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La próxima guerra

Iván de la Nuez

 

En el banco de un parque, esta pintada: “¡Emigrantes, váyanse a la mierda!”. Por ese parque pasan, y en ese banco se sientan, todo tipo de extranjeros. Haciendo fotos, reponiendo fuerzas, mirando un mapa.

Es la tropa multirracial que recorre Europa cada verano, distorsionando la vida de las ciudades desde el negocio, incontrolable, del turismo.

Y son tan extranjeros como los emigrantes a los que el grafiti manda a la mierda, sólo que el rechazo no va con ellos, ni se dan por aludidos, ni reparan en nada que no sea la próxima catedral, el próximo restaurante, los próximos espectáculos.

Son bienvenidos porque llegan para gastar el dinero, mientras que los emigrantes son “malvenidos” porque vienen a buscarlo.

Hay un momento en que el turista deseado y el emigrante denostado coinciden en tiempo y espacio, justo cuando uno le sirve al otro. Ese instante en que la economía de servicios los pone frente a frente, aunque en posiciones distintas.

El emigrante de estos días personaliza la masificación del exilio, de la misma manera que el turista encarna la masificación de la utopía. En sus respectivos desplazamientos, hay una pérdida de envergadura épica. Como si uno respondiera a la economía low cost y el otro a una política low cost.

Cuando el mundo sea, por fin, orwelliano (y eso acabará ocurriendo, no lo duden), es muy posible que estalle la guerra entre turistas y emigrantes. Ese western inapelable en medio del cual los últimos nativos quedarán atrapados. Atribulados entre seducir a los primeros y expulsar a los segundos.

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La guerra civil

Iván de la Nuez

Cada vez que ocurre una matanza como la de Connecticut, los muertos, como si ya no tuvieran suficiente con su dosis de plomo, son rematados por los eufemismos. Con ese maquillaje verbal empleado para no reconocer que allí y en Caracas-Irak-México-Liberia-Afganistán, estamos hablando de las bajas de una guerra expandida; blancos móviles o “daños colaterales” de una conflagración que insistimos en valorar desde su calificación delictiva, psiquiátrica o sociológica.

No hay causalidad infalible capaz de hilvanar la extensión de la muerte en nuestros días. Ocurre en la pobreza y en lugares con alta renta per cápita. Ocurre bajo el terrorismo y en una tranquila isla nórdica. Ocurre bajo el influjo del narcotráfico y bajo la influencia de los videojuegos más sofisticados. En gobiernos abonados al socialismo del Siglo XXI y en la, así llamada, primera democracia del mundo. En países cristianos y en países musulmanes…

La única regularidad la ponen los muertos.

Seguir pensando, a estas alturas, que esos muertos son víctimas de meras acciones de la delincuencia o del trastorno súbito de un chalado es algo frente a lo que deberíamos sublevarnos si no queremos avanzar en la complicidad.

La guerra civil de hoy se define, literalmente, como una guerra entre civiles.

Entremedio, vamos extendiendo la alfombra roja para que desfilen los dueños del cotarro. Ellos sí lo han entendido perfectamente; como también entienden que su oficio consiste en simular que son los protagonistas de esta contienda.

(*) Lo que suena es Civil Wars, de David Byrne.