Entries Tagged 'Futuro' ↓

El colapso de la eternidad

Iván de la Nuez

RELOJ-FGT

 

Cuando una sociedad entra en colapso, la historia suele dar paso a la histeria, a los ataques de pánico y al vértigo que sobreviene en el borde del barranco. A veces, sin embargo, se da el caso contrario: vivimos el desastre bajo la apariencia de una tranquilidad absoluta. La calma chicha, que se dice. Fue lo que ocurrió en la URSS durante los últimos años del comunismo, sociedad construida sobre la convicción de su inmortalidad. Esta circunstancia ha sido descrita por Alexei Yurchak como un proceso de “hipernormalización”, en su libro Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation (Todo era para para siempre, hasta que dejó de serlo: La última generación soviética).

Adam Curtis se valió de este concepto para darle título a su documental sobre la crisis contemporánea: HyperNormalisation. Según este cineasta y escritor, la definición rebasaba el caso específico del comunismo, estirándose hasta el mundo ficticio diseñado por entidades financieras y grandes corporaciones para que continuemos, “como si no pasara nada”, bregando con esto que hoy muchos llaman postcapitalismo. Ahora también, aquí también, estamos viviendo la debacle desde una realidad paralela que no parece reparar en su situación terminal.

Ante ese mundo “hipernormalizado” –donde hasta la decrepitud está programada- se plantan tres libros que la colección Breus, del CCCB, dedica al tiempo. Tres ensayos que abordan su estética, su política, su economía. Y tres autores que acoplan sus relojes con la intención de contrastar la aceleración de un presente que se comporta como el futuro, o de una cronología que cede el protagonismo de lo sucesivo a lo simultáneo.

En esa línea, Menchu Gutiérrez persigue una poética del tiempo a partir de elementos similares a los de Bachelard en su poética del espacio: los umbrales y las esquinas, la casa como arcano de una memoria detenida o el aeropuerto como ese ámbito en el que se estandariza el lugar bajo la promesa de acortar la distancia. En su pieza Los claros del tiempo, Gutiérrez cruza a Proust y a Juan de la Cruz, al budismo y a Ibn Arabí, al estatuto fugaz del circo o al instante epiléptico de Dostoievski. Desde estos y otros ejemplos, concluye que acelerar el tiempo nos lleva a atomizarlo, algo que consiguen astutamente las lógicas de consumo.

Si Gutiérrez, narradora y poeta, se mueve fundamentalmente en los ámbitos de la ficción y la historia literaria, Salvador Cardús y Judy Wajcman lo hacen desde la sociología, si bien no se cortan a la hora de tirar de la novela o el cine para redondear sus argumentos o experimentar sus intercambios entre política y economía.

En El temps i el poder Cardús desmonta el viejo axioma de que “tiempo es dinero” para desvelar la política escondida bajo ese imperativo. Una política no siempre visible desde el desorden temporal en el que estamos, con su aceleración sin precedentes y un control de los usos del tiempo que lo mismo procede de un poder político que nos agita, que de los grandes negocios de terapia anti-estrés que nos relajan.

Cardús coincide con Milán Kundera en que la velocidad supone un desafío a la memoria. Y aunque no desconoce la resistencia que puede proporcionarnos la lentitud –con su slowfood, su slowhealth, su slowschooling– tampoco desatiende algo menos tangible que toma de Max Weber: el tiempo se comporta, también, como un espíritu del capitalismo. Una moral que ha llegado a imponer eso de que “no tener tiempo” es una forma excelsa de la virtud. (Algo contra lo que ya se revolvieron en sus épocas Paul Lafarge o Bertrand Russell).

Si Max Weber bucea discretamente bajo las aguas de El temps i el poder, George Simmel nada sin complejos en la superficie de El temps a l´era digital, de Judy Wajcmam. Aquí se actualiza, en la época de Internet, la noción del tiempo surgida en la cadena de montaje del fordismo. Y se apunta directamente al ritmo de vida en la era digital, con la sensación de ahorro de tiempo que provoca la hiperconectividad o la proporción directa entre velocidad y aditamentos electrónicos. Wajcman entremezcla estadísticas con reflexiones, datos con estereotipos, la asincronía de la vida cotidiana con la simultaneidad de la vida digital, o a Google con Walter Benjamin. Tampoco rehúye la polémica, como cuando se opone a la idea extendida de que la telefonía móvil erosiona la comunicación real entre la gente.

Los tres libros se detienen en el impacto del transporte en la aceleración de la vida. Los tres exploran las maneras de resistirse a un tiempo en el que la eternidad se desvanece a cada pantallazo. Los tres beben de la ficción literaria para buscar, más allá de la ciencia o la teoría, las claves temporales de nuestra experiencia.

No es casual, entonces, que compartan cierta fascinación con el artefacto que mide el tiempo: el reloj. A Gutiérrez le inquieta el de La búsqueda del tiempo perdido. A Cardús su origen monacal. A Wacjman le intriga su aparición tardía en la historia de la humanidad, lo cual comprueba en su visita ritual de cada año al departamento de horología del Museo Británico.

Contra los relojes, precisamente, iban destinados los cañonazos de las revoluciones, en tiempos en los que las generaciones necesitaban conquistar su propio tiempo en la historia para acelerar el futuro. Hoy, lejos de ese afán redentor, el tiempo se nos presenta como una magnitud poliédrica desde la que se disparan los cañones para conquistarnos a nosotros.

(*) En la imagen: Sin título (Amantes perfectos), 1990, de Félix González-Torres.

Marcador

¿Occidente sin Humanidades?

Iván de la Nuez

Kerouac

 

“¡Hay que reivindicar los valores de Occidente!” Este apremio reaparece cada vez que el terrorismo islámico se asoma a nuestros predios y hace correr la sangre. Una urgencia cíclica que ahora resurge, con estruendo, tras la masacre perpetrada en París. En esa reclamación se esconde, sin embargo, una paradoja que no conviene esquivar si queremos bajarle el tono a la demagogia. Y es que, en lo más alto de tan noble demanda, suelen encaramarse los mismos líderes que han tenido a bien reducir las Humanidades en los programas de estudio europeos. Resulta curioso tanto golpe de pecho en la reivindicación de Occidente y, a la vez, ver acorralada la filosofía en los planes de enseñanza mientras nos dedicamos a sublimar esa panacea universal que es la tecnocracia.

Mirado así, no debe extrañar cierta confusión a la hora de entender qué valores occidentales nos llaman a defender nuestros políticos. ¿La democracia, el cristianismo, el paganismo, la revolución, la tecnología, el consumo? ¿La libertad, la fraternidad, la igualdad? ¿El jazz, el rock, el pop, el rap? ¿Los valores laicos o los religiosos? ¿Los de la familia o los de la escuela? ¿Los que vienen de la tradición o los que dicta la constitución?

Claro que estas serán, siempre, preguntas difíciles de responder. Entre otras cosas, porque elegir entre la diversidad ha sido, hasta hace poco, un estandarte que nos caracterizaba como occidentales. Pero no cabe duda de que, sin una educación humanista en condiciones, seremos incapaces de afrontar esas cuestiones con alguna garantía.

Al ritmo que vamos, podemos acabar resultándonos tan inexplicables como ese terrorismo que ahora nos espanta, pero al que estamos llamados a oponernos desde todos y cada uno de los frentes. (Incluidos los culturales).

El infierno no son “los otros”, como justificaba Sartre; el paraíso tampoco.

De alguna manera, el valor de Occidente es igual a Democracia más Humanidades. Aunque el éxito de esta ecuación requiere algo más que sustituir la cultura por la tecnología, la duda por el fanatismo, la comunidad por la secta, la crítica por la militancia. Y demanda, igualmente, algo más que poner en práctica esa nueva modalidad de multiculturalismo financiero, consistente en cambiar libertades por unos petrodólares que ya marcan el funcionamiento de nuestras muy occidentales instituciones artísticas, mediáticas o deportivas. (Sobran ejemplos de algunos para los que la Alianza de las Civilizaciones no reside en entenderse con los árabes, sino con los jeques).

No hay aquí, dicho sea de paso, la más mínima justificación de los asesinos. Esta nota al pie de la masacre es tan sólo una alerta lanzada desde una sociedad que, simplemente, no está en condiciones de reivindicar los valores que está dejando de transmitir.

Iconos de nuestra Antigüedad Material

Iván de la Nuez

cabina telefónica

 

Los kioscos de periódicos, las cabinas telefónicas, los walkman, los sellos y las cartas en sus sobres, el correo mismo, las agendas de papel, los soldaditos de plomo, la escritura manual, los rompecabezas, las papas fritas caseras…

He aquí –he allí– los iconos del pasado reciente: objetos caducados, dispuestos para engrosar la arqueología o la nostalgia. Arrasados por las nuevas tecnologías –más bien por la nueva economía-, ilustran el paso de la industria a las finanzas, de la producción a la especulación, de la vida táctil a la realidad virtual, del mundo físico al digital.

Viejos tótems que no sólo hablan de nuestro declive material; además refieren la incertidumbre cultural y moral de nuestra época. Vestigios arcaicos de eso que Alexander Kluge llamó “nuestra antigüedad ideológica”; aquel tiempo remoto en que los ideales marcaban las agendas políticas y no, como ahora, cuando los pactos por el poder definen a priori la pertinencia de la no-ideología.

Son –serán- el Partenón de nuestra última vida material, el Campo de Marte de las últimas batallas en las que aún se suponía que elegíamos entre el bien y el mal.

¿Dónde jugarán los niños?

Iván de la Nuez

Que no cunda el pánico: no tratará este post del disco homónimo de Maná. Tampoco de la corrección sarcástica, en femenino, de Molotov: ¿Dónde jugarán las niñas? Se trata, simplemente, de la lista dada a conocer por The Economist, con los mejores países para nacer el próximo año 2013. O los peores, si empezamos por el final. Los parámetros para la enumeración hablan de la geografía, la demografía, la política y la renta per cápita. También de seguridad, salud y confianza en las instituciones.

Leyendo la lista al derecho, vemos que Suiza obtiene el primer lugar, seguido de Australia, Noruega, Suecia y Dinamarca.

Exceptuando a Australia, queda claro que los niños más felices pasarán frío. Lo más probable es que sean mayoritariamente protestantes, blancos y nórdicos. ¿Qué hay nieve? También hay dinero para los abrigos. ¿Qué hay problemas de comunicación? No hay nada como una soledad confortable. ¿Aburrimiento y tristeza? El esquí o el vodka estarán a mano para paliarlos.

Los siguientes países de la lista son Singapur, Nueva Zelanda, Holanda, Canadá y Hong Kong… Y aquí la generalización se dificulta.

De las aclamadas potencias emergentes –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- no hay muy buenas noticias en la lista. Tampoco de los países latinoamericanos, encabezados por el puesto 23 que alcanza Chile.

Queda claro, también, que se va acabando aquello de que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Si nace en Suiza, es posible que, con suerte, traiga un banco. Si nace en los Emiratos, disparados hasta el puesto 18, puede que un pozo de petróleo. En latitudes más broncas –Ucrania, Kenya o Nigeria-, el niño traerá colgando un Kalashnikov. Y en las más necesitadas, el muchacho vendrá con un cable bajo el sobaco. “Comerse un cable” es la traducción de la penuria según el argot de Cuba (país que aparece en el medio de la tabla compartiendo el puesto 40 con Argentina).

¿Y si naciera en Belén, como El Niño Aquél? Pues lo tendría complicado. En estos momentos, si un bebé viniera al mundo donde Jesús, comenzaría su infancia bajo el gobierno de la Autoridad Palestina, a 9 kilómetros de Jerusalén y fuertemente acordonado por el Ejército de Israel. Este país ocupa el lugar 20, mientras que Palestina no figura, de modo que ese niño fluctuaría, en la clasificación, entre el 20 y el infinito.

Dejando a un lado esta lista –una más entre todas las listas que proclaman algo cada día-, lo único cierto es que el 99% de los padres de este mundo seguirán teniendo a sus hijos en sus propios países. Y es cierto también que la mayoría de esos países ni son nórdicos, ni estables ni tienen instituciones confiables. Queda por ellos, pues, intentar alguna mejora en todo eso. O rendirse a la evidencia de que, cada vez más, estarán procreando futuros emigrantes.