Entries from enero 2010 ↓

Mole y poder

Iván de la Nuez

 

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La atopía certifica un mundo en el que estamos más allá del individuo, pero en el que todavía no vislumbramos una comunidad. Esa es, en resumen, la ciudad de Andreas Gursky (Leipzig, 1955); aquella en la que no podemos considerar “comunidad” a la mole que camina sin objetivos comunes. Ni podemos llamar “individuos” a esos entes flotantes que apenas se diferencian de la masa informe. Da igual que miremos a los murales humanos del comunismo asiático o a los aeropuertos occidentales donde apenas somos abstracciones en las pantallas de los vuelos. A la jauría de la bolsa o a los estadios deportivos.

 

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Quizá por eso, hay algo desenfocado en las piezas de Gursky. Sólo que este “desenfoque” no proviene de sus fotos, sino de las situaciones que capta. Lo desenfocado es, también, el estado mental de nosotros como meros espectadores de los acontecimientos: no tenemos una idea clara de lo que sucede, ni de lo que nos sucede. La de Gursky es la imagen de la victoria de un mercado sin identidad, un intercambio sin rostros, donde imaginamos lo intercambiado pero no a quién debemos -ni quién nos debe- pagar o cobrar. Masa y saber: aquí hay una relación larga y jugosa.

-Marx, Canetti, Ortega y Gasset, Agamben, Negri, Sloterdijk, Tiqqun…

Pero hay asimismo, en estas piezas, algo de Aldous Huxley: un mundo “feliz” en el que la gente no se reconoce, ni falta que le hace. Un mundo donde somos tan sólo acción. Una amalgama post-urbana y monumental inmersa en una deriva faraónica que lo deglute todo. Incluidos nosotros mismos.

 

gursky 6 - Kwait Stock Exchange

Marcador

Pensamientos

 Iván de la Nuez

  

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  1.  El terremoto de Haití no sólo ha devastado a un país. Ha desmantelado, también, a un Estado.
  2. El problema que confronta el humanismo –marxista, liberal, existencialista- puede reconocerse en el paso que va de lo humano a lo humanitario.
  3. En medio de lo que llamamos mundo interconectado, los hechos de estos días devuelven los vocablos a su estatuto pre-digital. Pensemos en términos como “naturaleza” o “catástrofe”. Pensemos, sin más, en la palabra “pirata”. Hoy esa palabra no designa tan sólo a los hackers, sino –como hace siglos- a un sistema organizado que secuestra barcos.
  4. Ninguna política de la seguridad será viable, durante mucho tiempo, frente una política de la desesperación.
  5. Como consecuencia de la crisis económica, se ha apostado por el fortalecimiento del Estado. Pero, ¿por cuál de sus poderes? ¿El ejecutivo? ¿El legislativo? ¿El judicial? No siempre. Ha aparecido, en el horizonte, el poder preventivo del Estado. No es de extrañar, en cualquier momento, la asignación de un ministerio de la prevención.
  6. Pese a los desaprensivos extremos, y a los ecologistas extremos, la naturaleza sigue exhibiendo una magnitud fuerte. Vale que la protejamos a ella. Vale, también, que nos protejamos de ella.
  7. Las doctrinas de la dependencia, que desembocaron en las teorías posteriores sobre las periferias, tienen un serio problema con la explosión de Brasil, Rusia, India, China o Sudáfrica (BRICS). Ya no se produce, exclusivamente, el estallido del centro a la dispersión. Ahora hay, también, una energía que se desplaza de núcleo a núcleo. De potencia a potencia. ¿De potencia nuclear a potencia nuclear?
  8. En esa línea, es pertinente repensar el altermundismo. Este empezó como una salida no gubernamental desde una izquierda sin pretensiones de gobierno. Pero ha sufrido una mutación desde aquel eslogan inicial que nos decía que “otro mundo es posible”. Lo que ha hecho el BRICS es, ni más ni menos, apropiarse de esa idea para aplicarla a la alta política. Para pasar, desde el Estado, de la geopolítica a la alterpolítica.
  9. Los conflictos contemporáneos son demasiado complejos como para dejarlos exclusivamente en manos de los cruzados. Veamos, si no, la contemporaneidad de esta frase de Engels, de su carta a Franz Mehring fechada el 14 de julio de 1893: “Si Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto, en vez de liarse con las Cruzadas, hubiesen implantado el libre-cambio, nos hubieran ahorrado cinco siglos de miseria e ignorancia”.
  10. Dado que el liberalismo no es hoy una opción, sino un sistema absoluto que nos envuelve a todos (cualquiera sea la ideología que se profese), pasa con él lo que pasa con los cruzados. Es un asunto demasiado serio como para dejarlo sólo en manos de lo liberales.

 

            (*) La imagen corresponde a una obra de Adrián Paci.

En dirección contraria

Iván de la Nuez

 

NIGERIA CIRCUS 

Ojuelegba, 2005 

 

A veces, el malestar urbano de George Osodi (Lagos, Nigeria, 1974) resulta bastante parecido al que nos inquieta en Occidente. De modo que, cuando esperamos la diferencia, se nos entrega algo similar a nosotros mismos. Pero, cuando esperamos la asimilación, este fotógrafo rompe las reglas de juego e irrumpe a partir de la diferencia. Cabinas telefónicas, prostitutas en la noche, un hombre que pasea con una hiena… En la multitud hay alguien que resalta, sólo que su diferencia no es tenue ni festiva, sino violenta. Los seres captados por Osodi se distancian –en un gesto, una conducta, cualquier ademán- del totalitarismo de la masa amorfa. Van en dirección contraria, capaces de descolocar al tráfico y a nuestras percepciones.

 

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Amsterdam, 2009

 

Esta obra no juega con lo que vemos sino, sobre todo, con lo que esperamos. Pasear con una hiena, salir en plena noche, incluso morir: son actos que violentan lo cotidiano y, sin embargo, son también cotidianos.

Cotidianos pero no rutinarios.

Expulsados del paraíso, estas personas se han abandonado a construir un infierno urbano en el que no están del todo cómodos, pero tampoco resignados. Han roto su contrato con la realidad sobre la base de armar otra que nos pilla desprevenidos. Los sujetos de Osodi ni se disfrazan ni pueden esconderse. Están en plena calle, y allí mantienen una vida a contracorriente. En el Delta del Níger, en Oslo o en Amsterdam, este es su destino.

 

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Stavanger, 2008

 

Ciudad flotante

Iván de la Nuez

 

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 Halong IV

 

Estas casas han salido a flote después de una inundación. Los pilares que las sostienen están formados por historias sumergidas. Y es allí abajo, en lo que no se ve, donde hay que buscar las notas al pie de estas edificaciones. Es arquitectura popular, en ningún caso pop, que a veces nos trae a la memoria la Ópera de Sydney o un edificio firmado por Frank Gehry. Así, se va conformando una urbanización improvisada que parece alojarse en algún margen –una orilla-, pero que en realidad nos señala el corazón mismo de la ciudad espontánea; el downtown de unos mundos casi portátiles. Van ganando terreno al mar, en su misión paradójica de inundarlo, aunque no lo hacen, por ejemplo, a la manera holandesa, sino desde el frágil constructivismo de la chabola. De todos modos, no hay que llamarse a engaño: estas urbes náuticas tienen la fortaleza de lo que nos parece frágil, la permanencia de lo que nos imaginamos efímero. Como si estuvieran agarradas al fondo del mar, resueltas a no salirse del mundo.

 

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 Halong III

 

Dionisio González (nacido en Gijón, 1968, aunque vive y trabaja en Sevilla) ha seguido alguna vez las huellas de Schönberg, y de esa idea suya sobre la música como “arquitectura congelada”. Aquí, sin embargo, algo pervierte esa figuración, dado que estos caseríos improvisados representan, de muchas maneras, una ciudad a punto de derretirse, con todo dispuesto para desaparecer. Basta una subida de marea, un huracán, y vuelta a empezar…

El arte sobre la miseria siempre ha estado bajo sospecha: ha habido demasiada demagogia como para que no mantengamos encendidas todas las alarmas. Aquí se asume a conciencia ese riesgo. Y frente a la especulación del suelo, se practica la especulación sin más, en su sentido filosófico; como si se regresara esta palabra a su aserción originaria. Como a sabiendas de que lo que resulta verdaderamente sospechoso, en la moral de Occidente, no es precisamente el arte, sino la miseria misma.

 

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Halong II

Los desechos son tozudos

Iván de la Nuez

    

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 Si los hechos son tozudos, como le gustaba afirmar a Lenin para, acto seguido, apuntalar algún criterio infalible, los “des-hechos” no lo son menos.

Detritos humanos y tecnológicos. Escombros de vidas y de ciudades. Pasados y ruinas de “lo que fue” y que reparten sus nuevas “funciones” entre la impudicia y el orgullo. Entre la decrepitud del ahora y el abolengo de unos tiempos de esplendor.

Daniel Canogar ha perseguido a conciencia esta forma de producir la excrecencia: rastros de tragaperras o de cables, de ordenadores u otros deterioros. Es su manera de representar, en parte, la muerte urbana -la nueva condición de la ciudad-zombie. 

 

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La ciudad, hay que decirlo, tiene una parte productiva en la excrecencia, allí donde genera sus propias sobras, la contraparte de la opulencia urbana. Lo curioso es que su riqueza pasa por estos desechos. (Es sabido que la basura y la codicia forman un buen tándem: pocas actividades más lucrativas que los vertederos).

Las piezas de Canogar, algunas veces, sólo se pueden utilizar una vez. Como si apuntalara así el momento efímero de su condición, construye la imagen con el mismo contenido que esta describe. 

Es ahí donde se nos recuerda la mortalidad de la ciudad, y donde la pieza adquiere la dimensión de una necrológica. ¿Cómo olvidar que la ciudad tiene también su síndrome de Diógenes? ¿O que en el reciclaje del pasado en el presente ya encontramos la premonición de unas urbes medio muertas?

Como barcos varados que tuvieron prevista una estancia transitoria en el puerto y ahora persisten en la eternidad del naufragio: piezas arqueológicas para saber de otro tiempo –la basura no deja de ser “propiedad”, prueba criminal, arcano de lo que somos y escondemos-; fantasmas que se van oxidando ante nuestra mirada…

Vestigios, en fin, de una ciudad que ha hecho de la erosión uno de sus principales motivos de malestar y, al mismo tiempo, uno de sus más irrenunciables estandartes.

 

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Barcelona-Sahara. Ciudad-Desierto

Iván de la Nuez

 

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Si hay que entrar en la ciudad, ya estoy en la ciudad. Es, claro está, una paráfrasis de Borges, y puede ayudarnos a entender esta serie de Rogelio López Cuenca Y Elo Vega. Donde otros han visto a la ciudad como jungla, ellos nos proponen la ciudad como desierto. Y el desierto como ciudad, con los rituales y hacinamientos propios de lo urbano. Si hay que entrar en el desierto, ya estoy en el desierto.

Ahí está el sky line de los dos mundos, Barcelona y el Sahara, frente a frente. El plano del metro sobre el desierto, o la arena ante un edificio de Jean Nouvel –nada menos que la torre de la empresa de Aguas de Barcelona-, que aparece como un oasis en medio de una ciudad que adquiere trazados desérticos.

Aquí interesa, más que el territorio, la extraterritorialidad. Más que la identidad, la extrañeza.  Más que la patria, la condición expatriada: tanto de los que han dejado de tenerla como de esos que no han llegado a tenerla. En su nostalgia por la ausencia y en su nostalgia por la carencia. Esas dos situaciones históricas tan distintas, expresadas sin embargo con síntomas tan parecidos.  

 

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-Buscamos un mapa alter-geográfico esbozado desde las historias particulares de unos individuos en cuya vida diaria la excepcionalidad se ha hecho rutina.

Así lo definen López Cuenca y Vega. Y bajo este precepto recogen los contenidos visuales y textuales que han marcado la circunstancias de los saharauies, un pueblo desplazado al mismo tiempo por árabes y occidentales (y de las relaciones y fantasías montadas, como las tiendas, a su alrededor). Así intentan “orientarse” en la ciudad como se orienta uno en un desierto, donde lo normal es, en realidad, una emergencia que erosiona hasta tal punto la cotidianidad que la excepción es la vida misma.

No falta alguna mirada a la solidaridad como performance, o al poder de la televisión como gran homogeneizador de la vida diaria: en una tienda perdida que simula una casa, una aldea que quiere parecer una ciudad, un desierto que se asume como país.

 

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López Cuenca y Vega captan lo transnacional como un “estar sin ser”, un morar sin vivir. En el límite mismo de la mirada demonizadora o encandilada de las guerras o alianzas de civilizaciones (siempre en el extremo), incapaces de notar algo que no sea general, definitivo, doctrinario.

Ante un Sahara que adquiere –qué remedio- los rasgos de “ciudad” precaria en medio de la arena, no es descabellada la ironía de sobreponer –Borges otra vez- el mapa sobre el territorio: como en la pieza del plano del metro de Barcelona sobre el desierto. Dándole sentido a una orientación, un norte, una posibilidad. Algo capaz de plantearse, de otro modo, el (des)encuentro entre uno y otro mundo.

Haití 1793-2009

 Iván de la Nuez

 

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Planteamiento:

Primera Revolución de Independencia después de Estados Unidos, Toussaint-Louverture, revolución de los esclavos, Emperador Henri I, Francia, abolición de la esclavitud, violencia, surrealismo, lo real maravilloso, machete, la gloria de ser lo primero, la tragedia de ser lo último, el pasado no garantiza nada, patois, vudú, boat people, violencia…

 Nudo:

Papa Doc, Estados Unidos, Baby Doc, Francia, corrupción, renta percápita, democracia, violencia, izquierda, Depestre, derecha, rojo-negro-palmera, Capitalismo, boat people, un arco iris para el occidente cristiano, Comunismo, Roumain, mirar para otro lado, globalización, mirar para otro tiempo, pintura naif, gagá, kompa, Aristide, The Young Haitian Project, Preval, ONG, naturaleza, Cruz Roja, estadística.

 Desenlace:

Hecatombe, zombie.

 

(*) Estas palabras me zumban en la cabeza mientras veo las noticias. Aunque a Haití no le han faltado imágenes de impacto de fotógrafos profesionales que han trabajado en la isla –pienso de pronto en Cristina García Rodero o Tino Soriano- he preferido compartir aquí las fotografías de un grupo de estudiantes haitianos de la región de Saint Marc. Son parte del Proyecto The Young Haitian, bajo la dirección de Jeffrey Mills en 2006. Sólo para recordar a gente muy joven, en la que habitaba una ilusión: aunque sólo fuera la de mirar a través de una cámara y dejar constancia de ella.

 

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El sistema “ganga”

Iván de la Nuez

  

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La violencia de las bandas juveniles ha alcanzado proporciones siniestras. Por su criminalidad y por los rituales que configuran esa criminalidad: todos los gestos que desembocan en una pueril supresión de la vida. Y porque esa violencia esconde, a veces, algo más siniestro, si cabe. Las bandas forman parte de un sistema de comunicación y consumo, de fraternidad y de signos. Están integradas en un mercado, una moda, una cartografía; un sistema de señales que ha adquirido las dimensiones de un lenguaje. Un modo de vida.

 

 

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Pedro Vizcaíno proviene del grafiti y está entrenado para percatarse de esa circunstancia. Sus cuadros, más que una narración sobre la violencia juvenil, pueden ser entendidos como el archivo de un equipamiento, el registro de un pack de guerra con todos los artefactos del pandillero: el teléfono celular, la pistola, las bambas, los artificios diversos que le permiten estar listos para entrar en acción. Esta certeza no implica una celebración del “ganguero”. Al contrario, en la recepción de esa “alegre” banalidad del mal hay una incomodidad. Y esa incomodidad es tan explícita de cara al tema como implícita de cara a la obra. A fin de cuentas, los cuadros no son el lugar ideal para alojar estas pinturas. No es la tela el locus adecuado para que habiten estas historias. Parece obvio que estarían mejor en un muro, una pared, en la calle; fuera del museo o de la galería. Desde sus tiempos de action painting, como miembro del colectivo Arte Calle en la Cuba de los ochenta, Vizcaíno ha sido coherente con su humor corrosivo, siempre atento al absurdo y la comicidad de la muerte. Suyo fue un grafiti de gran formato frente al cementerio de Colón, la famosa Necrópolis de La Habana, en aquellos tiempos en que, ante la caída del Muro, Fidel Castro lanzó su órdago de “Socialismo o Muerte”. La irreverencia fue borrada rápidamente, faltaría más, pero quedó flotando en algunas conciencias como una carcajada de resistencia. Frente a la muerte y la violencia, la mentira y la estadística.

 

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Una mística publicitaria

Iván de la Nuez

 

 

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Los temas contemporáneos, situados en atmósferas tradicionales, suelen acentuar un efecto ambiguo. Aún más si esos ambientes evocan la tradición católica, tan visual y poblada de iconos; con esos roles, no siempre obvios, cuya sensualidad puede provocar por igual el recogimiento y el deseo.

Basta con pensar en Robert Mapplethorpe y Andrés Serrano, Joel-Peter Witkin o Kiki Smith, artistas de procedencia católica, que construyeron su obra, y buena parte de sus herejías, a partir de los tratamientos del cuerpo, la sangre y la muerte, tan propios de esa iconografía.

 

 

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Las piezas de Vanessa Beecroft (Génova, 1969) tienen, por decirlo de algún modo, una mística publicitaria. En ellas coinciden la pasarela y el púlpito, lo cristiano y lo pagano, el arte y la moda, el trono y la pobreza. Alguna Madonna que nos ilumina un mundo que parece, más bien, el negativo de su fotografía. Como esos niños negros con una madre tan blanca. O como la pobreza en esas poses majestuosas. Como ese hieratismo que trastoca nuestros cánones culturales y sociales: nuestra particular manera de sentirnos clásicos.

 

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La extrañeza de los lugares comunes

Iván de la Nuez

  

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Mundos deshumanizados, paraísos falsos, vidas regidas por los cánones del parque temático, arquitecturas vacías… Desde siempre, un recorrido por la atopía ha alentado la obra fotográfica de Sergio Belinchón (Valencia, 1971). Capaz de captar la avalancha del turismo y, al mismo tiempo, los espacios desangelados de ese mismo turismo fuera de temporada. Mundos que ya han dejado de ser naturales, pero que no resultan ser del todo urbanos. 

Sus vídeos, por otra parte, nos descubren a esos habitantes que parecen crear una especie de loop humano sobre la ciudad. Podemos localizarlos en Nueva York, pero también son visibles desde cualquier ciudad. Como de paso, dominados por una situación transitoria: seres extraños en lugares comunes. Y al revés: gente común en lugares que se les hacen extraños. Fugitivos y subrepticios, dispuestos a pasar inadvertidos, casi a punto de desaparecer.

 

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No están escondidos, aunque no resultan del todo visibles. Se trata de gente que camina. Que va a hurtadillas por la ciudad.  Como si oscilaran entre una fotografía de Andreas Gurski y una escena de Sergio Leone; por lo que significa esa experiencia apabullada por el no-lugar.

No son masa, pero tampoco individuos. No se muestran demasiado activos ni demasiado expeditivos: no se muestran demasiado. Es obvio que van al encuentro de algo. Nosotros, algunas veces, vamos a su encuentro. Aunque, verbigracia de esta experiencia desdibujada, no sepamos muy bien qué es ese “algo”, quiénes son “ellos”, quiénes somos “nosotros”.

 

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