Entries from enero 2010 ↓

Con pelos y señales

Iván de la Nuez

 

 

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Aquí hay músculos y cabellos, hay miradas y gestos; hay asombro y algún terror. Hay melenas y cabezas totalmente rapadas. Hay carne de presidio y gente confundida, que puede ser de tamaño natural o exagerada.

Son reales, incluso hiperreales,  hasta la obscenidad. 

  

 

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Las obras que son muy realistas, de tan perfectas que parecen, acarrean un problema: cuesta creerlas. Las de Evan Penny (nacido en 1953, en Sudáfrica, y que ahora vive en Canadá) son, sin embargo, una excepción. Cuando sus esculturas son desmesuradas, no es su desproporción evidente lo que nos resulta extraño y turbador –muy poco gente se sobrecoge ante una escultura de Botero, por grande que esta sea-, sino el punto de partida de ese desfase. Su origen oscuro en algún lugar interior, que no podemos ver, pero que sí podemos intuir.

Estos seres humanos nos muestran, sin concesiones, la arcilla de la que están hechos. Aunque su humanidad no proviene tanto de la manera en que están reproducidos, sino de su familiaridad: nos resultan conocidos y eso nos inquieta.

 Su dilema, como el nuestro, no es necesariamente estético. Y no es, precisamente, con el realismo, sino con la realidad misma.

 

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Pasado: potala

Iván de la Nuez

 

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Estos seres de Adrian Paci (nacido en Shkoder, Albania, 1969, y que vive en Milán) se bastan a sí mismos para acarrear un tejado, una librería, las esquirlas de un hogar que estalló y ahora llevan consigo casi como una penitencia. No alcanzan a desmembrarse. No se disuelven en el estándar de la ciudad global, con su arquitectura de aeropuerto y sus, así llamados, conflictos “universales”. Cargan con una historia y se les adivina una tradición. Por eso es todavía más detonante su renuncia. Arrastran su historia en la diáspora y, aunque no sea obvio, algo dicen sobre las peripecias concretas de un albanés en Italia. Esta gente no renuncia a un mundo que ha ardido en el pasado, incluso si este se comporta como una rémora que puede lastrar su experiencia en el presente. Sin esa potala, tendrían una mayor capacidad de flotación, otra ligereza, pero no es esta la filosofía que los alimenta.

Es más, de esos lastres se componen sus alas.

Por eso, quizá, Paci busque respuestas formales en una tradición táctil y densa, si así pudiera llamársela, del arte italiano. En el arte povera, en Pistoleto. En estas tramas se intuye un hablar para adentro, un resabio. Sus protagonistas han renunciado a olvidar y mantienen consigo algunas alforjas que dotan de profundidad a su trazado sobre la ciudad. Tradición y vanguardia están amalgamadas, aquí, sin jerarquías y sin preferencias. Pasado y presente confluyen en estas vidas, aunque no sea, precisamente, para redimirlas.

 

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Regresa el barroco: ¿alguna línea de fuga?

Iván de la Nuez

 

En los últimos días, varias noticias lo han confirmado. Vuelve el barroco. Primero, claro, por Nápoles, donde ya se ha inaugurado Barock. Arte, Ciencia, Fe y Tecnología en la Edad Contemporánea, curada por Eduardo Cicelyn y Mario Codognato (con Damien Hirst, Orlan, Maurizio Cattelan, Cindy Sherman o los hermanos Chapman); y Retorno al Barroco. De Caravaggio a Vanvittelli, a cargo de Nicola Spinosa. La primera puede verse en el Museo d´Arte Contemporanea Donna Regina (MADRE), hasta el 5 de abril. La segunda, hasta el 11 del mismo mes, consta de diversas sedes en esa ciudad italiana. No serán las únicas. Hoy mismo, en el suplemento Babelia, de El País, Roberta Bosco aborda hasta seis exposiciones que confirman esta eclosión. Pero hay más: hace unas semanas, los diarios españoles anunciaban El (d)efecto barroco para finales de este 2010 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Curada por Jorge Luis Marzo y Tere Badia, se trata, a grandes trazos, de un proyecto sobre las políticas culturales de la hispanidad hacia América Latina.

El barroco como esplendor, el barroco como una manera de actuar en la contemporaneidad (no tan sólo como el estilo de un momento histórico concreto), el barroco como política cultural, incluso el barroco como ejercicio postcolonial…

Claro que las noticias no indican a qué debemos este retorno. Puede tratarse de una moda más: el típico reciclaje de un momento de la cultura para remover el mercado. Pero, también, dada la época de claroscuros que vivimos, tal vez se busque en el barroco una forma de responder al abigarramiento. (No es ningún secreto que la abundancia de signos de estos tiempos desborda por los cuatro costados la estrechez cultural con la que los juzgamos).

Leo estas informaciones el mismo día del año que dedico a la limpieza de viejos papeles. Entre ellos, uno de 1997, “Sobrevolando el canon”, aparecido en Lápiz, con una versión posterior en La balsa perpetua, como parte del debate sobre el canon occidental y sus lecturas en América Latina. Recupero para el blog la alusión referida al barroco, no sin antes compartir una salvedad. Ser anti-barroco, en América Latina, llegó a ser mucho más que una simple elección estética. Fue, sobre todo, una manera de cortar –de Aira a Bolaño, de Meireles a Dittborn- con el asfixiante mundo de los maestros, una vía de escape ante el hecho, desmesurado, de tener que representar siempre a un continente en cada obra; un terco ejercicio de individualidad. (Por eso, pongamos por caso, El arte de la fuga, de Sergio Pitol, es mucho más que el título de una novela).

Y es que en América Latina, que forma parte de Occidente de una manera extrema y excéntrica -podríamos decir que extravagante-, probablemente lo más próximo a un canon latinoamericano es el que identifica a esta cultura con el barroco. Sus representantes más ilustres son Octavio Paz, Alejo Carpentier y Severo Sarduy, con Lezama Lima basculando entre los dos últimos. Podría decirse que Paz quiere la modernidad sin sus turbulencias, a Carpentier le interesan las turbulencias sin las instituciones y a Sarduy le fascina ese caos en el que el barroco aparece como un mundo sin jerarquías y, por eso mismo, sin canon posible. Estos cuatro escritores vieron la necesidad de enfrentar lo latinoamericano como esa paradoja de vivir en las afueras de la modernidad y al interior del barroco.

La trayectoria dibujada por Paz, se debate intensamente en esa ambigüedad. América Latina, en su opinión, nace con la Contrarreforma y con la escolástica: contra la modernidad. No así la  América del Norte, que nace con la modernidad y la Reforma. Ahí estaría, para él, la raíz de «la tradición antimoderna». Desde El laberinto de la soledad, su hermenéutica de lo mexicano aparecida en 1950, hasta su ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, esta ha sido la tensión que Paz ha intentado resolver. Incluso en Postdata, escrita para explicar los acontecimientos de Tlatelolco, Paz no puede prescindir de comprender esa permanente contradicción entre una pulsión hacia lo moderno y el subsuelo originario y sacrificial del mundo precolombino que subyace bajo el iceberg del México tecnológico, al que logra arbitrar y, en ocasiones, gobernar su destino.

Carpentier no parece demasiado angustiado por la institucionalización de la modernidad. Y aunque era un revolucionario (muy singular, por cierto) comparte con Paz, implícitamente, que esa modernidad es, acaso, un imposible para cualquier sociedad periférica. Él prefiere la revuelta, la revolución y el terror -los ritos modernos- antes que sus instituciones. Para Carpentier, lo latinoamericano es lo barroco (un sustancialismo que nos recuerda a Eugeni D’ Ors) y es allí, en la anarquía y el poderío de su dinámica, donde se dan todas las posibilidades de subversión para los latinoamericanos.

Severo Sarduy fue el primero que tendió un puente –precisamente en Barroco– entre el barroco y la posmodernidad, acaso porque le interesaba reafirmar una posibilidad sin jerarquías para la cultura latinoamericana. Su literatura aparece en esa franja que hay entre la alta cultura y el carnaval, la ópera y el prostíbulo, la literatura y la orgía. El suyo es siempre un  mundo exterior, casi epidérmico, alejado de cualquier esencia o alma interior -opresiva o revolucionaria- escondida tras la máscara barroca. Su sentido de la música, por ejemplo, es siempre carnavalesco y externo, muy al contrario de Alejo Carpentier, del que siempre percibimos una imagen enclaustrada (y pautada). Sarduy es exhibicionista y, esta vez con Carpentier, conjuga el concepto con el estilo: hablan en barroco sobre el barroco. Si el tiempo de Carpentier es el tiempo de las eras, el de Sarduy es, a la vez, el instante y, como en la Biblia, muchos tiempos:

-Un tiempo de plenitud, un tiempo de decrepitud, de afinamiento, de espesamiento, de vida, de muerte, de derrumbe, de erección.

No es mucho pedir que esos tiempos aparezcan en el horizonte de los proyectos desde, sobre y contra el barroco que se nos avecinan. Como sus imprescindibles líneas de fuga, sus instantes de libertad.

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Una pintura familiar

Iván de la Nuez

 

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Borges no veía la crucifixión de Cristo como un hecho irrepetible, sino como un drama diario que ocurre cada día, en cualquier parte, a cualquier hombre.

Algo de esa trascendencia cotidiana alienta la pintura de Gino Rubert (mexicano-catalán nacido en el DF. 1969). Una pintura que parece concebirse a sí misma como el destino final de una tradición que enlaza a Salvador Dalí con Frida Kahlo y Julio Galán.

El suyo es un surrealismo contemporáneo, ya descrito otras veces por otros críticos. Pero también algo más que eso: Rubert es el autor, con todas las consecuencias, de lo que podríamos llamar, con Freud, una pintura familiar. Por el valor concedido a lo siniestro, esa situación que nos resulta cotidiana y extraña al mismo tiempo.

 

 

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Con su repertorio de sueños y pesadillas. Con la desproporción emanada de esa imposibilidad de deshacernos de una infancia que se resiste a abandonarnos.

Hay rupturas y mujeres –varias mujeres-; y unas escenas mórbidas con una violencia siempre a punto de asomar del todo.

Hay, casi siempre, una identidad doble que puede llamarse “nacional” (mexicana y catalana), pero que sobre todo se refiere a la dualidad no siempre resuelta de ese campo minado que solemos llamar “la vida en pareja”.

Y hay, finalmente, el retrato continuo de unas mujeres. Y el autorretrato persistente de un hombre.

Esas mujeres nos desafían, y ese hombre nos interroga.

 

 Los periodistas-Gino Rubert

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