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Iván Pérez se cita con Tarantino

Iván de la Nuez

Iván Pérez, el gran waterpolista hispano-cubano, ha anunciado que se retira después de los Juegos Olímpicos de Londres. Pérez ha jugado con la selección cubana, con la española –dos veces campeón del mundo- y con media docena de clubes. Salvo una medalla olímpica, que saldrá a pelear en Londres este verano, lo ha conseguido todo en un deporte minoritario, tan sacrificado como mal pagado, al que ha dedicado nada menos que 32 años de su vida. Y eso en la posición más castigada (la de boya u hombre poste), allí donde se batalla con los rivales más fuertes físicamente, lo mismo en el ataque que en la defensa (algunos lo sitúan como el más consistente de todos los tiempos en ese puesto). Iván Pérez ha competido en tres décadas distintas –ha visto, por lo tanto, jubilarse a mitos como Tamas Farago o Manel Estiarte- y todavía sigue siendo imprescindible con 41 años. A esa edad, no hay nadie jugando a su nivel.

El waterpolo es un deporte noble y duro que no ha tenido suerte televisiva (de ahí buena parte de su desdicha económica). En plena era del apogeo de las cámaras, todavía no hay comparación entre ver un partido en la grada y verlo en el sofá (en caso de que lo trasmitan). Tampoco es que se trate de un deporte refrendado por el fervor del público, salvo en países como Hungría, Serbia o Croacia; tal vez Italia.

A esto hay que añadir el hecho de que arrastra una fama –injusta- de deporte violento, dado el excesivo contacto que le caracteriza. Los que así piensan, pueden hacer un ejercicio comparativo: ¿qué pasaría si en boxeo o ajedrez, por irnos a dos extremos, no viéramos la mitad de lo que ocurre en la contienda? A la vista de todos, Mike Tyson le arrancó un pedazo de oreja a Evander Hollyfield de un mordisco. Sin la adecuada vigilancia, no quiero ver lo que hubiera pasado por debajo de la mesa entre Karpov y Kaspárov durante sus tensas e infinitas partidas que sellaron el mayor encono deportivo del siglo XX.

Si las transmisiones televisivas siguen sin encontrarle el “punto” al waterpolo, tampoco es que el cine le haya dado muchas alegrías. Ni al waterpolo ni, en general, a las especialidades practicadas en piscina (natación, nado sincronizado, clavados). Es cierto que Mark Spitz o Greg Louganis han contado con filmes dedicados a sus vidas. Y es cierto también que las memorias de Estiarte (Todos mis hermanos) o Pedro García (Mañana lo dejo) son cualquier cosa menos los típicos libros complacientes de deportistas dedicados al autobombo.

Pero ni siquiera los deportistas acuáticos transformados más tarde en actores famosos han sido muy reivindicativos y sus personajes, más que recordarlo, han terminado evadiendo su pasado en la jaula de agua. Ahí tenemos a Johnny Weismüller, cinco veces campeón olímpico de natación –las mismas que Ian Thorpe, por ejemplo-, que fue además medalla de bronce como waterpolista con la selección de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de París (1924). Pronto Weismuller cambió la piscina por la selva, se alió con Chita en su particular “liberación” y murió creyéndose Tarzán, sin apenas memoria del múltiple campeón que había sido.

Si Weismüller fue el primer ser humano que bajó del minuto en los cien metros libres, Carlo Pedersoli fue el primero que consiguió tal hazaña en Italia; eso sí, casi treinta años más tarde. Pedersoli participó en varios juegos olímpicos y fue asimismo waterpolista del Settebello (y bronce, como Weismüller, en los Juegos Olímpicos), pero su nombre hoy no nos dice mucho a menos que sepamos que se trata del reconvertido Bud Spencer. Este barbudo orondo cambió la piscina por las praderas y certificó aquel Western “macarrón”, “repartiendo leña y carcajadas a partes iguales” (como reza una campaña reciente de sus vídeos), casi siempre acompañado por su díscolo partner, interpretado por Terence Hill.

Hay una excepción que destroza la regla: Esther Williams. Esta estrella del nado sincronizado hizo una inteligente traslación de su deporte a Hollywood hasta conseguir, prácticamente, un género cinematográfico (el musical acuático), que alcanzó su clímax en Escuela de sirenas, con dirección musical de Xavier Cugat incluida.

En todo caso, y sin aproximarse ni de lejos a otros deportes con cinematografía propia (béisbol, boxeo, el mismo fútbol), el waterpolo ha dado lugar a dos películas notables, ambas con la política, el comunismo o la Guerra Fría en el horizonte. En Palombella Rossa, protagonizada y dirigida por Nani Moretti (que también fue waterpolista), se aborda el desplome del Partido Comunista, la deriva del Eurocomunismo o el destino incierto de la política italiana. Todo sucede dentro de una piscina durante un partido de waterpolo –con el tempo propio de esta disciplina- y plantea su desenlace en un penalti que, como el país, el jugador debe decidir si lo dirige hacia la izquierda o hacia la derecha. La película se estrenó en 1989, justo cuando se estaba viniendo abajo el Telón de Acero, lo cual supone un añadido que no debemos pasar por alto.

Si la película de Moretti plantea la incertidumbre sobre el futuro, Freedom´s Fury reproduce un partido que tuvo lugar en el pasado. Producido por Quentin Tarantino, y con dirección de Colin K. Gray y Megan Raney, este documental reconstruye meticulosamente el encuentro entre Hungría y la Unión Soviética en las Olimpiadas de Melbourne de 1956. Un match que tiene lugar al mismo tiempo que la invasión soviética y que adquirió tintes dramáticos (incluso sangrientos), como recuerda la famosa imagen de un Ervin Zador sangrante saliendo de la piscina después de un puñetazo soviético (y de dos goles anotados). Los húngaros se tomaron el match como una venganza y consiguieron ganarle a la URSS 4-0 en la semifinal (alcanzaron después el oro olímpico frente a Yugoslavia).

Iván Pérez se retirará mas de medio siglo después de aquella gesta y en su biografía no han faltado anécdotas para un “biopic”; con disputa política entre España y Cuba incluida, o la prohibición de participar en unos Juegos Olímpicos. A la espera de que alguien se anime a producirla –no hace falta que sea Tarantino-, queda la opción de seguirlo en Londres, última oportunidad para verlo en activo. Seguramente, no jugará con la regularidad de otros tiempos, pero será inevitable que acudan a él en los momentos complicados. Cada vez que salte a la piscina, la historia y la “geopolítica” del waterpolo entrarán también en el agua.

(*) En la imagen, tres goles de Ivan Pérez. La fuente: el impagable blog El cuervo, dedicado al waterpolo

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El deporte como catarsis

Iván de la Nuez

Se cuentan por centenares de miles los españoles que salieron a la calle, por toda la geografía del país, a celebrar el triunfo de la selección de fútbol en el Campeonato de Europa. Es probable que exista, pero a mí no me viene a la mente ningún líder europeo que esté en condiciones de desatar una movilización de esa magnitud.

Los que han acabado su mandato porque, abrasados por la crisis, sólo producen incredulidad. Y los que han estrenado cargo porque únicamente están generando incertidumbre.

Exactamente lo contrario que estos futbolistas, quienes en cuatro años se han ganado un crédito inobjetable acumulando dos campeonatos de Europa y uno del Mundo (hasta ahora algo no alcanzado por ningún equipo). Estos muchachos consiguieron que mucha gente se olvidara de la que está cayendo; por unos días, unas horas, unos minutos…

El acto de recibimiento en Madrid fue una celebración y, asimismo, una catarsis.

Y fue -como el carnaval primigenio- el mundo al revés.

Así, un país que será rescatado de su hecatombe financiera, ha demostrado la máxima profesionalidad en algo (aunque fuera en eso que Vázquez Montalbán definió alguna vez como una religión en buscada de un Dios: el fútbol). Por un día, todo lo que era crítica en la prensa anglosajona (desde las playas hasta las siestas, de las políticas sociales a la picaresca) se convirtió en alabanza. El sapo parecía haberse transformado en príncipe.

La euforia alimentó la sobredosis de exaltación patriótica que suelen tener estos festejos y adquirió tintes políticos obvios. Como una especie de reivindicación del sur frente a un norte derrotado; acaso una venganza por los brincos descompuestos de la canciller alemana Ángela Merkel en el palco cuando Alemania vapuleaba a Grecia. No ha faltado la certeza de que el venerable entrenador, Vicente del Bosque, cumple los requisitos para ser un buen presidente –atildado pero honesto, discreto pero seguro- y, ya puestos a repartir cargos, hasta los jugadores fueron ensalzados, través de las redes, como ministros preferibles a los verdaderos.

Los locutores de televisión enfatizaban, en el triunfo español, la prueba de que las cosas se podían hacer bien y, en general, la victoria se vivió como un ejemplo fehaciente de los valores colectivos. España jugó, por encima de todo y de todos, como un “equipo”, todo lo contrario a un individualismo que hace aguas por todos lados (y que acaso sólo queda como paradigma del “sálvese quien pueda”).

No es la primera vez que el deporte funciona como catarsis política.

Mientras era invadida por los soviéticos en 1956, Hungría derrotó en las Olimpiadas de Melbourne a la URSS por un contundente 4-0 en waterpolo, una gesta recogida en Freedom´s Fury, documental producido por Tarantino (con dirección de Colin C. Gray y Megan Raney) que reconstruye aquel partido y sus “circunstancias”.

De las Olimpiadas de México 68 ha quedado la imagen de los atletas Tommie Smith y John Carlos con un guante negro cada uno alzando sus puños contra el racismo (acaso también a favor del Black Power). Esta crítica en el lugar inesperado –nada menos que en el podio de una final olímpica- sucedió apenas dos semanas después de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. Fue el mismo año que los tanques soviéticos invadieron Praga y los jóvenes tomaron París con sus eslóganes de “Prohibido prohibir” o “La imaginación al poder”.

Desde entonces, es posible rastrear esas protestas “fuera de lugar”, donde la política aparece, por así decirlo, “en otra parte”. Alejada de sus templos habituales; de los congresos, los parlamentos, la partitocracia.

Si viajamos, por ejemplo, hasta la RDA de los años setenta, encontraremos a unos jóvenes hartos de la vida reglamentada por el Partido y vigilada por la Stasi. Su acción no contemplaba ni la inmolación ni la militancia; sino algo más sencillo y razonablemente más libre, aunque igual de temerario para las mentes cuadradas de la burocracia. Querían dedicarse al skate. Así que construyeron sus propias tablas para patinar. Unos artefactos rudimentarios que quedaban algo lejos del mercado incipiente que, por esas fechas, lanzaba este deporte callejero al otro lado del Muro que los separaba de Occidente. El recién estrenado documental de Marten Persiel, This ain’t California (2012), da cuenta de esta pequeña epopeya, dibujada fuera del trazado convencional que les marcaba la política que parametraba sus vidas.

En La Habana de comienzos de los años noventa, tuvo lugar una sorprendente performance. Su lema, El arte joven se dedica al béisbol, no puede decirse que fuera “político”; al menos no con la solemnidad que suele acompañar esta palabra, pero sí fue elocuente. Los artistas cambiaron sus cámaras y pinceles por los bates y los guantes. Y se “dedicaron al béisbol” como un acto de reprobación a la política cultural de ese momento en la isla (y con la que entendían que no había salida en el campo artístico).

Algo de toda esta historia se dejó ver en las celebraciones españolas por la Eurocopa, acaso la única buena noticia que ha vivido este país, a lo grande, en los últimos tiempos. (Los investigadores españoles implicados en el descubrimiento del bosón de Higgs no han provocado mucha algarabía).

Lo que pasa es que las fiestas, por desgracia, no pueden durar toda la vida: hay un momento en el que hay que recoger y regresar a casa, aunque sea a cuatro patas y en el peor estado. “Con la resaca a cuestas”, como cantaba Serrat, llega el momento en que el sueño de la igualdad se desvanece y la realidad entra por la ventana. Una aspirina, o dos, y cada cual vuelve a su estatus: el rico a su riqueza, el pobre a su pobreza, el cura a su misa y, aunque envuelto en la bandera, el banquero a la divisa. Intervenida, eso sí.

(*) Publicado originalmente en Club Dante, 6 de julio de 2012. En las imágenes: la selección española de fútbol celebrando el título en Madrid; el waterpolista húngaro Ervin Zàdor, héroe de la victoria contra la Unión Soviética en 1956 en el momento que tiene que abandonar el partido sangrando; y cartel del documental This ain’t California.