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Pioletkult

Iván de la Nuez

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Cada cierto tiempo, Ramón Mercader reaparece en el horizonte, empuña su piolet… ¡y vuelve a matar a Trotsky! Entrenado por su madre para consumar tal destino –con Stalin siempre en el control remoto-, Mercader mantiene vigente el salvoconducto para su eterno retorno en esta cultura sobre la que ejerce una fascinación cíclica.

Acaba de confirmarse con El elegido, película dirigida por Antonio Chavarrías y estrenada recientemente en España. No será la última vez que se asome a la pantalla o a las páginas de un libro. Tampoco la primera.

Este mismo año, por ejemplo, Gregorio Luri ha publicado El cielo prometido: Una mujer al servicio de Stalin, donde desmenuza la vida y contradicciones de los Mercader, en particular la madre del clan. En 2011, Nuria Amat lo abordó en Amor y guerra. (Se da el caso de que Mercader había flotado sobre la familia de la autora como un tabú, un fantasma embarazoso que sólo podía intuirse leyendo entre líneas).

Entre Amat y Luri, dos libros con la palabra “hombre” en su portada. El hombre del piolet, de Eduard Puigventós López (2015) y El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura (2013). En 2007, José Ramón Garmabella había entregado El grito de Trotsky, abundando en el asunto y en alguna medida justificando al “asesino de un mito”.

Ya Jorge Semprún había saldado cuentas con el estalinismo cobijándolo en La segunda muerte de Ramón Mercader (1969). Ya Guillermo Cabrera Infante le había dado cuartel en Tres tristes tigres (1965) y, sobre todo, Mea Cuba (1992). Ya el cine le había hecho un sitio. Aunque si bien su hermana actriz, María Mercader, estuvo casada con Vittorio de Sica, no fue este quien lo llevó a la pantalla, sino Joseph Losey. En El asesinato de Trotsky, 1972, Richard Burton interpreta al revolucionario ruso. A Mercader, un Alain Delon cuyas prestaciones quedan por debajo del Ripley de A pleno sol o el gángster silencioso de El samurái.

Aquí conviene recordar Asaltar los cielos (1996), intenso documental de José Luis López Linares y Javier Rioyo en el que Caridad Mercader alcanza, como quien dice, su definición mejor.

Estas aproximaciones son diversas, evidentemente, y van de la parodia al ajuste de cuentas, pasando por el anti-trotskismo militante o las justificaciones psicológicas del asesinato.

Ramón y Caridad habitan un pozo freudiano en el que aún queda mucha agua para regar la vereda que va del proletkult al “pioletkult”: de la exaltación de la bondad proletaria a la fascinación por la maldad que esta, o en nombre de esta, puede llegar a encarnar.

El “piolekult” se entiende aquí como la Ostalgia. Un capítulo de ese género mayor que me gusta llamar Eastern y que implica la atracción de la cultura occidental por el mundo comunista y sus incontables tramas. Verbigracia de este hechizo, cada cierto tiempo tenemos garantizada nuestra dosis de un Mercader que, como el hombre del saco ideológico, siempre parece dispuesto a abrirle el cráneo a los militantes descarriados.

Pero el “pioletkult” no debe limitarse a la recurrente aparición de este chichiricú de la ortodoxia estalinista. Su abanico es algo más amplio e incumbe, sobre todo, a esa cultura de la purga que ha acompañado a la izquierda en toda su historia. A Trotski no lo mató el imperialismo. Ni el orden burgués. Ni unos sicarios del Chase National Bank. Tampoco murió de su cangrejo moro, ni de dos y dos son cuatro ni, claro está, de un sonetazo (para decirlo con las palabras de un poeta comunista).

A Trotski lo mató el estalinismo, por más que el piolet lo blandiera un tipo que arrastró su complejo de Edipo por todo Occidente hasta llegar al profeta (ya desarmado y desterrado).

El “pioletkult” registra las intrigas de una parte de la izquierda que se cree La Izquierda, y de unos revolucionarios que se creen La Revolución. Se sumerge en las malas artes de los más papistas que el Papa y en las de los Papas que no pueden vivir sin esos papistas. Así que podría contemplar, perfectamente, las cribas de los años de plomo –con damnificados como Roque Dalton o Maurice Bishop, pongamos por caso- que segaron la vida de los “traidores al dogma”.

Visto a distancia, el lenguaje militar clasificaría estas escabechinas bajo el concepto de “fuego amigo”; un incidente en el que acaban muriendo uno o más correligionarios. El problema es que, en este caso, las muertes obedecen a un acto programado y no a un error humano o técnico.

Quiso el destino manifiesto –o el manifiesto comunista- que Mercader cerrara el círculo de su vida en la isla de donde salió su extremista progenitora: Cuba. Allí vivió sus últimos días en el anonimato, añorando Barcelona y condenado al “olvido amigo” del que ahora vuelve a ser, una vez más, rescatado.

Marcador

Curator McCarthy

Iván de la Nuez

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¿Imaginan al famoso senador Joseph McCarthy realizando una exposición con sus ideas? El Museo del Comunismo, en Praga, es lo más parecido a esa fantasía. Empezando por su ubicación, continuando por el display, y rematando con el sustrato doctrinario que alienta toda la muestra, no hay otra forma de calificar un proyecto que es algo así como una puesta en escena estalinista… ¡contra el comunismo!

Emplazado sobre un casino, y rodeado de todas las mega-marcas imaginables, la misma localización del museo garantiza el contraste entre las privaciones comunistas y la opulencia del nuevo capitalismo. ¿Cómo va a competir una cortadora de salami de los años rojos checos con un Rolex, una cabina telefónica de los tiempos socialistas con Vodafone, las vidrieras peladas del comunismo con los pletóricos escaparates de este barrio turístico?

Pero las cosas no quedan en esa obvia diferencia entre la abundancia y la austeridad. En su énfasis ideológico, este ejercicio de “macartismo curatorial” se vale de las peores armas de aquellos manuales soviéticos que tanto intentamos sortear algunos que crecimos en el comunismo. Como si el capitalismo también necesitara sus Nikitin y sus Rumiantzev para guiarnos en la larga marcha por este Mundo Libre que ha sustituido la vieja ortodoxia comunista por el nuevo evangelio del mercado. Entre la carestía y la carencia se explaya este adoctrinamiento de consumo rápido, que revierte la conocida parodia del paraíso perfecto contra el enemigo grotesco.

¿Alguna posibilidad para sacar conclusiones propias? En el Museo del Comunismo no hay espacio para esa extravagancia. Ni para metáforas, dudas, alegorías. Aquí el osito Misha –la mascota soviética- te recibe con un Kalashnikov. Aquí la matrioshka –la famosa muñeca rusa- te espera con unos amenazadores dientes de vampiro.

Ya en los textos que acompañan el recorrido, las comillas se encargan de liquidar cualquier posibilidad para la duda. Y todo lo que caiga dentro de ellas viene vacunado contra la contaminación. Empezando por Marx –un “bohemio, aventurero e intelectual” (no sabemos cuál de los tres calificativos es peor)- y acabando por la bomba H, que los soviéticos llegaron utilizar tan sólo unos meses después de los norteamericanos. (No hace falta decir que esa premura, y no Hiroshima, fue el peor crimen atómico en los orígenes de la Guerra Fría). Por no mencionar, ya metidos en la confrontación estratosférica entre Estados Unidos y la URSS, el terrible sacrificio de Laika, ese “perro vivo que falleció al pasar la órbita”.

Puesto que bajo el comunismo todo fue un horror, posiblemente el capítulo más decepcionante sea el que debía redimir a sus oponentes: “Underground y Contracultura”. Apenas se le dedica un trozo de pared, en un cuadro acaparado desmesuradamente por Vaclac Havel. Nada de detenerse en los artistas que desafiaron –y alguna vez burlaron- la censura. Mucho menos el intento de pensar la paradoja de que la invasión soviética fue perpetrada, también, contra un Partido Comunista.

Y no es que Havel desmerezca homenajes. Es que le sobra uno -el del culto a la personalidad-, que es justamente el que se le concede.

Llama la atención, asimismo, el escaso despliegue instrumental de los tiempos socialistas -en cualquier casa deben quedar todavía artefactos de sobra para darnos una idea de la historia material de ese sistema-, sobre todo si se nos advierte que el comunismo fue un sistema carente de espiritualidad.

Hay un tufo, en este museo, que huele a conversión. Algo que deja ver la prisa doctrinaria que sirvió a los profesores de Comunismo Científico para pasar, a marchas forzadas, del chip del optimismo socialista al de la euforia capitalista. (Con la misma alegría y la misma incapacidad para la réplica).

¿Es necesario rebajarle la gloria olímpica a Emil Zapotek para denostar el antiguo modelo? ¿Hace falta responder al viejo credo con un maniqueísmo sobreactuado que repite todo lo que se pretende fustigar? El resultado no es otro que un museo infantil, cuyo mensaje nos indica que el comunismo ocurrió casi por casualidad, por un descuido; un mirar para otro lado en el momento menos oportuno.

De refilón, se deja caer la sospecha de que los eslovacos (al parecer la parte maldita de la antigua Checoslovaquia) fueron más culpables; empezando, claro está, por su comunista más encumbrado: Klement Gottwald.

Lo contraproducente es que, si esto lo que tenemos que saber del comunismo –este catálogo de obviedades que mueve más a la risa que al espanto-, es probable que se consiga el efecto contrario al buscado y crezca el interés por lo que se pone en tela de juicio.

Un epílogo dedicado a Corea del Norte cierra este conjunto marcado por el oportunismo político como una de las bellas artes. Algo, por cierto, extendido hoy también en Occidente (aunque, de momento, un poco más sofisticado).

Con la revolución de terciopelo, los checos fueron capaces de liquidar el viejo régimen sin un solo disparo. El Museo del Comunismo, sin embargo, no le hace justicia a esa sutileza ni a esa perspicacia política. Al punto de que, una vez fuera de la exposición, queda la sensación de haber pasado por un laundry donde te lavan el cerebro por 190 coronas. El problema es que este tipo de enjuagues siempre sale más caro que lo que marca el ticket de la entrada.

Roger Bartra sobre el Muro y “El Comunista manifiesto”

Ostalgia

Portada de el comunista manifiesto

 

Hace un cuarto de siglo cayó el muro de Berlín. Recuerdo ese momento como una liberación. Sentí que me habían quitado un gran peso de encima. Sin embargo, muchos en la izquierda resintieron el hecho como si súbitamente hubiesen quedado huérfanos. Vivieron todos los acontecimientos que siguieron de manera trágica y no entendieron lo que había pasado. Quedaron desamparados en un mundo que había dejado de tener sentido. Muchos comunistas se sumieron en el estupor y la desorientación.

Por mi parte, yo que pertenecí al partido comunista mexicano durante muchos años, pensé que adquirían sentido los anhelos democráticos que había incubado desde hacía largo tiempo. El partido al que había pertenecido ya no existía. En aquel momento me pareció que la izquierda podría pensar en el futuro sin el agobio de ese lastre que fue el llamado “socialismo realmente existente”.

El día en que cayó el muro de Berlín recordé que, mucho tiempo antes, a comienzos de 1970, yo había viajado a esa ciudad desde Londres, donde vivía. La RDA me ofrecía una beca para estudiar allí un doctorado, gracias al apoyo de mi amigo Enrique Semo, que vivía en Berlín en esa época. Antes de aceptar me pareció prudente ir a Alemania Oriental para observar la situación. Lo que vi allí me espantó: una pesada dictadura oprimía a los alemanes del este, las universidades vivían sumergidas en un dogmatismo insoportable y la vida cotidiana de la gente era estrechamente vigilada por la Stasi. Me encontré en Berlín al historiador Friedrich Katz, quien me desaconsejó vivamente que estudiase allí. Poco después él abandonó la RDA. Yo me fui a estudiar a París.

Así que mis recuerdos de Berlín contribuyeron a que en 1989, cuando cayó el muro, sintiese una íntima satisfacción. Desde entonces –según lo expresa muy bien el intelectual cubano Iván de la Nuez– ya se puede aseverar, ahora sí, que el fantasma del comunismo se cierne sobre Europa, como afirmaron Marx y Engels hace más de 150 años. Iván de la Nuez en un libro inquietante (El comunista manifiesto, Barcelona, 2014) afirma que lo propio de los fantasmas es aparecer después de la muerte. Así que ese fantasma solamente pudo iniciar su recorrido después del fallecimiento del comunismo, en 1989, cuando cae el muro de Berlín. Ese mismo año, por cierto, el comunismo murió también, aunque de otra manera, en la plaza de Tian’anmen de Pekín.

No puedo menos que recordar a muchos de mis antiguos camaradas, viviendo como fantasmas la tragedia del fin del bloque comunista. Iván de la Nuez comenta que ha surgido un nuevo género en el cine (y en la literatura) equivalente al viejo Western inspirado en los colonizadores del Oeste norteamericano. Ahora con nostalgia ha surgido lo que llama el Eastern, ligado a la saga de quienes viajan a un ya perdido socialismo del Este. Lo define como una ostalgia, “una “melancolía –tenue y crítica a veces, exuberante y laudatoria en otras– en la que el pasado socialista aparece como objeto de añoranza ante los adversarios del recién estrenado capitalismo”. Cita dos Easterns clásicos que deben leer los interesados en la ostalgia: Koba el Temible (2003) de Martin Amis y Obra de arte total Stalin (1988) de Boris Groys, dos libros que nos llevan a viajar a la URSS estalinista.

La diferencia entre estos dos enfoques radica en que mientras Amis se pegunta cómo pudieron suceder el terror y el Gulag, Groys quiere saber si aquel horror puede ocurrir de nuevo hoy o mañana. Esta última pregunta, que plantea un intelectual como Groys, que nació en Berlín oriental y se formó en Leningrado, es particularmente inquietante. ¿Puede el fantasma reencarnar en las sociedades actuales? En todo caso, sabemos que circula en algunos rincones de las izquierdas que han sobrevivido al diluvio. Acaso pocos tengan como modelo a Corea del Norte, pero muchos, especialmente en América Latina, todavía creen que el socialismo cubano, con todo lo decrépito que sea su estado, sigue siendo un ejemplo a seguir.

Me pregunto si el fantasma no recorre hoy los campos de la izquierda mexicana, especialmente en Guerrero, donde diferentes corrientes políticas se enfrentan, bajo el peso de la herencia del antiguo régimen e incluso con la ayuda de la delincuencia organizada, en un escenario dramático. Ello ha provocado la más terrible crisis que haya jamás vivido la izquierda en México. Y también está confrontando al PRI a la persistencia de su pasado corrupto y autoritario.

(*) Publicado en Reforma, México, el 4 de noviembre de 2014. Se reproduce con la autorización de su autor. 

Del Western al Eastern

Iván de la Nuez

 

 

Este martes, 1 de julio, empiezo con una conferencia el ciclo Del Western al Eastern, en La Virreina-Centro de la Imagen.

Me acompañarán, hasta el 15 de julio, Abilio Estévez, Bashkim Shehu, Isaac Monclús, Monika Zgustova y Francesc Serés.

Un click sobre la imagen y podrán conocer las charlas, películas y horarios.

Sirva este post como invitación a los lectores del blog.

 

“El comunista manifiesto”, según César Rendueles

Iván de la Nuez

 

(*) Comparto aquí la reseña de César Rendueles sobre El comunista manifiesto, aparecida en Babelia, El País, únicamente en papel.

Go East!

César Rendueles

Un síntoma revelador de la atonía universitaria española es que, por distintos motivos, algunos de nuestros mejores ensayistas –desde Machado y Bergamín hasta Ferlosio pasando por Zambrano– han escrito de espaldas a la academia. Iván de la Nuez forma parte de esa honorable tradición. Es un francotirador que lleva veinte años publicando ensayos que son hitos de una exploración coherente y original del medioambiente simbólico contemporáneo. La balsa perpetua (1998), Paisajes después del muro (1999), Fantasía roja ( 2006), Inundaciones (2010) y ahora El comunista manifiesto diseccionan el sentido de la experiencia cultural postmoderna sacando a la luz su engranaje con algunos de los puntos de fricción política más inquietantes y urgentes de nuestro tiempo. Y lo hace con una escritura rigurosa pero también accesible y divertida.

El comunista manifiesto mantiene un parentesco estrecho con El mapa de sal (2001). En aquel ensayo Iván de la Nuez analizaba a través de la experiencia del destierro las cuentas pendientes que había dejado tras de sí el corto siglo XX, los abrumadores conflictos históricos que acechaban como espectros en un mundo globalizado y multicultural que se vanagloriaba de haberlos superado. El comunista manifiesto, en cambio, está escrito desde el momento en que esas tensiones nos han estallado en la cara: la recesión económica, los enfrentamientos de clase, la deslegitimación de las instituciones políticas, el retorno del totalitarismo… Iván de la Nuez opta por acercase a esa crisis creciente mediante una estrategia oblicua, diagnosticando el Occidente capitalista a través de su recepción de las ruinas culturales del socialismo real. 

Desde 1989 se ha producido un retorno estético del comunismo en el territorio de los vencedores de la Guerra Fría: “Después de ocurrir como tragedia, después de acontecer como farsa, el comunismo –entrada la segunda década del siglo XXI– está ‘sucediendo’ en Occidente como estética”, escribe De la Nuez. “Llamémosle Fantasma a este regreso o Tercera Posibilidad de los acontecimientos. Llamémosle Eastern”. En las dos últimas décadas, la cultura de los países de la órbita soviética ha suscitado una intensa fascinación que se refleja en una enorme cantidad de obras de arte, libros, exposiciones y películas recientes. Andreas Gursky, Good bye Lenin, Frank Thiel, Slavoj Zizek, Vasili Grossman, Imre Kertész, Limónov… la herencia del otro lado del telón de acero ha perdido su halo exótico. A su vez, autores como Fogwill, Joan Fontcuberta, Ignacio Vidal-Folch, o Frances Serés –por mencionar sólo los más cercanos– utilizan la vida cotidiana de los países del Pacto de Varsovia como materia prima de sus obras. Iván de la Nuez examina minuciosamente esta recepción de la herencia cultural de los países del entorno soviético, pero El comunista manifiesto no es un ensayo sobre el socialismo real. El repaso de la fagocitación simbólica occidental del comunismo es una herramienta hermenéutica para mostrar el malestar político del capitalismo, la “sospecha sostenida de que el Muro se desplomó hacia los dos lados”.

Al menos desde 1917, el Este ha sido una especie de figura de Roschard en la que Occidente ha proyectado sus miedos y sus anhelos. Las potencias capitalistas permitieron y alentaron el estado de bienestar europeo como un dique de contención ideológico frente a la tentación comunista que acechaba a pocos kilómetros de Bonn, Estocolmo y Copenhague. Al mismo tiempo, el capitalismo logró perfeccionar la planificación autoritaria, la burocracia y el sometimiento del individuo con una eficacia inaccesible para el estalinismo. El comunista manifiesto saca a la luz la supervivencia de esta dialéctica en la lógica del consumismo cultural postmoderno incluso una vez que ha desaparecido la contraparte comunista. Por eso Iván de la Nuez concluye interpretando las estrategias antagonistas contemporáneas como un intento de encontrar una salida al agotamiento de ese espacio político: “Si hasta ahora los occidentales entendíamos por ‘política’ algo que no podía concebirse al margen de la democracia, hemos llegado a un punto en el que la ecuación contraria empieza a ser practicada por una parte de la ciudadanía, que comienza a apañárselas para practicar la democracia al margen de la política. Al menos, de La Política. (…) Considerando lo público más allá de lo estatal, lo privado más allá de lo meramente individual, lo social más allá de lo meramente masificado”.

 

 

El comunista manifiesto en “Rusia Hoy”

Iván de la Nuez

 

Comparto aquí mi diálogo con Ferran Mateo para Rusia Hoy sobre El Comunista manifiesto. En negritas, las preguntas de la entrevista.

Después del derribo del muro de Berlín, del que se cumplen ahora veinticinco años, el comunismo se ha convertido en un fantasma que recorre Europa. Derrotado en el plano político, y casi como una venganza, el espectro de la otra mitad del antiguo sistema bipolar se ha refugiado en una dimensión estética mucho más cómoda y su aura exótica es explotada por el capitalismo, que la ha convertido en mercancía. Ésta es la tesis que defiende el ensayista Iván de la Nuez en su último título publicado, ‘El comunista manifiesto’. “Después del fin de la URSS -se pregunta el autor de origen cubano- el problema ya no es que vengan los rusos, sino la incertidumbre de a dónde iremos a parar los occidentales”.

 

El ensayo El comunista manifiesto se publicó en octubre del año pasado y al mes siguiente estalló la crisis en Ucrania que, a fecha de hoy, sigue irresuelta. ¿Cómo sigue esta situación de enroque, que parece un viejo pulso Este-Oeste?

Como puede imaginar, con mucho interés. Es una batalla entre la idea de Europa Occidental que sostiene la comunidad europea y la idea euroasiática de Putin, que viene siendo una Unión Soviética sin comunismo. Si en El comunista manifiesto hablo de una actualización estética del estalinismo, ésta lo sería desde el punto de vista estratégico.

En todo caso, es casi obvio que un presidente ruso salido del KGB crea que es posible recuperar aquella esfera de influencia. No sé si es más preocupante la pujanza postsoviética o la debilidad de la Europa Occidental.

Eugen Ruge, autor de En tiempos de luz menguante, ha comentado que los ciudadanos de la Alemania Oriental intentaron en un principio olvidar pero que ahora han empezado a reflexionar sobre su identidad, algo que quizá haya motivado en parte esa vuelta al Este por la vía de la estética. Como ha escrito en su ensayo, los hechos son tozudos… tanto como los desechos.

Que los hechos son tozudos es algo que decía Lenin. Lo que yo añado es que los desechos, entre ellos las ruinas, también lo son: al final se imponen sobre cualquier teoría. Algo de eso define ese revival del Este como una estética. Aunque por debajo de la melancolía lo que sucede es también una cierta humanización de todo aquello. Y una especie de nostalgia bucólica por un mundo manual, pre-digital, que se viene abajo con el comunismo.

Cuando alude a la experiencia estética del Este cita como ejemplo el boom de las exposiciones sobre el arte y el diseño soviéticos, con un interés renovado. En cierto modo, ¿no es algo natural después de que hayan estado tanto tiempo en la sombra?

Tiendo a sospechar bastante de lo que parece ‘natural’. Como dice, es curiosidad, pero también oportunidad. Antes sólo unos privilegiados podían ver lo que pasaba al otro lado del telón de acero. Hoy, son millones los que pueden hurgar allí, buscar en Google o pasearse sobre las ruinas y riquezas del imperio derrotado. Como quien visita un museo, un viejo campo de concentración nazi, una ciudad de la antigüedad o un parque temático. No hay que olvidar, por otra parte, el saldo de patrimonio cultural que se amasó bajo el comunismo, en el que podemos encontrar a un Malévich y a un Tatlin, a un Eisenstein y a un Tarkovski.

Señala la “fascinación por las ruinas de una epopeya desproporcionada” a partir de muchos ejemplos de recuperación del legado soviético por parte de artistas e investigadores. ¿Despiertan más curiosidad estas ruinas que las del capitalismo, desperdigadas por Detroit o por los países castigados por el boom de la construcción?

A la gente de Occidente suele fascinarle las ruinas que no son las suyas. Detroit es un caso especial y ha atraído el interés de bastantes artistas. Existe, por ejemplo, un impresionante trabajo fotográfico de Stan Douglas. Y la verdad es que allí, además de las ruinas físicas, uno encuentra una ruina simbólica (Detroit como la meca de la industria automotriz), o una ruina cultural (Detroit como la meca de la Motown y la música negra).

El comunismo vencido lo que hace es proporcionarnos, como nunca antes en la historia, unas ruinas en tiempo real. Ruinas de un imperio vencido cuyo tótems tecnológicos no pueden enchufarse en el resto del mundo. Más que por obsolescencia, son ruinosos por incompatibilidad.

El hecho de que una parte de la población y de la intelectualidad europea mirara para otro lado por lo que respecta a las sombras de la utopía comunista, ¿ha facilitado la fetichización del comunismo como mercancía?

Desde luego, esa es una parte importante del problema. Pero lo fundamental, creo, es que esa fetichización procede de algo que no se nos ha dicho. Y es que el comunismo, una vez vencido, no fue enterrado, sino colonizado, y en el paquete entraron muchos activos, no sólo los culturales: desde el autoritarismo hasta el plutonio. Creo precisamente que la actitud del intelectual debería ser la de negarse a jugar con las cartas marcadas.

¿Siguen las ideas utópicas del comunismo circulando con otras formulaciones en esta nueva etapa de defensa de derechos, vista la brecha enorme que se ha acentuado como nunca entre ricos y pobres, y todo ello en un nuevo contexto de control y gestión de datos personales?

Estamos viviendo un emplazamiento del capitalismo clásico, que es el que no tiene máscaras. Un capitalismo que es, cada vez más, sólo para capitalistas y que ni siquiera hace ver que es bueno para todos, como ocurría en las décadas de 1950 a 1970. Este capitalismo que parte en dos a la sociedad va a crecer, pues sin Estado del bienestar no hay socialdemocracia ni clase media que valgan. El modelo económico es autoritario y el político también lo es. El triunfo de la seguridad sobre la libertad me parece muy peligroso y pone en entredicho la democracia occidental, que por otra parte resulta que es minoritaria en el mundo.

La demolición del Estado del bienestar aparece como una de las grandes víctimas de la caída del Muro. Era la cara amable que se mostraba a la otra mitad para provocar el deseo de pertenecer a él. La lucha de la sociedad civil ahora es, precisamente, volver a recuperar lo desmantelado y desactivar los discursos que lo justifican.

El fin del Estado del bienestar no será el último de los desmantelamientos. Primero fue el comunismo, después la socialdemocracia y no tengo dudas de que el próximo paso será un golpe muy frontal contra el liberalismo como lo entendemos hoy. Avanzamos hacia una implantación mundial del modelo chino, en el que democracia y mercado se han divorciado ante el aplauso de casi todas las superpotencias, las viejas o las emergentes. También avanza una especie de ‘emiratización’ de muchos países, con leyes para nativos y leyes especiales para inversores. Ése es el camino a la vista. ¿Se le podrá seguir llamando a eso capitalismo?

Precisamente es en las formas contemporáneas del comunismo, como en China, donde los modelos se alían para convertir el sistema político en un engranaje todavía más refinado. ¿Adaptarse o morir?

El comunismo se parece más al capitalismo de lo que solemos creer. En uno se sublima el Estado. En otro se sublima el Mercado. Pero ambos son latencias de una pugna entre dos modelos para llevar a buen puerto eso que una vez llamamos modernidad. Los dos creen, asimismo, en el valor de las doctrinas, aunque en uno prime la mercancía y en otro la ideología. Ése es el motivo de mi afirmación de la caída del muro hacia el capitalismo, pues éste pierde el paso sin su pareja de baile. La confirmación la tenemos en China y en otros países emergentes, que serán las potencias del siglo XXI.

También el terrorismo islámico, que ya no plantea un conflicto basado en reglas de juego modernas, como la guerra, el pacto, la tregua, etc. Para combatir el comunismo, el capitalismo tuvo a la socialdemocracia, que en buena medida vino determinada por las luchas trabajadoras de todo un siglo. La socialdemocracia vendría a ser lo mejor de los dos sistemas. Pero lo que ha vencido es el modelo de China, que toma lo peor de ambos. La innovación de China no es el Estado autoritario y unipartidista, sino que eso case perfectamente con el mercado a gran escala.

La investigadora Babette Scurrell ha declarado que el sentimiento de decepción posterior a la caída del Muro fue porque se esperaba una “tercera vía”. ¿Se siente nostalgia del sistema anterior o bien de ese momento en el que parecen posibles otras opciones?

Es cierto que la decepción es hoy evidente. Incluso tiene un género para nombrarla, Ostalgia, la melancolía por la promesa que no fue. Pero igual de fuerte, o más, fue la euforia. La gente se ha decepcionado porque el comunismo totalitario fue sustituido por un capitalismo autoritario e insensible donde prima el mercado sobre la democracia.

Salvo la perestroika de Gorbachov, no creo que se plantease en el Este un término medio. Cuando Occidente invade con terapias de choque o se permite disminuir su democracia porque ya no tiene al enemigo tras el telón de acero, la gente que vivió bajo el comunismo entra en un trauma importante. Aparte de que pasan de ser habitantes de un imperio a seres alojados en un mundo menor que tiene como máxima aspiración una Comunidad Europea que va perdiendo peso geopolítico a marchas forzadas.

Cita recuperaciones literarias importantes procedentes del Este, especialmente Vida y destino de Grossman con su mensaje humanista. Sin embargo, se publican básicamente clásicos y poca literatura contemporánea. ¿Es exagerado pensar que la literatura rusa se puso hace poco de moda en España como una especie de exotismo?

El 80% de la cultura actual está marcada por la frivolidad, así que no es descabellado unir el Eastern, la pasión por el Este de la cultura occidental, que yo describo con el exotismo del que habla Todorov o el orientalismo del que habla Said. Pero creo que hay que ser justos: recuperaciones como las de Vida y destino nos hablan de una preocupación sincera por el horror, por la zona sacrificial de las sociedades comunistas. No puede frivolizarse el Gulag en la Unión Soviética, la UMAP en Cuba, ni maquillar emplazamientos represivos de ese calibre. Y por eso es importante la recuperación del debate sobre lo siniestro. Pero, en todo caso, no estoy de acuerdo en universalizar aquellas experiencias, por mucho que expongan la condición humana.

Hablando de cultura actual, ¿son el panfleto y las redes sociales una pareja bien avenida?

Las redes sociales, como fin, no me interesan, como tampoco el ciberfetichismo. Sublimar el medio, o el soporte, no es una política en sí. ¿Las redes como canal idóneo para el panfleto? Sí, pero también ha tenido mucho éxito en la edición tradicional en papel, como nunca antes creo. De hecho, desde el punto de vista del tanteo que representa todo ensayo no panfletario, es más interesante la existencia de esas redes desde las que se puede testimoniar o compartir o discutir el proceso de su escritura en tiempo más o menos real. Es lo que hice con mi blog y con las ideas de El comunista manifiesto.

En su ensayo afirma que lo que vende el panfleto es certeza y no duda. ¿Existe algún paralelismo con el discurso de los líderes? No me imagino a una figura como Putin vendiendo otra cosa que no sean certezas.

Algo de eso hay. Aquí, en España, tenemos líderes -o cargos- que ni siquiera nos dan certezas, sólo incertidumbres. En todo caso, no sé si eso, vender certezas, es lo que se le pide a los líderes políticos. Pero si sé que es lo que no tiene que hacer un ensayista.

El ensayo está repleto de anécdotas, datos, detalles de la política y de la cultura de masas que al alinearlos en el texto aportan nuevos significados. Imagino que después de poner el punto final se han quedado cosas en la recámara. Después de la lectura del libro, por ejemplo, al ver la película Gravity reparé en el detalle de que todos los problemas a los que se enfrentan los astronautas norteamericanos están causados por la basura espacial rusa. Más desechos…         

Después del punto final me han perseguido más datos o eventos, algunos ciertamente extravagantes. Apunto dos: Richard Branson, el multimillonario fundador de Virgin, se disfrazó de Che Guevara para vender teléfonos móviles por las calles de París, y luego, en la casa de subastas británica Dreweatts & Bloomsbory se subastó la camisa ensangrentada de Orwell, herido en la Guerra civil.

¿Qué le pareció la polémica de la publicidad de Louis Vuitton en la Plaza Roja, el lugar donde se encuentra uno de los grandes paradigmas de la Rusia actual, la momia de Lenin?

Lo de Louis Vuitton al lado de Lenin en la Plaza Roja es como la subasta de la camisa de Orwell o la emisión de una MasterCard con el rostro de Marx… Son buenos resúmenes del postcomunismo.

 Cita de Marx que los hombres se parecen más a su época que a sus padres. ¿Se está diluyendo también el concepto de época?

Lo que parece que no encontramos es la definición de la época que estamos viviendo. Pero eso es culpa de nuestra incompetencia, no de la época, que considero sumamente interesante.

Recurre a Limónov para hablar del impacto del anonimato en la transición del comunismo al capitalismo. ¿Por qué?

Limónov echa por tierra la idea de que el aplastamiento de la individualidad sea sólo un asunto exclusivo del comunismo. La normalidad capitalista puede también con ella, algo que Kafka ya puso en su sitio mejor que nadie. Pero lo más interesante de Limónov es que representa un fenómeno trágico. El de una contracultura que no tenía lugar bajo el comunismo y que es asimismo arrasada con el advenimiento de la transición poscomunista. Sueño con esa exposición sobre la contracultura bajo el comunismo.

Madrid: El ensayo en el Reina Sofía / “El comunista manifiesto” en La Central de Callao

Iván de la Nuez

El próximo lunes 2, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS), presentaré la mesa Ensayando el presente. Será un debate con autores contemporáneos españoles que han publicado libros recientemente. Así César Rendueles (Sociofobia, Capitán Swing), Ramón González Férriz (La revolución divertida, Debate) y Antonio Baños (autor a su vez de La economía no existe, ediciones del lince; o La rebel.lió catalana, Grup 62).

Queríamos contar también con Marina Garcés y Silvia L. Gil, pero tenían compromisos, así que seguramente estarán en próximos debates sobre el ensayo contemporáneo en otras ciudades.

 

Al día siguiente, martes 3 en La Central, de Callao, presentaremos El comunista manifiesto, en conversación con Patricio Pron.

Queda invitada la gente de Madrid y alrededores.

El comunista manifiesto / Presentación mañana

Iván de la Nuez

Mañana, miércoles 27, presentamos El Comunista Manifiesto en Sant Feliu de Llobregat. Me acompañarán Daniel G. Andújar y el anfitrión, Ángel Merino. 

Será a las 19:30 en el Ateneu Santfeliuenc ( C. Vidal i Ribas, 25).

El encuentro cuenta con el soporte de la Universitat Social Lliure Autogestionada (USLA), el propio Ateneu y el Ayuntamiento de Sant Feliu de Llobregat.

Les esperamos.

El comunista manifiesto / Dos nuevos ecos

Iván de la Nuez

 

A partir de una conversación, César Rendueles lee así El comunista manifiesto en Eldiario.es. Y así lo lee Robert Madrigal en su blog Diletante sin causa.

Seguimos…

Sobre “El comunista manifiesto” / Entrevista en El Mundo

Iván de la Nuez

Aquí la conversación con Luis Alemany, publicada ayer en El Mundo, sobre El comunista manifiesto. Y en la imagen, un momento de la presentación del libro con Joan Tarrida y Joan Fontcuberta.