Entries from diciembre 2009 ↓

Proto-urbana

Iván de la Nuez

 

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En la escala de las maquetas pervive un sueño infantil. La fantasía de que allí dentro hay un mundo; y de que podemos intervenir en él. De pronto, los juzgados y los museos, las calles y los espacios públicos, están dispuestos en una medida que alienta nuestra invasión. Nuestra sensación de gigantes. Claro que esa es una posibilidad efímera, pues dentro de poco esos edificios serán poblados por historias mundanas, una vez alcanzadas sus dimensiones funcionales. Vale la pena aprovechar ese estado transitorio, ese pasaje irrepetible donde coinciden el arte y la ilusión. No podemos olvidar que una maqueta invoca una arquitectura hipotética que jamás se convierte en lo que propone. Es, digámoslo así, un momento proto-urbano: el instante en el que se anuncia una ciudad improbable.

 

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La melancolía que flota sobre las maquetas fotografiadas por James Casabere (Lansing, 1953) proviene, directamente, de todo aquello que nunca llegarán a ser. Claro que es posible identificar en ellas a construcciones posteriores de Siria o Líbano, Grecia o Turquía. Y que hay luces que testimonian unas vidas. Pero todo resulta demasiado asible para ser urbano. Por eso, el candor que se desprende de estas piezas es, al final, mucho más demoledor que una crítica formal al orden urbanístico de nuestros días o a la delirante especulación del suelo. La obra de Casabere nos indica que lo verdaderamente útil de la arquitectura es su manualidad, la facilidad para acoplarla a nuestra escala. De ahí que, en el interior de estas maquetas, se activen pequeñas alertas sobre la fatalidad que acarrearía su magnitud futura. Cuando se conviertan, por fin, en ciudad.

 

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Recibir el tiempo

Iván de la Nuez

 

 

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Vicente Luis Mora me envía desde Estados Unidos su nuevo libro, publicado por Pre-Textos. Se llama Tiempo y transcurre en el desierto.

White Sands.

Está construido sobre la confluencia -como otras veces otras voces- del tiempo con la arena.

No queda otra que evocar a Borges y Kobo Abe.

Y al Pedro G. Romero de El Tiempo en Sevilla.

Y a la bibliografía particular que transparenta el autor en la obra.

Tiempo es un libro de arena. La arena es un sujeto del libro. El libro y la arena son a la vez el paisaje y las jornadas empleadas para atravesarlo.

Y unas huellas que quedan en las letras y en los significados, en los caminos y en los pensamientos.

Tiempo es el tiempo del agujero negro y el tiempo del arte.

-El tiempo es el don del son.

Así lo dice.

En un instante de su larga marcha a través del poema.

¿Qué es dar el tiempo? Ya está sobada la fórmula con la que Derrida abordó esta pregunta. La moneda falsa que se planteaba ante el dilema de Madame de Maintenon.

Mejor no avanzar por ahí…

Tiempo es un poema –todo el libro-, que es también un ensayo y una pieza visual. Aunque no una pieza rendida a lo visual per se.

La poesía tiene sus propias maneras de constituir la verdad (¡qué afirmación más obvia!). Yo mismo viajé, en 1993, con Gastón Baquero a Tenerife y le oí disertar sobre los coreanos como los verdaderos conquistadores de América.

Tiempo es diáfano con las vituallas que lo arman. Pero ese ademán, en su transparencia, deja algo escondido.

Una sospecha.

Este es el libro de una prórroga.

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El espíritu de la colmena

Iván de la Nuez 

 

 

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Island of a perfect world, 2008

 

Aquí palpita el espíritu de una colmena: la nuestra. Porque eso, colmenas, son las maquetas increíbles de Baltazar Torres (Figueira de Castelo Rodrigo, 1961). Y, como sucede con las colmenas, estos edificios aparecen en lugares en los que no parece acompañarles la lógica, algún entorno idóneo. Son construcciones en desequilibrio, a punto de caer. Conglomerados urbanos en los que se suele vivir lo justo para volver al trabajo, para acentuar una existencia laboriosa cuyos rituales rozan la esclavitud.

 

 

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Lotaçao esgotada, 2007 

 

(Evoco a Maurice Maeterlinck, a Víctor Erice, a Miguel Morey…)

No sólo los edificios, también las personas están apunto de precipitarse al vacío. A fin de cuentas ¿cuánto podemos aguantar colgados de una estructura que parece una rama, cuánto estar suspendidos de una lágrima? Este es, pues, el espíritu de una colmena de hombres menguantes. Seres que, poco a poco, han perdido la escala. Así, empiezan a gotear, a desgajarse de lo que era la ciudad, y de lo que ha llegado a ser: una entidad desentendida de sus habitantes. Ahora habitante y ciudad, cada cual por su lado, comienzan a errar de manera independiente, como globos cautivos.

No se encuentran, salvo por accidente. No se apoyan, salvo por intereses.

Y no se salvan, aunque así les parezca en cada descanso que se toman para seguir su ruta.

Edificios, burbujas, habitantes… Sin encuentro, ni pasión, ni bondad. Y sin violencia evidente. Es la indiferencia la que traza las pautas de esta colmena y de su espíritu: de su vida suspendida en una ciudad suspendida.

 

Big Smile_2009

Big smile, 2009

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La normalidad de lo siniestro

Iván de la Nuez

 

 

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Como en las fotografías de Anothermountainman, los personajes de Tim Eitel están solos, como abandonados. Pero, a diferencia de este artista, los lugares de Eitel (Leonberg, 1971) no apuntan a una ruina concreta, sino a ciertos espacios abstractos, poblados, eso sí, por personas concretas. Humanos envueltos en una atmósfera turbadora que está a punto de absorberlos, fagocitarlos por completo. De abducirlos en estos paisajes tranquilos que, sin embargo, tienen el misterio de algo que está por suceder. En las piezas de Anothermountainman, los habitantes han sobrevivido a la ciudad. En las de Eitel, se nos habla de un mundo en el que la gente no sobrevivirá a esa ciudad. Un contenedor de basura, una señal de tráfico, un desecho de bolsas que han quedado olvidadas, alguien que va con la cabeza cubierta por un chándal… Todo adquiere la magnitud de un desasosiego

 

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Todo nos resulta familiar y al mismo tiempo siniestro. Todo es palpable y cotidiano y todo parece a punto de estallar. Estas pinturas recuerdan esas escenas de David Lynch o de Chéjov –en La paloma, por ejemplo- donde la normalidad no presagia nada bueno. Eitel proviene de la escuela de Leipzig, pero, a diferencia de Neo Rausch -que explota la “Ostalgia”, la melancolía por la Alemania comunista-, es la normalidad de Occidente lo que a él le inquieta. Su incomodidad, por otra parte, nunca es rebelde. Como si asumiera, en este relato de la fragilidad urbana, que ya están jugadas las cartas de un mundo a punto de quebrarse. Aunque no por la demolición de una bomba, unos aviones que se estrellan contra la ciudad, un atentado terrorista, una catástrofe…

Nuestra fragilidad y nuestro ocaso se cifran, precisamente, en nuestra “normalidad”.

 

Eitel 4

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