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Cuando el mundo entra por la ventana

Iván de la Nuez

 

El Museo Getty acaba de inaugurar una retrospectiva del fotógrafo Abelardo Morell que podrá visitarse hasta el próximo 5 de enero. El título de la muestra es Abelardo Morell: The Universe Next Door y está organizada, además, por el Art Institute of Chicago y el High Museum of Art in Atlanta.

Morell nació en La Habana (1948), dentro de una familia de raíces españolas con la que se exilió en Estados Unidos en 1962. Una vez allí, estudió Religiones comparadas en Bowdoin o llegó a presentar un programa de jazz en el que pinchaba obsesivamente a John Coltrane, cuya música y la de Cage le hicieron acercarse a la “espiritualidad de las imágenes”.

Muy pronto, Cartier-Bresson, De Chirico, Alfred Hitchcock, Diane Arbus o Minor White alimentarían una obra que Joan Fontcuberta ha presentado como propia de un fotógrafo “fuera de lo común” y Charles Simic ha llegado a catalogar como una “poética de las apariciones”. Richard B. Woodward, por su parte, ha descrito sus experimentos de cámara oscura como momentos “casi míticos en la fotografía norteamericana”, mientras que Nicholson Baker se ha enfocado en su conexión con el mundo de los libros y, de paso, en el sentido mágico que adquieren sus fotografías sobre estos.

 

Aunque Morell es un artista norteamericano a todos los efectos de la burocracia curricular, esto no ha sido obstáculo para que, de vez en cuando –tal vez cuando la nieve aprieta-, salga a flote lo que él mismo describe como su “yo cubano”. Un Mr. Hyde habanero que vive dentro de su Dr. Jekyll bostoniano y le lleva a confluir con las eras imaginarias de Lezama Lima, realizar una serie sobre las vicisitudes de su familia recién refugiada en la Norteamérica de los sesenta, participar en el proyecto Cuba: la isla posible (1995) –en el que expuso su conocida pieza Empire State in bedroom-, o regresar fugazmente a su isla natal para formar parte del libro Cuba on the Verge con una serie sobre el medio rural.

En cuanto a su incursión en la cámara oscura, esta le permite operar en una triple dimensión: como técnica, como poética y como proyecto pedagógico a través del cual nos ejercita en el arte de infiltrar el mundo en nuestras habitaciones. En línea con Bataille, esa zona de su trabajo parece regirse por esta convicción del pensador francés: la oscuridad no miente. De ahí que su fotografía consiga avanzar a tientas a través de espacios y objetos encargados de generar ilusión. Así los libros y los sets de telenovelas, las bibliotecas y los estudios de cine, los teatros de la ópera y las cajas de trucos…

De alguna manera, en las piezas de Abelardo Morell las cosas, más que evidentes, son presumibles. Y muchas veces, más que convidarnos a verlas, parecen invitarnos a leerlas. Una obra suya –Alfabeto de agua– afronta la fragilidad de la escritura. Captado por su cámara, ese abecedario está a punto de desvanecerse junto a un mundo que, durante siglos, hemos instalado entre la A y la Z.

 

Otras fotos, en cambio, van a contracorriente de la anterior y evidencian la resistencia de unos libros que, aunque maltrechos o pasados por algún naufragio, todavía sobreviven: como objetos y como útiles de la cultura. Han perdido algún trozo en el camino, pero su sola permanencia vuelve absurda la manida pregunta -“¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta?”-, habida cuenta de que han sobrevivido, digámoslo así, por sí mismos.

Las fotos de Abelardo Morell son tramposas, pero no porque clasifiquen como fotografía manipulada, sino porque lo manipulado en ellas es el escenario, y la propia realidad, que mas tarde captura con su cámara. Como si siguiera la pauta de Artaud -“nunca real y siempre verdadero”- a la hora de establecer un arte que tiene un punto anacrónico y que guarda más de un paralelo con el ejercicio de la escritura, la organización de la biblioteca, el emplazamiento del museo o la habilitación del archivo.

Abelardo Morell nos invade, a través de nuestras ventanas, con mundos en los que se cruzan Marc Saporta y Oscar Wilde, Lewis Caroll y Edward Hopper, el Empire State y una montaña nevada. Su proximidad nos ilusiona; su desproporción nos aterra. En ambos casos, nos acompaña –como ante el abecedario de agua- la ansiedad por absorberlos antes de su evaporación.

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