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El espectáculo de la corrupción

Iván de la Nuez

Hablamos de la corrupción, escribimos sobre la corrupción. Y es bueno saber que cada vez que lo hacemos, aunque no nos guste, formamos parte de su engranaje, nos convertimos en una fase de su circuito; terminamos dotándola de una mala épica.

La crónica de la corrupción es, como el mismo material que la compone, profundamente real y al mismo tiempo profundamente falsa, porque no hay trampa sin truco. Artaud dejó escrito a mano, sobre un dibujo, una frase breve y demoledora que era, en sí misma, un manifiesto artístico: “Nunca real, siempre verdadero”. Pues bien, las noticias que devoramos o divulgamos sobre este asunto han invertido ese dictum que antes sirvió para el arte y que hoy puede aplicarse, al revés, a la sociedad.

Todo lo que se nos dice es real, pero nada parece verdadero.

Opuesto a esa pesadilla, el Padrino tuvo un sueño feliz: que la próxima generación de Corleones llegara a codearse con el mundo respetable. Por soñar, Don Vito alcanzó a imaginar un hijo congresista, con la influencia y el poder “legal” que él nunca había tenido. Con la corrupción actual, las cosas también viajan en sentido contrario a la historia de Mario Puzo. Así que hoy algunos sueñan, desde oficios y cargos supuestamente respetables, con acabar formando parte de una trama mafiosa.

Para el periodismo, tiene que ser una papeleta difícil de afrontar la paradoja surgida de este asunto. ¿Cómo conseguir que la denuncia no se convierta en altavoz, la fachada en sustancia, un problema, por grave que sea, en el problema?

Es como si pudiéramos vivir contra la corrupción, pero no al margen de ella; criticarla pero no esquivarla. Aunque haya dejado de ser noticia para convertirse en un hecho cotidiano. Aunque no se nos venda ni la consumamos como fragmento sino como totalidad. Y aunque sepamos que hay algo, en esta realidad, que no es del todo verdadero.

Delante de un hombre llamado Luis Bárcenas, con semejante hipervisibilidad, tiene que haber una cortina de humo que esconde más de lo que exhibe. Desde su ubicuidad, resulta curioso que sea él, precisamente, quien haya optado por callar mientras todos hablan –y a veces sólo hablan- de su caso.

Convertida en Reality Show -espectáculo y mercado de sí misma-, la corrupción ha ingresado, por derecho impropio, en el Gran Hermano de nuestros días; eso sí, versión degradada de Orwell. Un evento que ya no es metáfora de la crítica política sino el espectáculo de una política en estado crítico.

(*) Publicado en ElDiario.es, 25 de marzo, 2013.

(*) En la imagen: El Mini Palau de Millet, de Daniel G. Andújar.

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El lector unidimensional

Iván de la Nuez

Herbert Marcuse nos queda un poco lejos y no sé si valga la pena mantenerlo en la distancia o, por el contrario, buscarle a su teoría del “hombre unidimensional” algún retorno útil. A fin de cuentas, si en los últimos años han vuelto Marx, Russell, Orwell o Sartre, no es descartable que a algún editor se le ocurra “regresarlo”, aderezado como una panacea para nuestros problemas y, si se tercia, encaramar el revival en alguna lista de libros más vendidos.

Aunque esto último es más improbable -sus obras corren gratuitamente por la red-, lo cierto es que los tiempos actuales son bastante propicios a agitar su recuerdo. Si, tal como queda certificado en El hombre unidimensional, vivimos diseñados por los media o atenazados por impulsos “pavlovianos” de consumo, mutilada nuestra espontaneidad y obnubilado nuestro juicio para elegir lo distinto… ¿por qué no? Si además crece nuestra percepción de enclaustramiento, típica de una sociedad en la que no damos con las claves adecuadas para ejercer una oposición real, desde esta “ausencia de libertad, cómoda, razonable, suave y democrática” de la que ya avisaba el pensador de la Escuela de Frankfurt… ¿por qué no?

Y si a todo esto añadimos una experiencia vigilada y documentada al minuto, gracias a unas tecnologías que en 1964, cuando Marcuse publicó su libro, sólo podían concebirse desde la ciencia ficción, casi me estoy convenciendo de que no es mala idea volver a echarle un vistazo a esa obra que desmontó tantas fantasías de progreso a uno y otro lado del Telón de Acero.

No pienso en esto, sin embargo, como alguien que tiene que escribir en diarios para ganarse la vida, sino como alguien que quiere leerlos para, digámoslo así, irla perdiendo de una manera tolerable.

Me doy un paseo –y hasta un blogroll– por los medios españoles y la letanía es casi tan exasperante como los hechos que la han venido provocando. La crónica amarilla parece cubrirlo todo, como corresponde en todo caso a una política que se ha convertido en una gigantesca página de sucesos.

Pero, llegados a este punto, cabe preguntarse si queda algo de esta “normalidad” en la degradación que califique como “noticia”. Y si, atrapados en ese bucle infinito, no estaremos configurando un tipo de lector unidimensional que ya sólo tiene ojos para consumir y confirmar la catástrofe. Un lector en la intemperie, y en un presente continuo, necesitado con urgencia de una mínima guarida desde la que resistir y dibujarse algún plano para el futuro.

(*) En la imagen, un cartel de Technologies To The People, tomada del archivo de Daniel G. Andújar.