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El ogro sin filantropía

Iván de la Nuez

KARMELO

 

La imagen del poder ha sido, históricamente, tan mutante como aquello que refleja. Y si hoy tiende a la simbiosis, a esa amalgama en la que política y economía han roto sus contornos, lo cierto es que hubo otras épocas en las que el poder del dinero y el poder del gobierno se diferenciaban, relativamente, en su representación iconográfica.

Tal vez convenga recordar aquella “pirámide del sistema capitalista”, que se hizo “viral” a principios del siglo XX. Con sus roles bien definidos y la bolsa de dinero ocupando el trono, allá en la punta. Desde ahí, la plantilla del expolio al completo: “Nosotros ponemos las reglas”, “Nosotros los atontamos”, “Nosotros los golpeamos”, “Nosotros comemos por ustedes”. Y todos descansando sobre los hombros de los que trabajaban para sostenerlos.

En una línea semejante, tenemos a ese burgués opulento –al que “nada humano le es ajeno”, porque es propietario de casi todo-, tantas veces dibujado por Chumy Chúmez. Y tan desdibujado hoy por la marea de un poder ubicuo al que no siempre conseguimos situar, pero que siempre acaba por situarnos a nosotros.

La tentación de personificar el poder en el Estado y en su condición monstruosa, ha vivido momentos de esplendor. Así el Leviatán devastador de Hobes. O ese Ogro filantrópico de Octavio Paz que, como diría Rubén Blades, “te da y te quita y te quita y te da”.

Hoy, en cambio, el Estado es visto como un elemento más del poder, ni siquiera el más importante, aunque los emoticones insistan, exclusivamente, en representar a la autoridad con la policía.

La que sí se ha actualizado, un siglo después, es aquella pirámide de 1911 con la famosa teoría del 1%, de Thomas Piketty. Desde ahí, se desvela el crecimiento exponencial de la desigualdad en la distribución de la riqueza y, al mismo tiempo, se apunta al pacto concertado entre la política y las finanzas. He aquí el gran cóctel de este capitalismo millennial, consistente en un neoliberalismo de Estado que lo mismo atraviesa el modelo chino que las democracias occidentales, con el autoritarismo salvaguardando el crecimiento del mercado. O el mercado velando por el crecimiento del autoritarismo.

Gracias a esta mezcolanza, se han ido diluyendo las representaciones doctrinarias: la hoz y el martillo, la espada y la cruz o la esvástica han dado paso a los objetos por encima de los símbolos ideológicos. Y la reproducción hagiográfica del poder ha quedado desfasada ante el selfi infinito del dinero: el coche y la casa, los yates diurnos y las fiestas nocturnas; la obscenidad absoluta de los gastos.

El territorio propicio para esta simbiosis es, sin duda, la corrupción, que ha sido atendida por el cine, el teatro, la novela o las artes visuales. Presente en todos los estamentos, esa corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad y nos enreda a todos, aunque nos guste pensar, como Sartre del infierno, que estamos a salvo o que la corrupción son “los otros”.

Llegados a ese punto, el dramaturgo checo Petr Sourek se inventó un “Corrupt Tour”. Con visitas a los barrios de Praga donde viven los estafadores y mostrando sus malhabidas viviendas como “nuevos monumentos” de la nueva economía. Una forma extrema de patrimonio de la humanidad.

La corrupción ha desatado, por otra parte, una estética que oscila entre el narco y el nuevo rico, con esa repartición de “tequieros” tan propios de la camaradería dopada del atraco, sus vicios privados y sus dineros públicos.

Cuando la revista Forbes decidió incorporar al Chapo Guzmán, y a las ganancias del narcotráfico, en su lista, quedó sellada esta normalización en la que ya no parece haber vuelta atrás. Precisamente, a partir de ahí, la corrupción se convierte en norma, y no excepción, de nuestro tiempo.

Figuras como el hombre hecho a sí mismo desaparecen, entonces, del imaginario colectivo a la misma velocidad con la que queda cancelada la posibilidad de que el tesoro privado nos sirva para contar la historia del individuo en el capitalismo. Ahora el botín se consigue en el erario público. Y el viejo capitalismo en el que el emprendedor conseguía su riqueza a pesar del Estado, ha dado lugar a la figura del corrupto que sostiene su riqueza gracias al Estado.

Poco importa que sean los mismos que predican contra los males del gobierno y que, en consecuencia, se dediquen a achicarlo por la vía rápida del desfalco.

Un Estado al que, eso sí, se le deja la monstruosidad del Leviatán pero se le arrebata su capacidad para repartir algo de riqueza o paliar algo de miseria. Un ogro al que se le mantiene su fase represiva y, al mismo tiempo, se le va despojando de su filantropía.

(*) En la imagen: secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo ‘10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50′ 57.2172” Norte y 2º 40′ 5.3688” Oeste’.

Marcador

La imagen de la era

Iván de la Nuez

 

Ruff-Torres

Si esta es la Era de la imagen, ¿cuál sería, entonces, la imagen de esta era? ¿Cuál, entre todas, calificaría como el icono que la definiera? ¿Cuál, en fin, tendría el sello indiscutible de esa imagen capaz de valer más que mil imágenes?

Ahí están los derribos del Muro de Berlín y las Torres Gemelas. Las fotos de la protesta en la calle o el retrato robot del indignado –The Protester-, ya bien pulido por Time para su portada. Ahí están las guerras que persisten en la postguerra fría y alguna estampa de las ciudades después de un atentado. Los millones de selfis diarios y el inefable retrato de turistas que a su vez retratan.

Y ahí está la foto del niño Aylan, muerto en la playa. Esa tragedia recortada de un cuadro gigantesco que engloba a millones de desplazados (y que se basta por sí misma para personalizar el malestar de esta cultura).

Todas son imágenes del fotoperiodismo, habituales en eventos como Visa pour l’Image o World Press Photo. Imágenes en las que la fotografía está machihembrada con la realidad.

Pero hay que tener en cuenta, también, a aquellas iconografías que no “ilustran” o “amplifican” (una catástrofe, un récord, una conquista), sino que evidencian, precisamente, la dificultad de entender lo que está pasando. A esa crítica de las imágenes por las imágenes se le ha llamado “iconofagia”. Y su historia contemporánea tal vez pueda entroncarse con aquella conminación de Artaud, clamando porque nunca fuéramos reales y siempre fuéramos verdaderos.

Ante un hecho tan visualizado como el atentado a las Torres Gemelas, Thomas Ruff se dio a la tarea de aplicarse este ultimátum. Es imprescindible que describamos su estrategia para complicar la percepción de aquella masacre del 11-S en Nueva York. A una distancia normal, vemos la imagen del edificio ardiendo y todo parece obvio. Sin embargo, a medida que nos acercamos, la fotografía se pixela, queda desenfocada, y deja a la vista una imagen brumosa: un paisaje abstracto que nos deja perplejos.

Porque, mientras más nos hemos aproximado, menos hemos podido discernir.

Si Stockhausen llegó a definir ese atentado como la obra de arte perfecta, a Ruff no le interesa la perfección del horror, sino el obstáculo para su conocimiento. Allí donde Stockhausen ve, Ruff percibe la ignorancia del que no llega a ver. Y así cuelga sobre nosotros una pregunta sobre esa demolición que no acabamos de comprender, pero ante la cual, por eso mismo, necesitamos creer.

En esa fe radica la manipulación misma de las imágenes –en solitario o en catarata- que marcan esta era.

Hablar es mentir, llegó a decir Foucault sobre las trampas del lenguaje. Lo mismo podría decirse con respecto a la imagen. Fotografiar es mentir. Al menos, a veces. Al menos, también.

(*) En la imagen, JPEG, de Thomas Ruff.

La caseta del Tío Tom

Iván de la Nuez

lam_jungla

 

Donal Trump, el Brexit o el ascenso de la ultraderecha en Europa han puesto sobre la mesa la crisis, o el fracaso, del multiculturalismo. Hace poco lo alertaba Daniel Inerarity, al constatar que las quejas ante las recientes prohibiciones migratorias no deberían servirnos para esquivar el abandono o la frivolidad con los que el progresismo tradicional había actuado en materia de implicación cultural de los emigrantes antes de esta avalancha conservadora.

No es que el multiculturalismo no hubiera tenido detractores del más alto copete, como Harold Bloom o Robert Hughes. Pero hay una diferencia entre escribir un libro y levantar un muro, o entre acusarte de resentimiento y deportarte.

También cabría añadir que la crisis del multiculturalismo obedece a su propia lógica interna. Y que, en este sentido, se ha ganado a pulso una crítica desde las culturas que dice representar. O por parte de aquellos que se han negado a operar como una tropa étnica a base de repetir el mantra de su exotismo. Escritores y artistas que, en fin, han entendido que la descolonización no es una performance carnavalesca sino un proceso que empieza en tu propia cabeza, tal como lo descubrió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra.

Durante los años en que el multiculturalismo triunfaba en universidades y bienales, a cualquiera que osara contradecir su sobreactuación se le silenciaba como a un Tío Tom que renegaba, en su cabaña, de sus propias raíces. Eran los tiempos de la explosión de los sujetos étnicos (con la etnia bien sujeta, dicho sea de paso), las culturas subalternas (con las culturas bien atadas al subsuelo), los Estudios Culturales…

Lo curioso es que esas acusaciones muchas veces provenían de curators y académicos del Primer Mundo, siempre dispuestos a poner el saber donde El Otro estaba obligado a poner el sabor. ¿Ha cambiado mucho esto? Todavía más curioso resulta que estos adalides no provocaran la risa o el escarnio; algo que sólo puede entenderse por el multioportunismo de entonces, y por la inconfesable verdad de que las manías coloniales alcanzan todos los espectros de la ideología, incluida la izquierda.

Que Sting no sintiera indignación por exhibir, All Around The World, un indígena de la Amazonia bajo el fervor de la Música Étnica, pero que sí la sintiera cuando este demostró que sabía usar su tarjeta de crédito y le tumbó unos cuartos, lo dice casi todo de aquella plaga. Un sujeto étnico ni siquiera puede ser pícaro, porque el rufianismo es un defecto occidental que no estaba al alcance del buen salvaje construido por la Global Music.

Hoy hemos comprobado que, lejos de ofrecer una alternativa a la estandarización cultural de la globalización, el multiculturalismo ha acabado funcionando como su fase exótica. Y si es cierto que tuvo su éxito en la puesta al día de la identidad, también es verdad que fracasó en el libre trasiego de la diversidad. Criticó, con razón, al Tío Tom en su cabaña, pero se acomodó a cuanta caseta de representación le ofrecieran ferias, festivales y bienales.

Por ese camino, jamás se colocó a las culturas de la periferia en la perspectiva de su modernidad, encapsulándolas en un tiempo –el pasado de su condición ancestral- y un espacio –el de su procedencia nacional.

Todo, por supuesto, desde esa mezcla de afán redentor y crítica a los centros desde los mismos centros, de sublimación del irracionalismo y realización de unas fantasías que ya había despachado Edward Said en Orientalismo o en Cultura e Imperialismo.

Tal vez hubiera sido interesante que los seguidores de Said o Édouard Glissant se hubieran remontado algo más en el tiempo. Y alcanzado la apuesta por la promiscuidad de Oswald de Andrade o Fernando Ortiz –con sus metáforas de la antropofagia brasileña y la olla podrida que representaba el ajiaco cubano-, en lugar de quedarse varados en la exaltación de una hiperanomalía infinita que sólo puede definirse por su inferioridad crítica con respecto a Occidente. Así comprobarían que, en muchos casos, el multiculturalismo ha significado una paso atrás con respecto a la transculturación, concepto que tal vez convendría actualizar.

Otro punto a tener en cuenta –sobre todo para esa izquierda curatorial que dictamina el destino del mundo del arte- es que el multiculturalismo alcanza su clímax a partir de la caída del comunismo. Y que, en de algún modo, su función ha sido la de diluir, en la cultura, el conflicto ideológico que enfrentaba al mundo bipolar. Es ahí donde el fin de la historia ha sido respondido con el fin de la geografía, bajo la óptica del acercamiento de la periferia a los centros del mundo.

En cualquier caso, si hay que entrar en la jungla, entremos en la jungla (la de Wifredo Lam no sería un mal comienzo). Sobre todo, para desactivar esa estrategia extendida que responde a la ley de la selva de la globalización con la ley del zoológico de su oposición cultural.

Desde una jaula o una caseta es posible mantener la diferencia, pero jamás conseguiremos la mezcla. Y ese, precisamente, se supone que es el destino una cultura múltiple.

Reservoir Kids

Iván de la Nuez

KIDS

 

Ya no hay festival de música que no se jacte de su día para niños, su matiné “Kids”. Ni grandes superficies que no hayan habilitado su mini-ciudad para que los pequeños jueguen y, de paso, permitan a sus padres comprar sin incordios. En este corral infantil destacan los museos, con su jornada dedicada a los menores, aunque el resto de la semana se vean obligados a poner alertas junto a obras inapropiadas para sus pueriles sensibilidades (o para las susceptibilidades adultas, nunca se sabe). La moda, por su parte, saca a desfilar por sus pasarelas a niños y niñas modelos, mientras que las marcas de ropa diseñan sus temporadas para rellenar sus crecientes armarios.

La última década ha sido pródiga en la conversión de la infancia en una franja económica cada vez más activa, a base de combinar la oferta de toda la vida —juguetes, artilugios, excursiones— con las nuevas tendencias, que van desde la telefonía móvil hasta los videojuegos, pasando por la mencionada moda o el turismo. Un niño es un target y, a la vez, un pequeño pero inapelable sujeto de consumo. Un indio atado a su propia reserva y, asimismo, un icono ubicuo al que se le dedican exposiciones, estrategias editoriales, programas televisivos, adoctrinamientos varios…

En todo esto subyace, además, una política para la que resulta imprescindible el alargamiento de la infancia. Que los niños sean tratados como adultos al mismo tiempo que los mayores son tratados como niños. De ahí esa dilatación de la infancia garantizada por patinetes, videojuegos o un abanico de ofertas que incluyen desde ropa infantil para adultos hasta una industria de fetichismos repleta de pañales, chupetes u otros objetos propios de niños, o incluso bebés, adaptados a tallas mayores.

En esa cuerda, las tan llevadas y traídas redes sociales sostienen nuestra permanencia en una pandilla virtual con la que compartimos cada minuto del día y a la que mostramos, de manera compulsiva, cada juguete nuevo que hemos adquirido.

Decía Anthony Burguess que los problemas generacionales eran un timo de los viejos para joder a los jóvenes. Pues bien, la disipación del diferendo generacional es un timo todavía mayor, que pasa por una neutralización estratégica de la adolescencia.

En la adolescencia de los conflictos generacionales, el sexo y la cultura ratificaban que habíamos cruzado la frontera. Leíamos o íbamos al cine o follábamos para hacernos adultos, salir de la jaula y, literalmente, volver a nacer. También para enfrentarnos a nuestros padres y poner en práctica lo que ellos no eran ni experimentaban. En eso consistía, precisamente, la ruptura de la tradición.

La acotación de la infancia —con ese alargamiento que fagocita la adolescencia— implica, de muchas maneras, la persistencia conservadora del legado paterno. Esa es la trampa política de la actual permanencia en la reserva. Una vez que has continuado la vida con tus padres, has ido con ellos a un festival y compartido un porro o un tripi, ya estás listo para votarlos.