Blow Up: Una síntesis de la era de la imagen

Iván de la Nuez

  

Intro:

¿Puede una sola obra resumir la era de la imagen? Blow Up nos acerca esa posibilidad. No en tanto que pieza exclusiva -el conocido film de Antonioni-, pero sí a través de las actualizaciones, versiones y variaciones que ha sufrido durante más de cinco décadas. Hablo, pues, de Blow Up como proyecto de largo recorrido. Una estación de paso por la que han atravesado distintos creadores, épocas, tecnologías, estilos y formatos. De Queco Larraín a Julio Cortázar, de Cortázar a Antonioni, de Antonioni a Brian De Palma, de De Palma a Joan Fontcuberta. Por el camino: Herbie Hancock o The Yardbirds (con Jimmy Page y Jeff Beck dando soporte en Stroll On). Incluso ACDC tiene su Blow Up Your Video. De la fotografía a la narrativa, del cuento al cine, del cine a la fotografía digital, de la imagen al sonido, del sonido al jazz, del grano fotográfico al píxel, del jazz al rock, de la cámara fotográfica Contax a la máquina de escribir Remington, del blanco y negro al color, de la Remington a la 16 milímetros, del revelado convencional a la impresión digital. De Vanessa Redgrave a John Travolta. De la ampliación a la manipulación, Blow Up testimonia una historia que va desde los orígenes de las revueltas del 68 hasta la post-guerra fría y la cultura global.

 

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Contax, marca habitual de Queco Larraín en los 50 

 

Primer episodio:

En el principio de todo, un fotógrafo: Queco Larraín. Un chileno en París (segunda mitad de los 50), que se dedica a fotografiar los alrededores de la isla Sant-Louis. Cuando revela los negativos, Larraín descubre algo que no encaja en lo que, a primera vista, era un paisaje bucólico. Algo que la mirada corriente sobre la realidad no es capaz de desvelar. Sólo mediante la ampliación de la imagen conseguimos “ver” lo que ha permanecido escondido. Gracias a lo que podríamos llamar una estética de la ampliación, el fotógrafo nos dice que la realidad no es precisamente la verdad. Y que la ficción no es necesariamente la mentira. Una y otra se construyen ampliando los hechos y los lugares. Ampliando, sin más, la mirada.

 

 

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Marca con la que escribió Cortázar “Las babas del diablo”, aparecido en Las armas secretas (1959)  

 

Segundo episodio:

Larraín sospecha que ha sido el testigo accidental de un crimen y le cuenta, sobresaltado, su historia a Julio Cortázar. Pero de ahí no sale una investigación policial sino un cuento: Las babas del diablo. Una narración integrada en Las armas secretas (1959), que precede, en el libro, a El perseguidor. Cortázar continúa ampliando esta aventura, en cuyo origen localizábamos un punto de calma y un paisaje “natural”. Le deja un hueco a lo siniestro y los personajes empiezan a descreer, paulatinamente, de todo aquello que les ofrece la primera apariencia. Al mismo tiempo comienzan a sospechar entre sí en una creciente y frenética atmósfera de paranoia. El fotógrafo, aquí, es primero que todo traductor, y la fotografía es presentada como una de las “maneras de combatir la nada”. “Creo que sé mirar, si es que algo sé” -abunda el narrador-, “y que todo mirar rezuma falsedad”.

 

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 Cartel de Blow Up, de Michelangelo Antonioni (1967)

 

Tercer episodio:

Michelangelo Antonioni lee Las babas del diablo y acomete la adaptación, libérrima, del cuento. El resultado lo conocemos en 1966. Blow Up, co-producción italo-británica, gana el año siguiente la Palma de Oro en Cannes, con Vanesa Redgrave y David Hemmings como protagonistas, más el correspondiente cameo de Cortázar. La película -digamos que el Blow Up canónico en el que no hace falta abundar- aporta su dosis de crítica a la tensión que el cine o la cultura tienen con la realidad. El subtítulo avanza un elemento shakespeare-futurista: “Deseo de una mañana de verano”. Y la evocación, no de un pasado, sino de un futuro perdido.

 

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 Jack (Travolta) como soundman en la versión de Brian Plama (1981)

 

Cuarto episodio:

En 1981 Brian de Palma recrea la película de Antonioni, y le abre a la trama un camino norteamericano: Blow Out. La historia -protagonizada por Travolta y Nacy Allen- da un giro y el asunto se desliza ahora de la cultura a la política (esa esfera fundadora de ficción por excelencia). Hay otro desplazamiento, quizá más importante: el que nos lleva de la imagen al sonido. (El protagonista se dedica a capturar sonidos en la noche, para ambientar películas de terror). Con De Palma entran en juego las distintas falacias y violencias de lo político. Hay en su película -que ha llegado a tener tres títulos en castellano- una alegoría a los atentados mortales contra John y Robert Kennedy o Martin L. King. El viaje ha continuado “ampliándose”: hemos pasado de la fotografía a la narrativa, y de la narrativa al cine.

 

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Detalle de Blow Up Blow Up, de Joan Fontcuberta (2009)

 

Quinto episodio:

Corre el año 2004 y Joan Fontcuberta imparte un curso sobre fotografía en Harvard. En sus ratos libres, consigue acceder a la serie fotográfica original de Larraín y la compara con el Blow Up de Antonioni. Vuelve sobre el momento cenital de la película y la amplia en formato digital (tal como pudimos verla en su exposición reciente de la galería Dels Àngels, Barcelona). Lo que había convertido la fotografía en grano ahora queda transformado en píxel. Lo que sirvió, en la primera ampliación, para llegar a la verdad, aumenta su tamaño hasta disolver cualquier referente real y alcanzar una imagen abstracta. Si ampliar una foto puede revelar la verdad, ampliar esa verdad es, de algún modo, desaparecerla. El efecto revelador de la fotografía queda diluido por su manipulación -por la aparición de su carácter velador.

 

The End?

Blow Up condensa, de muchas maneras, una historia de la era de la imagen y de sus tecnologías. Una historia que va desde la génesis de la contracultura hasta la cultura visual de nuestro días. Una historia, también, de la deriva migratoria de la creatividad: dos latinoamericanos en París, un italiano en Londres, un catalán en Harvard. Una historia de lo que esta época puede construir y, también, de lo que es capaz de arrasar. De aquello que puede escribir y de aquello que puede borrar. De lo que puede revelar y de lo que puede desaparecer.

¿Una historia acabada?

 

 

 

 

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