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La crisis es crítica

Iván de la Nuez

 

ANTONIO BAÑOS

 

Sí. Desde el título, esto suena a teoría crítica, en general, y a Walter Benjamin o Reinhart Koselleck, en particular. Pero no. El origen de este post es algo más corriente. Brota del día a día de los últimos meses. Y de un encargo para la próxima Bienal de Lanzarote (lo compartiremos aquí en su momento). Surge, en consecuencia, de seguir a algunos artistas visuales que han trabajado, en los últimos tiempos, los efectos de la debacle financiera.

Miguel Brieva con sus libros, comics y su revista Dinero. Noh Suntag y ese trabajo suyo sobre las grandes marcas coreanas y su relación con el militarismo. Daniel G. Andújar con los Archivos de Postcapital, confrontados sucesivamente en Barcelona, Stuttgart, Pekín. Rogelio López Cuenca y Antoni Muntadas con esa pieza construida al alimón sobre la semántica de la crisis. Montserrat Soto y sus fotografías en los extrarradios de diferentes ciudades. Ramón Williams con Trace Crop Off, serie que desvela el tsunami inmobiliario de Miami. Daniel Canogar y su rastreo por los deshechos; bien sean los basureros, bien (como en Jackpot) las chatarras de las máquinas tragaperras…

Y sí. Desde ellos es posible intuir que la actual crisis no es sólo crítica en el sentido de grave. Lo es también en tanto que esta situación requiere una crítica, en todos los campos (no solamente el económico), sobre el modelo de vida en el que estamos inmersos. Y sí. También resulta inevitable tener en cuenta el debate entre “mercadistas” y “estatistas”. Entre seguidores de Friedman o Keynes. Incluso en los rebrotes que han hecho revivir a Marx en la actualidad. Y en los numerosos libros-panfletos-ensayos-documentales que han convertido a la crisis en un género: se ha abierto paso en todos los suplementos de periódicos, se ha creado un espacio en todas las librerías, ha removido el mundo editorial, no es imposible obviarla en ningún informativo.

Ante la crisis, tanto como de Smith y Ricardo, Marx o Friedman, tal vez valga la pena echar mano de Freud para darle un meneo a su idea sobre el malestar de la cultura ¿Y si el problema no radicara, necesariamente, en que la economía esté mal, sino en el hecho de que en ese malestar descansa, precisamente, toda su lógica y su calendario; su ritmo y sus combinaciones?

Ando, entre perdido y aburrido, por estas veredas y me tropiezo con La economía no existe (editado por los libros del lince). Un libro de Antonio Baños que tiene más de un punto en común con las búsquedas antes mencionadas. Baños es periodista y músico, alguien en quien se mezclan el nomadismo y el arraigo de barrio. Durante años, su columna “La croqueta” ha diseccionado sin piedad la vanidad literaria de las presentaciones de libros en Barcelona. Se le adivina al hombre un escepticismo saludable del que no cabe esperar demagogia o militancia al uso. Mas la verdad es que, incluso desde esta creatividad inquieta, no parecía posible que atacara con un libro de economía. Vale apuntar el subtítulo de esta pieza: Un libelo contra la econocracia.

Desde el principio, La economía no existe deja claro que lo suyo no es alistarse entre Keynes o Friedman. Más bien, es un “¡rompan filas!” contra casi todas las fórmulas y recetas de otros economistas en boga. El libro apunta a una antropología del consumidor en el límite, a la economía vista desde abajo, con más puntos de contacto con un Oliver Sacks que con un Paul Krugman. A partir de ahí, una arqueología de lo más precisa para entender el particular camino de Baños hasta este libro: el origen semántico del trabajo como tortura, la economía como sistema de tabúes organizado, la enorme y escondida productividad –en cifras- de la pobreza, la tensa relación entre liberalismo y libertad, el hecho de que es posible evadirse de cualquier cosa menos de la economía, la variable escala de la felicidad (en la que resplandece esta frase de Homer Simpson: “¡Con 10.000 dólares seremos millonarios!”), la culpabilidad de Russell Crowe en la catástrofe financiera o el hecho de quizá valga la pena estudiar a los economistas desde Malinowski (no desde ellos mismos), como verdaderos gurús de las tribus contemporáneas.   

No sobra advertir que Baños descree, con la misma intensidad, de las “propuestas reformistas o revolucionarias”. Tampoco que el origen airado de su libelo en ningún caso mengua su altura literaria; nada que ver con ese exceso de retórica que suele aparecer allí donde los argumentos y el lenguaje escasean.

La economía no existe es un libro para recomendar y, por eso mismo, para debatir. A mí me falta, quizá, una ampliación de la historia del ocio, la vagancia; del negarse a trabajar (desde Paul Lafargue hasta el último Agamben hay una cosecha variada) y me sobra algún “giro Afterpop” (en la cuerda de Fernández Porta), algo que no altera en lo más mínimo mi entusiasmo por esta obra.

Entre sus distintos aportes, le debemos a lord Keynes la puesta en marcha de un repertorio de chistes sobre economistas. Salvo él mismo o Fabián Estapé (otro economista con sentido del humor) no creo que ese muy circunspecto gremio acepte en sus filas a Antonio Baños. La economía, en fin, no ha ganado un economista. El ensayo, sin ninguna duda, sí.

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