Entries from junio 2009 ↓

Autopsia del pop

Iván de la Nuez

 

Jacko por…

 

…Dana Schutz

 

 Jacko-Schutz

 

…Jeff Koons

 

 

 Jacko-Koons 2

 

 

 

…Andy Warhol

 

 

Jacko-Warhol 

Marcador

Un western para la Concertación

Iván de la Nuez

 

 

gumucio-la-deuda2

 

Hay autores que, mientras más en desacuerdo estoy con ellos, más adictivos me resultan. Me ocurre a menudo con dos amigos: Ignacio Vidal Folch y Pedro G. Romero. Y me sucede también con Rafael Gumucio, al que me gusta considerar como una especie de pensador a primera vista. Este don quedó demostrado, por ejemplo, en Páginas coloniales, donde no dejó títere con cabeza en su recorrido por España. Y lo demuestra a menudo en sus programas de radio (es un comunicador de éxito pese a su acento tropeloso), o en sus colaboraciones en The Clinic y El país, o en cualquier conversación. Siempre queda latente la sugerencia de que reflexione un poco más antes de llegar a conclusiones; antes de ametrallarnos con esos rafagazos sobre todo lo que se ponga por delante: el arte contemporáneo, los catalanes, los cubanos, los editores españoles…

Y siempre queda la certeza, acaso el consuelo, de que, si así fuera, el resultado sería el mismo. O incluso peor.

Hace unos días me leí su última novela. Y ahora he vuelto a repasarla por completo. Esta segunda lectura ya vino acompañada por las alertas desde Chile, donde el libro ha levantado alguna roncha.

-¿Y cual no?-me pregunto-.

La deuda -así su título- es una novela con varias claves de lectura. Por una parte, el dilema de sus personajes resulta común a cualquier sociedad occidental, marcada por la agonía del dinero y por las tramas no siempre edificantes que giran a su alrededor. Protagonizada por un cineasta estafado -Fernando Girón- y por su estafador -Juan Carlos Riquelme-, La deuda se convierte en un western urbano en el que, a partir de una traición inicial, se desarrolla una búsqueda implacable entre dos enemigos que son, al mismo tiempo, partes inseparables de un mismo paisaje moral. Dos antihéroes hechos a imagen y semejanza de una fantasía tan imaginativa como la literaria: la ficción del dinero, con los eufemismos que lo nombran y los relatos que lo adornan.

Asimismo, La deuda es una sarcástica indagación sobre el Chile contemporáneo. El país post-Pinochet de la actual Concertación. Y sobre la travesía de una generación que clama por los matices en un escenario gobernado por los extremos heredados del “Sí” o el “No”. En ese país, y en esta época, Rafael Gumucio lanza una pedrada en el espejo de una sociedad acomodada a un presente continuo definido por su fragilidad. Una pedrada al espejo que, no lo olvidemos, es también una pedrada contra sí mismo.

La novela, además, se interroga sobre el verdadero valor del arte, en este caso el cine, y sobre los esfuerzos titánicos de algunos creadores para realizar obras completamente olvidables que no consiguen, ni por asomo, compensar los desvelos económicos que han suscitado.

La deuda es un libro sobre la amistad y la pareja, el rencor y la familia, la culpa y el perdón. Escrita con una sorna que nos hace leerla, de cabo a rabo, con una sonrisa y algún chasquido en la lengua. Una comedia vitriólica sobre la condición humana (si es que esto existe), donde se despliega un dominio del idioma fuera de lo común: Gumucio se maneja con un castellano de banda ancha.

Hay una amistad que va arrastrando un odio escondido, una envidia oculta que no se manifiesta hasta que explota sin remedio. Y hay, por eso mismo, un enigma que flota sobre los personajes: ¿Por qué la gente llega a traicionar? ¿Cómo es posible que alguien, a quien parece que sólo se le ha hecho el bien, arrastre consigo ese repertorio de rencor?

Creo detectar en La deuda más de una puya a otros escritores chilenos. Así que, si bien es este un libro que indaga en los beneficios del perdón, difícilmente llegue a encontrarlo en algunos de sus lectores.

Una noticia para cerrar la recomendación de este libro; y viene de la solapa. Allí, entre los datos profesionales del autor, se nos ofrece una información que no puedo negarme a compartir. Entre sus muchos quehaceres, Rafael Gumucio “en la actualidad se desempeña como director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales”. ¡Qué puesto!

 

Postcomunismo y burundanga

Iván de la Nuez

 

No sólo el comunismo y la gripe A. Hay otro espectro que recorre el mundo: el fantasma de la burundanga.

Escopolamina. Que proviene de un árbol conocido como Brugmansia. También llamado Belladona o, ya metidos en Colombia, cacao borrachero. De la familia de las solanáceas: Datura stramonium o Hyoscyamus albus. Mandragora autumnalis o Brugmansia candida.

En los últimos años, la burundanga ha saltado todas las alarmas por su asociación con la violación y el robo. La víctima no recuerda lo que ha pasado ni cómo ha pasado. En SusMedicos.com se nos advierte que la burundanga es “la droga preferida de los delincuentes”. Y se nos previene de su ubicuidad: “habita en perfumes, dulces, gaseosas, papel o licores”.

En España está tan asociada a los delitos sexuales que se le conoce, directamente, como la droga de la violación. En América Latina ha estado vinculada a trasplantes involuntarios de órganos (hay quien ha amanecido en una bañera con un riñón de menos después de haberla ingerido camuflada en alguna bebida o droga más blanda).

La burundanga no provoca únicamente la pérdida de memoria. También nos causa la pérdida de la voluntad: “La víctima queda en un estado de pasividad y en actitud complaciente”.

Esta droga es, sin duda, siniestra. Como siniestro es el hecho de que sea otro capítulo -más allá de lo psicotrópico- de un síntoma más extendido. Me refiero a la narcosis que envuelve, como una atmósfera, a la sociedad contemporánea. Una sociedad armada sobre la amnesia y que parece bañada por el Leteo, ese río mitológico del olvido. Leteo es, además, el libro de Harald Weinrich acerca del lugar de la desmemoria en la cultura de Occidente. Un volumen muy recomendable, que atiende a Homero y a Dante, a Cervantes y Helvetius. Al Fausto y a Bernhardt, que “escribía para extinguir”. Todo ello sin olvidar el capítulo “Auschwitz y nada de olvido”, con reflexiones sobre Elie Wiesel, Primo Levi o Jorge Semprún.

-Lo que olvido significa se sabe siempre, y es lo que menos puede ser olvidado.

El cine ha sido pródigo en este asunto. Desde Memento hasta el espía amnésico Jason Bourne, tenemos un abanico de personajes atormentados por sus recuerdos borrados. Películas de Hal Hartley o David Lynch –Amateur y Carretera perdida– esconden sus claves en el apagón de sus antihéroes.

La amnesia parece cebarse, aún más si cabe, en las sociedades en transición, especialmente proclives al olvido como estrategia. Este año, en el que se cumplen 20 años de la hecatombe del Comunismo y de casi todo (la caída del Muro de Berlín o Tiananmen, el fin del experimento sandinista o el Tratado de Libre Comercio, el lanzamiento a gran escala de Microsoft o el ajusticiamiento de los Ceaucescu), vale la pena recordar -vaya paradoja- la relación entre olvido y memoria en las sociedades postcomunistas, herederas de un antiguo régimen marcado por la lobotomía. Pues bien, en el tránsito del comunismo al capitalismo hay algo de burundanga. Ahí tenemos, a simple vista, la amnesia de los conversos (o de quienes hoy le aplauden). Viejos estalinistas reconvertidos al neoliberalismo (Yeltsin), o viejos miembros del KGB tutelando las pautas del capitalismo de hoy (Putin). Esto por no hablar del consabido “no me acuerdo”, “me tenían engañado”, “estaba ciego”, de decenas de intelectuales a los que se les imagina como albaceas de la memoria. (Yo mismo he visto a un antiguo fanático del realismo socialista convertido, y con el mismo entusiasmo, en defensor acérrimo de Jesse Helms).

Pero volvamos al presente. Este post surge del seguimiento de una serie de obras protagonizadas por el tema en cuestión. Dos de estas piezas, hablan incluso de la relación entre transición y estado de coma. Es el caso de Good Bye Lenin, de Wolfang Becker, sobre la reunificación alemana. Marianne, la madre comunista, cae en coma en la noche del derribo del Muro de Berlín, y regresa cuando ya “su” República Democrática Alemana ha dejado de existir. Queda como ficción y “Ostalgia”, en un mundo que cuida, no ya de su memoria, sino de su simulación. Es también el caso de la novela Pekín en coma, de Ma Jian, sobre un estudiante que recibe un disparo en la cabeza durante la matanza de Tianamén y lleva diez años inerte mientras China realiza cambios frenéticos en su economía. Una madre alemana y un hijo chino; para quienes el cambio sucede mientras ellos, aparentemente, no se enteran. Aunque los dos intuyen o saben lo que ocurre y persisten en permanecer en su propio limbo; en seguir dormidos mientras su mundo se desmorona.

En La fiesta vigilada, Antonio José Ponte describe esta situación como una memoria de polaroide: después del flash, un periodo mínimo de nitidez y, enseguida, todo tiende a borrarse.

Claro que la memoria no es siempre un consuelo. En la vida cotidiana, muchas veces el “allá era peor” actúa como un placebo que, si bien puede paliar nuestras desgracias de ahora -vitales, laborales, profesionales- también ejerce un efecto-burundanga por la parálisis que nos supone.

Ante este síndrome, me permito recomendar a unos artistas que -sin abandonar en ningún momento su crítica al antiguo totalitarismo (casi todos ellos fueron represaliados “allá” o “antes”)- compensan su buena memoria hacia el pasado con su mala leche hacia el presente. Entre otros, Frank Thiel, Komar y Melamid, Los Kabakov, Boris Mikhailov, Deimantas Narkevicius, Dan Perjovski…

Ellos se han negado a pasar de camaradas a consumidores mientras se escamotea por el camino su condición de ciudadanos. (Fue para alcanzar esa dimensión que sufrieron cárcel, exilio o censura). Y es precisamente por eso que han mantenido en forma su energía crítica, una disidencia doble que los ha fortalecido como artistas y como ciudadanos.

Plante en el éter

 Iván de la Nuez

 

domino-7

 

  

Circula por la Red una convocatoria para movilizar a los internautas hoy, 1 de junio. Se trata de una iniciativa que, si bien tiene su punto de partida en la blogosfera, aborda temas que tocan tierra en asuntos concretos. En este caso, algunos que afectan a cubanos de todas partes, especialmente a aquellos que viven en la isla. Aunque no es este un blog-plataforma ni suelo firmar cartas colectivas, encuentro pertinente reproducir aquí las demandas que animan esa convocatoria y compartirlas con los lectores de este espacio. Estas se resumen, textualmente, en tres puntos:

-Liberar a los presos políticos en Cuba.
-Levantar las prohibiciones que impiden a los cubanos entrar (a) y salir de su país.
-Levantar las prohibiciones de acceso a Internet para los cubanos.

Resulta muy fácil estar de acuerdo con estos tres puntos. Más arduo, sin embargo, se nos presenta la efectividad que puedan tener estos llamados, dada su apelación a un eufemismo tan abstracto como “el mundo” y a un eufemismo tan concreto como “el gobierno cubano”.

Conste aquí, en todo caso, tanto mi apoyo como el deseo de éxito a esta iniciativa.