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Mafalda cincuentona

Iván de la Nuez

 

 

Según el dibujante Quino, Mafalda, tal como la conocemos, nació el 29 de septiembre de 1964. Así que sus 50 deben celebrarse este año 2014.

Si los que nacimos en el 64 ya estábamos reconfortados con cumplir la media rueda junto a Elle McPherson o el primer disco de los Rolling Stones, hacerlo el mismo año que Mafalda sube unos puntos la zona infantil de la autoestima.

1964 fue, asimismo, el año en que los científicos Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron los pormenores del Big Bang. Y Mafalda fue, qué duda cabe, un Big Bang en el imaginario latinoamericano, donde ocupa un lugar privilegiado junto a otros héroes de ficción, como Aureliano Buendía, Pedro Navaja, Inodoro Pereyra, Doña Bárbara o Beatriz Viterbo, por citar sólo algunos nombres de los que, por otra parte, se distancia en la actitud.

Como Charlie Brown, el “hijo” de Schulz, se trata de una niña increíblemente dotada para la observación y la reflexión. Pero, a diferencia de Charlie, que sólo habita en un mundo infantil junto a su perro Snoopy, Mafalda está en permanente tensión con el mundo de los adultos, que a fin de cuentas es el mundo que le ha tocado en herencia, el poder contra el que a menudo se rebela, la autoridad hacia la que expresa su desacuerdo. Un mundo que no ha elegido y que, a la mínima, deja en evidencia o le enmienda la plana con su lógica implacable en medio del absurdo.

Todo el mundo recuerda algún chiste de Mafalda, o su aversión a la sopa, así que no vale la pena repetir alguno aquí. En cambio, quizá sí valga la pena refrendar su actitud. Mafalda le habla al mundo –los globos terráqueos abundan en la tira- de tú a tú, sin complejos de ningún tipo y eso la convierte, posiblemente, en el primer personaje “global” de la cultura latinoamericana. Mafalda no se siente inferior a nadie, entre otras cosas porque se sabe habitante del planeta, por más que su argentinidad aflore cada dos por tres.

Su única arma es el talento mezclado con inocencia: un cóctel que se vuelve letal cada vez que abre la boca. Sin deudas, ni culpas, ni complejos. Sólo, para decirlo desde el lema favorito de Danton, con “audacia, audacia, y más audacia”.

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