra Fría.
Dedicarle una exposición a cualquier asunto, desde los más sagrado hasta lo más profano, se ha convertido en uno de los rituales de la cultura contemporánea. Y es que ya quedan pocos temas en este mundo que no hayan sido carne de museo; algo característico, según Lyotard, de la moral posmoderna.
Así las cosas, hemos podido “visitar” el reciclaje del Comunismo y el regreso de la guerra civil española, tanto como la revolución o el colonialismo. Hemos sabido de una exposición dedicada al grupo armado Baader Meinhof en Berlín, con 88 obras de 52 artistas, y hemos asistido a la certificación de “la acción social como una de las bellas artes”.
En esta espiral frenética, hay incluso quien ha llegado a sugerir que la cárcel de Guantánamo sea convertida en un museo…
Ahora, en el Museo Judío de Berlín, está teniendo lugar “La verdad total, todo lo que quería saber sobre los judíos”. Una exposición que intenta destapar los estereotipos, silencios y, sobre todo, el desconocimiento que tiene la población alemana sobre esa comunidad, así como sobre su propia diversificación. La muestra ha desatado distintas polémicas. Porque enfrenta al público con un tema tabú en Alemania y por las preguntas a las que se ven sometidos muchos espectadores, entre los cuales hay mucha gente que ha confesado no haberse detenido jamás a hablar con un judío. (En el país, según información ventilada por el propio proyecto, esa población es de 200.000 entre 82 millones, de ahí que una de las preguntas sea precisamente esta: “¿todavía hay judíos en Alemania?”).
Más allá de las, a veces, incómodas preguntas que el visitante se ve obligado a contestar, el mayor debate ha sido generado por la pieza estrella del proyecto: “Judíos en la vitrina”. Esta ha conseguido soliviantar a los críticos de la exposición, entre ellos varios rabinos que consideran de mal gusto exponer a una persona para que hable con la gente sobre su identidad.
Una parte sostiene que un judío no es una pieza de museo, mientras que los organizadores –en su mayoría también judíos- considera que la merma de su población, junto a la necesidad de tener que explicarse continuamente, le convierten de antemano en “una pieza de exhibición”; una especie de obra caminante por Alemania.
Como sucede con las exposiciones sobre el Comunismo, Guantánamo o Las Grandes Causas, resulta complicado discernir aquí entre crítica y frivolidad, verdad e imagen, arte y provocación, cultura y publicidad…
Más claro resulta percibir todo esto como una mutación, algo perversa, del Ready Made de Duchamp. Ya no son los objetos –un orinal, una aspiradora, la Mona Lisa- los que terminan reciclados en el museo, sino los sujetos y sus causas.
Por el momento, eso sí, junto a la polémica van creciendo las colas.
Siendo todavía joven, durante la Pascua de 1932, Sartre visitó la tumba de Chateaubriand en Bretaña. Una vez allí, le brindó un homenaje “canino” (como ha calificado Cristopher Domínguez Michael ese gesto) y se orinó sobre ella…
Se cuenta que Santiago Bernabeu, el presidente más famoso que ha tenido el Real Madrid, hizo un viaje relámpago a México con el único objetivo de visitar el cementerio y mearse en la tumba de un periodista enemigo al que le había hecho esta promesa…
El escritor chileno Eduardo Labarca visitó en Ginebra el lugar donde reposa Jorge Luis Borges y le dedicó una micción de “homenaje al maestro y repudio al ciudadano”. Dos objetivos cumplidos al precio de una sola meada…
Orinarse sobre los muertos es, en parte, transmitirles un poco de vida, aunque sólo sea por el hecho de compartir con ellos un fluido tan primario. También hay atropello en este acto: no porque algunos muertos sean inocentes, sino porque ya no pueden defenderse.
Desde Aquiles, emprendiéndola contra el cadáver de Héctor, hasta el escándalo reciente de los soldados norteamericanos orinando sobre los talibanes afganos abatidos o los enemigos de Gadafi vejando sus restos, se estira la vieja costumbre de llevar la guerra hasta un estatuto postmortem. Cuando la muerte no es suficiente, hay que dar paso al escarnio. No basta con matarte, encima hay que mancillarte.
Muchos dan por sentado que la historia del arte contemporáneo empezó con un urinario. Ese que Marcel Duchamp introdujo en la galería para concederle, así, la categoría de “obra”. Su ready made le valió a Octavio Paz para encumbrar a Duchamp junto a Picasso en lo más alto del arte del siglo XX. Desde entonces, mucho ha hablado la crítica del famoso urinario, aunque muy poco del contenido del recipiente. Una crítica muy poco úrica pese a estar motivada por un meadero (todo lo contrario a los textos, más abundantes, sobre la mierda de Manzoni por ejemplo).
Como si el arte de Marcel Duchamp no se hubiera caracterizado, y de manera muy acusada, por traspasar el objeto y exponer los contenidos. Y como si el suyo, en fin, no hubiera sido -otra vez Paz- “un puntapié contra la obra sentada sobre su pedestal de adjetivos”. Un chorro sonoro sobre los mausoleo del arte.
(*) En la imagen: Borges en San Ildefonso. Fotografía de Rogelio Cuéllar, México, DF. 1973.
Hay arte, hay artistas y hay, en un lugar aparte, un tipo llamado Werner Herzog. No es que esté, como suele decirse, más allá de la moda. Es que está más allá del tiempo. Sobrepasando, si cabe, los límites de la geografía o de la cultura, de la cronología o del lenguaje.
Si Kaspar Hauser, el salvaje que aparece de repente en el Nüremberg del siglo XIX, desafía los límites de la civilización, Fitzcarraldo derrumba los límites de la obsesión.
La aventura de Herzog, en todo caso, no tiene nada que ver con la búsqueda atlética de un récord (llegar primero, o más alto, o más lejos). Lo que le fascina es el abismo en sí. Su diario de la filmación de Fitzcarraldo lo explica desde el mismo título: Conquista de lo inútil. Este libro –editado por Blackie Books- ilumina una nueva perspectiva, tanto hacia la película como hacia el personaje: ese mosaico humano encarnado por Klaus Kinski, empecinado en llevar la ópera, con Caruso y todo, al paraje más recóndito de la selva. No hace falta decir que sin escatimar crueldades o esfuerzos, por más que algunos incluso parecieran absurdos. (Como atravesar una montaña con un barco de vapor).
Con una biografía tan extraña como la de sus personajes, Herzog acaba de estrenar en 3D, y con un retraso de dos años La cueva de los sueños olvidados. En una gruta tapiada por un desastre natural, tal vez una avalancha, tres espeleólogos descubrieron en Ardèche, en el sur de Francia, 1994, un conjunto de pinturas rupestres que no dejan lugar a dudas. Son las más antiguas de las que se ha tenido noticia, fueron realizadas hace más de 30.000 años y conservan, en un estado asombroso de nitidez, representaciones de mamuts, leones, caballos o rinocerontes.
En ese espacio seminal, Herzog tuvo el privilegio, no exento de los clásicos problemas de todo tipo que suelen confrontar sus filmaciones, de ser el elegido para mostrarnos el tesoro escondido de una época en la cual el planeta estaba poblado aún por Neandertales. Aunque, quienes pintaron las imágenes de esa cueva en Ardèche, estaban –según el director bávaro- más cerca de nosotros que de aquellos antepasados, hasta donde se sabe carentes de cultura. Para el cineasta, que siempre estuvo fascinado por el arte rupestre, lo que le deslumbró ahí abajo, en las cavernas, no es otra cosa que “arte moderno”. Sólo que un “arte moderno” portador de una esencia creativa capaz de traspasar las épocas.
En esta película, absolutamente hipnótica, regresamos al templo originario de la imaginación humana. Y es posible apreciar, siempre guiados por el director, lo mismo un “Picasso” que una anticipación de las figuraciones posteriores del dios Odín cuando vemos claramente un caballo de ocho patas. Su honor, insiste Herzog, ha consistido en hacernos partícipe de “una mirada vertical al alma humana”. Al interior de un tipo de artista que no por haber habitado un pasado remoto deja de ser “uno de los nuestros”.
Una vez superado el shock de enfrentarse a esas pinturas, el director alemán nos demuestra que pisar la luna o inventar Internet no son más que minúsculos capítulos de una línea continua. Tendida acaso por aquellos parientes que nos dejaron, en las grutas, una prueba consistente de su cercanía.