Jack el Decorador /O el diseño como sospechoso

Iván de la Nuez / Valentín Roma

 

El detective Jack el Decorador fue un contemporáneo del astronauta Neil Armstrong. De este sabemos que nació en 1930; el Decorador, en este caso Manuel Vázquez Montalbán, es de 1939. Así que en 1969 los dos tienen, literalmente, un mundo por delante. Para esas fechas, Neil y Jack están dispuestos a dar un paso -grande y pequeño al mismo tiempo- que va a cambiar la historia. Un salto posterior a las convulsiones del 68 que fueron París, que fueron México, que fueron Praga, que fue la muerte de Duchamp. Una buena zancada que los transportará desde la vida en blanco y negro hasta la vida en colores.

En todo esto hay escalas. El astronauta Neil sabe que «la verdad está ahí fuera». El interiorista Jack busca, ventana adentro, más que la clave doméstica del crimen, el arcano perdido de la ciudad posible. La del astronauta es una aventura global y galáctica, con el colofón de plantar bandera en la Luna. La del detective es más como de andar por casa. Armstrong da su paso -«pequeño para el hombre, inmenso para la humanidad»- rodeado, y necesitado, de toda la publicidad que pueda hacer mínimamente creíble su gesta (todavía hay quien piensa que todo ocurrió en un estudio de televisión). A Jack el Decorador, por su parte, nada le conviene más que pasar inadvertido. Es, aunque sus métodos siembren alguna duda sobre ello, un detective y como tal está obligado al secreto, a abrir fuego a discresión.

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