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El Negro Iván y el Big Data

Iván de la Nuez

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Hace unos meses, me dio por escribir algunos artículos sobre el control de nuestros datos en Internet, el precio de cada paso que dábamos en la red y, en fin, el uso y abuso que de esos datos hacen las compañías, los gobiernos, las agencias de seguridad. Unas veces escribía espoleado por un libro de Evgueny Morozov o de César Rendueles, otras por la visita a la exposición Big Bang Data… El caso es que aquellos artículos dejaban una sensación apocalíptica, un sentimiento de “todo está perdido”; más bien “todo está vigilado”.

Una experiencia posterior me ayudó, sin embargo, a matizar esas pesadumbres.

Resulta que, al enterarme de la muerte de Juan Formell, director de los Van Van, decidí regresar a los primeros éxitos de la orquesta. A unos años que coincidieron con la época en que yo era un muchacho allá en Cuba. Así que me metí en Youtube y busqué Marilú. Busqué De mis recuerdos, compuesta por Formell para Elena Burke. Busqué a Pastorita con su guararey.

¿Qué pasó? Pues que, a la tercera búsqueda, apareció en la pantalla un anuncio personalizado para este internauta obsesionado por los primeros Van Van. ¿Y qué me ofrecía el anuncio? Nada más, y nada menos, que un producto para alisarme el pelo.

Para El Gran Hermano de nuestros días, la conclusión es obvia: si te gustan los Van Van, eres negro; y si eres negro, no te gustan tus rizos. Una cadena de racismo múltiple que, al final, me dejó una salida aprovechable. Si esa es mi identidad, así me dije, entonces El Sistema es falible y la datificación del mundo tiene sus puntos de fuga. Digamos que, en medio de la agonía por el control total de Internet, se abrió ante mí una ventana cimarrona en la que, por unos instantes, llegué a sentirme a salvo de la confiscación de mi vida.

Ahora, como El Negro Iván Siempre Dispuesto a Estirarse el Pelo, había encontrado una brecha en El Sistema. Una vía de escape que me permitía jibarizarlo y salir huyendo, nunca mejor dicho, con mi música a otra parte. Aunque sólo fuera por Seis semanas.

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Del Apocalipsis a la apoteosis

Iván de la Nuez

 

 

Puede que Big Bang Data se convierta en la exposición más oportuna del año. Y es que resulta difícil imaginar otro proyecto cuya inauguración coincida con un debate tan encrespado alrededor del tema que propone. Evgeny Morozov o Luke Dormehl, Edward Snowden o un estudiante holandés, grandes diarios o diversos sitios en la Red han acompañado su emplazamiento con alertas muy contundentes sobre el uso de nuestros datos en Internet y el peligro que ello supone en materia de libertad o de protección. Datos que, dicho sea de paso, no son ofrecidos por el espionaje o la vigilancia de antaño —KGB o Stasi, CIA o FBI, Mosad o Interpol—, sino por nosotros mismos, que vamos desgranando, minuto a minuto, el catálogo de nuestros perfiles para uso y abuso de las compañías comerciales, los Gobiernos y sus agencias de seguridad.

En uno de sus artículos con tono apocalíptico —No vendamos nuestra auténtica humanidad—, Morozov ponía el ejemplo del estudiante holandés que llegó a vender sus datos mediante una subasta: pensamientos, visitas, documentos, correos electrónicos, mensajes, agenda… En fin, casi toda su vida, como una ironía de todo lo que llegamos a regalar, no siempre de manera consciente, de nosotros mismos. El lema final de la operación era tan agónico como el título de Morozov: “Facebook no es gratis. Lo pagas con tu identidad”.

En una línea parecida se explayaba, desde The Guardian, Luke Dormehl. En su caso, enfocado en métodos de reconocimiento facial que, en breve, serán utilizados por algunas compañías —Facebook, Google o Tesco— y ofrecerán pistas sobre nuestros gustos o tendencias de consumo con un altísimo porcentaje de acierto.

Crece, en fin, una corriente de sospecha, por no decir paranoia, que ha venido arrastrando a un número creciente de individuos que se sienten amenazados y al mismo tiempo responsables de su desprotección. Una situación que estos autores consideran irreversible, narrada desde una preocupación que llega demasiado tarde. El eslogan “Internet nos hará libres” parece desdibujarse ante la certidumbre de que, al menos, también nos puede hacer esclavos.

En todo caso, el don de la oportunidad no es el único, ni siquiera el más importante, acierto de Big Bang Data. De hecho, aunque los desvelos mencionados recorren la exposición, esta sobrepasa la percepción apocalíptica para avanzar en su dimensión, digámoslo así, apoteósica. Todo a partir de un recorrido organizado en diez ámbitos que van desde la geografía emergente hasta la indagación en una cultura crítica y específica de la era digital.

Sin tratarse de un proyecto cronológico —no estamos ante una historia de eso que sus comisarios llaman “datificación del mundo”—, sí se nos proponen algunos hitos temporales que van desde los mapas hasta la conversión de los datos en esculturas físicas (o desde aquellas tarjetas perforadas de principios de los años cincuenta hasta la edición de un diario deportivo del próximo 2018). Entreveradas, encontramos piezas o evocaciones de David Bowen y Chris JordanTimo Arnall y TeleGeographyRosetta Disk y Aaron KoblinFernanda Viegas y Martin WatterbergBasurama y Paul Virilio… Obras que exploran o evidencian cómo los GPS y los teléfonos móviles, Twitter y los datos comerciales del turismo, Facebook o el sexo concreto de una pareja se constituyen en cultura, pensamiento, narrativa, arte…

El eslogan “Internet nos hará libres” parece desdibujarse ante la certidumbre de que, al menos, también nos puede hacer esclavos. Big Bang Data cumple, entonces, un doble objetivo: por una parte se presenta como anclaje de todos esos asuntos; por otra parte, se expande como un ente efímero desde el que resplandece su condición inabarcable. La exposición no sólo hace gala de su complejidad, sino que también está obligada a una gama de estrategias que le permitan traducirla a los visitantes o copartícipes que la cruzan.

Tal vez, en ese empeño por esclarecer el espeso contenido del proyecto, resulte demasiado aséptica, con su predisposición casi absoluta al minimalismo. Y quizá, en la confianza de que aquello que no consiga el display puede ser compensado en los laboratorios y talleres, resulte algo desproporcionada (carga la mano en la cartografía). Una descompensación que, por cierto, no se da en la tensión entre su ciberfetichismo y su cibercriticismo, que parecen haber firmado una tregua.

Asimismo, uno sale con cierta confirmación del carácter infalible de Internet; como si la zona pornográfica, rudimentaria, gamberra, kitsch, incluso barroca del sistema no fuera capaz de jibarizarlo y llevarlo a los límites de su legislación o funcionamiento.

Big Bang Data es deudora, entre muchos otros, del paradigma Complexity, aunque se instala en un momento en que el de la Desigualdad (Inequality) está llamado a afianzarse, como puede verse cruzando una calle o en el último libro de Thomas Piketty. Desde esa circunstancia, es muy probable que todos los conflictos se subordinen a esa disparidad que también crece por minutos bajo esa montaña de datos que nos presuponen entregados, de motu proprio, a nuestra dominación.

(*) En la imagen: Instalación ’24 hrs in photos’ de Eric Kessel. Foto de Gunnar Knechtel.

(*) Bing Bang Data se expone en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona hasta el 26 de octubre.