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El regalo es el mensaje

Iván de la Nuez

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Hace unos días, el rey español Felipe VI de Borbón recibió un curioso regalo en Bruselas que fue noticia por partida doble: tanto por quién lo entregaba como por lo que contenía. El quién era Pablo Iglesias, líder de Podemos. El qué, la serie completa de Juego de tronos, una especialidad de este político, dicho sea de paso. (La verdad revelada de la saga le ha llevado a coordinar una antología: Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de tronos).

Desde aquel Caballo de Troya que Ulises ideó para doblegar a los troyanos, hasta el libro de Eduardo Galeano que Hugo Chávez le regaló a Obama para introducirlo en las venas abiertas de América Latina, los obsequios en política siempre han traído implícitos mensajes, trampas o, sencillamente, se han comportado como eso que llamamos “regalos envenenados”. Ahí tenemos a Mao, con su invitación al equipo de tenis de mesa de Estados Unidos para jugar en China y así abrir lo que más tarde conoceríamos como la diplomacia del pin-pong. O los sofisticados trajes de caza submarina donados a Fidel Castro y que, según se ha ventilado, venían preparados para provocarle la muerte. Gadafi, por su parte, solía regalar caballos o camellos, como bien puede testimoniar el expresidente español José María Aznar. Y en tiempos más lejanos, 1886 exactamente, los franceses donaron la Estatua de la Libertad a Estados Unidos para conmemorar el centenario de la Declaración de Independencia.

Ha habido de todo, y con todo tipo de intenciones.

Ahora, en pleno siglo XXI, un político que se ha propuesto regenerar España le entrega una serie de televisión al Monarca del país. No se puede negar la lógica de este regalo. Porque habla de los entresijos del trono o el poder y, también, porque proviene de una generación cuyo salto a la palestra política no se entiende sin su presencia televisiva.

Curioso que, en tiempos de Internet, la televisión recupere una importancia política que empezaba a darse por amortizada. Y que este medio resucite por enésima vez, convertido, como el regalo –y como diría McLuhan-, en el mensaje mismo.

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El político como espectador de la política

Iván de la Nuez

 

Hemos visto al Papa en la portada de la revista Rolling Stone y a Bill Clinton tocando el saxofón con figuras del jazz. Hemos visto a Fidel Castro o Hugo Chávez recibiendo el apoyo de Oliver Stone y a Kennedy el “Happy Birthday” de Marilyn. Hemos visto a Bruce Springsteen haciendo campaña por el Partido Demócrata y a Clint Eastwood ídem por el Republicano.

Hemos visto también a los Artistas Unidos por África, en aquel coro de 46 estrellas que más tarde Bob Geldof continuó en sus maratónicas e incontables campañas contra el hambre en el mundo.

Por ver, hemos visto incluso a Gadafi de mal humor porque Michael Jackson le habría copiado alguno de sus 3400 trajes, lo que le indujo a proponerlos para una exposición en el Metropolitan Museum de Nueva York.

Todo eso, y mucho más, es el pop siguiendo el legado de Clausewitz, como continuación de la política por otros medios. Sólo que, hasta ahora, lo normal era que, un día después de las campañas, estrellas y políticos volvieran cada cual a lo suyo, a seguir en sus respectivos mundos. Hoy, por el contrario, todo se ha precipitado hacia una amalgama peligrosa, marcada por el creciente grado de espectacularización de la política, su mutación en esa infinita performance que, según Agamben, la ha convertido en la esfera de “los puros gestos”.

Esto último quedó certificado con la aparición de Bono -el líder del grupo U2, no el Bono ibérico- en el congreso anual del Partido Popular Europeo en Dublín. En medio de la convención, el cantante ofreció un discurso en el que se comportó, más que como un icono del pop, como un estadista. (Allí mismo, delante de Merkel, Rajoy, Durao Barroso o el omnipresente Bill Gates, se permitió marcarse una campaña a favor de consumir productos españoles). El caso es que, al final, Bono no fue la típica estrella del espectáculo que usa su carisma para vehicular los proyectos de los políticos; fue un político más.

Esta vez el pop no continuó la política por otros medios, sino por sus propios medios: la tribuna, el congreso político, los militantes en el graderío…

Queda, asimismo, otra imagen acaso más grave. La que nos muestra a unos políticos arrobados -espectadores de la política en manos de un intruso- que dejaron la sensación de estar cediendo un poco más del poder que les queda.

La Maleta de Portbou / Alemania y sus sombras

Iván de la Nuez

La librería La Central convoca a la presentación del segundo número de La Maleta de Portbou con esta nota que aquí comparto: 

La Maleta de Portbou es una revista de pensamiento, de humanidades y economía que busca crear un espacio de reflexión, de intercambio de ideas, de debate, en un momento en que nuestras sociedades viven la inquietud, el desconcierto e incluso el desasosiego de los grandes momentos de cambio. 
Este segundo número incluye un dossier sobre Alemania en el que han colaborado los autores Hans Ulrich Gumbrecht, José Luis Pardo, Jordi Balló, Rafael Poch o Ulrich Beck, entre otros, además de una entrevista a Luuk Van Middelaar y relatos y artículos de reconocidos nombres de la literatura internacional como Juan Goytisolo, Juan Villoro o Mia Couto.
En esta segunda entrega la ilustración y la fotografía siguen teniendo el mismo peso y relevancia, como demuestra la renovada colaboración con la publicación de los reconocidos ilustradores Sonia Pulido, Arnal Ballester o Pablo Amargo, por citar algunos. Además, cabe destacar la galería de arte virtual comisariada por el escritor cubano Iván de la Nuez, que versa sobre iconos de la izquierda latinoamericana. (En la Galería participan Daniel J. Martínez, Nicola Costantino, José Ángel Toirac, Vik Muniz, Marcelo Brodsky, y Ángela Bonadíes-Juan José Olavarría).

Jordi Balló y Toni Marí acompañarán al director de la revista, Josep Ramoneda.

  • Martes 26 de noviembre
  • 19:30h
  • La Central (c/Mallorca) (Mallorca, 237 / 08008 BARCELONA)

Desgobierno

Iván de la Nuez

 

Una vez asumida su rendición ante los poderes económicos, el cierre de los gobiernos de este mundo es sólo cuestión de tiempo. Sobre todo, porque los poderes públicos siguen reculando sin pudor hacia la segunda fila del teatro; sonriendo y tragando a la espera de que continúe el espectáculo, esta vez sin ellos como protagonistas.

Cuestión de tiempo es, asimismo, el suicidio camuflado de un Estado que actúa como notario de su propia catástrofe, y que va desmontándose día a día dejando al mercado la función de regularlo casi todo. A partir de ahí, se hace bastante innecesario el arte de gobernar.

En su impagable columna de cada martes en La Vanguardia, Josep Maria Ruiz Simón actualizó un término de la profesora Wendy Brown para describir este proceso: desdemocratización.

Un concepto que mide, con precisión, el momento político en el que estamos.

(*) En la imagen, una obra de Glexis Novoa.