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Guantánamo y sus (inútiles) metáforas

Iván de la Nuez

El País, 17 de enero, 2009

 

 

Bay Prisoner: Un grafiti a su vez grafiteado de Banksy

Guantánamo se ha convertido en un género artístico. También. Un vertedero real y al mismo tiempo metafórico por el que se precipitan, en escasos kilómetros cuadrados, los vestigios del comunismo y una Base Naval de Estados Unidos con todas las reminiscencias neocoloniales. El terrorismo islamista y las torturas de la democracia liberal. El premio Nobel de Literatura (que lo aloja en el discurso de Harold Pinter) y El León de Oro del Festival de cine de Berlín (que premia Camino a Guantánamo, de Michael Winterbottom y Mat Whitecross). El arte radical de Banksy (que lo coloca en una parodia de Dysney World con su instalación Big Thunder Mountain Railroad) y hasta el thriller de espías (El afgano, de Frederick Forsyth, El prisionero de Guantánamo, de Dan Fesperman). Una artista española -Alicia Framis- ha llegado a sugerir que la cárcel de Guantánamo sea convertida en un museo.

Crítica y frivolidad, literatura e imagen, anidan en esa alcantarilla de la globalización.

Paradojas -y complicidades- de la cultura contemporánea: Al otro lado del mundo, en Abu Dhabi, se trabaja a marchas forzadas para acercar la cultura de Occidente a los musulmanes. Con una franquicia del Louvre prevista para 2012 en la isla de Saadiyat, financiada por los árabes y diseñada por Jean Nouvel. El Emirato construirá allí mismo otros museos: Guggenheim, marítimo, nacional… Hacia Oriente se desplazarán, pues, Goya y Picasso; quién sabe si un Jeff Koons, un Hermann Nitsch, un Damien Hirst.

En Guantánamo no ocurrirá nada parecido. Hacia esa zona del Caribe no viajarán Avicenas o Averroes, tampoco los esplendores de la poesía sufí. Mucho menos los artistas actuales que, contra viento y marea, han construido lo que Catherine David ha fijado como “representaciones árabes contemporáneas”. No hay, por allí, agasajo alguno que amortigüe el encontronazo. Sólo terroristas, cómplices de terroristas o inocentes sospechosos de serlo; siempre el Corán…

Alrededor, no faltan prisiones cubanas para cubanos, presos políticos incluidos, si bien esta cifra acostumbra a desaparecer en las fórmulas del arte global, acorralado entre su intención crítica y la patética posibilidad de quedar como avanzadilla evangelizadora de otros intereses menos espirituales.

Buena parte de estos creadores lo ignora olímpicamente, pero a Guantánamo no le ha faltado pulsión global. Un astronauta guantanamero llegó a plantarse en la estratosfera durante los años de la Guerra Fría. Aunque quizá el punto más alto de su globalización -si esto es posible comparado con mirar la tierra desde el Cosmos- tiene que ver con la música, y con esa pieza que hoy se repite hasta en los campos de fútbol: la Guantanamera. Más allá de Cuba, la hizo famosa Pete Seeger -quien, de paso, se benefició durante un tiempo de su copyright (izquierda y colonialismo no siempre resultan antagónicos)-, y ha sido repetida por todo tipo de intérpretes y estilos musicales. Tito Puente y Los Lobos, José Feliciano y Julio Iglesias, Los Olimareños y Celia Cruz, Pérez Prado y Joan Baez, The Weavers y Yellowman, Nana Mouskouri y Wyclef Jean…

Resulta que mientras más se escribe, se filma, se instala o se pinta sobre Guantánamo, más inútiles resultan las metáforas para entender cualquier cosa. Para saber, por ejemplo, algo de su historia como villa colonial o provincia comunista. La palabra “Guantánamo”, hoy, no es más que el topónimo de una degradación: base militar neocolonial, centro de retención de haitianos, cubanos o kosovares (según el conflicto del momento), cárcel donde se practica la tortura fuera del estado de derecho. Décadas como albergue de distintas cuarentenas geopolíticas. Es curiosa, por otra parte, la contención conque ha sido tratado este asunto por parte del gobierno cubano, que no acostumbra a dejar pasar oportunidad para la diatriba con Estados Unidos. Tal vez no hay, aquí, misterio alguno. La presencia misma de la Base es un contrapeso idóneo para el régimen socialista, la parte maldita capaz de probar -a lo grande- que en democracia también se violan los derechos humanos.

Barack Obama ha anunciado su primera medida: cerrará la cárcel de Guantánamo. Sería todo un detalle que, de paso, echara el cerrojo al Eje del Mal, ese alistamiento bautizado por su predecesor que comprime -junto a las censuras locales- a los intelectuales más interesantes de esa reserva planetaria de países parias. Creadores que se resisten a compartir semejante bipolaridad y se niegan a jugar con las cartas marcadas. Obama tiene al alcance, todavía, una tercera iniciativa: cerrar la Base Naval y devolverla a Cuba. Este sería un comienzo notable para simplificar la ecuación de este multiorgasmo de la ignominia. Al contrario de algunas tiranías o movimientos terroristas, que suelen ser perdonados por el pasado -por alguna injusticia seminal-, la democracia sólo es juzgada, y condenada, por el presente. El precio que se paga por ella es alto o no es nada. Un presidente con orígenes africanos, una biografía transcultural, y entre cuyos nombres figura el de Hussein, tiene en sus manos adelantar ese momento de la “página en blanco”, el “grado cero” para reiniciar la historia. Cualquier figura efectiva capaz de imaginar la última -y ojalá que útil- metáfora en Guantánamo.

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Trauma a la vista

Iván de la Nuez

 

Este mes, novedad de Patrick Mc Grath en castellano (la traducción a cargo de Javier Calvo para Mondadori). Leo su nueva novela –Trauma– y, ya puesto, repaso algo del camino anterior de McGrath a través de la locura.

SpiderLocuraPort Mungo

Trauma no es lo mejor de McGrath, pero su categoría se mantiene alta, sostenida por sus tormentos de siempre. Un secreto que clama por salir a flote. La relación -en ningún caso romántica- entre impulso creativo y desvarío mental. La geografía de esas vidas al margen de la normalidad y que, sin embargo, conviven con ella. El dibujo del drama de los demás como una cortina que esconde el drama propio.

Ahora McGrath cruza el horror extraordinario de la guerra -en este caso Vietnam- con el horror cotidiano de las vidas comunes. El primero asfixia al presente; el segundo anula al futuro.

Antes fueron Spider o Jack Rathbone; ahora Charlie Weir. Seres martirizados por algo que no consiguen decirse a sí mismos.

Trauma es, pues, un regreso a la destrucción y a la manera en que, a su alrededor, tiene lugar algún acto creativo.

-Lo que yo hago es un tipo de arte.

Así se consuela el psiquiatra de Nueva York, que vive en la acera opuesta a la de su exitoso hermano pintor. Otro pintor.

McGrath da, todavía, una vuelta de tuerca con respecto a otros libros. En este, el trauma a cuyo núcleo tenemos que llegar se abre paso en la persona del propio psiquiatra-narrador-protagonista.

-Te entrometes.- Así reprocha su madre al doctor Weir.

Y así es. Porque Trauma, al final, es la historia de un intruso en la vida de los otros. Y la de su patética obsesión por redimir aquello que no quiere ni debe ser salvado.