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Reino de Redonda First

Iván de la Nuez

ATLES

 

En estos tiempos post-utópicos, llama la atención la persistencia de medio centenar de micronaciones que se han plantado en el mundo, con bandera e idioma incluidos. Y cuando crecen tantos nacionalismos sin Estado, sorprenden estos micropaíses que pueden acreditar territorio y gobierno. Demarcaciones que no aluden a la Utopía (de Moro) ni a la Ciudad del Sol (de Campanella), pero que tampoco guardan demasiado correlato con Catalunya, Escocia o el Brexit, pongamos por caso. Pequeñas jurisdicciones con su historia y su cultura, aunque no demasiado patriotismo, en las que queda resuelta sin complejos la mezcla de realidad y ficción que trae aparejado cualquier ensamblaje nacional.

Esto es lo que recoge el Atles de micronacions, de Graziano Graziani, libro que no se comporta como una fantasía utópica ni como la teoría de una aspiración política, sino como una agenda concreta con los datos precisos de estos emplazamientos. Da lo mismo si se trata de la Republica Roja de Caulònia –situada en la península itálica y donde se habla calabrés o italiano- o de la República de Kalakuta –ubicada en Nigeria y con el inglés como lengua oficial. Del Principado de Sealand –batido por el Mar del Norte- o del Reino de Redonda –bañado por el Mar Caribe.

En algún caso, el estatuto microscópico no se refiere a un problema de tamaño -algunas de estas naciones pueden abarcar toda California o parte de la Patagonia-, sino a su nula importancia en el orden mundial.

De las utopías, asumen la imaginación y una cierta filiación monárquica (reyes y príncipes no faltan en su modelo político), pero también un punto libertario propio de aquellos que han plantado sus tiendas a un costado del mundo. Las micronaciones recogidas por Graziani han sido alentadas por la literatura y, al mismo tiempo, por la política y el fraude. Las impulsa un afán justiciero y a la vez un impulso pirata. Así pues, resulta difícil encuadrarlas en el regionalismo –nada que ver con algo parecido al ALBA o la Europa de las regiones- o en las patrias virtuales tan al uso en Internet. Más bien, parecen encaminarse a un sueño de soberanía personal plena, sólo asumible desde el estatuto improbable de “individuos-estado”. En cualquier caso, estos países no han sido reconocidos nunca y su amenaza, si la hubiera, sólo acecharía a nuestros estados mentales.

Suelen ser multilingües y lo mismo pueden ofrecer la ciudadanía de honor a Saddam Hussein (como ocurre en el Territorio Libre de Mapsulon) que erigirse en honor de Frank Zappa (como sucede en Uzupis). También implican a espacios reales que podemos visitar en países concretos, tal cual la ciudad Libre de Christiania, en Copenhague.

De Dinamarca, precisamente, nos ha llegado hace poco una noticia curiosa que tiene alguna relación con todo este asunto. Resulta que sus políticos se han percatado de que hay empresas con más poder que muchos estados. Así que han decidido nombrar embajadas virtuales ante esas corporaciones con un producto interior bruto y una influencia global mayor que decenas de países. Puede esperarse que la medida cunda, y que pronto veamos a nuestros embajadores presentando sus cartas credenciales ante las plenipotenciarias repúblicas de Ikea, Google, Facebook o Twitter.

Siguiendo ese ejemplo de Dinamarca, no estaría mal pensado que también se nombraran embajadores en algunas de las micronaciones comentadas antes. A fin de cuentas, con los políticos que tenemos, discutir los problemas del mundo con Coetzee o Alice Munro sólo puede traernos ventajas.

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Apostar por lo invisible

Iván de la Nuez

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Ni por la patria ni por la fortuna. Los nuevos mecenas se enfrentan a retos menos épicos o rentables, aunque tal vez más complejos. En el mundo y aquí, donde seguimos a la espera de una Ley de Mecenazgo que, si por fin llega a ver la luz, nacerá tan anacrónica como aquella frase, “por amor al arte”, esgrimida como emblema retórico de los viejos tiempos.

Por estos predios, va quedando bastante lejos ese antiguo benefactor que, contra los elementos, fundía el destino de su riqueza con el de la nación. (De hecho, cuando hoy patria y patrimonio aparecen juntos, salta enseguida la sospecha de que no es para dar sino para recibir o, directamente, esquilmar). Pero también se desvanece el más reciente mecenazgo del Estado, que ya no regresará a la situación previa a la crisis; rebasado además por unas transformaciones creativas ante las que no consigue actualizar del todo sus modelos.

No se trata sólo de un cambio en la situación de los mecenas; se trata de una mutación sin precedentes de la cultura por la que estos solían apostar. No es que estemos abocados exclusivamente a un cambio en el coleccionismo, es que ha cambiado el estatuto mismo de lo coleccionable. ¿Cómo apostar por obras que no sean fetiches? ¿Cómo financiar creaciones que no se traduzcan en objetos tangibles e intercambiables? ¿Cómo validar la producción, los procesos, o el preámbulo de unos proyectos dudosamente rentables? ¿Cómo asumir el tránsito entre un artefacto y un conocimiento? ¿Cómo distinguir, en fin, entre la especulación (económica) y la especulación (intelectual) que demandan los nuevos programas?

Estas preguntas, ciertamente, necesitan respuestas aquí, allá y en todas partes. Suponen tanto un emplazamiento global como local. Y obligan al reajuste radical de los criterios en una sociedad marcada por la desproporción entre la oferta y la demanda, abonada a la cultura del Do it Your Self de la autopublicación o la autoexposición.

El caso es que hoy contamos con más escritores que lectores, más artistas que espectadores. Y que todos, más o menos, hemos acabado como pluriempleados de nuestra propia precariedad. En esta circunstancia, el carácter prescriptivo del mecenazgo pierde el crédito del que disponía en el pasado, justo en un momento en que prestigio, dinero e interés nacional transitan por unos caminos que apenas se cruzan.

A todo ello, habría que añadir retos particulares. El primero: salir del estado de shock en el que ha quedado la cultura catalana después de la crisis económica, con la correspondiente merma de la financiación pública y privada en las artes. El segundo: redefinirse ante la simbiosis institución pública-dinero privado, en una época en la que los bancos -con sus colecciones, premios y espacios- se parecen más a un museo que a un patrocinador. El tercero: atajar la amenaza del éxodo creativo hacia ciudades en las que la iniciativa pública siempre fue más exigua y, por eso mismo, ha tenido mejor resultado el empuje privado a todas las escalas.

Tales retos, por otra parte, no se afrontan desde un campo desértico. La Fundación Sunyol o Vila-Casas, Cal Cego y Olor Visual, Isaac Andic o Harold Berg, son espacios o nombres propios que surgen en cualquier pesquisa y evidencian los nuevos estilos de un mecenazgo en el que lo público no debe confundirse, exactamente, con la procedencia del dinero ni lo institucional con el edificio donde se alojan museos, centros culturales o editoriales. Hablamos de un mecenazgo más nómada que estático, más enfocado en el proceso que en la obra acabada, más atento a lo efímero que a lo permanente, más próximo a las ideas que al ego milenario de los grandes nombres.

Decía Michaux que el artista es quien no puede resistirse a dejar huellas. En estos tiempos de huellas infinitas, para las que no se requiere siquiera ser artista, quizá los nuevos mecenas estén obligados a detectar la cultura escondida. En esta época en la que nuestro paso por el mundo va acompañado de un exhibicionismo agobiante, tal vez deban apostar por lo invisible. Y que esto último, precisamente, signifique lo contrario a dar palos de ciego.

(*) En la imagen, Palabras, palabras, de Antoni Muntadas.