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El artista reaccionario de un arte por venir

Iván de la Nuez

prova

 

Uno. Javier Codesal es un artista pionero y, al mismo tiempo, reaccionario. Un valedor de la modernidad que el videoarte español le ha transmitido a esta época y, sin embargo, un renegado que se opone a usar tal soporte para maquillar lo que esa modernidad no ha conseguido transformar. Así pues, Codesal no sublima –más bien lleva al límite- una disciplina que ha hecho pasar por unos principios muy concretos: expansión, historicidad, dualidad, precariedad, inclusión, intimidad, narratividad, tecnología…

Por encima de todos, un principio artístico innegociable a la hora de encarar su poética: el principio del fin. (*)

Antes de Codesal (aC), buena parte del videoarte español estaba encaminado a validar el triunfo de lo contemporáneo sobre la tradición. Después de Codesal (dC), resulta un poco más evidente que esa contemporaneidad ha quedado jalonada por mucho de lo que parecía domado: la represión sexual y los determinismos familiares, lo religioso y lo militar, la enfermedad y lo atávico. Sus piezas dejan escuchar el latido primigenio que sobrevive en el mundo de hoy. Y es, en esa paradoja, donde encontramos las claves de un arte a contracorriente, activado desde un anacronismo entre el medio y lo que este, finalmente, saca a la luz.

Estamos en presencia de una obra litúrgica, que no se contenta con describir los ritos sino que es, ella misma, ritual. Una obra que no muestra el arte de la libertad, sino el arte de una liberación. Codesal nos está diciendo, en gerundio y en tiempo real, que no es un artista libre, sino algo más honesto y difícil: es un artista que se está liberando. Y lo que le importa, a fin de cuentas, no es el peso de la libertad, sino el precio de esa liberación en este presente perpetuo que parece construido -más que por el olvido- por la lobotomía.

Codesal intuye que, entre otras cosas, es perentorio liberarse del medio artístico. O, al menos, pasar de puntillas por sus inmediaciones. Y no porque prefiera ser un artista desconocido. Es porque sabe que muchos prefieren no conocerle demasiado, como si así pudieran esquivar el espejo que nos ha reservado en cada una de sus obras.

La adolescencia y la belleza, lo permitido y lo prohibido, quedan a la vista de todos. Lo que ya no es tan obvio es la escala de estremecimientos que provocan o el modo en que nos indican que algo está por suceder. Codesal es un retratista de la intuición de ese porvenir. El archivador de un preámbulo que otros llamarán proceso y que en él no es más que la visualización de un ensayo: una prueba.

 

Dos.  ¿Acaso Prova no cumple los requisitos de un ensayo expandido que va atravesando, en tiempo real, la construcción de la pieza? ¿Y acaso esa pieza no está siempre por alcanzarnos y es, en esa mediación y esa ausencia, donde el artista encuentra –digámoslo con Lezama Lima- su definición mejor? ¿Y no es Prova, precisamente, un territorio que implica al artista y también a todo lo que lo supera? ¿Un ágora tensa desde la cual discrepan la obra y lo que queda fuera de la obra?

En esa erótica contenida, tal como lo entendió Susan Sontag, hay un temblor que pone en tensión al espectador y a los actores. Un desequilibrio a partir del cual el artista está obligado a ensayar qué hacer. Nótese bien: ensayo y no Work in Progress, ni Lab, ni ninguno de esos eufemismos con los que el arte contemporáneo ha banalizado su propio lenguaje.

Ese ensayo de Codesal prefigura ese arte mediante preguntas simples y a la vez incómodas: “¿dónde iré?”, “¿quién me consolará?”. Se trata de un experimento con situaciones tan físicas como metafísicas, tan concretas como abstractas, tan inmediatas como intemporales. Todo desde un arte a destiempo que, a base de hurgar en los procedimientos del presente, se niega a lo fácil, lo que está a mano, lo que salta a la vista, la realidad que se nos intenta imponer.

Por eso, no estamos hablando de un arte fuera del tiempo, sino de un tiempo fuera del arte. Y por eso, su grandeza no consiste en poner el arte al servicio de estos tiempos –como hace el (mal) arte político-, sino en sacar a estos tiempos de la servidumbre del arte. Una usurpación que sustituye la exhibición por la inhibición. Porque, en muchos sentidos, Prova es lo que no debería exponerse. De ahí que esta pieza abarque el templo y, asimismo, la expulsión del templo.

 

Y tres. Prova es, si puede decirse así, un Anti-Ready Made. Una obra que arrastra el convencimiento de que ya no queda nada por traer -como la ofrenda al Minotauro- al núcleo del arte. Codesal entiende, más bien, que queda mucho por expulsar de esa secta.

Como todo buen ensayo, Prova no es una obra cerrada. Tampoco, en sus múltiples planos, se presenta como portadora de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y es, por eso mismo, que no miente.

Javier Codesal se hace a sí mismo, a la vista de todos, las preguntas que solemos hacernos a escondidas. Sólo que en él la transparencia nunca adquiere la forma de la impudicia ni es una coartada para teatralizar la verdad. Si la honestidad fuera un valor artístico, la suerte de Javier Codesal en el arte español hubiera sido otra. Pero eso tampoco es demasiado importante en este ensayo sobre nuestra inquietud, esta prueba filtrada por esos vitrales que dejan entrar una luz que es iluminación y, a la vez, escamoteo de lo que podemos ver. Codesal se vale para ello de su maestría a la hora de trabajar en dos planos. En ese dejarnos ver y ocultarnos al mismo tiempo lo estático y lo móvil, lo fugaz y lo perenne, la luz y la sombra, lo místico y lo carnal… En fin, todas esas dualidades que le pueden dar forma a la vieja pregunta sobre el Bien y el Mal.

En todo esto hay una ética. Un código que en ningún caso nos invita a pensar como el artista, sino a pensar junto a él, sin compromiso alguno de alcanzar las mismas conclusiones. Codesal nos lleva hasta una sala de espera desde la que tenemos que preguntarnos por lo que vendrá. Como los militares se preguntan desde el simulacro, los deportistas desde el entrenamiento, los arquitectos desde sus planos, el escultor desde sus bocetos y el novelista desde sus borradores.

Prova es, a fin de cuentas, una conspiración. Una trama urdida –desde la tradición- para obligarnos a pensar en el futuro. Algo hay en esta pieza de Montaigne o Pascal, Marx o Rousseau, Huxley o Paz, Sarduy o Borges. Todos esos confabulados…

La obra de Codesal –y Prova en particular- funciona como un ancla en la tormenta. Y por eso, al final, el éxtasis que tiene lugar en ella no es conclusión, sino excedente. Un residuo tóxico de lo que se ha puesto en juego.

Ese es el momento en que su arte –delicado y espiritual- enseña las vísceras. Entonces, como aquel bosque suyo que respira, deja latir –en escala humana- la intuición y la angustia de lo que está por llegar.

 

(*) Estos principios están elaborados en Iván de la Nuez y Julián Rodríguez: “Javier Codesal en el tiempo del videoarte”, texto que sirvió como introducción al catálogo de su retrospectiva Dentro y fuera de nosotros, Palau de la Virreina, 2008.

(**) Aquí una simulación de Prova.

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Entre el exhibicionismo y la vista gorda

Iván de la Nuez

brieva-tv

 

En los últimos días, guerras y maltratos, crímenes y conflictos, han consumado su colonización de ese otro campo de batalla que ya no podemos esquivar: la videosfera. Incapacitados para evitarlos, su omnipresencia ha acabado por convertirnos en testigos obligados de una deriva en la cual la violencia ya no sólo necesita difundirse; exige, además, imponerse. No nos remite a un estallido extraordinario; describe un acto cotidiano.

Lo mismo en los telediarios que en la red, en tertulias y en todo lo que disponga de una pantalla desde la cual inocularnos su mensaje. Así las decapitaciones del Estado Islámico o las ejecuciones del narcotráfico (cuya artillería videográfica nos hace sospechar de una complicidad profesional). Así las palizas entre adolescentes o un bombardeo, quemar a un mendigo o regodearse en una violación…

A los protagonistas –en este caso los victimarios- ya no sólo les basta con utilizar las nuevas tecnologías. Sienten la irrefrenable necesidad de aparecer en ellas. Ya no les basta con producir, ahora también necesitan figurar.

Mediante esta obsesiva performance, matar o abusar, violar o extorsionar dejan de ser actos clandestinos para monopolizar el primer plano de la visibilidad.

La banalidad del mal –que inquietó a Hanna Arendt-, y la transparencia del mal –que fascinó a Jean Baudrillard-, han dado paso a un tercer capítulo en esta escalada: aquel que refiere el exhibicionismo del mal.

Un exhibicionismo que, por cierto, no debe entenderse como mera postproducción, sino como una pieza imprescindible sin la cual los efectos buscados –de horror o de fascinación- no estarían conseguidos del todo.

Se da, por otra parte, la curiosa paradoja de que, mientras los hombres más buscados actúan desde la exhibición, los gobiernos y autoridades dedicados a buscarlos y capturarlos operan en la mayor opacidad. Hoy todos sabemos lo que hacen los malos, los detalles de sus argumentos, la secuencia milimétrica de sus procederes. Pero desconocemos lo que hacen las fuerzas del orden.

¿Cuestión de táctica? ¿Una estrategia para trabajar contra el mal desde sus mismas tinieblas? Permítanme el escepticismo. Lo que tiene un mundo hipervisualizado es que, salvo por imperativos de la hipocresía, resulta imposible hacer “la vista gorda”.

(*) La imagen es de Miguel Brieva.