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Poder

Iván de la Nuez

 

Queremos poder gobernar en coalición.

Queremos poder gobernar.

Queremos poder.

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El desencaje

Iván de la Nuez

CUENCA

 

Muchos periódicos, museos o centros culturales de diverso tipo son, cada vez más, plataformas cerradas y previsibles en las que resulta difícil encontrar enfoques plurales, debates, controversias, contrastes…

Hablamos de circuitos cerrados dispuestos para la tarea de generar, regenerar (y degenerar, llegado el caso) su particular Pensamiento Único, no importa el tema que se trate. Desde ellos se nos emite una letanía invariable, capaz de conjurar opiniones, datos y hasta encuestas para moldear al lector o espectador de marras (que es al mismo tiempo un votante político, un comprador real o posible, carne de deudas varias).

El tema griego es un buen ejemplo. Veinticuatro horas antes del referéndum, muchos medios europeos hablaban de una paridad entre el “Sí” y el “No”, incluso alguno daba ligera ventaja para la primera de estas opciones. Pero al día siguiente se sublevaron los hechos, el “No” arrasó y tocó el turno de los malabares…

Otro ejemplo, de naturaleza ideológica contraria, pero de procedimientos similares: hace unos años, reseñé una exposición sobre el arte latinoamericano de los años ochenta y el resultado fue aleccionador. Mientras avanzaba por el museo, el Reina Sofía en este caso, todo iba respondiendo a las generalizaciones curatoriales y el display apuntalaba sus tesis sobre el arte de aquellos tiempos: vena antropológica, pulsión colectiva, crítica política, uso extendido del cuerpo, performances, abundancia de manifiestos, conceptualismo…

Hasta que llegó la pregunta incómoda: ¿qué pasó con el arte de Cuba y Nicaragua, las únicas revoluciones en el poder durante esos años? En el caso de Cuba, su arte era bastante similar al de sus colegas vecinos, muchos de los cuales sufrían a las dictaduras de derecha forjadas en la Operación Cóndor. En el caso de Nicaragua, sin embargo, todo resultaba demasiado diferente: la revolución sandinista no había primado lo contemporáneo sino la utopía primitiva que Ernesto Cardenal desarrolló en Solentiname.

Estos dos “detalles” hubieran dado mucho juego, pero también hubieran hecho tambalear las rígidas tesis que alimentaban el proyecto. De modo que los comisarios tuvieron a bien saltarse estos dos países y esquivar las paradojas del arte producido bajo el poder de la izquierda en el continente.

Ante el juicio previo de esos latinoamericanistas –esto es: su prejuicio- los hechos resultaron un estorbo. Y la bien tramada estrategia intelectual de su plataforma les permitió soslayar alguna que otra realidad en aras del resultado unívoco final.

Aquellos dos países, en fin, “no encajaban”. De la misma manera que hoy “no encaja” algo que inquiete más de la cuenta nuestra tranquilizante verdad sin contrapesos, con su realidad hecha a medida –a corto plazo- y unos efectos culturales –a largo plazo- que comprometerán la cultura democrática del futuro.

Ante tanto calvinismo programático, “no encajar” deja de ser una posibilidad para convertirse en un deber. Acaso la primera prueba de que se está en el buen camino para pensar de otra manera.

(*) En la imagen, This isn´t Havana 1, de Arturo Cuenca.