La normalidad de lo siniestro

Iván de la Nuez

 

 

Eitel 2

 

Como en las fotografías de Anothermountainman, los personajes de Tim Eitel están solos, como abandonados. Pero, a diferencia de este artista, los lugares de Eitel (Leonberg, 1971) no apuntan a una ruina concreta, sino a ciertos espacios abstractos, poblados, eso sí, por personas concretas. Humanos envueltos en una atmósfera turbadora que está a punto de absorberlos, fagocitarlos por completo. De abducirlos en estos paisajes tranquilos que, sin embargo, tienen el misterio de algo que está por suceder. En las piezas de Anothermountainman, los habitantes han sobrevivido a la ciudad. En las de Eitel, se nos habla de un mundo en el que la gente no sobrevivirá a esa ciudad. Un contenedor de basura, una señal de tráfico, un desecho de bolsas que han quedado olvidadas, alguien que va con la cabeza cubierta por un chándal… Todo adquiere la magnitud de un desasosiego

 

Eitel 3

 

Todo nos resulta familiar y al mismo tiempo siniestro. Todo es palpable y cotidiano y todo parece a punto de estallar. Estas pinturas recuerdan esas escenas de David Lynch o de Chéjov –en La paloma, por ejemplo- donde la normalidad no presagia nada bueno. Eitel proviene de la escuela de Leipzig, pero, a diferencia de Neo Rausch -que explota la “Ostalgia”, la melancolía por la Alemania comunista-, es la normalidad de Occidente lo que a él le inquieta. Su incomodidad, por otra parte, nunca es rebelde. Como si asumiera, en este relato de la fragilidad urbana, que ya están jugadas las cartas de un mundo a punto de quebrarse. Aunque no por la demolición de una bomba, unos aviones que se estrellan contra la ciudad, un atentado terrorista, una catástrofe…

Nuestra fragilidad y nuestro ocaso se cifran, precisamente, en nuestra “normalidad”.

 

Eitel 4

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