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La literatura se expone

Iván de la Nuez

Dora-Garcia

 

Hay una literatura que se resiste a quedarse en los libros y habitar únicamente en los sellos editoriales.

Esa literatura busca espectadores y salta a los museos.

Desde estos, abre incluso una puerta que parecía sellada: la más radical rematerialización del texto.

Esa intención es la que lleva a Stan Douglas a asumir la enésima versión de Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes, y convertirla en pieza de museo. Y es la que alienta a Pedro G. Romero a darle forma objetual al archivo o plantearse el catálogo como una escultura.

Glenda León transforma las palabras sobre el arte en objetos que las fagocitan. Cristina de Middel construye dípticos en los que el Libro rojo de Mao se confronta con el modelo económico de la China actual. Gonzalo Elvira rescata portadas de libros prohibidos o imagina otras que no existen hoy, pero quién sabe si podremos verlas mañana en una librería. Joan Fontcuberta arrastra las variaciones de un Blow Up múltiple en el que se cruzan Queco Larraín, Julio Cortázar, Antonioni o Brian de Palma. Daniel G. Andújar ofrece consistencia material al conocimiento crítico que corre por Internet. Paul Virilio detectó en la exposición el formato idóneo para expresar sus ideas sobre la catástrofe y el accidente…

Estos artistas convierten la ilustración (por su sentido visual) en Ilustración (por su sentido filosófico). De ahí que el museo, para ellos, pase de ser un espacio destinado a ver a un espacio propicio para leer.

Hace poco, en Azkuna Zentroa, Bilbao, tuvo lugar el encuentro El ensayo de la exposición, ideado por el colectivo Bulegoa z/b. Allí disertaron Bifo, Carles Guerra o Tamara Díaz Bringa. En una sesión, Dora García habló de sus comienzos como artista en la España de los ochenta a partir de todo lo que entonces desconocía. La suya fue una exposición (en cualquier sentido de la palabra) de lagunas por llenar. Un tanteo que sólo puede entenderse como un ensayo, cuya traducción en arte puede remitirnos a términos habituales, aunque no siempre felices, como Work in Progress o “dinámicas procesuales”.

En todo esto, flota una crítica al statu quo del sistema literario, esgrimida desde una mutación del libro (en la forma), que preserva sin embargo su sentido original (en el fondo).

Estas conversiones artísticas demuestran que el libro está más vivo que nunca, aunque su supervivencia no siempre se deba a su fidelidad a sí mismo, sino a las múltiples traiciones que demanda su adaptación.

(*) La imagen es una obra de Dora García.

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El arte que no se expone

Iván de la Nuez

lectura-fragmentada-II

 

Hay un arte que no necesita museos firmados por arquitectos-estrella, ni patrocinadores, ni dinero público, ni ferias, ni bienales, ni comisarios de postín.

Ese arte sólo necesita lectores, y está en los libros.

Desde estos, algunos escritores incluso han conseguido para el arte lo que buena parte de la vanguardia buscó obsesivamente sin alcanzarlo del todo: su más radical desmaterialización.

Estas narraciones nos sitúan frente a un arte surgido de las palabras cuando se daba por segura la victoria de las imágenes sobre estas. Un arte que brota del libro cuando más se nos machacaba con su crisis. Y que, atrapado en su interpelación a ultranza de una verdad que está ahí fuera –en la sociedad, la política, la economía-, le ha dotado de ese espejo olvidado que le permitía reflejarse de vez en cuando.

El tema no es nuevo, ni mucho menos.

Desde que Montaigne definió al ensayo como el acto de “pintarse uno mismo”, la fundación de la literatura moderna puede jactarse de su estrecha relación, sino con el arte, al menos con el retrato.

Hay una colección de arte imaginario que va desde El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, hasta Composición No. 1, de Marc Saporta. Y esa pinacoteca encuentra acomodo en las ficciones de Gilbert K. Chesterton, Guy Davenport o Aldous Huxley. Antes y después, el arte supo reclutar para su causa a Chéjov y Henry James, a Don Delillo y Patrick Mcgrath, a Michel Houellebecq y Siri Hustvedt.

En términos iberoamericanos, si bien los novelistas no tuvieron una relación con el arte de sus contemporáneos tan fluida como la de Octavio Paz, lo cierto es que en los últimos años esta conexión ha crecido de tal manera que ya se hace necesario aplicar un filtro. Cribar la cascada de libros que incluyen el arte, los artistas, las obras, los coleccionistas, los directores y los comisarios en sus aventuras. Basta recordar los nombres de Enrique Vila-Matas, Julián Ríos, Ignacio Vidal Folch, Álvaro Enrigue, Agustín Fernández Mallo, Juan Francisco Ferré o Miguel Ángel Hernández Navarro para dar fe de esta marea.

Un caso único es el de César Aira, que se ha bastado el sólo para construir uno de los museos más insólitos del mundo (y su valor incluye por igual a museos reales o imaginarios).

Por tener, tenemos incluso un abanico de musas que pueden deslizarse desde Ludwig Wittgenstein hasta Chus Martínez, pasando por Sophie Calle.

Así las cosas, cuatro novelistas han actualizado recientemente este asunto, que sigue apareciendo como una ocupación favorita de la literatura. Es el caso de Vicente Luis Mora (con Fred Cabeza de Vaca), Alicia Kopf (con El hermano de hielo), Verónica Gerber Bicecci (con Conjunto vacío), y Maria Gainza (con El nervio óptico). Estas dos últimas son reediciones españolas de obras con un cierto recorrido latinoamericano.

Los cuatro libros se dejan leer como expediciones lanzadas a confines más o menos remotos del arte. Invasiones bárbaras en las que el arte no aparece como la vida misma, que suele decirse, sino como un extremo inalcanzable de esta. Cada uno, a su manera, nos auxilia en la comprensión, desde el arte, de eso que Coetzee definió como los “mecanismos internos” de la literatura.

Son libros de ficción, no cabe duda. Pero asimismo contienen la posibilidad real de cambiar la dinámica del arte contemporáneo al uso, activando la posibilidad de asumirlo como un género literario.

Si François Truffaut filmó aquel chiste recurrente que describía al crítico como un artista fracasado, Vicente Luis Mora le da la vuelta y reconstruye la biografía de un artista que triunfa, precisamente, porque abandona su quehacer como crítico. Es Fred Cabeza de Vaca, artista español del siglo XXI que cimenta su fama a base de columpiarse cínicamente entre los temas más sublimes y las ambiciones más espurias. El de Cabeza de Vaca es el retrato cubista de un artista multioficios –es comisario, promotor, activista y trepa-, que está sumergido de lleno en esa amalgama de arte y escritura que hoy define la nueva era de la imagen.

En Conjunto vacío, Verónica Gerber Bicecci reconstruye la herencia fragmentaria de una ausencia para la que no encuentra explicación. De ahí esa “metodología del olvido” –ausencia quiere decir olvido, decía el bolero- en la que también se invierten las tornas y en la que el arte se comporta como una experiencia angustiosa en la que vale más lo malo desconocido que todo lo bueno por conocer. El conjunto vacío que aquí se aborda es, literalmente, un dibujo en tiempo real de una escuela de arte que corre paralela a una escuela de vida. Y en la que martilla todo el tiempo la pregunta sobre aquello que sólo podría hacer un artista en esta época en la que todos realizamos tareas que antes solo él era capaz de acometer: dibujar, hacer fotos, en definitiva producir imágenes.

Alicia Kopf es, como Verónica Gerber Bicecci, artista a la vez que escritora, y desde El hermano de hielo nos remite a unos mensajes que nunca tendrán respuesta (o al menos no en la misma frecuencia dado que van destinados a un mundo autista). Con algo del Vila-Matas de Los exploradores del abismo, para Kopf el hecho de avanzar en un libro implica ir olvidando aspectos de su trama, puesto que leer no es otra cosa que “pasar página”. Aquí, el arte es un polo frío, como el Ártico. Un extremo que nos fascina y nos deja helados al mismo tiempo. Un patinaje sobre hielo en el que, si uno quiere mantener el equilibrio, debe aferrarse a la coreografía pautada.

Las once historias de María Gainza, por su parte, evocan al memorioso Funes, de Borges; sólo que, en este caso, la hipermemoria de los personajes viene conectada al impacto que han tenido sobre ellos las obras de Alfred de Dreux, Cándido López, Hubert Robert, Amuchástegui, Courbet o Aubrey Beardsley. Para Gainza, nuestro destino ya ha sido pintado en otra época, así que la vida no es más que una premonición dispuesta en un lienzo pretérito. Tan sólo tenemos que dar con el correspondiente kit de supervivencia contenido en esas obras, y oxigenarnos con él aplicándonos la autodefinición de Marcel Duchamp cuando se describía como “un respirador”.

Estos cuatro libros están escritos desde una amplia recepción de las imágenes visuales, pero a la vez están pertrechados contra su omnipresente tiranía. Parten de la textura de los cuadros, pero con el objetivo íntimo de convertirla en texto. Son, acaso, la cara oculta de muchas exposiciones actuales, el tuétano que a los conceptualistas les fascina esquivar, la resistencia de la primera persona ante las exigencias de un arte social ya convertido en norma.

En medio de un arte abducido por la política, ponen en juego la posibilidad de una poética, de ahí su continua exploración del “cómo” frente a un arte obsesionado con el “por qué”.

Frente a las infinitas variantes de un Ready Made que ya no da más de sí, estas piezas narrativas no buscan el emplazamiento de un objeto en el museo para convertirlo en arte, sino que inventan directamente ese arte para colocarlo en el libro, la institución definitiva en la que está cifrada hoy su supervivencia.

Un arte escrito que, ante la bacanal de las buenas causas, prefiere habilitarnos con lo que Robert Louis Stevenson llamaría un “banquete de consecuencias”.

Un arte que no se expone (en el sentido museístico), pero que sí se expone (en el sentido del riesgo). Desde este desafío, la literatura ya no se conforma con describir el arte, sino que sobre todo se dedica a construirlo.

(*) En la imagen, Lectura fragmentada II, de Glenda León.

El ogro sin filantropía

Iván de la Nuez

KARMELO

 

La imagen del poder ha sido, históricamente, tan mutante como aquello que refleja. Y si hoy tiende a la simbiosis, a esa amalgama en la que política y economía han roto sus contornos, lo cierto es que hubo otras épocas en las que el poder del dinero y el poder del gobierno se diferenciaban, relativamente, en su representación iconográfica.

Tal vez convenga recordar aquella “pirámide del sistema capitalista”, que se hizo “viral” a principios del siglo XX. Con sus roles bien definidos y la bolsa de dinero ocupando el trono, allá en la punta. Desde ahí, la plantilla del expolio al completo: “Nosotros ponemos las reglas”, “Nosotros los atontamos”, “Nosotros los golpeamos”, “Nosotros comemos por ustedes”. Y todos descansando sobre los hombros de los que trabajaban para sostenerlos.

En una línea semejante, tenemos a ese burgués opulento –al que “nada humano le es ajeno”, porque es propietario de casi todo-, tantas veces dibujado por Chumy Chúmez. Y tan desdibujado hoy por la marea de un poder ubicuo al que no siempre conseguimos situar, pero que siempre acaba por situarnos a nosotros.

La tentación de personificar el poder en el Estado y en su condición monstruosa, ha vivido momentos de esplendor. Así el Leviatán devastador de Hobes. O ese Ogro filantrópico de Octavio Paz que, como diría Rubén Blades, “te da y te quita y te quita y te da”.

Hoy, en cambio, el Estado es visto como un elemento más del poder, ni siquiera el más importante, aunque los emoticones insistan, exclusivamente, en representar a la autoridad con la policía.

La que sí se ha actualizado, un siglo después, es aquella pirámide de 1911 con la famosa teoría del 1%, de Thomas Piketty. Desde ahí, se desvela el crecimiento exponencial de la desigualdad en la distribución de la riqueza y, al mismo tiempo, se apunta al pacto concertado entre la política y las finanzas. He aquí el gran cóctel de este capitalismo millennial, consistente en un neoliberalismo de Estado que lo mismo atraviesa el modelo chino que las democracias occidentales, con el autoritarismo salvaguardando el crecimiento del mercado. O el mercado velando por el crecimiento del autoritarismo.

Gracias a esta mezcolanza, se han ido diluyendo las representaciones doctrinarias: la hoz y el martillo, la espada y la cruz o la esvástica han dado paso a los objetos por encima de los símbolos ideológicos. Y la reproducción hagiográfica del poder ha quedado desfasada ante el selfi infinito del dinero: el coche y la casa, los yates diurnos y las fiestas nocturnas; la obscenidad absoluta de los gastos.

El territorio propicio para esta simbiosis es, sin duda, la corrupción, que ha sido atendida por el cine, el teatro, la novela o las artes visuales. Presente en todos los estamentos, esa corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad y nos enreda a todos, aunque nos guste pensar, como Sartre del infierno, que estamos a salvo o que la corrupción son “los otros”.

Llegados a ese punto, el dramaturgo checo Petr Sourek se inventó un “Corrupt Tour”. Con visitas a los barrios de Praga donde viven los estafadores y mostrando sus malhabidas viviendas como “nuevos monumentos” de la nueva economía. Una forma extrema de patrimonio de la humanidad.

La corrupción ha desatado, por otra parte, una estética que oscila entre el narco y el nuevo rico, con esa repartición de “tequieros” tan propios de la camaradería dopada del atraco, sus vicios privados y sus dineros públicos.

Cuando la revista Forbes decidió incorporar al Chapo Guzmán, y a las ganancias del narcotráfico, en su lista, quedó sellada esta normalización en la que ya no parece haber vuelta atrás. Precisamente, a partir de ahí, la corrupción se convierte en norma, y no excepción, de nuestro tiempo.

Figuras como el hombre hecho a sí mismo desaparecen, entonces, del imaginario colectivo a la misma velocidad con la que queda cancelada la posibilidad de que el tesoro privado nos sirva para contar la historia del individuo en el capitalismo. Ahora el botín se consigue en el erario público. Y el viejo capitalismo en el que el emprendedor conseguía su riqueza a pesar del Estado, ha dado lugar a la figura del corrupto que sostiene su riqueza gracias al Estado.

Poco importa que sean los mismos que predican contra los males del gobierno y que, en consecuencia, se dediquen a achicarlo por la vía rápida del desfalco.

Un Estado al que, eso sí, se le deja la monstruosidad del Leviatán pero se le arrebata su capacidad para repartir algo de riqueza o paliar algo de miseria. Un ogro al que se le mantiene su fase represiva y, al mismo tiempo, se le va despojando de su filantropía.

(*) En la imagen: secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo ‘10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50′ 57.2172” Norte y 2º 40′ 5.3688” Oeste’.

La imagen de la era

Iván de la Nuez

 

Ruff-Torres

Si esta es la Era de la imagen, ¿cuál sería, entonces, la imagen de esta era? ¿Cuál, entre todas, calificaría como el icono que la definiera? ¿Cuál, en fin, tendría el sello indiscutible de esa imagen capaz de valer más que mil imágenes?

Ahí están los derribos del Muro de Berlín y las Torres Gemelas. Las fotos de la protesta en la calle o el retrato robot del indignado –The Protester-, ya bien pulido por Time para su portada. Ahí están las guerras que persisten en la postguerra fría y alguna estampa de las ciudades después de un atentado. Los millones de selfis diarios y el inefable retrato de turistas que a su vez retratan.

Y ahí está la foto del niño Aylan, muerto en la playa. Esa tragedia recortada de un cuadro gigantesco que engloba a millones de desplazados (y que se basta por sí misma para personalizar el malestar de esta cultura).

Todas son imágenes del fotoperiodismo, habituales en eventos como Visa pour l’Image o World Press Photo. Imágenes en las que la fotografía está machihembrada con la realidad.

Pero hay que tener en cuenta, también, a aquellas iconografías que no “ilustran” o “amplifican” (una catástrofe, un récord, una conquista), sino que evidencian, precisamente, la dificultad de entender lo que está pasando. A esa crítica de las imágenes por las imágenes se le ha llamado “iconofagia”. Y su historia contemporánea tal vez pueda entroncarse con aquella conminación de Artaud, clamando porque nunca fuéramos reales y siempre fuéramos verdaderos.

Ante un hecho tan visualizado como el atentado a las Torres Gemelas, Thomas Ruff se dio a la tarea de aplicarse este ultimátum. Es imprescindible que describamos su estrategia para complicar la percepción de aquella masacre del 11-S en Nueva York. A una distancia normal, vemos la imagen del edificio ardiendo y todo parece obvio. Sin embargo, a medida que nos acercamos, la fotografía se pixela, queda desenfocada, y deja a la vista una imagen brumosa: un paisaje abstracto que nos deja perplejos.

Porque, mientras más nos hemos aproximado, menos hemos podido discernir.

Si Stockhausen llegó a definir ese atentado como la obra de arte perfecta, a Ruff no le interesa la perfección del horror, sino el obstáculo para su conocimiento. Allí donde Stockhausen ve, Ruff percibe la ignorancia del que no llega a ver. Y así cuelga sobre nosotros una pregunta sobre esa demolición que no acabamos de comprender, pero ante la cual, por eso mismo, necesitamos creer.

En esa fe radica la manipulación misma de las imágenes –en solitario o en catarata- que marcan esta era.

Hablar es mentir, llegó a decir Foucault sobre las trampas del lenguaje. Lo mismo podría decirse con respecto a la imagen. Fotografiar es mentir. Al menos, a veces. Al menos, también.

(*) En la imagen, JPEG, de Thomas Ruff.

La caseta del Tío Tom

Iván de la Nuez

lam_jungla

 

Donal Trump, el Brexit o el ascenso de la ultraderecha en Europa han puesto sobre la mesa la crisis, o el fracaso, del multiculturalismo. Hace poco lo alertaba Daniel Inerarity, al constatar que las quejas ante las recientes prohibiciones migratorias no deberían servirnos para esquivar el abandono o la frivolidad con los que el progresismo tradicional había actuado en materia de implicación cultural de los emigrantes antes de esta avalancha conservadora.

No es que el multiculturalismo no hubiera tenido detractores del más alto copete, como Harold Bloom o Robert Hughes. Pero hay una diferencia entre escribir un libro y levantar un muro, o entre acusarte de resentimiento y deportarte.

También cabría añadir que la crisis del multiculturalismo obedece a su propia lógica interna. Y que, en este sentido, se ha ganado a pulso una crítica desde las culturas que dice representar. O por parte de aquellos que se han negado a operar como una tropa étnica a base de repetir el mantra de su exotismo. Escritores y artistas que, en fin, han entendido que la descolonización no es una performance carnavalesca sino un proceso que empieza en tu propia cabeza, tal como lo descubrió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra.

Durante los años en que el multiculturalismo triunfaba en universidades y bienales, a cualquiera que osara contradecir su sobreactuación se le silenciaba como a un Tío Tom que renegaba, en su cabaña, de sus propias raíces. Eran los tiempos de la explosión de los sujetos étnicos (con la etnia bien sujeta, dicho sea de paso), las culturas subalternas (con las culturas bien atadas al subsuelo), los Estudios Culturales…

Lo curioso es que esas acusaciones muchas veces provenían de curators y académicos del Primer Mundo, siempre dispuestos a poner el saber donde El Otro estaba obligado a poner el sabor. ¿Ha cambiado mucho esto? Todavía más curioso resulta que estos adalides no provocaran la risa o el escarnio; algo que sólo puede entenderse por el multioportunismo de entonces, y por la inconfesable verdad de que las manías coloniales alcanzan todos los espectros de la ideología, incluida la izquierda.

Que Sting no sintiera indignación por exhibir, All Around The World, un indígena de la Amazonia bajo el fervor de la Música Étnica, pero que sí la sintiera cuando este demostró que sabía usar su tarjeta de crédito y le tumbó unos cuartos, lo dice casi todo de aquella plaga. Un sujeto étnico ni siquiera puede ser pícaro, porque el rufianismo es un defecto occidental que no estaba al alcance del buen salvaje construido por la Global Music.

Hoy hemos comprobado que, lejos de ofrecer una alternativa a la estandarización cultural de la globalización, el multiculturalismo ha acabado funcionando como su fase exótica. Y si es cierto que tuvo su éxito en la puesta al día de la identidad, también es verdad que fracasó en el libre trasiego de la diversidad. Criticó, con razón, al Tío Tom en su cabaña, pero se acomodó a cuanta caseta de representación le ofrecieran ferias, festivales y bienales.

Por ese camino, jamás se colocó a las culturas de la periferia en la perspectiva de su modernidad, encapsulándolas en un tiempo –el pasado de su condición ancestral- y un espacio –el de su procedencia nacional.

Todo, por supuesto, desde esa mezcla de afán redentor y crítica a los centros desde los mismos centros, de sublimación del irracionalismo y realización de unas fantasías que ya había despachado Edward Said en Orientalismo o en Cultura e Imperialismo.

Tal vez hubiera sido interesante que los seguidores de Said o Édouard Glissant se hubieran remontado algo más en el tiempo. Y alcanzado la apuesta por la promiscuidad de Oswald de Andrade o Fernando Ortiz –con sus metáforas de la antropofagia brasileña y la olla podrida que representaba el ajiaco cubano-, en lugar de quedarse varados en la exaltación de una hiperanomalía infinita que sólo puede definirse por su inferioridad crítica con respecto a Occidente. Así comprobarían que, en muchos casos, el multiculturalismo ha significado una paso atrás con respecto a la transculturación, concepto que tal vez convendría actualizar.

Otro punto a tener en cuenta –sobre todo para esa izquierda curatorial que dictamina el destino del mundo del arte- es que el multiculturalismo alcanza su clímax a partir de la caída del comunismo. Y que, en de algún modo, su función ha sido la de diluir, en la cultura, el conflicto ideológico que enfrentaba al mundo bipolar. Es ahí donde el fin de la historia ha sido respondido con el fin de la geografía, bajo la óptica del acercamiento de la periferia a los centros del mundo.

En cualquier caso, si hay que entrar en la jungla, entremos en la jungla (la de Wifredo Lam no sería un mal comienzo). Sobre todo, para desactivar esa estrategia extendida que responde a la ley de la selva de la globalización con la ley del zoológico de su oposición cultural.

Desde una jaula o una caseta es posible mantener la diferencia, pero jamás conseguiremos la mezcla. Y ese, precisamente, se supone que es el destino una cultura múltiple.

Reservoir Kids

Iván de la Nuez

KIDS

 

Ya no hay festival de música que no se jacte de su día para niños, su matiné “Kids”. Ni grandes superficies que no hayan habilitado su mini-ciudad para que los pequeños jueguen y, de paso, permitan a sus padres comprar sin incordios. En este corral infantil destacan los museos, con su jornada dedicada a los menores, aunque el resto de la semana se vean obligados a poner alertas junto a obras inapropiadas para sus pueriles sensibilidades (o para las susceptibilidades adultas, nunca se sabe). La moda, por su parte, saca a desfilar por sus pasarelas a niños y niñas modelos, mientras que las marcas de ropa diseñan sus temporadas para rellenar sus crecientes armarios.

La última década ha sido pródiga en la conversión de la infancia en una franja económica cada vez más activa, a base de combinar la oferta de toda la vida —juguetes, artilugios, excursiones— con las nuevas tendencias, que van desde la telefonía móvil hasta los videojuegos, pasando por la mencionada moda o el turismo. Un niño es un target y, a la vez, un pequeño pero inapelable sujeto de consumo. Un indio atado a su propia reserva y, asimismo, un icono ubicuo al que se le dedican exposiciones, estrategias editoriales, programas televisivos, adoctrinamientos varios…

En todo esto subyace, además, una política para la que resulta imprescindible el alargamiento de la infancia. Que los niños sean tratados como adultos al mismo tiempo que los mayores son tratados como niños. De ahí esa dilatación de la infancia garantizada por patinetes, videojuegos o un abanico de ofertas que incluyen desde ropa infantil para adultos hasta una industria de fetichismos repleta de pañales, chupetes u otros objetos propios de niños, o incluso bebés, adaptados a tallas mayores.

En esa cuerda, las tan llevadas y traídas redes sociales sostienen nuestra permanencia en una pandilla virtual con la que compartimos cada minuto del día y a la que mostramos, de manera compulsiva, cada juguete nuevo que hemos adquirido.

Decía Anthony Burguess que los problemas generacionales eran un timo de los viejos para joder a los jóvenes. Pues bien, la disipación del diferendo generacional es un timo todavía mayor, que pasa por una neutralización estratégica de la adolescencia.

En la adolescencia de los conflictos generacionales, el sexo y la cultura ratificaban que habíamos cruzado la frontera. Leíamos o íbamos al cine o follábamos para hacernos adultos, salir de la jaula y, literalmente, volver a nacer. También para enfrentarnos a nuestros padres y poner en práctica lo que ellos no eran ni experimentaban. En eso consistía, precisamente, la ruptura de la tradición.

La acotación de la infancia —con ese alargamiento que fagocita la adolescencia— implica, de muchas maneras, la persistencia conservadora del legado paterno. Esa es la trampa política de la actual permanencia en la reserva. Una vez que has continuado la vida con tus padres, has ido con ellos a un festival y compartido un porro o un tripi, ya estás listo para votarlos.