Entries from diciembre 2009 ↓

Una experiencia trans-iberiana

Iván de la Nuez

 

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Ejemplar para excursiones del Museo del coche antiguo

 

Por desviaciones estrictamente profesionales, mis primeras experiencias extremeñas comenzaron por el mundo del arte (algo que corregí tan pronto como pude). No fueron, ni por asomo, aventuras originales, sino más bien obvias. Primero fue la invitación del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), en Badajoz. Después, con un día de separación, tuvo lugar mi visita al Museo Vostell, donde me estrené en su conocida colección del Grupo Fluxus. Ambos certificaron mi ingreso en Extremadura y, todavía hoy, no he dejado de visitarlos en cada viaje. En parte, porque aquella gentileza de entonces certificó de algún modo mi entrada en España a una escala desconocida (a mediados de los noventa llevaba pocos años viviendo en Barcelona, ocupado en la supervivencia, y ofrecer una conferencia junto a otros colegas a los que sólo conocía por sus trabajos me daba cierta carta de naturaleza como crítico aceptado en este país). Y en parte, por la contradictoria sensación que me deparan, siempre, esos museos. No hablo sólo de sus colecciones o sus proyectos temporales. Hay algo sobrecogedor en ellos que los llena de misterio.
El MEIAC es una antigua cárcel en cuya arquitectura parecen latir, todavía, lo ecos de la represión. Su emplazamiento evoca las fotografías de Bleda y Rosa sobre edificios de otros tiempos –cuarteles militares, por ejemplo- y su diversa persistencia en el presente. O el proyecto donde Ana Teresa Ortega documenta cómo los antiguos espacios de represión de la guerra civil han acabado convertidos en sitios de ocio, museos de arte, o simples descampados. Ahí están los casos extremos, y extremeños, del hospital San Marcos de León, hoy un hotel, o del campo de concentración de Castuera, o del mismo MEIAC… Las revisiones fotográficas de Gervasio Sánchez, en lo que queda del Frente de Aragón, también me vienen a la mente cuando atravieso esta tierra.

 

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Restos del campo de concentración de Castuera. Fotografía de Ana Teresa Ortega

 

En los alrededores del museo Vostell, de tanta quietud, uno termina por inquietarse. En primer lugar, por su situación en el paisaje; por el hecho paradójico de que una colección de Fluxus esté ubicada en ese paraje estático, junto a un lago. Es sabido que, en un lago, las cosas no fluyen. Todo movimiento parece quedar allí enclaustrado como un bucle infinito, en un rito circular y claustrofóbico. Tal vez por eso los coches –esos tótems modernos del desplazamiento- sean maltratados en alguna serie de vídeos; en el interior del museo. En esa pieza donde varias mujeres desnudas de los setenta, dejan el sabor melancólico de un mundo más táctil, aunque muerto o ya envejecido. Una desnudez de otro tiempo desde el que asoma un erotismo vintage.

 

 

El museo Vostell reflejado en el agua

Museo Vostell. Fotografía de Gustavo Pérez Mayord

 

Si el MEIAC resulta inquietante por su hálito fascista, por esa cárcel que no acaba de abandonar del todo su estructura, por lo que pudo acontecer allí en el pasado; el Museo Vostell nos provoca una zozobra por lo que no ha explotado todavía, algo siniestro por venir. En uno, inquieta su historia. En el otro, su atmósfera.

Siendo cubano, no se me han escapado algunas conexiones “extremeñas” con mi país de origen. Como la presencia de los artistas José Bedia, Armando Mariño o Tania Bruguera en la colección del MEIAC. O la acogida rocambolesca a una estrella de baloncesto –Geofrei Silvestre su nombre- que estuvo a punto de estrenarse con la camiseta del Plasencia Extremadura después de escapar de una concentración de la selección cubana. O la actualizada presencia de Antonio Machín en el proyecto del Monty Jazz Ensemble, con su disco llamado, cómo no, Sabores de Machín, un tributo al intérprete de “Dos gardenias”, que vivió en España durante más de tres décadas. No hace falta remarcar que, antes de lanzarse a la conquista de México, Hernán Cortés, ese extremeño que quemaba naves, participó con Velázquez en la conquista de Cuba y se estableció, incluso, en la primera villa fundada en la isla.

 

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Museo Extremeño Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC) 

 

Así pues, metrópoli y colonia, república española y república cubana, franquismo y revolución, régimen comunista o democracia, flotaron por momentos en las veladas con mis anfitriones. Aunque, más que todos esos conceptos, tantas veces vacíos, a mí me parecen más apropiados los esgrimidos por el grupo Extremoduro para definir estas visitas: “Introducción al caos”, “Lo de fuera”, “Lo de dentro” o “La realidad”, criterios estos que pusieron en alerta mi perspectiva de turista feliz, y que fui escuchando en un viaje por carretera de Hervás a Portugal.

De vuelta a Cáceres, llegó el turno de Sr. Chinarro, The New Raemon o La Bienquerida, sin olvidar la explosiva incursión de Bambino, a punto para el aperitivo. Una banda sonora que unas veces se integraba en el paisaje y otras veces lo violentaba. Y que amplificó una experiencia de ida y vuelta, expandida y múltiple, a la que me gustaría llamar “trans-iberiana”. Una aventura extremeña que en ningún caso sentí como extrema.

  

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(*) Esta crónica fue escrita para la revista Imagen de Extremadura, que suele pedir a algunos visitantes que compartan en ella los recuerdos de sus visitas, en un apartado llamado “Firma invitada”. 

Marcador

Monstruos cotidianos

Iván de la Nuez

 

 

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Seres teratológicos de la gran ciudad. Deformes o simplemente distintos.

Monstruos.

Unas veces, nos recuerdan a gente que conocemos –desde un mendigo hasta un tirano. Otras veces, nos resultan demasiado diferentes a todo lo que siempre hemos visto.

No sabemos qué es más siniestro.

Una frase de Fogwill, en su novela Urbana, puede colocarse en el frontispicio de esta fauna:

-Nada de esto inspirará piedad a los hombres del siglo XXI.

No encuentro una manera mejor de alertar sobre la obra de Enrique Marty (Salamanca, 1969).

 

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Crueles o inconscientes, estos seres han sido excretados por la ciudad. Son desechos humanos en el mismo sentido que pueden ser definidos como desechos urbanos. A fin de cuentas, si esta gente nos resulta inquietante no es porque sea horrorosa, sino, sobre todo, porque puede ser cotidiana.

Asustan con su presencia, y lo saben. Como intocables de Occidente. En camas redondas o simples camastros, en frac o desnudos, en pijamas o uniformes. A través de ellos, se nos cancela la ilusión de la piedad, algo que se parezca a la inocencia.

 

 

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Gente que se apea del mundo

Iván de la Nuez

 

Body Techniques (after Sculpture II, Kirsten Justesen, 1969)_2007

Body Techniques (after Sculpture II, Kirsten Justesen, 1969), 2007

 

Los espacios son reales, los edificios a medio construir también, como los abandonados. Los caminos con piedras y las calles de asfalto. La persona que los transita o se acuesta sobre ellos, que se deja caer a un lado del paisaje para no seguir el curso de las cosas, también es real. A plena luz de día. Incluso el hecho de que sean lugares con “firma” -proyectos de otros artistas en otros tiempos-, no le resta realidad a estos perímetros que parecen repelernos. Esa ciudad es real y Carey Young (Lusaka, Zambia, 1970), también. 

  

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Body Techniques (after Encirclemen, Valie Export, 1976), 2007 

 

Alguien se ha apeado del mundo en esas zonas donde no podemos ver el efecto directo de la vida urbana –anuncios, noticias, mercados, soledades, multitudes-, pero sí podemos intuirlo. Situaciones desoladas y al mismo tiempo cálidas. Desapegadas y a la vez sensuales. Registros de eso que solemos llamar la “ciudad global”, con sus dosis de arquitectura aséptica y sus personajes de una indolencia escéptica. Hay un sueño raro en todo eso. Un déjà vu que no acabamos de controlar del todo. En su renuncia, Young parece decirnos: “Cualquier cosa que te digan, no lo creas.” Su piezas nos alertan, además, de que cualquier cosa que veamos, tampoco.

 

Body Techniques (after Lean In, Valle Export, 1976)_2007

Body Techniques (after Lean In, Valie Export, 1976), 2007

 

Retratos para un aprendizaje

Iván de la Nuez

 

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Primera lección. Hicham Benohoud (Marruecos, 1968)  no ha dejado de autorretratarse.

Segunda lección. Este hombre no ha dejado de ocultarse.

Tercera lección. Este artista no ha dejado de decirnos quién es.

Cuarta lección. Uno es todo lo que lo mortifica y esconde.

Quinta lección. La pose no está exenta de verdad. 

Sexta lección. Y, al contrario, en toda realidad pernocta un artificio: el arte más jondo, el más auténtico, suele ser el más sobreactuado.  

Séptima lección. Una vida en Rabat puede ser más parecida de lo que imaginamos a una vida, pongámoslo así, en Raval: hay estadísticas que responden por ello.

Octava lección. El masoquismo es sólo de refilón un asunto del porno.

Novena lección. La cámara fotográfica, de tan utilizada, ha dejado de existir.

Décima lección. La ciudad es también un paisaje interior, por eso, desde siempre, atopía es alergia: la metáfora no puede superar el estatuto clínico que la genera.

 

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El mundo elástico de Erwin Wurm

 Iván de la Nuez

 

 

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 House Attack, 2006

 

Erwin Wurm entró a regañadientes en la escultura y, tal vez por eso, suele salir de ella con una felicidad contagiosa.

Sobre la primera afirmación, hay pruebas tácitas, si bien nada ha impedido su rigurosa aplicación a los materiales, la experimentación con el volumen, la cuidada localización del emplazamiento, la obsesión por moldear la forma…

Sobre la segunda afirmación, las pruebas no son menores. Wurm (Bruck/Mur, Austria, 1954) ha realizado esculturas de un minuto, esculturas “no escultóricas”, esculturas performances y hasta esculturas que sólo pueden ser vistas a posteriori -en la documentación de una obra que ya no encontraremos.

 

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Fat car, 2009 

En un mundo como el del arte contemporáneo, donde no escasea la solemnidad y la asepsia, Wurm es uno de los creadores más persistentes en su sentido del humor: coches que sólo giran a la izquierda, seres estampados en un muro, gente literalmente enterrada hasta el cuello, casas a punto de caer desde la altura de un edificio, museos obesos y museos que se están derritiendo…

Rosalind Krauss clamó, hace unas décadas, por la “escultura en el campo expandido”, en realidad una exploración sobre las posibilidades del minimalismo. Para Erwin Wurm, lo que necesita expandirse es la escultura misma, salirse de su propia órbita.

Para eso, hay que hacerla de usar y estirar, corregir y aumentar. Con nosotros dentro, también elásticos.

También flexibles. 

En el interior de un mundo manipulable, que no está hecho a la escala de nuestra medida, sino a la escala de nuestros deseos.

 

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Hypnosis, 2008 

 

(*) Y con esos elásticos deseos, pido lo mejor para los lectores de este blog. A tod@s, un feliz 2010.

Zugzwang

Iván de la Nuez

 

 

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Troy, 2007

 

La dimensión pictórica de estas fotografías de Erwin Olaf (Hilversum, 1959) es evidente y su atmósfera evoca a Edward Hopper. Sus escenas son misteriosas y recuerdan las tramas domésticas norteamericanas de los años cincuenta. Camille Paglia solía decir que la foto familiar de aquellos tiempos escondía lo más pervertido, hipócrita y reprimido de Estados Unidos. Allí donde se exhibía la felicidad, ella veía el incesto (con la niña en las piernas de papá); la anorexia futura. Las fotos de Olaf no son propiamente familiares, pero hay “algo” turbio y “vintage” en el recogimiento de estos individuos que, con su falsa normalidad, miran de reojo su circunstancia. Hay una tristeza leve y, al mismo tiempo, una violencia que parece agazapada en estos cuerpos estáticos. Como si el menor movimiento siempre pudiera desencadenar algo peor.

En ajedrez, a esto se le llama Zugzwang.

 

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 Barbara, 2007

 

No podemos adivinar el origen de estas situaciones, tampoco su desencadenamiento. Los personajes de Olaf están en medio del drama: son todo nudo. Están preocupados y, sin embargo, emana de ellos la sensación de que nada pueden hacer por cambiar las cosas. Intuyen un destino y parecen aceptarlo. Así, aguardan un desenlace ya marcado. Con su sensualidad torturada y lánguida, se dejan llevar hacia una zona en la que todo está a punto de quebrarse.

 

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Caroline, 2007

Libros por leer / Editores que regalan

Iván de la Nuez

 

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Abro, como el que no quiere la cosa, una etiqueta con este nombre.

-Editores que regalan.

Le doy consistencia a la gorronería. A partir de ahora, pediré, pero con estructura.

Y eso que no puedo quejarme de la generosidad de los editores. Desde los tiempos en que hacía la crítica de ensayo para Libros, el ya desvencijado -y añorado- suplemento literario de El Periódico de Catalunya, siempre recibí una buena propina en especie. Claro que entonces mediaba el interés. Pero eso no es del todo justo. Desde que lo dejé, no he parado de recibir material de primera.

De los llamados pequeños y de los llamados grandes. Incluso de los más austeros. Y de los tacaños.

Mencionar es omitir, así que paso. A todos, mil gracias.

 

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Pero he de comenzar por alguno esta sección, más interesada que interesante.

Así que empiezo por tres libros, aportados por mis carnales Santiago Caleya (Turner), Julián Rodríguez (Periférica), y Pedro G. Romero (en este caso prologuista, pues el editor es su hermano, David González Romero), de Berenice.

Hablo de La vida de André Breton, de Mark Polizzotti. De Locuela, de Carlos Labbé. De Antropocultura, de Silverio Lanza.

Ya comentaremos sobre ellos. Y sobre el éxito de esta empresa. De momento, recomendados los tres.

 

Antropocultura

El tercer mundo en la esquina

Iván de la Nuez

 

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Estos espacios son concretos, están documentados, existen. Pero no sabemos exactamente cuáles son ni donde están. ¿De qué están hechos los descampados, las circunvalaciones, las zonas en construcción? Están hechos, por ejemplo, de incógnitas: ¿Los necesitamos? ¿Los conocemos? En ellos se hace evidente la diferencia entre vivir y habitar, morar y sobrevivir. Su identidad no viene dada por la cultura, por ninguna ideología seminal, sino por esa igualdad que concede el extrarradio: la tabula rasa de lo suburbano.

Banlieue, favela, solar, chabola…

Excedencias de los desajustes del urbanismo. Y existen, precisamente, porque en algún lugar, no muy lejos, se está arreglando la ciudad. Muy cerca resplandece una urbanización, un museo preocupado por las injusticias del mundo. Así colindan con nuestras buenas intenciones y con nuestras aún mejores causas, siempre tan perfectas si son vistas a distancia. Montserrat Soto (Barcelona, 1961) lleva un buen tiempo percibiendo, en el lugar común, a lo común fuera de lugar.

Nos adelanta una realidad que conocemos pero que no vemos; por la que luchamos, pero en la que no resolvemos nada. Está a nuestro lado, aunque para verla bien insistamos en usar un catalejo.

 

120.1_invasion sucesion 11. 240 x 368 cm 

 120.2_invasion sucesion 12. 150 x 460

La perseverancia del autoritarismo

Iván de la Nuez

 

 

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Frank Thiel o Boris Mikhailov, Deirmantas Narkevicius o Dan Perjovski, Komar y Melamid o Ilya Kabakov… He aquí algunos artistas procedentes del Este –Alemania, Ucrania, Lituania, Rusia- cuya obra operó, bajo el comunismo, como un detector de represiones. Estos creadores, sin embargo, no se han quedado en las antiguas censuras que se vieron obligados a enfrentar bajo las dictaduras comunistas. Por el contrario, han mantenido entrenado su ojo crítico para percibir otras formas autoritarias, no siempre evidentes, que se presentan en la actualidad postcomunista. Mona Vatamanu y Florin Tudor (Constanta, 1968, Ginebra, 1974), pertenecen a esa corriente y ejercitan ese entrenamiento. Ellos son rumanos y resulta obvia, claro está, su disidencia con Ceaucescu. Pero, al mismo tiempo, no dejan de percibir la manipulación de las masas que se ejerce más allá de la violencia de los tiempos del Telón de Acero.

 

V

Holigans y fanáticos, neofascistas y neocomunistas, huelguistas y juerguistas. Todos a la caza de un líder necesitado de un rebaño. A veces, las cosas ocurren en la dirección opuesta: es el líder el que va a la búsqueda de esa multitud que clama por un Mesías. Se ha caído el Muro, pero no se han venido abajo del todo las conductas. Se ha desplomado el Comunismo bajo los lemas de Solidaridad y Transparencia, pero hoy ni la solidaridad ni la transparencia rigen la vida de la democracia. Estas pinturas llaman la atención sobre la sencillez con la que puede estar cargada la represión. Sólo hace falta un disparo, un  discurso, un gol, una bandera, para que el totalitarismo aflore.

 

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(*) Las pinturas de Mona Vatamanu & Florin Tudor forman parte de la instalación Appointment with the History (2007-2008).

 

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Retratos que preguntan

Iván de la Nuez

 

 

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Oleg Dou: Freak-swimmer, 2006 

 

Oleg Dou (Moscú, 1983) retrata y manipula los rostros de otros, aunque es posible sospechar algo suyo en esas caras. Son retratos de mutantes, aunque no son, ellos mismos, retratos mutantes: son estáticos. Dou consigue crear un estándar de lo extraño -le confiere carta de normalidad a lo que es abismal y excéntrico. Hay una belleza Cyborg en estos retratos, que no apelan ni al proceso de la obra ni al resultado. Son posteriores a todo eso. Retratos de post-producción.

Y ahí aflora la adolescencia. Esa edad indefinida, entre la infancia y la adultez. El rito de paso, vital y lleno de dolor, marcado por el mundo de las apariencias. Con sus gafas, sus maquillajes, sus prótesis dentales… Esa edad tan vigilada como la infancia, pero mucho más temida que esta. Más observada y menos legislada. Una edad egocéntrica capaz de imantar por igual las miradas y los deseos.

Con su punto de Dalí, y su otro punto de Tarkovski, estos retratos generan una especie de limbo en el que parecen quedar suspendidas nuestras previsiones. Están hechos, supuestamente, para que los miremos. Pero al final son ellos los que nos escrutan. Así que no seremos nosotros quienes los dotemos de significado con nuestra mirada, sino al contrario: es su mirada la que parece “leernos” e interrogarnos.

 

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Oleg Dou: Freak-glasses, 2006