Una (humilde) recomendación post-electoral

Iván de la Nuez

 

Antes, durante y, seguramente, después de las elecciones en Estados Unidos, los analistas políticos son abundantes. Así que es innecesaria, al respecto, otra voz, otra agenda… ¡otro blog! divagando sobre el asunto. Ahora bien, y siempre en la cuerda de este espacio, me gustaría llamar la atención sobre un fenómeno que no quisiera ver solapado por el entusiasmo o el desengaño. Me refiero al lugar de las ideas en Estados Unidos. De esa preocupación nace este post, enmarcado en la categoría de “Recomendaciones”.

¿Qué recomiendo desde esta plaza invisible? Un libro de Louis Menand: El Club de los Metafísicos, premio Pulitzer en el 2002 y publicado en español por Destino. El libro empieza con la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, un horror ordenado por Harry Truman, y continúa con un efecto imperceptible, comparado con la hecatombe. La Guerra Fría inaugurada por la explosión nuclear dio lugar, también, a un eclipse de los pensadores norteamericanos que habían alimentado buena parte de las teorías, las leyes, la enseñanza y la vida pública de Estados Unidos desde la guerra civil. Menand detecta que la política norteamericana prefirió alimentarse de razones extremas, convicciones definitivas y pragmáticas sin lugar para la duda. Actitudes, todas estas, que contravenían el legado de gente como Oliver Wendell Holmes, John S. Peirce, John Dewey o William James, quienes dedicaron su obra, y su vida, a “evitar la violencia oculta de las abstracciones”.

El llamado Club de los Metafísicos fue un clan incierto. Tan solo Peirce ha dado indicios de su funcionamiento, por lo que tal vez podemos intuir que era más un estado de ánimo o una conducta cultural. Una manera de pensar e intervenir en la vida pública. (En ningún caso debemos pensar a este pequeño grupo de polemistas como una secta de contornos estrictos.)

Profundo y erudito, ameno y sosegado, Menand se vale de los libros y las interpretaciones tanto como de las leyes y las guerras, las amistades y las biografías, los diarios y las correspondencias. Así, junto a sus respectivas herencias intelectuales, no son menores las herencias vitales: la del abolicionista Holmes, héore de guerra y, al mismo tiempo, biógrafo del Ralph Waldo Emerson. O de William James, el “hombre de las dos mentes”. O del variable, no siempre editado, y a veces delirante John S. Peirce. Por no hablar del pensamiento organizado de Dewey y su revolución de la enseñanza.

Ronald Reagan, que confesó haber leído tan solo ocho libros en su vida, no basó su éxito en su cara de pistolero de Hollywood. Detrás de Reagan había un equipo de think tanks que, en su época, estudié y debatí con la misma avidez: Hilton Kramer y la tránsfuga Jane Kirpatrick, Peter Steinfels y Milton Friedman, Daniel Bell y New Criterion. Que todo eso acabara en Jesse Helms es una experiencia de la que se debería aprender y es tema para un post mucho más largo y sesudo.

El caso es que, después de las elecciones, valdría la pena que estos (y otros) pensadores, reaparecieran “tan repentinamente como se habían eclipsado” (Menand) y se tuviera en cuenta el lugar de la cultura en las decisiones de un país. Y no hablo de los intelectuales, sino de un modelo de funcionamiento para la sociedad. La crisis que ahora vivimos, y que considero (aquí vuelve el neófito) estructural, debería privilegiar la sociedad de las ideas y no la de las promesas. La del conocimiento y no la de la picaresca. De la verdad y no de la verosimilitud.

Ha ganado Barack Obama. Era mi preferido y, también, mi favorito (que son dos cosas distintas). Se acercan, ahora, tiempos acríticos y oportunistas. Iré a la contraria. Obama puede tirar un tiempo con la retórica: la suya es excelente. Puede tirar otro tiempo con el mesianismo: el suyo es preocupante. Por ese camino, sólo le cabe cosechar frustraciones en la misma proporción que las esperanzas levantadas.

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