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Otro mundo no es posible, otro diccionario sí

Iván de la Nuez

CARPINTEROS 2

 

Los eufemismos son como los calzoncillos. Hay que cambiárselos constantemente. Esta frase es una traducción libérrima de John McWhorter, autor de The Power of BabelThe Language Hoax o Talking Back, Talking Black, entre otros libros. McWhorter lleva décadas persiguiendo las mutaciones del lenguaje, en particular el utilizado para calificar minorías, jergas raciales o franjas sociales que requieren ayudas públicas.

En la frase citada, el lingüista norteamericano dice “underwear” (ropa interior) donde yo he puesto “calzoncillos”. Pero confío en que el lector pueda perdonarle este ligero barbarismo a un cubano criado con las versiones libres para la televisión de Amado Cabezas.

Además de artefactos de combustión rápida, siempre necesitados de repostaje, los eufemismos se comportan como el vocabulario ideal de este tiempo en el que las palabras han dejado de designar a las cosas y han pasado a existir, exclusivamente, en y para el lenguaje.

Si otro mundo no es posible, otro diccionario sí. Si no podemos cambiar los hechos, al menos queda el consuelo de renovar su glosario.

Desde el desplome del Comunismo hasta la crisis posterior del Capitalismo, hemos vivido bajo el dictado de eso que me gusta llamar Eufemocracia. Una época de transición repleta de palabras destinadas a maquillar (o directamente esquivar) cualquier acontecimiento. Empezando por los dos sistemas enfrentados durante la Guerra Fría. En los años posteriores a esta, hemos visto al “Capitalismo” sustituido por términos como “Era Global”, “Sociedad Posthistórica” o “Mundo Libre” (como si tal capitalismo no se experimentara también bajo tiranías, nada libres, de todo tipo).

En lo referido a la palabra “Comunismo”, a esta incluso le ha ido peor. Puesto que el llamado Socialismo Real había quedado bajo los escombros del Muro -y de su propia historia represiva-, buena parte de la izquierda prefirió saltarse el vocablo maldito y cobijarse en calificaciones como “Antisistema”, “Antiglobalización” y un anti-todo inagotable. “Indignados”, “bolivarianos” o “socialismo del siglo XXI” también ayudaron en la recomposición.

Dentro de ese popurrí semántico, uno encuentra comunismo primitivo y democracia participativa, socialismo utópico y autogestión colectiva, pulsiones igualitarias y pasiones totalitarias. Ya no hay comunistas sino “comunes”. Ya no organizamos a las masas sino que “construimos sociabilidad”. Y ya no hace falta asaltar el Palacio de Invierno como colofón de la revolución porque es suficiente con “empoderarse”.

Toda esta catarata se precipita en medio de una victoria global del modelo chino, con el mercado rompiendo su matrimonio con la democracia como tándem idóneo del viejo liberalismo.

Los eufemismos, posiblemente, hayan sido el lenguaje perfecto de la corrección política socialdemócrata, ese modelo también devastado que pretendía unir lo mejor de los dos sistemas mientras la realidad –vistazo de nuevo al modelo chino y sus variantes- gritaba que lo triunfante era lo peor de ambos.

Cuba no es ajena a esa debacle ni a una larga conexión con los eufemismos. En particular, con los dictados por la política. En lo que respecta al diccionario de Estado, quién no recuerda las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, UMAP (para definir unos campos de trabajo forzado que tenían como objetivo reconducir conductas). O el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas (para nombrar el conjunto de medidas que marcaron distancia con la Perestroika). O el Período Especial en Tiempos de Paz (apodando la supervivencia a los estragos de la caída del campo socialista). Ejemplos como estos nos hablan de un glosario tan ampuloso como férreo.

A principios de la Revolución, el caricaturista argentino Oski visitó una Habana mutante en la que lo pasearon por lugares que antes habían tenido un destino y después otro muy distinto. El clásico cuartel convertido en escuela, el prostíbulo en taller de costura, el club privado en Círculo Social Obrero. En uno de esos pasajes, alguien le mostró un antiguo cabaret que antes había sido un antro y ahora… “¡Y ahora es muy aburrido!”, remató un Oski abatido por la letanía de tanta bondad.

Es más conocido, sin duda, el cuento de la mujer que regresa en las primeras visitas del exilio (Comunidad Cubana en el Exterior, nada menos). Cada vez que ella decía “Radio Centro”, le corregían: “Ahora se dice ICRT”. Si “Vedado Tennis”, ahora “Círculo Social José Antonio Echevarría”. Y así continuamente hasta que un tipo, intentando un piropo, le lanzó el inefable “mami, ¿que es eso que tú tienes ahí atrás?” A lo que nuestra dama en La Habana respondió con más compostura que Catherine Deneuve: “Antes de la Revolución se llamaba culo, ahora no sé”.

El eufemismo político es multidireccional, así que también sirve a la hora de pasar al otro lado y moverse en dirección contraria. De loar al Comandante en Jefe a aclamar al Líder del Mundo Libre, del “Hasta la Victoria Siempre” al “Si Dios quiere”, de “esta Gran Revolución (cubana) a “este Gran País” (americano).

Y es que los eufemismos también operan como esa lengua franca que nos permite cambiar de bando sin tener que cambiar de retórica. Justo en ese momento en el que lo importante no es cambiar de calzoncillos sino de chaqueta.

(*) Imagen de Los Carpinteros: El pueblo se equivoca. 

Marcador

Poder

Iván de la Nuez

 

Queremos poder gobernar en coalición.

Queremos poder gobernar.

Queremos poder.

El desencaje

Iván de la Nuez

CUENCA

 

Muchos periódicos, museos o centros culturales de diverso tipo son, cada vez más, plataformas cerradas y previsibles en las que resulta difícil encontrar enfoques plurales, debates, controversias, contrastes…

Hablamos de circuitos cerrados dispuestos para la tarea de generar, regenerar (y degenerar, llegado el caso) su particular Pensamiento Único, no importa el tema que se trate. Desde ellos se nos emite una letanía invariable, capaz de conjurar opiniones, datos y hasta encuestas para moldear al lector o espectador de marras (que es al mismo tiempo un votante político, un comprador real o posible, carne de deudas varias).

El tema griego es un buen ejemplo. Veinticuatro horas antes del referéndum, muchos medios europeos hablaban de una paridad entre el “Sí” y el “No”, incluso alguno daba ligera ventaja para la primera de estas opciones. Pero al día siguiente se sublevaron los hechos, el “No” arrasó y tocó el turno de los malabares…

Otro ejemplo, de naturaleza ideológica contraria, pero de procedimientos similares: hace unos años, reseñé una exposición sobre el arte latinoamericano de los años ochenta y el resultado fue aleccionador. Mientras avanzaba por el museo, el Reina Sofía en este caso, todo iba respondiendo a las generalizaciones curatoriales y el display apuntalaba sus tesis sobre el arte de aquellos tiempos: vena antropológica, pulsión colectiva, crítica política, uso extendido del cuerpo, performances, abundancia de manifiestos, conceptualismo…

Hasta que llegó la pregunta incómoda: ¿qué pasó con el arte de Cuba y Nicaragua, las únicas revoluciones en el poder durante esos años? En el caso de Cuba, su arte era bastante similar al de sus colegas vecinos, muchos de los cuales sufrían a las dictaduras de derecha forjadas en la Operación Cóndor. En el caso de Nicaragua, sin embargo, todo resultaba demasiado diferente: la revolución sandinista no había primado lo contemporáneo sino la utopía primitiva que Ernesto Cardenal desarrolló en Solentiname.

Estos dos “detalles” hubieran dado mucho juego, pero también hubieran hecho tambalear las rígidas tesis que alimentaban el proyecto. De modo que los comisarios tuvieron a bien saltarse estos dos países y esquivar las paradojas del arte producido bajo el poder de la izquierda en el continente.

Ante el juicio previo de esos latinoamericanistas –esto es: su prejuicio- los hechos resultaron un estorbo. Y la bien tramada estrategia intelectual de su plataforma les permitió soslayar alguna que otra realidad en aras del resultado unívoco final.

Aquellos dos países, en fin, “no encajaban”. De la misma manera que hoy “no encaja” algo que inquiete más de la cuenta nuestra tranquilizante verdad sin contrapesos, con su realidad hecha a medida –a corto plazo- y unos efectos culturales –a largo plazo- que comprometerán la cultura democrática del futuro.

Ante tanto calvinismo programático, “no encajar” deja de ser una posibilidad para convertirse en un deber. Acaso la primera prueba de que se está en el buen camino para pensar de otra manera.

(*) En la imagen, This isn´t Havana 1, de Arturo Cuenca.