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¿Occidente sin Humanidades?

Iván de la Nuez

Kerouac

 

“¡Hay que reivindicar los valores de Occidente!” Este apremio reaparece cada vez que el terrorismo islámico se asoma a nuestros predios y hace correr la sangre. Una urgencia cíclica que ahora resurge, con estruendo, tras la masacre perpetrada en París. En esa reclamación se esconde, sin embargo, una paradoja que no conviene esquivar si queremos bajarle el tono a la demagogia. Y es que, en lo más alto de tan noble demanda, suelen encaramarse los mismos líderes que han tenido a bien reducir las Humanidades en los programas de estudio europeos. Resulta curioso tanto golpe de pecho en la reivindicación de Occidente y, a la vez, ver acorralada la filosofía en los planes de enseñanza mientras nos dedicamos a sublimar esa panacea universal que es la tecnocracia.

Mirado así, no debe extrañar cierta confusión a la hora de entender qué valores occidentales nos llaman a defender nuestros políticos. ¿La democracia, el cristianismo, el paganismo, la revolución, la tecnología, el consumo? ¿La libertad, la fraternidad, la igualdad? ¿El jazz, el rock, el pop, el rap? ¿Los valores laicos o los religiosos? ¿Los de la familia o los de la escuela? ¿Los que vienen de la tradición o los que dicta la constitución?

Claro que estas serán, siempre, preguntas difíciles de responder. Entre otras cosas, porque elegir entre la diversidad ha sido, hasta hace poco, un estandarte que nos caracterizaba como occidentales. Pero no cabe duda de que, sin una educación humanista en condiciones, seremos incapaces de afrontar esas cuestiones con alguna garantía.

Al ritmo que vamos, podemos acabar resultándonos tan inexplicables como ese terrorismo que ahora nos espanta, pero al que estamos llamados a oponernos desde todos y cada uno de los frentes. (Incluidos los culturales).

El infierno no son “los otros”, como justificaba Sartre; el paraíso tampoco.

De alguna manera, el valor de Occidente es igual a Democracia más Humanidades. Aunque el éxito de esta ecuación requiere algo más que sustituir la cultura por la tecnología, la duda por el fanatismo, la comunidad por la secta, la crítica por la militancia. Y demanda, igualmente, algo más que poner en práctica esa nueva modalidad de multiculturalismo financiero, consistente en cambiar libertades por unos petrodólares que ya marcan el funcionamiento de nuestras muy occidentales instituciones artísticas, mediáticas o deportivas. (Sobran ejemplos de algunos para los que la Alianza de las Civilizaciones no reside en entenderse con los árabes, sino con los jeques).

No hay aquí, dicho sea de paso, la más mínima justificación de los asesinos. Esta nota al pie de la masacre es tan sólo una alerta lanzada desde una sociedad que, simplemente, no está en condiciones de reivindicar los valores que está dejando de transmitir.

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Iconos de nuestra Antigüedad Material

Iván de la Nuez

cabina telefónica

 

Los kioscos de periódicos, las cabinas telefónicas, los walkman, los sellos y las cartas en sus sobres, el correo mismo, las agendas de papel, los soldaditos de plomo, la escritura manual, los rompecabezas, las papas fritas caseras…

He aquí –he allí– los iconos del pasado reciente: objetos caducados, dispuestos para engrosar la arqueología o la nostalgia. Arrasados por las nuevas tecnologías –más bien por la nueva economía-, ilustran el paso de la industria a las finanzas, de la producción a la especulación, de la vida táctil a la realidad virtual, del mundo físico al digital.

Viejos tótems que no sólo hablan de nuestro declive material; además refieren la incertidumbre cultural y moral de nuestra época. Vestigios arcaicos de eso que Alexander Kluge llamó “nuestra antigüedad ideológica”; aquel tiempo remoto en que los ideales marcaban las agendas políticas y no, como ahora, cuando los pactos por el poder definen a priori la pertinencia de la no-ideología.

Son –serán- el Partenón de nuestra última vida material, el Campo de Marte de las últimas batallas en las que aún se suponía que elegíamos entre el bien y el mal.

¿Dónde jugarán los niños?

Iván de la Nuez

Que no cunda el pánico: no tratará este post del disco homónimo de Maná. Tampoco de la corrección sarcástica, en femenino, de Molotov: ¿Dónde jugarán las niñas? Se trata, simplemente, de la lista dada a conocer por The Economist, con los mejores países para nacer el próximo año 2013. O los peores, si empezamos por el final. Los parámetros para la enumeración hablan de la geografía, la demografía, la política y la renta per cápita. También de seguridad, salud y confianza en las instituciones.

Leyendo la lista al derecho, vemos que Suiza obtiene el primer lugar, seguido de Australia, Noruega, Suecia y Dinamarca.

Exceptuando a Australia, queda claro que los niños más felices pasarán frío. Lo más probable es que sean mayoritariamente protestantes, blancos y nórdicos. ¿Qué hay nieve? También hay dinero para los abrigos. ¿Qué hay problemas de comunicación? No hay nada como una soledad confortable. ¿Aburrimiento y tristeza? El esquí o el vodka estarán a mano para paliarlos.

Los siguientes países de la lista son Singapur, Nueva Zelanda, Holanda, Canadá y Hong Kong… Y aquí la generalización se dificulta.

De las aclamadas potencias emergentes –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- no hay muy buenas noticias en la lista. Tampoco de los países latinoamericanos, encabezados por el puesto 23 que alcanza Chile.

Queda claro, también, que se va acabando aquello de que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Si nace en Suiza, es posible que, con suerte, traiga un banco. Si nace en los Emiratos, disparados hasta el puesto 18, puede que un pozo de petróleo. En latitudes más broncas –Ucrania, Kenya o Nigeria-, el niño traerá colgando un Kalashnikov. Y en las más necesitadas, el muchacho vendrá con un cable bajo el sobaco. “Comerse un cable” es la traducción de la penuria según el argot de Cuba (país que aparece en el medio de la tabla compartiendo el puesto 40 con Argentina).

¿Y si naciera en Belén, como El Niño Aquél? Pues lo tendría complicado. En estos momentos, si un bebé viniera al mundo donde Jesús, comenzaría su infancia bajo el gobierno de la Autoridad Palestina, a 9 kilómetros de Jerusalén y fuertemente acordonado por el Ejército de Israel. Este país ocupa el lugar 20, mientras que Palestina no figura, de modo que ese niño fluctuaría, en la clasificación, entre el 20 y el infinito.

Dejando a un lado esta lista –una más entre todas las listas que proclaman algo cada día-, lo único cierto es que el 99% de los padres de este mundo seguirán teniendo a sus hijos en sus propios países. Y es cierto también que la mayoría de esos países ni son nórdicos, ni estables ni tienen instituciones confiables. Queda por ellos, pues, intentar alguna mejora en todo eso. O rendirse a la evidencia de que, cada vez más, estarán procreando futuros emigrantes.