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¿Qué queda de Picasso en el siglo XXI?

Iván de la Nuez

 

Desde el suplemento uruguayo Lento, el crítico Riccardo Boglione pregunta a 13 críticos sobre la supervivencia de Picasso en el siglo XXI. Comparto aquí mi respuesta, a la que siguen -por este orden- las opiniones de Rosalind Krauss, Juan Manuel Bonet, Sylvia Werneck, Luis Camnitzer, Elio Grazioli, Verónica Cordeiro, Sergio Rojas, Nelson Di Maggio, Ana Longoni, Pablo Thiago Roca, Stefano Chiodi y Boris Groys.

Las dos preguntas a las que había que atender eran estas: ¿Qué queda hoy de Picasso, paradigma del artista del siglo XX? ¿En que medida y cómo –si lo es– su obra es todavía vigente?

Supongo que de Picasso queda todo aquello que el sistema del arte del siglo XXI aún arrastra de ese siglo XX, que no es poco. La sublimación del artista como héroe, la pulsión exhibicionista traducida en una desmesurada presencia pública, el museo como altar de consagración, el mercado como entidad inevitable (y perdonable), el compromiso de izquierdas combinado con el pedestal del genio…

Digamos que casi todo lo que le calificaría como lo contrario a Duchamp. Nada extraño, por otra parte, si atendemos a la idea de Octavio Paz que los identifica a ambos como los artistas más importantes del siglo XX. Picasso, por su exceso de obra; Duchamp, por su escasez de obras (que era obra en sí misma). Con esta afirmación, Paz erigió una vía infalible de interpretación y, al mismo tiempo, levantó un tabú: desde entonces, ha sido complicado esquivar esa dicotomía en la que Picasso aparece como el artista insaciable, exuberante e instintivo que lo fagocita todo.

Su obra es todavía vigente en lo que consiguió anticipar de este siglo XXI en el XX. Empezando por una idea fija que heredamos del siglo pasado sobre el fin del arte, y de la que Roger Caillois habría “culpado” a Picasso, calificándolo como su “gran liquidador”. Si nos alejamos un poco de los asuntos meramente estilísticos -su capacidad para percibir los múltiples ángulos de las cosas, su sentido de la simultaneidad-, y tratamos directamente con la incomodidad, incluso la impotencia, que ha provocado su impacto, su vigencia puede medirse además por el grado de contrariedad que ha desencadenado.

Ahí tenemos un libro como Contra el Guernica, de Antonio Saura (con prólogo de Félix de Azúa), que desmonta el “circo político” alrededor de la devolución del cuadro a España por parte de Estados Unidos, o el modo en que esa misma obra es colocada en la colección del Museo Reina Sofía de Madrid. Un emplazamiento que se desmarca del Picasso genio por encima del mundo y lo sitúa dentro de un sistema de relaciones que explican la Guerra Civil española. Pienso en Economía: Picasso, proyecto realizado en el Museo Picasso de Barcelona, por Valentín Roma y Pedro G. Romero, en el que, además de atender al valor generado por el artista, consiguen construir el diálogo supuestamente imposible con Duchamp y así quebrar la frontera que Octavio Paz había levantado entre ambos.
En esa perspectiva revisionista –y muy siglo XXI- no hay que olvidar Survivng Picasso, propuesta a largo plazo de Rogelio López Cuenca, que aborda el intercambio entre el pintor malagueño y su ciudad natal (especulación inmobiliaria incluida). Una indagación de cómo un artista se convierte en firma, y de cómo esa firma se convierte en marca (acaso la más rentable en la historia de la cultura moderna). El Picasso que concibió imágenes devenidas en iconos –el Guernica, los toreros, la paloma, el Quijote- es recibido en el siglo XXI con la perspectiva cambiada: la de un icono devenido en imagen (del éxito, de su ciudad, de la riqueza, del pueblo, del compromiso).

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