Andrew O´Hagan

Iván de la Nuez

 

 

El primer capítulo de esta historia tiene lugar en el verano pasado, en la isla de Gotland, con la lectura de Quédate a mi lado. A través de esa novela, entro en el mundo del autor escocés Andrew O´Hagan. Al día siguiente de terminarla, me tropiezo con la tumba de Bergman, en la isla de Faro, austera y sin fanfarria, mirando al Báltico. El segundo capítulo viene de la presentación de Cultivos, la novela de Julián Rodríguez, nacido como O´Hagan en el 68, que dispara la alarma sobre The End of British Farming. De ahí, un salto a otro ensayo, The Atlantic Ocean, acerca de la complicada relación entre Inglaterra y Estados Unidos. El tercer capítulo ocurre en Barcelona, durante un día larguísimo; tal vez dos. Luis Magrinyá, como un traficante, me pasa Desaparecidos, otra pieza de O´Hagan que él ha publicado en la colección que dirige para Alba Editorial. El libro me produce una profunda desazón. Hay un cuarto capítulo, hace unos días, en Madrid. Esta vez con el propio O´Hagan, por cierto un apasionado lector de ensayos. Tumbos por la ciudad, otra vez Magrinyá, con la misma intriga y nuevos materiales (tal vez los comparta aquí, tal vez no). Y con el recuerdo de Patrick McGrath, otro escritor divertido con una literatura turbia.

Quédate a mi lado consigue una proporción exacta entre su intensidad y su -no encuentro otra palabra mejor- belleza. Hay un amor que se trunca y una reflexión poco corriente sobre el 68. Hay un sacerdote que besa a un adolescente. Hay un proceso judicial y una existencia espectral propia de aquellos que han sobrevivido. Desaparecidos, por su parte, habla de gente que se pierde de súbito. Una joven que deja tal cual su habitación y nunca más regresa. El niño al que alguien secuestra. Uno que consigue el sueño de ser otro. O´Hagan rastrea a esos seres esfumados (incluso da con algunos); o visita las familias abandonadas que han quedado con la cicatriz de la pérdida; o entrevista a los detectives del relativamente reciente departamento de Scotland Yard que se dedica a estos casos (son miles en toda Inglaterra).

La literatura de O´Hagan se ocupa unas veces de aquellos que han de vivir después del desmoronamiento de su mundo, espectros posteriores a la desgracia. Otras veces se trata de lo contrario: mundos que flotan jalonados por ausencias, desapariciones, muertes. Gente que han quedado en el camino y, por eso mismo, cumplen con una extraña paradoja: permanecen intactas en nuestra memoria, tal cual nos abandonaron. Como si quedaran congeladas en la edad de su desaparición o secuestro o muerte. Así conservan su candor; son estáticos. “Somos nosotros”, avisa O´Hagan, “los que cambiamos y nos abrimos camino, y los precios del mundo real se vuelven más tolerables con el tiempo. Ya lo creo. Miramos alrededor y ellos ya se han ido, y nos dejan aquí para traicionar su mundo”

Ahí queda.

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