Proto-urbana

Iván de la Nuez

 

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En la escala de las maquetas pervive un sueño infantil. La fantasía de que allí dentro hay un mundo; y de que podemos intervenir en él. De pronto, los juzgados y los museos, las calles y los espacios públicos, están dispuestos en una medida que alienta nuestra invasión. Nuestra sensación de gigantes. Claro que esa es una posibilidad efímera, pues dentro de poco esos edificios serán poblados por historias mundanas, una vez alcanzadas sus dimensiones funcionales. Vale la pena aprovechar ese estado transitorio, ese pasaje irrepetible donde coinciden el arte y la ilusión. No podemos olvidar que una maqueta invoca una arquitectura hipotética que jamás se convierte en lo que propone. Es, digámoslo así, un momento proto-urbano: el instante en el que se anuncia una ciudad improbable.

 

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La melancolía que flota sobre las maquetas fotografiadas por James Casabere (Lansing, 1953) proviene, directamente, de todo aquello que nunca llegarán a ser. Claro que es posible identificar en ellas a construcciones posteriores de Siria o Líbano, Grecia o Turquía. Y que hay luces que testimonian unas vidas. Pero todo resulta demasiado asible para ser urbano. Por eso, el candor que se desprende de estas piezas es, al final, mucho más demoledor que una crítica formal al orden urbanístico de nuestros días o a la delirante especulación del suelo. La obra de Casabere nos indica que lo verdaderamente útil de la arquitectura es su manualidad, la facilidad para acoplarla a nuestra escala. De ahí que, en el interior de estas maquetas, se activen pequeñas alertas sobre la fatalidad que acarrearía su magnitud futura. Cuando se conviertan, por fin, en ciudad.

 

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