Entries from noviembre 2008 ↓

Arte y fantasma

 Iván de la Nuez

 

Reconstruyo aquí el cuerpo de Marx. Mis costuras son torpes, la cirugía aleatoria. Pero dejan ver, de la cabeza a los pies, un Frankenstein hecho a partir de tres artistas contemporáneos muy distintos entre sí. Hay otras combinaciones, de momento esta. Da para muchas interpretaciones, de momento, y de mi parte, ninguna. Solo un bonus track, visual, del post anterior.

Cabeza: De Lázaro Saavedra. La pieza se titula Karl Marx y proviene de la serie Cuban Icons.

Tronco: Del colectivo PSJM. Proyecto Marx, como marca registrada. Consiste en una tienda comercial con todo tipo de productos bajo el paraguas de esta firma.

Extremidades: De José Antonio Hernández Díez. De una serie que desvela nombres ilustres de la cultura en objetos actuales de consumo.

He aquí (en imágenes) el hombre:

  L�zaro Saavedra, Karl Marx (from the Cuban Icon Series)

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Un fantasma recorre el mundo

Iván de la Nuez

 

-Un fantasma recorre el mundo… el fantasma del comunismo.

Esta es la amenaza de Marx y Engels nada más comenzar el Manifiesto comunista. Apunto, como si hiciera falta, la distancia sideral que me separa de sus autores. Acto seguido, reconozco que esta metáfora del Manifiesto siempre me ha sonado extraña; como no resuelta del todo.

La tercera y más extendida aserción de “fantasma”, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es esta: “Imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos”. Otras traducciones del Manifiesto prefieren la palabra “espectro”, pero esto no cambia las cosas. En el mismo diccionario, encontramos el primer significado de espectro: “fantasma”.

De una u otra manera, lo propio de los fantasmas es aparecer después de la muerte. No es antes del Comunismo que podemos hablar, en propiedad, de “fantasma”, sino a posteriori. La mayor capacidad aterradora de un fantasma es post-mortem.

Es después del derribo del Muro de Berlín que el Comunismo pasó a ser, ahora sí, un fantasma que recorre el mundo. Un fantasma que se destapa en 1989: el punto exacto que cifra el declive del PC (Partido Comunista) y el apogeo del otro PC (Personal Computer), con la entrada en escena de Microsoft a escala global.

Hoy, esa amenaza sobrecogedora no existe desde el punto de vista estatal -el Bloque Comunista ya no está, aunque China marca tendencia en el modelo del mundo-, ni militar (aunque China…). Es, ante todo, cultural y, si apretamos un poco, estética. Palabras como “revolución” o incluso “comunismo” están alojadas, cada vez más, en el lenguaje del arte, el mercado o la publicidad; no en el de la política o la acción directa. Y al revés: hay algo performático y “artístico”, por no decir pictórico, en procesos que se nombran a sí mismos como revolución: bolivariana, azafrán, naranja…

De modo que hoy la revolución sirve lo mismo para vender un Lancia (“It´s Time to Another Revolution!”) que para abrir una tienda de tendencias, llamada precisamente Marx, en Madrid. Tan solo en Barcelona, hace unas semanas, podías ver la película de Soderbergh sobre el Che; seguir la polémica sobre el pasado de Milan Kundera; comprar el último libro de Zizek en el que enaltece a Lenin; encontrar en la trastienda de una galería los dibujos corrosivos de Dan Perjovski; ver una función de Rock and Roll, la obra de teatro de Tom Stoppard dirigida por Álex Rigola (y cuya trama cubre desde la Primavera de Praga hasta la caída del Muro de Berlín); recordar la mítica discoteca KGB (que funcionó entre 1984 y 2005); o escuchar -también disponible vía MySpace- la propuesta musical del grupo alternativo Russian Red.

Todo lo sólido se desvanece en la estética. Todo lo siniestro también.

En los últimos años, algunos hemos insistido en la tesis de que el Muro había caído hacia los dos lados. Y en que era necesario explorar no sólo las consecuencias en los países del Este, sino también las menos evidentes en los países occidentales (que se avecinaban a unas inundaciones de muy diverso calado). Esa idea navegó un tiempo a contracorriente, pues la transformación de las antiguas tiranías comunistas acaparó casi todas las miradas. En 2009 cumpliremos veinte largos años de todo aquello y, según los augurios, estaremos todavía en medio de esta crisis de hoy. No me cabe la menor duda de que esta vez las miradas del XX Aniversario estarán enfocadas hacia el lado de los vencedores de la Guerra Fría. Con el modelo puesto en solfa y el fantasma revuelto. Es decir, de vuelta.

 

Andrew O´Hagan

Iván de la Nuez

 

 

El primer capítulo de esta historia tiene lugar en el verano pasado, en la isla de Gotland, con la lectura de Quédate a mi lado. A través de esa novela, entro en el mundo del autor escocés Andrew O´Hagan. Al día siguiente de terminarla, me tropiezo con la tumba de Bergman, en la isla de Faro, austera y sin fanfarria, mirando al Báltico. El segundo capítulo viene de la presentación de Cultivos, la novela de Julián Rodríguez, nacido como O´Hagan en el 68, que dispara la alarma sobre The End of British Farming. De ahí, un salto a otro ensayo, The Atlantic Ocean, acerca de la complicada relación entre Inglaterra y Estados Unidos. El tercer capítulo ocurre en Barcelona, durante un día larguísimo; tal vez dos. Luis Magrinyá, como un traficante, me pasa Desaparecidos, otra pieza de O´Hagan que él ha publicado en la colección que dirige para Alba Editorial. El libro me produce una profunda desazón. Hay un cuarto capítulo, hace unos días, en Madrid. Esta vez con el propio O´Hagan, por cierto un apasionado lector de ensayos. Tumbos por la ciudad, otra vez Magrinyá, con la misma intriga y nuevos materiales (tal vez los comparta aquí, tal vez no). Y con el recuerdo de Patrick McGrath, otro escritor divertido con una literatura turbia.

Quédate a mi lado consigue una proporción exacta entre su intensidad y su -no encuentro otra palabra mejor- belleza. Hay un amor que se trunca y una reflexión poco corriente sobre el 68. Hay un sacerdote que besa a un adolescente. Hay un proceso judicial y una existencia espectral propia de aquellos que han sobrevivido. Desaparecidos, por su parte, habla de gente que se pierde de súbito. Una joven que deja tal cual su habitación y nunca más regresa. El niño al que alguien secuestra. Uno que consigue el sueño de ser otro. O´Hagan rastrea a esos seres esfumados (incluso da con algunos); o visita las familias abandonadas que han quedado con la cicatriz de la pérdida; o entrevista a los detectives del relativamente reciente departamento de Scotland Yard que se dedica a estos casos (son miles en toda Inglaterra).

La literatura de O´Hagan se ocupa unas veces de aquellos que han de vivir después del desmoronamiento de su mundo, espectros posteriores a la desgracia. Otras veces se trata de lo contrario: mundos que flotan jalonados por ausencias, desapariciones, muertes. Gente que han quedado en el camino y, por eso mismo, cumplen con una extraña paradoja: permanecen intactas en nuestra memoria, tal cual nos abandonaron. Como si quedaran congeladas en la edad de su desaparición o secuestro o muerte. Así conservan su candor; son estáticos. “Somos nosotros”, avisa O´Hagan, “los que cambiamos y nos abrimos camino, y los precios del mundo real se vuelven más tolerables con el tiempo. Ya lo creo. Miramos alrededor y ellos ya se han ido, y nos dejan aquí para traicionar su mundo”

Ahí queda.

Una (humilde) recomendación post-electoral

Iván de la Nuez

 

Antes, durante y, seguramente, después de las elecciones en Estados Unidos, los analistas políticos son abundantes. Así que es innecesaria, al respecto, otra voz, otra agenda… ¡otro blog! divagando sobre el asunto. Ahora bien, y siempre en la cuerda de este espacio, me gustaría llamar la atención sobre un fenómeno que no quisiera ver solapado por el entusiasmo o el desengaño. Me refiero al lugar de las ideas en Estados Unidos. De esa preocupación nace este post, enmarcado en la categoría de “Recomendaciones”.

¿Qué recomiendo desde esta plaza invisible? Un libro de Louis Menand: El Club de los Metafísicos, premio Pulitzer en el 2002 y publicado en español por Destino. El libro empieza con la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, un horror ordenado por Harry Truman, y continúa con un efecto imperceptible, comparado con la hecatombe. La Guerra Fría inaugurada por la explosión nuclear dio lugar, también, a un eclipse de los pensadores norteamericanos que habían alimentado buena parte de las teorías, las leyes, la enseñanza y la vida pública de Estados Unidos desde la guerra civil. Menand detecta que la política norteamericana prefirió alimentarse de razones extremas, convicciones definitivas y pragmáticas sin lugar para la duda. Actitudes, todas estas, que contravenían el legado de gente como Oliver Wendell Holmes, John S. Peirce, John Dewey o William James, quienes dedicaron su obra, y su vida, a “evitar la violencia oculta de las abstracciones”.

El llamado Club de los Metafísicos fue un clan incierto. Tan solo Peirce ha dado indicios de su funcionamiento, por lo que tal vez podemos intuir que era más un estado de ánimo o una conducta cultural. Una manera de pensar e intervenir en la vida pública. (En ningún caso debemos pensar a este pequeño grupo de polemistas como una secta de contornos estrictos.)

Profundo y erudito, ameno y sosegado, Menand se vale de los libros y las interpretaciones tanto como de las leyes y las guerras, las amistades y las biografías, los diarios y las correspondencias. Así, junto a sus respectivas herencias intelectuales, no son menores las herencias vitales: la del abolicionista Holmes, héore de guerra y, al mismo tiempo, biógrafo del Ralph Waldo Emerson. O de William James, el “hombre de las dos mentes”. O del variable, no siempre editado, y a veces delirante John S. Peirce. Por no hablar del pensamiento organizado de Dewey y su revolución de la enseñanza.

Ronald Reagan, que confesó haber leído tan solo ocho libros en su vida, no basó su éxito en su cara de pistolero de Hollywood. Detrás de Reagan había un equipo de think tanks que, en su época, estudié y debatí con la misma avidez: Hilton Kramer y la tránsfuga Jane Kirpatrick, Peter Steinfels y Milton Friedman, Daniel Bell y New Criterion. Que todo eso acabara en Jesse Helms es una experiencia de la que se debería aprender y es tema para un post mucho más largo y sesudo.

El caso es que, después de las elecciones, valdría la pena que estos (y otros) pensadores, reaparecieran “tan repentinamente como se habían eclipsado” (Menand) y se tuviera en cuenta el lugar de la cultura en las decisiones de un país. Y no hablo de los intelectuales, sino de un modelo de funcionamiento para la sociedad. La crisis que ahora vivimos, y que considero (aquí vuelve el neófito) estructural, debería privilegiar la sociedad de las ideas y no la de las promesas. La del conocimiento y no la de la picaresca. De la verdad y no de la verosimilitud.

Ha ganado Barack Obama. Era mi preferido y, también, mi favorito (que son dos cosas distintas). Se acercan, ahora, tiempos acríticos y oportunistas. Iré a la contraria. Obama puede tirar un tiempo con la retórica: la suya es excelente. Puede tirar otro tiempo con el mesianismo: el suyo es preocupante. Por ese camino, sólo le cabe cosechar frustraciones en la misma proporción que las esperanzas levantadas.

Noh Suntag

Iván de la Nuez

1

Taedong River and Juche Tower, Pyongyang, 2005

Noh Suntag y estas seis lecciones visuales de alta tensión entre unanimidad y resistencia. Algunas son visiones de las dos Coreas, partidas por una curiosa división: “Corea del Norte en Corea del Norte” y “Corea del Norte en Corea del Sur”. Así, más allá de las habituales y asumidas diferencias entre estos países, aquí se nos descubren las continuidades entre dos sistemas que a este fotógrafo no le parecen tan diametralmente opuestos.

2

Airang Festival, May Day Stadium, Pyongyang, 2005

La cámara de Noh Suntag captura usos autoritarios que son obvios en Pyongyang, pero que no están ausentes en el imaginario político de Seúl. Usos emanados del militarismo, de los fantasmas del pasado, y de la persistencia de una Guerra Fría que en 1989 fue declarada muerta. Imágenes que desnudan la supervivencia de uno de los estados comunistas más terribles –y eso que la competencia era dura-; pero asimismo imágenes que nos sitúan sin contemplaciones frente al capitalismo marcial de la Corea del Sur de la democracia.

3

Airang Festival, May Day Stadium, Pyongyang, 2005

Las indagaciones de Noh Suntag alcanzan dimensiones globales que sobrepasan, de largo, los asuntos coreanos: Guerra Fría-Comunismo-Reunificación. De ahí el impacto de su trabajo, recientemente, en Alemania, un país atravesado por temas similares (si bien con todo tipo de amortiguadores). En esa línea, el Kuntsverein de Stuttgart ha programado State of Emergency, con curaduría de Iris Dressler & Hans D. Crist, los mismos que llevaron a cabo la monumental Past Imperfect, retrospectiva de Stan Douglas.

4

State of Emergency, Busán, 2005

La obra de Suntag no rehuye las convenciones del fotoperiodismo: don de la oportunidad, encuadre certero, riesgo personal, implicación en el conflicto. Al mismo tiempo, su trabajo ha tenido una acogida significativa, aunque de momento selecta, en algunos circuitos del arte contemporáneo. Ahí aporta -más allá de su notable discurso visual- una honestidad poco habitual y un anclaje en la crudeza de la realpolitik, muchas veces frivolizada en estos ámbitos.

5

State of Emergency, Gyeonggi, 2006

Noh Suntag nació en Seúl (1971), y el próximo año State of Emergency, como su helicóptero de cabeza -Black Hook Down-, aterrizará en Barcelona. De momento, estas seis lecciones visuales. Las tres primeras de Corea del Norte (un país escasamente fotografiado). Las tres siguientes, de Corea del Sur. Todas ellas con un distintivo ciertamente escaso: se explican por sí mismas.

6

Black Hook Down # 2, 2006

Para saber más: Los libros Red House (Catálogo, 2005) y State of Emergency (Hatje Cantz / Kunstverein Stuttgart, 2008). Agradezco a Nathalie Boseul, Hans D. Crist, Iris Dressler y el propio Noh Suntag, tanto haberme puesto en contacto con esta obra como la posibilidad de reproducir sus piezas.