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¿Qué (otra cosa) son los cantantes?

Iván de la Nuez

No descubrimos nada nuevo al decir que los trovadores actuales están emparentados con rapsodas o juglares de otros siglos. Así lo confirma, por ejemplo, Martín de Riquer, el gran investigador de la tradición trovadoresca, que tiró de este hilo desde la Edad Media y la poesía provenzal. El trovador era, entonces, un “encontrador” del punto de contacto entre música y poesía. También un soñador, sobre todo si tenemos en cuenta que, según la leyenda, ese hallazgo tuvo lugar en un sueño.

Haciendo la historia aún más larga, y con permiso de los maestros, el oficio puede remitirse hasta la Iliada. “Oh Musa, cántame entre lágrimas un canto de duelo, un himno nuevo”, pedía Eurípides a propósito del tipo de rapsodia que, según él, requirió Troya.

De vuelta a los estudios trovadorescos, en ellos se distingue entre la condición nómada del juglar –un tipo que no encontraba acomodo fijo en ningún sitio- y la posición doméstica del trovador, aplatanado en su diócesis, su corte, su primigenia ciudad. Todo esto, sin embargo, queda dinamitado en el siglo XX, a partir del cual el juglar y el trovador acaban por amalgamarse y el sedentarismo de este último se evapora (al menos durante un tiempo). “¿De dónde son los cantantes?”, se preguntaba Miguel Matamoros hace casi un siglo. Y se respondía aceptando que, si bien eran “de la loma”, terminaban cantando “en llano”. Como si dejara clara la dimensión forastera de esos bardos trashumantes que se pasaban la vida de un lado a otro, del campo a la ciudad; yéndose, una y otra vez, con su música a otra parte.

No por gusto Bob Dylan se definió a sí mismo como una piedra rodante –“like a Rolling Stone”-, remarcando esa sustancia errante que Martin Scorsese refrendó en el documental que le dedicara y cuyo título es un incontestable verso del propio músico: No Direction Home.

Los trovadores modernos no sólo se han dedicado a cantar las contradicciones de su presente. Casi todos, además, se han ocupado de reafirmar, muchas veces contra la corriente, su obstinación por escribir canciones. Digamos que uno de los gajes de este oficio ha sido, precisamente, reivindicarlo. Al menos, en lo referente a aquellos que no se han planteado nunca un “Plan B”, como diría Van Morrison.

Tal vez porque no siempre ha sido un arte feliz, sus cultores han llegado a imaginarse otro oficio, otra personalidad, otra existencia. Ahí tenemos a Paul Simon autodefinido como una roca y también una isla, mientras que John Lennon, con una pequeña ayuda del LSD, llegó a ratificarse como una morsa. El citado Van Morrison se ha considerado un ticket de lluvia –un raincheck– y Suzanne Vega se metió en la piel de su perro para gritar a los cuatro vientos “My Name is Luka”. Silvio Rodríguez, por su parte, se atribuyó la labor de un vigía.

No es posible olvidar a Dabid Byrne como un psychokiller o a Santiago Auserón devenido, directamente, en Juan Perro; al tiempo que Carlos Varela se adjudicaba la categoría de gnomo.

Bajando de generación, David Gray se ha visto como un grajo, un tipo de pájaro “córvido”, y Tom York se ha arrastrado convencido de ser un cretino.

¿Problemas de personalidad doble o múltiple? ¿Proyecciones de unas vidas aburridas en experiencias más aventureras?

Habrá, sin duda, algo de eso, pero también otra cosa. No conviene ignorar que cuando Borges escribió El otro, resultó que ese otro era él mismo. Así mirado, el raincheck y la roca, el grajo y el cretino, el vigía y el gnomo, el psicópata y la piedra rodante son, también, ellos mismos. Incluso, puede que su dedicación trovadoresca no sea más que la fachada para sostener esas otras ocupaciones, esos otros delirios, esas otras inconformidades.

A fin de cuentas, la verdad última de este oficio radica en haber sobrevivido para cantarlo. En el estilo de Ulises, del que Blanchot alcanzó a sugerir que era el mismísimo Homero. Y que no era menester considerarlos, por separado, un héroe y un rapsoda, sino “una sola y misma presencia”.

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