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Gratitud (con La negra Flor)

Iván de la Nuez

 

A raíz del atentado terrorista en Barcelona, recibí decenas de mensajes y llamadas de preocupación. Amigas y amigos de todas partes del mundo. Algunos que no veía desde hace muchos años, consternados por lo ocurrido.

Mil gracias. Les regalo a Radio Futura con “La negra Flor”, una oda a la Rambla transcultural que vitamina Barcelona. Que sigue ahí. Aquí. Barcelona y la vitamina.

 

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De la estratosfera al cabaret

Iván de la Nuez

FONCU-MOLINO

En junio de 2006, el programa Cuarto Milenio estuvo dedicado a un astronauta soviético que, tras una accidentada misión espacial, había sido borrado de la historia. Se trataba de Ivan Istoichnikov, cuya historia se había conocido finalmente en 1997, casi treinta años después de los hechos y cuando ya la desintegración de la URSS era irreversible.

Un libro titulado Sputnik –editado por la Fundación Arte y Tecnología con al apoyo de la Federación Rusa y el gobierno de España- recuperaba la biografía de este cosmonauta que en 1968 había tripulado la nave Soyuz 2 con el objetivo de explorar el espacio. Asimismo, daba cuenta de la interrupción abrupta de ese viaje debido al impacto de un meteorito.

Como no era descartable un ataque enemigo, norteamericano o extraterrestre, el Kremlin, por si las moscas, decidió silenciar el hecho. El mundo estaba en plena Guerra Fría y ni Estados Unidos ni la URSS se concedían un solo centímetro del Cosmos en su carrera espacial. Así que, por el bien del comunismo, Istoichnikov desapareció de todos los archivos que probaban su participación en la leyenda de la cosmonáutica soviética.

El libro -originalmente bilingüe, en ruso y español- estaba bien nutrido con decenas de fotos, documentos, facsímiles, y demás pruebas de la vida de Istoichnikov, ese “pequeño Orfeo rescatado de la razón de Estado”.

Unos días después de aquella emisión, se destapó todo. Y quedó al descubierto que la historia era un proyecto artístico de Joan Fontcuberta, ensayista y fotógrafo que se había tomado el trabajo de construirla en todos y cada uno de sus detalles. (Hubo, incluso una queja formal del embajador ruso).

Esta pormenorizada ficción, que pronto se convirtió en exposición, dejó su impronta en El cosmonauta, de Nicolás Alcalá, primera película española realizada con crowdfunding; o en Los Afronautas, serie fotográfica de Cristina de Middel; o en la exposición colectiva Fake, comisariada por Jorge Luis marzo.

Pues bien, una década más tarde, Fontcuberta lo ha vuelto a hacer. Esta vez, nos la ha colado en la recuperación de Ximo Berenguer, un fotógrafo valenciano que se fascinó por El Molino, al que fotografió obsesivamente bajo la influencia de su amante, el coreógrafo cubano Negrito Poly, quien le abrió las puertas de los camerinos y otros secretos del famoso cabaret barcelonés.

Así pues, entre fake y fake, Fontcuberta ha viajado del cosmos a la tierra, de la guerra fría interespacial a la transición caliente del cabaret. Un espacio que, desde el desmadre, se valió para poner en solfa el régimen –político y moral- del franquismo.

Revisando la edición de A chupar del bote, publicado por RM, mis sospechas al principio no se se encaminaron a la fotografía sino a la literatura. Algo me decía que detrás de los textos y canciones de Manolo de la Mancha podía estar Vázquez Montalbán.

Se da la curiosidad de que en El hombre de mi vida, su detective Carvalho asiste a la conferencia sobre Walter Benjamin que ofrece un fotógrafo “llamado Fontcuberta”. También que MVM ya había usado el seudónimo de Jack el Decorador para abordar una Barcelona sin modelo y sin marca en la que el efecto llamada no provenía de las campañas turísticas sino de la libertad.

Pero, al final, la clave estaba en estas fotografías (con autorretrato incluido). Como esas fotos analógicas de sus primeros pasos que Fontcuberta encontró en un cajón, se da el caso de que hay fakes que no están hechos para ocultar el mundo sino para revelarlo.

A chupar del bote, por otra parte, no desentona en el regreso a los años setenta del siglo pasado que hoy estamos viviendo. Con las reediciones de El Víbora, la reivindicación de la Barcelona libertaria o las memorias “a destajo” publicadas por Pepe Ribas. En fin, todo esto que, como el fake de Fontcuberta, nos dice que a veces las mejores vueltas son, precisamente, las revueltas.

(*) En la imagen: Fotografía de Ximo Berenguer (Joan Fontcuberta), realizada en El Molino, Barcelona, 1975. Del libro A chupar del bote, RM, 2017. 

La ciudad caníbal

Iván de la Nuez

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Cuando la ciudad sea, por fin, definitivamente orwelliana, tal vez estalle la guerra entre turistas y emigrantes. Con los habitantes locales en medio: atribulados entre servir a los primeros y expulsar a los segundos. A esos bienvenidos que llegan para gastar el dinero y a los “malvenidos” que han aparecido en su frontera para buscarlo. Ambas tropas frente a frente, gracias a esta economía de servicios en la cual nunca ha habido “efecto llamada” más poderoso que una campaña turística.

Antes que se desate semejante distopía, la ciudad habrá cumplido primero el ritual caníbal de devorarse a sí misma, el urbanita habrá fagocitado al ciudadano y las leyes urbanas, paradójicamente, se habrán engullido sin contemplación el “derecho a la ciudad”.

No es casual, entonces, que desde esta ciudad eventual (de festivales, congresos y ferias: de eventos), crezca la evocación de aquello que pudo ser. La nostalgia por la Barcelona previa a la marca y al modelo (que no a la Modelo). Una ciudad cuyo imán no era otro que la promesa de libertad. O incluso el libertinaje, para no ponernos demasiado trascendentes. Así queda recogido en A chupar del bote, un libro que recupera la vertiente subversiva del Molino, con las fotos perdidas de Ximo Berenguer y textos y canciones de Manolo de la Mancha.

Una evocación de otra envergadura es la que rastrea Carme Grandas en La Barcelona desestimada. Un estudio sobre los proyectos que en su momento no recibieron el “sí” de las autoridades públicas o privadas y que han conformado, durante siglo y medio, la historia de una ciudad paralela. Toda una tradición de concursos y adjudicaciones que traducen el pulso sin tregua entre la vanidad urbana y la necesidad ciudadana.

Esta ciudad -más que escondida, archivada- se aloja en las catacumbas de los proyectos rechazados y su recuperación nos confirma que los cambios de fisonomía prueban las mutaciones de las clases barcelonesas, sus prioridades, la repartición concertada de sus prestigios. Si una ciudad se descubre por lo que ha construido, también debemos conocerla por lo que ha rebatido construir.

Aquí Itziar González va más lejos, al proponer que lo mejor que puede hacerse por la ciudad es, precisamente, no construir nada nuevo. Bajo la sobredosis de oferta que plantea este modelo económico, la dieta urbana sería nuestra salvación, el único camino viable para dejar de zamparnos los unos a los otros.

Así las cosas, tampoco debe ser casual la reedición de El derecho a la ciudad. El clásico de Henri Lefebvre donde queda claro que la economía del turismo representa tanto el lugar de consumo como el “consumo del lugar”. Que la desindustrialización de la ciudad la hace retroceder a una condición medieval, por mucha Smart City que tengamos a mano. O que la primera función urbana del Estado es, precisamente, burocratizar nuestro hábitat. Así que la democracia implica saber, ante todo, que no hay ciudad ideal. Como tampoco hay habitante ideal: nuestra libertad urbana suele acabar donde empieza la del vecino.

En esta guerra civil, la ciudad continuará funcionando como ese “teatro espontáneo” donde sucede la política. Esa misma política que Itziar González abandonó con el objetivo de empezar a hacerla de otra manera.

El problema es que esto no parece aplicable a la ciudad, pues no hay manera de abandonarla para salvarla. A la espera de reconquistar nuestra condición ciudadana, los urbanitas estamos obligados a seguir fundidos con la ciudad. Sea nuestro propósito transformarla o destruirla.

 

(*) Fotografía de Manolo Laguillo: Proyecto Eixample (2012-2013), Barcelona.

Fotografía, cabaret y resistencia

Iván de la Nuez

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Comparto aquí la nota de presentación del libro A chupar del bote, el próximo miércoles 19 a las 19.00 en la Fundación Foto Colectania, de Barcelona.

Dice así:

Foto Colectania acoge la presentación del libro A chupar del bote, de Ximo Berenguer, a cargo de Horacio Fernández e Iván de la Nuez.
Editorial RM publica esta obra que recupera para la historia de la fotografía española el legado de Ximo Berenguer, autor fallecido prematuramente en 1978 a los 32 años de edad.

EL LIBRO

Entre 1975 y 1977, el popular music-hall barcelonés El Molino mantuvo en cartelera un espectáculo titulado A chupar del bote, que entre el esperpento y el despendole escarnecía la calaña de los chupópteros, tan profusamente implantados en suelo ibérico, mientras trazaba la crónica de la transición a golpes de destape y humor.
Atento a ese papel catártico que trascendía el simple entretenimiento, un joven fotógrafo decidió condensar en imágenes ese caudal histórico. Ximo Berenguer fue un fotógrafo valenciano afincado en Barcelona que participó activamente en los movimientos contraculturales de principios de los 70, legándonos un valioso testimonio gráfico de manifestaciones, conciertos, reivindicaciones sociales y toda la efervescencia política del momento. Su muerte prematura ocasionada por un accidente de motocicleta cuando regresaba de realizar un reportaje de Canet Rock dejó sumido su archivo en el olvido. Recientemente se ha recuperado la maqueta de A chupar del bote, que Berenguer preparó para proponerla como un posible título de la famosa colección “Palabra e Imagen”.

Actividad organizada en colaboración con la Editorial RM.

Entrada gratuita. Aforo limitado.
Después de la presentación se ofrecerá una cerveza Estrella Damm.
Los Amigos y Socios de la Fundación pueden disponer de asientos reservados.

Barcelona: ¿una ballena o muchas sardinas?

Iván de la Nuez

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Uno. Aparcada, de momento, la batalla entre la obsesión comarcal del nacionalismo y la sublimación urbana del socialismo, el barrio se impone ahora como panacea territorial en la política cultural barcelonesa. Y entre el “modelo” socialdemócrata o la “marca” liberal emerge una política que prima el matiz social de las inversiones culturales. Una política que, dicho sea de paso, sustituye el culto a la personalidad de los ilustres de antaño –los intelectuales actualmente conocidos como “casta”- por un culto a la despersonalización basado en un sujeto colectivo que no acaba de tomar forma, pero sí va adquiriendo contenido.

Si la red ferroviaria –trenes de cercanías, pongamos por caso- o la red de bibliotecas configuraron nuestra versión particular de la era del acceso -a Barcelona o al conocimiento-, ha llegado el turno a la era de la proximidad. Sólo que si antes la energía era imantada hacia Barcelona, hoy se expele desde esta hacia sus alrededores.

Sabido esto, no queda del todo claro si la apuesta por la periferia se debe a la generosidad de una Barcelona que se descentraliza a posta o si obedece a la rendición de una ciudad que ha perdido su capacidad nuclear. ¿Estamos ante una renuncia magnánima o ante una resignación que convierte la capital en capitulación?

Mientras se despejan estas dudas, resulta bastante obvio que la política cultural del Ayuntamiento no se encarrila por la banda, ni siquiera por la banda izquierda, sino por el mismo centro del campo. Con esas estrategias intercaladas entre la independencia y el federalismo, la marca y el modelo, el centro y la periferia, Barcelona y Catalunya. Desde esas mediaciones, se da por liquidada la época bipolar en la que socialistas y convergentes experimentaron sus propias versiones del Ogro Filantrópico, esa figura generosa y vigilante al mismo tiempo –protectora e inclemente- que Octavio Paz utilizó para describir la intervención del Estado en la cultura.

Los comunes tienen un proyecto que sustituye el mito de la feina ben feta por el del trabajo en perspectiva; que prefiere el laboratorio al museo, la performance a la obra estática, el ensayo al relato, la película móvil de los procesos a la foto fija de las inauguraciones. De ahí, esta ciudad en Work in Progress permanente, cuyo discurso cultural se pertrecha de un vocabulario fabril para definirse. Así las metáforas industriales, las fábricas de creación, las industrias culturales… Todo –otra vez la medianía- entre una reminiscencia del proletkult y la deriva postfordista de una izquierda tan proclive a Engels que parece sentirse más cómoda con La situación de la clase obrera en Inglaterra que con El capital.

Dos. Es poco discutible que los modelos y marcas establecidos por socialistas y nacionalistas se han agotado. Barcelona vive las consecuencias del paso de aquella imagen alegre de los políticos, con sus tijeras dispuestas a cortar alguna cinta en una inauguración, a la de los políticos con sus tijeras dispuestas a acometer todo tipo de recortes. Es poco discutible que los comunes de la nueva izquierda han encontrado una cultura que –entre el desplome de las ayudas públicas y la no conformación de una iniciativa privada medianamente eficaz- había entrado en un shock sin terapia a la vista. Y es poco discutible que cuando la centralidad consiste en apostar por una franquicia del Hermitage, y la descentralización en imaginar algo como BCN World (un megacasino con ínfulas), el golpe de timón ya no es sólo una necesidad, sino un acto de decencia.

Una economía de servicios acaba generando una cultura de servicios. Y, hasta hace bien poco, la diferencia entre los dos grandes proyectos de política cultural estaba en que la marca Barcelona daba por sentada la aceptación de esa correspondencia, mientras que el modelo Barcelona intentaba suturarla. Estas dos respuestas, con su repertorio de tensiones, eran conocidas por buena parte de los colectivos culturales y sus líderes, hoy en puestos políticos claves en el Ayuntamiento o incluso el Congreso de Diputados. Algunos de ellos habían actuado, durante un tiempo, como fases de ese sistema cultural colapsado: un capítulo disonante de las instituciones cuando estas se decidían a operar en modo crítico. (Esto también es poco discutible, por más que alguna urgencia épica disminuya hoy esa participación o expanda una imagen absoluta de esas instituciones como meros edificios de la casta).

Varios de estos colectivos entraban y salían de los centros de la cultura –CCCB o MACBA, por ejemplo- sobre la base de un contrato social no escrito que les permitía convertir sus intenciones políticas en proyectos culturales. Ahora, al revés, les ha llegado el momento de convertir sus proyectos culturales en política pura y dura.

Ya no constituyen una zona del sistema, son el sistema mismo. Ya tienen el poder –o gozan del empoderamiento, para mantenernos en la jerga vigente de nuestra eufemocracia-, ya forman parte del desastre. Y ya habrán comprobado, en fin, que es más fácil hacer una revolución desde el museo que una reforma desde el parlamento.

Siguiendo esa tradición tan barcelonesa según la cual hacer política es, sobre todo, hacer política cultural, no es extraño que las claves de la impronta descentralizadora también tengan su paradigma en referentes de la cultura. En un Reina Sofía, pongamos por caso, que es capaz de autoproclamarse como un museo “periférico” para abordar sus proyectos latinoamericanos y a la vez esquivar su sombra colonialista. O en la apuesta sorpresa de la próxima Dokumenta de Kassel, que ha desplazado el debate de Alemania a Atenas, para reflotar esa periferia que es hoy el núcleo mismo, no ya de la civilización, sino del desmontaje físico y cultural de ésta.

Esta “periferización” que hoy busca su clímax en el Besós, Hospitalet o Fabra i Coats no está a salvo de dificultades nuevas o de manías viejas. Con ejemplos tan cercanos como el Raval y el Born, o algo más distantes como Berlín del Este o Brooklyn, es fácil sentir el aliento de la gentrificación que suele acompañar a los emplazamientos culturales. En un trasvase que todavía es mas de discursos que de recursos, la cultura no puede repetir, en plan Sartre, que la especulación son los otros. Ya no quedan coartadas, ni fraseología crítica a mano, para disimular que el arte se comporta menudo como una avanzadilla de esos procesos de especulación urbanos.

Tampoco queda demasiado espacio para levantar una nueva mitología que, a base de negarlos, acabe repitiendo los latiguillos de la Catalunya auténtica o la Barcelona cosmopolita. Reivindicar el barrio está muy bien, pero no conviene sobrestimarlo hasta el punto de tratarlo como “lo real”. Eso es repetir un esencialismo tan arquetípico como el de la nación, el terruño, la ciudad, cualquier entidad imaginaria. En mi barrio, por poner un ejemplo con el que me tropiezo cada día, no nos va quedando otra identidad que la del bar y la farmacia, prácticamente los únicos elementos sólidos en pie después de la desaparición de centros de enseñanza, kioscos y otros vestigios de nuestra antigüedad material. Por no hablar de unos emigrantes que operan como usufructuarios de un territorio en el que apenas se integran, impermeables ante las nuevas costumbres y afianzados, aún con más desesperación si cabe, a sus viejos usos. Hoy el reguetón, el hip hop, las bandas urbanas, el fútbol con asado al aire libre, el picnic improvisado, la música a toda mecha o el botellón ofrecen, por esas periferias, un imaginario barrial que poco tiene que ver con los reductos del flamenco o la reivindicación de la vida charnega tan bien narrada, en nuestra antigüedad espiritual, por Candel, Vázquez  Montalbán, Juan Marsé, Francisco Casavella o Javier Pérez Pérez Andújar.

Tres. Estos son algunos trazos, a pie de calle, de esta Barcelona que hoy se escribe en gerundio, y en la que ya ha hemos pasado de los preliminares pero no vislumbramos todavía el orgasmo. Una ciudad en la que no rematamos, extasiada en un Work in Progress infinito desde el cual la independencia, el federalismo, la regeneración, lo que sea, está siempre, como la emblemática película de Guerín, “en construcción”. Una ciudad en la que la experimentación es marca, modelo y rémora, todo junto.

Con la diseminación de su poder, Barcelona está pasando de ser una ballena inalcanzable –independiente o acosada- a algo parecido a un banco de peces (gracias a esa apuesta por la inteligencia colectiva, los colectivos de creación, la acción social como una de las bellas artes). Esta mutación está, también, rodeada de peligros. Todos sabemos -para mantenernos en las metáforas marineras- que detrás de las sardinas siempre viene el tiburón. Y que no hay banco de peces que no acabe convocando a sus depredadores.

(*) Este artículo apareció originalmente en el suplemento Quadern, de El País, 29 de septiembre, 2016.

Barcelona con o sin independencia

Iván de la Nuez

Sekula-Barcelona

 

La catarata de artículos a favor y en contra del procés por la independencia de Catalunya ha dado lugar a una disciplina sociológica: la Murología comparada. Una consecuencia obvia, a fin de cuentas, pues la elección del 9-N como fecha de la consulta traía incorporada una aplicación para revivir automáticamente aquel día en que, hace 25 años, Berlín cambió el mundo.

Lejos de ser homogénea, la nueva ciencia ha alojado posiciones enfrentadas. Mientras un grupo enfatizaba la coincidencia con el 9-N berlinés –creación de ilusión, sublimación de una idea de fin de Imperio-, a otro le bastó con subrayar las diferencias tangibles: en Berlín fue derribado un muro y aquí se trata de marcar una frontera; allí se unificaron dos Estados y aquí se busca partir uno en dos…

Atravesada la fecha mágica, tal vez sea el momento de abordar una dimensión menos atendida y que está ligada, directamente, a la relevancia urbana del asunto. Si Berlín tuvo esa carga simbólica (si superó en el imaginario colectivo al desmembramiento de la URSS, el fusilamiento de los Ceausescu o la apertura de fronteras en Hungría), se debió a su condición de ciudad emblema; a su capacidad para sintetizar, en un perímetro más bien pequeño, la magnitud descomunal del acontecimiento.

El 9-N de 1989 Berlín se bastó para que el cambio quedara escenificado en la ciudad. El 9-N de 2014 se ha magnificado la figura de país para tirar adelante el proceso.

Entre diversas razones, aquí percute un eco del viejo ideal nacionalista en el que Barcelona nunca encajó del todo, percibida como una licuadora del patriotismo e incapaz de atesorar sus virtudes. Esto ha cambiado en los últimos años, aunque permanezca agazapado en algún lugar del subconsciente nacional del que se escapa como un tic. Recordemos, si no, ese instante extático, en medio de la euforia soberanista, del que brotó esta frase inequívoca: “¡Ahora vamos a conquistar Barcelona!”

En cualquier caso, más alla del viejo nacionalismo, y del nuevo soberanismo, hay un hecho incontestable: Barcelona no está a la altura de los tiempos que corren. El procés no sólo ha supeditado a su destino final temas sociales de altísimo calado; también ha postergado el boceto de un modelo de ciudad que, con o sin independencia, debería capitalizar y a la vez problematizar los retos impuestos por el presente y futuro de un país mutante.

(No parece que Barcelona, capital d´un nou Estat, libro blanco editado por el Ayuntamiento, tenga interés en abarcar esa doble posibilidad y ese doble objetivo).

El Berlín que surgió de su 9-N no sólo fue un símbolo del nuevo Estado, sino que además sintetizó su capacidad de resistencia y su energía disidente con ese país que capitalizaba. Más que en una ciudad inteligente –o “lista” o “astuta” según traduzcamos el smart-city de moda-, supo convertirse en una Ciudad Problema. Una ciudad sin la que sería impensable el nuevo país, pero al que igualmente supo poner cada día en entredicho.

Claro que Berlín salió victoriosa de la Guerra Fría, mientras que Barcelona –he aquí otro descuido de la Murología- forma parte de ese atribulado sur de Europa donde se perfilan, a golpe de tijera, los derrotados de la Postguerra Fría. Los dos 9-N están unidos por una línea que tiene, en una punta, el derrumbe del comunismo y, en la otra, el desplome de la socialdemocracia.

Sin esta perspectiva, cercana y asimismo global, no entenderíamos el impasse de una Barcelona varada entre el viejo proyecto socialdemócrata que no puede regresar y un intento de proyecto neoliberal que no puede despegar.

Entre el Modelo vencido y la Marca imposible nos han endosado la especulación, el enaltecimiento de la ciudad de servicios, las privatizaciones dudosas, los recortes sociales, el empobrecimiento estructural, la ineptitud ante el choque entre el turismo deseado y la inmigración indeseable…

Junto a todo eso, una impenitente afición a las franquicias, y a la ciudad misma como franquicia, siempre dispuesta a actualizar las teorías de George Ritzer sobre la macdonalización de la sociedad. Basta con que nos fijemos en eso llamado Barcelona World para entender, rápidamente, lo que significan “Barcelona” y “World” para nuestras élites. Ese Meeting Point en el que el mundo es el lugar que dispone los negocios y Barcelona es la marca útil para canalizarlos. (Poco importa que no fuera Barcelona, sino ¡Tarragona! el espacio que emplazaría este casino con ínfulas).

Es lo que pasa cuando nos da por convertir las ciudades en marcas. Que después no hay manera de evitar que esas marcas se resistan a la tentación de alcanzar, por sí mismas, la categoría que ostentan las ciudades.

Es hora de acabar y nada mejor que regresar a la Murología comparada. Del 9-N de 1989, Berlín surgió fortalecida como Ciudad Estado. El día después de este 9-N continuamos con la sensación de una Barcelona desnortada cuyos proyectos remiten a algo parecido a un Emirato. (Con posibles privilegios para inversores exonerados de leyes que son de estricto cumplimiento para los nativos, y donde no falta Qatar flameando en la camiseta del Barça).

Si algo no se le puede negar al actual independentismo es un desparpajo que antes le había faltado. Barcelona, en cambio, retrocede en ese aspecto; pasando a hurtadillas, acomplejada y sin un programa sólido frente a un reto que únicamente admite la ambición o la capitulación.

No le faltan, a esta ciudad, cartas poderosas que jugar. Sin el patrimonio diverso, plural y cosmopolita de Barcelona, ni el soberanismo tendrá una victoria consistente ni el anti-soberanismo un contrapeso que le garantice una derrota digna. (Y el cambio de los factores -“victoria consistente” para el anti-soberanismo o “derrota digna” para el soberanismo- no debería alterar, por esta vez, el producto).

“El mundo nos mira”, repite el latiguillo de estos días. De los barceloneses depende si le colocamos delante un Parque Temático o un espejo. Si nos pondremos a su servicio o tendremos el descaro, y el talento, de mirarlo de igual a igual.

(*) En la imagen, Barceloneta Swimming, de Allan Sekula, 2007.